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INTRODUCCIÓN

n un pasado muy, muy lejano, el Reino de la Fantasía era una vasta tierra sin fronteras. Estaba habitado por diversos pueblos, y había tantos reinos como la fantasía puede imaginar. Grandes distancias los separaban, sin embargo. Distancias tan grandes que, para ir de un reino a otro, era necesario recurrir a imponentes dragones. Fue precisamente para unir los enormes territorios del Reino de la Fantasía para lo que las hadas, guiadas por la sabia reina Floridiana, construyeron Puertas en cada reino. Pero si las hadas las crearon para difundir la paz, el saber y la armonía, las brujas, desde su pequeño y oscuro reino, en seguida trataron de aprovecharlas para extender el dominio del Mal. Así fue como se originaron los Tiempos Oscuros. Uno a uno, los reinos más cercanos a las brujas fueron cayendo bajo el yugo del Mal; mientras, en el resto del 1

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Introducción

Reino de la Fantasía los pueblos vivían ignorando el inminente peligro. Sucedió así en el Reino de los Elfos Estrellados, un pueblo alegre y pacífico, donde se hicieron oídos sordos a las numerosas señales que indicaban la tenebrosa y constante expansión del Mal. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir, sin que nadie tuviese la fuerza para impedirlo o pudiera al menos intentarlo. En una oscura noche de tormenta, la Puerta que conducía al Reino de los Elfos Forestales se cerró, perdida para siempre. Durante muchos años no se supo nada del desafortunado pueblo de los forestales, ni de lo que sucedía en su reino. Un día, sin embargo, un pequeño grupo de héroes tuvo el valor y la energía para enfrentarse al Ejército Oscuro. He aquí su historia, como todavía puede leerse en los antiguos volúmenes de las Crónicas del Reino de la Fantasía, en los cuales el mago Fábulus, el más grande narrador del reino, la transcribió de su puño y letra. Leed, pues... 2

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SOMBRÍO esde hacía años, ortigas y zarzas habían invadido el sendero que llevaba desde Burgo de las Casas con Tejados en Punta hasta la vereda más allá del río Encrespado, como si ese camino quisiera ser olvidado. Y sin embargo, bajo la tupida vegetación aún se veían las piedras grises que conducían a la vieja Puerta por la que se accedía al Reino de los Elfos Forestales. A nadie le gustaba ir por allí. Bueno, a nadie salvo a aquel chico, pero él era un tipo «raro». En otro tiempo, su nombre había sido Audaz, pero ahora todos lo llamaban Sombrío. Mucho se había fantaseado acerca del misterio de su llegada al Reino de los Elfos Estrellados a la edad de cuatro años, en el Año de la Estrella Amarilla. Quien le había puesto el apodo de Sombrío lo había hecho no sólo por el color verde oscuro y profundo de sus ojos y su cabello, sino también por su carácter tímido y taciturno. 3

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La Atalaya

Los elfos del Reino de las Estrellas son criaturas jocosas y alegres a las que les encanta reírse, recitar poemas e inventarse historias. Sombrío, en cambio, no era nada jocoso ni alegre, y no era fácil hacerle reír, hasta el punto de que, a su llegada a la Atalaya, la casa-observatorio del astrónomo de la corte Erídanus, habían pasado cinco eternos meses antes de que pudieran festejar su primera risa. Porque en su reino los elfos estrellados celebraban con una gran fiesta la primera risa de cada niño, pues se decía que hacía nacer una estrella. Régulus y Spica, los hijos de Erídanus, llevaban largo tiempo intentando en vano arrancarle una carcajada a Sombrío, haciendo enloquecer de paso a su padre, a su aya Mérope y a todos los habitantes de la casa con las estratagemas más singulares e hilarantes. En la gran casaobservatorio, todos se habían preguntado alguna vez si el pequeño superaría un día su adusta tristeza. Al crecer, además, sus rarezas no habían disminuido en absoluto: en lugar de las grandes fiestas de la ciudad, Sombrío prefería el silencio de los bosques; en lugar de las bromas con los amigos, los largos paseos hasta el río Encrespado; en vez de los grandes torneos esplendorosos, las ferias y los mercados llenos de voces chillonas, prefería los calmos bosques de arces, sobre todo a la 4

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Sombrío

llegada del otoño, cuando se convertían en extensiones doradas. Le gustaban las historias, pero escucharlas, no competir por inventarlas y contarlas. Cuando la pequeña Spica le había preguntado a su padre Erídanus la razón, éste le había contestado simplemente que Sombrío era así y luego se había encogido de hombros, como si renunciara a entenderlo. O como si supiera algo que los otros no podían saber. En efecto, Erídanus recordaba perfectamente el día en que había encontrado al pequeño Audaz a la puerta de la Atalaya, con sus ropas verde musgo y gris corteza, la capa del color de la tierra, desgarrada y chamuscada, el cabello verde oscuro que le caía en tirabuzones sobre la frente y sus dos grandes ojos verdes y profundamente serios. Había ocurrido el día de aquel tremendo temporal que a punto había estado de llevarse por delante la Atalaya. El mismo día en que le había parecido oír, más allá del río Encrespado, el eco de un grito rabioso y desesperado. Al oírlo, Erídanus se dispuso a salir para comprobar si había alguien en peligro, pero tuvo que detenerse a la puerta de su casa, donde encontró al pequeño Audaz. Hacía mucho tiempo que ninguno de los solitarios elfos forestales atravesaba la Puerta, así que hallar a aquel 5

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La Atalaya

pequeño forestal allí, solo, le había parecido extraño, ¡muy extraño! Erídanus había enviado un mensaje urgente a la corte de Estrelláurea y luego había salido. Y lo que había descubierto en la colina lo había asustado mucho. La gran Puerta, tallada en la madera de árboles antiquísimos, no era más que una maraña de ramas negras y abrasadas.

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Sombrío

Ya no estaba en su interior el espejo reluciente que su abuelo Orión presumía de haber atravesado en su juventud, en sus numerosos viajes por el Reino de la Fantasía. Ya no había ninguna piedra de jade incrustada entre las ramas que trazaban la Puerta. Y con ella se había perdido también el Reino de los Elfos Forestales. Desaparecido como otros muchos reinos de los que a veces se murmuraba, caídos bajo el Poder Oscuro de las brujas. La Reina Negra debía de haber tramado para sojuzgar y destruir también aquel pacífico reino. Y aunque nunca había puesto un pie en él salvo en su imaginación, aquel día a Erídanus le había desgarrado el corazón la sensación de haber perdido a amigos y hermanos. Había pensado, además, que el improviso cierre de la Puerta era un sacrificio de los elfos forestales para impedir que las brujas pasaran a los reinos colindantes, protegiendo así a los elfos estrellados. Mil preguntas sin respuesta se habían agolpado en su cabeza mientras regresaba a la Atalaya. Precisamente allí se encontró con Stellarius, ancianísimo y sabio mago, además de consejero personal de Antares, el rey de los elfos estrellados. Encerrados en el estudio de Erídanus, 7

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habían hablado toda la noche sobre lo ocurrido. Luego, tan de prisa como había llegado, Stellarius se había ido y la vida en la Atalaya había vuelto a ser la de siempre. Al menos en apariencia. De acuerdo con el mago, Erídanus no había contado a nadie lo que había descubierto en la colina de la Puerta, y tampoco nadie se enteró de la visita del mago a la Atalaya. La verdad se había mantenido lo más en secreto posible y, con el paso del tiempo, el propio Erídanus casi había dejado de preguntarse sobre los acontecimientos de aquella noche. La Puerta había permanecido cerrada y mostraba aún la negra impronta del Mal. Audaz, el único superviviente a la crueldad de las brujas, era un niño sin nadie en el mundo cuando llegó al Reino de los Elfos Estrellados. Así que Erídanus se había comprometido a tenerlo consigo en la Atalaya y criarlo como a un hijo. Y ahora, cuando desde aquel triste día habían pasado ya once primaveras, se acercaba el momento de la verdad. Sombrío no había cambiado mucho, pese a que hubiese recibido la estrella de la frente como todos los jóvenes elfos de la Estirpe de la Estrella. Cuanto más crecía el chico, más pensaba Erídanus que se parecía a 8

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aquellos elfos forestales de los que a menudo le había hablado su abuelo Orión. Sonreía y bromeaba más, eso desde luego, pero a veces su sonrisa parecía llena de melancolía y no de la alegría despreocupada y fácil de los jóvenes estrellados. El pelo le caía sobre la cara, se la tapaba casi, y sus ojos, de un intenso color verde, mostraban aún una honda seriedad. Además, era el cazador más hábil de la zona y conocía los alrededores mejor que nadie. Régulus y Spica lo seguían con frecuencia en sus vagabundeos por los bosques, como si advirtieran en él esa fascinación secreta que Erídanus había percibido también en los amigos forestales de su abuelo Orión, hacía tanto tiempo. Así que Mérope, la vieja aya, había empezado a preocuparse. Erídanus se preguntaba si el aya habría notado la amistad que ligaba a Sombrío y a Régulus o el tímido interés con que la pequeña Spica empezaba a mirar al joven elfo forestal... O puede que se hubiera dado cuenta de ello y fuera precisamente eso lo que no le gustaba. Ah, sí, porque aunque Mérope que-

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ría a Sombrío como a un hijo, sus silencios y su seriedad siempre le habían parecido raros. Desde la muerte de Mirzam, la adorada mujer de Erídanus, había sido Mérope quien había cuidado de los niños, y se sentía responsable de sus predilecciones. Así que lanzaba frías miradas de desaprobación a Sombrío, con la esperanza de que se marchara cuanto antes. Pero Erídanus sabía que, si Sombrío se iba, la vida de sus hijos no sería la misma y, en lo que a él respectaba, la partida del hijo adoptivo le rompería el corazón. Sin embargo, según pasaban los días sentía cada vez más cercana aquella separación que no sería posible evitar. Eso lo sabía bien. Sombrío se había presentado en la Atalaya poco antes de la Fiesta de Mediados de la Primavera y era probable que se fuera en la misma época. De hecho, fue precisamente unos días más tarde, en el camino que va desde Burgo de las Casas con Tejados en Punta hasta más allá del río Encrespado, cuando las cosas empezaron a cambiar. Y también esta aventura, como todos los grandes cambios, comenzó a pequeños pasos. Fue por culpa de una urraca y una horquilla para el pelo... 10

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Personajes principales SOMBRÍO Joven y valiente elfo forestal que, a petición de la Reina de las Hadas, decide luchar contra el Poder Oscuro de la Reina Negra y devolver la paz al Reino de la Fantasía.

ERÍDANUS Padre de Régulus y Spica, es el astrónomo oficial de la corte del Reino de las Estrellas.

SPICA Decidida elfa estrellada hermana de Régulus, abandona a su familia para ayudar a Sombrío en su misión. Combate con un arco encantado. MÉROPE Aya de Régulus y de Spica que ha cuidado de ellos desde que la madre de los chicos murió. RÉGULUS Hermano de Spica y el mejor amigo de Sombrío. Se ofrece a acompañar al elfo forestal al Reino Perdido para luchar a su lado.

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ROBINIA Orgullosa y testaruda elfa forestal, legítima heredera del trono del Reino de los Bosques.

FÓSFORO Simpático dragoncito plumado del Reino de los Bosques, compañero inseparable de Robinia. BRECIUS Fiero y valeroso elfo, cabecilla del ejército de los forestales. Combate sin tregua para liberar a su pueblo. ULMUS Sabia anciana del Reino de los Bosques, es la depositaria de la memoria de su pueblo. ENEBRO Maestro de la corte del Reino de los Bosques. Murió tras la invasión de su país, dejando misteriosas profecías. EL CAZADOR Enigmático elfo que aparece como aliado de los caballeros sin corazón. Nadie conoce su origen ni cuál es su auténtica misión.

STELLARIUS Poderoso mago del Reino de la Fantasía que lucha desde siempre contra el Poder Oscuro y la Reina Negra.

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