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Título original: Secret of the Seventh Son Primera edición: mayo, 2010 © 2009, Glenn Cooper Publicado originalmente por Harper Collins Derechos de traducción negociados con Sandra Dijkstra Literary Agency y Sandra Bruna Agencia Literaria, S. L. Todos los derechos reservados © 2010, Random House Mondadori, S. A. Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona © 2010, Sergio Lledó Rando, por la traducción Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Printed in Spain – Impreso en España ISBN: 978-84-253-4390-2 Depósito legal: B. 16.054-2010 Compuesto en Lozano Faisano, S. L. (L’Hospitalet) Impreso y encuadernado en Printer Industria Gráfica Ctra. Nacional II, km 600 08620 Sant Vicenç dels Horts (Barcelona) GR 4 3 9 0 2
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21 de mayo de 2009, Nueva York avid Swisher giró la bolita de su BlackBerry hasta que dio con el correo electrónico que le había enviado el director de finanzas de uno de sus clientes. El tipo quería encontrar el momento para ir a Hartford y hablar de cómo financiar una deuda. Pura rutina, la clase de trabajo que dejaba para su viaje de vuelta a casa. Empezó a teclear una respuesta mientras la limusina avanzaba por Park Avenue con continuas paradas debido al embotellamiento. Una campanita anunció la llegada de un nuevo correo. Era de su esposa: «Tengo una sorpresa para ti». David contestó: «Estupendo. Me muero de ganas». Al otro lado de la ventanilla de su limusina las aceras estaban llenas de neoyorquinos embriagados por los primeros brotes primaverales. La diáfana luz de la tarde y el aire cálido y liviano animaban sus pasos y exaltaban su espíritu. Los hombres, con la chaqueta al hombro y la camisa remangada, sentían la brisa en sus brazos desnudos; las mujeres, con sus ligeras minifaldas, en los muslos. Desde luego, la libido estaba por las nubes. Las hormonas, encerradas como barcos atrapados en el hielo ártico, empezaban a fluir con libertad gracias al deshielo primaveral. Esa noche la ciudad estaría agitada. En el ático de un bloque de apartamentos alguien había puesto la exuberante pieza de Stra-
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vinsky La consagración de la primavera en su equipo de música, y las notas planeaban desde las ventanas abiertas y se fundían con el bullicio de la ciudad. David, concentrado en su brillante pantalla, no prestaba atención a nada de eso.Y, oculto tras los cristales tintados, nadie le prestaba atención a él, un banquero de treinta y seis años especialista en inversiones, acomodado, con una buena mata de pelo, un fino traje de algodón comprado en Barneys, y ese ceño fruncido que se le quedó un día que no significó nada para su carrera, su ego o su cuenta bancaria. El vehículo se paró en su edificio de Park Avenue con la Ochenta y uno, y al caminar los cinco metros que separaban la esquina del portal se dio cuenta de que hacía buen tiempo. Como para celebrarlo, inspiró profundamente, se llenó los pulmones de aire y luego hasta sonrió al portero. —¿Qué tal va eso, Pete? —Ya ve, señor Swisher. ¿Qué tal hoy la bolsa? —Una hecatombe —dijo mientras pasaba junto a él—. Guarde su dinero bajo el colchón. —Su broma de siempre. Su piso de nueve habitaciones, en una octava planta, le costó algo menos de cinco millones de dólares cuando lo compró, poco después del 11 de septiembre. Un robo. Los mercados financieros y los vendedores estaban de los nervios, aunque lo cierto es que se trataba de una perita en dulce, un edificio del período anterior a la guerra, con techos de cuatro metros de altura, cocina-comedor y chimenea. ¡Y en Park Avenue! Le gustaba bucear en los fondos del mercado sin importarle el tipo de mercancía.Tenía más espacio del que necesitaba una pareja sin hijos, pero era un trofeo que provocaba la admiración de sus familiares, y eso hacía que se sintiera endemoniadamente bien. Por otra parte, ahora le darían por él siete millones y medio, aunque fuera a precio de liquidación, así que, como se recordaba a menudo, había hecho un negocio redondo. El buzón estaba vacío. 8 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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—Eh, Pete, ¿ha llegado ya mi mujer? —gritó por encima de su hombro. —Hace unos diez minutos. Esa era la sorpresa. Su maletín estaba en la mesa del recibidor, sobre un montón de cartas. Cerró la puerta sin hacer ruido e intentó andar de puntillas para acercarse a ella por detrás, ponerle las manos en los pechos y apretarse contra su trasero. Su idea de pasarlo bien. El mármol italiano dio al traste con su plan cuando sus flexibles mocasines lo delataron. —¿David? ¿Eres tú? —Sí. ¡Has vuelto pronto! —gritó él—. ¿Cómo es eso? —Adelantaron mi declaración —contestó ella desde la cocina. El perro oyó la voz de David y echó a correr como un loco desde la habitación del fondo; sus patitas resbalaron en el mármol y el caniche acabó estrellándose contra la pared cual jugador de hockey. —¡Bloomberg! —exclamó David—. ¿Cómo está mi pequeñín? —Dejó el maletín en el suelo y levantó a la bolita de pelo blanco, que le lamió la cara con su lengua rosada mientras su cola cortada se agitaba enérgicamente—. ¡No te mees en la corbata de papá! No lo hagas. Buen chico, buen chico. Cariño, ¿han sacado a pasear a Bloomie? —Pete ha dicho que Ricardo lo sacó a las cuatro. Dejó al perro en el suelo y fue a buscar el correo; lo clasificó en montones, como siempre hacía. Facturas. Comunicados. Basura. Cartas personales. Mis catálogos. Sus catálogos. Revistas. ¿Una postal? Una postal blanca impoluta con su dirección impresa en letras negras. Le dio la vuelta. Había una fecha escrita: 22 de mayo de 2009.Y junto a ella, una imagen que le perturbó nada más verla: la inconfundible silueta de un ataúd, de unos tres centímetros de largo, dibujado con tinta. 9 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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—Helen, ¿has visto esto? Su esposa fue hacia el recibidor, sus tacones repiqueteaban en el suelo.Tenía un aspecto magnífico: traje Armani de color turquesa claro, doble collar de perlas cultivadas justo encima de la insinuación del escote y pendientes a juego que se balanceaban bajo su peinado de peluquería. Una mujer muy guapa, cualquiera estaría de acuerdo. —¿Si he visto qué? —preguntó. —Esto. Helen le echó un vistazo. —¿Quién la envía? —No hay remite —contestó David. —Está timbrada en Las Vegas. ¿A quién conoces en Las Vegas? —Cielos, yo qué sé. He hecho negocios por allí… pero no se me ocurre nadie. —Tal vez sea una promoción de algo con publicidad provocadora —opinó ella mientras se la devolvía—. Seguro que mañana recibes algo más que lo explica todo. Lo convenció. Helen era lista y normalmente tenía intuición.Aun así… —Es de mal gusto. Un maldito ataúd… Hombre, por favor. —No dejes que esto te cambie el humor. Estamos los dos en casa a una hora decente. ¿No te parece genial? ¿Y si vamos a Tutti’s? David dejó la postal en el montón Basura y le agarró el trasero. —¿Antes o después de que hagamos locuras? —preguntó él, esperando que la respuesta fuera «Después».
La postal estuvo en la cabeza de David toda la noche, aunque no volvió a sacar el tema. Pensó en ello mientras esperaban a que les sirvieran los postres, pensó en ello ya en casa justo después de que se hubiera corrido dentro de Helen y pensó de 10 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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nuevo en ello cuando sacó a Bloomie para un pis rápido fuera del edificio antes de que se fueran a la cama.Y fue la última cosa en la que pensó antes de quedarse dormido, mientras Helen leía a su lado y el resplandor azulado de su lamparilla de pinza iluminaba tenuemente los oscuros contornos del dormitorio. Los ataúdes le aterrorizaban. Cuando tenía nueve años, su hermano, de cinco, murió de un tumor de Wilm, y la imagen del pequeño ataúd de caoba de Barry, apoyado en un pedestal en la capilla funeraria, todavía le perseguía. Quien le hubiera enviado esa postal era un anormal.Así de claro y simple. Desconectó la alarma del despertador unos quince minutos antes del momento en que habría sonado, a las cinco de la mañana. El caniche saltó de la cama y se puso a hacer la misma tontería de todas las mañanas: correr en círculos. —Vale, vale —susurró—. ¡Ya voy! Helen seguía durmiendo. Los banqueros iban a la oficina horas antes que los abogados, así que le tocaba a él sacar al perro por la mañana. Unos minutos más tarde, David saludaba al portero de noche mientras Bloomberg tiraba de la correa hacia el frío matinal. Se subió la cremallera de la chaqueta del chándal hasta el cuello justo antes de empezar su circuito habitual: hacia el norte hasta la Ochenta y dos, donde el perro hacía siempre todo lo que tenía que hacer; hacia el este hasta Lexington, donde había un Starbucks de los más madrugadores, y luego la Ochenta y uno y de vuelta a casa. Park Avenue rara vez estaba desierta; esa mañana había muchos taxis y furgonetas de reparto. Su mente no paraba de trabajar; el concepto «escalofriante» le parecía ridículo. Siempre pensaba en algo en concreto, pero en ese momento, mientras se acercaba a la Ochenta y dos, no estaba concentrado en ningún tema en particular sino más bien en un batiburrillo de trabajos relacionados y por hacer. De la postal, gracias a Dios, se había olvidado. Al girar hacia la oscuridad de aquella calle flanqueada por árboles, su instinto de supervivencia urbanita casi le hizo cambiar de ruta —por un momen11 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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to pensó en seguir por la Ochenta y tres—, pero el implacable agente de bolsa que llevaba dentro no le permitiría flaquear. En vez de eso, cruzó hacia el lado norte de la Ochenta y dos, así podía ver al chaval de piel morena que pululaba por la acera hacia el final de la manzana. Si el chico también cruzaba la calle, sabría que estaba en problemas, cogería a Bloomie en brazos y echaría a correr. Había hecho atletismo en la escuela.Todavía era rápido en los partidos de baloncesto. Llevaba las Nike bien atadas y ajustadas.Así que, al carajo, en el peor de los casos saldría bien parado. El chico empezó a caminar en su dirección por el otro lado de la calle; un chaval desgarbado con capucha, de manera que David no podía verle los ojos. Esperaba que se acercara algún coche u otra persona caminando, pero la calle permaneció en silencio. Dos hombres y un perro; oía el crujir de las zapatillas nuevas del chico en el asfalto. Las casas estaban a oscuras; sus ocupantes soñaban. El único edificio con portero quedaba cerca de Lexington. Cuando ambos estuvieron a la misma altura, su corazón se aceleró. «No le mires a los ojos. No le mires a los ojos.» David pasó de largo. El chico pasó de largo y el vacío entre ellos se agrandó. Se permitió mirar rápidamente por encima del hombro y respiró tranquilo cuando vio que el chaval giraba hacia Park Avenue y desaparecía al doblar la esquina. «Soy un cobardica —pensó—. Y además un cobardica lleno de prejuicios.» Cuando había dado media vuelta a la manzana, Bloomie olisqueó su rincón favorito y se puso a marcar territorio. David no supo por qué no oyó al chico hasta que casi lo tuvo encima.Tal vez se había distraído pensando en su primera cita con el jefe del mercado de divisas, o mirando cómo el perro inspeccionaba su rincón, o recordando cómo Helen se había quitado el sujetador la noche anterior, o tal vez el chaval era un experto en correr por la ciudad con sumo sigilo. Pero todo eso no eran más que teorías. 12 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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Recibió un puñetazo en la sien y cayó con todo el peso sobre sus rodillas, momentáneamente fascinado, más que asustado, por la inesperada violencia. El golpe hizo que se le nublara la mente.Vio cómo Bloomie terminaba de hacer caca. Oyó algo sobre dinero y sintió que unas manos se metían en sus bolsillos.Vio la hoja de un cuchillo junto a su cara. Notó que le quitaban el reloj, y luego el anillo. Entonces se acordó de la postal, esa maldita postal, y se oyó preguntar: «¿La enviaste tú?». Le pareció que oía al chico contestar: «Sí, la mandé yo, hijo de puta».
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Un año antes, Cambridge, Massachusetts ill Piper llegó temprano para beber una copa en la barra antes de que aparecieran los demás. El concurrido restaurante, en una bocacalle de Harvard Square, se llamaba OM;Will encogió sus anchos hombros cuando vio el moderno y ecléctico ambiente asiático del local. No era el tipo de sitio que solía frecuentar, pero en la entrada había una barra y el camarero tenía cubitos y whisky escocés, así que cumplía sus requisitos mínimos. Miró con recelo las artísticamente desiguales piedras de la pared de detrás de la barra, las instalaciones de videoarte en brillantes pantallas planas y las luces de neón azul, y se preguntó: «¿Qué estoy haciendo aquí?». Hacía tan solo una semana las probabilidades de que acudiera al veinticinco aniversario de su licenciatura en la universidad eran cero, y a pesar de todo ahí estaba, de nuevo en Harvard con cientos de personas de cuarenta y siete y cuarenta y ocho años, preguntándose adónde habían ido a parar los mejores momentos de su vida. Jim Zeckendorf, como buen abogado que era, les había engatusado y les había acosado sin tregua vía correo electrónico hasta que habían accedido. Él no estaba dispuesto a aceptar todo el lote. Nadie le haría marchar con sus compañeros de 1983 hasta el Tercentenary Theatre. Pero le había parecido bien viajar hasta allí en coche desde Nueva York, cenar con sus com-
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pañeros, quedarse en casa de Jim, en Weston, y volver por la mañana. Ni de broma se le ocurriría malgastar más de dos días de vacaciones en fantasmas del pasado. El vaso de Will ya estaba vacío antes de que el camarero hubiera acabado de preparar la siguiente copa.Will agitó el hielo para llamar su atención, pero a quien atrajo fue a una mujer. Estaba de pie detrás de él, haciendo gestos al camarero con un billete de veinte; una morena de unos treinta años de muy buen ver. Pudo oler su perfume especiado antes de que ella se inclinara sobre su ancha espalda y le preguntara: —Cuando te haga caso, ¿me pedirás un chardo? Will se medio giró y la cachemira de su delantera le quedó a la altura de los ojos, al igual que el billete de veinte dólares, que oscilaba entre sus estilizados dedos. Se dirigió a sus pechos: —Sí, ya te lo pido yo. —Entonces giró el cuello hasta ver una bonita cara con sombra de ojos violeta y labios rojo pasión, justo como a él le gustaban. Percibió en ella fuertes vibraciones de disponibilidad. Ella le dio el billete con un «Gracias» cantarín y se metió en el estrecho espacio que él le dejó moviendo su taburete un par de centímetros. Minutos después,Will sintió un golpecito en el hombro y oyó: —¡Ya os dije que lo encontraríamos en la barra! Zeckendorf tenía una amplia sonrisa en su rostro de rasgos amables, casi femeninos. Aún tenía pelo suficiente para llevarlo a lo afro, y Will recordó de repente su primer día en el campus de Harvard en 1979: un patán rubio y grandullón de la franja de Florida, revoloteando como una chica bonita en la cubierta de un barco, y un chaval flacucho de pelo alborotado con el aire autosuficiente del lugareño que ha nacido para vestir los colores carmesí de la universidad. La mujer de Zeckendorf estaba a su lado, o al menos Will dio por sentado que esa matrona de anchas caderas era la novia que, la última vez que la vio, cuando se casaron en 1988, estaba como un palillo. 15 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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Los Zeckendorf llegaban con Alex Dinnerstein y su novia. Alex era de cuerpo pequeño y compacto, y lucía un bronceado impecable que le hacía parecer bastante más joven que los demás. Adornaba su buena planta y su garbo con un caro traje de corte europeo y un elegante pañuelo de bolsillo, blanco y brillante como sus dientes. Su pelo engominado seguía tan liso y negro como en el primer año de la universidad, así que Will se dijo que lo llevaba teñido; a cada cual lo suyo. El doctor Dinnerstein tenía que mantenerse joven para la preciosidad que llevaba del brazo, una modelo por lo menos veinte años más joven que él, una belleza de largas piernas con un cuerpazo realmente especial; casi consiguió que Will se olvidara de su nueva amiga, a la que había tenido la torpeza de dejar sola bebiendo su vino. Zeckendorf se percató de que la señorita se sentía incómoda. —¿Qué pasa,Will, es que no vas a presentarnos? Will sonrió avergonzado y murmuró: —Todavía no hemos llegado tan lejos. Alex soltó un resoplido de complicidad. —Me llamo Gilliam —dijo la chica—. Que disfrutéis de vuestra reunión. —Se dispuso a marcharse y Will, sin decir palabra, le puso una de sus tarjetas en la mano. Ella le echó un vistazo y el destello que iluminó su rostro reveló su sorpresa: will piper, agente especial del fbi. Cuando ya se había marchado,Alex cacheó a Will con grandes aspavientos. —Seguramente nunca había visto a un tío de Harvard con una pipa, ¿verdad, colega? Eso que llevas en el bolsillo ¿es una Beretta o es que te alegras de verme? —Que te den,Alex.Yo también me alegro de verte. Zeckendorf los guiaba escalera arriba hacia el restaurante cuando se dio cuenta de que faltaba uno. —¿Alguien ha visto a Shackleton? —¿Estás seguro de que todavía vive? —preguntó Alex. —Prueba circunstancial —contestó Zeckendorf—. E-mails. 16 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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—No vendrá. Nos odiaba —afirmó Alex. —Te odiaba a ti —dijo Will—.Tú fuiste el que le ató a la puñetera cama con cinta americana. —Tú también estabas allí, si no recuerdo mal —dijo Alex entre risas. Una fluida charla recorrió el restaurante, un espacio museístico de luz cálida con estatuas nepalíes y un buda encajado en una pared. Su mesa, que daba a Winthrop Street, les esperaba, pero no estaba vacía. En un extremo había un hombre solo que manoseaba su servilleta en actitud nerviosa. —¡Eh, mirad a quién tenemos aquí! —gritó Zeckendorf. Mark Shackleton alzó la vista como si hubiera estado temiendo ese momento. Sus ojos, pequeños y muy juntos, ocultos parcialmente por la visera de una gorra de los Lakers, se movieron de un lado a otro examinándolos.Will reconoció a Mark al momento, y eso que habían pasado más de veintiocho años desde que había perdido el contacto con él, prácticamente un minuto después de que terminara el primer curso. La misma cara sin un gramo de grasa que hacía que su cabeza pareciera un trozo de carne clavado sobre un pedestal, los mismos labios tirantes y la misma nariz afilada. Mark no parecía un adolescente ni siquiera cuando lo era; simplemente había alcanzado ese estado natural de la mediana edad. Los cuatro compañeros formaban un grupo de lo más variopinto:Will, el tranquilo atleta de Florida; Jim, el chaval charlatán de colegio de pago de Brooklyn;Alex, el futuro médico, loco por el sexo, de Wisconsin; y Mark, el autista y friki de la informática, de cerca de Lexington. Los metieron en una caja de cerillas en Holworthy, en el polo norte del frondoso campus de Harvard, dos dormitorios diminutos con literas y una sala común con muebles medio aceptables, cortesía de los papás ricos de Zeckendorf.Will fue el último en llegar a la residencia de estudiantes aquel septiembre, pues se había quedado con el equipo de fútbol para los entrenamientos de pretemporada. Para enton17 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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ces Alex y Jim se habían emparejado, y cuando Will atravesó el umbral arrastrando su petate, los dos resoplaron y señalaron la otra habitación, donde encontró a Mark plantado como un palo en la litera de abajo, reivindicándola como suya, con miedo a moverse. —Eh, ¿qué tal? —le había preguntado Will al chaval mientras una gran sonrisa sureña brotaba en su cara de rasgos marcados—. ¿Tú cuánto pesas, Mark? —Sesenta y cinco kilos —contestó Mark con desconfianza mientras intentaba establecer contacto visual con el chico que se alzaba frente a él. —Bueno, es que yo en calzoncillos peso cien kilos. ¿Estás seguro de que quieres tener mi gordo culo a medio metro de tu cabeza en esta chatarra de litera? Mark había suspirado profundamente, había cedido sin decir palabra y el orden jerárquico había quedado establecido para siempre. Cayeron en la conversación espontánea y caótica propia de esas reuniones, desempolvando recuerdos, riéndose de situaciones embarazosas, desenterrando indiscreciones y debilidades. Las dos mujeres actuaban de público, eran la excusa para la exposición y elaboración de las historias. Zeckendorf y Alex, que habían continuado siendo buenos amigos, actuaban como maestros de ceremonias, lanzaban y respondían las bromas con la inmediatez propia de un par de cómicos intentando sacar unas risas.Will no era tan ocurrente y rápido, pero su tranquila y lenta evocación de aquel año tan peculiar los tenía embelesados. Solo Mark permanecía en silencio, sonriendo educadamente cuando ellos reían, bebiendo su cerveza y picoteando de la fusión asiática de su plato. Zeckendorf había pedido a su mujer que se encargara de las fotos, y ella daba vueltas alrededor de la mesa, los hacía posar y disparaba el flash. Los compañeros de residencia de primer año son como un compuesto químico inestable. En cuanto el entorno cambia, el 18 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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lazo se rompe y las moléculas se separan. El segundo año Will fue a Adams House, donde viviría con otros jugadores del equipo de fútbol; Zeckendorf y Alex siguieron juntos y fueron a Leverett House, y Mark consiguió una habitación individual en Currier. De vez en cuando Will veía a Zeckendorf en las clases de política, pero básicamente cada uno de ellos desapareció en su propio mundo. Después de licenciarse, Zeckendorf y Alex se quedaron en Boston y a veces llamaban a Will, normalmente porque habían leído algo acerca de él en los periódicos o lo habían visto en la televisión. Ninguno de ellos dedicó un segundo a pensar en Mark. Se evaporó, y si no hubiera sido por el sentido de la oportunidad de Zeckendorf, y porque Mark incluyó su dirección de e-mail en el libro del reencuentro, para ellos solo habría sido una pieza del pasado. Alex estaba contando a voz en grito una escapada del primer año en la que habían participado dos gemelas de la Universidad de Lesley —la noche que al parecer le puso en el camino de la ginecología—, cuando su chica cambió de conversación dirigiéndose a Will. Harta de las payasadas de Alex, cada vez más achispado, miró fijamente al hombretón de pelo castaño que tenía enfrente y que bebía su whisky escocés sin pestañear y, aparentemente, sin emborracharse. —¿Y cómo es que acabaste en el FBI? —preguntó la modelo antes de que Alex pudiera lanzarse a contar otra anécdota sobre sí mismo. —No era lo bastante bueno al fútbol como para dedicarme profesionalmente. —No, en serio. —Parecía realmente interesada. —No lo sé —contestó Will en voz baja—. Cuando me licencié no había decidido qué rumbo tomaría. Ellos ya sabían qué querían:Alex, la facultad de medicina; Zeck, la facultad de derecho; Mark, un máster en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, ¿verdad? —Mark asintió—.Yo me pasé unos cuantos años buscándome la vida en Florida, entrenando y dando cla19 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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ses, y entonces salió una plaza en la oficina del sheriff del condado. —Tu padre era agente del orden público —recordó Zeckendorf. —Ayudante del sheriff de Panama City. —¿Vive todavía? —preguntó la mujer de Zeckendorf. —No, hace ya tiempo que murió. —Dio un trago a su whisky—. Supongo que yo lo llevaba en la sangre y que aquel era el camino más fácil y todo eso, así que fui a por ello.Al poco tiempo el jefe estaba hasta el gorro de tener de ayudante a un listillo de Harvard y pidió mi traslado a Quantico para sacarme de allí como fuera.Así fue como pasó, y en menos que canta un gallo me daré cuenta de que me he jubilado. —¿Cuándo se cumplen los veinte años? —preguntó Zeckendorf. —Dentro de dos. —Y entonces, ¿qué? —Aparte de pescar, no sé. Alex estaba atareado sirviéndose vino de una nueva botella. —¿Tienes idea de lo famoso que es este capullo? —preguntó a su chica. Ella se mordió el labio. —No. ¿Eres muy famoso? —Qué va. —¡Y una mierda! —exclamó Alex—. ¡Este hombre que tenemos aquí es el mejor criminólogo de asesinos en serie de la historia del FBI! —No, no, eso no es verdad —objetó Will con firmeza. —¿A cuántos has cogido en todos estos años? —preguntó Zeckendorf. —No lo sé.A unos cuantos, supongo. —¡Unos cuantos! —exclamó Alex—. Eso es como decir que yo he hecho unos cuantos exámenes de pelvis. Se dice que eres un hombre… infalible. 20 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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—Creo que me confundes con el Papa. —Venga ya. Leí en alguna parte que eres capaz de psicoanalizar a alguien en medio minuto. —No necesito tanto tiempo para ver de qué vas tú, colega, pero, en serio, no te creas todo lo que lees. Alex le dio un codazo a su chica. —Hazme caso… quédate con su cara. Es un fenómeno. Will estaba deseando cambiar de tema. Su carrera había dado un par de giros nada interesantes, y tampoco tenía ganas de rememorar las glorias del pasado. —Supongo que a todos nos ha ido bien, teniendo en cuenta los bandazos que dimos cuando empezamos. Zeck es un pedazo de abogado mercantilista,Alex es catedrático de medicina… que Dios nos ayude, pero hablemos de Mark. ¿Qué has estado haciendo todos estos años? Antes de que a Mark le diera tiempo de mojarse los labios para responder, Alex ya se había lanzado a su antiguo papel de torturador del empollón. —Sí, eso hay que oírlo. Seguramente Shackleton es uno de esos millonarios puntocom con jet privado y equipo de baloncesto. ¿Inventaste el teléfono móvil o algo por el estilo? Siempre estabas escribiendo cosas en aquella libreta que tenías, y siempre con la puerta de la habitación cerrada. ¿Qué hacías ahí dentro aparte de aprenderte de memoria los números del Playboy y de gastar cajas de Kleenex? Will y Zeckendorf no pudieron reprimir una mueca de asco, porque por aquel tiempo parecía que el chaval no paraba de comprar Kleenex. Pero Will sintió inmediatamente una punzada de culpabilidad cuando Mark le atravesó con una mirada de «¿Tú también, Brutus?». —Me dedico a la seguridad informática —susurró Mark hacia su plato—. Por desgracia, no soy millonario. —Entonces alzó la vista y añadió con optimismo—: Aparte de eso también escribo. 21 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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—¿Trabajas para una empresa? —preguntó Will con educación, intentando redimirse. —He trabajado para unas cuantas, pero ahora supongo que estoy como tú.Trabajo para el gobierno. —¿En serio? ¿Dónde? —En Nevada. —Vives en Las Vegas, ¿no? —intervino Zeckendorf. Mark asintió, sin duda le decepcionaba que ninguno hubiera hecho caso a su comentario de que escribía. —¿En qué rama? —preguntó Will, y cuando vio que le respondía con una mirada muda, añadió—: Del gobierno. La angulosa nuez de Mark se movió cuando tragó. —Es un laboratorio. Es un asunto un tanto secreto. —¡Shack tiene un secreto! —gritó Alex alegremente—. ¡Dadle otra copa! ¡A ver si suelta la lengua! Zackendorf parecía fascinado. —Vamos, Mark, ¿no puedes contarnos de qué va? —Lo siento. Alex se apoyó en el respaldo de la silla. —Apuesto a que cierto personaje del FBI te sacaría en qué andas metido. —No lo creo —replicó Mark con una pizca de suficiencia. Zeckendorf no iba a dejarlo correr; se puso a pensar en voz alta: —Nevada, Nevada… el único laboratorio secreto del que haya oído hablar en Nevada está en el desierto… en eso que llaman… ¿Área 51? —Estaba esperando una negativa, pero lo que vio fue una cara de póquer—. Dime que no trabajas en Área 51. Mark dudó y luego dijo tímidamente: —No puedo decírtelo. —¡Guau! —exclamó la modelo, impresionada—. ¿No es ahí donde estudian los ovnis y esas cosas? Mark sonreía como la Mona Lisa, enigmáticamente. —Si te lo dijera, tendría que matarte —dijo Will. 22 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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Mark sacudió la cabeza con fuerza, bajó la mirada y sus ojos perdieron cualquier atisbo de diversión. Cuando habló,Will pensó que el tono mordaz de su voz era inquietante. —No; si te lo dijera, serían otros los que te matarían.
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