Cine y pena de muerte Diez anรกlisis desde el derecho y la moral
Cine y pena de muerte Diez análisis desde el derecho y la moral
Benjamín Rivaya (Coord.) Universidad de Oviedo
México D.F., 2012
Copyright ® 2012 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch México publicará la pertinente corrección en la página web www. tirant.com (http://www.tirant.com).
Director de la Colección:
Javier de Lucas Catedrático de Filosofía del Derecho
© benjamín rivaya y otros
© tirant lo blanch MÉXICO edita: tirant lo blanch MÉXICO C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia telfs.: 96/361 00 48 - 50 fax: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es depÓsito legal: v i.s.b.n.: 978-84-9004-487-2 imprime Y maqueta: pmc Media Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/ empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.
Para Eduardo Torres Dulce, pionero en los estudios de Derecho y cine
Ìndice
Presentación ...............................................................................
11
Benjamín Rivaya
Intolerancia. Arte y compromiso moral en el cine de David W. Griffith ..................................................................................
19
Luis Feás Costilla
M. El vampiro de Düsseldorf. La muerte como castigo. Paralelismos entre pena de muerte y linchamiento .....................
39
Pablo de Cima
El joven Lincoln. Pena de muerte, contrato social y error judicial
57
Benjamín Rivaya
Monsieur Verdoux. Pena de muerte e incoherencia social ......
77
Ricardo García Manrique
¡Quiero Vivir! Realidad construida, construcción «procesada»: género, prensa y trampas policiales en la determinación del castigo penal .........................................................................
97
María José García Salgado
El verdugo. Escenas sombrías de una España reciente ...........
127
René Maroto Laviada
A sangre fría. El lado oscuro del sueño americano ..................
145
José Luz Muñoz de Baena Simón
Sacco e Vanzetti. Y la ley los declaró muertos ..........................
161
Roger Campione
Primera plana. ¿Interferencias en la aplicación del derecho? .
175
Aurelio de Prada García
Dead man walking. Contra la pena de muerte .........................
193
Benjamín Rivaya
Una filmografía sobre la pena de muerte .................................
215
Benjamín Rivaya y Pablo de Cima
9
Cine y pena de muerte
Índice
Presentación
Benjamín Rivaya Universidad de Oviedo
D
esde el nacimiento del cinematógrafo hasta nuestros días, la pena de muerte ha sido uno de sus constantes argumentos, sin duda por su fuerza dramática. Hay noticia de que en Francia, antes de que finalice el XIX, Charles Pathé, en Exécution capitale à Berlin, ya muestra una decapitación, y al iniciarse el XX, en 1901, también en Francia Ferdinad Zecca estrena Histoire d´un crime, una narración que se abría con la comisión de un homicidio y finalizaba, aunque la censura no permitió mostrarlo, con la ejecución del culpable. Ese mismo año, en Estados Unidos aparecía Execution of Czolgosz, with Panorama of Auburn Prison, de Edwin S. Porter, sobre el caso del anarquista condenado por el asesinato del presidente McKinley. Pero probablemente la primera película fundamental de la historia del cine que trató el tema de la pena de muerte fue Intolerance (1916), de Griffith. Así, la
superproducción no sólo resultó ser el origen de recursos técnicos y narrativos que a partir de entonces se popularizarían entre los cineastas, sino que presentó la temática de una forma que, aun con muchas variantes, se repetiría hasta nuestros días. Dentro del esquema general de estas películas, Griffith acuñó tópicos cinematográficos que nunca se abandonarían: una situación confusa, con muerte incluida, en el inicio del drama; la detención de un inocente que, de una u otra forma, se ve envuelto en aquella circunstancia; una defensa incompetente; el error judicial, la condena a muerte; la angustia del condenado y de sus seres queridos; la prueba que los verdugos llevan a cabo para cerciorarse del buen funcionamiento de la letal maquinaria; la intervención del sacerdote y del alcaide; la constatación de la inocencia; las carreras para impedir el fatal desenlace; la evitación, esta vez, de la ejecución.
11
Cine y pena de muerte
Presentación
Cine y pena de muerte
Benjamín Rivaya
De esta forma quedaban puestos los cimientos del cine narrativo sobre la pena de muerte, un cine casi siempre dramático que, a diferencia del documental (que también ha tratado la temática, y a veces con merecido éxito: véanse las españolas de Martín Patino, Queridísimos verdugos —1977—, y de Javier Corcuera, La espalda del mundo —2000—), que a diferencia del documental, decía, obtendrá buenos resultados comerciales, lo que explica la proliferación de películas sobre el particular o, al menos, de películas en las que el castigo último aparece como uno de los argumentos dentro de la trama general. Pero por más que el presente trabajo colectivo también tenga en cuenta un criterio cronológico, no se puede elaborar ahora una historia de la pena de muerte en el cine, aunque sí imaginarse. Ya han sido citados los nombres fundamentales de Charles Pathé, Ferdinand Zecca y David W. Griffith, y tras ellos otros importantes protagonistas de la historia del cine, incluso algunos de los imprescindibles, han vuelto sobre el tópico: Fritz Lang, Charles Chaplin, John Ford, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Billy Wilder, Joseph Losey, Richard Brooks, Luis García Berlanga, Stanley Kubrick, Richard Fleischer, Clint Eastwood, Tim Robbins o Lars von Trier.
12
Por otra parte, hablamos de cine narrativo sobre la pena de muerte para referirnos a aquellas películas en las que ese castigo juega algún papel relevante en la trama. Normalmente son películas en las que el acusador pide la condena capital para el presunto culpable, en las que el juez muchas veces la impone en la sentencia y en las que el verdugo, también en muchas ocasiones, la ejecuta. De hecho, ésta puede ser la tipología de tales películas: en todas ellas se solicita la pena última para el acusado, lo que permite que haya algún tipo de reflexión sobre ese castigo, pero no en todas ellas la resolución judicial es condenatoria y, cuando lo es, por diversas circunstancias, no siempre la ejecución llega a producirse. Quizás sea este último dato uno de los que vale como criterio básico de clasificación, según que se mate o no al condenado. Precisamente la ejecución, ese momento último, la consecuencia del proceso previo, ha servido para definir la pena de muerte, y esa definición se ha reflejado en el cine, al compararse en multitud de peliculas con la justicia privada, el linchamiento y la justicia organizada no estatal, temas tantas veces tratados en el cine negro y en el western. Por lo demás, como se dijo, el cine sobre la pena de muerte puede tener a ésta por el argumento
Presentación
cambio, en el que la pena capital sólo aparece un instante, de pasada, como dato trágico exigido por la narración. Baste con el ejemplo de dos deliciosas películas francesas: la de Jacques Becker, Casque d´or, en español París, bajos fondos (1951), en la que la pena capital ni siquiera se intuye y sólo aparece al final, trágico colofón de una historia de amor tan tierna como imposible; y la de Louis Malle, Ascensor para el cadalso (1957), otra narración dramática y sentimental donde el castigo únicamente está presente en el título y en algún que otro diálogo. Desde el punto de vista que probablemente más interese a las ciencias sociales, el de la conformación de la mentalidad, hay que constatar que este quasi género ha participado en la lucha entre partidarios y detractores de la pena capital. Curiosamente, como regla general las películas sobre la pena de muerte han sido películas contra la pena de muerte y, en cambio, me parece, las que han tratado de justificar ese castigo, aun sin hacer referencia expresa a él, se han dedicado a ensalzar la venganza. Por cierto, viene al caso la respuesta de Dick Hickock (Scott Wilson), uno de los dos asesinos de In cold blood (Richard Brooks, 1967), al periodista que le preguntó si estaba de acuerdo con la pena capital: “Sí
13
Cine y pena de muerte
central o, también, como un motivo incidental dentro de la trama, ya se le conceda mayor o menor importancia. Quizás el ejemplo más representativo de película dedicada completamente al tema sea el de Dead Man Walking (1995), comercializada en España precisamente como Pena de muerte, de Tim Robbins, un trabajo cumbre del género. Pero no siempre está clara la importancia del tópico en el desarrollo argumental y, en muchas ocasiones, su peso depende de la interpretación que se haga de la historia. Por ejemplo en Witness for the prosecution, Testigo de cargo (1958), de Billy Wilder, la cuestión de la pena resulta incidental en comparación con la investigación del caso y con el propio proceso que se sigue; tanto, que hasta puede olvidarse que el castigo posible para el delito que se juzga es el capital. Así todo, con las ironías de Sir Wilfrid (Charles Laughton), el abogado defensor, la película no deja de enviar un mensaje al espectador para reflexionar sobre la justificación del castigo último. O en 12 angry men (1957), de Sidney Lumet, cuando sólo de refilón se dice que lo que se discute es si se mata, si se ejecuta o no al chico acusado de asesinato. Aun así, por lo que se verá, Doce hombres sin piedad es sin duda una película sobre la pena de muerte. Hay otro cine, en
Cine y pena de muerte
Benjamín Rivaya
—dijo—. Colgar a un hombre es vengarse de él. ¿Qué tiene de malo la venganza? Yo me he estado vengando toda la vida. Claro que estoy de acuerdo, siempre que no sea yo el que vayan a ejecutar”. La mayor venganza posible, porque sólo “tiende a lastimar y no a evitar el crimen”, como pensaba con razón el abogado defensor de No matarás (Krzysztof Kieslowski, 1988). Pero decía que, por más que haya excepciones y casos dudosos, las películas sobre la pena de muerte suelen repudiarla, de tal forma que, sea cual sea la intención del director, que personalmente puede tener tanto una postura definida sobre el particular como carecer de ella, un repaso de la filmografía básica sobre el tema podría servir para elaborar un catálogo de los argumentos contra la pena de muerte; quizás sin el rigor propio del discurso filosófico, pero con la mayor eficacia, en cambio, del cinematográfico. Ya quedó apuntado que en la primera gran producción donde aparece el tema, Intolerancia, se muestra a las claras el argumento del error judicial, un error que, en el caso de que la condena a muerte se ejecute, no tiene reparación posible. Si además el resultado depende de la pericia del abogado que a uno le toca en suerte, hay que fiarlo todo a ésta. Por fin, también en Intolerancia se presenta la cara desen-
14
cajada por el miedo del condenado, el gesto aterrado y la angustia de su compañera, emociones que tantas veces se representarán en este tipo de cine y que enseñan mejor que cualquier especulación que la pena de muerte es, simple y llanamente, un sofisticado tipo de tortura. Inevitablemente, estas razones aparecerán repetidas una y otra vez en la pantalla. En cuanto al argumento del error judicial, se ha presentado con todos los matices, pero quizás fue el gran Fritz Lang, siempre preocupado por la cuestión (en M —1931—, en Fury —1936— , en You only live once —1937—), el que lo mostró de manera espectacular. La última citada, Sólo se vive una vez, es el relato magistral de cómo un hombre es condenado a morir por un crimen que no ha cometido, lo que hace que, para escapar, mate a su buen amigo el sacerdote de la prisión, es decir, se convierta en un criminal por fin, y luego sea juzgado por este homicidio del que sí es autor y sentenciado a muerte definitivamente. Hay otra película ejemplar a este respecto, la ya referida de Sidney Lumet, Doce hombres sin piedad, que al exponer el procedimiento real de toma de decisiones jurídicas descubre su falibilidad. La crítica del realismo jurídico resulta evidente: si no llega a ser por un miembro del jurado, el que interpreta Henry
Presentación
mostrar ese abuso la ironía de Monsieur Verdoux (1946), de Chaplin, o la tragedia de Sacco e Vanzetti (1971), de Montaldo. Si el Derecho no es más que un repugnante instrumento de violencia que las clases dominantes utilizan contra las dominadas para conseguir y perpetuar la sumisión, como le viene a decir Bartolomeo Vanzetti (Gian Maria Volonté) al gobernador de Massachusetts, la pena de muerte no sería otra cosa que el arma definitiva que se utiliza para liquidar a los revoltosos y a los que no aceptan el estado de cosas establecido. A nadie extraña que los condenados del cine, como los de la realidad, sean pobres y marginados, retrasados, hispanos y negros, gentes con mil dificultades o, simplemente, con mala suerte. Valga el musical de Lars von Trier, Bailar en la oscuridad (2000), para ejemplificarlo. La pena de muerte, en fin, como crimen legal. En cuanto a la crueldad de esa privación procesal de la vida, no es cuestión de método, por mucho que se empeñe don Amadeo, El verdugo (Luis García Berlanga, 1963): “A mí me hacen reir los que dicen que el garrote es un sistema bárbaro... ¿Lo han probado?... Así, cerca del cuello, de una manera humana, con las manos... ¿No es cierto?”. Habría que contestarle que no, y recomendarle que viera el rostro de
15
Cine y pena de muerte
Fonda, al chico lo liquidan en un momento aquellos once hombres, con la convicción, además, de estar obrando como debían. También en El joven Lincoln (1939), de Ford, se demuestra que contra los errores judiciales no hay nada como tener un buen abogado, inteligente y con interés. Claro que no todos los acusados para los que se ha pedido la muerte han podido ser defendidos por Lincoln. Además de lo difícil de fallar bien, de no errar, a veces los medios de comunicación intervienen y desequilibran la balanza de la justicia. Sobre la importancia de los medios en la toma de una decisión tan trascendente se puede ver ¡Quiero vivir! (Robert Wise, 1958), o las variaciones sobre el mismo tema de Ben Hecht y Charlles MacArthur, The front page: Un gran reportaje (Lewis Milestone, 1931) Luna nueva (Howard Hawks, 1940), Primera plana (Billy Wilder, 1974) e Interferencias (Ted Kotchfett, 1988). Pero el error puede no serlo. El reconocimiento de la pena de muerte entraña el peligro real de que sea utilizada en la represión contra la disidencia política o por cualquier otra razón de Estado. Paths of glory (1957), de Stanley Kubrick, es un buen ejemplo de su utilización por el bien de la patria, esta vez en tiempos de guerra, pero también valen para
Cine y pena de muerte
Benjamín Rivaya
José Luis Gómez, de Pascual Duarte (Ricardo Franco, 1975), en el instante en que le dan garrote. Realmente, el sufrimiento brutal del condenado a muerte comienza mucho antes, con la condena. Quizás fue Kubrick quien mejor supo expresar en el cine (como Tolstoi en la literatura, en Resurrección) esa espeluznante mezcla de terror, angustia e impotencia que domina los cuerpos de los condenados a muerte, en este caso de los tres soldados que el tribunal militar de Senderos de gloria decide ajusticiar. Por eso no es una razón menor que tenga que existir un profesional de la tortura, un asesino legal, dispuesto a ejecutar la sentencia; un pobre hombre que también tiene que ganarse la vida, como el de El verdugo o el de La viuda de SaintPierre (Patrice Leconte, 1999), o como los verdaderos de Queridísimos verdugos. Pero no nos equivoquemos, que esta vez sí tiene razón don Amadeo: “es lo que yo digo... Si existe la pena, alguno
16
debe...”. Efectivamente. La referencia al verdugo, por cierto, abre otra posible vía de análisis de las películas sobre la pena de muerte, la del estudio de los papeles fundamentales: el juez y el jurado, el abogado y el fiscal, el alcaide, el sacerdote, los familiares, los partidarios y los detractores de la pena, que se manifiestan junto a los muros de la cárcel, el reo. Por último, a veces en el género de la pena de muerte aparece un argumento en boca del acusador (p. e. El joven Lincoln, A sangre fría, Bailar en la oscuridad) que se puede volver contra él (vid. Last dance, Condenada —Bruce Beresford, 1996—), la apelación al sexto mandamiento. Parecen no darse cuenta de que las referencias al bíblico no matarás también afectarían al Estado, que se arroga la legitimidad de quitar la vida a alguien de forma premeditada y alevosa. En efecto, la pena de muerte siempre se comete a sangre fría.
Intolerancia
Cine y pena de muerte
17
Intolerancia
Arte y compromiso moral en el cine de David W. Griffith Luis Feás Costilla Universidad de Oviedo
La mejor imagen que tenemos de David W. Griffith nos la proporciona, no podría ser de otra manera, el propio cine. No me refiero por supuesto a las pocas películas en las que él mismo intervino como actor, pues en ellas apenas se le reconoce, sino a esa hermosa recreación de los primeros años del cine mudo titulada Good morning Babilonia (1986), en la que los hermanos Taviani expresan toda su admiración por el gran director norteamericano. Griffith aparece en la película como lo que era: una figura mítica, casi legendaria, a la que todo Hollywood veneraba y respetaba. El actor que le da vida recrea magníficamente su elegante presencia, su perfil aguileño de moneda romana, ayudado en su caracterización por algunos detalles del personalísimo atuendo del director norteamericano,
como el sombrero claro de ala ancha. Alto, más bien espigado, el actor posee el porte y la distinción necesarios para simular las actitudes de un verdadero caballero sureño. Porque David Wark Griffith había nacido efectivamente en el Sur de los Estados Unidos, concretamente en Crestwood (Kentucky), el 22 de enero de 1875, y lo más probable es que su infancia transcurriera entre algodones, en la granja familiar de Oldman County, alimentada seguramente por conmovedoras leyendas en torno a los buenos tiempos de la Confederación. Pero la temprana muerte de su padre, que había luchado en el bando sudista durante la guerra civil estadounidense, condujo a la familia a una situación de extrema pobreza, que les llevaría a vender todas sus propiedades y a emi-
19
Cine y pena de muerte
Intolerancia