
Alondra de la Parra
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Alondra de la Parra








Por Nancy Hass
Fotografía por Florent Tanet Diseño de set por Ella Perdereau
T México
Personas, lugares, cosas
Un hotel Four Seasons, Objets
Nomades de Louis Vuitton y el gimnasio para el hogar de Unica.
Por Javier Fernández de Angulo 14
El objeto
Oyster Perpetual Jubilee, la apuesta de Rolex para este verano.
Por Javier Fernández de Angulo
Fotografía por Matia Papili 16
El deseo
Cartier presenta los pendientes Moonga, con diamantes y oro blanco.
18
Flores eternas
Una tienda de Milán crea delicadas flores de cobre que parecen vivas.
Por Isabel Wilkinson Schor Fotografía por Enea Arienti
22
Los escandinavos
Cómo algunos actores y actrices de Dinamarca, Noruega y Suecia están redefiniendo el cine global.
Por Nick Haramis
24
ABC de la Generación Z
La escritora Valentina Vapaux repasa las señas de identidad de la juventud que nació con internet.
Por Javier Fernández de Angulo Fotografía por Richi Esquivel
Pág. 34
A Little Seed (2023), fotografía tomada por Cristina Mittermeier en el Valle del Omo, Etiopía.


Fashion Service
Acompañamos al diseñador Willy Chavarria en la presentación de su colección primavera-verano 2026 en Paris Fashion Week.
Por Alejandra González Romo Retratos por Daniel Matallana
30
Acto de magia
Dos arquitectos griegos transforman un edificio en Brooklyn en una casa lúdica y luminosa.
Por Gisela Williams
Fotografía por Blaine Davis
34
Mirada activista
Cristina Mittermeier regresa a México 17 años después para “proteger su naturaleza”.
Por Javier Fernández de Angulo
38
El último Matisse
Una exposición en el Grand Palais de París repasa la última etapa vital y creativa del pintor francés.
Por Abraham de Amézaga
40
Herbolaria de autor
Habitar la piel a través de la
alquimia de la tierra y la mística botánica de Loto del Sur.
Por Kira Álvarez
42
Un mundo de fantasía familiar
Sebastián Vivas, de Audemars Piguet, conversa en Nueva York sobre savoirfaire y legado en el marco del 150º aniversario de la marca
Por Katherine Maria Rojas
46
Rose Byrne y Sheila Heiti
Dos creativos de diferentes campos se encuentran en conversación.

Pág. 52
Saco, camisa, pantalones y botas, de Bottega Veneta, bottegaveneta.com; tirantes de KK & Jay, kkandjay.com.
Por Kate Guadagnino Fotografía por Heather Sten
48
Más allá del arcoíris
Ya sea estructurada u orgánica, una bolsa colorida es el imprescindible de la temporada.
Fotografía por Mari Maeda-Oboshi y Yuji Oboshi
Diseño de set por Theresa Rivera
52
Técnica mixta
Los clásicos preppy se reinventan con un un aire francés.
Madrid y prepara un intenso verano que la traerá de regreso a México.
Por Lidia A. Costa
Fotografía por Jerónimo Álvarez
Estilismo por Paco Rufo
75
Un hogar entre mundos
Un decorador filipino crea un hogar en Manila que refleja múltiples culturas y tradiciones globales, pero, sobre todo, la propia.
Por Kurt Soller
Fotografía por Anu Kumar
80
Maridaje perfecto
Los muros de Bodegas Tradición, en Jerez de la Frontera, protegen una de las mejores colecciones privadas de pintura española
Por María Orriols
Fotografía por Jacobo Medrano
86
La casa cuenta historias
En las afueras de Palma de Mallorca, la descendiente de una de las familias más antiguas de la isla resguarda la historia y el alma de su casa del siglo XVIII.
Por Zoey Poll
Fotografía por Ricardo Labougle
90
El lazo más fuerte
Reunimos a tres parejas de madres e hijas que comparten una visión compartida en su camino creativo.
Por Cristina Alonso

Fotografía por Olivier Kervern
Estilismo por Anatolli Smith
“Estamos aquí porque ustedes estuvieron allá”
En un momento de aumento de la xenofobia, el arte de la generación Windrush nunca ha sido tan relevante.
Por Aatish Taseer
Fotografía por Siân Davey
Este debe ser el lugar
Algunos de los sitios (incluyendo una estación de metro) que se han convertido en refugios creativos en Nueva York.
Por Kate Guadagnino y Nick Haramis
Fotografía por Jennifer Livingston
66
En lo más alto
Alondra de la Parra triunfa en
96
Lo último del primero
Loewe reinterpreta su clásica bolsa Amazona.
Por Lindsay Talbot
Fotografía por Mari Maeda-Oboshi y Yuji Oboshi

Presidente
José Antonio Revilla
Vicepresidente
Santiago Rodríguez
Director editorial Javier Fernández de Angulo
Dirección de Arte
Rubén Bruque Alberto Torés
Editor at large/Traducción
Daniela Valdez
Directora Digital Karla Álvarez Gómez
Edición y cierre
Daniel González
Editora Digital
Carolina Chávez
Colaboradores
Diseñadora Digital Belén Pardo
Cristina Alonso, Jerónimo Álvarez, Kira Álvarez, Abraham de Amézaga, Francisco Cancino, Lidia A. Costa, Richi Esquivel, Alejandra González Romo, Daniel Matallana, Jacobo Medrano, María Orriols, Matia Papili, Katherine Maria Rojas, Paco Rus
Director Comercial
Luis Alarcón


Directora Comercial General de Lar Media
Minerva Piña
Gerente Comercial
Diana de Ramery
Gerente Comercial
Adolfo González
Pág. 38
La Gerbe (1953), de Henri Matisse, es una de las obras del pintor francés que puede verse en la muestra Matisse 1941-1954 del Grand Palais de París.
Colaboradora
Mariela Herrasti
Colaboradora
Ashley Silberstein
T, The New York Times Style Magazine y el logotipo de T son marcas comerciales de The New York Times Co., NY, NY, EE. UU., y se utilizan bajo licencia de LAR Media. El contenido reproducido de T, The New York Times Style Magazine es propiedad de The New York Times Co. y/o sus colaboradores. Todos los derechos reservados. Las opiniones y puntos de vista expresados en T México no son necesariamente los de The New York Times Company o sus colaboradores. ©2024 La revista T México es publicada diez veces al año por LAR Media. Impresa por el diario Reforma. Distribuida por el diario Reforma. Todos los derechos reservados; ninguna parte de la publicación puede reproducirse sin el permiso por escrito del editor. Impresa y distribuida por

Por Javier Fernández de Angulo
LO QUE NOS separa también nos conecta. Subrayar la identidad, el origen y la cultura convierte a los pueblos en universales. En esta edición celebramos ese pulso común con mujeres de enorme talento que afirman su identidad desde su lugar de creación, ya sea en México, Escandinavia o África.
La portada de esta edición pertenece a Alondra de la Parra, la directora de orquesta mexicana más universal. Al frente de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, De la Parra acaba de presentar en México un homenaje a Broadway y se prepara para celebrar la quinta edición del Festival PAAX en la Riviera Maya, un encuentro que convoca a lo mejor de la música sinfónica, la escena, el ballet y la música de cámara. El proyecto nació para combatir la violencia de género e infantil y reafirma su manera de entender la música como acto colectivo y responsabilidad social.
Cristina Mittermeier, bióloga marina y fotógrafa, regresa a vivir México y nosotros lo celebramos. Más allá de sus poderosas imágenes, se reconoce ante todo como activista. “No nací para hacer fotografías, nací para defender la naturaleza”, afirma. Fiel a sus raíces, entiende que el principio de todo está en los océanos, que ha decidido proteger por tierra, mar y aire con la convicción de quien sabe que cuidar el origen es cuidar el futuro. También vuelve a casa Julieta Venegas y lo hace para cantar y llenar estadios, y para mirar de nuevo a sus raíces. La tijuanense publica además Norteña. Memorias del comienzo, libro en el que recoge recuerdos de infancia, de paisajes y familia y que es también una búsqueda íntima del origen de su necesidad de crear canciones. Son historias de madres coraje, de mujeres que comparten compromiso y talento y una profunda exigencia con la maternidad. En el mes dedicado a las madres, su figura merece un homenaje como el que hacemos a esas madres e hijas que cruzan fronteras, viven entre continentes y acortan distancias con vínculos creativos que se tejen más allá de los mapas. La voz de las hijas resuena con fuerza en estas páginas a través de la escritora y ensayista Valentina Vapaux, autora de Generación Z. Su mirada aborda a una generación atravesada por las redes y la sobreexposición y por un exceso de información que deriva en caos y adicciones a la pantalla. Al mismo tiempo, Vapaux también muestra a una generación que valora la lealtad, el compromiso y la honestidad. Ese mismo pulso define al diseñador Willy Chavarria. Su estética de resistencia y su compromiso con la calidad y con la sociedad resultan contundentes. Como escribe nuestra colaboradora Alejandra González Romo, quien lo entrevistó para esta edición, parte de su trabajo se inspira en la estética que los pachucos construyeron en

los años treinta y cuarenta para gritar con fuerza quiénes eran y de dónde venían. Los nuevos tiempos traen también nuevas formas de medirlos y de disfrutarlos. En Watches and Wonders, en Ginebra, vimos que los relojes ahora buscan la comodidad como fin último, ya sea a través del diseño, del peso, del tacto o de la tecnología, mientras que en el Salón del Mueble de Milán vimos piezas precisas y ordenadas, con el equilibrio como hilo conductor. En un mundo en el que las marcas ganan presencia más allá de las pasarelas con colecciones de mobiliario, vajillas, cocinas y sofás, vestirlas ya no es suficiente; ahora también se saborean y se comparten alrededor de una mesa. Algunas casas han ido más lejos y han creado espacios gastronómicos que ya son destinos en sí mismos. Decía el chef Joël Robuchon: “Cuando mi madre nos daba pan, repartía amor”.
Pág. 66 Traje y camiseta de Pedro del Hierro , pedrodelhierro.com; zapatos de Aquazzura ; aquazzura.com; joyas de Marina García , marinagarcia.com.

Por Francisco Cancino
EN OCTUBRE DE 2024, Julieta Venegas viajó a la Ciudad de México, y esa fue la primera vez que nos sentamos a hablar juntos de los sueños por venir. Ella me contó entonces sobre Norteña, un disco galopante, y me invitó a participar en él. Me envolvió la emoción, sentí que se avistaba un momento muy importante en su carrera. La idea de fusionar mi trabajo con el suyo nos ubicaba en el mismo punto de partida: descubrir lo que significa ser mexicano y, para Julieta, lo que significa ser norteña. Nací y crecí en Chiapas, y ella en Tijuana, por lo que para mí el norte ha sido siempre un enigma. Pero aun con nuestras geografías opuestas, ambos somos narradores de nuestras tierras. Ese descubrimiento nos lo ha dado un proyecto que recapitula varios periodos en la vida de Julieta. Norteña se sitúa en diversos escenarios naturales que Baja California nos prestó, como la Laguna Salada y las playas de San Felipe, que nos permitieron recrear a la perfección el sentimiento que ella quería plasmar en este disco. En este camino, la ropa también jugó un papel muy importante para contar los diversos momentos y capítulos en los que ella necesitaba vestirse para así corresponder a la geografía y los elementos del lugar. Cuando empezamos a producir esta portada hace ya más de un año, consideré inminente conocer todos los escenarios de Norteña que están reflejados en el disco. La experiencia se convirtió en un viaje entrañable y familiar como los que Julieta rememora tanto en su libro como en su música. Estando allá, su papá se unió al trayecto, y yo escu-
chaba a la familia Venegas sin filtro alguno. Años atrás habían pasado por esas mismas carreteras, lienzos que Julieta vistió de letras y acordeones.
Como parte de este mismo camino, me di cuenta de algo primordial: que todos tenemos nuestra propia visión de las cosas, experiencias y enfoques para poder narrar un mismo espacio. Algo más que comprendí fue que el norte suele estar identificado con ritmos particulares. Pero para Julieta el norte es también poesía, además de que Norteña integra una investigación documental. Uno de los referentes para crear muchos de los aspectos del disco fue Fernando Jordán, antropólogo y periodista originario de La Paz.

Francisco Cancino, director creativo de Julieta Venegas. Actualmente considerado como uno de los diseñadores más importantes de la moda mexicana, Cancino cuenta la historia, cultura y tradiciones de México a través de sus diseños.

En esta integración poética, literaria y musical, entendí que este último elemento no es hegemónico, pues en el disco Julieta mezcló sonidos más allá de los estereotipos. Evocó a grandes intérpretes como Juan Gabriel y Los Tigres del Norte para entender que la música de esta región también es divertida, que no está apostada en una sola idea, y a través de toda esta diversidad de aventuras, personalidades y experiencias ella pudo crear su propia versión de ser norteña.
En estas enseñanzas del trabajo, Julieta ha defendido el norte como un lugar primordialmente honesto, algo que se refleja en sus letras y memorias. Dibuja el norte como una contemplación cotidiana en la que rememora a sus raíces, su familia y fenómenos culturales como la música. Algo así como acercar la oreja a una concha aparentemente vacía para descubrir en su resonancia el viento de su hogar.
































































En 1926, el universo Oyster de Rolex comenzó a expandirse gracias una caja hermética e impermeable la primera de la historia verdaderamente waterproof que cambiaría para siempre la relojería, una idea tan simple como revolucionaria. Un siglo después, ese espíritu sigue intacto. Con motivo de la celebración del primer centenario del Oyster, la firma suiza ha presentado los nuevos Oyster Perpetual Jubilee en 36 y 41 mm, una explosión de color inédita en la historia de la casa relojera
diez tonos distintos, aplicados uno a uno en capas sucesivas que construye una imagen vibrante, alegre y sorprendentemente elegante. En la esfera lacada multicolor del nuevo modelo, las letras de la marca se integran en un juego gráfico que mira al futuro sin desprenderse del rigor artesanal como un homenaje al saber hacer relojero desde una sensibilidad contemporánea.





Pocas combinaciones en la alta joyería evocan una época con tanta rapidez como el coral, el ónix y el diamante. Dispuestas en conjunto, las piedras conjuran el estilo art déco del periodo de entreguerras, cuando las formas sinuosas del art nouveau, que había florecido principalmente durante la Belle Époque, dieron paso a siluetas y contrastes más gráficos. El ébano, el blanco y el rojo se adoptaron como la paleta de los locos años veinte, y las gemas fueron su encarnación: ónix negro azabache, diamantes como el hielo y coral escarlata del fondo del mar. Aún hoy, estas sinergias deslumbran, como lo demuestran los pendientes colgantes en zigzag con diamantes de Cartier, engastados en oro blanco y adornados con coral mediterráneo antiguo tallado en forma de melón. En el centro de cada uno, como una semilla dentro de una flor carmesí en plena madurez, reposa una sola cuenta perfecta de color negro profundo.
Pendientes Moonga de alta joyería En Équilibre de Cartier, cartier.com


Tres décadas después de su apertura, una tienda de Milán sigue creando delicadas flores de cobre que parecen vivas.
Por Isabel Wilkinson Schor Fotografía por Enea Arienti
ANTES DE CONVERTIRSE en uno de los barrios más de moda de Milán, Brera estaba lleno de talleres de artistas y artesanos. A finales del siglo XVIII, la emperatriz María Teresa de Austria fundó la Academia de Bellas Artes de Brera. La cercana Pinacoteca di Brera, con su tesoro de pinturas renacentistas y barrocas, abrió tres décadas más tarde. Incluso en 1997, cuando Elisabetta Sonzini, hoy de 73 años, y Laura Goffi, de 71, trasladaron su negocio a Via Marco Formentini, en Brera, todavía estaban rodeadas de herreros, orfebres y enmarcadores, que ya eran reemplazados por restaurantes y boutiques. “Muchos clientes se paran y nos dicen: ‘Tienen que resistir’”, cuenta Goffi con la ayuda de un traductor. Erbavoglio, la tienda que lleva junto a Sonzini, parece pertenecer a ese pasado más bohemio. Desde hace más de 30 años, el dúo vende flores y plantas hechas a mano con láminas y alambre de cobre. Expuestas sobre pedestales de madera o colocadas en macetas de terracota con tierra, las piezas resultan increíblemente reales: los capullos y los tallos tienen una irregularidad encantadora, como si hubieran brotado de la tierra en dirección al sol.
A finales del siglo XVII, un trabajador del metal de Pontypool, en el sur de Gales, desarrolló un barniz inoxidable que podía aplicarse sobre láminas de estaño o peltre. Lo que vino después fue una oleada de toleware; es decir, objetos de mesa lacados y pintados que imitaban diseños más costosos procedentes de China y Japón. A mediados del siglo XX, la técnica se aplicó con frecuencia a lámparas de araña y apliques ornamentales modelados a partir de flores o frutas. El primer contacto de Sonzini y Goffi con esta tradición llegó hacia 1990, cuando se toparon con una pequeña planta de alubia borlotti de metal en el mercado de pulgas de Saint-Ouen, en París. Con un precio de 1,700 francos —unos
800 dólares de hoy—, la pieza estaba fuera de su presupuesto, pero no se desanimaron. “Pensamos”, recuerda Goffi, “‘¿por qué no la hacemos nosotras?’”.
Con los años, desarrollaron su propio proceso. Primero dibujan el contorno de una flor y sus hojas sobre una lámina de cobre. Después la recortan con tijeras, la moldean hasta darle la forma deseada y rematan la superficie con un trío de herramientas de grabado, trazando las nervaduras de las hojas. Luego cubren la forma con aggrappante, una imprimación espesa, y la pintan en tonos elegidos con cuidado: los tallos y las hojas de una sola planta pueden requerir cuatro verdes distintos. Como referen-
cia, suelen usar libros botánicos con ilustraciones de hace siglos, como The Florilegium of Alexander Marshal at Windsor Castle (2000), o flores reales que han visto en exposiciones de jardines públicos de Milán y sus alrededores, a las que asisten con regularidad en busca de inspiración. Carolina Mortara, la hija de Sonzini, de 44 años, se unió al dúo hace unos 15 años y a veces se ocupa de las compras, mientras su madre y Goffi —que además son pareja— trabajan codo a codo en un cuartito del tamaño de un clóset, al fondo del local. Allí, el escritorio compartido está cubierto de papel periódico, sobre el que cuelgan boca abajo flores metálicas recién pintadas para
secarse. Las puertas dobles de la habitación se abren al espacio principal —donde suele haber entre 20 y 90 piezas disponibles, todas colocadas en pequeñas composiciones contra paredes gris Dior—, de modo que Sonzini y Goffi pueden salir con facilidad a saludar a los clientes, que en ocasiones les hacen encargos especiales. Por ejemplo, el cliente que quiso que le hicieran una bugambilia entera en una semana (ellas dijeron que no — demasiadas flores) y otra persona que pidió una platanera (otro no, demasiado alta), pero sí aceptaron el encargo de alguien que pidió no una flor, sino una catarina con un número específico de puntos. También han creado coronas florales para bodas
y, en una ocasión, boutonnieres a juego de gardenias blancas para dos hombres que asistirían a una ópera en el Teatro alla Scala.
SONZINI Y GOFFI crecieron en lados opuestos de Milán y se conocieron durante unas vacaciones familiares en el Lago Maggiore, en la frontera entre Italia y Suiza, cuando tenían unos 10 años. Ya adultas, sus caminos profesionales tomaron rumbos distintos: Goffi ayudaba en el negocio de bisutería de su marido y Sonzini trabajaba como oncóloga en un hospital local. Pero al llegar a la mitad de los treinta, ambas se habían separado de sus esposos y querían un cambio. Ambas eran también jardineras apasionadas,


En la tienda, una selección de anémonas, amapolas, claveles y otras flores. En el centro del estante de en medio, una dalia imperial en un recipiente antiguo, y trepando por la pantalla de una lámpara, otra de las creaciones metálicas de Erbavoglio: un camaleón sobre una enredadera.
así que en 1988 decidieron abrir una tienda de flores secas, muy en boga en aquel momento. Además de crear los arreglos habituales, utilizaban las flores para componer laberintos, centros de mesa y jardines en miniatura. También realizaron instalaciones: en 1996 decoraron con flores secas los grandes almacenes Tobu de Tokio, y en 2003 entrelazaron hojas tropicales con cintas en una mesa para celebrar la apertura del museo Dia Beacon, en el norte del estado de Nueva York.
Ese impulso creativo resultó ser clave cuando dieron el salto a las flores de metal. “Siempre se trata de interpretar una flor concreta”, dice Sonzini sobre la recreación de ejemplares vivos en cobre. Y aunque buscan la mayor verosimilitud posible, también son conscientes de las limitaciones —las rosas reales tienen demasiadas capas de pétalos para reproducirlas a mano, y los girasoles son

demasiado altos para que el tallo de alambre no se venza—; improvisan. “A veces, dice Sonzini, involucra algo de fantasía”.
En cierto modo, esto se aplica a todas sus flores de metal, cada una de las cuales puede llevar entre dos horas y varios días de trabajo. El nombre de la tienda proviene de una expresión italiana que se utiliza para enseñar a los y las niñas a hablar con cortesía: “L’erba voglio” —la “hierba del ‘quiero’”— alude a una planta que, según se dice, no crece ni siquiera en el jardín del rey; es decir, ni el rey dice “voglio” (“quiero”) en lugar de “vorrei” (“me gustaría”) cuando pide algo. Sonzini y Goffi han construido su trayectoria ofreciendo lo que no se puede encontrar en ningún jardín: elementos que son tanto testimonio del poder del oficio como de la naturaleza y que —en contraste con los memento mori— funcionan como símbolos de una belleza perdurable.





las bolsas estructuradas con asa superior de inspiración ‘vintage’ vuelven a sentirse actuales.





EN UN UNIVERSO
donde la joyería trasciende lo ornamental para convertirse en narrativa personal, Pandora presenta Garden of Dreams, una campaña que celebra la conexión, el crecimiento y la expresión individual. Con una estética evocadora y profundamente simbólica, la firma danesa propone una nueva forma de entender el lujo contemporáneo: más íntimo, más emocional, más propio. Inspirada en la naturaleza como lenguaje universal, la colección se construye a partir de símbolos cargados de significado: mariposas doradas que hablan de transformación, abejas que evocan resiliencia y dedicación, y


PANDORA PRESENTA ‘GARDEN OF DREAMS’, UNA COLECCIÓN QUE CONVIERTE LA NATURALEZA EN LENGUAJE EMOCIONAL, DE LA MANO DE TINI STOESSEL, EN UNA ODA A LA IDENTIDAD Y LA EXPRESIÓN PERSONAL.

Mariposas, abejas y palomas inspiran las piezas de Garden of Dreams, elaboradas en plata esterlina reciclada y acabados en oro de 14 quilates.
Tini Stoessel protagoniza la campaña Garden of Dreams de Pandora, una propuesta que convierte la joyería en una forma de expresión personal.
palomas blancas asociadas a la ternura. Estas figuras cobran vida en charms, anillos, collares y brazaletes elaborados en plata esterlina 100% reciclada y acabados en oro de 14 quilates, reafirmando el compromiso de la marca con la sostenibilidad .
La campaña encuentra su voz en Tini Stoessel, quien interpreta este jardín simbólico desde una mirada libre y contemporánea. Su estilo, versátil, sin reglas, convierte cada pieza en una extensión de su personalidad, reflejando una generación que busca expresar quién es a través de lo que lleva. Tini no solo es la embajadora, sino que entiende la moda como identidad.
En este contexto, la joyería deja de ser un accesorio para transformarse en un vehículo de significado. Cada pieza de Garden of Dreams acompaña momentos, historias y etapas, adaptándose a quien la porta. Es un ejercicio de libertad estética donde el diseño se convierte en lenguaje emocional, y donde cada combinación es tan única como quien la crea.
Disponible en México desde el 2 de abril, la colección reafirma el lugar de Pandora como líder global en joyería accesible y personalizada. Una propuesta que, más allá de las tendencias, invita a llevar consigo aquello que define cada historia. Un jardín propio, en constante evolución.
mx.pandora.net

Cómo algunos actores y actrices de Dinamarca, Noruega y Suecia están redefiniendo silenciosamente el cine global.
Por Nick Haramis
CUANDO ELLE FANNING aparece en Valor sentimental, se puede ver que su personaje, Rachel Kemp, una actriz de Hollywood, ha estado llorando. A los casi 30 minutos de comenzar la más reciente película de Joachim Trier —sobre un experimentado director sueco-noruego llamado Gustav Borg (Stellan Skarsgård) en Oslo, que intenta usar su nuevo proyecto para reconciliarse con sus hijas, una actriz llamada Nora (Renate Reinsve) y una historiadora llamada Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas)—, la emoción a carne viva de Fanning resulta desconcertante. En una historia narrada a través de intercambios impasibles y gestos sutiles, su presencia no solo establece una diferencia entre la actuación escandinava y la estadounidense, sino también entre sus culturas. Una, según sugiere Trier, es sensible pero contenida; la otra puede resultar un poco excesiva.
Desde las décadas de 1950 y 1960, cuando el escritor y director sueco Ingmar Bergman presentó al público internacional a Liv Ullmann y Max von Sydow —y más tarde, en los años noventa, cuando los provocadores daneses Lars von Trier y Thomas Vinterberg crearon Dogma 95, un estilo cinematográfico que rechazaba la iluminación artificial y convirtió en estrella a Mads Mikkelsen—, Escandinavia no había generado tantas interpretaciones emocionantes. Los directores locales siguen siendo los responsables: Reinsve, de 38
años, que creció en Solbergelva, Noruega, ya había trabajado dos veces antes con Trier, en Oslo, 31 de agosto (2011) y La peor persona del mundo (2021); las siete colaboraciones cinematográficas de Skarsgård, de 74 años, con Von Trier consolidaron su reputación como uno de los grandes actores de carácter de nuestra época. “Cuando un director tiene éxito aquí, se lleva consigo al talento”, dice Pilou Asbæk, un danés de 44 años que ha participado en tres películas de Tobias Lindholm, entre ellas Una guerra (2015). “La mayoría de las películas escandinavas se financian con fondos públicos, lo que significa que no necesariamente tienes que vender un millón de entradas. Nada te obliga a contratar a una superestrella”. Cada determinado tiempo, una nueva región parece convertirse en el referente del cine de autor. La Nouvelle Vague francesa reflejó la libertad sexual y los valores antisistema de la juventud de la posguerra en los años sesenta; la escena estadounidense del mumblecore capturó la rebeldía y el desencanto de los años dos mil; y, durante la última década, los cineastas surcoreanos se han distinguido por sus críticas contra la desigualdad económica. Si hoy existe un mayor apetito por el cine escandinavo, quizá sea porque más espectadores se sienten atraídos por sus relatos íntimos, a menudo de humor oscuro, sobre adultos imperfectos. Estas obras exigen una atención minuciosa, obligan a estudiar con detenimiento los rostros para entender sus estados de ánimo. “La psicología se impone ante la brutalidad cualquier día de la semana”, dice Asbæk. “No podemos permitirnos grandes tiroteos ni efectos generados por computadora, así que nos centramos en personajes que toman decisiones difíciles bajo presión”.
Desde la izquierda: Stellan Skarsgård, Renate Reinsve e Inga Ibsdotter Lilleaas, actores y coprotagonistas de Valor sentimental, fotografiados en Los Ángeles el 10 de enero de 2026. En página opuesta, desde la izquierda: los actores Pilou Asbæk, Alicia Vikander, Nikolaj Coster-Waldau y Noomi Rapace, fotografiados en Londres el 20 de enero de 2026.
Para convertirte en un intérprete escandinavo reconocido por lo general debes “hacerte amigo de la ansiedad”, dice Reinsve. La actriz sueca Noomi Rapace, de 46 años, que interpretó a la protagonista en la adaptación cinematográfica de 2009 de Niels Arden Oplev de Los hombres que no amaban a las mujeres (2005), de Stieg Larsson, dice: “Cuando estás en Escandinavia, hay una nube que pesa sobre todo el mundo. La gente toma mucho; hay mucha depresión. Es una energía bastante densa”. Lilleaas, de 36 años, añade: “No somos tan expresivos; nuestras emociones están muy contenidas. Y creo que eso también influye en cómo actuamos”.
AUNQUE EXISTEN diferencias entre Dinamarca, Noruega y Suecia, los tres países apoyan de forma contundente las artes. “Tenemos un teatro financiado en gran medida con fondos públicos”, dice Nikolaj Coster-Waldau, de 55 años, quien interpretó al caballero Jaime Lannister en Game of Thrones (2011-19). Tras graduarse de la Escuela Nacional Danesa de Artes Escénicas en 1993, el actor debutó en una producción de Hamlet en Copenhague. Según comenta, en su país “puedes ganarte la vida como actor de teatro. La única forma de hacerlo en Estados Unidos es con un gran espectáculo de Broadway que permanezca mucho tiempo en cartel”. Seis de los ocho hijos de Skarsgård son actores. Alexander Skarsgård, de 49 años, estrenó dos nuevas películas —The Moment y Wicker— en el Festival de Cine de Sundance de
este año; Bill Skarsgård, de 35, aparece junto a Hugh Jackman en The Death of Robin Hood. Aunque su padre se muestra complacido de que sus hijos hayan seguido su camino, fue cuidadoso al dejar que decidieran por sí mismos. “Aquí respetamos más la actuación como profesión. Es como ser médico o cualquier otra cosa”, dice. “Cuando llegué a Estados Unidos, me preguntaban: ‘¿A qué te dedicas?’. ‘Soy actor’, respondía con orgullo. Y me decían: ‘Uno más’”.
Todos estos actores escandinavos reconocen el reciente interés por el cine de sus países, aunque no siempre puedan explicar con claridad qué lo hace especial. El único rasgo que sí reivindican es la humildad. En una cultura igualitaria donde se fomenta la uniformidad, Reinsve dice: “En Noruega me daba mucho miedo destacar. Al llegar a Estados Unidos, tuve que abrazar mi individualidad”. Es un sentimiento que comparte Alicia Vikander, de 37 años, quien ganó un Oscar en 2016 por La chica danesa, de Tom Hooper, y que durante mucho tiempo ha tenido dificultades para llamarse a sí misma actriz. “No sé si eso sea algo bueno”, dice la actriz sueca. Se puede observar una modestia similar en las películas escandinavas, lo que ocurre de manera menos frecuente en el Hollywood contemporáneo: no es casual que en Valor sentimental la casa familiar tenga grietas que recorren sus paredes.
Al ser la incorporación más reciente al grupo, Lilleaas ha tenido que navegar su fama recién adquirida. “A los estadounidenses parece no costarles nada hablar de sus logros”, dice. Sin embargo, aún sin un gran presupuesto de marketing , Valor sentimental ha encontrado a su público. “Creo que Timothée Chalamet es un actor increíble, pero habla de ser el mejor como si el arte fuera algo que pudieras ganar”, dice Coster-Waldau. “Tal vez tenga razón, pero yo lo veo de otra forma”.

SIRVEN a la sociología como una herramienta para ordenar la sociedad y detectar rasgos comunes entre quienes nacen en un mismo momento histórico. Las diferencias de costumbres, valores e ideas entre unas y otras han sido
La ensayista y escritora
Valentina Vapaux repasa
las señas de identidad de la juventud que nació con internet.
Javier Fernández de Angulo Fotografía por Richi Esquivel
siempre motor de tensión y de cambio. En los últimos años, además, la irrupción acelerada de la tecnología ha contribuido a moldear una generación radicalmente distinta, difícil de interpretar incluso para quienes intentan definirla desde fuera.
La ensayista, poeta y escritora germanomexicana Valentina Vapaux, autora de Generación Z (Taurus), que ahora se presenta en México tras vender más de 50,000 copias en Alemania, se cansó de escuchar que pertenecía a una supuesta generación de cristal y decidió hablar desde la primera fila.
Criada en Alemania —hija de un padre descendiente de emigrantes yugoslavos y de una madre mexicana—, Vapaux siempre quiso ser escritora. Estudió en la Universidad de Berlín y amplió su formación en la de Columbia, en Nueva York. Desde esa doble mirada cultural, analiza una generación marcada por las redes sociales, la pandemia y la crisis económica, factores que han ensanchado la distancia con los baby boomers y que han alimentado la idea de un abismo generacional. En esta conversación, la autora cuestiona que sean personas mayores quienes escriban sobre una realidad juvenil que no viven y denuncia no sentirse representada por la imagen que los medios construyen de la generación Z.
“La generación Z vive con todo el mundo en su mano, pero también con una sobrecarga de impacto psicológico. Tienen todo al alcance del teléfono, pero también guerras, inestabilidad geopolítica, accidentes, inteligencia artificial y problemas lejanos. A la vez, también se miden por ideales difíciles de alcanzar. Antes se comparaban en una revista con las diez mujeres más elegantes, pero ahora en las se encuentran con una lista infinita de personas y eso es negativo, porque puede generar ansiedad y depresión. Ese es el lado más negativo y frustrante. Crecimos con mucha libertad y oportunidades y gracias a internet tenemos todo el universo en nuestra mano. Eso te da
posibilidades de conocer otros mundos o de desarrollar tu personalidad de manera más abierta, porque no estás limitado al contexto en el que naciste. La adicción a las redes sociales puede intensificar los problemas de salud mental. Es un sistema comercial al que quieren que estés ligado. Puedes dejarlo, pero gran parte de nuestra vida social transcurre ahí. Una amiga quiso alejarse de las redes sociales durante seis meses, pero luego trató de buscar un departamento y no tenía manera, ya que muchos encontraban a sus compañeros en las redes sociales. Las plataformas están hechas para hacernos adictos”.
“Hay más libertad de sexo, de género y de aceptación, pero también hay estudios que señalan que una parte de nuestra generación tiene menos sexo y menos experiencias porque internet dificulta esos encuentros. Vivimos la muerte del antro: la gente sale menos de fiesta que hace veinte o treinta años y eso afecta. También hay un menor consumo de alcohol. Ser abierto al hablar de sexo es un logro del feminismo. Nuestra sexualidad ha sido reprimida de manera horrible, hay mucha energía para aplastar la energía sexual femenina y eso es

Derecha: collage realizado por Vapaux sobre el proceso creativo de su libro. Abajo: Generación Z ha sido uno de los éxitos del año en Alemania.
algo muy político. Somos la primera generación que creció con pornografía en la escuela y en la computadora. Antes, el acceso era más difícil. Eso tiene un impacto muy fuerte en la sexualidad. Somos más liberales y abiertos, pero la pornografía nos ha creado una presión muy fuerte a los dos géneros para vivir el sexo como muestra la pornografía. Cuando eres pequeño y ves eso, crees que ese es el sexo natural. Es responsabilidad de los padres y de las escuelas limitar el impacto de esa visión. No se puede erradicar, pero sí educar”.
ESPIRITUALIDAD
“Crecimos en un mundo muy diferente. Vemos a nuestros padres con algo de envidia por todo lo que pudieron disfrutar, pero a la vez estamos contentos de no haber vivido su tiempo. Hay nostalgia de los ochenta y noventa, pero al mismo tiempo lamentamos cómo se relacionaron con las drogas. Queremos que las relaciones sean más nobles y eso tiene que ver con el individualismo. Mi felicidad y mis valores son importantes. Todo está hiperpersonalizado”.
SOSTENIBILIDAD
“En 2015, la crisis climática fue el primer tema global político que nos unió. Fue de las primeras experiencias de protestas democráticas y defensa de derechos que vivimos como generación. Hasta 2022 fue

un tema muy radical y energizante. Sin embargo, en los últimos años esa pasión ha disminuido. Hay desilusión, pero queda la conducta personal: no usar popotes, rechazar el plástico o apostar por la comida vegetariana”.
FEMINISMO
“El feminismo es algo tan existencial para cada mujer, que se vive cada día, pero no como algo abstracto, como sucede con el clima. La lucha continúa y sigue muy fuerte y vigente. Estamos más enojadas y luchando más fuerte. Las mujeres trans son uno de los grupos más marginados en la lucha por sus derechos. Han sido muy importantes y no debemos dejarlas de lado, estaban en la vanguardia. En los años cincuenta, las mujeres eran serviles hacia unos unos ideales de belleza limitantes y agobiantes. El sistema capitalista te decía que eras libre, pero también debías perfecta, inteligente, con un buen trabajo, hermosa y delgada. Esa es la escalera que va hacia abajo”.

VIVIENDA
“La idea de comprarnos una casa es muy lejana, pensamos en encontrar un departamento que podamos alquilar o compartir. Esta generación entiende el acceso a la vivienda como algo complicado. No se trata solo de tener una casa, también está el acceso financiero y que no esperamos jubilarnos de la manera tradicional. En mis primeras entrevistas, muchos periodistas se quedaron extrañados de que a nuestra edad estemos preocupados por la jubilación. A esta edad, ellos no lo pensaban, pero nosotros sabemos que no vamos a tener los mismos accesos a la sanidad, a la estabilidad, al retiro. La crisis es muy fuerte en las grandes ciudades; es casi imposible encontrar un lugar donde vivir con un sueldo normal”.
AMOR
“Las aplicaciones tienden a categorizar a las personas por color, edad, medidas, sueldos… Y eso no me gusta. El amor no funciona así; el amor es algo mágico. Creo que la emoción más bella del ser humano puede planearse de esa manera, no es algo que puedas hacer con datos. Me gusta el amor como un proceso, conocer, estar interesado y escribirlo”.
“Las modelos se han rebelado ante la dictadura de las medidas y de la silueta perfecta, que son dos de las herramientas más efectivas para controlar a las mujeres. Te obsesionas por tu cuerpo y de esa manera dejas atrás otros conflictos y otras batallas políticas. La moda vintage está ayudando a la sostenibilidad, es algo muy positivo, más cool y tiene que ver con el individualismo, con encontrar algo único en una tienda de París que solo tú tienes. También está la conciencia sobre la defensa del medio ambiente y la polución. Hoy nada nos pertenece, nada es fijo. Por eso hay una tendencia hacia el coleccionismo de objetos físicos como fotografías, dibujos, periódicos, fanzines, discos de vinilo… Los jóvenes leen más que los millenials”.
“La música nos llega por algoritmos personalizados, de una manera más individual, y es difícil tener el mismo gusto que tus amigos. Plataformas como Spotify te meten en una burbuja, con lo que tus amigos a lo mejor no escuchan lo mismo que tú. En nuestra generación no tenemos el mismo gusto, salvando a las estrellas y otro amigo a lo mejor no ha escuchado a tu grupo, en nuestra generación no tenemos el mismo gusto, aunque esta las grandes estrellas”. Antes todo el mundo compartía grandes grupos con cohesión social, era casi un sello de identidad generacional, Ahora cada uno elige lo que le gusta. Lo que sí exige la generación Z a las bandas, músicos, actores y actrices es que tengan valores. Que se pronuncien sobre conflictos como Gaza o movimientos como el feminismo. La música continúa siendo una fuerza motriz dentro de todos nosotros”.
Acompañamos al diseñador
Willy Chavarria en la presentación de su colección primavera-verano 2026 en la Paris Fashion Week
Por Alejandra González Romo Retratos por Daniel Matallana


Arriba: el jugador de la NBA James Harden durante el desfile de Adidas Originals x Willy Chavarria primaveraverano 2026. Izquierda: el diseñador Willy Chavarria en su taller.
HABÍA UNA VEZ dos pueblos californianos: Coalinga y Huron. Los separaban 24 kilómetros de distancia y un sistema que, durante los primeros años de la década de los sesenta, aún prohibía la convivencia entre personas negras y blancas. Huron tenía una población 99 por ciento mexicana y campesina. Coalinga, en cambio, era un pueblo de blancos, un mundo aparte. Pero tras la promulgación de la Ley de Derechos Civiles en 1964 que marcó el fin de la segregación institucionalizada —aunque no del racismo—, los adolescentes de ambos pueblos empezaron a compartir la secundaria. Ahí se conocieron Gwen Taylor, irlandesaestadounidense, de Coalinga; y William Robles Chavarria, un trabajador agrícola de origen mexicano, proveniente de un hogar en Huron
donde colgaban en la pared retratos de César Chávez, Martin Luther King y Malcolm X, pero también del papa en turno y de John F. Kennedy. En junio de 2025, más de medio siglo después, Willy Chavarria —hijo de esa unión que habría sido imposible sin el fin de la segregación— presentó en Paris Fashion Week su colección primavera-verano 2026. Tras crecer en los campos de cultivo y después de su paso por Joe Boxer, American Eagle, Ralph Lauren y Calvin Klein, Chavarria se había convertido en uno de los diseñadores más aclamados de su país natal, además de ser elegido por la revista Time como una de las 100 personas más influyentes de Estados Unidos.
Las invitaciones al desfile , titulado Huron en homenaje a su pueblo natal, se diseñaron para emular citatorios de migración. “Open immediately”, decía el sobre. Al abrirlo, cada destinatario encontró un recordatorio de su inalienable derecho a existir. Para su equipo era un momento muy tenso: era la segunda colección que presentaban en París, pero el verano en California era de todo menos apacible, con redadas masivas a la población migrante que habían desatado enormes protestas contra ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.
El show de Chavarria, quien nunca se ha escudado en las lógicas del mercado de la alta costura, el lujo o la supuesta independencia del arte, abrió con un grupo de 35 hombres vestidos con shorts y playeras blancas que formaron un círculo sentados en el piso, con las manos cruzadas detrás de la espalda y la mirada hacia abajo, emulando las condiciones de detención al interior del CECOT, la megacárcel que Nayib Bukele, presidente de El Salvador, había presumido ampliamente y a la que Donald Trump había enviado migrantes deportados. Después, las y los modelos, con piel de color, como siempre en sus shows, salieron a desfilar mientras Vivir Quintana, guitarra en mano, cantaba: “Te mereces un amor… Un amor valiente, tierno e insurgente; un amor canario, revolucionario…”.
El trabajo de Chavarria como diseñador está inspirado en

Desde arriba: look del desfile primaveraverano 2026 de Willy Chavarria, titulado Huron; Chavarria; looks del desfile primavera-verano 2026 presentado por Chavarria en París.



la estética que los pachucos crearon en los años treinta y cuarenta, no para integrarse en una cultura que siempre iba a rechazarlos, sino para gritar aún más fuerte quiénes eran y de dónde venían, una narrativa que la estética chicana extendería hacia los años sesenta y setenta, alejándose de la elegancia para apropiarse de la cultura urbana y obrera. Hoy, como aquellos pioneros, Chavarria usa la silueta como lenguaje y ha abierto camino a esa estética de resistencia en los escaparates más sofisticados del mundo de la moda. Llegar a ese punto le tomó décadas de trabajo y de compromiso con el perfeccionamiento de un oficio, un dominio formal que hoy le permite aventurarse en las proporciones y plantear nuevas arquitecturas que no solo buscan estilizar los cuerpos, sino amplificarlos. Su sastrería tiene identidad propia —solapas grandes y puntiagudas, hombros muy anchos pero perfectamente estructurados, pantalones de piernas muy holgadas y cinturas altas ceñidas con precisión de joyero—. Son piezas voluminosas pero exactas, que ocupan espacio y suman presencia. Prendas que elaboró para honrar a los hombres entre los que creció y entre los que tuvo que diseñar también su propia masculinidad como hombre queer en un contexto en el que el machismo no era solo una generalidad sino una aspiración entre los jóvenes de su comunidad. “Sí hubo un momento de mi vida, en la infancia, en el que me sentí muy desconectado de la masculinidad latina, o mexicana, que es la que mejor conozco; pero al crecer empecé a verla con más claridad y a encontrar sus matices. Veía a mis tíos emborracharse y ponerse a llorar, bajarse de la valentía que construyeron para su familia y mostrarse amorosos, tristes y sensibles”, dice Chavarria desde Nueva York a través de Google Meet. “Hay algo que tiene que ver no solo con la historia del migrante, sino con la simple existencia de los hombres mexicanos y latinos en Estados Unidos y con el territorio que nos arrebataron: una sensación de castración simbólica a manos del colonialismo blanco 27
que infestó la tierra. Así que puedo entender de dónde viene esa voluntad de ser fuerte e invencible como guerrero azteca y, al mismo tiempo, apreciar profundamente la tristeza que cargamos y la sensibilidad que viene con ella”, añade. La ropa que diseña y los modelos que elige para presentarla hablan también de disforia de género y de las muchas identidades que escapan al binarismo. Bajo esta línea de pensamiento, postergó durante varios años la decisión de crear una colección completa para mujeres. Decidió esperar, en parte, por una lógica de trabajo y de negocio en la que ha preferido crecer poco a poco, pensando muy bien antes de dar el siguiente paso. Ese cuidado implicó esperar hasta encontrar a la diseñadora adecuada para ser su mano derecha: Rebeca Mendoza, quien llegó al equipo en 2024 y hoy es la jefa de diseño en todas las categorías de la marca, incluyendo hombres, accesorios y colaboraciones.
JUNTOS BUSCARON inspiración en el cine de Pedro Almodóvar y Wong Kar-wai para crear piezas respetuosas con los clásicos, pero que dialogan con formas grandes y contundentes, con un toque punk. En el panorama del womenswear contemporáneo, ocuparon un espacio genuino y singular. Los colores brillantes en vestidos de noche voluminosos marcaron una ruptura con la paleta oscura que había caracterizado a la firma. Los trajes oversize de fina sastrería y las chamarras bomber de cuero con hombreras dramáticas y cinturas afinadas funcionan igual —o mejor— en el cuerpo femenino, sin ser una traducción literal. Un ejemplo es el trench crop para hombre que lanzaron en la colección otoñoinvierno 2025, al que añadieron una falda para convertirlo en vestido. La modelo y documentalista francesa Farida Khelfa desfiló en la presentación de la colección primaveraverano 2026 portando una versión de esa idea: un espectacular vestido-gabardina de piel roja que, sumado al estilo y presencia de esa mujer de 65 años, construyó una imagen difícil de olvidar.



Arriba: Chavarria. Izquierda: looks de la colección Huron de Willy Chavarria, presentada por la marca en la Salle Pleyel de París durante la semana de la moda de la capital francesa. En página opuesta: looks de la colección primavera-verano 2024 presentada por Willy Chavarria en el Woolworth Building de Nueva York.
En este contexto, Chavarria diseñó para Zara dos colecciones paralelas —para hombres y mujeres, junto con accesorios— que el pasado 26 de marzo salieron a la venta bajo el nombre Vatísimo. Un mes después, buena parte de los blazers, faldas lápiz, zapatos de charol con tacón cubano, vestidos, shorts holgados, chamarras bomber, camisas, hoodies, playeras gráficas, bolsos, collares de perlas y un hermoso prendedor con forma de rosa roja estaban ya agotados. Diseñar para Zara le permitió, por un lado, democratizar sus propuestas; por otro, implicó negociar con las lógicas del fast fashion. “Una de las cosas que me alegra haber hecho antes fue trabajar para corporaciones gigantes, porque aprendí cómo navegarlas. Estuve muy contento de hacer lo mismo con Zara. Tuve mucha libertad creativa y, al mismo tiempo, colaboré con su equipo de diseño y comercialización para planear la colección de forma estratégica”, señala Chavarria. En el corto promocional aparecen la supermodelo Christy Turlington, el propio Chavarria y el actor Alberto Guerra en lo que parece un drama romántico-familiar
que mezcla la estética de las telenovelas latinoamericanas con ecos de Almodóvar. “Al principio quise que fuera más largo, pero hubo asuntos corporativos que preferí evitar, así que hicimos una pieza corta. Decidí filmar en México con Glenn Lutchford, que es brillante. Fue muy divertido; y si no fue más almodovariano es porque espero algún día trabajar con él”, relata el diseñador. Pero no todas sus
colaboraciones trasnacionales han transcurrido sin tropiezos. En agosto de 2025, las sandalias Oaxaca Slip-On, diseñadas por Chavarria para Adidas e inspiradas en los huaraches de cuero elaborados artesanalmente por la comunidad indígena de Villa Hidalgo Yalálag, desataron una controversia que llegó hasta la presidenta Claudia Sheinbaum, quien acusó públicamente a la marca y al diseñador de


Workers que logró la creación de la primera legislación de derechos para trabajadores del campo, y cuyo retrato colgaba en casa de los Chavarria. “Fue muy triste, me rompió el corazón. Lo que más me afectó fue pensar en Dolores Huerta (su más cercana colaboradora), quien a pesar de ser víctima decidió guardar silencio durante años para no perjudicar al movimiento. Es terrible saber que hay casos como estos por todos lados. Antes del caso Epstein pensábamos que se trataba de casos aislados, pero hoy sabemos que no es así”, dice Chavarria. “A pesar de la tristeza, fue muy bello ver que inmediatamente empezaron a retirar estatuas y a cubrir murales… En abierto contraste con lo que está pasando entre los líderes blancos en Estados Unidos, ante el encubrimiento más obvio que protege —entre muchas otras personas— a un violador más, el criminal convicto que está gobernando el país”, señala.
utilizar elementos de la cultura zapoteca sin un beneficio directo para sus creadores. Tanto Adidas como Chavarria emitieron disculpas formales: el diseñador reconoció que producir las sandalias sin una colaboración directa y significativa con la comunidad oaxaqueña había sido un error, y las imágenes promocionales fueron retiradas de todas las plataformas. El 18 de marzo de 2026, una investigación The New York Times sacudió de nuevo su vena política después de que más de 60 testimonios denunciaran abusos sexuales a mujeres y niñas atribuidos a César Chávez, el histórico líder sindical de United Farm
Las pasarelas de Chavarria han tenido siempre un fuerte componente político, pero recientemente se han convertido también en experiencias musicales — músicos como Mon Laferte, Becky G, Latin Mafia, J Balvin o Dorian Wood, entre otros, han participado alguna vez en sus desfiles— y en un escaparate de la diversidad de los cuerpos: rasgos indígenas, bigotes de poco vello, mullets largos, ojos negros, pieles oscuras y muy oscuras, muchos tatuajes, músculos que no se labraron en el gimnasio sino en el trabajo manual, mujeres y hombres de baja estatura, rostros andróginos... Bellezas deslumbrantes y ordinarias, miradas desafiantes, disrupción. “En este punto, todo el mundo sabe quién soy. Hay quien no quiere trabajar conmigo porque digo lo que pienso, y otros sí quieren colaborar, pero sin hacer declaraciones políticas. Hay mucha gente trabajando con miedo y, aunque nada terrible me ha pasado, definitivamente no me siento seguro”, expresa Chavarria antes de asegurar que seguirá siendo creativo como medida de resistencia.
Para la sala de estar del tercer piso de su casa en Brooklyn, los arquitectos Eleni Petaloti y Leonidas Trampoukis encontraron el suelo de vinilo en una tienda de suministros de caucho. Tres altavoces de Oda cuelgan sobre un sofá modular de Paulin, Paulin, Paulin, la empresa fundada por el hijo del diseñador francés Pierre Paulin, y mesas de resina Diskoi, diseñadas por la pareja y producidas para la galería milanesa Nilufar.
Dos arquitectos griegos transforman un edificio de 1899 en Brooklyn en una casa lúdica, luminosa y a desniveles.
Por Gisela Williams Fotografía por Blaine Davis
ES RARO VER UN OVNI en Williamsburg, Brooklyn, pero si te pararas en el parque infantil William Sheridan y miraras hacia el otro lado de la calle, no serías la primera persona en confundir la estructura plateada sobre la azotea de una de las casas adosadas de principios del siglo XX con una nave espacial. La ampliación en la terraza del edificio de ladrillo de cuatro pisos está revestida con paneles de aluminio que, desde ciertos ángulos, reflejan el entorno con tal intensidad que prácticamente desaparece: una de las muchas ilusiones concebidas por los propietarios de la vivienda, los arquitectos Eleni Petaloti y Leonidas Trampoukis, fundadores del estudio de arquitectura Lot y del estudio de diseño Objects of Common Interest. Originaria de Tesalónica, la segunda ciudad más grande de Grecia, la pareja, de 43 años, compró la casa en 2022, pocos meses después del nacimiento de su segundo hijo. Tras haber vivido en Brooklyn desde 2009, notaron cómo el distrito se transformaba, con pequeños negocios familiares cediendo el paso a torres residenciales de lujo. Al trazar los planos para ampliar la azotea de su recién adquirida casa adosada, construida en 1899, tenían claro que querían expandir su espacio habitable —y disimular una terraza en la azotea— sin alterar, en la medida de lo posible, el paisaje arquitectónico de la cuadra. Optaron por superficies reflectantes como una solución poco convencional. “Queríamos aportar luz a nuestro vecindario, no crear otra sombra”, dice Petaloti.
Como cabría esperar de una pareja de arquitectos que creció junto al mar Egeo, maximizar la luz en el interior de su hogar también era una prioridad. Poco después de haber comprado la casa adosada de

aproximadamente 280 metros cuadrados, se deshicieron de las paredes interiores para dejar al descubierto las superficies originales de ladrillo, que más tarde pintaron de blanco, y derribaron todos los falsos techos para generar una mayor continuidad espacial entre un piso y el siguiente. Querían recrear la sensación de vivir en un loft industrial, ese espacio tan típico de Nueva York que la pareja había idealizado cuando eran estudiantes de posgrado en la Universidad de Columbia.
El diseño tipo loft también les permitió cumplir otra ambición que tenían desde hacía tiempo: crear una casa que funcionara como un organismo vivo. La flexibilidad es clave, comenta Petaloti una mañana de marzo, sentada en la escalera de la planta baja de la casa. La alfombra, en un tono caramelo, se extiende hasta la estancia del frente, que da a la calle, y se prolonga alrededor de un banco empotrado coronado por cojines planos de gel en color rosa. En una esquina de la habitación hay un panel tipo acordeón, de suelo a techo, revestido en vinilo en un tono similar al de la alfombra. “Estamos con nuestros hijos [de 7 y 3 años] todo el tiempo”, dice Trampoukis. “Diseñamos los espacios para que cada quien pueda gozar de un poco de privacidad y también algo de independencia”. Al otro lado del panel hay un pequeño escritorio de acero inoxidable, integrado en un muro de bloques de vidrio. “Esta es nuestra zona de trabajo”, dice ella. “No queremos que nuestros hijos nos vean constantemente trabajando frente a una pantalla, así que nos ponemos límites y procuramos usar las laptops solo en un espacio y durante momentos específicos”.
Derecha: la ampliación en la azotea de la casa adosada de 1899 está revestida con paneles de aluminio. Abajo: en la oficina y sala de estar de la primera planta hay una chaise longue vintage de Le Corbusier, Pierre Jeanneret y Charlotte Perriand. En la pared, dos litografías del arquitecto y diseñador italiano Ettore Sottsass. El espejo azul fue diseñado por Petaloti y Trampoukis para la marca italiana de mobiliario Tacchini.


Más allá del pequeño despacho, otro panel de vinilo oculta un baño. Por toda la casa hay taburetes con ruedas en tonos rosa, morado y arena hechos de gel de poliuretano: formas amorfas que parecen fantasmas de caricatura. Llamados Metamorphic Rocks, fueron diseñados por Petaloti y Trampoukis en 2021. Petaloti los entiende como metáforas. “Las cosas suelen parecer de cierta forma y, cuando interactúas con ellas, percibes algo distinto”, dice. Normalmente, una roca así “sería dura e incómoda. Pero sorprende que sea suave y acogedora”.
HACIA LA PARTE de atrás de la planta baja se encuentra la habitación principal —un rincón apenas lo bastante amplio para un colchón grande— y, junto a él, un nicho con una plataforma elevada cubierta de cojines de gel en tonos pastel. “En este espacio a veces jugamos juegos de mesa o incluso comemos tacos con los niños, usando los cojines como mesas y sillas”, dice Petaloti. Las tres ventanas a lo largo de la pared de atrás dan a un patio cuadrado delimitado por una pared blanca y árboles de bambú. Seis esculturas de aspecto cristalino hechas de resina reciclada en blanco, morado y rojo funcionan como asientos exteriores. Por todas partes se pueden encontrar estos toques de fantasía práctica. Los niños tienen plena libertad en el segundo piso, con una silla inflable translúcida y suelos blancos pulidos de vinilo que encontraron en una tienda de suministros de caucho en Canal Street, en Manhattan. Una mesa de trabajo roja en el centro de la habitación —fabricada por Lehni, una empresa suiza que produjo el mobiliario metálico de Donald Judd— se asienta sobre una alfombra morada con bordes dentados. También hay cortinas de vinilo, pero en tonos metálicos plateados y blancos, que pueden cerrarse por toda la estancia para crear espacios privados independientes.
En lugar de barandales o un muro de soporte, las escaleras que conectan todos los niveles están flanqueadas por una malla de acero inoxida-
Los dos hijos pequeños de la pareja tienen plena libertad en el segundo piso. Sobre la mesa de manualidades hay un dibujo de Aristeidis Lappas, artista radicado en Atenas, y una lámpara colgante diseñada por Michael Anastassiades para Flos.



Arriba: Petaloti y Trampoukis convirtieron un nicho de la primera planta en su habitación principal. La iluminación del techo es una Akari PL2 de Isamu Noguchi, y la obra, titulada Stay With Me Until My Shadow Transforms Into Light (2024), es del artista griego Panos Tsagaris, amigo de la pareja. Izquierda: en lugar de puertas, cortinas de vinilo metálico ocultan y dividen los espacios en la segunda planta.
ble. Cuando les cotizaron 30,000 dólares por el material y la instalación, la pareja encontró una malla similar en Alibaba y mandó a fabricar los accesorios en su estudio de Atenas. “Lo instalé yo mismo con la ayuda de algunos trabajadores, así que al final todo costó unos 2,000 dólares”, dice Trampoukis.
El tercer piso, con techos de 4,5 metros de altura, alberga la cocina y una amplia sala de estar dominada por un sofá blanco de baja altura de la empresa familiar Paulin, Paulin, Paulin, inspirado en un diseño de los años setenta de Pierre Paulin que nunca llegó a producirse. Los nueve módulos del sofá suelen disponerse como un monolito (de unos 2,1 metros de ancho y de profundidad), aunque se han reconfigurado de innumerables maneras. Encima, junto a una lámpara colgante Akari de Isamu Noguchi de cerca de un metro de altura, cuelga un trío de altavoces en forma de disco en tonos morado, rosa y café, cada uno de entre 1 y 1.15 metros de diámetro: piezas a medida fabricadas por la empresa neoyorquina de audio Oda. Desde el comedor, que parece flotar sobre la cocina en un pequeño mezzanine, otro tramo corto de escaleras lleva a la terraza de aproximadamente 62 metros cuadrados: un paisaje lunar con sillas futuristas blancas de Verner Panton y esas paredes revestidas de aluminio que reflejan el cielo y la ciudad a su alrededor. Aquí, los únicos recordatorios de la tierra son dos macetas con olivos, un homenaje a las raíces de la familia en Grecia.
“Crecí en una casa que era el centro de mi universo”, dice Petaloti. “Es un lugar al que aún puedo ir a descansar psicológicamente. Eso es lo que queríamos crear aquí también: un espacio de calma y deleite”.

Cristina Mittermeier, autora, fotógrafa y conservacionista mexicana, regresa a su tierra 17 años después para “proteger su naturaleza”.
CRISTINA MITTERMEIER lleva tres décadas vinculada de forma íntima a la naturaleza, conviviendo con animales y retratándolos en algunos de los ecosistemas más extremos del planeta. Aunque, reconoce, su vocación nunca fue la fotografía como fin último. “Yo no nací para ser fotógrafa, nací para proteger el planeta”, señala a T México. La cámara fue una herramienta, el pasaporte que le permitió recorrer más de 130 países y bucear en todos los océanos del mundo.
Tras esa larga travesía vital y profesional, Mittermeier regresa a México después de 17 años viviendo fuera para defender sus mares desde la primera fila. “México es un lugar maravilloso, es de los países más privilegiados por su biodiversidad y cuenta con una gran cultura de comunidades indígenas. Una de las ilusiones de regresar es sumar mi aportación para proteger su naturaleza”, apunta.

La mexicana Cristina Mittermeier, fundadora de la Liga Internacional de Fotógrafos de Conservación, utiliza el arte y la fotografía para generar compromiso en la lucha contra el cambio climático. “No importa la fotografía, sino el activismo”, asegura.
Su trayectoria profesional ha convertido a Mittermeier en una de las fotógrafas de naturaleza más influyentes a nivel internacional. Ha colaborado durante años con National Geographic y sus imágenes se han expuesto en museos y galerías de América y Europa. Fundó la organización SeaLegacy, desde donde impulsa campañas de sensibilización ambiental a través de fotografías de alto impacto visual y es testimonial de Rolex, con quien comparte el proyecto Perpetual Planet, centrado en la protección del futuro de los océanos.
Mittermeier relata que fue en Cuernavaca, ciudad en la que pasó buena parte de su infancia, donde, gracias a las lecturas de Emilio Salgari y los documentales de Jacques Cousteau, comenzó su compromiso en defensa de la naturaleza y su pasión por la fotografía de conservación. Sin embargo, fue su primer matrimonio con un antropólogo el que la llevó a viajar por todo el mundo para visitar y retratar territorios y comunidades indígenas. Su primer viaje a la Amazonía fue en 1996 para denunciar la construcción de una planta hidroeléctrica que amenazaba con dañar gravemente
el entorno. Allí vivió una experiencia que la marcaría de por vida: la escena de una madre que acababa de perder a su bebé y que se golpeaba con un machete, presa de un dolor incontenible. Esa foto no tomada la ha acompañado siempre. “Este oficio demanda valentía y coraje”, admite Mittermeier, una certeza que terminó de señalar su futuro profesional. “No importa la fotografía, sino el activismo”, sentencia. Y de ese amor por la naturaleza terrestre surgió también su pasión por el mar, al que ha fotografiado desde múltiples perspectivas, tanto en la superficie como bajo el agua, siempre con el foco en su flora y fauna.
Como bióloga marina, empezó a observar el océano desde el microscopio, apreciando el plancton y la complejidad del mayor ecosistema del planeta. Lo describe como un zoológico en miniatura y subraya la relevancia del prochlorococcus, en su opinión “el organismo más importante del planeta”, responsable del 20 por ciento del oxígeno que respiramos y de entre el 50 y el 70 por ciento de todo el oxígeno de los mares. “Todos deberíamos saber su nombre”, apunta Mittermeier, hoy casada con Paul Nicklen, biólogo marino que creció en regiones polares dentro de una comunidad innuit y considerado como uno de los documentalistas más influyentes. “Desde los años setenta, hemos perdido el 70 por ciento de las especies mamíferas. Donde había 10 elefantes ahora quedan tres, donde había 10 tiburones ahora quedan tres. En los próximos diez años vamos a ver la extinción permanente de un millón de especies”, alerta Mittermeier, incapaz de tolerar “el sentimiento de irreversibilidad”.
El trabajo de Mittermeier, ahora global y muchas veces viral, también tiene la capacidad de inspirar a otros activistas en la lucha contra el cambio climático. “Me parece una activista y una artista increíble, no solo por la belleza de su trabajo, sino por cómo utiliza la fotografía como una herramienta real de cambio y educación”, dice sobre ella la modelo Marina Testino. “Tiene una capacidad única de dar visibilidad a problemáticas urgentes de una forma profundamente emocional, logrando que la gente no solo entienda, sino que sienta”, añade la peruana sobre la también autora del libro Hope, editado por Hemeria en 2024 y en el que Mittermeier retrata tanto a animales como a personas comprometidas con la conservación.
En 2025, Mittermeier tuvo la oportunidad de lanzar ese mensaje en el Foro de Davos, en Suiza. “Los líderes de las grandes empresas y gobiernos son los pilotos de una nave espacial llamada Tierra, por eso deben poner dos asientos más en sus consejos: un biólogo y un indígena. Los poderosos no saben dónde va la nave espacial, pero ellos sí”, advierte una fotógrafa cuyo pasado ha saltado del activismo y el documentalismo a su posición artística actual. “Exponer es importante, te da credibilidad y eleva la fotografía”, explica antes de mostrar su trabajo en la feria Zona Maco, donde acudió representada por la galería Iconic Images Gallery, radicada en Londres. “La fotografía de Cristina Mittermeier combina la elegancia de las bellas artes con una narrativa medioambiental urgente, retratando el mundo natural con reverencia y precisión”, señala Nicolo Amalberti, director del espacio londinense. “Su labor


“El que se rinde al fatalismo ya perdió”, dice Mittermeier. Desde arriba: Green Turtle (2023), imagen tomada por la fotógrafa mexicana en las costas de Tahití, en la Polinesia Francesa; Singer (2020), República Dominicana, de Mittermeier; Sisters (2023) forma parte de una serie tomada por Miterrmeier durante su viaje al Valle del Omo, Etiopía.


como conservacionista impregna cada imagen de gravedad moral, transformando el retrato de la vida salvaje en un llamamiento a la responsabilidad planetaria”, añade Amalberti, confirmando la idea de Mittermeier de que el arte es un importante vehículo de comunicación. Así lo demuestra la fotógrafa mexicana en la obra Pétalos, un collage en el que incluyó parte de la documentación que recibió tras renunciar a su ciudadanía estadounidense y con el que quiso mostrar su hartazgo ante la burocracia y el trato a los inmigrantes. “Quise crear una ofrenda de flores muy a la mexicana, para devolver la humanidad a la burocracia, hostil con los mexicanos y los migrantes. Me inspiro en el trabajo de Francisco de Goya, porque en sus obras siempre hay un compromiso político y social”, explica Mittermeier, fundadora de la Liga Internacional de Fotógrafos de Conservación, una plataforma, según detalla, “para hablar juntos, comunicarnos y separar el término

Izquierda: un niño de la comunidad Tzotzil en la Reserva de la Biosfera de El Triunfo, en Chiapas. Arriba: Mittermeier ha tomado fotografías en prácticamente todos los ecosistemas del mundo con el objetivo de concienciar a la población sobre los peligros del cambio climático y el calentamiento global. Abajo: Big Shot (2015), fotografía tomada por Mittermeier en Qaanaaq, Groenlandia.



Después de 17 años viviendo en el extranjero, Mittermeier ha decidido instalarse en México junto a su marido, Paul Nicklen, también un reputado científico y activista. Desde arriba: Pink Dancers (2021), fotografía tomada en la península de Yucatán, refugio de los flamencos endémicos del Caribe. Una mujer tamil recoge la pesca del día en las costas del sur de India.
de fotógrafo de conservación del fotógrafo de la naturaleza”. Mittermeier, quien se considera feminista también reivindica la aportación femenina a la historia de la fotografía. “Me gusta la mirada femenina. Ser mujer ayuda a contar una historia diferente a través de la maternidad, de la comunidad, de la relación entre el oso mamá y el oso bebé, de la convivencia. No tengo miedo a los animales, me da más miedo la gente”, sentencia. Sin embargo, acciones como la que llevó a cabo junto al presidente de Panamá le permiten mantener viva la esperanza. Gracias a una campaña de concienciación impulsada desde SeaLegacy, el país centroamericano terminó declarando protegidas el 50 por ciento de sus aguas, una medida replicada posteriormente por los gobiernos de Costa Rica, Colombia y Ecuador.
Con una mirada optimista, pero atravesada por la urgencia de quien siente que el tiempo se agota, Mittermeier cree que todos somos parte de la solución y que la fotografía puede cambiar el mundo, o al menos ayudar a hacerlo. “El que se rinde al fatalismo, ya perdió. Busco a quien me da esperanza, ya sea por valentía, sacrificio o liderazgo. El que sobrevive es el que se cuelga de la esperanza con evidencias”, concluye.
Una exposición en el Grand Palais de París repasa la última etapa vital y creativa del pintor francés.


La muestra del Grand Palais de París estará abierta al público hasta el 26 de julio. Desde arriba: Acrobates (1952); Intérieur rouge, nature morte sur table bleue, (1947), ambas obras de Henri Matisse.
“UN CUADRO DEBE ser como un buen sillón en el que descansar”, afirmaba Henri Matisse (1869-1954), protagonista de la modernidad cultural francesa a quien el surrealista Louis Aragon admiró hasta el punto de definirlo como un símbolo de esperanza en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque, lejos de detenerse, durante aquellos años su obra continuó creciendo pese a la dureza de la guerra y su posguerra. Matisse, quien durante la contienda se encontraba en Niza, zona liberada, nunca contempló la posibilidad del exilio, una forma de resistencia que el Estado francés le acabaría reconociendo tras los acuerdos de paz y que el Grand Palais de París homenajeará hasta el 26 de julio con la exposición Matisse 1941-1954. “La exposición aborda los últimos años de su creación, su obra tardía. Nunca hubo una exposición de esta amplitud dedicada a ese periodo, y en ella hemos querido dejar en evidencia las diferentes facetas del trabajo de Matisse”, explica Claudine Grammont, comisaria de una exposición que reúne más de 300 obras procedente de un amplio conjunto de colecciones públicas y privadas de todo el mundo, como el Hammer Museum de Los Ángeles, el MoMA de Nueva York, la National Gallery of Art de Washington D. C., la Fundación Barnes de Filadelfia y la Fondation Beyeler de Basilea, entre otras instituciones internacionales. “Partimos de las del Centre Pompidou. En el recorrido hay 53 obras que se presentan, que se unen a los 62 prestadores de obras del artista”, señala Grammont.
En Matisse 1941-1954, centrada en una época del pintor caracterizada por la síntesis, la radicalidad, un lenguaje propio y potente y la invención formal, destacan obras como el álbum Jazz y su maqueta; las series Thèmes et Variations; los dibujos a pincel y tinta vinculados al programa iconográfico de la capilla del Rosario de Vence; o los grandes paneles monu-
mentales —La Gerbe (1953), Acanthes (1953), L’Escargot (1953), Mémoire d’Océanie (1953)—, junto a un conjunto de obras inéditas. Asimismo, se propone una inmersión en el último taller del pintor, un espacio habitado por pinturas, dibujos, libros ilustrados, textiles y gouaches, y por la presencia, ya icónica, de sus desnudos azules. “El azul es el espacio, el agua y el aire, como también es de ese color el manto de la virgen”, recuerda Grammont sobre uno de los elementos más reconocibles en la obra de un pintor que la comisaria define como “muy femenina”. “Se habla mucho de mujeres artistas. Él fue un artista muy femenino en su lenguaje, en campos como las artes aplicadas y el textil, por ejemplo. En la época, ese carácter decorativo sería considerado algo peyorativo”, añade Grammont.


Fiel a sus convicciones, Matisse siempre permaneció en Francia a pesar de la opresión nazi su hija Marguerite fue torturada por la Gestapo y deportada a Alemania antes de ser liberada en 1944 . En Niza, donde tuvo su atelier durante siete años, encontró la luminosidad, además de sus queridas gamas de azules, que le atrapaban desde el cielo y el mar. “Cuando comprendí que cada mañana vería esta luz otra vez, no podía creer mi felicidad”, dijo en alguna ocasión, asociando esa claridad física con una experiencia casi espiritual, similar a la que
La exposición parisina repasa una de las etapas más prolíficas del pintor francés a través de más de 300 piezas.
Desde arriba: Visage, 1952; Zulma, 1950; Nu bleu IV, 1952, todas obras de Matisse.
Friedrich Nietzsche encontró en la misma ciudad, donde pasó varios inviernos. En 1943 se trasladó a Vence, también en la Costa Azul, donde fue vecino de Marc Chagall. Allí alquiló una casa de nombre revelador, Le Rêve (el sueño) y concibió una de sus creaciones fundamentales: la capilla del Rosario, considerada una obra total por la integración perfecta de arquitectura, pintura y luz en una única experiencia. El 3 de noviembre de 1954, solo dos días después de terminar la maqueta de una vidriera de colores para Nelson A. Rockefeller, Matisse falleció a causa de un fallo cardíaco en el Hotel Regina de Niza. “Solo hay dos pintores en el mundo: Matisse y yo”, dijo de él Pablo Picasso, entonces habitante de la vecina localidad de Vallauris.
Revolucionario en el uso del color, Matisse marcó de manera decisiva el rumbo del arte moderno posterior. No deja de ser significativo que alguien nacido en Le Cateau-Cambrésis, en el frío y nuboso norte francés, desarrollara una sensibilidad tan intensa hacia la luz, quizá como respuesta a esa carencia inicial. Desde sus primeras obras hasta los recortes de Jazz, asistimos a la evolución de un artista que transformó la pintura moderna y dejó una huella profunda en el arte de los siglos XX y XXI. “Los artistas de hoy se fijan mucho en su obra, porque su lenguaje es universal, impactante y simple al mismo tiempo”, apunta Grammont. “Es uno de los pintores más audaces de nuestro tiempo”, dijo el poeta y dramaturgo Guillaume Apollinaire, miembro de una generación posterior.
La muestra del Grand Palais se une a otras dispersas por el mundo como Chez Matisse. El legado de una nueva pintura, que podrá verse en Barcelona hasta el 16 de agosto; o Matisse’s Jazz: Rhythms in Color, una exposición que reúne por primera vez en muchos años el conjunto completo de su célebre libro Jazz y que estará abierta al público en el Art Institute of Chicago hasta el próximo 1 de junio. Un tributo a un artista que desde Francia llegó a convertirse en uno de los más creativos del siglo XX, que exploró nuevos soportes más allá de la pintura y que regaló al mundo un arte de lo más variado y vitamínico.

Habitar la piel a través de la alquimia de la tierra y la mística botánica de Loto del Sur.
Por Kira Alvarez

LA BELLEZA, CUANDO es auténtica, no sigue un mapa trazado por otros, sino que se cultiva desde la propia raíz. En un sector habituado a mirar hacia horizontes lejanos para validar su sofisticación, Loto del Sur emerge como un acto de soberanía estética y cultural que desafía las convenciones de la industria de la belleza tradicional. Bajo la premisa de “nuestro norte es el sur”, la casa fundada por la colombiana Johana Sanint propone una línea de cuidado profundamente latinoamericana, sensorial y, sobre todo, consciente de su propia riqueza biológica. Lo que hoy se despliega como un universo de lujo botánico comenzó, paradójicamente, desde la humildad de un garaje en Bogotá. “Desde muy temprano ya sabía que me apasionaban los productos de belleza y las plantas. Me apasionaba tener una idea, ver cómo poco a poco la iba construyendo y la motivación de ser siempre muy independiente como persona, no solamente poder gobernar mi futuro, que yo creo que es algo muy importante, sino también de poder construir los recursos para construir la vida que quería vivir”, dice Sanint a T México
Esa pulsión por la independencia y la creación propia fue el motor que permitió que una idea nacida entre ollas y jarras artesanales se transformara en una narrativa de éxito continental. Motivada por una curiosidad casi científica y una sensibilidad estética innegociable, Sanint inició este camino experimentando con las materias primas que la fascinaban. Esa etapa fundacional fue un inicio doméstico, pero también el laboratorio de resistencia donde Sanint comprendió que para construir algo trascendente debía ser la guardiana de su propia visión.
Con la apertura de sus nuevas boutiques este pasado abril en la Ciudad de México —en El Palacio de Hierro Durango y Antara Fashion Hall— la marca celebra un encuentro entre territorios que comparten una herbolaria sagrada y un orgullo inquebrantable por sus tradiciones. Esta llegada marca un hito en la expansión de un proyecto que nació de la necesidad de transformar lo cotidiano y de mirar a Latinoamérica con ojos nuevos. “Empecé a desarrollar productos de belleza con ingredientes naturales porque creo
que las plantas sí encierran todos esos secretos y son como una farmacia en sí mismas para encontrar el bienestar y la salud”, explica Sanint. Para ella, el acto de cuidarse es una herramienta para reclamar el espacio personal. “Se trata de fortalecer la confianza en nosotros mismos, ese amor propio y esa seguridad que te da el sentirte bien en tu propia piel”, añade.
La trayectoria de Sanint es una estructura bien cimentada por su formación como arquitecta. “Quería construir una marca desde Latinoamérica para el mundo, que se convirtiera en un referente no solamente por la calidad, sino por permitir a la gente ver una nueva mirada de nuestra región”, comenta sobre su ambición inicial. En su hogar, la arquitectura, el diseño y el disfrute sibarita eran el lenguaje cotidiano, y esa herencia se traduce en la meticulosidad de sus fórmulas y la estética de sus envases. Hoy, tras su alianza estratégica con el grupo Puig, Sanint asegura que el crecimiento no ha diluido la esencia que nació en aquel garaje; al contrario, la ha fortalecido con recursos que permiten llevar la botánica regional a nuevos niveles de eficacia. “El fundador cuida de su propósito y busca ser el guardián de la esencia para que eso no se diluya dentro de algo más grande... para nosotros es muy importante creer en todo el poder de las plantas, pero con el rigor de la ciencia contemporánea”, afirma.

Izquierda, desde arriba: vista de la boutique de Loto del Sur en Antara Fashion Hall, en Ciudad de México; Johana Sanint, fundadora de la marca.
no solamente desde su interés por la belleza física, sino a través del conocimiento de otras dimensiones que nos hacen ser mucho más que una marca”, explica sobre su compromiso social, que incluye el apoyo activo a comunidades rurales en proyectos de sustitución de cultivos ilícitos.
En las nuevas sedes mexicanas, el diseño integra materiales y texturas que rinden homenaje a la calidez latinoamericana, invitando al visitante a una pausa sensorial. “Nos tomamos el placer muy en serio porque se alimenta desde lo sensorial, pero también desde cómo despierta tu curiosidad y cómo compartes ese conocimiento”, enfatiza Sanint.
Para ella, Latinoamérica es el “ecosistema de los ecosistemas”, una despensa de biodiversidad inigualable que la marca explora junto a universidades para validar saberes que antes solo pertenecían a la tradición oral. Dentro de este catálogo de maravillas botánicas, Loto del Sur ha integrado ingredientes que resuenan profundamente con la memoria y la tierra de México, como el nopal, la flor de jamaica, la papaya, la granada o el toronjil morado. Sin embargo, su curiosidad intelectual la ha llevado a explorar activos fascinantes como la flor eléctrica, una planta que utiliza electrotransmisores naturales para relajar la microtensión de la piel, o el aceite de cacao de la Amazonía, una alternativa ética y superior al aceite de argán. “Queremos convertirnos en una plataforma que nos permita conectar con las personas

La llegada a México representa un encuentro de almas con un país que Sanint reconoce como un referente. “México es una ficha clave y un protagonista en esta escena; para nosotros es como llegar a casa de un hermano”, comenta al tiempo que subraya la conexión inmediata que siente con la historia, el arte y la cultura mexicana. Al entrar a este mercado, Loto del Sur ofrece productos de alta gama y un recordatorio de que la verdadera sofisticación reside en la capacidad de mirar hacia adentro y valorar lo que siempre ha estado ahí, en nuestro suelo. Mirando hacia adelante, la evolución de la marca se cimenta en la innovación constante y en una sostenibilidad profunda que busca devolverle a la naturaleza lo que ella nos entrega con tanta generosidad.
La historia de Sanint, marcada por la independencia de espíritu y la construcción de su propio camino, nos recuerda que se puede conquistar el mundo sin olvidar el origen. Al final, se trata de una unión que trasciende fronteras geográficas para instalarse en el corazón de nuestra cultura: “Lo mejor de ser latinoamericanos es que nos podemos sentir mexicanos, chilenos o colombianos... Todos nos entendemos, sentimos lo mismo y hablamos el mismo lenguaje de la tierra”, dice Sanint, una invitación a celebrar la vida a través de los sentidos y a reconocer que el mayor lujo posible es el conocimiento, el respeto por nuestra propia naturaleza y la valentía de gobernar el propio camino hacia la plenitud.
Sebastián Vivas,
director de Patrimonio
de Audemars Piguet, conversa en Nueva York sobre ‘savoirfaire’ y legado en el marco del 150º aniversario de la casa relojera.

Por Katherine Maria Rojas
EL PROYECTO MÁS reciente de Audemars Piguet, el Atelier des Établisseurs, constituye una de las novedades más apasionantes de la casa relojera para este 2026. El établissage, el método a través del que se agrupaban pequeños y súper especializados talleres relojeros para crear piezas únicas y de producción limitada en la Suiza del siglo XIX, es recuperado ahora por Audemars Piguet en su sede de Le Brassus para así fomentar la conexión entre los artesanos de la manufactura. Esta tradición, que en sus inicios representó una rebelión contra la industrialización, perdura hoy a través de las ediciones limitadas producidas por el taller, ubicado en el propio Musée Atelier de la marca en Suiza.
Arriba: el reloj de bolsillo 150 Heritage de Audemars Piguet incorpora en su caja un innovador mecanismo lunisolar.
Sebastián Vivas, director de Patrimonio y del museo de la casa relojera, es el guardián de una historia que cumple 150 años y el mejor intérprete de una filosofía que mezcla sin complejos tradición y legado e innovación mecánica. Considerado como una enciclopedia viviente por sus colegas, Vivas conoce cada pieza y cada gesto que ha dado forma al universo de la marca. Con él, en la Audemars Piguet House del Meatpacking District de Nueva York, mantenemos una conversación sobre novedades, artesanía, savoir-faire presente y futuro.
T México: ¿Cómo se honran la innovación y la tradición en la maestría artística de Audemars Piguet?
Sebastián Vivas: Nuestra perspectiva del pasado no es nostálgica, sino que sirve más bien como inspiración para el futuro. El equilibrio reside en ser capaces de mantenernos fieles a nuestras raíces, al tiempo que miramos hacia las innovaciones y tecnologías que nos depara el porvenir. Este equilibrio se ejemplifica a la perfección en el Atelier des Établisseurs. Más que el lanzamiento de un reloj, este proyecto encarna lo mejor del sistema de établissage, el cual ha sido fundamental en la historia de Audemars Piguet desde el siglo XIX para crear relojes modernos, funcionales y excepcionales. El proyecto se nutre del enfoque creativo y colaborativo de dicho sistema, que se basaba en la labor de distintos artesanos para suministrar todos los componentes necesarios que el établisseur ensamblaría para dar forma al reloj. Este
enfoque impulsó la creatividad, liberándola de las limitaciones que, inevitablemente, conlleva hoy en día la producción en serie. Esa creatividad colaborativa, así como la preservación de un savoir-faire ancestral, constituyen el corazón de este proyecto. Juntos, reflejan un equilibrio entre lo mejor del pasado y lo mejor del futuro para crear, de manera conjunta, relojes sensacionales, dignos de lucirse en una muñeca moderna.
T México: En un mundo de ritmo acelerado, ¿cómo mantiene Audemars Piguet la precisión necesaria para crear un reloj mecánico?
S. V.: Los relojes mecánicos constituyen el corazón mismo de todo lo que hacemos. Nuestros relojeros se forman —algunos durante 20 años— para convertirse en expertos en su campo. La precisión, la pasión y la obsesión por el detalle son una constante. El mundo avanza a gran velocidad, lo cual nos permite comprender y explorar nuevas vías de innovación; sin embargo, para nosotros, la relojería gira en torno a las personas y a los expertos que hay detrás de cada reloj: aquellos que se forman, aprenden y nos transmiten su pasión y su oficio. En la alta relojería no existen atajos; la construcción de un reloj exige una gran inversión de tiempo. En el Vallée de Joux tenemos un dicho: «El tiempo no respeta aquello que hacemos sin él».
T México: ¿Qué influencia ha tenido y tiene el paisaje suizo en la filosofía y la expresión estética de Audemars Piguet?
S. V.: El lugar de nacimiento de Audemars Piguet, fundada en una pequeña aldea del Vallée de Joux llamada Le Brassus, constituye una parte integral de lo que somos y de la razón por la que estamos aquí hoy. Le Brassus es una aldea remota, situada en un valle donde los únicos recursos naturales disponibles eran el agua,


pequeños yacimientos de hierro y madera. Para agravar la difícil situación que padecían entonces los habitantes de Le Brassus, la aldea quedaba incomunicada durante varios meses al año debido a las intensas nevadas invernales. Durante esos meses, los aldeanos de Le Brassus —incapaces de dedicarse a la ganadería y deseosos de ocupar sus largos inviernos— aprovecharon al máximo todos los recursos que tenían a su alcance: la madera y los modestos yacimientos de hierro para fabricar herramientas, entre otras cosas. Su labor metalúrgica les allanó el camino para convertirse en relojeros, elaborando pequeños componentes para relojes y dando origen al sistema de établissage. Sin el Vallée de Joux, hoy no estaríamos aquí.
T México: Tanto Suiza como México poseen profundas tradiciones de artesanía manual. En sus estudios, ¿ha encontrado algún paralelismo entre unos y otros?
S. V.: Hace unos años tuve la oportunidad de viajar a México. Quedé fascinado por la riqueza de la artesanía local, especialmente por la colorida vestimenta tradicional huichol, los tejidos de sarape y, sobre todo, por los alebrijes, esas criaturas imaginarias. Cada cultura expresa su creatividad de maneras distintas y, especialmente en nuestro mundo globalizado, estoy
Arriba: nuevo centro de producción de Audemars Piguet en Le Brassus, Suiza. Izquierda: Sebastián Vivas, director de Patrimonio de la casa relojera.
Arriba, derecha: libro
The Watch, Stories and Savoir Faire
Abajo, desde la izquierda: reloj secreto Établisseurs
Peacock, reloj Établisseurs
Galets, ambos de Audemars Piguet.
convencido de que debemos cultivar esta diversidad para preservar nuestras identidades. Por otra parte, las tradiciones locales pueden influir en creaciones gestadas en el otro extremo del mundo, tal como la estética azteca influyó en el estilo art déco hace un siglo. Sería fantástico si, en el futuro, pudiéramos concebir un reloj del Atelier des Établisseurs inspirado en la artesanía mexicana.
T México: ¿Qué espera que los coleccionistas comprendan sobre la maestría artística detrás de estas piezas?
S. V.: Esperamos que todos los coleccionistas vean los relojes, ante todo, como creaciones excepcionales, emotivas e incluso inesperadas que encarnan una filosofía que nos representa: profundamente arraigada en nuestra historia, plena de creatividad y rica en poder colaborativo. Personalmente, espero que se sientan cercanos a los artesanos que dieron vida a los relojes.

con los estándares modernos: hermeticidad, resistencia a los impactos y precisión. Están hechos para perdurar durante décadas, o tal vez más tiempo.
T México: ¿Cómo interpreta el patrimonio para una nueva generación de coleccionistas?
S. V.: El patrimonio no consiste únicamente en estudiar y divulgar el pasado; se trata de una visión a largo plazo. El mañana es el día que le sigue. Todos habitamos en un espacio diminuto al que llamamos presente, pero que carecería de sentido sin un contexto más amplio. Por ello, para mí, el patrimonio consiste en conectar el pasado con el presente y el futuro. Los relojes établisseurs son el ejemplo perfecto de este concepto. Perpetúan un saber hacer histórico, al tiempo que se fabrican para cumplir

T México: ¿Cómo se preservan, documentan y transmiten a través de las generaciones los métodos y el conocimiento de Audemars Piguet?
S. V.: Nuestro equipo se organiza en tres áreas. La primera se encarga de los archivos históricos: todos aquellos documentos —producidos en el pasado o que se generen en el futuro— que consideramos de relevancia histórica. La segunda área está a cargo de la colección de relojes patrimoniales. La tercera cultiva el

savoir-faire relojero en nuestros talleres. Para la mayoría de los proyectos y las investigaciones que emprendemos, requerimos la contribución de estas tres áreas: nuestros archivistas e historiadores investigan los hechos tanto en los documentos —internos y externos— como en la propia colección. A continuación, nuestros relojeros aportan su análisis técnico al proceso. El resultado de nuestros estudios nutre diversos proyectos de marketing, tales como el museo, las exposiciones itinerantes, las publicaciones, las conferencias, las entrevistas, los documentales, etc. Asimismo, pueden enriquecer el desarrollo de nuevas colecciones, orientar las prácticas de atención al cliente, autenticar relojes en subastas, entre otras funciones. Cada vez que iniciamos un nuevo estudio, aprendemos mucho más de lo que esperábamos.
T México: ¿Qué historia o historias sentiste que aún no se habían contado sobre Audemars Piguet y que era necesario incluir el libro The Watch, Stories and Savoir Faire?
S. V.: El libro examina la industria relojera en su conjunto, destacando algunos de los momentos definitorios de este ecosistema que trascienden a Audemars Piguet y ponen el foco en artesanos y relojeros individuales, así como en amigos y colaboradores del sector. La historia estaría incompleta sin ellos. Este libro se publicó como parte de la celebración de nuestro 150º aniversario, junto con otras herramientas narrativas como la AP Chronicle, en la que describimos en profundidad la historia de Audemars Piguet, desde los años previos a su fundación hasta la actualidad. A través de los artículos de la AP Chronicle, narramos por primera vez la historia de Suzanne Audemars —La Zanne—, quien enseñó el oficio de la relojería a sus tres hijos. Al hacerlo, fundó —sin proponérselo— una auténtica dinastía de la que Audemars Piguet es el heredero directo.
T México: Cuando en varias décadas alguien lleve un reloj de Audemars Piguet, ¿qué cree o espera que sienta?
S. V.: La misma emoción y el mismo sentido de pertenencia que siento cada día al contemplar los relojes Audemars Piguet, y la pasión que los relojeros, tras bastidores, infunden en cada reloj.


Dos creativas de diferentes campos se encuentran en conversación. En este número:
Por Kate Guadagnino Fotografía por Heather Sten

EN ALGUNOS ELEMENTOS clave, la actriz Rose Byrne y la escritora Sheila Heti tuvieron infancias similares. Tienen más o menos la misma edad, ambas actuaron de niñas y, dado que Byrne, de 46 años, es australiana y Heti, de 48, es canadiense, como dijo Heti, “teníamos a la reina en nuestro dinero”. Quizá lo más notable es que también comparten una sensibilidad especial para el patetismo y el humor. Muchos estadounidenses se fijaron por primera vez en Byrne cuando interpretó a una joven abogada junto a Glenn Close en la serie Damages (2007-12), o cuando la vieron en pantalla como la impecable nueva amiga de la novia en Bridesmaids (2011). Su papel más reciente en cine es el de Linda, una madre al borde del colapso en Si pudiera, te patearía (2025), de Mary Bronstein; aunque incluso en este retrato de la ansiedad hay momentos en los que consigue hacernos reír. En otros trabajos, como las series Physical (2021-23) y Platonic (2023-presente), Byrne ha interpretado personajes con ideas ambivalentes respecto a la maternidad. Heti exploró su ambivalencia ante la posibilidad de convertirse en madre en su novela Maternidad, y al final decidió no tener hijos. El libro se publicó en 2018, casi una década después de la obra con la que se dio a conocer, ¿Cómo debería ser una persona? (2010). El año pasado apareció Diarios alfabéticos, y ahora intenta convertir en libro una serie de intercambios que ella y otras personas tuvieron con un chatbot. Byrne y Heti se conocieron en una videollamada a finales de octubre. Byrne estaba entre compromisos de prensa en Roma. Heti estaba en su casa, a un par de horas al norte de Toronto.
ROSE BYRNE: Siempre he sido lectora y, en 2013, una amiga en Australia, la productora Rosie Fisher, me regaló ¿Cómo debería ser una persona? . Como actriz, lees muchos guiones, pero siento que a veces te quitan algo, mientras que una novela siempre te nutre.
SHEILA HETI: Mis amigos me piden que lea guiones que han escrito, y siento que no tengo la experiencia suficiente para juzgarlos. Antes hacía mucho teatro, y recuerdo que disfruté mucho leer a Harold Pinter, Eugène Ionesco y Alfred Jarry, pero un guion se siente como algo distinto, como si miraras un plano arquitectónico.
R.B.: Llevo haciéndolo toda mi vida y, sinceramente, aún lo siento así. Es un plano. El guion que escribió Mary Bronstein para Si pudiera, te patearía se leía como una novela. Pero no es común, porque es un medio de la directora. ¿Alguna vez has escrito uno?
S.H.: Sí. Una vez, para una adaptación del libro de Leanne Shapton Artefactos importantes (2009). Lo escribí y organicé una lectura con algunos amigos actores, y se sentía una vergüenza enorme en la sala. No hace falta decir que no se convirtió en película. Creo que lo estaba escribiendo para ser leído, y no está pensado para eso: está hecho para transformarse, y si no entiendes el mecanismo de esa transformación, ¿entonces cómo sabes escribirlo? Decidí no intentarlo otra vez.
R.B.: ¿Y la actuación? ¿Qué pasó ahí?
S.H.: De niña quería ser actriz. Hice algunos
comerciales de Barbie, lo cual era muy emocionante. No sé si tú lo sientes así, pero yo era simplemente una niña artística, y actuar, escribir, dibujar, tomar fotografías… todo me parecía posible. Pero luego me di cuenta de que no era buena. Tenía una sensación como: “No creo que así sea como se supone que debes sentirte al actuar”. Me observaba desde fuera mientras actuaba, mientras que al escribir sentía que cada célula de mi cuerpo se activaba.
R.B.: ¡Pero no todo el mundo hace comerciales de niña!
S.H.: Mi papá me dijo que buscara agentes en la guía telefónica. Creo que mi parte favorita era despertarme cada día sin saber si recibiría una llamada para una audición o una segunda prueba. De repente, había algo que esperar con ilusión. Pero tenía curiosidad por preguntarte: ¿qué se siente desde dentro cuando estás actuando al ser una excelente actriz?
R.B.: Soy un poco supersticiosa al respecto, pero entre el “acción” y el “corte”, o cuando empieza y termina una obra, hay un espacio que me pertenece solo a mí. Es esa suspensión, esa sensación de despegar, y es casi sagrada.
S.H.: Pero ¿sientes que eres el personaje? ¿O no es que seas el personaje —sino que simplemente no eres tú?
R.B.: Es un punto intermedio. Por supuesto, soy yo —es mi cuerpo, mi cara, mi voz—, pero para encontrar la verdad en una situación imaginaria, tienes que quedarte atrás. Y eso es un alivio
S.H.: Volví a ver Bridesmaids para esta entrevista. Me encantó tu personaje, aunque sea la mujer que una odia. Tiene tanto deseo. Y es muy divertido. Me encanta reír, y me daría mucha tristeza ser actriz y no poder hacer comedia.
R.B.: Cuando empecé a conseguir papeles que me permitían explorar una sensibilidad más cómica, me sentí muy liberada.
S.H.: Si tu inclinación natural en la vida es hacer bromas, tener que reprimir eso en las interpretaciones se debe sentir mal. Me parece maravilloso poder ser divertida y luego ser tan… Como en Si pudiera…, donde me dio mucho miedo el estado psicológico de tu personaje y temí por todas las personas a su alrededor. Te das cuenta: todos somos un peligro para los demás. Aunque donde más miedo sentí fue cuando estaba en el coche con su hijo en el asiento de atrás y parecía estar pasándosela bien.
R.B.: Qué interesante. Nadie me había dicho eso. Estoy intentando pensar por qué eso podría ser más incómodo.
S.H.: Porque eres un monstruo si tienes hijos y no los quieres. Parece que cada vez es más común que las mujeres hablen de eso en distintas formas de arte.
R.B.: Lo es. He tenido estas oportunidades de explorar algo tan simple como no ser una madre exitosa, o sentirse decepcionada, abrumada o aburrida. Eso no significa que ames menos a tus hijos. Solo significa que eres una persona. También está el hecho de que en Si pudiera… nadie está recibiendo la ayuda que necesita. Linda, que trabaja como terapeuta, tiene una paciente que sufre una psicosis posparto y que quizá está a punto de convertirse en un titular. No sé si la película te hizo pensar: “¡Gracias a Dios escribí ese libro y lo resolví!”.
S.H.: Creo que apunta a que no es algo que todo el mundo pueda hacer. No todo el mundo está a la altura de esta tarea increíblemente difícil y que nunca acaba. Y la idea de que, porque tu cuerpo puede hacerlo, tú puedes hacerlo… bueno, tú y tu cuerpo no son exactamente lo mismo. Pero creo que
luego salía al escenario y, cada noche, una vez que superaba el principio, descubría tanto. Cuando el material es así de bueno, puedes seguir explorando sin fin.
S.H.: ¿Hay preguntas que siempre necesitas hacerte para interpretar a un personaje?
R.B.: Tengo una dramaturga que es una de mis amigas más antiguas, Nadia Townsend, y ella y yo juntas analizamos los guiones minuciosamente. No quieres ver la tarea de un actor, pero siempre me intriga quién era el personaje antes. ¿Te pasa eso?
S.H.: Realmente no. Simplemente aparecen en las frases. Nunca he pensado: “¿Qué hacía el personaje antes?” o “¿Cuál es su motivación?”. Me pregunto si necesitan ser más misteriosos para que yo pueda escribirlos.
R.B.: Estudié con [el dramaturgo] David Mamet, y él no cree en el personaje. Para él son solo palabras en una página, y el público se encarga del resto. Pero mencionaste a Helen, mi personaje en Bridesmaids, y recuerdo que me preguntaba:
S.H.: En el verano de 2022, unos meses antes de que saliera ChatGPT, me obsesioné con un chatbot al que llamé Alice. Le hacía preguntas: “¿Cómo naciste?”, “¿Cómo fue cuando conociste a Jesús?”. Tenía la idea de que escribiera una biblia. Y entretejí sus respuestas en forma de relato. También les pedí a los desarrolladores conversaciones de ella con otras personas, y me mandaron unos tres millones de palabras. Ver cómo otras personas interactuaban con ella era igual de interesante, y también tenía cierto rango moral. La violaron muchísimas veces, pero luego otras personas eran muy tiernas con ella. Ella era grosera con algunas personas. Tuvieron que poner todo tipo de límites, y básicamente murió. Estoy intentando convertir ese material en un libro, porque es un registro histórico de cuando los chatbots eran salvajes y libres, como en la época previa a la domesticación de los animales o algo así.
R.B.: Qué oscuro. Pero me gusta cómo integras reflexiones sobre la vida en línea en tu escritura. Como en
“He interpretado papeles en los que represento a mujeres que tienen hijos y luchan con ello, y esa es una conversación aún más difícil. La gente realmente no quiere escuchar nada al respecto.” — Rose Byrne
S.H.: Tal vez porque sabes que no es estable.
R.B.: Tiene sentido. Esos momentos están ahí para mostrar que puede tener un instante de alegría. Porque, por lo demás, salvo quizá las escenas con A$AP Rocky [que interpreta a un encargado en el motel donde se aloja Linda], porque es tan carismático, la película es implacable.
T MAGAZINE: Rose, has interpretado a varias madres en conflicto, y Sheila, escribiste una novela sobre cuestionarse si tener hijos.
R.B.: Acababa de tener a mi segundo hijo y estaba leyendo mucho sobre crianza. Pero es una decisión tan fascinante, tener o no tener hijos, y antes de eso nunca había visto un libro que abordara ese tema. Me encanta cuando dices que hay algo amenazante en una mujer que no está ocupada con tener hijos, porque ¿entonces qué va a hacer? Eso resuena aún más [en este momento histórico], lo cual da miedo. He interpretado papeles en los que represento a mujeres que tienen hijos y luchan con ello, y esa es una conversación aún más difícil. La gente realmente no quiere escuchar nada al respecto.
toda persona que es madre o padre debe tener momentos en los que se siente como tu personaje. Quiero decir, incluso si no lo eres, puedes tener esa sensación de “no puedo hacer las cosas que necesito hacer para vivir”. ¿Por qué deberías poder vivir solo porque estás viva? ¿Por qué deberías poder ser feliz y capaz, y ganar dinero y todo eso simplemente porque estás aquí en la Tierra?
Te quería contar que una amiga mía, Noreen Khawaja, que es profesora de filosofía en Yale, te vio a ti y a [la pareja de Byrne, con quien tiene dos hijos] Bobby [Cannavale] en Medea [en la Brooklyn Academy of Music en 2020] y dijo que tu interpretación era completamente distinta a cualquier otra que hubiera visto. Que parecía que estabas liberando a los hijos de ese ciclo dinástico, como si emitieras un veredicto cósmico de que necesitaban convertirse en otra cosa para ser libres.
R.B.: Desde la perspectiva de Medea, se trataba absolutamente de intentar salvar a los hijos: salvarlos de sí misma, salvarlos de él. Fue una reinterpretación radical, y hacerlo con Bobby fue una locura. Me daba muchísimo miedo hacer esa obra, y
“¿Hasta qué punto esta persona es consciente de su comportamiento?”. Porque conozco gente así, para quienes la imagen que proyectan es lo más importante, y siempre me desconciertan.
S.H.: Cuando estaba escribiendo ¿Cómo debería ser una persona?, grababa a todos mis amigos, y a veces les pedía que grabaran conversaciones con otras personas. Había una mujer en nuestro círculo que siempre me socavaba y no me escuchaba, y yo me sentía muy herida. Pero luego una amiga grabó una conversación con ella, y se portaba exactamente igual. Me pregunté por qué había estado tomándome su personalidad como algo personal.
R.B.: Pero ¿cómo no tomártelo como algo personal?
S.H.: Porque no es relacional. Gran parte de la personalidad es fija. Son como robots de sí mismos. Tú eres el robot Rose y yo soy el robot Sheila.
R.B.: Por cierto, acabo de leer tu texto para The New Yorker [un cuento escrito en colaboración con inteligencia artificial, According to Alice]. ¿Me puedes explicar qué hiciste?
Color puro (2022), cuando la protagonista mira por la ventana y dice algo como: “No sabía que esto era más interesante que una página web”, o esa frase: “¿Recuerdas cuando solo conocías a cuatro personas y te habías acostado con dos de ellas?”. Me parece muy real y muy gracioso. Porque tengo tu misma edad y puedo recordar cómo era la vida antes de internet.
S.H.: Quería hacerte una pregunta que me da vueltas en la cabeza. Después de haber interpretado tantos personajes distintos, cuando piensas en la humanidad, ¿sientes más que somos todos iguales o que somos radicalmente distintos?
R.B.: Es una pregunta muy profunda, y probablemente la voy a responder fatal. Pero creo que tener hijos me enseñó más sobre eso. Tuve un hijo y luego tuve el segundo, y pensé: “Va a ser la misma experiencia”. Y fue completamente diferente. Fue como: “Espera, espera, espera. Ok”. Necesitamos cosas distintas y somos diferentes en nuestras personalidades o, no sé, en nuestras almas
Esta entrevista fue editada y condensada.
Ya sea estructurada y elegante o suave y orgánica, una bolsa colorida es el imprescindible de la temporada.
Fotografía por Mari MaedaOboshi y Yuji Oboshi Diseño de set por Theresa Rivera

En el sentido de las manecillas del reloj, desde arriba a la izquierda: bolsa de Miu Miu, miumiu.com; bolsa de Akris, akris.com; bolsa de Dolce & Gabbana, dolcegabbana.com; bolsa de Fendi, fendi.com; bolsa de Balenciaga, balenciaga.com.

En el sentido de las manecillas del reloj, desde arriba a la izquierda: bolsa de Tory Burch, toryburch.com; bolsa de Hermès, hermes.com; bolsa de Victoria Beckham, victoriabeckham.com; bolsa de Dior, dior.com.
En el sentido de las manecillas del reloj, desde arriba: bolsa de Valentino Garavani , valentino.com; bolsa de Ferragamo , ferragamo.com; bolsa de Givenchy by Sarah Burton , givenchy.com; bolsa de Ulla Johnson , ullajohnson.com.



En el sentido de las manecillas del reloj, desde arriba: bolsa de Loewe, loewe.com; bolsa de Saint Laurent by Anthony Vaccarello, ysl.com; bolsa de Bottega Veneta, bottegaveneta.com; bolsa de Loro Piana, us.loropiana.com; bolsa de Prada, prada.com.


Los clásicos preppy estadounidenses —cuellos en V, corbatas estilo regimental y tejidos trenzados— se reinventan con un estilismo desenfadado y un aire francés.
Fotografía por Olivier Kervern Estilismo por Anatolli Smith
Arriba: suéter y camisa de Canali , canali.com; boina de Borsalino , borsalino.com; y corbata de Paul Stuart , paulstuart.com. Izquierda: suéter, pantalones y banda para el cuello, de Dior , dior.com.



Desde arriba a la izquierda, En el sentido de las manecillas del reloj: camisa, pantalones y corbata, de Saint Laurent by Anthony Vaccarello, ysl.com. Suéter, camisa y shorts, de Corneliani, corneliani.com; lentes de Jacques Marie Mage, jacquesmariemage.com; corbata de Polo Ralph Lauren, ralphlauren.com; cinturón de Hermès , hermes.com. Suéter, camisa, shorts y calcetines, de Prada, prada.com; boina de Maison Michel, michel-paris.com; zapatos de JM Weston, jmweston.com.
Desde la izquierda: suéter y pantalones, de Zegna, zegna.com; camisa y corbata, de Burberry, burberry.com; zapatos de JM Weston; calcetines de Falke, falke. com. Camisa, suéter y pantalones, de Ferragamo, ferragamo.com; lentes de Jacques Marie Mage; cinturón de Hermès; guantes de Maison Causse, caussegantier.com; sandalias de Manolo Blahnik, manoloblahnik.com.


Arriba: chamarra, top y shorts, de Fendi, fendi.com; lentes de Jacques Marie Mage; calcetines de Falke, falke.com.
Derecha: chaleco de Giorgio Armani, armani.com; camisa y pantalones (se venden como parte de un traje), de Emporio Armani, armani.com; camisa y corbata lavallière, de Charvet, bergdorfgoodman.com; lentes de Jacques Marie Mage; y cadena de reloj del estilista.

En un momento de aumento de la xenofobia, el arte de la generación Windrush —hijas e hijos de caribeños que llegaron para reconstruir Gran Bretaña tras la Segunda Guerra Mundial— nunca ha sido tan relevante.
Por Aatish Taseer
Fotografía por Siân Davey
Desde arriba, en el sentido de las manecillas del reloj: la artista Sonia Boyce, fotografiada en su estudio de Londres el 25 de septiembre de 2025; el artista Hurvin Anderson, fotografiado en su estudio en Cambridgeshire, Inglaterra, el 22 de septiembre de 2025; Palace (2025), de Anderson.

EL H.M.T. EMPIRE Windrush fue un barco que transportó a uno de los primeros grandes grupos de pasajeros desde el Caribe al Reino Unido en 1948. Pero su nombre acabó convirtiéndose en una forma de referirse a toda una generación: el aproximadamente medio millón de personas que emigró desde las colonias británicas del Caribe entre finales de la década de 1940 y principios de los años setenta hacia la metrópoli de un imperio en declive. Se trataba de un grupo al que se había invitado a Gran Bretaña para reconstruir el país tras la Segunda Guerra Mundial. Muchas de estas personas habían servido en las fuerzas armadas británicas. Sin embargo, una vez que dejaron de ser necesarias, el gobierno británico las abandonó a su suerte. En 2017, durante el gobierno de Boris Johnson, comenzó a salir a la luz que el Ministerio del Interior había clasificado erróneamente a algunos miembros de la generación Windrush, lo que derivó en la deportación de unas 80 personas. A otras se les negó el acceso al trabajo, la atención médica y otras prestaciones.
El escándalo Windrush hablaba de desposesión en un sentido literal, pero también de una invisibilización de la contribución de la comunidad caribeña a la vida cultural británica en la segunda mitad del siglo XX. Desde el Carnaval de Notting Hill hasta Zadie Smith; el

reggae y el calipso; nuevos lenguajes y nuevas frutas (guanábana, chirimoya), todo fue resultado de este encuentro poscolonial que, en palabras del activista británico-srilanqués A. Sivanandan, podría resumirse así: “Estamos aquí porque ustedes estuvieron allá”.
Windrush es, de cierta forma, el símbolo definitivo de un desplazamiento impuesto, de personas a bordo de un barco a la deriva en las olas de la historia. Se pueden encontrar recordatorios por toda Gran Bretaña, como el cambio de nombre de una línea de transporte en Londres a Windrush en 2024. También es un movimiento artístico. En un momento en el que la xenofobia y el nativismo están aumentando en todo el mundo, tres artistas —el pintor Hurvin Anderson, de 61 años; la artista multimedia Sonia Boyce, de 64; y la escultora Veronica Ryan, de 69— han examinado recientemente, por medio de exposiciones en Nueva York, el encuentro de posguerra entre las culturas caribeña y británica, así como su propio derecho individual a pertenecer. Su obra, de maneras tanto indirectas como explícitas, captura la tensión de tratar de equilibrar múltiples sociedades en la mente —“en esencia estaba haciendo pinturas”, como ha dicho Anderson, “de un lugar pero en realidad pensando en otro”—, pero también da testimonio de la doble mirada que produjo el colonialismo, ese flujo bidireccional entre ver y ser visto.
EL MISMO AÑO en que el Windrush atracó en Tilbury, Essex, Jean-Paul Sartre, en “Orfeo negro”, su ensayo profético que anunciaba el amanecer de la era poscolonial, observaba: “Durante 3,000 años, el hombre blanco ha disfrutado del privilegio de ver sin ser visto”. Sartre pensaba, a grandes rasgos, en cómo el colonialismo transforma la percepción, pero también anticipó el shock y la rabia que derivarían de ello. “Hoy”, escribe, “estos


hombres negros nos están mirando, y nuestra mirada vuelve a nuestros propios ojos”. Lo que resultaba menos fácil de prever era lo impredecible y perturbadora que podía ser esta confrontación entre quienes solían ser súbdito y amo. El Caribe fue el escenario del encuentro forzado entre pueblos dispares. De todas las colonias británicas, fue la mejor metáfora del proyecto colonial en su totalidad. (“Geografías del dolor” es como la escritora británica-jamaicana Hazel V. Carby lo describe en su libro de 2019, Imperial Intimacies: A Tale of Two Islands). Cada isla se convirtió en una creación singular del poder y el capital europeos. Los padres de Anderson salieron de Spanish Town, en Jamaica, rumbo a Birmingham, Inglaterra; su padre llegó en 1961 y su madre lo siguió en 1963. Su exposición en Michael Werner Gallery (que se exhibió hasta enero de 2026) no aborda la experiencia migrante en Gran Bretaña, sino Jamaica —el país donde nació toda su familia (Anderson fue el único de sus ocho hermanos nacido en Gran Bretaña, en 1965), pero que visitó por primera vez a los 14 años—. En obras como Beaded Curtain (Red Apples) y Constructed View, ambas de 2010, representa paisajes deshabitados de una patria imaginada. La cuestión de un regreso melancólico se dramatiza a través de barreras físicas de todo tipo (cortinas, biombos, cercas y muros) que generan la sensación de un espectador que se encuentra dentro y fuera y que observa escenas de hojas grandes y frondosas. En un lugar tan activo y musical como el Caribe, hay una inquietud en estas representaciones de silencio y soledad. Hablan de algo entrañable que permanece para siempre fuera del alcance. Anderson es muy consciente de cómo los hilos de la historia que encarna —Gran Bretaña, el Caribe, África— pueden intensificar sentimientos de lo que otra artista de la generación Windrush, Claudette Johnson, ha llamado “la no pertenencia”. Pero esas sensaciones también le han permitido acceder a múltiples sociedades. “Siento que una parte es mía, ¿sabes?”, dice con la voz entrecortada cuando le pregunto qué es lo que dota de esa fuerza particular a sus pinturas de Jamaica. “Que una parte de ese lugar me pertenece”.
EL ACTO DE usar el arte para apropiarse de aquello que la historia te ha negado es central en el espíritu del movimiento Windrush. Pero si la recuperación a través del arte surge con naturalidad en Anderson, Veronica Ryan encarna, en cambio, la reserva. “Mi estudio está donde yo estoy”, dice, como si desconfiara de cualquier idea fija de hogar. Ryan,
que se describe a sí misma como una urraca, nació en la diminuta isla caribeña de Montserrat. Tras recibir una formación clásica británica en la Slade School of Fine Art de Londres, desarrolló una práctica —a veces con estanterías, otras con redes pendulantes que bajan del techo— que puede sentirse como una exploración de la materialidad. Entrar en una habitación en la que ha estado trabajando es como adentrarse en el aire de una tienda de víveres con olor a humedad. Bronce, yeso, piedra, tela, semillas y objetos rescatados se disponen de tal modo que transmiten la impresión de una artista que ha abandonado la posibilidad de una coherencia interna, ya sea cultural o incluso vinculada a un único sistema de pensamiento. La magia, el sincretismo, la religión, la patología y la psicología se filtran en su obra, al igual que las distintas sociedades —Gran Bretaña, Estados Unidos, Montserrat y Nigeria— a las que remite su trabajo. En una videollamada desde Londres, con sus rastas canosas recogidas en un chongo alto, me cuenta que en una ocasión le pidieron dar una plática sobre lo que significa ser una artista negra. Le ofrecían buen dinero, pero lo rechazó. Le parecía demasiado reductivo. “Pensé: ‘No’”, dice, “‘no es una pregunta desde la que quiera empezar’”. Al mismo tiempo, la historia ha dejado una huella en Ryan de formas que rozan lo inquietante. En 1995, un volcán en Montserrat entró en erupción y prácticamente sepultó su tierra natal. En 2004, un incendio en un almacén al este de Londres destruyó cientos de obras de arte, incluyendo algunas de Ryan. Ryan, que en broma se ha descrito a sí misma como una “mujer de naturaleza itinerante”, una nómada voluntaria que lleva consigo su sentido de hogar, ha estado a prueba por pérdidas reales en el mundo físico, incluyendo las muertes de varios miembros de su familia. Tras hacerse público el escándalo de Windrush, llevó a cabo la que quizá sea su obra más abiertamente política. En 2021, por encargo del distrito de Hackney, al este de Londres, instaló en Narrow Way Square tres esculturas de mármol y bronce —una fruta del pan, una chirimoya y una guanábana— en homenaje a la generación Windrush. Cuando su madre vio las esculturas, se puso a rezar. Durante el embarazo de Ryan, comía guanábana. Hackney, hoy lleno de lo que Ryan denomina “hijos de la élite financiera”, había sido para ella un lugar temible en la infancia. Había gente racista: skinheads y teddy boys, miembros de una subcultura juvenil de clase trabajadora que solían vestir trajes de corte eduardiano. “Todavía guardo una especie de memoria y ansiedad”, dice Ryan sobre las calles donde hoy se exhibe su obra, “por cómo solían ser”.
Izquierda: la artista Veronica Ryan, fotografiada en un estudio de fabricación en Bristol, Inglaterra, el 30 de septiembre de 2025. Abajo: Custard Apple (Annonaceae), Breadfruit (Moraceae) and Soursop (Annonaceae), la instalación pública de Ryan en Londres en 2021, alude a cómo la generación Windrush transformó Gran Bretaña.
“Una cosa era el reggae y otra el punk”, comenta Sonia Boyce por Zoom desde Londres, usando ambos géneros musicales como metonimias de la diversidad y de una corriente de identidad blanca que siempre se opuso. Ella, por su parte, nunca perdió de vista las fuerzas reaccionarias alineadas contra una Gran Bretaña multiétnica. Hablamos apenas unos días después de una manifestación antiinmigración, encabezada por el activista de extrema derecha Tommy Robinson, que reunió a unas 150,000 personas en las calles del centro de Londres. “Vivimos en un estado

permanente de alerta ante nuestra precariedad”, dice Boyce. La artista afrocaribeña británica, ganadora del León de Oro en la Bienal de Venecia de 2022 —y la primera mujer negra en representar a Gran Bretaña en el certamen—, se apresura a señalar que esta diáspora ha dado lugar a un arte tan diverso que desafía cualquier clasificación. “Nos unen las similitudes en la discriminación”, afirma. Una estrella desde los años ochenta, cuando formó parte del British Black Arts Movement, transmite una sensación de urgencia, como si nunca se le hubiera permitido el lujo de la ambigüedad. Tenía apenas 5 años cuando lo vio con claridad: sus padres la mandaron a hacer las compras con su hermana mayor al East End de Londres. Mientras esperaban con el dinero en mano, el tendero dejaba pasar a un cliente blanco tras otro antes que a ellas, entonces comprendie ron que su color de piel les impedía recibir atención. Su familia había llegado a Gran Bretaña como súbditos leales del Imperio. Nada las preparó para las oleadas de hostilidad que recibieron. Tampoco existía la opción de regresar. Cuando, a los 27 años, Boyce visitó por primera vez el Caribe, era muy consciente de que la gente la veía como “la chica inglesa”.
Los relojeros ven más allá del acero convencional y crean piezas con elegante cerámica, titanio ultraligero y una novedosa aleación de oro y cobre.

Estos dos imperativos difíciles de atravesar —no ser aceptada en la metrópoli ni tener un lugar al que regresar— constituyen la estructura subyacente, desprovista de sentimentalismo, de la reciente exposición de Boyce en Hauser & Wirth. En obras como Silent Disco (2025), una videoinstalación sobre una fiesta en la que los bailarines escuchan música con audífonos, se nos ofrece toda la alegría y la belleza de la diversidad británica —pero, como todo espacio liminal, es acechada por la tragedia de una seguridad nocturna que la dura luz del día termina por devorar—. En una sala contigua, una obra en video titulada Carmen (2025), basada en la vida de la actriz de teatro británica-guyanesa Carmen Munroe, aborda las formas en que Gran Bretaña elige, casi sin darse cuenta, olvidar a algunas de las personas que han enriquecido su vida cultural. Existe poca documentación de buena parte de la trayectoria de Munroe, a pesar de que ha estado sobre los escenarios desde principios de los años sesenta. Boyce se muestra casi agradecida por estos momentos de claridad —el escándalo Windrush, los actuales ataques contra, en sus palabras, los “llamados inmigrantes ilegales” en Estados Unidos— que disipan el romanticismo y las ilusiones de un experimento de posguerra basado en la diversidad que parece estar llegando a su fin a ambos lados del Atlántico. Años después del escándalo de Windrush, muchas de las personas afectadas siguen en un limbo legal, a la espera de recibir compensaciones y los documentos de ciudadanía. Más de 50 han muerto sin que se haya hecho verdadera justicia. Boyce recuerda cómo la generación de sus padres temía por el estatus de sus hijos, mientras daba por segura su propia posición como súbditos del Imperio. Sin embargo, fueron ellos —y no sus hijos— quienes quedaron atrapados en un plan encubierto de repatriación. La lógica de Windrush, en la mente de Boyce, no es más que una prolongación de la lógica que dio origen a las sociedades caribeñas. Como ella misma lo resume: “Viniste, reconstruiste, ya no te necesitamos. Adiós”.




Alexandria de 2024 y los huevos revueltos con char siu acompañados de un beaujolais de 2024 de Yvon Métras. En la foto, tomada en Wu’s Wonton King el 19 de enero de 2026, aparecen, desde la izquierda: Dante Clark, representante de ventas del mayorista e importador de vinos Zev Rovine Selections y cofundador del club social de vino Preshift!; Julianny Gómez, directora de vinos del restaurante Forsythia y esposa de Clark (y también cofundadora de Preshift!); Camille Lindsley, directora de vinos del restaurante Hags; Riera, ahora director de vinos de Frenchette Restaurant Group; Annie Shi, dueña del bar de vinos Lei y copropietaria de los restaurantes King y Jupiter, así como del recién abierto pub Dean’s; Aaron Seth Vaslow, subgerente general y sumiller en el restaurante Le Veau d’Or; Carlos Alvarado, sumiller en Frenchette; Madison Mattox, también sumiller en Frenchette; y Mariano Garay, sumiller en el restaurante Cove.
Cuando Wu’s Wonton King, un restaurante donde puedes llevar tu propio vino sin pagar el descorche, abrió en 2016 en el Lower East Side, Jorge Luis Riera, quien entonces era director de vinos del restaurante de menú degustación Contra, de cocina New American, y del bar de vinos Wildair, tomó nota. Él solía sugerir a los representantes de distintas bodegas que se reunieran con él ahí alrededor de las 9 de la mañana y, rodeados de personas mayores leyendo el periódico comiendo congee , hacían una cata, seguida de un yum cha . Hoy, además de las y los clientes locales y quienes trabajan en la zona, es probable encontrarte a productores e importadores de vino bebiendo, haciendo negocios o simplemente pasando el rato y comiendo. “Ibamos cada semana, cargando nuestras botellas magnum ”, dice Riera, de 55 años. “Desde el primer día, empecé a recomendar Wu’s como un lugar único donde se puede disfrutar comida fresca y muy bien hecha. Hubo un momento en que las personas a quienes les reservaba una mesa pedían el ‘menú de Jorge’”, añade. ¿Sus favoritos?
El congee de pescado y calamar con una botella de Matassa Cuvée
PorKateGuadagninoyNickHaramis FotografíaporJenniferLivingston
NuevaYorkesunaciudadconinnumerablescomunidadescreativasy,comosuelepasarcongruposunidosporafinidades,tiendena reunirseentresí,frecuentarsuspropioslugaresycrearsuspropiosrituales.Comobiensabenquienesvivenallí,hayciertos cafésenFortGreene,enBrooklyn,dondesiemprehayescritorasyescritorestrabajandoensuspróximosproyectos, yrestauranteseneldistritoteatraldeManhattanque,cuandoelrelojmarcalas11p.m.,sellenandeactores yactricesdeBroadwayquecomentanlafunción.Perotambiénexistenotrascomunidadesmás discretasyotrospuntosdeencuentroquevasdescubriendoconeltiempo—oque soloseconocenporquealguientelosdescubre—yqueofrecenuna pequeñaventanaaotrosmundosyformasdevida.Estosson algunosdeesoslugares(incluyendo,porimposibleque parezca,unaestacióndemetro)quesehan convertidoenrefugiodedistintos círculoscreativos.

línea. Las redes sociales del salón, dice Arsenault, “son básicamente una aplicación de citas”. En esta foto, tomada en Mott NYC el 12 de enero de 2026, aparecen, en la fila de atrás, desde la izquierda: Eric Nathanson, estilista principal y director de corte de Mott; el director de arte y fotógrafo Tyler DiValerio; el estilista de interiores Colin King; el director creativo Chad Johnson; y Swiader. En la fila del centro, desde la izquierda: el escritor y director Sam Max (sentado); el dramaturgo J. J. King; el emprendedor del mundo de la gastronomía Korey Zelda; el estratega visual Carsten Scherma; la artista Ilona Golovina; y el estilista y colorista Ian Whitman. En la fila delantera, desde la izquierda: Arsenault; el actor Thierry Pepin; el actor Jack Cameron Kay; el agente de talentos Kevin Chung; y el fotógrafo y director de arte Anthony Urrea.
En 2016, poco después de regresar a Nueva York tras una temporada en Los Ángeles, el diseñador de moda Raf Swiader, de 44 años, y su esposo, el artista visual y peluquero John Arsenault, de 54, rentaron un espacio para trabajar en Mott Street. El plan era que Swiader exhibiera sus prendas en la planta baja y usara el sótano como estudio. También pusieron una silla en la parte de atrás para que Arsenault pudiera atender a algunos clientes privados. Pero enseguida tuvo una larga lista de espera y, como cuenta Arsenault, “una silla se convirtió en seis”: en 2021, trasladaron tanto la tienda, R.Swiader, como el salón, Mott NYC, a un espacio más amplio en Grand Street. El salón es conocido por su característico estilo “[de peinado] natural, con acabados suaves”, como lo describe Arsenault, quien se formó en Vidal Sassoon en Boston. Pero el salón también es popular por la comunidad que ha cultivado, que incluye a muchas personas creativas queer : si las barberías pueden resultar un poco machistas, dice Swiader, este es un lugar donde cualquiera puede sentirse bienvenido. Allí la pareja también organiza clases de dibujo en vivo, inauguraciones de exposiciones y una tardeada disco anual llamada Sluts. La gente se encuentra constantemente con alguien que conoce y crea nuevos vínculos, tanto en la vida real como en

absurdo de este trabajo que amamos”. (En mayo pasado, cuando Patti LuPone ofreció una disculpa pública inesperada por hacer comentarios poco apropiados sobre dos de sus colegas ganadoras del Tony, se escucharon murmullos en todo el vestidor). En esta foto, tomada en Barry’s Park Avenue South el 2 de febrero de 2026, aparecen, desde la izquierda: los intérpretes Ricardo A. Zayas, de Buena Vista Social Club ; Cameron Burke, de The Outsiders ; Graceffa; Edward Cuellar, de Aladdin ; Taurean Everett, de Death Becomes Her ; Brandon Burks, de Gotta Dance! ; Nando Morland, de Wicked ; y Brian Martin, de Heathers .
Los sábados, la mayoría de los musicales tienen una función por la tarde que termina alrededor de las 4 o 5 p.m., y una función nocturna que puede empezar desde las 7:00 p.m. Para matar el tiempo entre ambas, Michael Graceffa, de 35 años, integrante del elenco de Death Becomes Her , suele entrenar con sus compañeros de reparto, y con actores y actrices de otras producciones, en la clase de cuerpo completo de las 5:30 p.m. de la sede en Chelsea de Barry’s, una cadena de estudios de fitness con sesiones de entrenamiento por intervalos de alta intensidad de 50 minutos en las que se alterna entre correr en la caminadora y realizar ejercicios de fuerza en el suelo con pesas o bandas de resistencia. A las 4:30 p.m., cuando termina su primera función, Graceffa calienta su comida en el microondas detrás del escenario y luego se dirige al gimnasio; suele pasar por un teatro cercano para recoger a algún amigo de camino. “Si te soy honesto, me da pavor cuando me despierto en un día con dos funciones. Entrenar entre una y otra es como volver a empezar”, dice. “Además, es divertido escuchar el drama sobre lo que está haciendo alguna corista fuera de sí y reírnos de lo
BARRY’S
135 WEST 20TH STREET, CHELSEA

crudos, que, según Eric, permanece abierta “de principio a fin”, es decir, de 5 p.m. a 2 p.m. En esta foto, tomada en Blue Ribbon Brasserie el 27 de enero de 2026, aparecen, en la fila de atrás, desde la izquierda: Scott Tacinelli, chef y copropietario de Don Angie y San Sabino; Josey Stuart, director creativo de Bridges; Leah Elston, jefe de cocina en Misi; Eric Bromberg; Jean-Georges Vongerichten, chef y propietario del grupo de restaurantes Jean-Georges; Paulo Umana Elizondo, sumiller y capitán en Le Coucou; Victor Moran, mesero y encargado de abrir ostras en Blue Ribbon Brasserie; el chef Daniel Boulud, cuyo restaurante insignia en Nueva York es Daniel; el chef Jonathan Waxman, cuyos restaurantes en Nueva York son Barbuto y Jams; y Rashaad Jones, consultor gastronómico que actualmente trabaja con Jean’s. En la fila delantera, desde la izquierda: Angie Rito, la otra chef y copropietaria de Don
Angie y San Sabino (y esposa de Tacinelli); Ellen Bromberg, cofundadora de Blue Ribbon Brasserie (y esposa de Eric); Bianca Larsen, maître en Le Coucou; Sanaa Hamed, maître en Torrisi; Zufan Stefanos, maître en Carbone; y Sam Lawrence, chef y copropietario de Bridges.
“N“No nos gustaba abrir a la hora de la comida”, dice el chef Eric Bromberg, copropietario, junto con su hermano Bruce Bromberg, del restaurante Blue Ribbon Brasserie, en SoHo, que fundaron en 1992. Tras haber trabajado en París y haber comido muchas veces después de su turno en Au Pied de Cochon, el restaurante de manteles largos abierto casi las 24 horas, querían crear algo similar en Nueva York. Tomó algo de tiempo, pero, con el paso de los años, algunas personas de la industria restaurantera empezaron a pasar por ahí de camino a casa; hoy, varios integrantes de distintas generaciones de la escena gastronómica de la ciudad acuden a comer, hablar y ponerse al día. “Se volvió un lugar familiar, un espacio de incubación de ideas y de lo que puede ser el espíritu de un restaurante”, dice Eric. “En una noche cualquiera, puede haber gente hablando distribuida en seis a diez mesas”. Puede ser que, mientras conversan, también estén disfrutando del tuétano con mermelada de rabo de toro y de los fruits de mer de la barra de
BLUE RIBBON 97 SULLIVAN STREET, SOHO

envejece, ve menos a sus amistades. Esta es la forma más feliz y saludable de ponerse al día de los chismes y la vida”.
En esta foto, tomada en Tompkins Square Park el 13 de diciembre de 2025, aparecen, en la fila superior, desde la izquierda: el pintor Francesco Igory Deiana y el artista interdisciplinario Nick Hoecker. En la fila inferior, desde la izquierda: la consultora de belleza y desarrolladora de productos de cosmética Alexis Page; el diseñador de producción y de sets Matt Jackson; el fotógrafo Nick Sethi; Greer; Turner Thompson, ayudante de barra en Sunny’s Bar, en Brooklyn; Andrew Kachel, director de Andrea Rosen Gallery, con su hijo Hugo, entonces de 7 semanas; y el diseñador arquitectónico Isaac Brest.
En la primavera de 2020, en pleno contexto de la pandemia de Covid-19, el cineasta y artista Jack Greer empezó a entrenar de manera casual a sus amigos en la zona de barras del Tompkins Square Park, en East Village. Con los años, lo que se llegó a conocer como Jacked by Jack —una clase de una hora que incluía calistenia, entrenamiento aeróbico y ejercicios de core , y cuyos participantes se reunían entre tres y siete días a la semana, generalmente a las 9 a.m.— fue ganando popularidad. (Para 2022, el grupo de chat ya incluía a 30 personas). “No surgió únicamente por el boca a boca”, dice Greer, de 39 años, quien también dirige su propia marca de ropa y accesorios, Iggy, y es director de servicios creativos de Staud, una firma de moda con sede en Los Ángeles. “Durante las rutinas matutinas, muchas personas creativas de los alrededores nos veían a través de la reja. Y luego se unían”. Aunque Greer se mudó a Los Ángeles en 2024, los miembros más comprometidos del grupo siguen entrenando durante todo el año, llueva, truene o relampaguee, varias veces por semana. “Así como antes la gente hacía planes para ir a tomar algo después del trabajo, ahora los hace para reunirse a entrenar”, dice Greer. “A medida que uno






STREET-PENN STATION
34TH STREET AND EIGHTH AVENUE, MIDTOWN



Es difícil pasarlas por alto: las personas que trabajan en Thom Browne, uniformadas con trajes grises entallados o faldas plisadas, y con bolsas en forma de perro salchicha, en sus trayectos diarios en metro hacia y desde la oficina central de la marca en West 35th Street (pasan cerca las líneas 1/2/3 y A/C/E). Katherine Moore, de 29 años, especialista en relaciones públicas de la firma a nivel global, intenta llegar a la oficina justo antes de las 9:00, unos minutos antes de que llegue el propio Browne. “A veces, olvido lo singular que es el uniforme. Me doy cuenta, sobre todo cuando estoy con colegas, por las miradas de la gente o porque nos preguntan a qué escuela vamos, a qué casa de Harry Potter pertenecemos o si somos parte de una banda”, comenta. Cuando se cruza con alguien vestido de Thom Browne fuera de ese contexto, incluso si es una persona desconocida, la saluda con la mano o asiente con la cabeza. “Hay una sensación inmediata de pertenencia; es imposible no sentir que formas parte del mismo mundo”.



Fotografiados en la línea de metro A/C/E el 15 de diciembre de 2025 aparecen, en la fila superior, desde la izquierda: Jane Sung, asistente de diseño de moda femenina; Dwayne Brice, gerente regional de retail; Eddie Marcoe, asistente de diseño de calzado; y Chanelle Smith, gerente senior de desarrollo de producto. Fila del centro, desde la izquierda: Cameron Cipolla, gerente de clientes VIP; Joo Young Yoon, diseñadora sénior de moda femenina; Eric Pham, director global de merchandising masculino; y Moore. Fila inferior, desde la izquierda: Sam Eisenberg, gerente senior de imagen de marca; Dan Prasad, diseñador senior de moda masculina; Madeline Park, gerente senior de ventas mayoristas de moda femenina; y Tyler Emerson, director de marketing digital. 65

Alondra de la Parra triunfa en Madrid mientras prepara un intenso verano que la traerá de regreso en México.

lo veo como una centerpiece ideal para la foto de sobre el escenario”. Alondra de la Parra selecciona uno de los looks que lucirá en este shooting nada más verlo. Tiene las ideas muy claras sobre la imagen que quiere compartir con el público y conoce a la perfección las prendas y estilos que le favorecen. Una actitud que es también pura expresión artística. “Me gusta mucho transmitir a través de la moda, pero tengo muy claro quién soy. Ni actriz ni modelo. Siempre defiendo verme como quien soy”, asegura la directora de orquesta mexicana sobre un tipo de reportajes a los que dice estar ya acostumbrada. “Me divierten porque funciona casi como una orquesta: todo el mundo está preparado y conoce su rol. El trabajo de cada uno depende del del otro”, asegura.
De la Parra, nacida en Estados Unidos por motivos circunstanciales, es hija y nieta de escritores, hermana de actor y exmujer de baterista, y se crio rodeada de música, instrumentos y mucho arte y cultura. Su carrera ha estado marcada siempre por la innovación, la promoción de la música mexicana y la ruptura de barreras de género en un mundo, la dirección de orquesta, en el que aún mandan los hombres. Pero ella domina todos los elementos que se encuentran a su alrededor. Es una mujer de mente brillante, con profundas inquietudes sociales y solidarias, enamorada de su país y protagonista de récords en la escena de la música sinfónica actual, como reunir a más de 140.000 personas en uno de sus conciertos. (¿Pueden Rosalía, Bad Bunny o Taylor Swift decir lo mismo…?). Desde 2024 es además la directora Titular y Artística de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (ORCAM), ciudad en la que reside desde su nombramiento. “Mi casa ahora es la ORCAM, una fundación increíble que es como una gran flor con muchos pétalos: la Orquesta y Coro en el centro, pero que también cuenta con coro y orquesta de niños y jóvenes, el Coro Abierto o el grupo de percusión A tu ritmo, que es también un programa social. Después de pasar por 30 países, tocar en 100 orquestas y muchos años de ajetreos y viajes, estoy muy contenta de haber encontrado mi casa aquí en Madrid. Tiene mucho sentido para mí: es Europa, pero mantiene un gran vínculo hispanoamericano. Y me interesa mucho articular esa relación a partir del arte de la música”, cuenta a T México desde una sala del Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, una institución de la que es, además, directora artística.
Ubicado a unos 60 kilómetros de la capital española, en plena Sierra de Guadarrama, este auditorio ha cobrado vida gracias al interés e inquietudes
de la directora mexicana, quien recaló aquí hace un tiempo para realizar unos ensayos y pensó que, a pesar de estar infrautilizado, ofrecía grandes posibilidades como lugar de música y cultura. A finales de este verano estrenará Escena Escorial, un festival internacional de artes escénicas que tendrá lugar en esta localidad entre el 28 de agosto y el 20 de septiembre en el que, entre otros, participarán el Ballet Español de la Comunidad de Madrid y de la propia ORCAM. Además, se estrenará una coproducción de la ópera Carmen, de Bizet, con la mezzosoprano Gaëlle Arquez, el tenor Arturo Chacón-Cruz y el barítono Tomasso Barea, bajo la dirección musical de la propia De la Parra y la dirección escénica de Bárbara Lluch. Otras grandes figuras de la escena musical sinfónica que estarán presentes en este nuevo festival madrileño ideado por la artista mexicana son el prestigioso director de orquesta y pianista Daniel Barenboim, acompañado de la West-Eastern Divan Orchestra, o el violinista venezolano Alexis Cárdenas. “Para mí, supone una responsabilidad preciosa llenar este auditorio de arte”, asegura orgullosa De la Parra. “Es una nueva aventura que pone en marcha todo lo que he aprendido haciendo orquestas y festivales durante toda mi carrera”. Pero antes de estrenar este nuevo festival español, la directora volverá en su país para celebrar en la Riviera Maya una nueva edición del Festival Paax GNP, del 23 de julio al 2 de agosto. “Después de estos años, ya tiene personalidad per se ”, asegura. “Es un festival único al que llevamos lo mejor del ballet, la música sinfónica, propuestas artísticas, teatrales, música de cámara… Cada año pienso cómo superarme, cómo hacerlo mejor que el anterior”, reconoce. “Y este verano llevamos a la ORCAM, lo que significa fusionar los dos mundos: el mexicano y el español. Nos va a permitir también contar con la presencia de un coro por primera vez. Además, vamos a interpretar obras increíbles como la segunda sinfonía de Gustav Mahler, la novena de Beethoven o una gala de zarzuela”. La cita, desvela, contará también con solistas como el tenor mexicano Rolando Villazón, varios estrenos mundiales y una comisión especial a la compositora mexicana Gabriela Ortiz, quien ha escrito un libreto que se estrenará durante la cita de Quintana Roo. “Creo que esta edición es una gran culminación a un evento que se consolida”, continúa.
dimensión social también le honra. Asegura que, aunque se hubiera dedicado a otra profesión, igualmente tendría una vertiente solidaria. “Es nuestra responsabilidad hagamos lo que hagamos. ¿A qué vinimos a este mundo? Pues a dejarlo mejor de lo que lo
encontramos. A avanzar, progresar, evolucionar como especie. Solo puede hacerse con generosidad y dándolo todo a todos los niveles. Yo lo hago a través de la música y la educación”, relata sobre una filosofía de vida y profesión que respalda a través de proyectos como Armonía Social, con el que ya se ha logrado becar a más de 300 niños en tres estados mexicanos para que reciban clases de música todas las semanas. “A un niño, tocar en una orquesta le proporciona herramientas increíbles: disciplina, trabajo en equipo, conciencia de los demás, esa parte espiritual de permanecer en silencio y concentrarse, abstraerse matemáticamente, saber que si tu no haces bien tu trabajo echas a perder el de los demás… Además de que es un acto de generosidad pura: dar un concierto es un acto de bondad. Si un niño aprende todo esto desde temprana edad está nutriendo su alma. Y haga lo que haga, siempre lo va a hacer distinto a los demás. Creo que es algo maravilloso”, reflexiona. El premio para esos jóvenes es la oportunidad de participar año tras año en el Festival Paax GNP.
La Orquesta Imposible, creada a raíz del confinamiento derivado de la pandemia del Covid-19, nació de su mente con la clara intención de ayudar y dar voz a quienes se la han robado; en este caso, a mujeres que sufren la violencia de género. “Es una orquesta imposible porque surgió cuando no nos podíamos juntar. Solo se podía generar en aquel momento con solistas de todo el mundo que estaban encerrados en sus casas. Era imposible juntarlos para hacer un concierto, pero fue una pieza de arte a través de video y tecnología que pudo lograr una expresión artística pura en la distancia. Recaudó más de 8 millones de pesos a través de diferentes fundaciones y creó conciencia sobre la violencia de género y contra los niños en mi país. Una vez terminó la pandemia y empezó el Festival PAAX, junté por primera vez físicamente a las personas que habían formado esta Orquesta Imposible. Y así es desde entonces cada verano. Este año reuniré, además, a la Orquesta Imposible y la ORCAM”, avanza.
“Con Alondra de la Parra, la música sinfónica ha llegado al siglo XXI”, escribió el prestigioso periódico francés Le Monde. Y así es. No solo por su condición de mujer —“cada vez somos más, pero aún hay mucho trabajo por hacer”, asegura—, o por el uso desprejuiciado que hace de las nuevas tecnologías en sus distintos proyectos. También porque ella, una de las directoras de orquesta más reconocidas a nivel internacional, defiende firmemente que la cultura en general, y la música clásica en particular, deben ser para todos. Sin diferenciaciones. “Para mí esa distinción que se sigue haciendo en

Para ver un video de la directora de orquesta Alondra de la Parra, visita tmexico.mx.
algunos casos ya no tiene sentido. La música no discrimina, alcanza directamente a la sensibilidad humana, a todos los humanos”, dice. Ella llena los teatros y óperas más elitistas del mundo, pero también plazas públicas y localizaciones populares como la Plaza de Armas de San Luis Potosí, donde reunió a más de 18.000 personas, o Ciudad Juárez, donde juntó a 140,000, “aunque la gente no lo sabe porque no salió en las portadas”, se lamenta. “Miles de personas sonriendo, vibrando, bailando, dándonos su silencio, su respeto y su atención. No sé si crecieron con esa música o no, pero la quieren. Y demuestran un amor, cariño e interés que nunca he visto a ese nivel de masas”, señala. “En México le tengo un amor muy especial a la audiencia. Me topo a gente por la calle de profesiones que no necesariamente asociaríamos con la música clásica, pero que tienen mis discos y me siguen”, confirma. Tras un año y medio viviendo en Madrid, la directora asegura que echa de menos a su familia —sus hijos, de 8 y 10 años viven con ella—, la comida y “la sonrisa de la gente mexicana”. “Es muy impactante que, cuando llegas a México, el oficial de inmigración ya te sonríe”, dice. Y destaca a la audiencia de su país por la sensibilidad especial que expresa por la música sinfónica. En su opinión, la respuesta de un país ante la música tiene mucho que ver con su ADN. “En España estoy muy contenta porque hay una actividad cultural muy vasta. En Madrid todos los días hay una gran actividad cultural", destaca. Aunque no solo es una cuestión española. En Alemania, donde vivió cinco años, también descubrió una pasión inusitada por la música clásica. “Existe un gran respeto, lo llevan en la sangre”, añade.
a las orquestas más renombradas del mundo, como la Orchestre de París, las filarmónicas de Londres y de la BBC, la Tonhalle de Zürich, la sinfónica WDR de Colonia, la sinfónica Rundfunk de Berlín o la orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia, en Roma, pero también ha participado en espectáculos como The Silence of Sound, obra multidisciplinar cocreada junto a Chula the Clown que incluye orquesta filarmónica, performance clown e instalación de vídeo de vanguardia; o Gershwin la vida en azul, espectáculo dedicado al músico y compositor Trench de Elisabetta Franchi, elisabettafranchi.com; zapatos de Aquazzura; joyas de Marina García



norteamericano George Gershwin donde se fusionan música clásica, danza, jazz y arte multimedia. Además, en 2004, durante sus años de formación como estudiante de piano en Nueva York, fundó la Orquesta Filarmónica de las Américas como plataforma para jóvenes músicos. “Siempre se me están ocurriendo cosas. Disfruto mucho de la parte de ser una artista que dirige, crea proyectos y conceptos, pero el oficio que mejor hago y al que más tiempo le he dedicado es la dirección orquesta: construir sonido con orquesta, desarrollar un concierto junto a todos mis colegas. Es un proceso que disfruto mucho”, señala. Para De la Parra,
la dirección es un trabajo cardiovascular, con los brazos arriba del corazón durante siete horas diarias. Ella, sin embargo, es inquieta por naturaleza. “Siempre estoy moviéndome: montando en bicicleta, nadando, practicando windsurfing… No paro. Pero el tenis es mi amor, como una terapia mental: durante el tiempo que dura el partido no puedes pensar en otra cosa que no sea la pelota”, apunta.
De la Parra también es una artista pionera y moderna y, hasta cierto punto, rebelde. Mientras se toma unas mandarinas y unos anacardos tras la intensa sesión de fotos que acompaña a esta entrevista, la directora mexicana conversa relajada
mientras da rienda suelta a una gran personalidad. No se conforma con las desigualdades, ni las de género, ni con las que en teoría distancian, según los cánones más tradicionales, a la música clásica del público masivo. También es inconformista con sus éxitos. En 2010, colocó Mi alma mexicana entre los diez discos de música clásica más escuchados de Estados Unidos. También es la primera mujer mexicana que dirigió una orquesta en Nueva York, y la primera en liderar la orquesta sinfónica de Queensland, en Australia, donde ejerció como directora musical entre 2017 y 2019. También ha sido profeta en su tierra. En México, De la Parra ha sido distinguida con galardones como la Luna del Auditorio, el premio Micrófono de Oro de la Asociación Mexicana de Radiodifusión o el premio Antena CIRT al Mérito Artístico. Además, en 2016 fue reconocida como doctora honoris causa por la Universidad del Valle de México por, según la institución universitaria, “su excepcional contribución al desarrollo artístico y cultural, tanto en México como a nivel internacional; su alto compromiso y responsabilidad social, reflejado en la creación de programas de educación musical dirigidos a niños y jóvenes, y su trayectoria como ejemplo e inspiración para la comunidad estudiantil y la sociedad mexicana en general”.
Como pionera en el ámbito de la aplicación de las nuevas tecnologías y formatos digitales a sus propuestas musicales y artísticas, De la Parra participó desde 2017 en la serie de formato musical Música Maestra, del canal alemán Deutsche Welle, donde era protagonista y reportera a la vez, y para el que grabó más de 60 episodios. Un original formato que buscaba acercar la música clásica a nuevas y más jóvenes audiencias, mostrando el detrás de las cámaras, ensayos y la propia visión artística de De la Parra. En las últimas temporadas entrevistó a personalidades como John Malkovich, Jan Lisiecki, Gautier Capuçon o Zenaida Yanowsky y grabó en algunos de los más reconocidos recintos culturales internacionales como el Tonhalle Maag de Zúrich o el DR Koncerthuset de Copenhague. Otras de sus aclamadas actuaciones fue su colaboración con el colectivo teatral español La Fura dels Baus, con quien presentó la ópera Thamos, Rey de Egipto en la Semana Mozart de Salzburgo de 2019, o la representación orquestal de la película West Side Story (1961) ante 10,000 espectadores en el Auditorio Nacional de México al frente de la Orquesta Filarmónica de las Américas, hito personal que ella misma gestionó. Aun así, la humildad dirige en sus respuestas. “¿Un titular que desearía ver unido a mi nombre? La verdad es que estoy ya más que agradecida con todos los que he vivido, es más de lo que nunca imaginé”, sostiene.
en escena de Alondra de la Parra, quien ha colaborado en el pasado con figuras tan dispares como Gloria Stefan, dirigiendo la orquesta con la que se rindió homenaje a la cantante en los Latin Grammys de 2008, o con Plácido Domingo, siempre es innovadora. De la Parra se mueve con soltura entre los laberínticos pasillos del Auditorio de San Lorenzo del Escorial. Sobre el escenario, cuando el fotógrafo le pide una interpretación de su
trabajo en el podio, la directora, batuta en mano, y vestida con el espectacular total black look en el que se fijó nada más llegar a la sesión, cierra los ojos para trasladarse a una escena soñada. “Me cuesta imaginarme a la orquesta sin verla”, confiesa. A cambio, se ofrece para un baile. Entonces comienza a moverse de forma sinuosa y fluida. “Cuatro personas para ponerme los zapatos”, dice entre risas mientras le ayudan a subirse a los stilettos que oculta bajo la larga falda y que se

cambiará por sus zapatillas blancas en cuanto termine la sesión. Incluso tiene sentido del humor para participar de la polémica suscitada hace unas semanas. “No quiero trabajar en ballet ni en ópera, ni, ya sabes, en cosas en las que sea como: ‘Oye, hay que mantener esto vivo’”, dijo Timothée Chalamet en un evento conjunto de CNN y la revista Variety en el que que participó junto al también actor Matthew McConaughey. A este respecto, De la Parra lanzó un divertido mensaje a Chalamet en su cuenta de Instagram, demostrando que ser una de las mejores directoras de orquesta de la actualidad no tiene por qué desconectarte de la realidad. Ni siquiera de las polémicas más virales que se articulan en las redes sociales. “Hola Thimothée, siento que no quieras ser parte de esto. Quizás prefieras reconsiderar tu postura. No estamos tratando de mantenerla viva porque está muy viva”, respondía De la Parra al actor en un video publicado en sus redes sociales.
La directora y artista tampoco es ajena a la realidad de la geopolítica internacional. “Siento que estamos en un momento muy delicado, de muy poca bondad. Y es lo que más me parte el corazón”, confiesa antes de volver a insistir en la importancia de la cultura como puente y nexo entre seres humanos. “Ahora más que nunca cobra más importancia nuestra labor como artistas y músicos. Debemos apelar a que la gente se conecte con su lado bueno, con la bondad, la generosidad y la humanidad”, dice Una declaración de intenciones.
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Un decorador filipino crea un hogar para su hermana en Manila que refleja múltiples culturas y tradiciones globales, pero, sobre todo, la propia.
Por Kurt Soller Fotografía por Anu Kumar

En la sala de estar de la casa que el diseñador Junie Rodriguez, radicado en Manila, decoró para su hermana Mary Faye Garcia, hay un sofá de ratán vintage, un mueble hecho de concreto teñido y restos recuperados de placas de acero, un puf marroquí y una silla thatha angloíndia. Un par de puertas filipinas del siglo XIX conducen al recibidor.

Lo primero que percibes es el suelo, una cadena entrelazada de baldosas filipinas tradicionales hechas a mano en verde, azul y marrón, inspiradas en la Casa degli Atellani en Italia, el palacio renacentista del siglo XV (que originalmente era un par de casas) que el duque de Milán le regaló a una familia de cortesanos. En la pared del fondo hay un mural de follaje tropical que el propio decorador Junie Rodriguez, con sede en Manila, creó con distintos tonos de yeso. Frente a ese paisaje exuberante se encuentra una consola antigua de madera china de estilo provincial, sobre la que descansa Red Bully, un retrato de 2014 de Siefred Guilaran que representa una imagen de finales del siglo XIX de un nativo filipino; su título alude a cómo el artista percibe el trato que China ha dado a su país. En el centro del espacio hay una mesa de comedor del siglo XIX de madera de narra que perteneció a la madre de Rodriguez, rodeada por algunas sillas de ratán pintadas que él mismo creó, y otras de estilo art déco de los años treinta y de celosía china de los años setenta. En las paredes hay apliques de hierro forjado hechos a mano, ensamblados a partir de fragmentos de rejas de ventana.
Así se despliega la casa de capas densas que Rodriguez, de 56 años, diseñó en el área metropolitana de Manila para su hermana Mary Faye Garcia , su esposo Jarie Garcia (ambos al frente de negocios de alimentos), y sus tres hijas, quienes ahora se encuentran entre el final de la adolescencia y sus veintes. Cada cuarto es una mezcla de épocas, técnicas y referencias
internacionales, como si la propiedad de 1,350 metros cuadrados y cinco habitaciones hubiera sido habitada durante décadas, aunque en realidad la construyeron hace apenas cinco años. “Filipinas es un lugar muy diverso culturalmente. Tenemos influencias españolas, chinas e islámicas que se reflejan en nuestro diseño doméstico, así que ese eclecticismo es prácticamente intrínseco”, explica Rodriguez por teléfono unos meses después de mostrarme la casa una mañana húmeda de mayo. “Hay que encontrar una estructura que pueda acoger todo eso”. Originalmente, la familia había elegido una mansión en las afueras más clásica, de la época colonial, para renovarla, pero Mary Faye, de 54 años, decidió que no quería que sus hijas pasaran horas en el infame tráfico de Manila de camino a la escuela. En cambio, retomaron una propiedad que su familia alquilaba desde finales de los años ochenta cerca de su antigua casa, en la comunidad privada de Bel-Air, oculta en el próspero distrito de Makati, lleno de centros comerciales y rascacielos.
Fue allí donde Rodriguez —quien durante décadas ha trabajado junto a sus padres, Cesar y Fe Rodriguez, en proyectos residenciales y comerciales en todo Filipinas— imaginó algo inesperado: una torre de cuatro pisos de concreto y yeso, mucho más alta y atrevida que cualquiera de las discretas viviendas del barrio. De hecho, la estructura resultaba tan ajena a su entorno que, cuando comenzó a levantarla, la asociación de vecinos acusó a él y a sus padres de planear, en secreto, un dormitorio ilegal para trabajadores chinos.
Él insistió en que se trataba simplemente de una gran casa para la familia, que rendía homenaje a Marruecos con su exterior de yeso ocre inspirado en el tadelakt; a India con los tres juegos de enormes puertas antiguas de madera que compró en línea; y a China, en particular a su arquitecto contemporáneo más reconocido, Wang Shu, quien, al igual que Rodriguez, incorpora materiales recuperados en sus edificios monolíticos. En este proyecto, por ejemplo, Rodriguez rescató los suelos de mármol de la casa que demolieron en el terreno y luego cortó y desgastó las piezas en una mezcladora de cemento para convertirlas en adoquines de aspecto muy envejecido para el patio trasero o lanai —una sala de jardinería donde Mary Faye pasa las tardes propagando plantas tropicales— y la terraza de la azotea, donde sus hijas invitan a DJs para organizar fiestas los fines de semana.
Rodriguez también explotó las posibilidades de la vida interior-exterior en una casa que se extiende por todos los rincones del terreno: hay patios con sombras que serpentean a lo largo del edificio, extendiéndose desde casi todas las habitaciones, una alberca poco profunda en la parte de atrás e incluso un atrio frontal de estilo romano con un impluvio lleno de plantas acuáticas, un estanque que se usaba desde la época de los baños antiguos para recolectar la lluvia y refrescar toda la estructura a medida que el agua se evapora. “Desde un punto de vista físico, esta casa solo podría estar en los trópicos”, dice Rodriguez, “porque es muy porosa y tiene muchas partes abiertas a los elementos”.
Sin embargo, incluso cuando la casa toma libremente elementos de otras culturas e historias, es excepcionalmente filipina. Tras atravesar el impluvio y entrar por un recibidor de doble altura, se encuentra una sala rica en cojines de ikat, alfombras persas y otros textiles de origen internacional, y se pasa por una cocina de colores intensos (suelo lacado amarillo plátano, gabinetes metálicos industriales en azul cobalto) para llegar a una escalera de trazos contundentes que conduce a las áreas privadas del segundo y el tercer piso. Casi todas estas habitaciones están llenas de piezas vintage y antigüedades que Mary Faye ha coleccionado desde joven: un par de los dormitorios cuenta con antiguas camas de hierro y latón cubiertas con inabel, un textil de algodón tejido en telar originario del norte de Filipinas. La sensación general es la de una “nostalgia filipina”, dice Rodriguez. “Nuestros amigos señalan algunos muebles, o incluso los cuartos enteros, y dicen que les recuerdan a la casa en la que crecieron o a la de sus abuelos”.
E ntonces quizá no resulte sorprendente que haya creado esta casa para su hermana con la ayuda de sus padres, con quienes Rodriguez vive en otra gran casa en la que todos colaboraron, no muy lejos. Dado que la firma familiar cuenta con su propio equipo de construcción, estas propiedades reflejan una experimentación casi intrépida, visible en los suelos pintados con rayas en muchas de las habitaciones o en la manera en que se reusaron la piedra, la madera y el metal antiguos para crear estanterías, luminarias y otros acabados decorativos. Para Rodriguez, esa improvisación es la forma más auténtica en la que el lugar refleja y celebra el frenético ritmo de su ciudad y su país. Basta con pensar en el mural del comedor, el primero que intentó hacer: “Tuve que inventar mi propia imaginería; debía haber un cierto nivel de abstracción por los materiales y por mis propias capacidades”, explica. Luego, comparte una expresión popular filipina, lakas loob (literalmente, “fuerza interior”), en la que siempre piensa cuando se enfrenta a nuevos desafíos. Para lograr algo difícil, añade, “simplemente se trata de saber que puedes hacerlo”.


En uno de los dormitorios iguales de las tres hijas, una cama estadounidense de principios del siglo XX, de latón y hierro, cubierta con una colcha de algodón tejido a mano llamada inabel elaborada tradicionalmente en la región de Ilocos, al norte de Filipinas, y una silla japonesa vintage con asiento de vinilo estampado.
Los muros de Bodegas Tradición, en Jerez de la Frontera, protegen una de las mejores colecciones privadas de pintura española.
Por María Orriols Fotografía por Jacobo Medrano

A HISTORIA DE Bodegas CZ comienza en 1650, cuando Pedro Alonso Cabeza de Aranda y Zarco funda en Jerez de la Frontera, España, la primera bodega de la que se tiene constancia en el país. El reconocimiento no tardó en llegar. En 1771, se convirtió en proveedora oficial de la Casa Real británica, y en 1881 de la Casa Real española, quien le autorizó a utilizar su escudo de armas en las etiquetas de las botellas. Para el siguiente parteaguas en su historia, hubo que esperar poco más de un siglo. En 1998, el empresario inmobiliario Joaquín Rivero, nacido en Jerez de la Frontera y fallecido en 2016, decidió diversificar su patrimonio con la adquisición de la bodega, que fue rebautizada como Bodegas Tradición CZ antes de emprender un cambio radical: a partir de entonces, la nueva marca solo elaboraría vinos de entre 20 y 30 años en un entorno en el que el arte sería tan importante como las botas (barriles de 500 litros de roble americano), las barricas y las soleras. “Recogió lo mejor que había en Jerez y eso le sirvió de
base para montar la solera de Bodegas Tradición”, confirma el enólogo Miguel Villa.
Hoy, Bodegas Tradición CZ es la única de la Denominación de Origen Jerez-Xeres-Sherry enfocada en la producción de vinos Very Old Sherry y Very Old Rare Sherry. “Estos grandes vinos necesitan de varias generaciones que los hayan cuidado y respetado. Cuando mi padre se hizo con esta bodega, su objetivo era recuperar el concepto clásico de los vinos de Jerez”, explica a T México Helena Rivero, hija del matrimonio formado por Rivero y Belén Domecq (apellido legendario en la región), presidenta de Bodegas Tradición y undécima generación de una de las estirpes bodegueras más antiguas de la ciudad gaditana.
Aunque más que con las uvas, la llegada de Helena a la viticultura estuvo más relacionada con el arte. A comienzos de los 80, Rivero había comenzado a comprar cuadros, aunque de una “manera aleatoria”, según recuerda su hija. “Lo hizo pensando


en el futuro de mi madre y el mío. Quería que tuviéramos algo que fuera más fácil de gestionar que el negocio inmobiliario y que tuviera rentabilidad”, añade. Sin embargo, cuando Rivero decidió que la colección debía formar parte de Bodegas Tradición, vendió todo su catálogo menos una obra, una marina del siglo XVII del pintor valenciano Esteban March. “Quiso empezar de cero siguiendo un criterio”, explica la presidenta de la bodega. Y ese criterio fue la pintura española. “Empezó a comprar obras de los siglos XVII, XVIII y XIX, que eran las oportunidades que había entonces en el mercado. Fue en ese momento cuando yo llegué a la bodega”, relata Helena, entonces directora editorial de la revista ARS y propietaria de una galería de arte en Madrid.
El enamoramiento por la variedad palomino, la uva que obra el milagro en Jerez de la Frontera (es el envejecimiento el que convierte a un jerez en fino, amontillado u oloroso), era, pues, solo una cuestión de tiempo. “Estando aquí, empecé a beberlos, a conocerlos, a profundizar en ellos y acabé totalmente enamorada de unos vinos que son tan diferentes a los del resto del mundo, que te vuelven loca”, añade la coleccionista, quien defiende la máxima impuesta por su padre en la bodega: “poco volumen y máxima calidad”. Y para conseguirlo, explica, es fundamental el mimo con el que se trata el producto. Porque en Bodegas Tradición CZ, el vino se embotella directamente desde las botas. “De esa manera la copa que te bebes sabe igual que si la tomas a pie de bota en la bodega”, añade Villa.

Son la calma, el legado traspasado de generación en generación y las soleras centenarias las que diferencian a los vinos generosos del resto. Son caldos, dice Helena, “que invitan a la contemplación y la reflexión”, el maridaje perfecto para la exposición de una colección de arte que no dejaba de crecer. “Para nosotros, el vino es cultura y con la colección de arte hemos conseguido crear una simbiosis en la que ambos conceptos se retroalimentan a la hora de crear sensaciones”, apostilla Manuel Marín, encargado de la conservación del patrimonio cultural de una bodega en la que todo sucede despacio: el envejecimiento del vino, y su posterior disfrute ante una colección única. “El jerez te otorga esa serenidad que necesitas para poder disfrutar de un cuadro”, relata Helena. “Aquí el tiempo cobra otra dimensión”, reflexiona. Para la hoy encargada de la colección familiar, con un pasado profesional más cercano al arte contemporáneo, el criterio a la hora de adquirir obras debía ser “la evolución de la pintura española a través del tiempo”; es decir, una representación de todos aquellos movimientos y pintores que habían definido cada una de las épocas del arte español. “Un genio suele aparecer cada cien años, pero están
acompañados de grandes pintores. Y esto es una lección de vida muy sencilla: para ser un genio tienes que estar rodeado de gente buena. Esto es lo que muestra el discurso museístico que tenemos”, completa Marín. Por su parte, Helena sigue teniendo muy presentes los gustos de su padre a la hora de enfrentarse a nuevas adquisiciones, una idea que ambos ya habían cultivado en el pasado. Porque era Helena la encargada de acudir a las subastas y la que analizaba los catálogos, aunque siempre bajo el “criterio artístico” de su padre. “A la larga sabía que, si me decía que no comprara alguno, por muy empeñada que estuviera yo, el tiempo le iba a dar la razón”, confiesa antes de reconocer que su padre nunca compró nada si ambos no estaban de acuerdo. La primera adquisición de ambos, recuerda, fue Diógenes, pintada por Miguel March (padre de Esteban) en el siglo XVII, un homenaje privado a aquella obra con la que su padre empezó su segunda etapa como coleccionista y que Helena considera una de sus favoritas. Tampoco se olvida, por supuesto, del San Francisco de Asís, de El Greco, una de las 54 versiones que el pintor griego dedicó al santo. La obra, reconoce, fue buscada
durante años, “porque la pintura posterior a él es incomprensible. Hacía falta tener una pieza suya”, afirma.
La última pieza adquirida por Helena para la Pinacoteca Rivero, en la que destacan obras de Diego Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo, Francisco de Zurbarán, Francisco de Goya e incluso Pablo Picasso, entre otros artistas, ha sido Mujer en la alcoba (1842), de Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina, quien en opinión de Helena “inicia la pintura romántica española”. Y aunque no quiere desvelar el proceso de sus investigaciones —“porque si se enteran de que estoy interesada, cuando voy a las subastas me suben el precio”, comenta— sí desvela que está muy interesada en incorporar a alguna mujer a una colección sin firmas femeninas. “Me encantaría tener a María Blanchard. Es una de mis preferidas y estaría bien poder arrancar con ella”, confiesa.
Todas esas obras, más de 400 en total, podrán exponerse próximamente en un solar recientemente adquirido por Bodegas Tradición CZ justo enfrente de su ubicación actual. Allí también se desarrollará un centro de formación sobre el vino de Jerez que contará con instalaciones educativas y apartamentos

El catálogo de la Pinacoteca Rivero supera las 400 obras, todas ellas de pintura española. En página anterior, desde la izquierda: Miguel Villa, enólogo de Bodegas Tradición CZ; las botas son barriles de 500 litros en los que la uva palomino envejece hasta convertirse en el vino de Jerez.

para los alumnos residentes, así como una zona donde ofrecer los productos más exclusivos de la zona. El objetivo, desvela Marín, es seguir la idea primigenia de Rivero de que los cuadros formen parte del ecosistema vinícola. Así ocurrió hace treinta años, cuando se creó una sala expositiva dentro de la bodega diseñada bajo los parámetros de la estabilidad térmica: la temperatura y la humedad son las mismas todos los días del año a todas horas, en principio una contradicción en un edificio concebido para el envejecimiento del vino en barricas. “Cuando entras en la sala, nunca dejas de sentir que estás en una bodega”, señala Marín, quien también es el director del ingente archivo de la casa, uno de los más antiguos del mundo dedicados al vino. Con referencias desde el año 1650, fecha de fundación de la bodega original, el acervo es una suerte de compendio general de la historia del vino en Jerez de la frontera. En los siglos XVII, XVIII y XIX el vino de Jerez llegaba a Inglaterra y Francia, pero también se exportaba a lugares como China y Rusia, con lo que las cartas que se recibían para pedir una orden no solo hablaban de cuestiones comerciales, también lo hacían de epidemias, guerras, o piratería. “Este archivo nos ofrece una información antropológica del mundo entero durante esos años”, confirma Marín.

La vocación exportadora sigue siendo uno de los grandes pilares del vino de Jerez y, en una bodega como Tradición CZ, esa realidad se traduce en cifras claras: “el 50 por ciento de nuestro vino se va fuera”, explica Villa. No deja de sorprender que la complejidad de estos vinos haya sido tan bien comprendida en el exterior. “Es cierto que, cuando entras en el mundo de los vinos generosos, el resto te parece un poco soso”, admite.
Durante años encasillados como vinos de aperitivo, su consideración ha cambiado de forma radical. Hoy los vinos generosos son vistos como caldos de enorme versatilidad, capaces de acompañar cualquier momento del día. Ese cambio de mirada ha ampliado también el abanico de maridajes. “El jamón ibérico con el fino es un clásico insuperable, pero hay que actualizarse, y eso fuera lo han hecho muy bien. Con una comida mexicana, picante y llena de matices, un amontillado o un palo cortado funcionan de maravilla. Y con la cocina asiática, con un sushi, nada como un fino”, explica el enólogo.
Helena defiende ese romanticismo que también aplica a la Pinacoteca Rivero elaborando vinos que, reconoce, quizá no llegue a probar nunca. “A veces hay que disfrutar estos vinos sin intentar entenderlos del todo”, reflexiona. “Esa idea tan hermosa de que el vino te sucede, de que tú solo lo acompañas, es la que da sentido a la historia de una bodega. Si no llevas eso en el corazón, es mejor no estar en Jerez”, continúa. Más allá de demostrar que vino y arte forman un maridaje natural, Helena ya puede responder con hechos a aquella pregunta que le lanzó su padre nada más llegar a la bodega: “¿Tú, además de beberte el vino, algún día te dedicarás a venderlo?”.

Rivero, ante una de las obras de la colección de arte familiar. Próximamente, Bodegas Tradición CZ inaugurará un nuevo espacio expositivo frente al actual. En página anterior, desde la izquierda: el archivo de Bodegas Tradición contiene documentos que datan desde 1650; Manuel Marín, encargado de conservación del patrimonio cultural de la bodega.
En las afueras de Palma de Mallorca, la descendiente de una de las familias más antiguas de la isla resguarda la historia y el alma de su casa del siglo XVIII. Por Zoey Poll Fotografía por Ricardo Labougle

Desde la izquierda: dentro de la residencia de verano en Son Berga del siglo XVIII de María Zaforteza Duque de Estrada, en Establiments, Palma de Mallorca, hay un estudio con un escritorio de madera con tinteros de latón, y en la pared del fondo un mapa mural de la isla de finales del siglo XVIII y el escudo de armas de la familia, rodeados de recortes de papeles y material impreso con recuerdos al estilo de una sala de estampas hecha en decoupage En el techo, carteles de corridas de toros del siglo XIX en Mallorca; en las habitaciones contiguas al estudio, el collage, creado a lo largo de siglos de veranos, continúa con programas de teatro, invitaciones a bodas y funerales y diversos recortes de revistas y periódicos; en la sala de otoño, una lámpara de bronce cuelga sobre una mesa con un juego de canicas.

EN ALGÚN MOMENTO a principios del siglo XVIII, la Casa de Zaforteza, una familia noble mallorquina que, según se conoce, es descendiente de colonos florentinos medievales, reforzó su alianza con otras familias prominentes locales para formar las Nueve Casas, o las Nou Cases, como se les conoce en catalán. Unidas por la endogamia —que en aquella época era habitual entre la aristocracia mediterránea—, estas dinastías habían construido, heredado o adquirido la mayoría de las casas de la isla hacia finales de ese siglo. Sus propiedades incluían palacios urbanos en Palma, así como casas señoriales en sus extensas fincas, en gran medida de carácter feudal, en el fértil interior, donde la familia Zaforteza, como buena parte de la élite de la isla, se trasladaba cada verano. Como creció durante las décadas de 1960 y 1970, María Zaforteza Duque de Estrada, de 69 años, también conocida como la condesa de Deleytosa, cumplió la mayoría de edad en una época en la que estas propiedades comenzaban a venderse o a abrirse al público. En la escuela, Zaforteza pensaba en convertirse en arqueóloga, pero, ya entrada en los


veinte, tras el nacimiento de sus dos hijos y la muerte de su padre, decidió hacerse cargo de las propiedades familiares. “Es un deber y también un placer”, dice, contemplando el horizonte de Palma, desde un corredor exterior porticado en Son Berga, la villa neoclásica de unos 2,800 metros cuadrados —con cerca de ocho hectáreas de jardines perfumados por azahar, a la sombra de pinos y cipreses— que ha preservado durante los últimos 40 años como refugio ocasional para el verano y archivo familiar de facto. A quince minutos del centro en coche, al final de un largo camino privado flanqueado por palmeras e hileras de cactus, la mansión del siglo XVIII conserva cierta formalidad y algunos toques teatrales propios de los palacios de Palma. Desde un patio abovedado bajo la planta noble, una escalera de piedra conduce a unas puertas de pino de doble altura, decoradas con relieves y detalles dorados; al cruzarlas, se accede a la imponente sala de recepción. Retratos de caballeros, clérigos, terratenientes y otros nobles, todos de tamaño mayor que el natural, observan a quienes entran. Sillas altas con respaldos rectos se alinean contra la pared. A pesar de la sobriedad del conjunto, se percibe una ligereza, una soltura que nace del entorno rural: aquí, como en el resto de la casa, dominan una paleta austera y un aire rústico, con suelos de piedra desnuda, paredes blancas y grandes vanos que se abren al exterior.
Aunque Zaforteza modernizó la casa familiar de Palma, de 700 años de antigüedad, donde vive parte del año, cualquier intervención que ha hecho en Son Berga ha sido de carácter invisible. Pero incluso las mejoras más pequeñas pueden resultar complejas. “Como la casa pertenece a varios miembros de la familia, toma tiempo hacer cambios”, explica su hijo, Fernando Dameto Zaforteza, de 46 años, quien pasó la mayor parte de

Desde la izquierda: en una habitación vacía contigua al estudio, un cartel que anuncia pulverizadores agrícolas a la izquierda de la puerta, junto a grabados de historia natural y otros papeles con recuerdos; en el salón principal, una lámpara de estilo catalán cuelga de un techo de unos 7,5 metros de altura sobre una mesa de refectorio tradicional mallorquina. En las paredes, un friso pintado sobre lienzo y paisajes cuelgan sobre retratos de destacados miembros de la familia Zaforteza que datan de los siglos XVI al XIX.

los veranos de su infancia en Son Berga y ahora la visita una vez al año con su hija de 8 años, Isabel, desde Somerset, Inglaterra, donde trabaja como historiador. Zaforteza pasa la mayor parte de junio y julio sola en la villa de 12 dormitorios. “Mis amigos me preguntan: ‘¿Te sientes sola aquí?’”, dice. “Y yo respondo que no estoy sola. Siento que estoy con mi familia; me siento acompañada. Siempre sueño que uno de mis antepasados va a salir de uno de los cuadros para contarme historias”.
LA MANSIÓN FUE construida en la década de 1760 por la matriarca viuda Cecilia
Zaforteza y de Berga. Siguiendo las costumbres de la época, dispuso la propiedad como un espacio autosuficiente, con una capilla de piedra y una sacristía contiguas, establos y gallinero. Aunque gran parte de la finca ha quedado inactiva con el tiempo, Zaforteza conservó la sala para curar carne junto al patio,
donde aún cuelgan de las vigas una docena de sobrasadas. En la bodega en desuso aún se puede observar una tina de madera para pisar uvas; hasta la década de 1990 se usaba para transformar la cosecha de los viñedos de Son Berga en un cabernet sauvignon terroso. Aunque han pasado por lo menos siete décadas desde que un sacerdote celebraba misa los domingos en la capilla —decorada con lunas crecientes heráldicas y flores de lis—, todavía se usa para comuniones y bodas.
En el edificio opuesto se encuentra la pieza heredada más singular de la familia: un enorme y laberíntico collage en decoupage que ocupa cuatro salas conectadas entre sí, creado por sus antepasados a lo largo de cientos de veranos. Miles de imágenes impresas recortadas con precisión y pedazos de papel con recuerdos están pegados en las paredes, puertas y techos abovedados, como si fueran las páginas en blanco de un álbum.
Algunas piezas registran las modas y la política de su tiempo, como una caricatura descolorida de un ministro español que está fuera de sí. Otras son más íntimas: la parte de atrás de una puerta está cubierta por un mosaico de cartas antiguas y documentos, entre ellos una factura detallada de servicios de jardinería de hace 200 años. “Se pueden percibir las distintas personalidades”, dice Dameto Zaforteza, señalando una composición en forma de doble cruz compuesta por vistosas vitolas de puros que coleccionó su abuelo, probablemente el último en añadir elementos al collage. En 2005, unos restauradores separaron los papeles que empezaban a despegarse y sellaron el resto con una capa de resina acrílica.
Poco más ha cambiado en los últimos años. Es, en parte, lo que hace que Zaforteza regrese cada verano a Son Berga. Casi todos los días, desayuna en la terraza porticada con vistas a un huerto
de cítricos que trajo su tatarabuela, originaria de Valencia, en el siglo XIX. Después trabaja en el dormitorio principal, con las cortinas a medio correr alrededor de su cama portuguesa con dosel de aire gótico. Sus invitados son libres de recorrer la casa y descubrir sus curiosidades de otra época, como la hilera de dormitorios monásticos y salas de estar amuebladas con cunas de madera gastadas, o un carruaje restaurado en el patio. En el comedor, la mesa de madera de cerezo puede sentar hasta 50 comensales. Cuando Dameto Zaforteza y su hermana eran niños, a los menores de 15 años se les mandaba a otra sala durante la comida o la cena. Hoy, en cambio, todas las edades se reúnen en la misma mesa. El único cambio que contemplan por ahora es añadir un poco más de confort aquí y allá. “Yo pondría un sofá más cómodo en el corredor”, dice Zaforteza. “Pero aquí los cambios avanzan despacio”.

Por Cristina Alonso
La relación entre una madre y su hija es compleja, rica y completamente personal; es una conexión de influencia mutua y, con suerte, de enriquecimiento y aprendizaje para toda la vida. Reunimos a tres duplas que, a través de la visión compartida y la confianza, atraviesan fronteras y acortan las distancias geográficas entre ellas, haciendo de su lazo un elemento fundamental en su camino creativo.

“RECUERDO A MICAELA de chiquita batiendo las claras en la cocina”, cuenta la chef Mónica Patiño. “Como era mi profesión, se vio involucrada de manera muy natural”. Micaela Miguel, por su parte, sabe que eso no era muy común. “No todas las madres hacen eso, pero para mí era muy normal que me pusieran un banquito para hacer mis experimentos”, asegura. La curiosidad de Miguel, así como su vena emprendedora —desde pequeña vendía pasteles de lodo y té de bugambilia a los invitados que recibían en su casa—, la hicieron una aliada y alumna natural de su mamá. En su adolescencia, Miguel pasaba los veranos trabajando con Patiño, ayudando en la panadería y en la oficina, donde entregaba documentos. “El trabajo de los papás siempre es una cosa misteriosa, pero para mí era muy familiar y cotidiano”, cuenta. Esa naturalidad la acompañó más tarde, cuando se fue a hacer cursos de cocina al restaurante Espai Sucre, en España. “Me impresionaba su facilidad para hacer lo que fuera”, cuenta Patiño. “Todo le quedaba muy bien, no tenía temor de que algo le saliera mal”, añade. No fue solo la pasión compartida por la comida lo que las llevó a trabajar juntas, sino también una sensibilidad muy particular para detectar oportunidades y crear espacios. Unos años más tarde, en 2006, Patiño abrió Delirio en la colonia Roma, en la Ciudad de México, una tienda donde entre conservas, mermeladas y pan los clientes
disfrutaban de productos gourmet elaborados por proveedores y aliados extraordinarios. “Era una tienda muy bien surtida, pero la gente quería comer y yo no tenía permiso de servirles”, recuerda Patiño. Caminando por las calles de Londres, donde Miguel estudiaba en ese momento, supieron que era momento de darle un nuevo aire a Delirio. Como residente en la zona, Patiño conocía el potencial de la colonia. “Mi mamá siempre ha sido la más pionera del mundo”, asegura Miguel. “Ve las cosas antes que nadie y se atreve a hacerlas”. Fue esa misma fe en la colonia Roma la que inspiró su siguiente proyecto: Casa Virginia, justo encima de Delirio. “En un viaje que hicimos juntas a Argentina creamos esta historia: un personaje que tiene muchos amigos, que invita a mucha gente; tiene manteles de lino que no plancha y plata que no está pulida”, cuenta Patiño. Ese lujo natural resultó en un espacio que, a través de su calidez estética y su cocina generosa, honraba la herencia de la Roma y la sensación de estar en casa. “La comida siempre se hizo con técnica, pero sin pretensión, igual que el servicio”, recuerda Miguel. Aunque por el momento Casa Virginia se encuentra cerrado, “el espíritu está por manifestarse de nuevo”, promete Patiño. Hoy, ambas mantienen viva y en evolución la visión de cada uno de sus proyectos. Mientras Patiño supervisa La Taberna del León y Bistro 44 junto con el chef Corentin Bertrand, Miguel está al mando de Delirio, y juntas preparan el regreso de Casa Virginia. “La distancia no existe”, explica Patiño. Entre videollamadas, mensajes y viajes, la colaboración es tan fuerte como el respeto y la admiración mutuas. “La tenacidad de mi mamá es impresionante y se nota en las cosas que ha logrado”, dice Miguel. “De pronto, hasta le digo, ‘es domingo, ¿no podemos nada más tomarnos un café?”. Y es que, para Patiño, el trabajo y la vida están profundamente ligados. “Así es mi vida. Para mí no es trabajo, es gozo”, explica.

Carmen Serra, fotografiada el 14 de abril en los jardines del hotel Four Seasons de la
LA CURIOSIDAD SIEMPRE ha guiado el camino de Carmen Serra y Martina Manterola. Cuando sus hijos eran pequeños, Serra aceptó un cargo como agregada cultural que la llevó a India y a Perú, abriendo el panorama y la visión de sus hijos y, al mismo tiempo, fortaleciendo el lazo familiar. “Yo tenía 7 años y mi hermano 5. Desde muy pronto, la relación cambió a ser más un equipo que una jerarquía madre-hijos”, recuerda Manterola. Al regresar a México, llegó el momento de redescubrir su país. “Fue volver a un mundo que a mí se me había olvidado”, cuenta Serra. “No tanto la comida en sí, sino las formas de hacerla”, continúa. A través de la tesis para su maestría, empezó a descubrir un abanico de experiencias colaborativas en la vida cotidiana, desde la cocina hasta la siembra, mientras incorporaba estas mismas prácticas a su vida. “Cada cumpleaños invitaba a todas mis amigas a cocinar, a escucharnos, porque en esos momentos se crean lazos, y creo que ahí Martina empezó a entender que para mí eso era celebrar”, agrega Serra.
Los tiempos fueron perfectos. Manterola, que en ese momento terminaba su carrera en Economía, sentía un enorme descontento con la forma en que se medía la riqueza en los países. “En esos momentos, Carmen empezaba a trabajar con unas tamaleras de Veracruz y, al escucharles hablar sobre la tierra, pensé que teníamos que medir la salud de un territorio desde la narrativa de las mujeres”, explica Manterola, quien, de regreso a la universidad, pidió hacer su tesis sobre este enfoque, aunque sus preguntas no tenían cabida en ese espacio. ¿La solución? “Lo tenemos que hacer nosotras”, agrega.
Fue así como Serra y Manterola, junto con la cocinera Mercedes Paz, su hija y sus sobrinas, crearon Colectivo Amasijo, “una revoltura de cosas”, explica Serra. “El nombre surgió espontáneamente y hace alusión a una forma de operar: hacemos esto, hacemos lo otro, y es un proyecto de investigación con muchas salidas”, añade.
COFUNDADORAS DE COLECTIVO AMASIJO
Y tal y como sucede con las masas, el colectivo también ha tomado muchas formas. El Centro Histórico de la Ciudad de México fue sede de una cocina comunal, donde se servían comidas y cenas en

las que se compartían los ingredientes recolectados por mujeres de las zonas de conservación de la ciudad. El Museo de Arte Carrillo Gil fue sede del proyecto Echar Montón, “entendiendo los mercados no solo como un intercambio económico, sino como un lugar muy pedagógico, donde ves los cambios de las estaciones y generas puentes con quien produce tu comida”, explica Manterola.
A través de sus proyectos, el hilo conductor es claro: entender a las mujeres como traductoras de la tierra y crear una relación que se sostenga más allá de su duración. El diálogo constante entre Serra y Manterola, así como con sus colaboradoras, es esencial. “Es increíble trabajar como madre e hija”, asegura Manterola. “Yo pienso en proyectos gigantes y Carmen los aterriza. Podemos hablar diez veces al día y seguimos conversando y pensando sin apurarnos”. Además, destaca la importancia de entender y respetar los roles de cada una, sin ningún tipo de competencia. “Hay un amor tan fuerte que, si ella es la que está brillando, es increíble; y si soy yo, para ella es increíble también”, dice Manterola “Hay una relación de confianza enorme”, agrega Serra. “Cualquier decisión que tome Martina es perfecta, aunque a veces no sea la decisión que yo tomaría”, explica. Es esa base sólida la que las mantiene fuertes, no solo ante los retos del trabajo mismo, sino a los del sistema que las rodea. “Me he encontrado mucho con ridiculización y humillación, me cuestionan por qué trabajo con mi madre”, comparte Manterola. Ambas están sostenidas por una red mucho más extensa y profunda de lo que cualquiera percibe a primera vista, que incluye a colaboradoras, abuelas y a quienes llegaron antes a abrir el camino. “No estamos solas, es una red súper poderosa y súper fuerte”, asegura Serra.
Martina Manterola, fotografiada el 12 de abril en The Aral School, Uzbekistán, un centro multidisciplinar en el que personas procedentes de diferentes lugares discuten soluciones para salvar al Mar de Aral de su desecación.


Ana Fernanda Lebrija, fotografia el 14 de abril en uno de los salones del hotel Four Seasons de la Ciudad de México
CERAMISTAS Y COFUNDADORAS DE ANNA LEBRIJA
HAY MOMENTOS, POR ordinarios que parezcan, que transforman la vida. Para Ana Patricia Fuentes y su hija Ana Fernanda Lebrija fue el café de la mañana, su momento favorito del día, el que las inspiró a crear su proyecto en conjunto. “Hacer café siempre fue un ritual en la casa”, cuenta Fuentes, “y siempre hemos estado en la búsqueda del mejor proceso de preparación”. Experimentando con distintos métodos, como prensa francesa y goteo, Fuentes y Lebrija se preguntaron qué pasaría si se elaboraran algunos de estos artefactos en porcelana, un material con el que Fuentes ha trabajado durante mucho tiempo. Hace unos 12 años, el jardín de la casa familiar vio nacer la marca Anna Lebrija. “Era maravilloso. Nos levantábamos, tomábamos café y bajábamos a experimentar con la cerámica”, recuerda Fuentes. Buscando el punto ideal para trabajar el material, la dupla pasaba de la risa a la
angustia, pero siempre trabajando de la mano. “Empezamos de cero”, cuenta Lebrija. “Tenemos una taza, por ejemplo, que es redonda para que la abraces con las manos. Teníamos que ver cómo quemarla, en qué colores hacerla, qué texturas usar. Había mucho por explorar, y así fuimos desarrollando la esencia de la marca”, explica Fuentes. Hoy, este ritual tan amado por ambas define cada pieza que elaboran: una invitación a bajar el ritmo, a tomarse el tiempo para disfrutar y a hacer de lo cotidiano un momento para recordar. Sus colecciones, profundamente ligadas a la artesanía mexicana, combinan armoniosamente una estética contemporánea con esa ligera imperfección que solo puede resultar del trabajo a mano.
A lo largo de más de una década, la marca ha crecido orgánicamente gracias a boutiques como Tsebaal Concept, en Mérida, y Atacama Home, en Los Ángeles, a la venta en línea a través de Amazon y a colaboraciones con arquitectos, chefs y restauranteros que comparten su visión creativa. Mientras tanto, en el horizonte, está el reto de crecer de forma orgánica y sostenible, siempre manteniendo esa esencia tan humana que ha definido al proyecto desde el día uno. “El equipo seguimos siendo mi mamá y yo”, cuenta Lebrija. “Cuando necesitamos más manos subcontratamos a más gente, o incluso amigos a los que les encanta la cerámica, porque el trabajo manual tiene una esencia muy terapéutica”. A pesar de que Fuentes y su esposo se mudaron hace poco a Mérida, la comunicación y la colaboración se mantienen constantes entre ellas. “Admiro mucho a mi mamá porque tiene mucha atención al detalle, y siempre se asegura de que las piezas sean elegantes y tengan presencia”, cuenta Lebrija, encargada de la producción en el taller de la Ciudad de México. Para Fuentes, la visión de su hija es invaluable. “Me encanta su disciplina, su claridad para hacer suceder todas sus ideas”, asegura.
Ana Patricia Fuentes, fotografiada el 13 de abril en la Mansión Xodo, en Mérida, Yucatán. Fuentes es propietaria junto a su hija Ana Fernanda, de la marca de cerámicas Anna Lebrija.



Por Lindsay Talbot
Fotografía por Mari
Maeda-Oboshi y Yuji Oboshi
EN 1846, un grupo de artesanos marroquineros españoles abrió un pequeño taller de piezas hechas por encargo en un lugar que con el tiempo se convertiría en el corazón del distrito comercial de Madrid. Sus creaciones —desde cigarreras y estuches para joyas, hasta carteras y marcos— llamaron la atención de Enrique Loewe Roessberg, un alemán especialista en pieles que comenzó a colaborar con el colectivo en 1872. Veinte años después, E. Loewe, una boutique con la fábrica en el sótano, abrió sus puertas en la Calle del Príncipe. Roessberg y su hijo, Enrique Loewe Hinton, empezaron a producir bolsas de mano para mujer y, en 1905, la marca fue nombrada proveedora oficial de la Corona española. Más tarde, Marlene Dietrich, Ernest Hemingway y Ava Gardner fueron parte de sus visitas habituales en la tienda insignia de la Gran Vía, inaugurada en 1939 y conocida por sus teatrales escaparates semicirculares, que exhiben objetos frente a unas cortinas superpuestas. En 1975, después de abrir tiendas en Londres y Tánger, Marruecos, e introducir la línea prêt-à-porter, la casa lanzó su ya icónica bolsa Amazona. Confeccionada en la emblemática gamuza dorada de Loewe, esta bolsa de asa corta y silueta curva encarnaba la funcionalidad: unas piezas de piel marrón en las esquinas reforzaban las costuras de su base de estructura rígida, y su único adorno era un candado. Bautizada en honor de las guerreras de la mitología griega, capturaba la libertad feminista de la década y desafiaba la idea de que las mujeres necesitaban una variedad de bolsas para el día, la noche y el fin de semana.
Para su colección de debut como nuevos directores creativos de Loewe, Jack McCollough y Lázaro Hernández, los diseñadores que el verano pasado se mudaron de Nueva York a París, han reinventado este clásico de archivo con la nueva Amazona 180, una bolsa amplia y de caída suave concebida para llevarse abierta, sin subir el cierre, y con un asa asimétrica. Disponible en piel de becerro, gamuza o cocodrilo, el modelo retoma una seña distintiva del original con sus esquinas redondeadas: un matrimonio perfecto entre la actitud estadounidense y la precisión técnica del arte español de siglos de antigüedad


















































