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AL ESTE DE BABEL

Sujeto, verdad y lenguaje en la era de los algoritmos


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


AL ESTE DE BABEL

Sujeto, verdad y lenguaje en la era de los algoritmos

ANTONIO ASENCIO GUILLÉN

tirant humanidades Valencia, 2022


Copyright ® 2022 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

© Antonio Asencio Guillén

© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es DEPÓSITO LEGAL: V-3665-2021 ISBN: 978-84-18970-56-6 MAQUETA: Disset Ediciones Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


“A mis padres, por todo.” También por sus libros”


Índice Bloque I EL SUJETO DE LA ENUNCIACIÓN La hipótesis de partida: el divorcio de lenguaje y sujeto.................

26

Bloque II LA GÉNESIS DEL LENGUAJE, EL ALBA DEL SUJETO 1. Los albores del grito humano................................................................ 1.1. La lengua del principio de la humanidad................................. 1.2. La caída, el primer desgarramiento humano........................... 1.3. Modernidad y racionalidad en el mito: Edipo y Ulises a la conquista del mundo.............................................................. 1.4. Conócete y ocúpate de ti, el reencuentro de lo humano consigo mismo............................................................................. 1.5. San Pablo y el humanismo cristiano: La renuncia del sujeto....

29 30 32 34 40 47

Bloque III EL NACIMIENTO DEL INDIVIDUALISMO MODERNO 1. La subjetividad moderna: el Renacimiento de la razón..........................

55

2. La gentry o el nuevo individualismo burgués.........................................

57

3. Del individualismo burgués a la conquista de la subjetividad romántica..

62

4. El Romanticismo o la nostalgia pre-ilustrada........................................

65

5. Anarquismo: En busca de la felicidad perdida.......................................

76

6. Utopías y TEMOR fáustico...................................................................

77

Bloque IV EL OCASO DEL HUMANISMO Y EL PENSAMIENTO COMO «SOSPECHA» 1. Nietzsche, Freud y Marx, «maestros de la sospecha»............................

82

2. Nietzsche: la transvaloración de todos los valores.................................

83

3. Freud: LA arqueología del placer prohibido..........................................

85

4. El humanismo marxista frente al materialismo histórico.......................

88


Bloque V MARXISTAS ROMÁNTICOS DEL SIGLO XX: LUKÁCS Y LA ESCUELA DE FRANKFURT 1. Lukács y el giro romántico del postmarxismo.......................................

95

2. Walter Benjamin: la heterodoxa y mesiánica lectura del marxismo........

103

3. Adorno y Horkheimer contra la Ilustración totalitaria..........................

109

4. Marcuse: la libido entra en el marxismo................................................

111

Bloque VI ESTRUCTURAS, SISTEMAS, LENGUAJES: LA CRISIS FINAL DEL SUJETO 1. Mitteleuropa: o el inicio del ‘yo’ como lenguaje....................................

115

2. Ernst Mach: el ‘yo’ insalvable, el mundo y el lenguaje...........................

117

3. Wittgenstein: Más allá y más acá del lenguaje.......................................

119

4. El arte deshumanizado: Ortega y las vanguardias..................................

123

5. El behaviorismo: la «caja negra» de lo humano....................................

125

6. La comunicación sin sujeto de Niklas Luhmann....................................

127

7. Heidegger vs Sartre: el tránsito hacia el logocentrismo y la hermenéutica.

132

Bloque VII EL POSESTRUCTURALISMO O LA REACCIÓN ANTIHUMANISTA 1. Althusser: La deshumanización de la historia........................................

138

2. Lacan: la sintaxis del inconsciente o el sujeto como vacío.....................

139

3. Derrida: nada hay fuera del texto..........................................................

141

4. Foucault y la teoría del sujeto disciplinado............................................

143

Bloque VIII EL SUJETO SIN IDENTIDAD, LA IDENTIDAD SIN SUJETO 1. La nueva subjetividad parcial y partisana en la era Ciberespacio...........

151

2. Los algoritmos o una epistemología de las máquinas deseantes.............

160

3. La estética fuerte ante una subjetividad débil.......................................

168

4. La Galaxia Twitter o la profecía autocumplida......................................

174


Bloque IX EPÍLOGO: EL SUJETO Y LA MODERNIDAD DESPUÉS DE LA POSMODERNIDAD 1. El malestar de la modernidad................................................................

177

2. Cartografía del malestar posmoderno...................................................

188

3. Posmodernidad: La desaparición del sujeto...........................................

195

4. De Chomsky a Habermas: el lenguaje y la posibilidad de sujeto............

213

CONCLUSIÓN: DECÁLOGO PARA LA RECUPERACIÓN DEL SUJETO.

226

BIBLIOGRAFÍA........................................................................................

231


Bloque I

EL SUJETO DE LA ENUNCIACIÓN Waiting for the time when Earth shall be as one Madonna, Ray of Light

Este libro nace del desencanto, contra el desencanto. Proviene de un lugar indeterminado a medio camino la necesidad de ajustar cuentas con el mundo al que uno es arrojado y la profesión que incauta o irresponsablemente eligió (el periodismo, la comunicación, la publicidad, el marketing). De la culpa genérica por la complicidad con el ambiente cultural que la praxis de esa comunicación ha contribuido a crear en ese mundo, de la simple tendencia a quebrar ese silencio que tantas omisiones encubre. Y proviene también de la libido inconfesable de la escritura como espacio de deseo, de satisfacción, de placentero exorcismo. Sea cual sea el destino de este texto, del inevitable olvido que le aguarde, habrá cumplido para el autor la onanista función de artefacto lúdico, de efímero placer escritural, al modo de Roland Barthes. Esta nota explicativa y exculpatoria con la que me veo obligado a empezar a hablar de mí, del Ich del texto, -la necesidad de dejar sentado el quién antes de entrar en el qué-, tiene que ver con mi posición en el discurso. Provenir, como he señalado, de los aledaños de la academia o, para ser más exactos, no del quehacer teórico sistemático, sino de la pura praxis de la comunicación, siempre se traduce en una cierta incomodidad, una pegajosa sensación de intrusismo -perdonen los filósofos- que uno termina por confesar antes de haber cometido el crimen perfecto: el molesto asalto al pensamiento desde el embarrado campo de batalla donde humean las pistolas y se pudren los cadáveres. Trabajar con las cosas y no con las ideas, aunque inevitablemente cosas e ideas vaya siempre juntas y uno se sirva de estas últimas para el desempeño de su profesión, nos ubica en una especie de «caída» en el estrato inferior, factual, sensual de la vida. La racionalización del mundo -tan decepcionante como necesaria, como veremos-, implica una división cada vez más compleja de tareas y la separación del pensar y el hacer es un eje que atraviesa toda la taxonomía que recorre el


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campo profesional distinguiendo a fruteros y abogados o deportistas y peluqueros, ad infinitum. La defensa numantina que cada profesión hace de su frontera, más que una cuestión de vida o muerte, más que una definición ontológico-existencial del camino elegido (somos lo que hacemos), tiene que ver con la supervivencia y la legítima endogamia, la lucha por los recursos, los equilibrios inevitables de poderes, saberes y competencias que terminan por definir el lugar exacto de cada sujeto en su ámbito. No se trata de abordar aquí la espinosa cuestión de las consecuencias de la profesionalización del pensamiento. Me limitaré a dejar claro que mi crimen consiste en profanar el sacro ámbito del pensar desde el mundano hacer: el periodista no reclama para sí el ejercicio de la filosofía, pero sí se atreve a ejercer el pensamiento desde la praxis de -por decirlo con palabras de Goerge Steiner- la crítica cultural. Es, en cierta forma, un pensamiento interpretativo sobre lo que lleva toda la vida haciendo; un intento, por tanto, de auto-crítica, no en el sentido marxista del término, sino en el hermenéutico: de auto-reflexión o reflexión sobre lo propio. Y conviene remontarse brevemente al origen del crimen. Situémonos en 1997 cuando yo (Ich, I, Je, Moi), era un estudiante recién matriculado en Ciencias de la Información que llegaba a Madrid cargado de sueños improbables y un miedo generacional al desempleo. Los años finales de la década de los noventa parecían haberse sacudido definitivamente el nihilismo y la sensación de hastío que el cambio de década, la caída del Muro de Berlín y el suicidio de Kurt Cobain habían introducido en el estado de ánimo colectivo y cultural a partir de 1990. Aquellos años previos al atentado de las Torre Gemelas estaban preñados de un optimismo aparente que, a falta de una visión más profunda de la fragilidad de las cosas, se proyectaba con claridad en el ámbito de la estética y los placeres: la tenebrosa y deprimente música grunge, con sus guitarras con eco de garaje, cedía terreno ante el alegre house music y el frenético techno hecho por ordenadores cada vez más potentes; la vestimenta negra de antaño era sustituida en los jóvenes por camisetas coloristas que, a su vez, iban acompañadas por vistosos tintes de pelo (verde, amarillo, azul); los piercing y tatuajes empezaban a conquistar los cuerpos, redescubiertos como fuente de placer; Chueca emergía como espacio de libertad en un Madrid que enterraba por fin la nostalgia de la movida, un auténtico SoHo espa-


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ñol donde se podía experimentar con la identidad y la sexualidad. Madonna, tras años de buscarse a sí misma sin encontrarse, publicaba el disco de referencia de aquel fin de siècle, el galáctico y sintético Ray of Light. Los adormecedores porros remitían en favor de los éxtasis (MDMA), que empujaban a bailar, a fundir los cuerpos y a un peregrinar sin fin de la discoteca hasta el after y más allá (el chill-out apareció en el paisaje nocturno como nueva forma de socialización químico-afectiva). Internet era una realidad virtuosa y emancipadora que se abría paso. Los videojuegos era una simulación inmersiva que nos permitía vivir realidades múltiples sin salir de la habitación: el nuevo flâneur baudeleriano era el friki o el hacker que vagaba azarosamente por las redes digitales, a ver qué se encontraba. La televisión, con la llegada del cable y de las cadenas privadas, se transformó en una realidad omnívora y caleidoscópica: los rayos catódicos se entregaron al baile de la fluidez. Primero el Mississippi y luego Crónicas marcianas convirtieron en mainstream lo que hasta entonces había sido marciano -lo gay, lo camp, lo trash, lo pulp, lo freak, lo marginal. Era una auténtica rebelión de los raros: y, visto en perspectiva, lo curioso, lo paradójico y hasta lo hiriente para muchas consciencias es que aquella revolución moral (o de la moral) no vino del activismo político, sino del puro y duro y crudo mercado. Convirtiéndose en mercancía, en reclamo, en espectáculo, la total diversidad humana entró en el discurso. Fue, en general, una refrescante y espontánea bofetada de libertad: el mundo oficial, al fin, se despojaba para siempre de la moral cristiana que el mayo del 68 ya había desestabilizado. Los hipotéticos peligros de la técnica imparable no eran pasto de una teoría crítica ya debilitada, sino vistos como un terreno fecundo para la inspiración artística de indagación filosófica y antropológica: Abre los ojos, de Amenábar, y The Matrix, de las hermanas Wachowski, son solo algunos ejemplos de películas de la época que remitían a mundos paralelos y realidades alternativas que se conectaban con la nuestra a través de pasadizos tecnológico-existenciales, amenazando la naturaleza última de nuestro ser. De una forma inesperada, aquellas teorías visionarias del posestructuralismo (Deleuze, Derrida, Foucault, Baudrillard, etc.) que, desde un bien disimulado nihilismo describían un mundo en simulacro, líquido, textual, estructural, sin identidades fijas, rizomático, deconstruido y nómada, empezaban a tener su correlato en la realidad tangible de las alucinantes autopistas


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de la información, en los macro aeropuertos y los vuelos low-cost que ampliaban nuestras fronteras, en la disolución de todo anclaje ideológico: la vida era un experimento que tenía lugar en un espacio deshidratado, aséptico, hiperreal y, después de todo, no parecía tan terrible. En la Universidad, la relación entre profesores y alumnos era más porosa de lo que podríamos haber imaginado: ellos eran como nosotros o, al menos, guardaban un cierto parentesco con el alumno. Fukuyama tenía razón: la historia parecía haber llegado, si no a su fin, sí a su agradable estabilización político-económica. Aquellos años dorados de los Clinton y los Simpson transcurrían sin «acontecimientos» de calado, sin rupturas transformadoras, deslizándose por un progreso técnico envolvente acompañado, al menos en el discurso oficial, de un crecimiento material sostenido y constante hacia la autorrealización de la utopía del mercado global y la identidad fluida, nómada y dispersa. ¿En medio de tal utopía globalista quién se habría atrevido a repescar del mohoso baúl de los recuerdos el concepto de «desublimación represiva» o la «unidimensionalidad» del hombre alienado de Marcuse? Hasta el propio binomio de apocalípticos e integrados de Eco sonaba a caduco: el Apocalipsis milenarista no solo pasaba de largo, con sus pesadas y tenebrosas profecías incumplidas, sino que el nuevo milenio se presentaba apasionante. Y recuerdo el día en que aquel cándido estudiante, pero criado en una casa donde no faltaban los máximos representantes del Olimpo de Frankfurt, entró en una librería supuestamente filosófica y al pedir un libro de Adorno me respondieron, con un cierto tono ofendido, aquello de que allí «solo tenían libros para leer». Al margen de la anécdota, resulta evidente que el mundo giraba en otro sentido. Cuando, en 1999, un año antes del cambio mágico de cifra de milenio (porque, de milenio propiamente dicho, parece ser que se cambió en 2001), pisé Ibiza por primera vez en mi vida, aquella isla quedaba lejos del refugio místico que encontró Walter Benjamin, una especie de salto a un pasado de pureza mediterránea, reducto sin colonizar por la modernidad occidental que tanta pesadumbre le causaba. No, aquella Ibiza era la encarnación de la utopía liberal globalizadora: una mezcla explosiva de cuerpos deseantes llegados en avión desde todas las partes del planeta, dispuestos a consumir hasta despuntara el alba, desear otros cuerpos y experimentar mil sensaciones en emporios donde la tecnología y la química se aliaban para crear


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una realidad efímera, pero contundente, más real que lo real y donde todo estaba permitido. Era la perfecta materialización de la idea del mercado-mundo o del mundo-mercado donde bastaba sacar la tarjeta de crédito y pagar el elevado precio que, en ese específico y utópico lugar del planeta, antaño refugio de otro tipo de utopía, costaba una copa. Un lugar perfecto para resbalar hacia la amnesia. Nos preocupaba el acceso al mundo laboral, pero ¿a qué generación no le había inquietado aquello? En paralelo, se iba abriendo paso la idea de que, gracias a múltiples factores (pero básicamente, a la evolución vertiginosa y lineal de la tecnología) tendríamos pronto un acceso cada vez más directo al mundo de las cosas: a la política, a la cultura, a los demás, a nosotros mismos. Un mundo más participativo, más abierto a los deseos individuales y a las inquietudes sociales, sin mediaciones, sin procesos: a la distancia de un click. Una nueva experiencia política del espacio y del tiempo. Este estado de ánimo tuvo su papel en la aceptación acrítica de lo que vino a llamarse la «era de la comunicación»: un tiempo posmoderno, hipermoderno o de modernidad líquida en el que, efectivamente, todo «era comunicación» y donde lo que importaba era que todo pudiera comunicarse, aunque «todo» no fuese apenas nada. La comunicación se comunicaba a sí misma: era no un instrumento para transmitir ideas, instrucciones o compartir emociones que tenían existencia en sí misma, sino un fin autónomo, un sistema total de producción simbólica, social y económica. El profesional de la comunicación debía, por tanto, ir más allá del periodismo clásico y ser poliédrico: los comunicólogos éramos desde publicistas hasta expertos en marketing, spin doctors o asesores políticos. Cuando salimos de la facultad, el mundo profesional nos acogió con esa condición. Da igual que vengáis de una facultad de «humanidades»: aquí, en esta empresa, en este medio de comunicación, en este partido político, sois «técnicos» de la comunicación y vuestra habilidad es aportar know how sobre cómo comunicar mejor, sin importar el qué. El «qué» del paradigma de Laswell, el mensaje, el contenido que se quería transportar a través de ese esquema, era así irrelevante. Lo prioritario era, de repente, todo lo demás: el canal, el cómo (la forma), el a quién (la audiencia), el contexto… Cuando, poco tiempo después, se puso de moda el «marketing de contenidos», no se estaba sino evidenciando un vacío crónico, una ausencia fundamental en todo el proceso: el


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contenido. Aquel «marketing de contenidos» como nuevo lema de los años 2010 más bien señalaba una necesidad que una solución, pues nada se decía sobre qué comunicar, y seguimos tan sumidos en la comunicación epidérmica, sin «sentido», o con sentidos puramente débiles, como antes. Estábamos más llenos de información y más faltos de conocimiento que nunca, como ya intuyó Theodoro Roszak premonitoriamente en 1986 en su libro «El culto a la información: el folclore de los ordenadores y el verdadero arte de pensar». Visto en perspectiva, ser comunicólogo era una forma de asumir que solo existía el discurso, independientemente del objeto de la comunicación. Podíamos dar forma a cualquier qué, reducido a eso que se ha venido en llamar el «significante flotante» y que no es otra cosa que una cáscara sin sustancia, un huevo vacío que se puede pintar de lo que sea y «significar» cualquier cosa, sin preguntarnos el por qué o el para qué de ese qué. En la nueva era metacomunicativa, la sofística había ganado la batalla milenaria a la filosofía. La retórica a la semántica. O, en otro orden, la vía que iniciaran Nietzsche y luego Heidegger (y en cierta medida, también Wittgenstein), situando al lenguaje en el centro de su visión del mundo, de su ontología, de su pensamiento (un camino que luego fue recorrido por los posestructuralistas), funcionaba a modo de profecía autocumplida. El comunicólogo en el que, sin darme cuenta, me convertí, asumió esa causa a cambio de garantizarse un lugar en la industria. Se conceptualizó a sí mismo como «productor», desproveyendo su ocupación de cualquier sustantividad, y se lanzó a una carrera que le permitió, si no nadar en la abundancia, sí vivir relativamente bien: integrado, neutralizado, inofensivo. Ni tan si quiera el cambio de milenio, con sus torres caídas y su «guerra contra el terror», alteró en lo esencial el discurso dominante, concretado en el mantra liberal de la flexibilidad, la adaptabilidad, la productividad, el emprendimiento. El profesional del siglo XXI debía ser un gladiador capaz de batirse en cualquier terreno, adaptable y elástico a las novedades, dúctil a las exigencias, abierto a cambiar de espacio y de compañeros cada poco, y resiliente a los continuos altibajos en un mercado donde ya nada era fijo ni estable. O si lo prefieren, era un corredor que competiría en las despiadadas «autopistas de la información», nueva realidad única y totalizante, similar, al modo en que Mad Max recorría las carreteras desérticas con su moto en un mundo apocalíptico


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y decadente. Por eso -para despojarlo de cualquier fijeza que, a la postre, se traduciría en unos derechos laborales anticuados y fuera de lugar- el concepto «trabajador» se sustituyó por el de «profesional» y este era visto casi como un empresario de sí mismo, un producto de su propia pericia y sagacidad emprendedora: el nuevo Robinson Crusoe posmo y cool, el self made man de las redes. Si no abrazabas ese mito de super-hombre global y digital, formabas parte de un pasado cada minuto más lejano, más fosilizado. En el otro punto del arco se situaban los globalistas-optimistas, como Fukuyama. Especialmente a partir de la caída del Muro de Berlín, los años 90 trajeron un auge en el credo del liberalismo (económico y político) como remedio a todos los males del mundo. Un estado de perfección alcanzado tras un complicado proceso histórico dialécticohegeliano al que difícilmente podía oponerse alternativa viable, una vez diluido el sueño comunista. Obviamente, y como suele ocurrir, las cosas no eran exactamente así. Debajo de esta pantalla que imponía un relato dominante se estaban gestando, silenciosa y sutilmente, una serie de contra relatos, de inquietudes y de resistencias que eclosionarían con la crisis financiera del 2007, que es el verdadero punto de inflexión discursivo en nuestro mundo reciente, el acontecimiento que echa por tierra el mundo que estábamos aprendiendo a conocer y aceptar como el «nuevo mundo». En pequeñas cantidades y de manera dispersa, ya en el paisaje político e intelectual de finales de los años noventa y de principios de los 2000 se percibían alertas que cuestionaban la utopía hegemónica. Una de ellas fue la figura de Pierre Bourdieu quien, tras un análisis del neoliberalismo que captó la esencia mercantilista de la cultura que se iba imponiendo irremisiblemente (la colonización del Estado por parte de los enemigos del Estado, al que imponían la lógica del mercado, reduciendo los servicios públicos y consagrando y naturalizando la desigualdad) se pasó al campo del activismo político, como demostró en su implicación contra el Plan Juppé de recorte de los derechos sociales y la consiguiente huelga de 1995. Eran los años en los que el movimiento Attac nacía (1998) promovido por un grupo de intelectuales liderados por Ignacio Ramonet y sus editoriales en Le Monde Diplomatique con el objetivo de crear una tasa a las transacciones financieras. Poco después, nuestras retinas registraron, de una manera un tanto fascinada y lejana, la batalla campal que se organizó


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en Seattle en 1999 con motivo de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio, que debió ser suspendida. Cincuenta mil personas, convocadas y conectadas a través de aquel Internet primitivo pero suficiente, se organizaron y crearon una «contracumbre» a la que denominaron Foro Social Mundial. Pocos meses después, en 2000, Naomi Klein publicó No logo, el libro que habría de convertirse en referencia contracultural de los altermundistas, por su crítica a las multinacionales. La mecha, de alguna forma, había prendido, y se extendía: lo antiglobalización se globalizaba. Recuerdo algún viaje a Bilbao en los primeros 2000: caminando por el casco viejo con un amigo vasco, y esperando encontrarme bares abertzales como icono de un rotundo contrapoder nacionalista frente a Madrid, mi amigo me habló espacios donde se reunían jóvenes del movimiento anti-global. Llamaba la atención que no fueran exactamente centros culturales para promover lo vasco o euskaldún. Allí, donde existía la cultura y una lengua propia que habían sido la causa de largas reivindicaciones, resultaba más chocante la etimología de un movimiento, identidad o cultura que se describía a la contra, en negativo, por lo que rechazaban: antiglobalización. Obviamente, existía un vínculo entre la defensa de la identidad vasca y el sentimiento de rechazo a una globalización melting-pot que se percibía como potencialmente amenazante o devoradora de las identidades minoritarias. Pero había algo más y tenía que ver con todo el conjunto del relato de la globalización como discurso hegemónico: en distintos niveles, se refutaba también el capitalismo (en su versión de capitalismo de consumo), la tecnología (que se consideraba alienante y dominadora), la democracia liberal (que se interpretaba como un fraude o una farsa al servicio de unos poderes internacionales invisibles). La globalización era la síntesis de todos esos males. Pero aún había más. Algo que tenía que ver con una determinada sensibilidad y una estética, una cultura en definitiva y un sistema de mitos vinculados a aquella cosmovisión: en aquellos locales se tejían complicidades con otros nacionalismos periféricos (catalán, gallego, galés, etc.); se hablaba de la revuelta de Chiapas o se escuchaban las canciones de Manu Chao como Clandestino, auténtico himno antiglobalización (cantada en un idioma tan global como el castellano, curiosamente). Y por extensión, el movimiento atrapaba y adaptaba temas como el feminismo y el ecologismo, que siempre han tenido


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