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1 Edimburgo, Escocia. Verano de 1785. Un movimiento furtivo rompió la solemnidad del momento. Por el rabillo del ojo, Agnes MacKenzie vio una sombra que avanzaba rápidamente en la penumbra del pasillo lateral de la capilla, entre las columnas y las vidrieras de colores. Junto a ella, su hermana recién casada, Sarah, escribía sus votos en el libro de los MacKenzie, la crónica de la familia. El sonido de la plumilla nueva al arañar el antiguo pergamino resonaba contra las paredes de piedra de la iglesia de Saint Margaret. La sombra pasó ante los confesionarios y se acercó al coro. Agnes se tensó. La pluma pasó al marido de Sarah, lord Michael Elliot. Detrás de Agnes la congregación murmuró su aprobación. ¿Quién avanzaba con sigilo entre las sombras? Todos los clérigos, sus ayudantes y sus acólitos estaban en el altar, delante de Agnes. La ceremonia perdió importancia. Su instinto de protección, nacido de la culpa y alimentado por años de práctica, permaneció pendiente del avance del intruso. Su padre, Lachlan MacKenzie, duque de Ross, empezó a entonar una plegaria, rogando a Dios que velara por Sarah y Michael, y bendijera a los nietos que éstos iban a darle. Agnes pensó en la única oveja perdida del rebaño MacKenzie. La tristeza y la angustia por su participación en la tragedia pesaban sobre su alma. Hizo un esfuerzo por superar la pena 9


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por su hermana menor y centró su atención en el peligro que se deslizaba a lo largo de la pared opuesta. Porque Agnes sentía en lo más profundo de su ser que efectivamente se trataba de una amenaza. Para ella los problemas tenían una especie de olor, una pestilencia que anunciaba la presencia de un enemigo, otro adversario real al que perseguir y vencer. ¿Quién acechaba en la periferia de aquel feliz acontecimiento, y era demasiado cobarde para mostrar el rostro? Detrás de ella se oyó un jadeo. Agnes echó una ojeada por encima del hombro y recorrió con la mirada a los congregados en la Iglesia; miembros de la familia, viejos amigos, y gente a la que acababa de conocer. Sólo había una cabeza que no estaba inclinada para rezar, y la expresión preocupada en la cara del conde de Cathcart le indicó a Agnes que también él percibía el peligro. Las miradas de ambos se encontraron. Un destello de inquietud cruzó los ojos de él, que apartó la mirada de ella. La melodiosa cadencia de la voz de su padre se desvaneció. Agnes estiró el cuello y centró su atención en el banco donde se sentaban lord Edward Napier, conde de Cathcart, y sus hijos. Debido a su trabajo, los pequeños eran la mayor preocupación de Agnes. El niño tenía unos ocho años y la niña no más de cuatro. Ésta estaba sentada en silencio sobre el regazo de una niñera con aspecto de abuela. El niño tenía las manos unidas en actitud de rezo; su cabeza inclinada poseía una corona de rizos color caoba cuyos tono y textura eran iguales a los de su distinguido padre. El conde atrajo hacia sí a su hijo, con gesto protector, pero continuó mirando fijamente hacia el lugar donde se escondía el intruso. Agnes se dio cuenta de la maniobra defensiva. Un coro de «amén» indicó el final de la plegaria. La sombra se materializó. Una capa con capucha ocultaba los rasgos de un hombre de barba gris. Se quedó parado junto a una de las gruesas columnas que enmarcaban el presbiterio. A su lado se veía algo afilado, de ángulos agudos. ¿Sería un albañil enviado para arreglar uno de los arcos abo10


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vedados, llevando sus herramientas en la mano? Seguro que no, y menos durante la ceremonia de una boda. —Agnes, te toca firmar. —La mirada de Sarah se tornó perspicaz—. ¿Qué sucede? A pesar de sus sospechas, Agnes era consciente de que no debía dejar volar la imaginación. A menos que existiera una amenaza de verdad. Una reacción exagerada por su parte podía estropear el día más importante en la vida de su hermana. —Pareces… preocupada —añadió Sarah. De momento bastaría responder con ligereza para alejar la suspicacia de Sarah. Agnes forzó una sonrisa. —Lo estoy. Soy la única de nosotras que sigue siendo virgen —susurró. Al decir «nosotras», Agnes se refería a sí misma, a Sarah, y a sus hermanas Lottie y Mary—. Dame la pluma. El recelo de Sarah desapareció y fue sustituido por la sonrisa femenina más radiante que Agnes había visto desde la mañana siguiente a la boda de Lottie. —Encontrarás a tu apuesto highlander, Agnes. El amor y el matrimonio no tenían sitio en la vida de Agnes hasta que no corrigiera el mayor error de su adolescencia. Pero hacer mención a aquel desgraciado día estropearía este feliz acontecimiento. Agnes escribió su nombre debajo de la firma de David Smithson, el otro testigo y marido de Lottie, con un ojo puesto en el encapuchado. Hecho esto, llevó a cabo su último cometido en la ceremonia: se hizo cargo del libro de los MacKenzie mientras colocaban la Biblia de la familia en el pedestal. Lachlan, como jefe de la familia, empezó a dejar constancia del evento. Nadie iba a ofenderse por el orden en el que se habían sucedido los libros; las religiones aparecían y desaparecían, pero las costumbres de las Highlands perduraban. Agnes acusaba el peso del voluminoso libro, con su antigua encuadernación de madera y sus gruesas páginas de pergamino, pero se negó a distraerse. Una vez que terminara la ceremonia averiguaría quién estaba acechando junto a la pared, y por qué. 11


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También se enteraría de la razón por la que la presencia del intruso inquietaba al conde de Cathcart. Había conocido a Edward Napier la tarde anterior. Se trataba de un viudo, residente en Glasgow, que había sido invitado a la boda por el novio. Su padre se sintió impresionado por el aristócrata de Glasgow; dijo que, gracias a los numerosos descubrimientos científicos del conde, Escocia entraría en el próximo siglo sin miedo. Sarah, cuya sed de conocimientos no tenía igual en el clan MacKenzie, se deshizo en alabanzas hacia el conde, e incluso le pidió que diera una conferencia científica en la escuela del orfanato de Edimburgo. Él accedió a hacerlo cuando tuviera tiempo. Cathcart se comportó con Agnes con cortesía, pero con reserva. Pensándolo en retrospectiva, su actitud distante estaba cargada de recelo. ¿Conocería al intruso? Una vez concluida su parte de la ceremonia, Lachlan MacKenzie cerró la Biblia familiar. Los novios se volvieron hacia los invitados. La gente los ovacionó. Agnes se quedó donde estaba. La luz produjo un destello en el acero afilado oculto en la penumbra. Miró hacia atrás y estudió a los ocupantes de los primeros bancos de la iglesia. La niñera había desaparecido. La niña columpiaba las piernas con aburrimiento infantil, y contemplaba el techo abovedado. Su hermano jugaba con un recuerdo de la boda. La atención del conde seguía puesta en el hombre de la túnica. De repente el conde abrió mucho los ojos. Se lanzó hacia un lado, protegiendo a sus hijos. Un silbido lúgubre cortó el aire. Agnes entendió de pronto. Ángulos agudos. Una ballesta. Sus reflejos se pusieron en acción con la rapidez de un rayo. Se movió hacia la derecha sin dejar de sujetar el pesado libro. La flecha impactó en la tapa de madera, clavándole el libro en el pecho. El dolor estalló en su hombro. Perdió el equilibrio y apretó los dientes, preparándose para el golpe inminente. Mientras caía, los arcos abovedados y las vidrieras de colores giraron ante sus ojos. 12


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Cayó con fuerza contra el suelo y, mientras la oscuridad se apoderaba de ella, oyó la voz de su padre. —¡Agnes! Lachlan MacKenzie luchó contra el miedo que le atenazaba el estómago, apartó a su nuevo yerno y se abrió paso hasta Agnes. ¿Habría tropezado? ¿Agnes, la de los pies ágiles? Imposible. ¿Se habría mareado antes de poder hacer una salida airosa? Ésa era una idea absurda. Agnes estaba en la flor de la vida, sana y llena de energía. Antes de conseguir llegar hasta ella, vio que el conde de Cathcart levantaba a sus hijos del banco y los metía debajo de éste. Mientras se movía para proteger a Agnes, Cathcart señaló el lateral de la iglesia. —¡Está allí! —gritó—. ¡Un encapuchado con una ballesta! Le ha disparado. ¡Disparado! Presa del miedo, Lachlan llamó a sus yernos sin interrumpir su carrera. —¡Michael! ¡David! A Agnes le han disparado. ¡Id tras ese arquero! —Los jóvenes cambiaron de dirección y emprendieron la persecución. La gente se reunió en torno a Agnes dificultando el avance de Lachlan. Las voces familiares se confundían unas con otras. Sus nietos lloraban. Sus hijas gritaban. Sus amigos susurraban con indignación. Se abrió paso a empujones hasta llegar junto a Agnes. Ésta yacía entre una montaña de seda amarilla, con el Libro de los MacKenzie cubriéndola desde el pecho hasta la cadera. De la encuadernación de madera sobresalía una flecha. Comprobó aterrorizado que la flecha había traspasado el libro, hiriéndola a ella. Lachlan se quitó la chaqueta y la llamó. —¿Agnes? Ella abrió los ojos y buscó al conde de Cathcart y a sus hijos con la mirada. —Protégelos —pidió con un susurro de dolor. 13


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Lachlan le apartó el pelo de la frente y le habló suavemente. —¿Estás malherida? Ella señaló a los aterrorizados niños acurrucados bajo el banco de la iglesia. —Esto iba dirigido a ellos papá, y la niñera se ha ido. —Al diablo Edward Napier y sus criados. ¿Cómo estás tú, muchacha? Ella tragó con dificultad y al fijarse en el movimiento de su garganta, Lachlan vio la sangre que salía de debajo del libro, se acumulaba en la clavícula y teñía el collar de jade. El miedo lo dejó sin respiración. Que Dios se apiadara del bastardo que había disparado, porque su vida estaba en manos de Lachlan MacKenzie. A ese bellaco le esperaba una muerte lenta y dolorosa. —La flecha ha traspasado la piel, pero no ha llegado ni al corazón ni a los pulmones —oyó decir al conde de Cathcart en medio de la bruma de ira. Lachlan se enfureció ante la fría explicación. —¿Y eso debería alegrarme? Una mano se posó en su hombro. Juliet, su esposa, se arrodilló a su lado. —Tranquilízate y dime lo que ha pasado, mi amor. La ira cedió el paso a la angustia propia de un padre. —Al parecer los problemas han vuelto a encontrar a mi primogénita. —No te preocupes —Juliet acarició la mejilla de Agnes, pero Lachlan sabía que sus palabras de consuelo también iban dirigidas a él—. Nosotros te cuidaremos. Agnes se mordió el labio, pero en sus ojos brilló una extraña confianza. —La herida no es mortal, pero hay que sacar la flecha. —Volvió a oírse la voz del conde. Agnes estiró el cuello y miró la flecha. —Las plumas son inglesas —dijo. La dura e inalcanzable Agnes, pensó Lachlan. ¿Por qué no 14


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podía ser como el resto de las jóvenes de su edad? ¿Qué era lo que llevaba a aquella mujer sensible y leal a arriesgar su vida por otros, ignorando sus propias heridas? Lachlan se lo había permitido durante años, pero ahora estaba decidido a acabar con su afición al peligro. Aún sabiendo el dolor que estaba a punto de causarle, agarró la flecha y tiró de ella. Encontró resistencia. Agnes se estremeció cuando la punta le desgarró la carne. —Lo siento, cariño. —Apártese, Excelencia —dijo Cathcart, con la atención puesta en Agnes—. Yo soy médico. Estudié en Edimburgo. Lachlan lo miró a la cara, esperando que estuviera diciendo la verdad. Los logros de Edward Napier eran legendarios, pero no sabía que la medicina fuera uno más de sus múltiples talentos. —Papá, los niños —suplicó Agnes—. Protege a sus hijos. —Sus elegantes rasgos, tan parecidos a los de su aristocrática madre, se volvieron angelicales con la súplica—. Prométeme que lo harás. Lachlan era capaz de prometer que se convertiría en puritano con tal de salvarla. —Sí, querida. Tienes mi palabra. —Puedo proteger a mis propios hijos —dijo el conde—. Sin embargo, si no sacamos esa flecha ahora mismo, va usted a perder el uso del brazo. Cathcart se tumbó boca abajo al lado de Agnes y miró detenidamente por debajo del libro. Después de examinar el lugar donde estaba clavada la flecha, sonrió tranquilizadoramente. —No ha penetrado demasiado —dijo, sosteniendo la mirada de Lachlan—. Tire con mucho cuidado y sin retorcerla. Yo levantaré el libro. Lady Juliet, cójale la mano. —Esto se acabará antes de que puedas lanzar el grito de guerra de los MacKenzie —dijo Juliet cogiendo la mano de Agnes. Agnes apretó la mandíbula. —Estoy preparada. Lachlan asió el astil de madera. Las plumas de la flecha le pincharon la mano. Agnes gimió al sentir el primer tirón. 15


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—Tranquila cariño —murmuró Juliet, dirigiéndose a ambos. —¡Hágalo ya! —insistió Cathcart. Con el estómago revuelto a causa de la preocupación, Lachlan tiró de la flecha, sacándola. El conde lanzó un juramento y puso el libro, junto con la flecha que lo atravesaba, en las manos de Lachlan. La punta ensangrentada de la flecha sobresalía del volumen como un demonio invasor. Lachlan se deshizo de él. El vestido amarillo de Agnes estaba teñido de carmesí. Su piel mostraba una intensa palidez. Cathcart asió el corpiño del vestido y lo desgarró, apartando la manga. Con una suavidad que no debería haber sorprendido a Lachlan, Cathcart exploró la herida. Utilizó el dobladillo de su kilt a modo de venda para contener el flujo de sangre. Agnes contuvo el aliento. Cathcart le murmuró unas tranquilizadoras palabras de ánimo y, ante la atenta mirada de Lachlan, el tartán con los colores blanco y negro de los Napier se tiñó literalmente de rojo con la sangre de los Mackenzie. La sangre de Agnes. Su querida hija de pelo dorado había vuelto a arriesgar la vida por otra persona. Y todo porque no podía dejar atrás el pasado. Una rabia impotente se adueñó de él. El rumor de los presentes se convirtió en un rugido ensordecedor. Aquella búsqueda inútil tenía que acabarse, pero no sabía cómo conseguirlo. Ya no podía multiplicar por tres las tareas de Agnes ni quitarle el poni. Desterrarla al campo tampoco era una solución; ya lo había intentado antes y pagado el duro precio de un año de ausencia. Volvió a oírse el sonido de una tela al rasgarse. —Tenga —dijo Juliet, entregándole a Cathcart un trozo de enagua—. Dios le bendiga, lord Edward. Cathcart tomó el paño y lo presionó sobre la herida, pero sus ojos no dejaron en ningún momento de mirar a Agnes. —Respire despacio —le dijo—, así disminuirá el dolor. ¿Me ha entendido? ¿Va a confiar en mí? Ella asintió con los labios fruncidos de dolor. 16


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Lachlan lo perforó con una mirada acusadora. —¿El asesino iba a por usted? —Sujete esto —Cathcart puso en la mano de Lachlan la compresa de satén empapada de sangre—. Voy a moverla. —La levantó en brazos y se dirigió al clérigo—. Muéstreme el camino a su despacho. Voy a necesitar agua hirviendo y que alguien vaya a buscar mi maletín médico a la Posada del Dragón. El vicario dio media vuelta con un revoloteo de la túnica y se dirigió hacia un lateral de la capilla. —Lady Juliet —dijo Cathcart—. Necesitaré muchas vendas. Y traiga un camisón limpio. —¿Te lo envío todo con Tía Loo? —le preguntó Juliet a Agnes. Agnes, en los brazos de Cathcart, hizo un esfuerzo por mantener los ojos abiertos. —Sí. Muéstrale la flecha. Necesito que venga. —Christopher, Hanna, ya podéis salir —dijo Cathcart, dirigiéndose a sus hijos—. Id con lady Juliet y tened cuidado. Los niños salieron de debajo del banco. —Vas a hacer que se ponga bien, ¿verdad, papá? —suplicó su hijo, rodeando protectoramente con el brazo a su desconcertada hermana. —Está grave —dijo la niña. —¿La vas a curar? —preguntó el niño. —Claro que sí. —Hizo intención de irse, pero se detuvo—. Vamos, MacKenzie, y mantenga la presión sobre esa herida. Lachlan no estaba acostumbrado a recibir órdenes. Ver a otro hombre atendiendo a su hija… rasgándole la ropa… sosteniéndola posesivamente, le volvía loco. —Démela. —No. —Ligeramente más alto que Lachlan y más delgado por ser más joven, Edward Napier ya no presentaba el aspecto de un estimado erudito y respetado hombre de Estado, sino que su actitud era más bien la de un general—. Cada vez está más débil. 17


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Cathcart tenía razón, pero Lachlan se resistía a ceder. —Por favor, papá —suplicó Agnes—. No tenemos mucho tiempo. Sus ojos estaban vidriosos. El miedo de Lachlan volvió con más fuerza. —¿Tiempo? ¿De qué estás hablando? —La flecha estaba envenenada —respondió ella, en un susurro, la frente perlada de sudor y la cabeza apoyada flácidamente en el hombro de Cathcart. Mientras limpiaba la herida en forma de estrella del hombro de Agnes MacKenzie, Edward Napier se debatía entre la cólera y la gratitud. La hija del duque era la mujer más valiente o temeraria que había conocido en su vida. Sin embargo, le había salvado la vida arriesgando la suya propia. Su desinteresada actuación despertó una emoción desconocida para él. Llamarla gratitud no era suficiente para describir lo que sentía; iba a necesitar quedarse a solas un rato para averiguar qué era. La sucesión de acontecimientos seguía viva en su mente: la visión de la ballesta apuntándole, el miedo por sus hijos, la imagen de Agnes MacKenzie interponiéndose entre él y el peligro, el horrible sonido de su cuerpo al caer. —¿Se encuentra bien, lord Edward? —preguntó ella—. Parece a punto de desmayarse. Edward hizo a un lado los recuerdos, pero sabía que era por poco tiempo porque nunca olvidaría su valor y su generosidad. —No se preocupe por mí. —La voz le salió ronca y tuvo que aclararse la garganta—. ¿Cómo se encuentra usted? El cansancio bordeaba sus cálidos ojos castaños y su piel estaba tan blanca como la nieve, sin embargo le sonrió con valentía. —He estado mejor, pero ahora sus hijos están a salvo. Edward había hablado brevemente con ella la tarde anterior y recordaba cada palabra de la conversación, ya que supuso un 18


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respiro en medio de los problemas que le perseguían últimamente. —¿Ha terminado ya? —preguntó el duque de Ross. —Dudo que vaya a violarme, papá. Edward hizo acopio de paciencia. La mayoría de los hombres en la posición del duque hubieran prohibido que otro, por muy médico que fuera, tocara a un miembro de su familia del sexo femenino. En aquellos casos era mejor elegir a una curandera, por poco cualificada que estuviera. MacKenzie se había visto obligado a tolerarlo por necesidad, y ahora que Edward ya se había ocupado de ella, el duque volvía a lo convencional. MacKenzie había echado de allí a su esposa y a sus otras hijas para ahorrarles el espectáculo. Bajo los ojos vigilantes del padre, Edward limpió y cosió la herida en forma de estrella. La flecha no se le había clavado en la clavícula y no tenía ningún hueso roto, pero al día siguiente iba a tener una buena colección de moratones. Si la punta de la flecha estaba envenenada como ella creía, el veneno no era potente. O eso, o al atravesar primero las tapas de madera del libro y las hojas de grueso pergamino éstas hicieron, de algún modo, que la poción perdiera poder. Sí, aquella teoría tenía lógica. —¿Y bien, Cathcart? Ya ha visto suficiente de mi hija. ¡Por el amor de Dios, está medio desnuda! Estaba medio desnuda por su propio bien, pero Edward no se lo hizo notar al preocupado duque. Contó hasta diez y le dirigió una sonrisa tranquilizadora. —¿Me ha oído? —rugió el duque. —Terminaré en cuanto lleguen las vendas. Se abrió la puerta. Edward alzó la vista y parpadeó sorprendido al ver a la extraña mujer que entró en la habitación. Llevaba un moderno y sin embargo sencillo vestido, y el pelo negro recogido en un rodete en la coronilla. Por su porte y sus maneras era la personificación del estilo de la mujer escocesa. En su cara y en su piel se veían los curiosos rasgos de los orientales. 19


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Saludó doblando la cintura. En una mano llevaba la flecha ensangrentada y en la otra un maletín. —Soy Tía Loo. Traigo las vendas que usted pidió y un vestido para lady Agnes. Su paciente trató de incorporarse. —Ven rápido —dijo. Edward le impidió levantarse. —Quédese donde está o se le abrirán los puntos. Ella se quejó y el sonido volvió a despertar a su sobreprotector padre. —Deje de gritarle a mi hija y aparte la mano de su pecho. Edward no se sintió ofendido. No se había fijado en sus pechos. Es decir, sí que los había notado, pero no de una forma irrespetuosa o lasciva. Ella estaba herida y él la estaba ayudando. Fue consciente de una verdad innegable: el asesino estaba allí por él. Si Edward se hubiera quedado en su casa de Glasgow, el arquero habría ido allí a buscarlo. Agnes MacKenzie estaría ilesa y disfrutando del banquete de bodas. Sin embargo se había visto obligado a hacer el viaje por varios motivos, a cual más importante. En primer lugar, el novio; Michael Elliot era amigo suyo y quería compartir con él tan feliz ocasión. En segundo lugar, Christopher y Hanna se merecían unas vacaciones y, hasta unos momentos antes, el viaje a Edimburgo había sido algo bueno para la familia de Edward. Se apartó a regañadientes mientras la mujer a la que llamaban Tía Loo examinaba la herida. Ella agitó la flecha ante Agnes, satisfecha. —La punta no tenía veneno suficiente para matarla. —Es acónito —resopló la paciente—. Ya me lo dirás cuando las extremidades se me conviertan en muñones inútiles y se me pudra la lengua en la boca. El duque lanzó una maldición. Las mujeres ni le miraron. Tía Loo sacó una botellita de barro de entre los pliegues de su vestido. —El dolor de su corazón le va a hacer más daño que esta herida. 20


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La obstinación confirió aspecto de reina a lady Agnes. —Porque tú lo digas. ¿Qué sabrás tú? La mujer chasqueó la lengua, pero sus ojos desprendían un brillo travieso. —Mujer de Oro ser demasiado fuerte para veneno de hombre inglés —dijo, con un inglés deficiente y fingido—. Venenos de hombre chino no fallar. Esta poción hará dormir a usted y demonios desaparecer. —Agitó la botella y añadió con una sonrisa torcida y cariñosa—: ¿Mejor perder uno de esos brazos flacos? El sudor perlaba la frente de Agnes. —Entonces no podría taparme los oídos para protegerme de tu parloteo sea cual sea el idioma en el que estés hablando. No pienso beberme ese brebaje que aturde los sentidos. Tía Loo miró de forma significativa a Lachlan. —Su hija, que a menudo es tonta —le dijo, hablando esta vez en un inglés correcto—, vivirá para seguir causándole preocupaciones, milord. El duque empezó a pasear arriba y abajo, retorciéndose las manos. —No, ya no volverá a preocuparme. Su comportamiento extravagante se ha terminado. —La miró con severidad—. Te vas a venir a Tain con nosotros, y no voy a perderte de vista hasta que tengas un marido que se ocupe de contener tus extravagancias. Ella hizo acopio de fuerzas para comenzar lo que a Edward le pareció que era una antigua discusión. —Jamás —declaró—. No puedes obligarme a vivir contigo ni tampoco a casarme. Incómodo por ser testigo del enfrentamiento entre ambos, Edward sacó las vendas y empezó a vendar el hombro de Agnes. El duque, demasiado concentrado en dar rienda suelta a su ira, no se percató de que Edward estaba de nuevo ocupándose de la paciente. —Ahí es donde te equivocas —escupió MacKenzie—. Te prohíbo que vuelvas a ponerte en peligro. 21


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—Ahí es donde te equivocas tú. —Agnes —dijo él, soltando bruscamente el aliento—. Cedí cuando me rogaste que te dejara ir a China para aprender aquella extraña forma de luchar… ¿Extraña forma de luchar? ¿A qué se refería el duque? Ella desvió la vista hacia la mujer a la que llamaban Tía Loo. —Donde salvé a un miembro de la familia real. —También te permití viajar con el duque de Borgoña —continuó su padre como si ella no hubiera hablado. —Y frustré dos intentos de acabar con la vida de su heredero. Edward conocía la historia. Según el duque francés, Agnes MacKenzie, con un puñal como única arma, había derrotado a dos presuntos asesinos. En aquellos momentos ella no parecía tan peligrosa y, de no haberla visto en acción, Edward no se hubiera creído la anécdota. Le asombraba que aquella hermosa mujer fuera capaz de tanto valor. MacKenzie levantó las manos. —Estuviste a punto de morir ahogada por sacar del Támesis a aquella mendiga llena de ginebra. Eso era nuevo para Edward. —Era sólo una criatura —dijo Agnes—. Su madre la emborrachó a propósito. Habría vendido a su propia hija a cualquier degenerado a cambio de unos peniques. MacKenzie la apuntó con un dedo amenazador. —Suspenderé tu asignación. Te quedarás sin fondos para continuar con esa búsqueda inútil. Tu hermana está muerta. Al igual que la sombra de la luna eclipsa el sol, el brillo desapareció de la mirada de Agnes. Los ojos se le llenaron de lágrimas y parpadeó para contenerlas. —No. Virginia está viva y no voy a abandonarla. —Virginia está muerta y tú debes seguir con tu vida. Ella se tensó. —Te digo que voy a encontrarla. El duque la miró con frialdad. —¿Sin dinero? 22


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—Lo ganaré. MacKenzie se rió sin humor. Edward decidió que, con aquella actitud, el duque estaba empujando a su hija hacia la desobediencia. La obstinación que empezaba a resultarle familiar se apoderó de ella y su expresión beligerante se convirtió en un reflejo de la de su padre. —¿Por qué no puedes ser como tus hermanas? —preguntó el duque. —¿Como Mary, que está embarazada sin estar casada? —¿Qué? —La cara del duque adquirió un tono carmesí. —¿No lo sabías? —Sé que ama a Wiltshire. —¿Entonces quieres que me parezca a Lottie, que se mete en la vida de todo el mundo? —Lottie es una buena esposa y madre. —Entonces como Sarah, que no es hermana mía de sangre. —¿Quién te ha dicho eso? —exigió saber su padre. —La propia Sarah. —No estamos hablando de Sarah, Lottie, o Mary. Hablamos de tu futuro tranquilo en Tain. —No. —Entonces te prometeré en matrimonio a Revas Macqueen. Revas Macqueen era el soltero más rico y beato de toda Escocia. Aunque todavía no había cumplido los treinta, el conde era la personificación del antiguo cacique patriarcal. Lady Agnes lanzó un resoplido burlón. —¿Me venderías al conde? —Te entregaré al primer hombre con medios para controlarte. —Hazlo —escupió ella—, y no volverás a verme nunca. La angustia y la determinación libraron una batalla en la expresión de Lachlan MacKenzie. Una sensación de culpa se abatió sobre Edward, ya que él era el responsable del enfrentamiento entre el duque de Ross y su poco convencional hija mayor. Se inclinó sobre ella. 23


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—Le ordeno que descanse. —Sin dejar de mirarla se dirigió al duque y le advirtió—: Como su médico, insisto en que de momento la deje tranquila. No va a ir a ninguna parte. —Y yo, como superior suyo le ordeno que cierre la boca. —Déjalo, papá. Edward ya estaba harto. —¡Basta ya los dos! La actitud del duque experimentó un cambio. Cuadró los hombros, echó hacia atrás la cabeza y apuntó su aristocrática nariz hacia Edward. —Se ha extralimitado usted, Cathcart. Si vuelve a hacerlo se va a arrepentir y mucho. Desde su primer año en Oxford nadie le había hablado a Edward con tan poco respeto. Observó a la hermosa y valiente Agnes MacKenzie, herido en su orgullo. —No permita que mi padre le intimide, lord Edward. —El tono amistoso de ella contradecía la tensión de la estancia. Edward había dejado de ejercer la medicina entre la aristocracia precisamente por cosas como esa. Los pobres agradecían su ayuda, la nobleza sin embargo lo despreciaba por esforzarse en anteponer a la persona tanto o más que a su dolencia. —Manténgase a distancia, Cathcart. —Mi padre se cree que es un rey —murmuró Agnes. Su fortaleza y determinación atrajeron a Edward como un imán. —De lo cual se deduce que usted es una princesa. —Una que de momento carece de reino. ¿No tendrá usted una habitación libre en Glasgow para una escocesa de las Highlands exiliada? —¡Te lo prohíbo, Agnes MacKenzie! La sonrisa de ella se volvió deslumbrante. —Por favor, lord Edward. La conciencia culpable de él se impuso. —Muy bien. El duque se quedó lívido. 24


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—No puedes irte a vivir a su casa sin carabina. Piensa en lo que significaría eso para tu reputación. —Tía Loo y el honor del conde son carabina suficiente. ¿No es verdad, lord Edward? Ahora que el peligro había pasado y su paciente iba a recuperarse, Edward empezó a pensárselo mejor. —Me encanta Glasgow —dijo ella. —Si pones un solo pie allí, te prometeré en matrimonio a Macqueen. —Lléveme con usted, lord Edward —dijo ella, como si su padre no hubiera lanzado tan horrible ultimátum. —Pero yo no puedo interponerme entre su padre y usted. Lord Lachlan dio una palmada en la mesa. —¡Bien dicho, Cathcart! —Puede y debe llevarme con usted. —¿Y por qué iba a hacerlo? —Porque me debe la vida.

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