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Justo Serna – Anaclet Pons

Los triunfos del burgués Estampas valencianas del Ochocientos

TIRANT HUMANIDADES

Valencia, 2012


Copyright ® 2012 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http:// www.tirant.com).

Director de la colección JOAN ROMERO GONZÁLEZ Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

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Justo Serna – Anaclet Pons

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índice Introducción. El juego del burgués.......................................................................................

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Estampas regionales................................................................................................................

21

Grandes distancias..................................................................................................................

37

Querellas provinciales............................................................................................................

53

Los nuevos vecinos.................................................................................................................

77

Las llaves de la ciudad............................................................................................................

99

A su servicio............................................................................................................................

117

La ciudad extensa...................................................................................................................

135

Destinos familiares.................................................................................................................

153

La morada inerme..................................................................................................................

175

En buena compañía................................................................................................................

195

Dignos de crédito....................................................................................................................

213

Últimas propiedades...............................................................................................................

233

Epílogo. Impresiones valencianas..........................................................................................

251

Referencias..............................................................................................................................

263


El juego del burgués 1. Con este volumen queremos enseñar un mundo o, mejor, un pedazo del mundo burgués, de esa forma de vida y de civilización que triunfa en la Europa del Ochocientos: queremos mostrar la sociedad valenciana del siglo XIX. Queremos, en fin, presentar a personajes reales, a individuos que residieron, que comerciaron, que prosperaron en esas tierras y en aquel tiempo. No es teatro ni ficción novelesca. Es investigación histórica y síntesis de conocimientos documentados: una operación que nos permite examinar a gente ya desaparecida, a nuestros antecesores. Podríamos decirlo parafraseando a Stephen Greenblatt: lo primero fue nuestro deseo de hablar con los muertos. “Este deseo es un móvil habitual, no siempre confesado”, insistía Greenblatt. “Nunca creí que los muertos pudieran oírme, y sabía muy bien que no podían hablar, pero estaba seguro de que podría recrear una conversación con ellos. Ni siquiera renuncié a este deseo cuando comprendí que por más que me esforzara en escuchar lo único que alcanzaría a oír sería mi propia voz. Pero mi propia voz es la de los muertos, ya que han dejado huellas textuales que se oyen en las voces de los vivos”.

“La mayoría de esas huellas tienen escasa resonancia”, admitía Greenblatt, aunque todas contengan “algún fragmento de vida perdida”. Es ese fragmento, en efecto, lo que nos proponemos recrear de aquel mundo burgués europeo y valenciano. Son sus caminos, sus puertos, sus ferrocarriles, sus comercios, sus calles, sus paseos, sus vivos y sus muertos los que se asoman a estas páginas. Pero no los rescatamos para instrucción de nuestros convecinos, ni para solaz de los naturales. O al menos no sólo con esa intención. En realidad, narramos la vida de gente remota, de burgueses muertos en un siglo que no es el nuestro y en unas ciudades que tampoco son exactamente las que ahora habitamos. De ellos nos separa el pasado. Esos mismos individuos y ciudades, con sus costumbres y sus formas de relación, no son las nuestras, pues sus actos no son equivalentes a los que hoy emprendemos. Hablamos de un tiempo alejado: un pasado extraño y distante que, en principio, no nos concierne. Por eso, hemos de recuperar y recrear esa vida, esas vidas, lo que tienen de concreto y lo que tienen de general, de manera eficaz, con sentido y con un relato convincente. Nos dirigimos a lectores variados que no necesariamente tienen interés en estas materias ni conocimiento de esta época. Este volumen no convoca sólo a los valencianos, sino a todos aquellos que quieran curiosear en el mundo burgués del que procedemos. El pasado no es exactamente el espejo en el que hallar nuestra imagen nítida y evidente. ¿O sí? De serlo, entonces ese espejo sólo reflejaría algo borroso, fracturado, una superficie en la que con suerte podríamos distinguir ciertas figuras, algunos perfiles apenas intuidos que deberíamos reconstruir. ¿A quiénes corresponden esos reflejos? Tienen algo de nosotros, sin duda, pero esas


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imágenes no son nuestro calco: son un juego de espejos cuyo resultado desconocemos. Insistamos. Lo que contamos ocurre en tierras valencianas y ése es el lugar de los hechos. Los actos humanos no son abstractos, ni se realizan en un lugar indefinido: siempre los emprenden personas que residen en espacios particulares, personas que dejan huella. Esos rastros nos permiten la reconstrucción y la recreación de los burgueses de antaño, de esa Valencia europea que forma parte de un Continente en cambio. Las ciudades son aglomeraciones humanas, lugares en donde se concentran vecinos para uso y disfrute de servicios comunes. Individuos y familias se reúnen, se comunican, se enfrentan o se protegen. Hay calles que conectan unas partes con otras, distintas vías que distribuyen a sus habitantes según zonas, más o menos caras, más o menos elegantes. Igual que hay espacios que segregan o marginan a quienes no cuentan. Las urbes contemporáneas separan según la renta y según los usos del suelo. Hay barrios populares y hay barrios distinguidos: en ellos hallamos todo tipo de residencias, los hogares elegantes que ocupan un edificio entero, las cómodas viviendas distribuidas por pisos o las casas menesterosas, donde el hacinamiento asfixia. Es un mundo local y a la vez extenso, abierto a las influencias de extraños, de foráneos. 2. Pero decimos burgués y todavía no hemos precisado a qué nos estamos refiriendo. En principio, esa palabra —que podemos hallar en distintas lenguas— designa a quien habitaba en el burgo, el asentamiento medieval. Y el burgo estaba constituido por lugares o villorrios reunidos hasta formar un dominio más vasto, la urbe. Y la urbe es un lugar con casas, con calles, con espacios públicos y privados, un ámbito de relación y de preservación de lo íntimo. Las ciudades crecen por agregación y por destrucción: poco a poco se van levantando nuevos hogares y nuevos barrios que se adjuntan, que se suman a los anteriores, o que reemplazan a los antiguos. Allí conviven gentes diversas, se juntan vecinos, individuos y familias se cruzan, se tratan o se evitan. Quien allí reside es un burgués, al menos en su sentido etimológico, y la civilización a que da lugar es la Europa propiamente burguesa, la Europa moderna de las ciudades y de los mercados, de la industria y del tráfico: un dominio local, protegido incluso con murallas, y a la vez abierto, conectado con otras urbes desde las que llegan tipos desconocidos y noticias más o menos inauditas. Es un tiempo largo, el de la Europa moderna; son varios siglos de expansión, entre el Quinientos y el Ochocientos. En ese mundo de ciudades hay una clase particular de vecinos dedicados a la fabricación y al mercadeo. Son esos burgueses, esas gentes laboriosas y productivas. Algunos abren talleres para establecer manufacturas. Allí producen bienes que cubren necesidades materiales: por ejemplo, los textiles o la cerrajería, los muebles y las baldosas o el vino. Otros simplemente comercian en el mercado local con los excedentes de los primeros o con las elaboraciones que les llegan de fuera, de otros mercados: por ejemplo, viandas o sombreros, coches y perfumes.


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El burgués que prospera es un negociante y es un hombre de mundo, alguien que comercia: con vista, con prudencia, con morigeración. Ha de incrementar sus beneficios luchando contra rivales que tienen los mismos objetivos. ¿De qué recursos se valdrá? De la información y de las economías que pueda hacer, de la baratura de sus elaboraciones o de la distinción de sus géneros. Incluso ha de salir de la urbe emprendiendo viajes para obtener suministros o para colocar mejor sus mercancías, esas con las que abastecer a sus clientes. Ha de aumentar el número de los socios, esos fabricantes y comerciantes que le proporcionan los productos de su catálogo. Y el catálogo es su razón social y su prestigio, el crédito que los restantes le dispensan. Entre los burgueses hay unos que prosperan y hay otros que se arruinan: unos que se enriquecen y otros que ven menguar sus caudales hasta la quiebra. El riesgo es su estado habitual, condición corriente de quienes han de enfrentarse a competidores avispados y han de satisfacer todo tipo de impuestos con que los gravan en esta o en aquella ciudad. El Ochocientos, etapa de liberalismo y de industrialización, fue el momento de la mejora burguesa, el siglo de su mayor prestigio. Es el XIX, con las revoluciones liberales y con la expansión de las manufacturas, el que mejora las condiciones del burgués, su bonanza. Pero aumenta igualmente los apuros de una competición creciente: la creación un mercado nacional que favoreciera el tránsito de mercancías fue una experiencia prometedora para quienes sabían aventurarse y fue una circunstancia arriesgada para quienes se conformaban con el pequeño obrador o con la modesta tienda de vara. Una gran transformación técnica acompañó a estos cambios, y las máquinas, con sus engranajes y sus ruidos, fueron los prodigios de esa civilización. Karl Marx glosó estos avances con arrobo y con desdén, sabiendo que el crecimiento que tanto admiraba era a la vez destrucción material y explotación humana. Hay que derribar todas las barreras que se opongan al progreso, se decían los esforzados patrones de ese Continente. La Europa burguesa, en pleno siglo XIX, era lo más parecido a una fábrica atronadora, con artefactos e ingenios, con chimeneas humeantes. Esa Europa, la de las ciudades populosas, se asemejaba a una feria multitudinaria, con mercaderes informados, siempre dispuestos a prosperar. Era también un territorio con incisiones constantes, con carreteras, con caminos, con raíles que lo surcaban por primera vez, lastimando un suelo secular, incluso milenario, pero progresando, es decir, acercando también los mercados, los tráficos de aquella civilización. Los burgueses rivalizan y a la vez crean un mundo que les es particular. Esto tiene un sentido propiamente mundano, como ya señalara Max Weber: se refiere a su capacidad de adaptación a circunstancias diversas y adversas; y alude también a la interpretación personal de sus triunfos materiales, pues el éxito confirma su destino. En el mejor de los casos son cosmopolitas, sabiendo estar en los lugares adecuados en los momentos oportunos. Van a su aire, buscando el lucro, pues al fin y al cabo actúan como agentes económicos que procuran aumentar sus utilidades. Los mejores son osados y valoran la intuición. Pero se conducen caute-


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losamente, pues tienen familia, parientes a los que se deben y a los que también deben ciertos lujos y ciertas disipaciones. Los burgueses aprenden a serlo cuando ahorran, pero también cuando se muestran calculadamente pródigos. Se permiten lujos cuantitativos, de derroche: por ejemplo, cuando contratan una servidumbre abundante. Se consienten también lujos cualitativos, de distinción: por ejemplo, cuando consumen bienes de superior calidad. Ambos gastos suntuarios pueden darse simultáneamente, como nos recordara Werner Sombart. El lujo personal, que los burgueses aprenderán a medir, es un goce de los sentidos y es ostentación; también deleite material, confort y refinamiento, algo que se logra con rigor y bastante esfuerzo. Con austeridad y audacia se muestran al mundo, luciendo sus galas, según la posición alcanzada. Invierten y consumen para sí y para los suyos, atendiendo al apellido y a las exigencias de su condición. Hay que administrar racional y prudentemente los recursos, pero hay que gastar. Hay que gastar haciendo economías. Son emprendedores: persiguen el beneficio, asegurando los patrimonios que reúnen; procuran obtener unos ingresos saneados, reservando previsoramente, con una ostentación sólo suficiente. Han de tener un conocimiento de las materias, han de llevar sus negocios con sensatez y cálculo. Benjamin Franklin lo dejó dicho en sus escritos autobiográficos y, desde entonces, es el mejor decálogo del negociante. La templanza, el orden, la decisión, la diligencia, la ponderación, el freno y la serenidad son, entre otras, virtudes burguesas a cultivar. Pero también el celo, el rigor y la seriedad en los negocios: de esas cualidades que son normas derivan el crédito del fabricante y del comerciante. 3. Confiamos en que el lector pueda ver lo que nosotros atisbamos a través de los documentos. Queremos, además, provocar un efecto: que tengamos la impresión de estar allí, de observar la vida en marcha. Cuando decimos efecto no aludimos a ficción alguna. El historiador no inventa, pero ha de mostrar y sugerir a partir de los rastros que quedan; ha de presentar un mundo desaparecido, ya inerte, del que sobreviven pocos restos. Este libro empieza y acaba en un mismo momento histórico: a comienzos del siglo XX, cuando la Exposición Regional Valenciana de 1909 confirma qué cosa es el antiguo Reino, cuando numerosos industriales y comerciantes se reúnen en el emplazamiento de la Alameda para mostrar y mostrarse, para fijar una imagen del territorio. Numerosos visitantes acuden al recinto con el fin de procurarse solaz mientras contemplan el esplendor del mundo burgués allí recreado. En el fondo, la Exposición Regional fue el gran colofón de ese mundo respetable y distinguido, justo cuando su universo estaba ya amenazado por la calle, por las masas, por la nueva modernidad tecnológica y por la guerra. La muestra no es sólo la irrupción de lo moderno, el acceso de la región a los avances del siglo, como a veces se dice. Es sobre todo la clausura de la sociedad respetable y burguesa. Plasma lo vivido y creado durante décadas, la imagen que los burgueses fueron dando de sí mismos y del espacio en que vivían: una sociedad comercial que exalta la feracidad agraria. Los productos de la huerta son mercancías. Por tanto, algo material con


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lo que ellos negocian. Pero son también una riqueza emocional y ornamental, un edén particular, propiamente el jardín de las Hespérides ahora revivido en Valencia. Es todo un cuadro de costumbres, un lienzo finalmente pintado en el que aparece retratada la región rural y pródiga. En eso, estos burgueses se asemejan a otros de diferentes países y ciudades. Todos imaginaron una localidad, una región, una nación, espacios en parte simbólicos y en parte reales, el ámbito de sus gestas y el suelo secular de sus antepasados, algo con lo que confirmarse, que además sirviera de argamasa, de vínculo social. ¿Nos parece correcto el resultado? Nosotros no exigimos nada a esos burgueses que fantasean con la región; no calificamos su conducta por lo que hicieron o dejaron de hacer. Nos limitamos a reconstruir ese pasado a partir del registro documental. Hemos de relatarlo, administrando las informaciones reunidas. Será el lector quien valore si las preguntas que nos hacemos son correctas y si de ellas se extrae alguna enseñanza. Pero hay que advertirlo inmediatamente: la historia no es un banco de pruebas que nos confirme o nos desmienta; tampoco es un juzgado en el que procesar a individuos de otro tiempo. Es contexto, es decir, circunstancias siempre limitadas y situaciones siempre comprometidas en las que los individuos obran con inercias y audacias: con expectativas, conocimientos y a veces quimeras. Por tanto, tampoco nosotros vamos a deplorar o a alabar los comportamientos que constatamos. Sólo intentamos comprenderlos y comprendernos a partir de ellos. Que ese pasado burgués de aquella Valencia remota sea algo desaparecido no significa que esté enteramente muerto. Aquí y allá sale continuamente a nuestro paso. Unas veces lo hace de forma estridente, sobre todo cuando se cruza con la memoria, con lo vivido o con el recuerdo de lo que creemos haber vivido. En otras ocasiones se esfuma, quedando confinado al trabajo de los especialistas. Entonces es como si esos vestigios no nos afectaran. Pero el pasado sigue ahí, latente: puede manifestarse en la esquina de una calle, en las placas que dan nombre a las plazas, en los monumentos que celebran a éste o a aquél; y puede revelarse en nosotros mismos. Nuestros hábitos, conductas o ideas abrevian y reproducen experiencias anteriores, y nuestra vida debe a los antepasados, a aquellos burgueses, más de lo que queremos creer. Deseamos que el lector perciba esa deuda, entendiendo lo que explícita e implícitamente queda en nosotros, aunque nos separe toda una vida y mucho más de un siglo. El sentido que le damos a las cosas ya no es el que entonces se les daba; tampoco las preguntas que nos hacemos ni lo que anhelamos hoy. Pero comprenderlo cabalmente nos obliga a rescatar ese universo ya desaparecido. Deseamos también que quien repase estas páginas pueda entender mejor la realidad valenciana actual en muchas de sus particularidades. Lo que hoy vemos, nuestra situación económica, cultural, social y política, ha podido ser de muchas otras maneras, pero ninguna de ellas era posible sin incorporar ese pasado, sin interpretarlo de alguna manera. No somos necesariamente lo que aquellos burgueses previeron e imaginaron, sino una de sus formas potenciales. Si existe, por ejemplo, un espacio denominado Comunidad Valenciana y si en ese lugar se matienen


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con fuerza tres provincias con mayores o menores diferencias, no se debe a ninguna necesidad histórica. El punto de llegada depende, claro está, de numerosos factores, muchos de los cuales son azarosos y externos, pero el camino ya estaba abierto: sólo era necesario que se dieran diversas condiciones para recorrerlo del modo que se ha hecho. Pero, como señalábamos, no es sólo lo local —el espacio— lo que nos interesa. El lugar de estudio no es propiamente el objeto de análisis. Nosotros no estudiamos las peculiaridades de un territorio; estudiamos comportamientos y relaciones en un territorio, que bien pudieron darse en otras ciudades. ¿Cómo obraban aquellos individuos? ¿En qué nos parecemos? Contestaremos a la primera pregunta, dejando que el lector se responda a la segunda. Se nos parecen y, como nosotros, vivían en un mundo local, vecinal, y a la vez extenso, abierto a influencias muy diversas. Atrapados hoy por la emergencia de lo global, a veces tendemos a creer que el de antaño era un mundo cerrado, exclusivamente particular, poco poroso. Sin embargo, no es así, o al menos no totalmente. Un suceso relevante acaecido en territorios muy alejados afectaba a las vidas de quienes habitaban en ciudades como Valencia. Y afectaba también a las expectativas que se hacían sus habitantes. Estas últimas se nutrían de materiales muy diversos, desde las pasiones literarias provenientes de cualquier lugar del mundo hasta los viajes de negocios o de placer que las buenas familias realizaban sin pausa; desde las tertulias en las que conversaban hasta las múltiples lecturas que hacían para informarse de las novedades del siglo. Ese mundo valenciano del Ochocientos fue, pues, una contribución concreta al modo de vida que se impuso en aquella Europa de negociantes y propietarios, de industriales y hacendados. Y, en ese Continente, lo más vistoso fue el triunfo de los burgueses, de su característica manera de entender la existencia. ¿Cuál es la cronología que enmarca todo eso? Desde 1909 emprendemos un viaje retrospectivo, un regreso a la Valencia de otro tiempo, la de mediados de siglo. Realizamos ese desplazamiento para ver en qué momentos se fija el modo de vida burgués. Y, sin duda, es en las décadas centrales del XIX, entre los años cuarenta y sesenta, cuando se imprime la marca definitiva. Con posterioridad, habrá alteraciones significativas y ocurrirán episodios muy relevantes, pero el modelo social, con las adaptaciones que se quieran, ya está establecido y, sobre todo, ya se ha extendido como referencia a imitar o a aspirar. Hablamos de logros. Éste es el primer triunfo de esos individuos: convertirse en ejemplo para el resto, espejo en el que mirarse. No sólo vencen en la lid económica, acumulando riquezas que otros ni siquiera sueñan. Dominan también en el ámbito político, controlando los mecanismos del poder en una sociedad de notables: con un sufragio restrictivo y convirtiendo ciertas instituciones en su patrimonio personal. Pero sobre todo atraen y persuaden a los vecinos con sus modales, sus costumbres, fijando patrones de conducta que muchos seguirán. Nosotros hemos querido presentar ese logro, saber cómo se produjo, sin limitarnos en exceso a una cronología estricta. Porque lo significativo es el modo en el que se despliega ese auge burgués, el modelo perdurable que lo define. Lo curioso


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—o no tanto— es que muchos de esos negociantes valencianos son unos recién llegados, en buena medida foráneos. No forman parte de familias de distinción antigua o de linaje secular. Son notables de nuevo cuño, patronos con una clientela creciente. ¿Cómo consiguen ese poderío y esa influencia? En realidad, no es un caso extraordinario. Es algo que ocurre en otras partes de España, pudiendo apreciarse también en las ciudades costeras valencianas: Benicarló, Castellón, Valencia, Gandia, Dénia o Alicante. Las oportunidades que brinda el comercio en todos esos lugares son las que permiten el establecimiento y posterior consolidación de apellidos más o menos nuevos. Por supuesto, no despuntan de un día para otro, sino que van prosperando materialmente, al tiempo que se benefician de las circunstancias. Llegará un momento en el que ya puedan reclamar una posición acorde con su pujanza económica. Eso ocurrirá en los años cuarenta, aunque en algunos lugares suceda un poco antes. La sociedad valenciana inicia entonces un período de prosperidad, que coincide más o menos con la denominada Década moderada (1844-1854). Es ésta una bonanza que algunos apenas sentirán, pero que las buenas familias aprovecharán para cambiar y fijar la sociedad a la que aspiran. Podríamos decir, en ese sentido, que a partir de esos años despliegan un nuevo juego social, el suyo, muy denso, con reglas que ellos mismos van estableciendo. Sólo pueden participar quienes conocen las normas, quienes entran a formar parte del círculo de los admitidos, un grupo que se irá ampliando con el tiempo. De momento, no obstante, los burgueses son los que tienen todos los triunfos, quienes parten y reparten. La metáfora del juego que aquí empleamos no es algo impostado. Se corresponde literalmente con la forma de vida que ellos llevan: podría servir para ilustrar su suerte. Han llegado, han logrado la recompensa que sigue al enriquecimiento y acaban señalando cómo se juega. El juego es competición y consumo: una manera de mostrarse a los demás, un modo de darse a conocer, distinguiéndose: haciendo ver y haciéndose ver, obteniendo ganancias y aparentando mayores y mejores resultados. Estos negociantes, claro está, no surgen de la nada. Adoptan modelos previos, pero introduciéndolos en un contexto totalmente distinto, una vez que han desaparecido los estamentos del Antiguo Régimen y el sistema liberal se va imponiendo. En ese sentido, sus triunfos en todos los órdenes son señales, es decir, son un límite que marca las distancias sociales; son indicio o aviso o representación del poder adquirido, casi como un sello o un escudo de armas. Pero la voluntad es que ese juego se amplíe, que otros puedan sumarse en sus círculos respectivos, viendo cómo lo hacen los que ya han demostrado habilidad y destreza, los que ya han triunfado. En ese sentido, no todos pueden aspirar a ocupar un lugar relevante, pero sí pueden participar de las pautas de esa vida. No todos pueden ser burgueses, pero sí pueden adquirir las cualidades que les son propias. Precisamente por eso, este volumen ocupa en realidad un siglo, el de la burguesía y el del aburguesamiento. No nos obsesiona la cronología: preferimos exponer unas estampas que nos muestren instantes de la nueva vida urbana. No nos obsesiona


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tampoco detallar todas facetas de ese mundo: lo económico, lo social o lo político. Preferimos describir la cultura burguesa en un caso local. En fin, el libro es también una suma de estampas, un conjunto coherente de ilustraciones que pueden ser leídas separadamente. 4. Estampar es imprimir, dejar escrita o dibujada una cosa sobre distintos soportes: papel, tela, planchas de metal, etcétera. Esa acepción la registran los distintos diccionarios. Estampar es también marcar una huella mediante presión. Es fijar, pues. En ambos casos, la acción de estampar implica presionar o arrojar algo contra una superficie, dejando algún rastro, parcial o completo de la cosa lanzada o prensada. La palabra estampa tiene una resonancia antigua, con referencias más o menos remotas y con usos aún recientes. El diccionario de la Real Academia Española anota distintas acepciones. De entrada, una estampa es toda representación de una cosa o persona en un dibujo, grabado o fotografía. Esta acepción es muy general y asocia la palabra a su equivalente: imagen. Pero estampa tiene también un sentido concreto: es la reproducción en un soporte distinto de una imagen ya existente. Es, pues, una reiteración que altera o modifica algo previo por el hecho mismo de trasladarlo. La percepción del espectador ya no puede ser la misma, dado que el marco, el contorno, el contexto, la superficie han cambiado. Lo repetimos: tenemos un dibujo, una pintura o una fotografía; si trasladamos esa imagen a un soporte distinto del que está grabada o dibujada, realizamos una estampa. De entrada no hacemos más que repetir esa efigie o ese perfil, pero cambian, pues modificamos su concepción y su empleo. La operación de estampar los transforma. Por eso, voces como las de estampa, imprenta, impresión acaban siendo sinónimas. Pero hay que hacer más precisiones. Desde antiguo y por antonomasia, llamamos estampa a la figura religiosa que reproducimos a partir de una imagen previa. De ahí proceden las expresiones “estampas religiosas” o “estampitas”, esos santos que sirven de invocación. Y así en el uso corriente se suele decir que un libro con estampas es un libro con santos. Pero esos santos no son sólo figuras religiosas: por extensión y coloquialmente designan también toda ilustración de un volumen. Y así los santos de un libro pueden ser las figuras completas de ciertas personas. Ahora bien, de esa santidad o de esa cualidad especial deriva un uso particular. “Era la estampa de la hidalguía”, leemos en el María Moliner. Esa fórmula sirve para calificar a quien puede tomarse como el modelo de cierto tipo de características o rasgos y en ocasiones se refuerza con una frase hecha: “la viva estampa” como sinónimo de ejemplo. Finalmente, estampa también designa la huella de una persona o animal sobre la tierra, ese cerco que queda por la simple presión de las extremidades de un cuerpo. Es decir, una presencia física que en realidad es también una ausencia: la de la persona o animal que han dejado ese rastro. Tomemos estas palabras y sus acepciones en un sentido directo y en un sentido metafórico. En este libro encontraremos cierto tipo de estampas procedentes del siglo XIX. Las gentes del Ochocientos dejaron huella material de sí mismas en


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documentos o fuentes, en distintos soportes en los que se han conservado dichas trazas. Nosotros reunimos parte de esos restos, sacamos a la luz algo de lo que estaba oculto u olvidado, enterrado en archivos o en viejos papeles. Alguien dijo en cierta ocasión, y no nos cansaremos de repetir esta ocurrencia, que una investigación sobre el pasado era el traslado de huesos de un cementerio a otro. Quizá exageraba. O quizá no: en cualquier caso, ese sentido funerario de la historia está presente en estas páginas. Exhumamos restos, en efecto. Los historiadores tratan de cosas generalmente desaparecidas, de hechos que precisamente ya no están ni ocurren. Puede parecer una tarea extraña, un ejercicio raro. ¿Para qué remontarse a lo pasado cuando lo presente es aquello que nos acucia? Pero, bien mirado, ese trabajo funerario no es tan inactual o intempestivo. Lo pretérito no ha desaparecido y continúa provocando efectos sobre nuestras vidas. El pasado sigue latente en la memoria de las personas, en los relatos familiares que pasan de generación en generación agigantando o mejorando tal vez lo que realmente sucedió. Y sigue presente, lo sepamos o no lo sepamos, porque es utilizado socialmente para determinados fines. Lo remoto o lo cercano cobran una dimensión nueva: esa huella sigue ahí, estampada en la memoria de individuos que no vivieron, que no pudieron vivir hechos que les han contado. Los historiadores recopilan restos para trazar entre ellos un hilo conductor, para ponerlos en relación. La huella singular es algo que ha sobrevivido, ese cerco bien visible que queda marcado. El investigador debe reconstruir la acción que la produjo para entender por qué los individuos hicieron lo que hicieron. El resto material es lo que falta, sí, pero también es lo que está: un repertorio posible de informaciones que un ojo adiestrado sabrá interpretar. Eso es lo que encontramos en los archivos, en las bibliotecas: trazas o estampas de individuos que ya no están. Pero también en nuestras calles y en nuestras ciudades. Si las miramos con atención, vemos cosas, rastros de otro tiempo que han quedado ahí estampados. Cada día, cuando circulamos por nuestra ciudad, observamos lo que nos rodea. Conducimos el automóvil centrando nuestra mirada en los reclamos: en los anuncios, en los otros coches o en esos peatones que también nos ven. Transitamos por calles con nombre, con historia: allí se acumulan los restos de un pasado. No pisamos el presente, ese nuevo asfalto que todo lo cubre: de hecho repetimos itinerarios que otros han recorrido, una herencia que sólo parcial y empeñosamente modificamos. Sin ir más lejos, podemos ir por algunas de las grandes vías valencianas. Son avenidas principales, densas y distinguidas. Muchas forman parte de los ensanches respectivos y no es raro que estén dedicadas a ciertos patricios locales del Ochocientos. Así, por ejemplo, Eleuterio Maisonnave, en Alicante; José Campo, en Dénia, o Tomás Trénor, en Valencia. Cuando marchamos por esas vías escuchamos el ruido ensordecedor de las motocicletas o de los automóviles que marchan con premuras. Ya no podemos oír a los antepasados, sean patricios o plebeyos, pero sí que podemos ver una parte de lo que ellos observaron. Si miramos con lentitud y cuidado estas ciudades u otras, atisbaremos lo pretérito, distinguiendo los restos de esas urbes, las herencias ma-


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teriales de otros tiempos. Les proponemos estacionar sus vehículos para bajar a la calle, para acudir a un espacio peatonal, un lugar que resume y compendia lo que aquel tiempo fue y ya no vemos inmediatamente. O para echar un vistazo a gentes de esa época que hoy nos parece tan remota. En las calles hay señales que nos guían, que facilitan el tráfico, pero hay sobre todo indicios de un pasado que fue presente. Esos atisbos son numerosos y, a poco que nos esforcemos, podremos hallarlos. Son monumentos y, a la vez, son documentos. El monumento es un artefacto singular, la huella material (en piedra, en mármol, en bronce, etcétera) que unos individuos quieren dejar de su tiempo o del pasado en el que se reconocen o al que homenajean. Funciona como un recuerdo, como un memento. Dice Joan Corominas en su Diccionario etimológico de la lengua castellana que la palabra procede del latín y deriva concretamente del infinitivo monere: advertir. En efecto, el monumento nos advierte, reclama nuestra atención, nos hace pensar: es un objeto visible que nos interpela y que nos exhorta. En principio, el documento es otra cosa. También es un artefacto material, pero es principalmente el instrumento en cuyo soporte (papel u otros) se depositan datos, una pieza que forma parte de un conjunto: el archivo. El archivo no es el entorno visible de una calle, sino un recinto protegido, guardado, custodiado. Es un depósito. Etimológicamente, documento procede de documentum, palabra que entre otras cosas significa ejemplo. Y documentum viene del infinitivo docere: enseñar, manifestar, mostrar. ¿Qué tienen en común? Podemos tomar los monumentos como documentos, como testimonios del tiempo en que fueron erigidos; y, a la inversa, podemos tomar los documentos como monumentos, como la imagen que las sociedades quieren dar de sí mismas, con énfasis. Pero no nos perdamos en este galimatías etimológico y avancemos. En la ciudad de Valencia, en uno de los cruces de la Gran Vía del Marqués del Turia, hay un monumento bien visible. Es un conjunto que, desde que fuera erigido en 1913, conmemora al poeta y periodista Teodoro Llorente Olivares. La escultura fue obra de Gabriel Borrás. Tiene forma circular y es la suma o agregación de distintos motivos: entre otros hay un dulzainero, un tamborilero, una niña con una tinaja de miel y una representación alegórica de la poesía. Lo que allí vemos se completa con una escena, la de la coronación de Teodoro Llorente. Literalmente: como era costumbre en actos florales y certámenes líricos. Así es: en uno de los actos de la Exposición Regional Valenciana de 1909 se le impone una corona de plata con forma de ramas de laurel. Unos metros más allá, en el centro de la plaza dedicada a Antonio Cánovas del Castillo, nos encontramos con otro conjunto escultórico, el dedicado a José Campo, marqués de Campo. Inaugurado en 1908 en un emplazamiento distinto, ese monumento quedará ubicado en la desembocadura de la Gran Vía en 1933. En la cara anterior del pedestal que lo celebra podemos leer: “Valencia al primer marqués de Campo. MCMVIII”. En el reverso se dice: “Iniciador de las reformas urbanas en el siglo XIX”. En este conjunto no es la poesía lo que se representa, pues —que se sepa— el marqués no cultivó la literatura. Son el ferrocarril, el gas, la marina y la caridad, dedicaciones


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preferentes de José Campo, según el recuerdo de sus contemporáneos. Fueron iniciativas locales, mejoras de una ciudad de la que él había sido alcalde. Pero fueron también transformaciones que, como en el caso del ferrocarril, conectaban la urbe con otras ciudades valencianas. En este libro no hay fotos ni santos que ilustren. No hay monumentos que podamos reproducir. Pero hay estampas, documentos impresos de otro tiempo, imágenes vivas, vivísimas, de individuos en su contexto, en su paraje. Como hay rastro de las palabras que dijeron y de los actos que realizaron. Tenemos imágenes que hemos de relacionar, restos que hemos de trabar, sabiendo qué nos dejamos fuera; sabiendo que la exhumación no es definitiva. La historia no es un proceso que se desarrolle consumando finalmente lo que ya estaba en origen. Tampoco es una narración coherente en la que todo encaje para conformidad común o alivio general: ni siquiera es recorrido continuo que nos transporte desde un momento original a otro superior que lo justificaría, nuestro presente. Si así fuera, los historiadores no seríamos más que cronistas, como dijera Walter Benjamin: enumeradores de acontecimientos pasados, de glorias menudas o gigantescas en confusa mezcla. Si así obráramos, reuniríamos bajo una cronología lineal un cúmulo de acontecimientos y sucesos o una retahíla de fechas y personajes. Si así empleáramos los documentos, en fin, cultivaríamos una historia monumental. La historia monumental, al decir de Friedrich Nietzsche, es aquella en la que el cronista da un sentido memorable a lo pretérito, a la sucesión de lo ocurrido: el relato de una gesta unívoca que, llegando al presente, racionaliza retrospectivamente y nos conforta. Nuestra reconstrucción tiene en cuenta los monumentos, pero rastrea los documentos: para así evitar que una supuesta coherencia ate perfectamente las partes, imponiéndonos una determinada idea del pasado. No hay una única forma de examinar, de explicar y de comprender ese pasado. El mismo Walter Benjamin postulaba una recuperación selectiva y fragmentaria de esa historia inerte, ya concluida: proponía detenerse en ciertos instantes desaparecidos, instantes que nos iluminan, que nos interpelan y que, por eso, nos fuerzan a darles sentido. De este modo, evitaríamos aquel procedimiento basado en la simple suma, que sólo nos proporciona una sucesión de hechos con los que llenar el tiempo, como si éste estuviera vacío y fuera homogéneo. Con dicha perspectiva, que es la que adoptamos, no vemos monumentos que pregonan trayectorias ascendentes, victorias señaladas o consumaciones definitivas, sino sobre todo documentos que muestran líneas contradictorias, proyectos alternativos, cosas que fueron y desaparecieron o futuros posibles que no cuajaron. Si la historia la vemos así, quizá nos sea más sencillo evitar la simple sucesión lineal: ya no podremos ofrecer al espectador una perspectiva coherente, mansa, complaciente, de una realidad que es compleja y dispersa. 5. Este libro recoge algunas de nuestras investigaciones previas. Desde 1992, año en el que publicamos La ciudad extensa, hemos ido ampliando nuestras indagaciones sobre ese mismo asunto, tanto en artículos como en otros volúmenes:


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por ejemplo, Diario de un burgués o Trenor. La Exposición de una gran familia burguesa. Entre ellos, son comunes el objeto y la perspectiva adoptada, que —para entendernos— llamaremos microhistórica: reducimos la escala de observación para apreciar mejor los comportamientos, según una clave de historia cultural. Esos ejercicios microhistóricos nos han permitido comprender mejor a los burgueses y su mundo. El que ahora tiene el lector combina de nuevo lo particular y lo general, una síntesis de lo concreto y un análisis del todo. Hemos procurado que este estudio tuviera en cuenta lo que se ha escrito sobre otras grandes ciudades valencianas, para las que disponemos desde hace años con diversas monografías. Sin embargo, la variedad de perspectivas hacía difícil una consideración de conjunto. Los conocimientos que hay sobre la ciudad de Valencia no son equiparables a los que tenemos para otras localidades, por lo que el resultado sería inevitablemente desequilibrado. Por otra parte, forzar en exceso un enfoque global, como si lo que hoy llamamos Comunidad Valenciana fuera una evidencia ya en el pasado, habría sido un anacronismo. Esperamos, no obstante, que el lector entienda desde los primeros capítulos cuál es el sentido de lo que proponemos. Además, centrarnos en una de las capitales valencianas no significa que olvidemos las otras en determinados momentos o que todas ellas y algunas que no lo son se vean reconocidas finalmente, puesto que de lo que se trata en parte —repetimos— es de esbozar el mundo burgués, más allá del lugar que le sirva de soporte. Por supuesto, lo que ahora ofrecemos al lector es fruto de una investigación previa. Es decir, puede haber pasajes que recuerden otros que hemos escrito previamente, sobre todo en la parte central del libro. Es lo que ocurre con los epígrafes que giran en torno a la ciudad de Valencia, cuando describimos quiénes son esos burgueses y cómo vivieron. Todo lo relativo al control de las instituciones, al modelo comercial, a las inversiones, a la familia o al encuentro social, entre otras cosas, remite a estudios previos, que hemos incorporado aquí, reescribiéndolos, ampliándolos y quizá mejorándolos. Pero también hemos redactado de nueva planta capítulos específicos que abordan cuestiones totalmente inéditas. En cualquier caso, la extensión de esos capítulos es variable, dependiendo de la información y de la perspectiva que hemos adoptado en cada momento: no queremos obedecer la elemental y discutible ley de simetría. Lo que queremos es que el lector se deje llevar, adentrándose en el tema y preguntándose de dónde nos vienen las formas de vida que hemos heredado. Esas formas tienen su origen en un modelo que se consuma a principios del siglo XX, cuando la región parece asistir con esplendor y gloria a su rememoración y muestra. Es una imagen muy conocida y con ella concluimos. Decíamos antes que este libro es también una suma de estampas, un conjunto coherente de ilustraciones que pueden ser leídas separadamente, Eso es lo que esperamos, porque cada capítulo es como una viñeta, como una condensación del gran relato decimonónico, el del juego burgués.


Estampas regionales 1. “Valencia se dispone a celebrar uno de los acontecimientos más grandes de su historia moderna: hace un siglo, en un arranque de virilidad, asombró a España levantándose fieramente contra quien quería usurparle su independencia; hoy, tras de cien años, con igual gallardía, sacude su enervamiento y se dispone a dar alto ejemplo de patriotismo, mostrando a la nación su vitalidad”.

Esta prosa inflamada, de sintaxis enardecida, procede del primer editorial de Valencia. Literatura. Arte. Actualidades. Más de un siglo ha transcurrido desde aquel evento. Y más de doscientos años nos separan de aquel primer hecho histórico que menciona el editorialista. Uno es la Exposición Regional Valenciana, que comienza el 22 mayo de 1909; otro es el amotinamiento de El Palleter, que había tenido lugar el 23 mayo de 1808. A comienzos del siglo XX, una muestra regional en Valencia es un empeño de una magnitud desconocida, sin parangón con las iniciativas anteriores. Es algo insólito, un desafío de porvenir incierto. Hay que afrontarlo con coraje, viene a decirnos el editorialista. Y hay que responder como otros antepasados lo hicieron: con un arranque de virilidad o con igual gallardía. El editorialista usa la historia para justificar lo nuevo y para tomar ejemplo, comparando dos hechos que, bien mirados, son incomparables. Nada tiene que ver una invasión con una exposición; como tampoco nada tiene que ver un amotinamiento con la organización de una muestra. Pero en ambos hechos hay una población dispuesta a moverse, jefes y subordinados que los siguen, una masa que se sentirá orgullosa de su acción colectiva. Lo nuevo arraiga en la historia, pero lo actual se hace presente gracias al pasado. El editorialista de Valencia escribe en 1909 pero se observa en el espejo de la historia y las analogías que encuentra le sirven para perfilar lo que ahora hacen o manifiestan ser sus contemporáneos. Así, los valencianos de 1808 habrían dado muestras de virilidad, de fiereza, levantándose contra las tropas napoleónicas, capitaneados por Vicente Doménech, El Palleter. Por su parte, los valencianos de 1909 también han de sacudirse su modorra. O, mejor, su enervamiento: creían carecer de fuerzas, de energías, con las capacidades totalmente disminuidas; creían estar postrados, debilitados por sus propios enfrentamientos o por su desidia. Ahora se comprueba que no es así, que otra vez se levantan. Se levantan guiados por Tomás Trénor Palavicino, el organizador de la Exposición Regional que va a comenzar. Los publicistas esperan lo mejor de ese pueblo y de ese director. Muchas veces, observar el pasado no sirve para el conocimiento, sino para el reconocimiento. En este caso, a los redactores de la revista Valencia la historia les vale para establecer similitudes, semejanzas más o menos superficiales. Describen la vida pública como una sucesión de estados: de debilidad o de vigilia, de fuerza o de flacidez. La colectividad es un cuerpo que necesita estimulantes, algo que lo


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vigorice, sacándolo del letargo. Así conciben el mundo, el grande y el pequeño, el de la ciudad y el de la región en las que habitan, de la ciudad y de la región de las que ahora van a hacer su crónica y a las que van a apelar una y otra vez. Tomás Trénor Palavicino, el presidente del Comité Ejecutivo de la Exposición, volverá a emplear ese término, virilidad, una expresión que hoy nos parece extraña. Y lo hará cuando recuerde la reacción de sus convecinos en ese año de 1909. “Valencia tuvo la virilidad de imponerse una política única, la de unir a sus hijos todos en una sola intención y un solo afán”, intención y afán en que convinieron todos: “los menos disciplinables” y “los más rebeldes”, pero también “los partidos locales históricos y los partidos populares”. Es decir; “los ciudadanos habituados a respetar las jerarquías que hallaron establecidas y los que riñen continuas batallas contra lo que tienen por arcaico y doctrinario y contrario a los principios de Igualdad y Fraternidad”. Virilidad es ponerse de consuno, es agrupar las fuerzas dispersas, es mostrar el mayor vigor para enfrentar los retos. Se da en los varones —como su etimología indica — y se da en las colectividades a las que guía un varón esclarecido, providencial. Eso es lo que se infiere de sus palabras. El Palleter fue quien mostró la mayor energía para oponerse a Napoleón, al peor enemigo. Trénor es ahora, en 1909, quien estimula y aúna frente al peor enemigo, y éste no es un agente extraño, un usurpador externo, sino la desunión y la resignación internas. La publicística de la época así lo describe: la Valencia del Novecientos necesita un revulsivo, un acicate que la saque de la postración. Así se ven. Como en una milicia o como en una brigada de trabajadores, Trénor se pone al frente: un “ejército del trabajo, que tan bizarramente batalló por Valencia logrando envidiadas victorias”, dirá tiempo después. Allí, en esa empresa, no había distingos, recordará: sólo un “¡ejército mío, en cuyas filas todos éramos iguales, porque todos queríamos y anhelábamos lo mismo!”. No había distingos, cierto, pero había un capitán. O, como dicen los redactores de Valencia, la Exposición fue un “colosal propósito” al que sólo podía darse curso “con la bravura del soldado y la serenidad del hombre de negocios”. El militar y el negociante como figuras de proa, como avanzados. Las analogías se repiten y, por tanto, la verbosidad hace hincapié en expresiones consolidadas a lo largo de un siglo de nacionalismo e historicismo europeos, donde la nación y la historia van unidas y en progreso: “Lo que Valencia ha hecho ahora es la revelación de energías creadoras, que estaban latentes, dormidas, inútiles. Es el despertar a nueva vida, es una transformación sorprendente y triunfante. Faltaba en nuestra hermosa ciudad, por circunstancias que aquí no hemos de señalar, acción común, vida colectiva, espíritu de unión, iniciativas, confianza y fe en la obra de progreso”.

Ése es el dibujo que trazan los redactores de aquel editorial. La imagen de un despertar, de una vigilia atenta, es propia de todo regionalismo o nacionalismo reparadores. Ha de recuperarse el tono vital y hay que desechar lo inerte. Esta-


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mos en una centuria vertiginosa, estamos a comienzos del siglo XX. La velocidad cambia las formas de vida de los europeos de aquella época. Nuevos ingenios que acortan distancias, que abrevian los tiempos. El mundo se mecaniza, se masifica, se apresura. Quien se despiste perderá su turno. ¿Y los valencianos? En 1885, Karl Benz había construido el primer coche con motor de gasolina: era un triciclo de tracción trasera con un cambio de velocidades por correa, un vehículo que hoy vemos con simpatía, con nostalgia. Las primeras fábricas montaban los automóviles de manera casi artesanal, hecho que encarecía notablemente su precio. Por eso y durante bastante tiempo, los coches son en Europa un lujo inalcanzable para la mayoría. A principios del Novecientos, las marcas compiten por ganarse a su restringido público. Hay que moverse con el siglo. A toda velocidad. La revista Valencia, aparecida en mayo de 1909, concluía en enero de 1910, justamente cuando se clausuraba la Exposición Regional Valenciana. La publicación esperaba ser el calco de esa región veloz, una metáfora del todo conveniente, pues en la muestra los automóviles tuvieron una significativa presencia: con caravanas organizadas, con demostraciones de pilotos avezados. La revista Valencia esperaba también hacer la crónica de ese acontecimiento regional y transformador; pretendía igualmente relatar las gestas diarias, el despliegue de la organización y la realización de los regocijos públicos; quería asimismo registrar la memoria y la alabanza de sus protagonistas, de esa Valencia burguesa que se dio cita en el recinto de la muestra y que parecía llamada a capitanear la región. Allí, en su Gran Casino por ejemplo, se congregó lo más distinguido y principal, rivalizando en sus bailes y en el refinamiento, lo más exquisito que una capital provincial podía ofrecer. Además de los salones ricamente decorados con muebles estilo imperio, esas dependencias, las del Gran Casino, contaban con las últimas novedades del aseo y el confort: por ejemplo, “un baño que no carece absolutamente de ningún detalle propio del más refinado gusto, como lavabo, water closet, aparato para calentar el agua, ducha, claros espejos, etc.”. En efecto, “todo, en fin, lo que pueden exigir a una gran ciudad los extranjeros adinerados y quienes por costumbre o nacimiento necesiten distracción y comodidades”. Los cronistas así lo precisan. ¿Quiénes fueron los visitantes? El gentío fue numeroso, pero sobre todo destacaron industriales, comerciantes, propietarios, sportsmen, aristócratas de postín, damas casaderas, esposas refinadas, poetas galardonados, políticos de campanillas: un público ávido, que quiere ver, conocer y disfrutar con los avances, con las muestras del ingenio valenciano. Según detallaron los periódicos una y otra vez, los vecinos habían visto el Ochocientos como un siglo de progreso, aceleración y mejoras: todo un repertorio de novedades técnicas que se ponían al servicio de la industria, de la agricultura e incluso del ciudadano corriente. Distintas corporaciones, desde la Real Sociedad Económica de Amigos del País hasta el Ateneo Mercantil de Valencia, pasando por la Sociedad Valenciana de Agricultura o las Diputaciones Provinciales, daban respaldo y acogida a esas iniciativas. Allí, en sus respectivas salas de reuniones, circulaban la información y esas primicias técnicas


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