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LAS PUER UERT TAS DE EL ÁLAMO
STEPHEN HARRIG ARRIGAN AN
TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ LLANOS COLLADO 5
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«El florón», canción infantil mejicana.
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LA BATALLA DE LAS FLORES
TERRELL MOTT iba hacia El Álamo en un Buick turístico que se arrastraba en pos de una comitiva de victorias y calesas tiradas por caballos. Al igual que las carrozas, el espacioso automóvil de gasolina estaba cubierto de flores que apenas dejaban espacio en los paneles de las portezuelas para el rótulo que identificaba a la reliquia de blancos bigotes que iba dentro:
Era asombrosamente viejo. Saludaba rígidamente a la concurrencia con el brazo derecho casi inservible: la articulación del hombro estaba petrificada desde que se cayera en una barbería hacía una década y la mano fracturada había adoptado forma de garra desde que aquella noche en el cruce del Cibolo la bala de un mosquete mejicano le rompiese una pata a la yegua que montaba y ambos se estrellaran contra el suelo tan deprisa que, cuando pensaba en ello, setenta y cinco años después, aún le daba miedo. En el salpicadero de madera barnizada del Buick, alumbrado por los relucientes dorados de la luz del lado del acompañante, Terrel veía tenues reflejos de su decrépito rostro, con la poblada perilla blanca cuadrada como un pincel. Ahora estaba completamente desdentado, tras haberle entregado el último de sus venerables molares a un dentista mejicano en Laredito. La boca vacía, así como la calvicie consumada bajo el sombrero gris de ganadero, lo llenaban de cierta satisfacción sombría. La naturaleza casi había acabado con él. A los noventa y un años no concebía otra cosa ni tampoco la necesitaba. Durante algunos años, después de haberse salvado de la muerte en El Álamo, había sentido la intensa y protectora providencia de Dios, pero ésta había remitido como una fiebre y las cuestiones espirituales no habían vuelto a desvelarlo desde entonces. Por más que meditaba sobre ella, no consideraba que la muerte inminente fuese un misterio. No era más que una forma en el horizonte, algo reconocible que aún no se había precisado. El viejo sol ha tenido a bien brillar después de todo anunció cortésmente ante Parthenia y el chófer, un joven del concesionario de Buick cuyas voluminosas gafas acentuaban de forma cómica sus facciones de batracio. Supongo que no se ha atrevido a defraudar a tanta gente repuso el chófer, mientras Terrel experimentaba una leve oleada de náuseas. Las calles de San Anto11
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nio eran un mar de sombreros femeninos de plumas o paja y hasta algunos sombreros mejicanos. Terrell no veía bien a la gente a través de las lentes distorsionantes de los anteojos y las cataratas que poco a poco le sellaban los ojos con una opaca ceguera. Saludó con el brazo rígido a los espectadores más cercanos, que le correspondieron con ademanes desidiosos. La música de la banda montada que los precedía le llegaba en una serie de temblores estridentes cuyo ritmo no acertaba a precisar y la fragancia de las flores impregnaba las calles de una sazón que no diferenciaba de la podredumbre. ¿Te has tomado la angostura? le preguntó Parthenia . Parece que tienes dispepsia. Terrell le dio a su nieta una palmadita en la mano para que se tranquilizara y le dedicó una sonrisa con la boca cerrada que había perfeccionado en los últimos tiempos, pues seguía siendo un tanto susceptible acerca de la ausencia de dientes y no le gustaba enseñar las encías sonriendo abiertamente. Una tenue brisa le rizó la barba y lo ayudó a distraerse del hedor de las flores. Me he tomado la angostura contestó . Preocúpate por el carnaval. Parthenia era la presidenta de la asociación de la batalla de las flores ese año. Además, desempeñaba las funciones de ama de llaves de la Reina desde que la primera ama, una muchacha de pocas luces y muchas energías, dimitiera tras poner en evidencia a la orden de El Álamo emborrachándose y presentándose en público con pantalones de odalisca. Y la hija de Parthenia estaba en la carroza que encabezaba el cortejo, sentada en un trono adornado con guirnaldas de lirios del valle, con servidores y pajes a sus pies, mientras el Tercero de Artillería de Campo despejaba el camino: Su Graciosa Majestad la Reina Julia, de la casa de Toepperwein. Terrell atisbó el carruaje de Julia más adelante cuando la comitiva dobló un recodo pronunciado disponiéndose a seguir el curso del río hasta el centro del pueblo. Vio el brazo enguantado de su bisnieta saludando al público y su cabello castaño, al que el sol arrancaba destellos. Cuando era niña habían tenido una relación estrecha; Terrell era un anciano decidido a mostrarle las maravillas más modernas. Habían pescado truchas, habían asistido a los salones de kinetoscopios y habían navegado en las góndolas de San Pedro Springs. Pero ambos pertenecían a generaciones tan distantes que ya había empezado a sentirse como un espectro, un fantasma que no podía abrazarla con sus brazos incorpóreos. Cuando Julia y el carruaje desaparecieron al otro lado de un muro de edificios de piedra observó el agua verde y reparó en una anciana y venerable tortuga caimán que se impulsaba bajo la superficie. Los años habían desgastado las protuberancias de su caparazón y la cabeza con forma de diamante tenía el tamaño de su puño. Ésa pesará unos dieciocho kilos le comentó a Parthenia. ¿Qué? Esa caimán. 12
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¿Quieres que nos paremos a cogerla, ? Parthenia le sonrió. Sus ojos seguían siendo brillantes y jóvenes, pero el rostro que había debajo estaba surcado por líneas cada vez más profundas. La nieta de Terrel tenía cuarenta y dos años y era viuda. Hacía cinco años un caballo sin herraduras le había dado una coz en la cara a su vigoroso esposo alemán y Parthenia lo había encontrado muerto en el patio con la parte delantera del cráneo hecha añicos y la frente despellejada por el borde afilado del casco. La pena le había infundido una vaga y apremiante resolución. La orden de El Álamo (la «sociedad secreta» de jóvenes acaudalados que se reunía todos los años para nombrar duquesas, princesas y reinas a las muchachas casaderas más deseables de San Antonio) le debía mucho a su afable eficacia. A Terrell los deberes de Parthenia le parecían triviales. Era la responsable de los colores de las banderas que ondeaban en la coronación que se celebraba en Beethoven Hall, de las ovaciones que se preparaban en honor del Lord Alto Chambelán, de la selección de la música para la gavota de los pajes y del pedido de los estuches de tarjetas grabados que se regalaban a los asistentes a la corte. Pero ella aportaba a aquellas tareas una solemnidad que lo inquietaba vagamente. Había algo siniestro en todo aquello, pensaba. Los miembros de la orden de El Álamo, que votaban en secreto para escoger a las chicas que elevarían a la realeza, le recordaban a los soberanos paganos que se reservaban a las vírgenes en sazón del año. Pero una parte de Parthenia se conmovía ante tanta frívola pompa medieval, tanto interés en una imaginaria época dorada del pasado. El pasado de Terrell tenía ese lustre en la imaginación de su nieta, así como en la de la propia Texas. En una ocasión Parthenia había escrito un poema: era el poema de una mujer de sociedad (Terrell había visto docenas similares a lo largo de los años) sobre los sagrados muros de El Álamo teñidos con la sangre de los mártires y las fantasmales pisadas de los defensores que se oían en la iglesia a medianoche. Sobre el sacrificio, la tiranía y la generosidad imperecedera. El año anterior habían rodado una película en Hot Wells, y Terrell suponía que cuando se estrenase en público sería más de lo mismo. Un empleado de la productora cinematográfica que se autodenominaba «escenógrafo» lo había consultado brevemente sobre cuestiones de precisión histórica («¿Qué clase de sombrero llevaba Davy Crockett la última vez que lo vio?»), pero Terrell sabía que no era más que un gesto de cortesía. A ellos no les importaba la precisión y a medida que su memoria se disolviera como una de las tabletas antiácidas que tomaba cada noche con un vaso de agua a él también le importaría cada vez menos. Por el momento se aferraba a fragmentos incongruentes de recuerdos: que se le habían pelado los nudillos con el aire seco y frío de aquel invierno de hacía setenta y cinco años, que un tropel de murciélagos había surgido de las grietas y las juntas de la antigua misión durante el primer bombardeo de Santa Ana, que había perdido el control de las tripas cuando el primer proyectil explotó en el aire y que del pánico al Gris de Nueva Orleans que estaba a 1
N. del t.: en alemán, abuelo.
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su lado se le había caído el pelo, que le cubrió los hombros de la camisa de lino y algodón. Pasaron ante una sucesión de tabernas y restaurantes: Beowulf Dreizehn, Schlagen & Vertragen s Bier Halle, Der Blaue Donner. Los alemanes se referían a aquella parte del río como el Pequeño Rin. Quizá el día menos pensado cambiasen el nombre de toda la ciudad por el de Pequeña Berlín o Pequeña Múnich. Los primeros colonos alemanes habían transformado en seguida el indolente pueblecito fluvial de Terrell en los años cuarenta, construyendo edificios de piedra, fundando clubes de canto y sociedades gimnásticas y enviando a sus hijos a clases de vals que impartían profesoras severas y ancianas que blandían bastones. La difunta esposa de Terrell, Hannah (que llevaba cuarenta años muerta), era la hija de un colono que había llegado a Texas con el príncipe Solms. El padre y los cuatro hermanos de Hannah cultivaron laboriosamente la amistad de Terrell, haciendo que ingresara en la nueva de Alamo Heights, con su elegante sede y su campo de tiro. Estaban decididos a enseñarle a disparar con la mano izquierda, puesto que desde 1836 no podía empuñar un arma con la mano malherida. Augustus, el hermano de Hannah, estaba convencido de que era factible porque él era completamente ambidextro. Disparando con cualquiera de las manos podía sacudir la ceniza de un puro en la boca de uno de sus confiados hermanos desde diez metros de distancia. Pero Terrel jamás había aprendido a disparar con acierto con la mano izquierda. Tal vez se hubiera impregnado del fatalismo mejicano durante demasiado tiempo para creer que realmente merecía la pena intentarlo. Y para él San Antonio de Béjar («Bear», lo llamaban en los viejos tiempos) nunca sería Pequeña Berlín ni nada por el estilo. En su corazón siempre sería una ciudad mejicana, y en el suyo también. Como alcalde, tal vez hubiera sido demasiado permisivo con las peleas de gallos, las partidas de monte y los interminables días festivos que se celebraban con fandangos, cohetes y juegos de en los que los jóvenes recorrían atolondradamente las calles a lomos de sus caballos disputándose un gallo vivo. Le gustaba la sensación que transmitía San Antonio la mañana después de un día de fiesta, los olores persistentes de la cera de las velas, las flores pisoteadas y la pólvora de los fuegos artificiales de la noche anterior, las gruesas cáscaras de los tamales semejantes a hojas caídas en las calles y los vendedores que instalaban silenciosamente sus puestos de atole, plumarias, jaulas de pájaros ornamentales y joyas de plata de Guanajuato. ¿Te acuerdas del viejo vendedor de caramelos al que íbamos a ver cuando eras niña? le preguntó a Parthenia mientras se dirigían a la plaza. Claro que sí, Opa contestó ella. Siempre estaba en esta esquina, espantando a las moscas de la bandeja con un rabo de cerda. Te tenía cariño porque te gustaban esos dulces de calabaza que sólo comían los niños mejicanos. 2
N. del t.: en alemán, asociación de tiradores. N. del t.: en español en el original. En lo sucesivo, todos los hispanismos estarán señalados en cursiva. 3
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Calabazates recordó Parthenia con una expresión al tiempo divertida y repugnada . Seguro que si ahora intentase comer uno tendría que pedirte prestada la angostura para el estómago. Terrell saludó a las reina del chile de la plaza de armas. Todas lo conocían. Hasta hacía pocos años había cenado en aquella plaza tres o cuatro noches a la semana, andando desde su casa en King William en el húmedo crepúsculo veraniego y sentándose a las largas mesas de madera como un ciudadano cualquiera. Pero los brazos y las piernas habían empezado a fallarle al mismo tiempo. Ahora sus rodillas eran elásticas y traicioneras y la comida picante le convertía las entrañas en una caldera gástrica. Le habían arrebatado sus rutinas una tras otra: se acabó cenar con las reinas del chile, pescar sábalos en Aransas y deambular por las calles del antiguo Bear. Ahora pasaba los días en una amplia silla de cuerno de vaca, intentando seguir los saltos de la letra impresa en el periódico. El automóvil traqueteaba hacia el este por la calle Commerce prácticamente al ralentí, siguiendo a los recalcitrantes coches de caballos. Terrell observó a Parthenia mientras ésta inspeccionaba la ruta del desfile de arriba abajo. Ya no era joven, pero nunca había logrado sobreponerse al nerviosismo infantil de que algo, en alguna parte, estaba sucediendo sin ella. Ese excitable estado de alerta era un rasgo que le había legado él. Ambos eran nerviosos e impacientes. Incluso ahora que su viejo corazón había adoptado el ritmo de una ostra seguía sintiendo que algo se aceleraba en su interior, inquisitivo. Se levantó un revuelo entre la muchedumbre más adelante, un jadeo colectivo con un trasfondo de júbilo. Al oírlo Parthenia se puso en pie de un brinco en el coche abierto y se cubrió la boca con la mano durante un instante. Pero Terrell, que no se había levantado, veía la catástrofe tan bien como ella. La carroza que llevaba a la duquesa de los altramuces silvestres4 había volcado al doblar una curva pronunciada a la izquierda. La duquesa estaba tendida de espaldas sobre un lecho de gasa mientras varios jóvenes (duques que se habían precipitado galantemente a socorrerla desde las restantes carrozas) la examinaban por si se había roto algún hueso. Los asustados caballos seguían arrastrando la carroza volcada calle abajo, arrancando el taraceado de altramuces y sembrando la confusión en todo el desfile. Santo Dios del cielo blasfemó Parthenia, echando chispas por los ojos . Asegúrese de que no se escape mi abuelo le indicó al conductor, y acto seguido saltó del Buick y se dirigió a grandes pasos a la escena del siniestro, una mujer esbelta y decidida con un voluminoso sombrero floreado. Terrell la observó mientras ahuyentaba a los presuntuosos jóvenes que le estaban dando consejos a la bobalicona duquesa. Parthenia se limitó a levantar a la desconsolada muchacha, alisarle el vestido y dirigirse a ella con un tono enérgico y despreocupado, como si no hubiera pasado nada extraordinario. A continuación, con sencilla eficacia, dirigió el levantamiento del carruaje. 4
N. del t.: flor del Estado de Texas.
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Parece que la señora Toepperwein lo tiene todo bajo control comentó el chófer. Le encantan las crisis asintió con orgullo Terrell . Habrá vuelto a poner el desfile en marcha en menos que canta un gallo. Se arrellanó en el asiento, sintiendo el satisfactorio cansancio de los ancianos; el cuerpo estaba extenuado pero la mente se volvía de repente tan aguda y tensa como una cuerda de violín. Pensó con claridad onírica en los sábalos que pululaban en las cálidas aguas de las bahías costeras y saltaban de la superficie cuando forcejeaba con ellos mientras el sol arrancaba destellos a las enormes escamas que le recordaban a las doradas armaduras de los caballeros. Y las cucharetas que surcaban el cielo, cuyas plumas rosadas eran tan exuberantes y sazonadas como frutas exóticas. Quería ir de nuevo a la costa antes de morir. ¿Cuál es tu pescado favorito? le preguntó al conductor. Bueno, señor dijo este, volviéndose en el asiento y colocándose las gafas sobre la frente sudorosa , tendría que decir que el bagre. Quiero decir de agua salada. ¿De agua salada? Supongo que el rodaballo. La gallineta afirmó Terrell . O la caballa gigante asada con madera de mezquite. Vaya, eso no puedo superarlo repuso el joven. Ahora que el desfile se había detenido, los espectadores que bordeaban la calle habían dejado de saludar y de aplaudir. Estaban inmóviles, vacilantes, observando a Terrell y los restantes accesorios de la comitiva con la vergüenza ajena que se reserva a los que se han exhibido durante demasiado tiempo. A fuego lento en una hoguera de mezquite añadió Terrell. Habían desenganchado a las caballerías del carruaje de los altramuces y una docena de duques y policías estaban tratando de levantarlo. Señor, si no le importa, me gustaría preguntarle una cosa aventuró el conductor, tras un instante de intranquila concentración. Claro dijo Terrell. ¿Estaba presente cuando el coronel Travis trazó aquella línea en la tierra con la espada? Para tu información, Travis no trazó ninguna línea contestó Terrell. Pues yo creía que sí. El joven parecía tristemente desilusionado . Creía que les había dado a elegir entre marcharse o quedarse a combatir hasta la muerte. Bueno, yo sé qué es lo que habría elegido, ¿y tú? El chófer meditó sobre ello en silencio mientras el sudor le resbalaba por las mejillas abolsadas. Terrell lo consideraba un muchacho pero era consciente de que probablemente tendría veintitantos años, más que Travis cuando los había conducido a aquel infierno. 16
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Desde donde se encontraban no se veía El Álamo, aunque sólo estaba a una manzana de distancia. Con el paso de los años aquella antigua misión, amplia y destartalada, había quedado reducida a escombros; apenas quedaba una sección del convento y la iglesia modesta y sombría que el ejército había restaurado en los años cincuenta para que hiciera las veces de almacén. La ciudad había crecido a su alrededor, los edificios del centro la empequeñecían y la ocultaban de la vista. Las calles de San Antonio eran desordenadas y sinuosas. Formaban un laberinto en el que ni siquiera Terrell Mott, el antiguo alcalde, lograba siempre orientarse con exactitud. Y en el corazón de aquel laberinto, como algo mágico sacado de un cuento de hadas, se enclavaba El Álamo. En el tramo de la calle Commerce en el que ahora estaban encallados, exactamente al sureste de El Álamo invisible, antaño había habido un paseo bordeado de álamos. Terrell había cortejado allí a Hannah, ocultando la mano contrahecha en el bolsillo de la chaqueta; la muchacha era exigente y curiosa pese a su precario dominio del inglés. «¿Esso ess nieve?», había exclamado perpleja mientras las flores blancas flotaban por La Alameda en la quietud del verano. Aquí fue donde quemaron los cadáveres le dijo Terrell al conductor. ¿Señor? Aquí mismo fue donde quemaron los cadáveres. Los apilaron en dos grandes montones. Una capa de cuerpos, una de madera y otra de una especie de grasa... Me parece que era sebo. Luego otra capa de cuerpos y de madera, y así hasta los tres metros de altura. ¿Lo vio usted? Demonios, no. Si me hubiera quedado lo bastante para verlo yo también habría acabado en la hoguera. Pero me lo contaron. La hoguera había ardido a fuego lento durante dos días con sus noches como un estofado ennegrecido. Como no quedaba espacio en el camposanto habían dispuesto en hileras a los soldados muertos de Santa Ana hasta que encontraran un sitio para enterrarlos. Los cadáveres se hincharon como globos y los buitres oscurecieron el cielo durante días. El hedor de los soldados mejicanos muertos era opresivo, pero los bejareños aseguraban que no podía compararse con el olor del sebo y la carne mantecosa de las grandes piras de La Alameda. A su edad Terrell veía el fuego como otra fuerza neutral de la naturaleza. Para él la cremación de un organismo muerto no era más terrorífica ni misteriosa que la evaporación del agua o la lenta maduración del fruto del cactus. Pero cuando le refirieron la quema de sus amigos en El Álamo no había dejado de pensar en ello. Aquella imagen había ardido en su imaginación como una fiebre durante más de una década. Veía sus caras contemplándolo con los ojos abiertos desde la maraña de leña que los confinaba a la manera de un emparrado. Veía sus patillas estallando en llamas y sus ojos derritiéndose en sus cabezas. Veía la fría lechada final de ceniza, hueso y grasa derretida. 17
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Sentado en el coche, intentó revivir la estupefacción y el espanto de la imagen que tanto lo había atormentado antaño, pero su vieja y encallecida imaginación no quiso obedecerlo. Por el contrario, volvió a pensar en la tortuga caimán que flotaba en el río y en los bancos de sábalos de las cálidas aguas de la bahía de Aransas. Durante un cuarto de hora, mientras Parthenia se encargaba de salvar el desfile y el joven conductor cavilaba en silencio sobre la idea de sus héroes ancestrales consumiéndose en aquella grasienta hoguera, Terrell soñó que era una bestia corpulenta y satisfecha que nadaba bajo la superficie del mar en calma y que el sol le daba en el lomo cuando asomaba mansamente la cabeza para aspirar una bocanada del húmedo aire del golfo. Me parece que la pobre chica se ha roto el codo anunció Parthenia cuando al fin volvió a subir al coche . Pero no quiere ni pensar en retirarse; dice que saludará con la otra mano. Dura como una piedra observó distraídamente Terrell. El desfile había vuelto a moverse, aunque el largo retraso había puesto fin al espíritu del evento. Las animosas duquesas volvieron a saludar a la concurrencia indiferente y la banda volvió a tocar, interpretando «Come to the Bower», aquella antigua cancioncilla intrascendente que le había dado ánimos a él y al resto del ejército texano mientras atravesaban la llanura de San Jacinto, con terror y venganza en el corazón. Para su sorpresa, Terrell se oyó cantando débilmente. Habían pasado setenta y cinco años y aún se acordaba de la letra:
Es curioso comentó Parthenia, encantada con la repentina animación de su abuelo . La verdad es que la letra es muy sugerente. Yo no habría escogido esa canción para entrar en batalla. Que yo recuerde, no la escogió nadie repuso Terrell . Houston sólo tenía un tamborilero y algunos pífanos y todos eran malísimos. Tuvieron que encontrar una canción que se supieran todos. Bueno, tú tienes buena voz, Opa. Un rubor en la mejilla y una sonrisa en la mirada repitió Terrell, en esta ocasión con tono distraído, mientras la comitiva enfilaba la calle Álamo en dirección a la plaza. Y allí estaba la antigua iglesia de El Álamo, alzándose con una preeminencia extraña y solemne, el lugar más sagrado de Texas. La mayor parte del resto de la misión había desaparecido hacía muchas décadas, cuando derribaron los muros 18
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para dejar espacio a los mercados de carne y las tabernas. Ahora una oficina de correos ocupaba el lugar del muro norte, el punto débil que tanto les había preocupado a todos y que Travis había muerto intentando defender. Aparte de la iglesia, el único edificio que quedaba en pie era el antiguo convento, aunque la Iglesia católica se lo había vendido hacía más de treinta años a un francés llamado Grenet que lo había convertido en una tienda de comestibles y una infame monstruosidad. Grenet había cubierto la austera fachada de piedra caliza con balcones y arcos de madera y había coronado la azotea con torretas de las que descollaban cañones de pega. El establecimiento de Grenet ya había desaparecido, al igual que la licorería que lo había reemplazado, pero aún subsistían algunas de las «mejoras», de modo que el venerable convento de antaño seguía siendo un adefesio. Algunos de los amigos de Parthenia querían derribarlo del todo para despejar un espacio reverente en el que se exhibiera la iglesia, que reivindicaban como El Álamo «auténtico». Terrell no participaba en aquella discusión. En lo que a él respectaba, El Álamo «auténtico» sólo estaba en su memoria. La iglesia, que el ejército había coronado con un parapeto curvilíneo que le recordaba a la cabecera de una cama, ya no se parecía en nada a las ruinas resquebrajadas, destechadas e infestadas de malas hierbas del asedio. En lo que a él respectaba, también podían derribarla. Todo pasa en la tierra, ¿por qué no El Álamo? ¡Acordaos de El Álamo! Ah, pero si no quedaba nadie más que él para recordarlo y su mente ya estaba poblada de imágenes de sábalos plateados. La plaza que había delante de El Álamo ahora estaba pavimentada, pero cuando Terrell era alcalde era una extensión embarrada y llena de sumideros que se inundaba con facilidad. Recordaba haber visto caballos atrapados en el fango hasta el vientre, debatiéndose aterrorizados como si se los estuvieran tragando arenas movedizas. En una ocasión un lloroso maestro de escuela alemán se había presentado en el ayuntamiento anunciando que la crecida había arrastrado a su querido San Bernardo delante de El Álamo y lo había arrojado al río. Y aquella época, que apenas se remontaba a la década de mil ochocientos ochenta, también le parecía imposiblemente lejana. Se arrellanó en el asiento, dispuesto a reflexionar sobre el paso del tiempo, deseando que volviera a convertirse en el misterio que había sido cuando era joven. Pero no lograba inquietarse. No era más que un viejo que se apartaba alegremente, un minuto tras otro, de la vida y la consciencia. Abandonaría este mundo en la cálida corriente del golfo, desde las bahías poco profundas hasta las azules aguas de alta mar. Entonces vio algo que lo llenó de pavor. Delante del hotel Merger había un hombre con una postura tan correcta que resultaba escalofriante, con las manos a ambos lados del cuerpo y los pies firmemente separados. Llevaba un sombrero de paja, el bigote bien recortado y un traje confeccionado con piel de jaguar. Era bajo 19
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y tenía facciones angulosas. Había retraído los labios en una media sonrisa y contemplaba el desfile con ojos vidriosos como los de una serpiente. Terrell apartó bruscamente la mirada de aquella aparición como si hubiera visto algo obsceno. No sabía por qué. Pero de pronto sus apacibles ensoñaciones sobre la muerte se habían visto desterradas de su mente y un horror extraño e íntimo parecía haberse apoderado de su cuerpo. Parthenia le enjugó el repentino sudor de la frente con un pañuelo y Terrell sintió picores de miedo en la piel de la calva. ¿Qué te pasa? le preguntó su nieta, preocupada. Nada dijo . A lo mejor ha sido el calor. Pero ya estoy bien. Ella lo observó atentamente. Terrell, por su parte, miró hacia delante, apartando la mirada del hombre del traje de jaguar, hacia El Álamo, donde el desfile estaba llegando a su fin. Los dignatarios se estaban encaramando al estrado de los jueces y las carrozas de las duquesas estaban tomando posiciones tras ellos para escenificar la batalla. Puedo decirle al chófer que te lleve a casa, Opa sugirió Parthenia mientras el coche se acercaba al estrado de los jueces. Sólo ha sido un ataque le aseguró Terrell. ¿Qué clase de ataque? quiso decirle. En una ocasión, cuando era niño, había asistido furtivamente a un mitote karankawa. Los kronks le ofrecieron té de que estaba tan caliente que le abrasó la garganta, y él los observó mientras bailaban durante toda aquella húmeda noche. Era verano y se habían embadurnado el cuerpo con fétida grasa de caimán para ahuyentar a los mosquitos. La grasa les daba un brillo sobrenatural a la luz de la hoguera. Las canciones de los kronks eran estridentes y febrilmente repetitivas y poseían una mordiente insistencia que empezaba a parecerle hostil. Era consciente de las miradas enajenadas, penetrantes y enjuiciadoras de los indios. El té surtió un extraño efecto en su mente. Se imaginó que su corazón era una roca plana dentro de su pecho y sintió que subía y bajaba levemente cuando una serpiente de cascabel se agitó debajo, intentando escapar. Pero no era una sola serpiente, sino todo un cubil ondulante atrapado en el centro de su cuerpo, lo que empujaba la roca. El hombre del traje de jaguar le había recordado ese odioso nerviosismo. Pero era el miedo histérico de un niño; ¿por qué lo sentía ahora que era un anciano casi desprovisto de consciencia? Un simple ataque de debilidad le explicó a Parthenia . Apuesto a que cuando cumplas mil años tú también los tendrás de vez en cuando. Ella no dijo nada, aunque siguió observándolo, escrutándolo en silencio, cuando el coche se detuvo ante el estrado de los jueces y el conductor se apeó para ayudarlos a salir. Terrell se dirigió rígidamente a su asiento del brazo de Parthenia, sintien20
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do el roce de la piel apergaminada de sus delgadas piernas contra la tela de los pantalones. Le parecía que le temblaban los pies dentro de las botas y tenía un miedo atroz de caerse, pero su nieta lo llevó enérgicamente a un lugar seguro mientras un grupo de escolares que llevaban guirnaldas de flores en las manitas desfilaban ante El Álamo y empezaban a cantar:
Terrell se arrellanó en el asiento, a la sombra del voluminoso sombrero emplumado de Parthenia, y dejó que su atención divagara. Una mujer que lucía un sombrero rebosante de flores artificiales («¿Qué te parece?», le susurró Parthenia al oído con indignación. «Se ha puesto flores artificiales en el desfile de la batalla de las flores.») discurseó durante largo rato en el tono de siempre: En este altar que la sangre de los anglosajones ha consagrado al Dios de la libertad los hombres valientes prefirieron tener una muerte gloriosa antes que rendirse a la tiranía de un déspota. A continuación el gobernador pronunció un sobrio discurso y le pidió que se levantara para que la concurrencia pudiese ver a aquella rareza, aquel persistente vestigio humano que había conocido a Travis, Crockett y Bowie, que había estado tras los muros de El Álamo durante el asedio y había contribuido a la liberación de Texas en la ilustre llanura de San Jacinto. Terrell se puso en pie y entrecerró los ojos ante el sol de media mañana que flotaba sobre el parapeto de El Álamo. Volvió a saludar y vio que Julia y las floreadas duquesas lo aplaudían con orgullo desde sus carrozas. Al cabo de unos instantes la reina Julia ordenó que diese comienzo la batalla y las carrozas de las duquesas empezaron a describir círculos delante de El Álamo mientras las jóvenes se arrojaban andanadas de flores. Durante un largo momento la fachada de El Álamo se oscureció tras una constante nevisca de flores que se posaban flotando en el suelo como pesados copos de nieve. Las duquesas eran figuras borrosas en las carrozas. El gobernador sonreía con indulgencia y los espectadores que había en la calle las jaleaban para que continuara la batalla. El silencioso y delicado descenso de las flores hasta el pavimento delante de El Álamo abrumó a Terrell. Cayó en la cuenta por primera vez de que la vieja iglesia semejaba un rostro atormentado en el que la puerta hacía las veces de boca abierta bajo los nichos ensombrecidos que antes habían albergado estatuas de santos y ahora eran tan oscuros y huecos como las cuencas de los ojos de una calavera. Aquel rostro contemplaba las flores que caían al suelo, que antaño había estado cubierto de espesos charcos de sangre negra y cadáveres que yacían en un silencio atónito con 21
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las entrañas colgando y despidiendo un cálido vapor en el aire frío de aquella mañana de marzo. Sólo había hecho falta una terrible hora. A través de los pétalos que caían frente a El Álamo vio al hombre del traje de piel de jaguar, que escrutaba a la muchedumbre con ojos vacuos y una sonrisa que era un extraño rictus. Cuando miró a Terrell éste recordó lo que había comprobado con sus propios ojos hacía mucho tiempo: que la muerte no era una fusión apacible ni un tránsito sencillo desde los bajíos hasta las aguas profundas, sino un momento de cruento olvido en el que uno gritaba al perder la identidad y la consciencia como si una bala de cañón le arrancara el brazo. El desconocido se adelantó un paso hacia él y el cuerpo de Terrell se defendió espasmódicamente, convulsionándose como un cangrejo ermitaño que se refugia en su concha. El movimiento hizo que se tropezara con los bancos del estrado de los jueces. Lo que más temía era caerse y allí estaba, frunciendo y desfrunciendo el ceño, alarmado, ante los gritos de Parthenia. Mientras caía atisbó por el rabillo del ojo entre la lluvia de flores el semblante horrorizado de Julia. Cuando aterrizó de espaldas sintió un largo pinchazo al arañarse la piel seca de detrás de la oreja contra el soporte metálico de un banco y entonces los frágiles huesos del hombro se estrellaron contra la madera. Respiró entrecortadamente, incrédulo, y consiguió serenarse un poco. Pasara lo que pasara a continuación, al menos la caída había terminado. Estoy bien le aseguró a Parthenia . No podría estar mejor. Pero no tenía prisa por empezar el laborioso proceso de levantarse ni por comprobar si de hecho volvería a tenerse en pie alguna vez. Aunque estaba tendido en el estrado de los jueces bajo la atenta mirada de rostros preocupados, no se sentía nada conspicuo. Se olvidó del hombre del traje de jaguar y se concentró en el denso olor combinado de las flores. Decidió quedarse allí un rato, como un perro viejo y letárgico, como un niño que fantasea en la ladera de una colina en primavera, recordar lo que fuera necesario y despedirse de todo lo demás.
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PRIMERA PARTE
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CAPÍTULO 1 AL PRINCIPIO de la primavera de 1835 un botánico norteamericano llamado Edmund McGowan tomaba el camino de La Bahía desde Béjar hacia el sureste siguiendo el curso del río San Antonio, que discurría plácidamente entre los robledales y las praderas de la Texas mejicana. Montaba una mustang con la cabeza grande a la que llamaba y tiraba de un elegante burdégano que cargaba con su escaso equipaje. un chucho de aire inquisitivo, inspeccionaba el terreno ante la pequeña caravana, olisqueando el camino cuando éste se difuminaba y amenazaba con perderse de vista. Aquella primavera Edmund McGowan había cumplido cuarenta y cuatro años y en buena medida se había convertido en el hombre confiado y solitario que aspiraba a ser. Era de estatura media pero tenía una constitución fuerte y las manos ásperas y surcadas por cicatrices tras haber sufrido durante décadas las inclemencias del tiempo y diversas desventuras relacionadas con espinos y brezos, mordeduras de serpiente y garras de yaguarundí. Sus facciones eran agradablemente anodinas, pero había cierta agudeza y luminosidad en sus ojos. Sólo le faltaba un diente y conservaba casi todo el cabello, aunque últimamente le habían salido vetas grises de mofeta en las patillas. Llevaba un sombrero de fieltro marrón que antaño había sido bueno, levita y pantalones que protegía de la maleza con de piel que le cubrían las piernas desde las rodillas hasta los zapatos. La silla de montar, el bocado y los estribos redondos de madera eran españoles y llevaba un rollo de cuerda en el pomo a la manera de los vaqueros. Albergaba la ambición de usarla para echarle el lazo a un pavo. Aunque el clima era benigno, aún se observaba el invierno en el paisaje. Los grandes robles de hoja perenne se aclaraban intermitentemente a lo largo del camino, pero las ramas de los árboles de hoja caduca que bordeaban el río estaban 25
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desnudas y en la hierba quebradiza habían brotado escasas flores silvestres. No le importaba. Edmund llevaba consigo una modesta cantidad de papel secante, una prensa, una lupa, una docena de cajas de herborización y algunos volúmenes esenciales como de Drummond y de Nuttall, pero aquel viaje no tenía fines botánicos. Iba a hacerle una visita a su patrón, el gobierno de Méjico, o en todo caso al ente que en la actualidad se anunciase con ese nombre. No le cabía duda de que cuando llegase a Ciudad de Méjico se habría formado otra junta que habría ocupado su lugar. Que él supiera, su comisión (que consistía en realizar un estudio botánico continuado de la subprovincia de Texas) aún estaba vigente, aunque el año anterior no hubieran aceptado los talones de pago en el despacho del comandante en la plaza de armas de Béjar. No albergaba grandes esperanzas para aquella expedición a Ciudad de Méjico; de hecho, temía que la prolongación de su empleo no se hubiera debido tanto al vivo entusiasmo del gobierno en la flora no descrita como a la negligencia de los burócratas. Esperaba que prescindieran cortésmente de sus servicios tras haber concluido el Estudio de la Frontera en 1828, pero un año tras otro, mientras Méjico sufría una incesante sucesión de insurrecciones civiles y de intrigas extranjeras, había conservado su pintoresco trabajito en la frontera opuesta. Pero dependía de aquellos dos mil cuatrocientos pesos al año. Sin ellos, pronto se vería reducido a vender semillas a los Kew Gardens o mercadear con helechos para la burguesía londinense como un herbolario cualquiera. Él se consideraba un científico, no un carroñero ni un proveedor de plantas decorativas. Su casita de La Villita rebosaba de libros y notas, así como de especímenes secos, ilustraciones y terrarios llenos de plantas celosamente atendidas; materiales que estaban esperando a que los comprimiera en su Concebía dicha como un libro extenso y consistente, tan denso e incontrovertible como la Biblia, un libro que justificaría una existencia de crueles penalidades. «¿Qué labor es más severa y qué ciencia más agotadora que la botánica?», había leído, complacido, en la obra de Lineo. Pero ahora, sin duda a causa de un funcionario remilgado en un palacio de gobierno, su obra estaba en peligro. La única esperanza de que restablecieran la comisión consistía en presentarse allí para exponer sus argumentos ante cualquier burócrata que estuviera dispuesto a escucharlos. El camino que salía de Béjar pasaba ante una serie de ruinosas misiones desconsagradas con antiguas acequias obstruidas por las hojas y dependencias habitadas por harapientos trabajadores indios que por las noches se hacinaban entre sus resquebrajadas paredes, temerosos de las incursiones de los comanches. Los frailes españoles también habían dejado acueductos enmohecidos y de tanto en tanto Edmund veía las cruces que habían grabado en los árboles hacía un siglo para señalar la ruta del Camino Real. El tiempo las había desdibujado y desgastado, pero en el punto en el que el camino de La Bahía se bifurcaba del antiguo camino 26
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imperial los indicadores eran recientes: una serie de manos que señalaban, cinceladas nítidamente en la corteza de los robles. Siguió las manos que lo instaban a dirigirse al sureste, hacia el golfo de Méjico, que distaba doscientos cuarenta kilómetros. Al cabo de un rato las manos desaparecieron y el camino se hizo apenas visible, como defiriendo a la autoridad del río. Edmund se mantenía alerta como un animal mientras cabalgaba, pero una hipnótica satisfacción había adormecido una parte de su mente. Observaba a los martines pescadores y las garzas que sobrevolaban el refulgente río y los halcones que se posaban con ceñuda indiferencia en los árboles desnudos. Veía el terreno que tenía delante entre los indicadores de las orejas enhiestas de y estaba fascinado por la poderosa curva de su cuello y la cascada de crines de color canela. Le había comprado la yegua hacía un año a un lipán que la había capturado en el desierto de los caballos salvajes. Aún se veía la abultada cicatriz, un profundo surco en el cuello que señalaba el punto en el que el hábil tirador la había incapacitado rozándole la columna con una bala de rifle. Edmund frotó distraídamente el surco con el dedo pulgar, percibiendo el músculo tenso y vigilante en el que estaba enterrado. Cuando reflexionaba sobre ello, la cicatriz de lo entristecía. Era la marca de su servidumbre, la señal de que él siempre sería su amo y jamás su camarada, como extrañamente anhelaba. El ojo izquierdo era azulado y débil y la oreja izquierda, para compensar, siempre estaba nerviosamente levantada. El hecho de que estuviera casi ciega de ese lado lo alarmaba un poco en un terreno conocido por los comanches y los peligrosos bandoleros de los Estados Unidos. Se imaginaba toda clase de peligros merodeando por su lado ciego. Habría sido más prudente que montase a la pequeña mula, que tenía dos ojos buenos y, aunque le apenase admitirlo, una mente más aguda que Pero precisaba el tamaño y la imponencia de un caballo, tal vez aún más que la mayoría de los norteamericanos. Tenía la costumbre de cultivar la figura que presentaba al mundo. era propensa a flatulencias delicadas y chisporroteantes y por un momento creyó que eso era lo que estaba oyendo. Pero luego se percató de que los sonidos venían de arriba, de la bóveda lejana y rutilante del cielo. Era un coro de rumores guturales, un sonido primigenio que le hacía cosquillas en la piel. Intranquilo, retiró la llave de piel del percutor de la escopeta y esperó para averiguar más cosas. que también había escuchado el sonido, volvió corriendo y lo miró a la espera de una respuesta. Los chillidos se hicieron más audibles y entonces divisó al fin a los pájaros, cientos y cientos de exuberantes grullas grises que volaban hacia el norte con una elegancia tan conservadora que cada aleteo parecía fruto de una rigurosa deliberación. Abarcaban el cielo casi desde un horizonte hasta el otro y toda la procesión 27
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desfilaba de la forma tranquila y predestinada en la que se desarrollan los acontecimientos en los sueños. ladró a los grandes pájaros mientras sus voces parlanchinas descendían sobre la tierra. Después, confuso, empezó a aullar, como acostumbraba a hacer ante todo cuanto desconocía. Edmund tampoco sabía de grullas (era perfectamente consciente de ello) pero las observó en silencio mientras pasaban como nubes. El espectáculo le producía vértigo. La sensación persistió después de que desaparecieran las aves, una irritación hueca en lo alto del cráneo. Temía que lo que experimentaba no fuese la rapsodia de la naturaleza sino los síntomas de la malaria. Pasados unos cuantos kilómetros las articularon le dolían levemente y advirtió con aprensión que su energía y su buen humor estaban menguando. Al cabo de una hora volvió corriendo sobre sus cortas patas; en sus ojos chispeantes advirtió que le llevaba nueva información sobre el camino que se dilataba ante ellos. Edmund observó atentamente la pradera y a ochocientos metros de distancia divisó las chaquetas de color azul oscuro de la caballería de la guarnición que se aproximaba en una fina nube de polvo. indignado, gruñó a los jinetes cuando se acercaron y brincó a los pies de Shhh dijo Edmundo distraídamente; era más una sugerencia que una orden. El perro, como siempre, dio la impresión de reflexionar antes de obedecerlo y continuó emitiendo un gruñido grave y receloso cuando la patrulla se acercó a saludarlos. Don Edmundo, me alegro de verlo. dijo Edmund, sonriendo. El teniente se llamaba Lacho Gutiérrez. Era un joven con un ojo bueno y una cuenca supurante al que había visto asiduamente en la plaza de Béjar, paseando con su esposa y sus tres hijos pequeños. Había perdido el ojo combatiendo a los tonkawas. ¿Ha visto a los pájaros? preguntó el teniente Gutiérrez, alardeando de su inglés ante los cansados lanceros que estaban a sus espaldas . Me parece que eran Lo siento pero no me acuerdo de cómo se dice en inglés. Grullas. Ah, sí. Grullas. ¿Se dirige a La Bahía? contestó, olvidando por un momento que estaban hablando en inglés . A Copano. Allí tomaré un barco de suministros hasta Veracruz y luego iré a Ciudad de Méjico. El teniente enarcó una ceja sobre el ojo bueno, impresionado por la magnitud del viaje. Edmund sospechaba que nunca había salido de las provincias internas y que la capital del país le parecía un sitio tan legendario y desesperadamente remoto como le habría parecido a Cortés hacía trescientos años. 28
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¿Qué tal está el camino más delante? preguntó Edmund. Es seguro si se viaja en grupo, pero no me gusta que vaya solo, don Edmundo. Hace cuatro días los comanches atacaron un pueblo en el arroyo de Las Ánimas, mataron a seis personas y se llevaron a una niña. ¿Qué comanches? Los del jefe calvo. Verga de Toro. Conozco a Verga de Toro. Pues pídale que no lo mate repuso Gutiérrez con una sonrisa . Y dígale que lo andamos buscando. Edmund hizo una inclinación de cabeza y tiró de las riendas de para hacerse a un lado y dejar que pasara la patrulla. Los uniformes de los lanceros estaban descoloridos, remendados y cubiertos de polvo, pero los caballos y los arreos estaban bien cuidados y todos los hombres lucían con orgullo la bandolera blanca que indicaba que pertenecían a la compañía ambulante de Álamo de Parras. La guarnición estaba destinada en la antigua misión de Valero, más conocida como El Álamo, que dominaba una modesta elevación de terreno a unos cientos de metros de la casa de Edmund. El Álamo era una misión tan decrépita como todas las demás, pero era lo más parecido a un fuerte que había en Béjar. Está usted pálido, don Edmundo susurró Gutiérrez, haciendo gala de una discreción innata, cuando hubo pasado el último soldado de la guarnición . ¿Se encuentra bien? De momento estoy bien y seguro que mañana estaré mejor. Si quiere puede volver con nosotros a Béjar insistió el teniente y dejar el viaje para otro día. Gracias, teniente, pero el día es lo suficientemente bueno. Como quiera. Hay cuatro hombres destacados en el Cibolo. Sería prudente que pasara la noche allí en lugar de hacerlo a la intemperie. Los comanches saben dónde están los parajes de siempre. Es posible que lo asalten mientras está acampado, le roben el caballo y la mula y les arranquen la cabellera a usted y a su perro. Edmund sonrió cortésmente ante lo que consideraba una agudeza, pero el teniente no se inmutó. Lo he visto, señor. Un perro al que le habían arrancado la cabellera. Se fueron con las puntas de las lanzas reluciendo y las escopetas sacudiéndose contra las fundas. Los hombres de Álamo de Parras eran avezados combatientes de la frontera y Edmundo los observó con un temor impreciso mientras se alejaban, preguntándose qué uso pensaban darle a las lanzas y los mosquetes en los meses venideros. No había nada seguro en Texas, excepto que se estaba fraguando algo desagradable. Edmund esperaba que estallara una guerra ese mismo año, aunque no acertaba a predecir su naturaleza ni quiénes serían sus protagonistas exactamente. Tal vez los colonos americanos radicales fueran quienes prendieran la chispa. 29
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Estaban soliviantados y furiosos, celebraban convenciones constantemente, designaban comités de defensa y le pedían al lejano gobierno mejicano que declarase a Texas un estado federado e hiciera concesiones especiales en lo tocante a los esclavos, los impuestos y los aranceles, albergando mientras tanto en sus corazones la convicción de que Texas no debía pertenecer a Méjico. Los colonos habían jurado lealtad a Méjico y, a veces con guiños desdeñosos, habían accedido a que los bautizaran como católicos, pues así lo requerían las leyes de colonización. Pero Edmund sabía que Méjico consideraba a sus compatriotas una casta de insaciable codicia, una raza de gusanos parásitos que acabarían devorando el corazón de la vacilante república. Pero sospechaba que si estallaba una revuelta no se limitaría a Texas. Podía convertirse en una guerra civil a gran escala en la que los habitantes de Texas, tanto anglosajones como mejicanos, se unieran a los habitantes de Zacatecas, Coahuila y Yucatán para derrocar al presidente Santa Ana y reemplazarlo por alguien igual que él, otro tirano sediento de poder con la apariencia de un reformista republicano. En todo caso, la guerra no sería sino otra ola en un mar siempre turbulento. Hacía siete años, cuando iba siguiendo el río Medina con la Comisión de la Frontera, Edmund se había detenido para hacer un boceto de una flor de jara y había reparado en un óvalo blanqueado sepultado en la base de la planta. Se trataba de una calavera, y cuando Edmund se levantó para inspeccionar el terreno circundante descubrió que se había topado con un osario, un campo de huesos humanos descoloridos: calaveras y mandíbulas con dientes sueltos que castañeteaban, vértebras desperdigadas, fémures astillados y coxales. Los huesos señalaban el enclave en el que había roto otra ola en 1813, cuando una alianza de aventureros mejicanos y americanos había irrumpido en Texas, decidida a arrebatársela a los españoles. Ochocientos de ellos habían perecido en ese lugar y sus cuerpos habían sido abandonados a los lobos. Cabalgó otros ochocientos metros, devanándose lentamente los sesos, buscando alguna conexión entre los huesos desperdigados y las grullas grises que abarcaban todo el cielo. Sentía la necesidad cada vez más apremiante de hallar ese vínculo y ensamblar aquellas imágenes para formar un todo tranquilizador. Pero el mundo no encajaba, no dejaba de fragmentarse. lo miró con honda preocupación. Lo que sospechaba anunció el perro . Tienes malaria. Edmund sentía que el calor de la fiebre se extendía por su cuerpo. ¿Las habías visto antes? preguntó deteniéndose en un inesperado campo de flores amarillas, florecitas con forma de estrella y muescas en las puntas; los brotes estaban completamente desarrollados aunque aún estaban en marzo . Pertenecen a las por supuesto, aunque todavía no están descritas. 30
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Edmund observó las flores con un interés pasajero. Estaba desalentado y un destello de pensamiento racional le advirtió que se hallaba en peligro. Recordaba el último ataque de malaria, que se había producido hacía varios años, como una experiencia casi placentera. Estaba recogiendo muestras en el río San Marcos cuando enfermó cerca de la hacienda de una familia llamada Kenner. Hugh Kenner le había asegurado que no era médico, al menos en ese momento; al igual que prácticamente todos los americanos de Texas, estaba huyendo de un pasado vagamente turbio, pero lo había atendido de todas formas, envolviéndolo con vendas apretadas como si fuera una momia para impedir que muriese a causa de los temblores y administrándole dosis de corteza peruana hasta que remitió la fiebre. Gracias a sus habilidades, tanto la fiebre como los escalofríos fueron leves, y Edmund y Kenner charlaron durante tres días sobre una miríada de cosas, desde el tratamiento de los niños hidrocefálicos hasta el mutuo desagrado que ambos sentían por la poesía de Byron, cuyo martirio en Grecia los había enojado aún más. Pero ahora Edmund no disponía de corteza peruana y la fiebre se estaba apoderando progresivamente de él. En su delirio, las orejas de habían asumido una gran importancia. Imaginaba que intentaba comunicarse con él mediante las incesantes contracciones de las orejas, así como a veces los indios hablaban por medio de signos. Lo sacaba de quicio no saber descifrar el mensaje. ¿Qué está diciendo? le preguntó a posiblemente en voz alta. Pero el perro había vuelto a ser un perro y no tenía ninguna opinión. Edmund McGowan había escogido una vida solitaria y llena de privaciones. Era una forma de distinguirse del resto de los hombres. Por naturaleza era más gregario y todas las comodidades lo tentaban más de lo que estaba dispuesto a reconocer, pero siempre había creído que aquellos anhelos humanos ordinarios representaban una grave amenaza, algo que lo rebajaría a las filas anodinas de la humanidad. Ansiaba la grandeza y el coste que ésta acarreaba. Como en una sucesión de retablos, se le presentaron imágenes espantosas de aquella penosa existencia o de su imaginación desbocada. Vio una hoguera en el gran pantano sombrío, copas de pinos estallando en llamas, aterrorizados recogedores de guijarros precipitándose a través de la corteza terrestre hacia los pozos de ardiente turba; un hombre empalado en las raíces de un ciprés; un oso crucificado; dos muchachos despellejando vivo a un conejo sólo para observar sus convulsiones. Con una claridad sobrenatural recordó que había estado a punto de morir de hambre en los páramos de Arkansas y que finalmente él y el resto de los expedicionarios se habían salvado dando cuenta de los resecos especímenes de mamíferos que estaban destinados a la Sociedad Zoológica de Londres. También lo atormentó la reciente muerte de David Douglas. El famoso botánico había caído en una trampa para ganado en las islas Sándwich. En el foso había 31
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un toro salvaje asustado y rabioso que había destripado y pisoteado al descubridor de la hasta convertirlo en una masa sanguinolenta. En las febriles reflexiones, le parecía natural que un toro enloquecido hubiese causado la muerte del descubridor de una flor, como si la búsqueda del conocimiento fuese una imperdonable provocación a la naturaleza. Sacó del bolsillo del chaleco una pequeña agenda, y realizó un boceto de las diversas posiciones que adoptaban las orejas de para descodificar el mensaje a su antojo cuando se hubiera restablecido y estuviera menos asustado. Y sin embargo estaba seguro de que el mensaje era una especie de advertencia que le advertía de un peligro inminente. Estudió las orejas con una vehemencia creciente y poco a poco sintió que su mente y la del caballo se fundían en una silenciosa comunicación. Pero entonces se interrumpió y se vio de nuevo solo en su burbuja humana. Ayúdame susurró, olvidando el orgullo. El camino se estaba oscureciendo. Un chotacabras atravesó su campo de visión como un cuchillo. Sentía el frío de la tarde en los huesos al mismo tiempo que sentía el violento calor de la fiebre. se detuvo sin consultarlo, le arrebató las riendas de las manos y empezó a alimentarse de la hierba silvestre que crecía alrededor de las ruinas de un rancho que antiguamente había albergado una antigua. Conocía ese lugar: Las Cabras. Los animales que habían dado nombre al rancho habían desaparecido hacía mucho tiempo, al igual que el antiguo sueño español de una Texas civilizada y de indios salvajes convertidos en apacibles granjeros que adoraban al Cristo ensangrentado. Como en un sueño, trató de quitarles la carga a y y depositó en la hierba la silla de montar, el arnés, los arreos y casi todo su equipaje. También se vio a sí mismo atando a los animales, aunque no estaba seguro de haberlo logrado realmente. estaba delante de la puerta de la iglesia, bailando alrededor de una pequeña serpiente de cascabel. Edmund la ahuyentó con la culata de la escopeta y entró dando tumbos. Aún quedaban restos del techo sobre el ruinoso edificio. Edmund se derrumbó sobre una de las paredes, apretando la mejilla contra la fría piedra. La iglesia era muy pequeña, apenas una capilla para prestarles servicio a los vaqueros y los pastores que antaño habían trabajado en el rancho, en la época en la que éste abastecía de carne a los padres y los indios de las grandes misiones que habían fundado río arriba. Pero era lo bastante amplia para sus propósitos: un sitio oscuro y cerrado en el que cobijarse y rezar por la supervivencia. Cerró los ojos y se sumió en el trance. La fiebre no sólo consumía su consciencia sino al parecer también su cuerpo, dejando sólo una envoltura que ardía a fuego lento. Sollozó en voz alta, enfermo y desesperado, y aferró a al que había tomado por un ángel salvador. Pero el animal, alarmado, se zafó de su presa y se acurrucó a pocos pasos con una expresión de reproche, o quizá de lástima, en la mirada. 32
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Aquella febril turbulencia dio paso a algo peor. Empezaron los escalofríos. Edmund se puso a temblar violentamente desde la médula. Estaba lúcido, pero eso no era ninguna bendición, porque su cuerpo desfallecido no podía hacer frente a los estremecimientos que lo asaltaban. Se sentía como si alguien hubiese metido sus huesos en un saco de tela y los machacara con un martillo. Quiso desmayarse de nuevo, aunque eso significara entregarse a aquellos horribles sueños calenturientos. Y lo consiguió. Lo acometieron la fiebre y a continuación los escalofríos. Y después volvió la fiebre, que rugía como un horno y sumió en el olvido su mente abrasada. A medida que progresaba incesantemente la malaria se apercibía de los ciclos de luz y oscuridad, de las suaves pisadas que entraban y salían de la iglesia y de una hoguera que crepitaba en el exterior, así como de los pisotones y los resoplidos de los caballos. Alguien le habló en un español correcto aunque siniestro. Trató de abrir los ojos, pero el esfuerzo era demasiado doloroso.
Ahora había una hoguera encendida dentro de la iglesia. Había pasado mucho tiempo y el cielo había cambiado, al menos lo que veía a través de los espacios entre las vigas resecas que eran lo único que quedaba del techo de la iglesia. Unas hermosas nubes grises flotaban sobre él, un tardío viento del norte que bien podría haberse fraguado en la tormentosa turbulencia de su propio cuerpo. Nunca se había sentido tan débil, desolado e incomprensiblemente dichoso. Volvió a quedarse dormido como un niño. ¿Te encuentras mejor, Tabby-boo? preguntó el hombre que estaba con él en la iglesia. Hablaba en el mismo español deliberado que había oído durante la fiebre, adaptando el ritmo natural del idioma a la reflexiva cadencia del pensamiento comanche. Era de noche. Estaba sentado al otro lado de una pequeña y cuidadosa hoguera de roble y tenía una bolsa de medicina colgada del escroto. Se había pintado de rojo los espacios entre los dedos de los pies descalzos, una indicación de que poseía medicina de lobo. El rostro ancho de Verga de Toro tenía una expresión divertida que rayaba en una franca sonrisa. Su distintiva cabeza calva (Edmund no recordaba haber conocido a otro indio calvo) despedía un brillo claro a la luz de la hoguera. Mucho mejor contestó Edmund también en español, después de contemplar las llamas fascinado durante unos cinco minutos . Me alegro de verte, amigo. Edmund suponía que su amigo no tenía intención de matarlo. Al parecer también lo suponía, puesto que el perro estaba durmiendo con la cabeza apoyada en la rodilla de Verga de Toro. ¿Cuánto tiempo he pasado aquí? preguntó. No lo sé. Te encontramos hace dos días. 33
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¿Até al caballo? Sí. Sigue aquí, Tabby-boo. Y la mula también. La palabra que designaba a los hombres blancos era pero a Verga de Toro le había hecho tanta gracia la torpe pronunciación de Edmund hacía unos años que se la había aplicado como apodo. Se habían conocido en la época de la Comisión de la Frontera. La última intentona de apoderarse de Texas por parte de los filibusteros americanos acababa de ser frustrada y por una vez la provincia estaba llena de tropas mejicanas. El general Bustamante había aprovechado la ocasión para abogar por una guerra de exterminio contra todas las tribus y Verga de Toro, que siempre se había inclinado tanto por la diplomacia como por la guerra, había conducido a sus seguidores a Béjar para firmar la paz antes de que pusieran en práctica aquella amenaza. Como muestra de buena voluntad los comanches habían invitado a los miembros de la Comisión de la Frontera a una gran cacería festiva de búfalos al oeste, al otro lado de los claros entre los cedros y las apanaladas colinas de piedra caliza, en una interminable llanura herbosa. Edmund recordaba que había cabalgado en aquellas praderas como en un sueño, sintiendo el consentimiento y la complicidad de los búfalos cuando los abatía. Hasta entonces no había experimentado la sed de sangre ni había creído que fuera una emoción irresistible. Había comido hígado de búfalo crudo horriblemente condimentado con bilis. Había visto a los reservados comanches prorrumpiendo en carcajadas bajo el torbellino de la bóveda celeste. Verga de Toro esperó hasta que las fuerzas mejicanas se retiraron de las provincias internas para reanudar los ataques, confiado en que las desabastecidas guarniciones no representaban una grave amenaza. El jefe aparentaba casi sesenta años; tenía el estómago fofo y abultado, pero los músculos de los antebrazos todavía eran fuertes. Sus viejos ojos eran marrones y húmedos como los de una vaca; en ellos había salvajismo, pero no crueldad. ¿Has estado aquí dos días? preguntó Edmund, tratando de aferrarse a la realidad antes de que se le volviera a escapar. Verga de Toro parpadeó lentamente para confirmarlo. Edmund oía trajín de conversaciones y bullicio fuera de la iglesia. ¿Quién te acompaña? Catorce guerreros. ¿Tienes hambre? Edmund dijo que no y después que sí. De pronto se había sentido famélico y consumido al pensar en comida. Verga de Toro se puso en pie apartando a y desapareció durante un periodo de tiempo incalculable. Cuando volvió, al cabo de unos minutos o de unos días, traía consigo y un abollado cuenco de hojalata lleno de sopa. Edmund desmigó el pemmican en el caldo aguado, removió con el dedo la carne granulada y las almecinas secas y contempló el conte34
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nido del cuenco durante largo rato, fascinado por la grasa de búfalo tersa y reluciente que flotaba en la superficie. Bébetelo dijo Verga de Toro. Estoy demasiado cansado. Verga de Toro le arrebató el cuenco de las lánguidas manos y lo sostuvo delante de sus labios. Edmund consiguió beber un par de sorbos antes de distraerse de nuevo y Verga de Toro tuvo que retirar el cuenco y acostar suavemente al paciente sobre un lecho de musgo fresco. Durmió otro día, despertando ante el sonido de voces airadas. En el pasado había tenido nociones primitivas del idioma comanche, pero se habían desvanecido a lo largo de los años transcurridos desde la cacería de búfalos, y la discusión que se desarrollaba en el exterior de la iglesia le resultaba incomprensible, excepto el uso esporádico y desdeñoso de la palabra tahbay-boh. Edmund estaba a solas con que lo miraba como si esperase que le explicara los acontecimientos de los últimos días. Tenía la oreja derecha inclinada bajo el peso de media docena de garrapatas hinchadas. Edmund se las quitó y la mirada crítica de los ojos de se dulcificó un poco. Edmund se levantó, tambaleándose a causa de la debilidad. Le resultaba extraño volver a estar de pie, observando el mundo desde un pináculo olvidado. Salió. Casi había anochecido. Se había disipado la tormenta que había descargado mientras estaba postrado y el cielo vespertino estaba despejado, con apenas unos radiantes penachos de nubes. Su repentina aparición puso fin a la conversación. Los saqueadores se habían congregado alrededor de una hoguera. Había un grupo jugando a esconder la bala en una piel de ciervo extendida; los demás parecían aburridos y malhumorados. Sólo conocía a algunos miembros de la partida. La mitad eran adolescentes, demasiado jóvenes para haber participado en la cacería de búfalos a finales de la década de mil ochocientos veinte. Pero Edmund intercambió un saludo mudo con un guerrero llamado Quehtenet, al que recordaba como un jinete brillante y temerario que aunque era joven se había hecho con una manada de más de doscientos caballos. Ahora Quehtenet estaba en la treintena y su rostro era más ancho de lo que Edmund recordaba, como el de un sapo, pero extrañamente apuesto. Una abultada cicatriz le surcaba el pómulo izquierdo hasta el jirón del lóbulo de la oreja; una bala de mosquete, supuso Edmund, disparada con una de las escopetas de la compañía ambulante de El Álamo. Quehtenet había subrayado la cicatriz mediante tatuajes. Llevaba una camisa de vaquero de algodón a la que le había arrancado las mangas, descubriendo los brazos, que se había pintado íntegramente de un amarillo intenso al principio de la incursión pero ahora estaban ocres a causa del polvo. Le faltaba el dedo pulgar de la mano 35
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derecha; el muñón estaba recién cauterizado pero aún manaba sangre. Quehtenet se lo estaba secando suavemente con una bola de telarañas. Edmundo miró a Verga de Toro, que le indicó que ocupara un puesto cercano al borde de la hoguera. Los indios que jugaban a esconder la bala reanudaron las apuestas. Quehtenet, dolorido, no dejó de fulminarlo con la mirada. A Quehtenet nunca le habían gustado los tahbay-bohs, ya fueran texanos o americanos. Había tratado a los mejicanos de la Comisión de la Frontera con tolerancia e incluso respeto en algunos casos, pero desde el principio le había disgustado la presencia de Edmund debido a su tosca nacionalidad. En ese momento Edmund reparó por primera vez en una chiquilla mejicana de cuatro o cinco años que estaba sentada al lado de Quehtenet, mirando fijamente la hoguera y chupándose el dedo pulgar al tiempo que se acariciaba la mejilla con el dobladillo ensangrentado del vestido. le preguntó. No quiere hablar intervino Verga de Toro. ¿Dónde están sus padres? Quehtenet los ha matado. Verga de Toro le ofreció una tira de carne de extraño sabor. Le costó masticarla, pues aún le dolían las mandíbulas tras haberlas rechinado durante los violentos escalofríos de los dos días precedentes. Mis amigos no están contentos conmigo dijo Verga de Toro . Hemos pasado aquí tres días y quieren volver a casa. Es peligroso pasar tanto tiempo fuera. Deberíais iros. Ya me encuentro mejor. Dentro de un rato. ¿Te gusta esa carne? Es de mofeta. ¿Qué vais a hacer con la niña? ¿Por qué tienes tanta curiosidad por la niña? Se la quedará Quehtenet. Su hija ha muerto y quiere tener otra. ¿Qué le ha pasado en el dedo pulgar? Quehtenet, enfurecido, espetó algo en comanche a Verga de Toro. No le gusta que hablen de él como si fuera un niño. Dile que lo siento. La culpa es suya. Hace años que le digo que puedo enseñarle español, pero es demasiado orgulloso para aprenderlo. Edmund miró a Quehtenet y advirtió que su ancho rostro denotaba una especie de cólera maliciosa. Cuando asaltamos el pueblo prosiguió Verga de Toro Quehtenet se pilló el dedo pulgar mientras ataba a un caballo. Se hizo una quemadura muy grave que se le infectó mientras esperábamos a que te recuperaras. Esta mañana se lo hemos cortado con un hacha. Así que no está contento contigo, ni conmigo. 36
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Quehtenet intervino de nuevo, exigiendo que Verga de Toro le tradujera lo que acababa de decirle. Mientras el viejo jefe hablaba con él en comanche Quehtenet se apretaba suavemente la telaraña absorbente con los dedos de la otra mano, contrayendo las facciones. Edmund advirtió que la sangre empapaba los filamentos. Perder un pulgar es muy doloroso le explicó Verga de Toro . Probablemente sea lo más doloroso que se puede perder, excepto la minga. La mirada de Edmund volvió a posarse en la niña. No le habían hecho daño físicamente, pero tenía el vestido manchado de sangre (la sangre de su madre, supuso Edmund) y sus ojos, que se había puesto vidriosos a causa de la conmoción, eran tan inexpresivos como los de una zarigüeya. ¿Es cierto que Terán se ha suicidado? le preguntó Verga de Toro. Sí, es cierto. ¿Cómo? Se clavó la espada en el corazón. Verga de Toro refirió la noticia en comanche al resto de los saqueadores. El silencio que hubo a continuación podría haber denotado apreciación o espanto; Edmund no sabía lo que opinaban los indios del suicidio. Los comanches habían conocido y estimado a Manuel de Mier y Terán, el joven general mejicano que había encabezado la Comisión de la Frontera y que estaba horrorizado ante la constante usurpación de la frontera mejicana por parte de los norteamericanos. Terán había comprendido que los colonos, que reclamaban concesiones portuarias y arancelarias y leyes esclavistas laxas, sólo estaban allanando el terreno para una invasión a gran escala. Era un hombre sensible y extrañamente delicado. En una ocasión, durante una expedición de reconocimiento en la madrugada, Edmund lo había encontrado sentado en una terraza de roca que descollaba sobre un río diáfano y poco profundo. Sostenía una taza de chocolate y contemplaba el imponente risco de piedra caliza que se elevaba al otro lado del río. A aquella hora de la mañana todavía estaba sumido en profundas sombras, pero una franja luminosa alumbraba el estrato superior de la roca con un brillo fascinante. Millones de murciélagos volvían a sus madrigueras en el risco horadado, formando una larga y sinuosa columna que surcaba el cielo como si fuera de humo. Las golondrinas volaban entre los murciélagos, entrando y saliendo apresuradamente de los nidos de barro que habían construido bajo los salientes. Edmund oyó los chillidos huecos y aflautados de las palomas y el hilo de agua que brotaba de los manantiales ocultos detrás de las espesas matas de culantrillos y desembocaba en el río. Edmund se sentó junto a Terán en la roca lisa y hasta que transcurrieron unos minutos no se percató de que el general estaba llorando. 37
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Texas está perdida dijo al fin Terán, cuya voz suave reverberaba en la roca esculpida . Los norteamericanos os apoderaréis de ella. Sólo es cuestión de unos pocos años. Texas está perdida y yo también. A Terán le había sucedido algo en Texas, algo que Edmund sólo comprendía vagamente. Durante el reconocimiento había observado que la robusta salud del general empezaba a deteriorarse, aunque era imposible determinar exactamente las fiebres o los miasmas que se habían apoderado de su cuerpo. Texas le había parecido una visión rutilante y se había marchitado en éxtasis al contemplarla. Deseaba preservar aquella tierra deslumbrante para Méjico y para sí mismo y no lo había conseguido. Las súplicas al gobierno para que la poblase con más colonos mejicanos, alemanes, suizos, convictos, cualquiera excepto los rapaces americanos, no habían obtenido respuesta y había empezado a creer que hasta el cielo estaba fuera de su alcance. La asombrosa melancolía de la tierra se había adueñado de su corazón y acabaría por matarlo. Si estalla una guerra le preguntó Verga de Toro , ¿contra quién debemos luchar? ¿Los mejicanos o los texanos? Ya lucháis contra los dos observó Edmund. Es cierto. Quehtenet volvió a intervenir con su tono furioso y ultrajado. Edmund comprobó que estaba empezando a recordar algunos retazos del idioma, aunque no bastaban para entender lo que decía. Dice que tendremos que luchar mucho cuando acabe la guerra tradujo Verga de Toro . No importa quién gane. Los mejicanos no son distintos de los texanos ni los texanos de los americanos. Todos quieren lo que le pertenece al Pueblo. »En cuanto a mí prosiguió Verga de Toro , me caen bien los americanos. Estoy dispuesto a ir a Washington para reunirme con el presidente. Se volvió a mirar a Edmund. ¿Por quién lucharás tú? Por nadie. Yo no soy un soldado. Era evidente que Quehtenet sabía suficiente español para entender aquella sencilla declaración, pues emitió una carcajada de repugnancia. No fue necesario que Verga de Toro se la tradujera. A continuación habló en comanche. Edmundo no entendió lo que dijo, pero a juzgar por el semblante horrorizado de Verga de Toro dedujo que se trataba de un insulto terrible. Los demás comanches prorrumpieron en murmullos aprobatorios que lo alarmaron. Tenía la sensación de que su seguridad ya no estaba garantizada. ¿Qué ha dicho? le preguntó a Verga de Toro. Ha sido muy grosero. Ha dicho que de todas formas no serías un buen soldado. Tu medicina es débil y cuanto más tiempo nos quedamos contigo en este lugar más se debilita la nuestra. 38
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Edmund reflexionó un instante, procurando sobreponerse al agotamiento físico y mental. Tenía que hacer una demostración de fuerza. El patronato de Verga de Toro ya no bastaba para mantenerlo con vida. Las palabras comanche que necesitaba acudieron flotando a su mente como si las hubiera llevado el viento. ¿Quieres pelear? le preguntó a Quehtenet . Pelearé contra ti por la niña. Los ojos de Quehtenet se dilataron de alegría o de rabia. En todos los años que había explorado la frontera Edmund jamás le había disparado a un hombre ni había usado el cuchillo Green River para nada más peligroso que cortarse las uñas. Y estaba tan debilitado por la fiebre que a duras penas mantenía la cabeza en un equilibrio precario sobre los hombros. Su única arma era la bravuconería. Quehtenet replicó con una carcajada desdeñosa y una declaración en comanche que Edmund no entendió. Dice que es inútil pelear contigo dijo Verga de Toro . Casi no puedes mantenerte en pie. Él sólo tiene un pulgar. Así que estamos igualados. Edmund sabía que no estaban igualados, ni mucho menos. Quehtenet lo derribaría y le arrancaría la cabellera en un abrir y cerrar de ojos. Si es por la niña aventuró Verga de Toro , es una tontería que os peleéis por ella cuando podéis hacer un trueque. Le repitió aquellas palabras en comanche a Quehtenet, que respondió con un amargo torrente de palabras ininteligibles. »Dice que no se la ha llevado para hacer un trueque. Se la ha llevado para que sea su hija. No le interesa venderla igual que venden los americanos a sus esclavos negros. Quiere saber qué es lo que te propones hacer con ella. ¿Vendérsela a los mejicanos? Edmund contestó que se proponía devolvérsela. Quehtenet quiso saber por qué los mejicanos le convenían más que los Aquella palabra, que era el término que empleaban los comanches para referirse a sí mismos, brotó como una explosión de los labios de Quehtenet, que además hizo el signo correspondiente, un movimiento con los dedos que significaba: «serpiente que retrocede». Es mejicana alegó Edmund . Si fuera comanche y se la hubieran llevado los mejicanos diría lo mismo. Debe estar con su pueblo. Verga de Toro le refirió aquello a Quehtenet y la respuesta de éste a Edmund. No quiere pelear contra ti por ella. No quiere vendértela. No quiere dártela. Pero me parece que está dispuesto a matarte, Tabby-boo, aunque estés enfermo. Edmund se puso en pie, elevándose hasta una altura que le pareció vertiginosa. Su cabeza se bamboleó sobre un cuerpo que le parecía tan ligero como el tallo de una caña. Pero de algún modo en ese ingrávido estado se sentía fuerte y lleno de confianza. 39
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La niña se viene conmigo anunció, encontrando una vez más las palabras en comanche. El rostro de Quehtenet enrojeció, y también el de Verga de Toro. Edmund se dirigió a la fachada de la iglesia y se inclinó para coger la silla de montar. Aferró el ancho borrén de madera y, consciente de que no debía tratar de levantarla, arrastró la silla sobre la tierra hasta donde estaba pastando con sus ligaduras de cuero, a cierta distancia de la manada que les habían robado a los mejicanos. Sintió los ojos de los indios sobre él mientras insertaba el bocado en la boca de la yegua y le ponía las bridas en la cabeza. montaba guardia a sus pies, observando a los comanches reunidos junto a la hoguera y volviéndose de tanto en tanto hacia él, agitado, sacudiendo la cabeza. Edmund puso la manta sobre el lomo de y se inclinó hacia la silla. Creía que podría levantarla y ponérsela si empleaba sabiamente sus fuerzas. Pero apenas consiguió levantarla unos centímetros del suelo y acabó resollando tras el intento, con calambres en los endebles músculos y la cabeza anegada en un agitado mar de sangre. Verga de Toro se levantó, se le acercó y colocó la silla encima del caballo con un sencillo movimiento. Gracias dijo Edmund mientras Verga de Toro ataba la cincha. ¿Puedes subir a la silla? le preguntó Verga de Toro. Me parece que sí. Verga de Toro desató las ligaduras y Edmund se encaramó al lomo de tenía los músculos débiles pero sus huesos eran ligeros como la porcelana. Se sentó sobre la yegua mientras Verga de Toro desataba a y le ponía la albarda. Olvídate de la niña mejicana susurró Verga de Toro mientras le entregaba las riendas de la mula . Te estás comportando como un estúpido. La enfermedad no te deja pensar con claridad. Si sigues insistiendo no nos quedará más remedio que matarte. Edmund tocó los flancos de con los tacones y se plantó delante de Quehtenet. Se sentía mareado y confiado, dotado de una extraña autoridad que no acertaba a precisar. le dijo a la chica Ella lo miró y Edmund advirtió que la esperanza trataba de asomarse a sus ojos, una esperanza que él no podía alentar ni garantizar. Quehtenet miró a Verga de Toro y se dirigió a él en comanche. Su tono denotaba más exasperación que furia. Edmund dedujo que Verga de Toro le estaba suplicando que fuese paciente. Era evidente que creía que estaba ofuscado y comprendió con un repentino destello de lucidez que estaba en lo cierto. ¿Por qué iba a llevarse a la niña? Sus padres habían muerto y él sabía que la vida comanche 40
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era tan rica como cualquier otra: una interminable procesión a través de praderas pobladas de búfalos y colinas verdes, una existencia peligrosa y primitiva que seguramente no era más peligrosa ni primitiva que la que acababan de arrebatarle. Empezó a presentir que aquel rescate no era más que un gesto grandilocuente cuyo único propósito era satisfacer su propia vanidad. Quehtenet está muy enfadado contigo, Tabby-boo dijo Verga de Toro . Y yo también. Déjanos a la chica y vete. le repitió Edmund a la chica. Ésta empezó a moverse, pero Quehtenet la aferró por el brazo con la mano buena. Volvió a hablarle a Verga de Toro en comanche con tono airado. La exasperación del anciano era más que visible. Quehtenet se adelantó un paso, cogió una manta de piel de caballo y la agitó delante de la cabeza de mientras profería un chillido agudo y penetrante. El caballo, sobresaltado, dio un salto hacia atrás y se puso sobre dos patas, arrojando bruscamente a Edmund sobre la hierba pisoteada; su pierna izquierda cayó en una chumbera. Esperaba risas, pero no oyó ninguna. La expresión de los comanches era compasiva. Casi había oscurecido. Uno de los guerreros echó silenciosamente a la hoguera una rama de roble cubierta de musgo, provocando una vívida erupción de llamas. Edmund se puso en pie trabajosamente. Las innumerables agujas de cactus habían penetrado profundamente y sobresalían formando una línea erizada desde el muslo hasta el tobillo. Pero advirtió que a Quehtenet también le había dolido. El esfuerzo de espantar a había hecho que el muñón del dedo pulgar palpitase nuevamente y se sentó junto a la hoguera dirigiendo una mirada pétrea a las llamas. Edmund fue cojeando hacia él, con el hombro dolorido por la caída y las agujas del cactus dolorosamente clavadas en la carne de la pierna. Quehtenet lo fulminó con la mirada y sacó un látigo de cuero. El pequeño gruñó y uno de los demás indios le propinó una patada que lo arrojó a un metro de altura. No le pegues a mi perro dijo Edmund. fue corriendo hacia Edmund y se enroscó a sus pies. Quehtenet se acercaba a grandes pasos empuñando el látigo, dispuesto a azotarlo en la cara, cuando se escuchó un chillido áspero y estridente, un siseo reprobatorio que surgió del techo de la ruinosa iglesia. Y entonces un búho se interpuso entre los dos. Volaba bajo, a la altura del pecho, era tan blanco como un espíritu y su cara en forma de corazón era misteriosamente inexpresiva. Edmund oyó que chasqueaba el pico con furia, pero aparte de eso no emitió ningún sonido y al cabo de un instante su forma pura había desaparecido en el cielo crepuscular. 41
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Quehtenet no dijo nada. Se detuvo, bajó el látigo y se sumió en un silencio abatido. Los hombres que estaban detrás de él murmuraron en comanche. Algunos apagaron la hoguera a pisotones mientras otros se dirigían a sus monturas. Quehtenet le escupió algunas palabras antes de volverse airadamente hacia los caballos. Dice que te quedes con la niña tradujo Verga de Toro . Quédate con la niña y con tus espíritus malignos. ¿Sabías que tienes medicina de búho, Tabby-boo? No, no era consciente de ello. A los numinuh no nos gustan los búhos. Hace mucho tiempo, el Pueblo sufrió mucho a manos del Gran Búho Caníbal. Bajaba del cielo por la noche y se llevaba a los niños como si fueran ratones. Ahora está muerto, pero sus huesos todavía están en los alrededores. Yo nunca los he visto, pero mi padre sí, en una caverna de las montañas. Dijo que el cráneo del búho era el doble de grande que el de un bisonte. Edmund miró a la niña, que ahora estaba sentada sola junto a la hoguera, sin soltar el dobladillo del vestido. ¿Así que Quehtenet va a dejar que me la lleve? Claro que sí. No le gustan los búhos más que a cualquiera de nosotros. Verga de Toro alargó torpemente la mano para estrechársela a la manera de los blancos, un gesto que Edmund sabía que no le gustaba. El apretón del anciano era tentativo y débil. La verdad es que no tengo medicina de búho admitió Edmund . Sólo ha sido un accidente. Puede que la tengas o puede que no. Lo que tú opines no importa. El viejo indio guardó silencio otro instante. Se avecinan días oscuros para esta tierra, Tabby-boo. Fue hacia los caballos con sus piernas patizambas. Al cabo de un momento todos se habían marchado, desapareciendo en la brasada crepuscular. Quehtenet se aseguró de no darse la vuelta para mirarlo. Edmund se acercó a la hoguera y se detuvo a una distancia prudente de la niña. Empezó a arrancarse las agujas de la pierna, trabajando a la luz de la hoguera como si estuviera absorto en una labor de artesanía. dolorido a causa de la patada que había recibido, se acurrucó junto a su pie. La niña no dijo nada, pero finalmente se volvió hacia él para observarlo mientras trabajaba.
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CAPÍTULO 2 MARY MOTT había enviudado hacía dos años. Había malgastado los seis primeros meses después de la muerte de Andrew con lamentos y preocupaciones, pero ahora regentaba una próspera posada en la calle Purísima de Refugio, en una suave elevación de terreno que proporcionaba a sus huéspedes una vista del río Misión y las ricas sabanas costeras. Sus clientes eran sobre todo capitanes de goletas, comerciantes y oficiales de aduanas mejicanos. Solían llegar por mar, casi siempre después de una espantosa travesía llena de penalidades que no acababan cuando arribaban al paso de Aransas, puesto que éste, que separaba el golfo abierto de las bahías del interior, era famoso por un banco de arena submarino que podía destruir una embarcación. Cuando los viajeros reanudaban la marcha entre los arrecifes de ostras de la bahía recalaban en Copano y después de que hubiesen recorrido veinte kilómetros tierra adentro a caballo o en carros de bueyes hasta Refugio, la visión de la fonda de la señora Mott, con sus humeantes cafeteras, sus sábanas limpias y su mesa surtida de gallinetas, aves de corral y pan de maíz casi bastaba para restaurar sus nervios destrozados. Mary Mott tenía treinta y seis años y ya no era tan ágil como antes, pero seguía teniendo una constitución fuerte y un rostro enérgico y complicado. Tenía los ojos castaños y la nariz recta como una cuchilla. Cuando era joven aquellos rasgos habían contribuido a conferirle una hermosura delicada, pero hacía mucho tiempo que había dejado de ser joven y la belleza que conservaba parecía cada vez más superflua en aquel desierto brutal y tonificante. Regentaba la posada con la ayuda de Terrell, su hijo de dieciséis años, y un cazador karankawa de mediana edad llamado Fresada. La colonia en la que se enclavaba Refugio había sido fundada por granjeros arrendatarios irlandeses, familias que durante generaciones no habían albergado ninguna esperanza de poseer 43
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tierras en su país pero que ahora eran propietarias de miles de hectáreas de pradera costera. El gobierno mejicano les había concedido la tierra a cambio de casi nada, puesto que ni España ni Méjico habían conseguido jamás delimitar la frontera de Texas y arrebatársela a los indios. Los irlandeses que vivían sometidos a las leyes mejicanas no estaban ni mucho menos tan descontentos como los americanos que se habían establecido en otras colonias. Ya eran profundamente papistas y los siniestros y barrocos rituales del catolicismo mejicano les inspiraban seguridad. La tierra era extraña para ellos, sin duda (en Ballygarrett no había higos chumbos ni serpientes de cascabel), pero era suya, y sus rostros traslucían lo felices que estaban de poseerla. En más de una ocasión Mary había visto llorar a los colonos irlandeses cuando inscribían su nombre en el el gran libro encuadernado con piel de becerro que declaraba para la posteridad el increíble hecho de que la tierra les pertenecía a ellos y a sus herederos para siempre. Cuatro días después Dionysio O Docharty, un viudo de sesenta años, iba a casarse con la pobre Edna Foley, una taciturna muchacha de dieciocho. En Refugio pocos aprobaban la unión, pero de todas formas habría boda y se celebraría un banquete en la posada. Mary, Terrell y Fresada habían ido a la orilla de la bahía en un carro de bueyes; Mary iba a coger ostras y Terrell y Fresada a cazar zarapitos y tal vez matar un caimán, por si acaso lograban convencer a alguno de los supersticiosos irlandeses para que se lo comiera. Mary, que era una enérgica y pragmática protestante, se había reído le explicaron que el caimán era un mensajero del diablo. Mary se hallaba a unos cincuenta metros de la ribera, atravesando trabajosamente un arrecife de conchas con un par de recios zapatos viejos y arrancando ostras con la hoja de un cuchillo bowie. Era un espléndido día de primavera, el cielo estaba despejado tras el paso de un tardío viento del norte y lleno de bandadas de pájaros migratorios; el agua estaba tan apacible que veía claramente las suaves ondulaciones que provocaban los bancos de gallinetas que se deslizaban bajo la superficie. Estaba sola. Terrell y Fresada se habían adentrado en el arroyo. Terrell llevaba una antigua escopeta de caza que había pertenecido al padre de Mary y Fresada el magnífico rifle Kentucky que el claustro de la universidad de Transylvania le había regalado a Andrew cuando éste se decidió a convertirse en empresario en Texas. El arma de Mary, un resistente mosquete español que había recibido a cambio de un mes de alojamiento, se había quedado en el carro, en la orilla. Arrancaba las ostras y las metía en un cubo, plácidamente absorta en una docena de desafíos típicos de la vida de las colonias. En aquella parte de Texas había pocos moldes de velas, de modo que tendría que fabricarlos con caña si quería tener iluminación suficiente para el banquete de boda. Tampoco había grasa para acallar el chirrido de las ruedas del carro, pero la señora Fagan le había asegurado que la raíz de cactus pulverizada era un lubricante bastante bueno. Ade44
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más necesitaba lejía y sal, que tendría que hervir ella misma, para hacer jabón y pozole. Pensar en aquellas tareas la tranquilizaba en lugar de amedrentarla. Tenía una mente por lo demás demasiado activa, llena de infundadas preocupaciones por Terrell y demasiado atenta al deterioro de la situación política de las colonias. Texas era una tierra llena de hombres presuntuosos y fanfarrones, como ese gallito borracho de Sam Houston, que sin duda acabarían echándolo todo a perder antes o después. Oyó un gemido y se volvió para ver a el viejo búfalo Durham, deambulando por la angosta orilla de la bahía emitiendo bramidos incrédulos. Le sobresalía del cuello un largo astil de flecha y un brillante chorro de sangre ya le había teñido la piel. Durante un instante sintió que la vida la abandonaba. No había experimentado un momento de terror hueco como ése desde la muerte de su hija Susie. Una flecha surcó el aire junto a ella, lo bastante cerca para que sintiera su aliento en la mejilla, y una canoa llena de indios karankawa surgió del otro lado de una lengua de tierra a unos cincuenta metros de distancia. Eran seis hombres desnudos y relucientes. Mary olió el aceite de tiburón en sus cuerpos. Habían empujado la embarcación a lo largo de las márgenes de la bahía, pero ahora dejaron a un lado las pértigas y empuñaron los remos, bogando hacia ella a una velocidad temible. Mary seguía inmóvil, contemplándolos como sumida en un trance, cuando otra flecha se estrelló contra su pecho y la derribó de espaldas sobre el arrecife de conchas. Oyó los alaridos triunfantes de los kronks mientras se debatía para ponerse de nuevo en pie, lacerándose las manos y las pantorrillas con las afiladas conchas. La flecha no había penetrado; la punta era frágil y se había hecho añicos contra el esternón. Pero no obstante se sentía como si le hubieran dado una patada en el pecho y tenía la piel desgarrada y escocida a causa del agua salada. Descendió a trompicones del arrecife y trató de correr hacia la orilla vadeando el agua que le llegaba a la rodilla. Sus pies se hundieron en el fango, haciendo que éste floreciese hacia la superficie en una nube pestilente. Resbaló un par de veces y cuando intentó levantarse sus manos atravesaron los delicados cuerpos de las medusas que había en el fondo, abiertas como flores. No hubo más flechas; tal vez las estuvieran reservando. El fango le arrancó los zapatos, aunque los tenía fuertemente atados. El agua le tironeaba del dobladillo del vestido de lino. Trató de llamar a Terrell y Fresada, pero apenas consiguió balbucear entre dientes la misma nota de angustia que había emitido a Susie con las mandíbulas apretadas durante las largas noches en las que había yacido a la espera de la muerte, presa de un dolor agónico. Cuando llegó a la orilla no se creía capaz de dominar lo bastante sus temblorosas manos para coger el mosquete y la caja de cartuchos. Pero lo hizo y siguió 45
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corriendo en dirección a la cima de una duna agreste cubierta de conchas. Las conchas pulverizadas se le clavaban en los pies descalzos y antes de llegar a la cima se cayó y golpeó con la culata del mosquete un trozo de madera flotante. La descarga accidental explotó junto a su oreja y le prendió fuego al cabello. Ella siguió corriendo, apagando el fuego con las palmas de las manos y musitando algo sin cesar, el mismo indescriptible gruñido de terror: ¡Hnnhh! ¡Hnnhh! En la cresta de la duna se dio la vuelta y vio que la canoa se deslizaba hasta la orilla. Los kronks desembarcaron. Presa de un violento temblor de manos, se dispuso a recargar. Después de los años que había pasado en Texas siendo viuda la acción le resultaba tan natural como el eructo de un niño: amartillar la llave, abrir la cazoleta, rasgar el cartucho de papel, cebar el arma y cerrar el percutor. A continuación la pólvora, la bala, el taco Estaban sobre ella. Los karankawas eran famosos por su elevada estatura y el indio que embestía adelantándose a los demás era un gigante de miembros bruñidos y poderosos. Alzó el garrote de guerra y en una extraña suspensión del tiempo ella lo observó como si fuera un modelo sentado para un retrato: el collar de conchas que lucía en su hermoso cuello, los círculos azules tatuados en los pómulos y los cascabeles de serpientes que se agitaban en el extremo de la trenza. Acababa de introducir la bala y se le había acabado el tiempo. Le disparó sin extraer el escobillón de la boca del arma. Oyó un terrible repiqueteo cuando el retroceso la derribó nuevamente de espaldas. Cuando miró lo que había hecho vio que el indio estaba sentado con la espalda recta, las piernas separadas inútilmente delante del cuerpo, las entrañas desgarradas derramándose sobre sus manos y el escobillón sobresaliendo de una forma extraña por la espalda, oscilando como si fuera un junco. Aturdidos, los restantes kronks lo miraron y a continuación se volvieron hacia ella. Mary se levantó empuñando el mosquete descargado, con el hedor de la pólvora todavía en las aletas de la nariz. Uno de los indios asió el garrote que había soltado el líder, se acercó a ella y la golpeó de lleno en la cara. Mary sintió que el impacto le astillaba la nariz. Cayó una vez más sobre el lecho de conchas rotas, atragantándose con la sangre que le inundaba las cavidades nasales y parpadeando para protegerse del sol. En la bahía vio que una aleta de marsopa se alzaba y se hundía, una forma negra y reluciente que sugería gloriosos mundos invisibles. Oía sus discusiones y sus lamentos. El indio herido estaba intentando cantar, pero la muerte le daba tanto miedo como a ella y su voz tenía un tono tembloroso y aterrorizado que no le inspiraba una sensación de triunfo sino una lástima extraña y cegadora. Estaba sentado en un círculo creciente de su propia sangre y sus excrementos mientras ella contemplaba el mar, preguntándose qué ocurriría a continuación. Todos los karankawas que había conocido eran pacíficos, indios de la misión 46
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como Fresada o carroñeras y abatidas reliquias de una tribu de guerreros que antaño había sido orgullosa. Stephen Austin y sus milicianos habían exterminado a la mayoría en los años veinte. Se suponía que los kronks, al menos los salvajes, eran caníbales. ¿Eso era lo que se proponían hacer ahora? ¿Llevársela a rastras a su campamento, arrancarle la carne y asarla delante de sus ojos? Intentó levantarse pero no pudo, de modo que empezó a alejarse, arrastrándose sobre las conchas de ostras. Había avanzado tal vez un metro cuando sintió que la cogían por los pies y tiraban de ella hacia atrás con tanta despreocupación como si tirasen de un perro atado a una correa. A través del velo sangriento que tenía delante de los ojos vio que se congregaban alrededor del hombre herido. Todavía estaba cantando. Sus ojos, desencajados por el temor, la miraban fijamente. Nadie parecía capaz de decidir nada: qué hacer con ella y cómo llevarse al herido a la canoa sin derramar sus entrañas sobre el suelo. El indio que empuñaba el garrote se irguió sobre ella. Tenía lágrimas en los ojos y las facciones crispadas por el odio. Muy malo para ti dijo en inglés y volvió a golpearla con el garrote en las costillas.
En la boca del arroyo, al otro lado de una maraña de mezquite, Terrell vio cómo el indio golpeaba a su madre. Una rabia enloquecedora se apoderó de él y Fresada se vio obligado a sujetarlo por el pelo y tirar hacia atrás antes de que saliera gritando al claro. ¡Espera! susurró Fresada con tono áspero. Apuntó con el rifle, moviendo el cañón de una lejana figura a la siguiente. ¡Date prisa! lo instó Terrell. Sabía que los kronks estaban fuera del alcance de su escopeta y su incapacidad para hacer nada, combinada con la paciencia de Fresada, le resultaba insoportable. Su madre estaba tendida en el suelo con una reluciente pátina de sangre en la cara. Quizá ya estuviera muerta. En ese momento no significaba nada para Terrell si él también vivía o moría. Tenía que hacer algo, ir con ella. Pero Fresada se limitó a apretar los labios, examinando a los indios por el cañón del arma. Entonces el kronk que lloraba alzó de nuevo el garrote y Fresada disparó. Terrell vio cómo la bala impactaba en su hombro. Una esquirla de hueso blanco se elevó en el aire dando vueltas. Los demás indios se quedaron inmóviles, con las flechas colocadas en sus largos arcos, escrutando los árboles de la boca del arroyo. Parecían muy nerviosos. Durante aquel tenso silencio Fresada recargó y les gritó a los indios en karankawa. 47
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¿Qué has dicho? le preguntó Terrell. Les he dicho que se vayan. ¿Están cargados los dos cañones? Sí. Si vienen, yo les disparo con el rifle y luego cambiamos. Yo disparo con la escopeta y tú recargas el rifle. ¿Cómo está mi madre? No lo sé. Se está moviendo. Los karankawas se mantenían firmes. Terrell advirtió que el indio al que había disparado Fresada estaba hablando con el líder moribundo. A continuación, aferrándose el hombro fracturado, se adelantó hacia los árboles. La parte delantera de su cuerpo estaba cubierta por un manto de sangre y sus pies manchaban la superficie de conchas. Al cabo de unos metros se detuvo y vociferó en dirección a los árboles. ¿Qué? le preguntó Terrell a Fresada. Quieren un rosario. Para el que se está muriendo. Fresada sacó su rosario del bolsillo de los pantalones, se lo enrolló en la mano del gatillo y se echó el rifle al hombro. Vamos le dijo a Terrell . Prepárate para disparar. Terrell siguió a Fresada cuando éste salió de los matorrales poniéndose al descubierto. El kronk herido los miró sin decir palabra. A continuación los tres se dirigieron en silencio hacia donde yacían su madre y el indio moribundo. Mary se incorporó. Terrell no reconoció su rostro. En la frente tenía un terrible chichón del tamaño de un melocotón y el puente de la nariz estaba desviado y hecho trizas. La sangre de la cara y el cabello le conferían un aspecto salvaje. Estoy bien, Terrell le aseguró cuando éste fue corriendo hacia ella. Su voz sonaba extraña y gutural . Estoy bien. No pierdas de vista a los indios. Fresada y el indio moribundo se miraron. El kronk tenía la piel gris y temblaba como si tuviera frío. La bala no sólo le había desgarrado el cuerpo sino que le había facturado la columna vertebral, paralizándole las piernas. El escobillón, que seguía balanceándose en su espalda, le había perforado el pulmón, y tenía una espuma sangrienta en los labios. Él morir ahora anunció sin amargura el kronk del hombro fracturado, como una simple observación apesadumbrada. Terrell le encañonaba con su escopeta mientras Fresada apuntaba a los demás con el rifle Kentucky. Dos de ellos estaban listos para dispararles con sus arcos, cuyas cuerdas estaban tensas. Terrell advirtió que la punta de flecha que le apuntaba al corazón era un fragmento de cristal de una botella azul. En cuanto a los otros dos kronks, uno empuñaba un garrote y el otro una larga lanza. Llevaba una pistola de bolsillo vieja e inservible colgada de una tira de piel alrededor del cuello. 48
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Fresada le entregó el rosario al kronk. Este lo sostuvo en su mano ensangrentada y pasó las cuentas entre los dedos aunque no daba la impresión de que estuviera rezando con ellas. Se tendió sobre el costado, mirando avergonzado sus entrañas al descubierto, y entonó una canción karankawa mientras pasaba las cuentas, un canto fúnebre con notas largas y sostenidas que no hacían sino expandir las burbujas de sangre que tenía en la boca. ¿Lo conoces? le preguntó Mary a Fresada. Sí. Estaba en la misión cuando era niño. Lo llamábamos El Pinto, porque tenía una mancha blanca en la frente. ¿La ves? Todavía la tiene. Nadie se movió mientras presenciaban la muerte de El Pinto, que siguió rezando a sus salvajes dioses karankawa mientras pasaba rápidamente las cuentas del rosario entre los dedos. A Mary le resultaba extraño sentir tanta rabia hacia el hombre que la había golpeado con el garrote y no obstante tanta ternura por el hombre al que había matado. Los ojos de El Pinto se encontraron con los suyos cuando murió. De repente adquirieron un brillo opaco y reluciente. Las cuentas dejaron de moverse entre sus dedos y las burbujas sanguinolentas de su boca dejaron de expandirse y contraerse y se quedaron suspendidas a la espera de que la brisa se las llevara. Lleváoslo y marchaos dijo Fresada al cabo de un instante. Darnos vaca exigió el kronk que tenía el hombro herido, señalando con un movimiento de los labios al pobre que estaba en las inmediaciones, sin dejar de mirarlos con aire desconcertado, pidiendo ayuda o una explicación. ¡No! exclamó Mary. Intentó ponerse en pie, pero el dolor de las costillas rotas la obligó a sentarse de nuevo . ¡No os daremos nada! ¡Largo! El indio herido la miró con odio; después empezaron a flaquearle las piernas y se desmayó. Durante un largo instante todos se quedaron quietos, apuntándose unos a otros con sus armas, sin saber qué movimiento hacer a continuación. Entonces el kronk que llevaba la pistola de bolsillo, un joven con una cabellera negra y suelta que le llegaba casi a la cintura, se inclinó con cuidado hacia el cuerpo de El Pinto, le quitó el rosario de las manos y se lo devolvió a Fresada. Fresada y el indio entablaron una conversación en karankawa que a Terrell le pareció casi sorprendentemente cortés para dos hombres que se estaban apuntando mutuamente con armas de fuego y flechas. Hubo gruñidos de consenso, de acuerdo. No quites la llave del disparador le indicó Fresada al cabo de un instante , pero baja el cañón. Obedeció. Los indios armados con arcos hicieron lo mismo. ¿Puede disparar, señora Mott? preguntó Fresada. Mary se limpió la sangre de los ojos. 49
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Sí. Coja mi rifle. Voy a ayudarles a llevar a El Pinto a la canoa. Mary se incorporó dolorosamente y Fresada le entregó el pesado rifle. Me parece que todo va a salir bien anunció Fresada . Hoy han tenido mala suerte y no creo que quieran seguir luchando. Quieren que los acompañe para que nos les disparen cuando vayan a la canoa. Ten cuidado. Uno de los indios extrajo el escobillón de la espalda de El Pinto y se lo arrojó a Mary sin mirarla. Entonces Fresada y dos de los kronks levantaron a El Pinto y lo llevaron a la canoa mientras los otros dos se quedaban cerca de Terrell y su madre. Terrell no dejó de apuntar al suelo con la escopeta. Uno de los indios ahuyentó a una mosca de su cuello y contempló las nubes como si planease hacer un comentario acerca del tiempo. ¿A que a tu padre le habría gustado vernos manteniendo a raya a estos indios salvajes? comentó Mary. ¿Te pondrás bien? A Terrell le tembló el labio inferior cuando se lo preguntó, pero no apartó la mirada de los kronks. Me parece que sí, cariño. Tengo rota la nariz rota y algunas costillas. En cuanto al golpe en la cabeza, no sé. Tengo el estómago revuelto y eso no es bueno. Puede que se me esté hinchando el cerebro. A lo mejor me desmayo. ¿Qué hago? Calomelanos y jalapa cuando me lleves a casa. Tócame para ver si tengo fiebre. A lo mejor necesito una lavativa; no me sentará mal. Pero no quiero que me sangren. Ella lo miró, percatándose el peso de aquellas instrucciones en su semblante. Los rasgos de Terrell eran tan delicados como los suyos insistentes y el fino cabello ya le raleaba en las sienes. Se quedaría calvo pronto, igual que su padre. La pasada primavera había observado a un par de garcetas que estaban construyendo un nido en lo alto de un higo chumbo junto al río y un día tras otro llegaban con ramas en el pico y las colocaban con movimientos elaborados y ritualizados, inclinando la cabeza a ambos lados con aire inquisitivo como si sus propios actos les produjeran siempre una leve perplejidad. El polluelo que había salido al fin del nido se parecía tanto a Terrell, pelusón, torpe y solemne, que se le había roto el corazón. Fresada volvió solo a la cima de la duna y ayudó a los otros dos indios a llevar a su amigo inconsciente a la canoa. Terrell y Mary los observaron atentamente con las armas amartilladas y preparadas, pero la atmósfera de violencia se había apaciguado y hasta parecía que Fresada y los kronks estaban charlando amigablemente. Los indios se marcharon al cabo de un momento, impulsando la canoa con los remos hasta el otro lado del arrecife de ostras, 50
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sorteando el pequeño cabo que los había ocultado a la vista de Mary cuando se acercaban. Por mucho que odiase hacerle aquello a la pobre bestia, Mary permitió que Fresada encadenase a al carro de bueyes. La flecha seguía alojada en los tensos músculos del cuello, pero no había penetrado profundamente, y de hecho la rutina familiar de remolcar el carro parecía serenarlo. Terrell y Fresada la depositaron en el carro junto al mosquete descargado y el cubo medio lleno de ostras. Cerró los ojos para protegerse del fulgor del sol inclemente sobre su cabeza. Deseaba estar en una habitación oscura y fresca para descansar y tranquilizarse. Terrell caminaba detrás del carro, sosteniendo la escopeta cargada, sin apartar sus ojos preocupados de ella. Con cada accidentada rotación de las ruedas el dolor de cabeza aullaba contra los confines de su cráneo, suplicando que lo liberasen. También sufría una agonía a causa de las costillas fracturadas, los cortes que le habían infligido las conchas en las plantas de los pies y las quemaduras en el cuello donde se le había prendido el cabello. Respiraba por la boca, intentando concederle un descanso a su pobre nariz fracturada. Pero a pesar del movimiento del carro ya no sentía náuseas y empezaba a confiar en que no se le hubiera hinchado tanto el cerebro como para henchir el cráneo. No me dejes dormirme antes de que hayamos llegado a casa le dijo a Terrell . Échame agua en la cara si hace falta. El chico asintió; su vigilancia sería absoluta. ¡Ay, el banquete de boda de la pobre chica Foley! gimió. Fresada y podemos encargarnos de eso le aseguró Terrell. Su madre rompió a llorar. Terrell sólo la había visto llorar por haberse decepcionado a ella misma al hacer frente a las tareas que no podía terminar, a las cosas imposibles que no podía conseguir. Cuando murió su hermana, y después su padre, no había llorado de pena, como las personas normales, sino de rabia; rabia contra sí misma por no haber sido lo bastante cautelosa o fuerte para impedir que los sorprendiera la muerte. Fresada y yo podemos encargarnos de eso repitió . No hay razón para que llores, madre. Terrell se enjugó las lágrimas de los ojos. Mary se agarró al carro cuando el camino se hizo más abrupto y la acometieron unas violentas oleadas de dolor. Usaría el dolor para mantenerse despierta. Los pájaros trinaban en las alturas. Mantuvo los ojos cerrados para protegerse de la abrasadora luz del sol, pero escuchó agradecida a los pájaros. Eran grullas, que planeaban con una suavidad aterciopelada en el cielo.
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CAPÍUTLO 3 EDMUND TARDÓ dos días en recorrer los treinta kilómetros que mediaban entre Las Cabras y la subestación de la guarnición de Cibolo. Aún estaba muy débil y necesitaba descansar y dormir con una frecuencia que alarmaba a la muchacha, que al parecer temía que volviesen a secuestrarla si dejaba de vigilarla siquiera un instante. Cuando cabalgaban la chica se sentaba delante de él en la silla de esqueleto de madera, obligándolo a echarse atrás, adoptando una posición nueva que no le resultaba cómoda a ni a él mismo. Edmund cabalgaba sujetando las riendas con una mano y rodeando el estómago redondeado de la chiquilla con la otra. La calidez de su cuerpecito contra su mano lo había calmado de un modo inesperado. De tanto en tanto, cuando se sentía a salvo, la niña se dormía reclinando la cabeza contra su pecho, para después despertarse sobresaltada y romper a llorar. Entonces Edmund le acariciaba el cabello y le cantaba. Aunque se avergonzaba de su espantosa voz, que no subía ni bajaba de tono sino que canturreaba monótonamente en una prosaica cantinela, a ella no parecía importarle, y Edmund tenía buena memoria para las estrofas. Cantó himnos y canciones de salón. Cantó «The Lawyer Outwitted» y «Shocking Earthquakes at Charleston». Cantó canciones a favor y en contra de los ingleses, así como canciones de amor y corridos en el idioma de la niña. Ella no le hablaba nunca y sólo dormía aquellas siestas inquietas en la silla. Por las noches, cuando Edmund se acostaba, ella se tumbaba y descansaba la cabeza sobre su pecho con tanta franqueza y tranquilidad que se habría dicho que era hija suya. Pero nunca cerraba los ojos y se abrazaba firmemente a su tronco, despertándolo a intervalos regulares. Durante uno de los breves lapsos en los que había conseguido dormir oyó que la chica lloraba y ladraba y se despertó para ver a un coyote que se internaba apresuradamente en la oscuridad con su 52
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sombrero entre los dientes. Edmund intentó perseguirlo, pero aún sentía la pierna ardiente y entumecida a causa de las agujas del cactus y se encontraba tan débil que apenas pudo recorrer veinte metros. La chica gritó cuando Edmund la abandonó y lo siguió corriendo, aferrándolo como un bebé de mono. Edmund fulminó con la mirada a que contemplaba la partida del coyote sin interés. Un perro más enérgico lo habría perseguido, si no debido a la indignación por el robo del sombrero de su amo, al menos por simple excitación canina. Pero se limitó a volver trotando al campamento y acurrucarse para dormir. Edmund se sentía vulnerable y conspicuo sin el sombrero. Pero en el camino había pocas personas que pudieran percatarse de ello. Sólo se toparon con un grupo de arrieros fuertemente armados que llevan un carro de porcelana china a Béjar y un viejo metatero demente cuya ocupación consistía en deambular por Méjico picando piedras de afilar con un pequeño martillo. En la subestación de Cibolo, un antiguo fuerte español que se había visto reducido a una maraña de edificios rodeados por empalizadas mohosas, Edmund encontró no sólo a los cuatro soldados de la compañía ambulante que estaban destacados en ese lugar, sino también a los supervivientes de la familia de la niña, una colección de tíos, tías y primos que se habían congregado allí con la esperanza de obtener alguna noticia. Cuando entró en el fuerte fue recibido, para su secreta satisfacción, como si fuera un ángel de Dios. Los parientes de la niña se precipitaron sobre él con los brazos abiertos, exclamando: y llorando de felicidad y asombro. Su alegría era tan intensa que al principio ella se asustó y se retorció en la silla para rodearlo con los brazos y sepultar la cara en su camisa. Siguió aferrándose a Edmund cuando desmontaron y éste no sabía a qué par de brazos entregársela. Finalmente la mujer a la que tomó por su abuela consiguió apartarla de él y se la llevó al otro lado de la plaza de armas infestada de hierbajos hasta un solitario edificio de piedra. La chica se apretaba contra la anciana pero no apartó la mirada de Edmund mientras ésta se la llevaba. La chica, según le dijeron, se llamaba Lupita. Sus padres y dos de sus tíos habían muerto, así como otro hombre y otra mujer; los habían asesinado y les habían arrancado la cabellera delante de sus ojos mientras trabajaban en los campos. Los miembros supervivientes de la familia habían creído que ella también estaba muerta, que los comanches le habían aplastado la cabeza contra un árbol o se la habían llevado a la tierra de los búfalos, donde jamás volverían a verla. Pero Dios había conducido a Edmund hasta ella y éste se la había devuelto. Querían llevárselo a la aldea de Las Ánimas, invitarlo a cabrito y cuidarlo hasta que se restableciera. Cuando se enteraron de que un coyote le había robado el sombrero todos los hombres le ofrecieron el suyo, pero tenían la cabeza demasiado pequeña, y en todo caso Edmund era demasiado susceptible acerca de su tocado para aceptar siquiera los que le valían. No, les dijo, lo único que quería era 53
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dormir y que alguien se ocupara de su caballo, su mula y su perro mientras tanto. De modo que los soldados se llevaron a y a los corrales y los niños intentaron entretener a Edmund comió tortillas, alubias y un guisado fibroso y siguió a un cabo hasta un ruinoso jacal, donde se tendió en un jergón informe y durmió durante tres días seguidos.
Edmund había recuperado casi todas las fuerzas cuando llegó a Refugio, pero pesaba cinco kilos menos que cuando había salido de Béjar y se sentía aún más liviano debido a la pérdida del sombrero. Refugio era apenas una colección de jacales y chozas de adobe, aunque algunas casas eran más robustas, pues estaban construidas con piedras que habían expoliado a tal efecto de los muros de la misión abandonada o leños llevados desde las boscosas colonias del este. Llegó a media mañana. Al parecer la mayor parte de los habitantes de Refugio se habían congregado en el camposanto ante la iglesia de la misión, observando a un grupo de hombres que trataban de insertar verticalmente un ataúd en el suelo como si fuera una estaca de una cerca. Edmund desmontó y los observó desde una distancia prudencial junto a un hombre ataviado con un viejo tricornio y un delantal de herrero que a juzgar por su olor estaba terriblemente ebrio de zumo de maíz. Nunca había visto que enterrasen a nadie de pie le comentó Edmund. Claro que no le contestó el herrero con una vaharada de fétido aliento fermentado . Yo no pienso tomar parte en esto. Lo siento por ese pobre hombre, pero no pienso aprobar una blasfemia. Ese pobre hombre, procedió a explicarle el herrero, había muerto el mismo día en el que pensaba casarse. Tenía sesenta años, mientras que la novia aún no había cumplido los veinte y por si fuera poco era inocente como una niña. Se había fugado dos días antes de la ceremonia, movida por el miedo y la confusión, y a su regreso tenía el cabello tan enredado como el nido de un pájaro y las piernas cubiertas de heridas de cactus infectadas. Antes de encerrarse en el granero les había comunicado a sus tíos que se le había aparecido la Santa Madre para decirle que no se casara con Dionysio O Docharty. Dionysio se lo tomó mal prosiguió el herrero . Lanzó un terrible como si fuera una Le prendió fuego a todo: la casa, el granero y el excusado, y luego se pegó un tiro en la cabeza. Dejó una nota prendida en su cuerpo diciendo que quería que lo enterrasen de pie como al mismo Cuchellen, mirando a Irlanda. Bueno, pues que lo entierren de pie, digo yo, pero que no lo hagan en suelo sagrado. Su alma ya se ha ido volando al infierno. Dios no perdona el pecado de la desesperación, como bien sabrá. Edmund asintió, aunque no estaba de acuerdo. Los dioses implacables prosperaban en las tierras hostiles y aquella deidad romana tenía una vena 5
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N. del t.: en gaélico, el canto que entonaban las plañideras irlandesas.
N. del t.: en el folclore irlandés, espíritus femeninos que anunciaban la muerte de un pariente cercano.
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despiadada que lo convertía en un primo no demasiado lejano de los depredadores dioses aztecas a los que había suplantado. Quizá Dios no perdonase la desesperación, pero estaba claro que las personas que se habían reunido en el camposanto, a cientos de kilómetros de cualquier prelado cualificado para hacer cumplir Su voluntad, no eran tan despiadadas. Tan sólo el herrero borracho se mantenía apartado, observándolas con una cólera propia del Antiguo Testamento. Observaron el ataúd mientras éste se hundía en la tierra y oyeron el ruido sordo que produjo al estrellarse cuando en el último momento se les escapó a los esforzados porteadores. Al no haber un sacerdote que oficiase la ceremonia, los asistentes empezaron a musitar el rosario. Pueden rezar todas las Aves Marías que quieran rezongó el herrero . Pero jamás ha salido un alma del infierno. Ese pobre idiota enamorado se ha ido al fuego eterno y esa es la cruda verdad de la cuestión. Miró a Edmund, escrutándolo con ebria atención. ¿No tiene sombrero? Me lo quitó un coyote. ¿Y para qué quiere un sombrero un coyote? casi gritó el herrero asombrado, tan alto que varios asistentes se volvieron a mirarlo con severidad . ¿Por qué iba a robarle un coyote el sombrero a un hombre? Supongo que tenía sal en el ala repuso Edmund con tono cansado . ¿Hay alguna posada en el pueblo? La regenta la señora Mott. La tigresa en persona. Se percató de la mirada inexpresiva de Edmund. ¿No se ha enterado? Los kronks la asaltaron la semana pasada mientras estaba recogiendo ostras en la bahía. Mató a uno de ellos con sus propias manos. Fue Jim Bowie quien la llamó la tigresa. ¿Bowie está aquí? En efecto. Se aloja en la posada.
La posada era una sencilla cabaña de gran tamaño con un pasaje, una sola habitación conectada a la vivienda de la propietaria por medio de un pasillo sombreado. Edmund no vio a nadie cuando llegó, aunque se oía el sonido de heroicos ronquidos procedentes de la habitación. Dedujo que se trataba de Bowie, que sin duda estaba durmiendo la mona. Un adolescente que traía agua del río lo invitó a desmontar y atar a su caballo. El muchacho parecía cansado, agotado por el trabajo y las preocupaciones. El señor Bowie y el señor Despalier están durmiendo anunció mientras cogía las riendas de y , pero tendrá usted su propia cama. Me ocuparé del caballo y la mula y le prepararé algo de comida. 55
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El muchacho se llevó a los dos animales al establo con los andares lentos de un sonámbulo. Edmund llevó su equipaje a la posada, dejando fuera a Habían cerrado los postigos de la única ventana de la habitación y embadurnado de pintura el resquicio para taparlo. Había media docena de troneras que dejaban pasar los rayos de sol, pero Edmund se vio obligado a atravesar el tosco suelo a tientas en la oscuridad hasta uno de los jergones desocupados. Dejó sus cosas y se dispuso a salir a hurtadillas, pues no deseaba despertar a Bowie ni al otro hombre. Sorprender a Jim Bowie en la oscuridad era peligroso. Aunque intentó tener cuidado, Bowie se despertó con un ronquido para realizar una breve inspección. ¿Quién demonios anda ahí? exigió. Soy Edmund McGowan, Jim. Vuelve a dormirte. ¿Ya han traído al caimán? Estás soñando. Despiértame cuando traigan al maldito caimán, Edmund. Bowie se dio la vuelta y volvió a dormirse de inmediato, bajando el tono de sus ronquidos un par de octavas. Cuando Edmund salió al pasillo se topó con una mujer que estaba sentada poniendo un plato y un cubierto en una tosca mesa de madera. Soy la señora Mott le dijo a Edmund, con una formalidad que dado su aspecto desesperado le pareció casi cómica. Edmund se presentó y consiguió no mirarla fijamente, aunque se había sobresaltado al verla de repente. Al parecer se le había quemado el cabello castaño oscuro en un lado de la cabeza y se lo había cortado por el otro para disimularlo. Una venda cubría lo que supuso eran quemaduras en el cuello y otra abarcaba el centro del rostro, ocultándolo. Tenía vívidos moretones alrededor de los ojos, pero éstos eran notablemente límpidos y un tanto ajenos a la devastación que los rodeaba. Edmund, aunque por su profesión estaba acostumbrado a percibir los colores con precisión (el rosa almidonado de la y el azul sereno y saturado de la , siempre había titubeado a la hora de reconocer o recordar el color de los ojos de los seres humanos. Los de la señora Mott poseían el brillo y la sutil tintura del hielo glacial, aunque no habría sabido si considerarlos azules, verdes o castaños. Eran tal vez de un gris brillante y nacarado. Era evidente que le dolía moverse y cuando intentó coger un cazo de crema tuvo que salir corriendo en su ayuda y quitárselo. Gracias dijo . Tengo varias costillas rotas. Es un engorro terrible. Me parece que no está usted en condiciones de hacer de posadera, señora Mott. No estoy «haciendo» de posadera replicó ella más que usted de viajero cansado. Por favor, siéntese a comer. 56
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Edmund la obedeció. Moviéndose con cautela, ella le sirvió un plato de pavo frío y una fuente de pan de maíz. El pan de maíz está rancio anunció . Habrá una nueva hornada para la cena. No soy demasiado exigente con la comida dijo Edmund. Los hombres siempre dicen lo mismo. Ella le dirigió una mirada amistosa y turbada . Pero la experiencia me ha demostrado que nunca lo dicen en serio. ¿Acaso intenta decirme, señor McGowan, que le da igual comer cortezas de caballo o helado? Quise probar el helado la última vez que estuve en Nueva Orleans, pero se me olvidó. Por lo menos Jim Bowie... Hizo una mueca, guardó silencio un momento y exhaló una dolorida bocanada de aire . Por lo menos Jim Bowie es un comensal honesto. A juzgar por su tono, Edmund dedujo que estaba al corriente de la opinión generalizada de que Bowie no era honesto en muchas otras cosas. La señora Mott le ordenó que comiese y Edmund, famélico como un recién nacido, la obedeció. ¿No quiere sentarse? preguntó. Me duele menos cuando estoy de pie. Lamento verla tan maltrecha dijo Edmund . Tengo entendido que ha librado una batalla con los indios. Sí admitió ella vagamente, sin deseos de hablar del tema , supongo que fue una especie de batalla. Me parece que su yegua tiene un espigón en la pata intervino el chico, que llegaba del establo . Todavía no es grave, pero será mejor remojárselo. Señor McGowan, éste es mi hijo Terrell anunció Mary Mott. Edmund se levantó para estrecharle la mano. El apretón del muchacho era firme, aunque sus ojos eran más pálidos y menos llamativos que los de su madre y su talante más grave. Presentaba el aspecto de alguien que creía que debía cargar con el peso del mundo sobre sus hombros. A lo mejor también está escocida sugirió Edmund, recordando que los días precedentes había soportado un peso desacostumbrado y cambios de posición de la silla. Sí, un poco respondió Terrell . Puedo prepararle una cataplasma. Se inclinó hacia y le rascó las orejas. El perro se dio la vuelta, conminando con arrogancia al muchacho que también le rascase la barriga. »¿Cómo se llama? le preguntó a Edmund. Terrell sonrió al observar el semblante imperioso del perro. Cogió un trozo de pan de maíz de la mesa para ofrecérselo, pero se limitó a tocarlo con el hocico. 57
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Le traeré unas sobras dijo Terrell, que a continuación miró a su madre con irritación . No deberías moverte así, teniendo las costillas como las tienes. Se me están curando, cariño. Se volvió hacia Edmund: . Me ataría a una cuna si pudiera para asegurarse de que no me muevo. Una de esas costillas podría hacerte un agujero en el hígado. Por amor de Dios, Terrell. No están rotas, sólo fracturadas. Terrell se levantó encogiéndose de hombros con exasperación y llevó a a la cocina. La señora Mott siguió de pie al otro lado de la mesa, disculpándose una vez más por el pan de maíz rancio. El pan de verdad es lo que más echo de menos de los Estados Unidos dijo . Texas sería un lugar mucho mejor si la gente dejase de hablar de revolución y empezase a pensar en cómo cultivar trigo. Entonces, ¿no es usted partidaria de la guerra, señora Mott? Lo sería si fuera un especulador de terreno y tuviera que vender resmas de papel impreso sin valor. O si fuera Sam Houston y estuviese buscando un país del que ser emperador. ¿Le apetece más crema? Le sirvió un poco, rechazando su ayuda esta vez. ¿Ha estado enfermo, señor McGowan? Parece que no está mucho más fuerte que yo. He tenido malaria al venir de Béjar. Ella lo escrutó abiertamente durante un instante y le puso la mano en la frente, un gesto inesperadamente íntimo que lo sobresaltó. La señora Mott lo ponía nervioso en general. Sus movimientos eran rígidos en ese momento pero percibía la elegancia natural de su porte y la fascinante melodiosidad con la que, al cabo de un lapso considerable, retiró la mano. Y su rostro (aunque amoratado, hinchado, quemado y vendado) suscitaba un anhelo familiar en su interior, un recordatorio inesperado de su tosca humanidad. Ya no tiene fiebre. No, se me ha pasado el ataque, pero he tardado mucho en llegar y me temo que he perdido el pasaje. Si se proponía embarcar en la nave de suministros, así es. Hace días que zarpó. ¿Adónde se dirige? A Ciudad de Méjico. La semana que viene atracará un paquebote con destino a Veracruz. Avisaré al agente de aduanas de Copano y averiguaré si hay un camarote libre. Edmund le dio las gracias y señaló la habitación. Los ronquidos seguían rodando como grandes olas oceánicas. ¿Adónde va Bowie? El señor Despalier y él vuelven de un viaje de negocios a Matamoros. Se dirigen a Nacogdoches, si es que se levantan. 58
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Edmund no se molestó en preguntarle qué clase de negocios habían llevado a Bowie a Matamoros. Sin duda se trataba de otra turbia transacción de tierras como la que había provocado que lo expulsaran de Arkansas. Bowie era un escandaloso partidario de la guerra en aquella época. A su llegada a Texas se había casado astutamente con una Veramendi, la familia tejana más poderosa de Béjar. Pero su nueva esposa y su influente familia política habían perecido en la cólera del 32, dejándole poco más que su casa de Béjar. Desde entonces no había cesado de denunciar a la hacienda de su difunta esposa. Al igual que la mayoría de los hombres que Edmund había conocido en Texas, Bowie no poseía una auténtica fortuna, pero tenía la cabeza llena de planes. El caos que ocasionaría una guerra le vendría de perlas. ¡Señora Mott! exclamó una voz desde el camino . ¡Ya tenemos al dragón! ¿Dónde está nuestro San Jorge? Mary se volvió y comprobó que la voz pertenecía a John Dunn, uno de los dos regidores de Refugio, que estaba conduciendo un carro por la calle Purísima, seguido de una procesión de ciudadanos curiosos. Fresada caminaba detrás del carro, sujetando una enorme cola escamosa como si fuera un velo para que no se arrastrara por el suelo. Dudo que el señor Bowie contara con un caimán tan grande comentó distraídamente Mary. ¿Por qué iba a contar Bowie con un caimán? inquirió Edmund mientras salían al encuentro del carro. No veía nada más que la cola, pero juzgaba que la criatura debía de medir al menos tres metros de largo. Bowie y John Dunn se emborracharon bastante anoche le explicó Mary . Jim estaba presumiendo delante de todos de que había peleado con un caimán en Louisiana y John decidió ponerlo a prueba. Dunn había contratado a Fresada para que encontrase a un caimán y éste había salido temprano aquella mañana para inspeccionar las márgenes del río. Era un encargo sencillo, le había asegurado a Mary, puesto que en aquella época del año la mayoría de los caimanes seguían ocultos en sus madrigueras y estaban tan aturdidos por el sueño del invierno que sólo había que sacarlos y atarlos. No obstante, Mary no podía imaginar a nadie excepto Fresada que tuviera el coraje suficiente para meterse en la madriguera de un caimán y mucho menos para sacar a un monstruo como aquel. ¡San Jorge! gritó Dunn, aporreando la puerta de la fonda . ¡Salid, por Dios! ¡La bestia os espera! Bowie abrió la puerta al cabo de unos instantes, sin afeitar y con los ojos entornados para protegerse de la luz del mediodía, pero por lo demás respetablemente compuesto con una casaca y un pañuelo pulcramente anudado. ¡Despierta, Despalier! exclamó por encima del hombro en dirección a la oscuridad . ¡No pienso hacerlo dos veces! 59
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Reparó en Edmund y se adelantó en silencio para estrecharle la mano, apretándosela un poco más fuerte y durante más tiempo de lo que su tenue relación justificaba estrictamente. Parece que me han traído a un monstruo comentó, mirándolo a los ojos con una expresión tan serena y confiada como la del reptil que había en el carro . Aunque prefiero a un monstruo como éste a uno de esos feroces gigantones, por supuesto. ¡Despalier! ¿Vienes? Un hombre bajo y cetrino apareció a la puerta, miró con los ojos entrecerrados a la numerosa concurrencia y se dirigió tímidamente al excusado mientras Dunn, Fresada y otros cuatro hombres sacaban al caimán del carro y lo depositaban panza arriba en el suelo despejado delante de la posada. Con las mandíbulas cerradas por las ligaduras y las patas atadas sobre el vientre, la criatura yacía completamente inerte, con una actitud de solemne satisfacción. Edmund sabía que Bowie mataría al caimán en cuanto hubiese acabado con él (¿qué otra cosa se podía hacer con un caimán?), pero aquella serena tranquilidad hacía que pareciese que ya estaba muerto. ¿Alguna vez ha luchado con un caimán, señor McGowan? le preguntó Mary Mott, que se tomó la molestia de ponerse a su lado mientras Bowie examinaba ostentosamente a la criatura, recorriéndola de un extremo a otro y toqueteando los grandes dientes que asomaban cómicamente sobre las mandíbulas cerradas. Nunca se ha presentado la necesidad. ¡La que debería luchar es la señora Mott! rugió Bowie mientras colgaba la chaqueta en una percha . Dudo mucho que haya una mujer más fiera en toda Coahuila y Texas. Dirigió a los colonos irlandeses que profirieron dos hurras por la señora Mott. Entretanto regresó Despalier. Tenía un poco más de color en la cara que cuando se había marchado, pero no era un hombre robusto. Edmund supuso que era un agente de alguno de los grandes sindicatos inmobiliarios que acompañaba a Bowie para comprar los derechos que luego entregarían a cambio de grandes sumas de dinero cuando le hubieran arrebatado Texas a Méjico. ¡Bueno, señor! le dijo Bowie a Dunn . ¿Quiere que luche con él en el agua o en terreno seco? Hágalo aquí contestó Dunn . En el agua podría escaparse y quiero quedarme con la piel cuando lo haya derrotado. describía círculos alrededor del caimán, ladrando furiosamente, y Edmund se vio obligado a atarlo con un trozo de cuerda para que el reptil no se lo tragase cuando le diesen la vuelta y lo desatasen. Mientras aullaba indignado al extremo de la correa, Bowie y los demás hombres pusieron boca arriba al caimán. A continuación Bowie les ordenó a 60
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todos que retrocedieran veinte pasos, sacó su famoso cuchillo de una elegante vaina y procedió a cortar las sogas que ataban las patas de la criatura. Aunque estaba libre para escapar, el caimán no se movió. Siguió tan adormilado como antes, con la piel reseca y gris como si estuviera cubierta de ceniza. ¿Le va a desatar las mandíbulas, Jim? preguntó Dunn. Bowie se volvió para sonreír al regidor. Si no supiera que es mi amigo, John, juraría que tiene prisa por verme engullido por este caimán. La muchedumbre retrocedió unos cuantos pasos cuando Bowie se puso detrás del caimán y cortó las sogas que le apresaban las mandíbulas. Las arrojó a un lado, pero el caimán siguió sin moverse, se quedó en el claro con una calma e indiferencia que los espectadores encontraban hipnóticas y, a su manera, más temibles que la brusca sacudida que esperaban. No había indicios de aliento, latidos ni pulso que abultasen su grueso lomo. Bowie empezó a describir círculos cautelosos alrededor del monstruo. Era un hombre corpulento, pero sus movimientos eran ágiles y precisos. Edmund lo observó, sintiéndose tan lento como el caimán en comparación. Al igual que muchos de los personajes cuestionables que había conocido, Bowie tenía una presencia física cautivadora, una forma ligera que se correspondía con sus maneras fluidas. Y había manifestado una divertida estima a Edmund desde su incómodo primer encuentro en la casa de los Veramendi hacía unos años, cuando Bowie apenas había empezado a introducirse en la sociedad de Béjar. ¡James Bowie! había exclamado un atónito Edmund en aquella ocasión . Conozco bien su reputación, señor. Tengo toda clase de reputaciones, señor McGowan había contestado Bowie jovialmente . Espero que se refiera a una de las buenas. Claro, estaba pensando en el descubrimiento de que la crece en las planicies de Quagga, por supuesto. ¿Las planicies de Quagga? Por no decir nada de la O del árbol de jacaranda. La sonrisa de Bowie se mantuvo, pero sus pálidos ojos grises se volvieron alarmantemente recelosos durante un instante, mientras Edmund empezaba a comprender su error. Aquél no era James Bowie, el famoso botánico y coleccionista de plantas al servicio de sir Joseph Banks, cuyos descubrimientos en Brasil y el sur de África le habían otorgado una triunfante notoriedad. Aquél era el otro James Bowie, el renombrado luchador a cuchillo, contrabandista de esclavos y embaucador inmobiliario que tenía aún más fama. Me han acusado de muchas cosas, señor bramó Bowie, complacido, cuando Edmund se disculpó y le explicó el motivo de la confusión , pero usted tiene el honor de ser el primero que me acusa de ser un vendedor de semillas. 61
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Bowie había repetido aquella historia por todo Béjar durante meses y no cesaba de recordársela a Edmund cada vez que se encontraban. En los años posteriores Bowie había viajado aún más que Edmund, buscando plata española en las tierras de los comanches, haciéndose con concesiones de tierras y armando alboroto en Coahuila. Aún conservaba su mortífero encanto, pero Edmund lo encontraba un tanto crispado. Bowie había amado a la joven esposa que le había reportado su oportunista matrimonio y su muerte lo había conmovido, aunque no lo bastante para que renunciase a la herencia que pensaba que merecía. Había llegado a una edad (tenía unos cuarenta años) en la que empezaban a aglomerarse las nubes. Los excesos alcohólicos lo habían dejado vulnerable a las enfermedades y las frenéticas triquiñuelas que necesitaba para que no le dieran alcance sus problemas legales y financieros le conferían un sutil pero perenne aire de preocupación. Pero todos sus aprietos parecían olvidados ahora que estaba cara a cara con aquel reptil gigantesco ante un público de curiosos que se había congregado alrededor del perímetro de lo que imaginaban era el alcance ofensivo del caimán. Después de numerosas provocaciones, Bowie finalmente persuadió al caimán de que abriera la boca y siseara. Entonces lo golpeó desdeñosamente en el morro con un palo. Ya empieza a despertar, por Dios dijo Bowie . Que todo el mundo se eche atrás. La muchedumbre solícita retrocedió unos pasos, más en consonancia con el espíritu del espectáculo que porque realmente temiesen a la bestia, que seguía estando profundamente aletargada. Bowie consiguió que siseara un par de veces más y entonces, ágil como una pantera, saltó sobre su lomo y le aferró las mandíbulas para mantenerlas cerradas mientras tiraba de la cabeza de la criatura hacia su pecho. ¿Quiere intentarlo, John? le gruñó Bowie al regidor, pero Dunn se limitó a reírse. Ahora que se ha metido en ese apuro contestó , ¿cómo piensa salir? Pero si es la cosa más sencilla del mundo explicó Bowie; las venas de su cuello se abultaban a causa del esfuerzo mientras forcejeaba con la enorme cabeza del caimán . Le daré la vuelta y lo pondré a dormir. Con un solo movimiento puso al caimán boca arriba y se escabulló de debajo. El animal se quedó tendido en un estado de reposo aún mayor; la piel del vientre era tan asombrosamente pálida que Edmund sintió el impulso de apartar los ojos de aquella visión como si fuera una grotesca e insondable exhibición de la desnudez humana. Bowie contempló con aire dramático al caimán inerte durante un largo instante antes de levantarse lenta y cuidadosamente. ¿Qué le ha hecho? exclamó uno de los espectadores. Bowie se llevó el dedo a los labios y susurró: Lo he puesto en los brazos de Morfeo. 62
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Sonrió. Estalló un aplauso estupefacto. Bowie aceptó el apretón de mano y el puro que le ofrecía Dunn. El caimán siguió tendido panza arriba, ignorado, mientras Bowie se fumaba la mitad del puro y charlaba con los ciudadanos de Refugio sobre la famosa pelea en el banco de arena a la que había sobrevivido después de que le atravesaran la caja torácica con un bastón espada. Algunas personas sacaron cuchillos y le preguntaron si eran auténticos bowies, pero Bowie les informó apesadumbrado de que eran imitaciones británicas baratas. El artículo genuino, afirmó, se fabricaba mediante un proceso secreto de temple que habían perfeccionado los antiguos damasquinos. Más aún, les aconsejó que evitasen los recientemente populares salones de Nueva Orleans en los que adiestraban a los jóvenes en el código del duelo y el arte de la lucha a cuchillo. Aquellos salones no estaban autorizados a usar su nombre para promocionarse y sus abogados estaban investigando el asunto. Además, una pelea a cuchillo no es ningún «arte» declaró . Hay que pinchar al contrario y cortarle el corazón si es posible, y ésa es la única elegancia que tiene. Mientras Bowie hablaba sin cesar Edmund desató a y le permitió acercarse al caimán. Éste estaba tendido como si fuera eterno y su vientre parecía casi rosado en la tenue claridad. lo olisqueó cautelosamente y ladró un par de veces, pero el reptil no se movió. ¿No le preocupa que despierte y se coma al perro? le preguntó Terrell a Edmund. No se despertará. Cuando un caimán está boca arriba no le llega aire al cerebro. El chico miró al caimán, sopesando sus palabras. Puedes tocarlo le aseguró Edmund al tiempo que se inclinaba para acariciar la barriga del caimán. Miró los ojos abiertos de la criatura, las oscuras hendiduras verticales de las pupilas que lo miraban fijamente, tal vez conscientes o tal vez no. Terrell se agachó junto a Edmund y pasó la mano con cautela por el pálido vientre del caimán. Se habría dicho que se estaba formando una pregunta en su mente, pero antes de que pudiera formulársela John Dunn se acercó con su rifle, lo cargó y lo cebó. Caballeros, ¿quieren apartarse hasta una distancia prudencial? les pidió Dunn . Voy a matar a la bestia. Edmund se llevó a y se dirigió a la sombra del pasaje con Terrell. La bala de Dunn se alojó en las inmediaciones del cerebro del caimán. Lo que atormentaba a Edmund era la forma en que la criatura apenas se apercibía de su propia muerte: la acometió un espasmo que no era más fuerte que un hipido, agitó las patas sin ningún propósito y una quietud imperceptiblemente más profunda se apoderó de su cuerpo.
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