Skip to main content

1_9788419376817

Page 1

1


ÉTICA CRISTIANA Y CIUDADANÍA GLOBAL


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


José Lorenzo - Victoria Camps Sebastián Mora - Elisa Estévez - José Laguna Pedro Gómez Serrano - Emma Martínez Ocaña Luis Aranguren - Carlos García De Andoin Carlos Ballesteros - Santiago García Mourelo

ÉTICA CRISTIANA Y CIUDADANÍA GLOBAL

tirant humanidades Valencia, 2022


Copyright ® 2022 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Director de la colección:

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

©

Varios autores

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email: tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-19376-81-7 MAQUETA: Innovatext Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no seratendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Índice

UNA MIRADA COMPASIVA Y CRÍTICA AL CONTEXTO ACTUAL.

9

PENSAR LA ÉTICA DESPUÉS DE LA PANDEMIA............................

33

EL DESAFÍO DE LA CIUDADANÍA GLOBAL......................................

45

COMUNIDADES CRISTIANAS MARGINALES EN LOS ORÍGENES Y APORTACIONES AL ETHOS DEL MUNDO ANTIGUO.

65

HACIA UNA CULTURA DEL CUIDADO...............................................

91

EL CUIDADO EN LA ECONOMÍA Y EL DINERO...............................

109

EL CUIDADO DEL CUERPO..................................................................

135

PROPUESTAS ÉTICO-CRISTIANAS PARA LA SOCIEDAD CIVIL.

155

PROPUESTAS ÉTICO-CRISTIANAS PARA LA POLÍTICA..............

187

PROPUESTAS ÉTICO-CRISTIANAS PARA LA ECONOMÍA............

209

JESÚS Y LA FRATERNIDAD UNIVERSAL. FUNDAMENTO CRISTOLÓGICO Y PRAXIS CRISTIANA.............................................

229

José Lorenzo

Victoria Camps

Sebastián Mora Rosado

Elisa Estévez López

José Laguna

Pedro Gómez Serrano

Emma Martínez Ocaña

Luis Aranguren Gonzalo

Carlos García de Andoin

Carlos Ballesteros

Santiago García Mourelo

7


8


Una mirada compasiva y crítica al contexto actual José Lorenzo Periodista

No quiero ser agorero, pero la cosa pinta mal. Se me pide una reflexión que ofrezca una mirada compasiva y crítica sobre el contexto actual. Y el contexto actual es endiablado. Por eso invierto las tornas y comienzo por lo que pretendo que sea un análisis frío de una realidad caliente. Pero no me olvidaré de la mirada compasiva, esperanzada e incluso enamorada, fruto del “estad alegres” evangélico. Y no solo porque esté en el guion de esta reflexión, sino porque la necesito para mí mismo, creo en esta mirada y en su poder, si quieren a la manera en que Ingrid Bergman le decía a Humphrey Bogart en Casablanca: “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. Un amor que acaba fundiendo el cinismo, casi el nihilismo del mítico Rick, haciendo reverdecer su compromiso con las causas justas, reactivando la compasión. Y aunque les adelanto que el final de esta ponencia es esperanzado, comparto la visión del New York Times, quien a mediados de agosto pasado, empezaba así una crónica informativa: “No hay forma de suavizar el inicio de este boletín: el mundo escupe malas noticias por donde se lo vea. Haití, ya sumido en una crisis política tras el asesinato de su presidente, ahora está lidiando con las consecuencias de un sismo que ha dejado cientos de fallecidos. Afganistán vuelve a estar en manos de los talibanes…”. Acababa así Elda Cantú la entradilla de su artículo, con unos puntos suspensivos, pero ustedes pueden rellenarlos sin salir de este año con,


por ejemplo, las nuevas oleadas y variantes que nos trajo el covid; con la erupción en la Palma; el auge de los populismos; con los muy preocupantes datos sobre la crisis climática… También yo dejo mis propios puntos suspensivos e incluso suspendidos, porque como decía el personaje que interpretaba Tom Hanks en Náufrago, “no sabemos lo que mañana nos traerá la marea”. Y aunque él lo decía porque necesitaba desesperadamente seguir esperanzado, ha envejecido muy mal el vaticinio que algunos hacían hace solo un par de años sobre esta década: “Vuelven los felices años 20”. Quienes aventuraban otra década feliz sí tenían razón en que había un tufillo de cierta indolencia moral (relativismo lo llamaría Benedicto XVI y no debe ser confundido solo con estrechez de miras) similar al de aquel período de entreguerras del siglo XX; o en el mismo deseo de que la apariencia y un desconsiderado materialismo fuesen la marca de la casa (el Gran Gatsby de Scott Fiztgerald habría sido hoy un gran influencer). Sin embargo, al principio de nuestros años veinte, sin necesidad de una pandemia que ha vuelto a poner en su sitio la arrogancia del ser humano, ya se sabía que tampoco ésta iba a ser una década feliz para los excluidos. Lo advertía ya en 2019 la Iglesia, y tampoco esta vez se le hacía caso, por más que la advertencia procediese del reputado informe Foessa de Cáritas. Y es que el dibujo que tejían en aquel voluminoso texto de más de 800 páginas los 130 investigadores de 30 universidades españolas ya mostraba “un momento de clara mutación social” en España. Se hablaba de “un cambio sin precedentes”, “un tiempo donde las brechas que se están produciendo, como la desigualdad, la debilidad de los sistemas de gobernanza globales, la erosión de las instituciones públicas, la gestión insolidaria de la crisis, el ascenso de los particularismos y las actitudes reactivas y xenófobas que consolidan el individualismo posesivo están hipotecando el futuro”. Aquella radiografía social mostraba el desbarajuste de la década anterior, las brechas sociales que dejó al descubierto la resaca de la Gran Recesión (2008-2014) y que mostraban “un proceso de contrarreforma social profunda”, que, añadía el estudio, está derivando en 10

José Lorenzo


“una crisis de legitimidad del sistema político y su entramado institucional”. Y constataba el VIII Informe Foessa que la exclusión social se enquista en una sociedad cada vez más desvinculada, en donde el 18,4% de la población (8,5 millones de personas) está en exclusión social, 1,2 millones más que en la década anterior. Hoy, estas cifras ya se han visto alteradas, y no a mejor, a resultas de los efectos de la pandemia que ha dejado (además de más de 87.000 fallecidos y centenares de miles de afectados por las secuelas todavía no del todo conocidas de la enfermedad), más miedo y más incertidumbre, como recoge la propia Cáritas en un informe sobre el impacto de la pandemia presentado el pasado 6 de octubre. Año y medio después del estallido de la pandemia, son ya 11 millones las personas que se encuentran en situación de exclusión social en España. Esto revela un ensanchamiento del espacio de la exclusión, donde viven ahora 2,5 millones de personas nuevas respecto a 2018, fecha de la anterior encuesta. Este recientísimo estudio constata, además, un empeoramiento generalizado de los niveles de integración: sólo 4 de cada 10 hogares en España disfruta en 2021 de una situación en la que no sufren ningún rasgo indicativo de la exclusión. O lo que es lo mismo: el 60% de los hogares sufre algún tipo de exclusión… La pandemia ha incrementado los niveles de exclusión en el conjunto de la población y lo hace en todas las dimensiones analizadas: empleo, consumo, salud, educación, política, vivienda, conflicto social y aislamiento social. Especialmente intensos son los efectos en derechos tan importantes como el empleo o la vivienda, de tal manera que el 25% de los hogares atraviesa graves dificultades debido a las situaciones de desempleo, pero también por la realidad de un mercado laboral cada vez más precarizado, pues tener un trabajo ya no asegura la integración social y esta precariedad salarial dificulta el acceso o simple mantenimiento de una vivienda, como saben muy bien 1 de cada 4 hogares una vez que pagan sus alquileres o hipotecas y sus recibos de la luz, gas y agua. Una mirada compasiva y crítica al contexto actual

11


Conclusión: “Aumento de la pobreza severa y erosión de las relaciones sociales”. Una erosión muy preocupante, como ya reflejaba el Foessa de 2018: “Hemos roto consensos básicos y se advierten riesgos que pueden dificultar avanzar hacia una sociedad integradora, ante el auge del individualismo, el desarrollo de la lógica económica y de mercado, incluso como referente moral a la hora de tomar decisiones, y ante una desconfianza ante lo político y lo público para dar una respuesta a la situación actual”, decía entonces Raúl Flores, uno de los autores del estudio.

UN FUTURO HIPOTECADO Flores advertía también que de los datos analizados se desprende “un cambio social sin precedentes desde el último cuarto del siglo que está hipotecando nuestro futuro. Una sociedad estancada para la que no funciona el ascensor de la movilidad social”. Ni siquiera funcionan de momento las medidas gubernamentales para paliar la situación de los más desfavorecidos porque, según el estudio de Cáritas presentado hace solo quince días, únicamente el 18,6% de los solicitantes en pobreza severa está cobrando el Ingreso Mínimo Vital o, al menos, lo tiene concedido. Y a casi la mitad del total de solicitantes en pobreza severa (el 49%), le ha sido denegado… Más puntos suspensivos. Estos nuevos datos fruto del análisis de la realidad y de la acción Social de Cáritas sirven para constatar, en palabras de Natalia Peiro, secretaria general de esta organización eclesial, “que sí se está quedando mucha gente atrás”. Es decir, personas totalmente excluidas, invisibles, muchas de ellas jóvenes sin futuro, el fermento del desencanto que puede acabar en la vendimia de Las uvas de la ira, la novela de John Steinbeck llevada al cine por John Houston y que narraba la cara B del Gran Gatsby, la amargura de quienes pagaron las consecuencias de otra gran recesión, la del crack del 29, el fin de fiesta de aquellos teóricamente felices años veinte, que en Europa maceraba el fascismo, el nazismo y el comunismo, no nos olvidemos tampoco de él… 12

José Lorenzo


E ignoro cuánto de esta ira o de simplemente mala uva destilada hay en los botellones juveniles que, dicen, nos está dejando como efecto secundario el confinamiento y las restricciones en sus lugares de ocio y esparcimiento. Tenemos la juventud mejor preparada y me cuesta creer que sea tan insensata. Por supuesto no la mayoría. Me inclino a pensar que estos botellones, con enfrentamientos incluso con la policía, obedecen a ese enjambre sísmico que antecede a una erupción más violenta. Como veremos luego, la juventud precisa de atención. No sé si será suficiente un cheque regalo cultural y un bono vivienda. Aunque menos es nada. En todo caso, y para acabar ya con el poco atendido políticamente Informe Foessa, de no afrontar los desafíos derivados de esta realidad social atravesada por la desigualdad y la indiferencia, “el futuro cercano en Europa y en España podrá llegar a ser políticamente convulso o socialmente polarizado”. Y añade que “el proceso de cambio de época histórica en el que estamos inmersos está haciendo emerger un tipo de ciudadanía sustancialmente desconfiada, individualista y meritocrática”. Y en esto aparece una pandemia causada por un virus sobre el que aún no están claros sus orígenes, que desata teorías conspiranoicas que acaban salpicándolo casi todo, certificando que el nuevo orden mundial surgido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial es todavía un desorden en sí mismo, un mundo sin certezas, líquido, como lo definió Bauman hace dos décadas, y en acelerado proceso de gasificación, como lo han calificado ya algunos autores, como Daniel Innerarity o el también profesor Alberto Royo en La sociedad gaseosa· (Plataforma Editorial), quien señala: “Todo surge, se propaga, se vende, se compra, se usa tan rápido como se esfuma. (…) Sin criterio, sin razonamiento, sin ambición ética nos encontramos sin capacidad crítica; y sin aspiración a la virtud nos encontramos ante la pura superficialidad (…)”. Lo que no son gaseosos son los efectos sociales de la pandemia en España, como ha dejado claro Foessa. Un estudio “preliminar” elaborado en noviembre de 2020 por Funcas, un centro de análisis dedicado a la investigación económica y social, ya mostraba que la caída de los ingresos, la extensión de la pobreza y el aumento de la necesidad seveUna mirada compasiva y crítica al contexto actual

13


ra eran los tres efectos sociales más graves que el azote del coronavirus estaba dejando en nuestro país. Y que el de los jóvenes y los inmigrantes eran los colectivos que más estaban padeciendo el incremento de la desigualdad. Aunque solo fuera por estrategia, por posibilismo, habría que prestar especial atención a esos colectivos, y ya ni les quiero contar sobre ese segmento en el que se cruzan ambas condiciones y dan lugar a los jóvenes inmigrantes, ahora en la diana de partidos que se autodenominan cristianos. Mañana, si no se integra a este colectivo, es probable que acabemos viendo en los barrios de las periferias de la periferia la violencia nihilista de los distritos de París, donde el desencanto se cuece a diario en el fuego lento del paro, del fracaso escolar, de la pobreza, de la droga y de los problemas identitarios. En este punto, hay un inquietante elemento adicional, que ha empezado a afectar a España: la utilización política de los inmigrantes. Lo vimos en mayo con la bochornosa manipulación por parte de Marruecos de sus jóvenes, a los que permitió, cuando no instó, a cruzar por miles a Ceuta sin importarle lo más mínimo poner en riesgo sus vidas. Vimos también que a las escasas horas se habían dejado caer por la Ciudad Autónoma nuestros salvapatrias de salón intentando pescar en el temor y la incertidumbre de los habitantes de una ciudad ya muy tensionada. Pero detengámonos en los jóvenes. Sin importar el origen. Ellos son el futuro. Sobre sus expectativas, el estudio Jóvenes españoles 2021. Ser joven en tiempos de pandemia, señala que “esperan una vida mejor que sus padres, pero fuera de España”. Aunque están preocupados, ante el futuro se muestran relativamente optimistas, ya que el 46% considera que mejorarán su vida respecto a sus padres. Pero hay nada menos que un 42% que cree que todo les irá peor… “Llama la atención –dicen los autores del informe– que sigan siendo los jóvenes con peores condiciones socioeconómicas quienes menos consideren la posibilidad de construir su futuro fuera de España”. Tal vez aquí se encuadre ese 22% de jóvenes españoles que ni estudian ni trabajan, según un informe de la OCDE del pasado septiembre. Repito: casi un cuarto de la juventud española no hace nada, en una 14

José Lorenzo


época crucial de sus vidas. Están mano sobre mano, o viviendo en los mundos paralelos de las redes sociales, “el espacio en el que discurre su vida”, según señala el informe de la Fundación SM. Este informe también constata un cierto pesimismo de los jóvenes en poder formar una familia (41%) o en alcanzar una vivienda adecuada (48%). Más de la mitad (52%) cree que es bastante probable que tengan que emigrar para poder trabajar en el futuro, y la mitad (49%) cree que no podrá hacerlo en lo que realmente le gustaría. Así las cosas, no es de extrañar que se sientan insatisfechos con la clase política: el 71% cree que los políticos no les toman en cuenta. Pero tampoco se perciben grandes signos de la indignación que eclosionó en 2015 en el movimiento 15-M. El activismo, al menos para el 39%, se reduce a una implicación online y es posible que tenga que ver con el uso de las redes sociales, un patio muy peligroso donde la desinformación por veces ahoga a la información auténtica, como veremos. Lo que sí les importa y preocupa a la vez es la ecología (lo cual es una buena noticia para la pastoral juvenil gracias a la encíclica Laudato si’). Y es que 8 de cada 10 considera el cambio climático como el principal problema de España, la misma proporción que entiende prioritaria la protección del medioambiente y que su estilo de vida es importante para la conservación del planeta. Frente a eso, para casi la mitad (47,9%), la religión no es nada importante. Y sólo para el 10’6% es muy importante. Para casi el 75%, es decir, tres cuartas partes de nuestra sociedad futura, a día de hoy la religión es nada o poco importante. Y únicamente el 3,9% cree que en las iglesias se dicen cosas importantes. Los chicos y chicas creen más en Twitter, Facebook, Instagram o TikTok que en una homilía. Así pues, ya sabemos que creen en la lucha por el medio ambiente, pero no en los políticos ni en los curas, por simplificar. Y esto nos lleva a un futuro tampoco demasiado halagüeño. Primero para ellos, porque heredarán un planeta lleno de malos humos; pero también para nosotros, porque tanto el sistema político occidental como nuestra Iglesia viven graves momentos de probatura, aunque a los jóvenes parezca preocuparles menos, porque su perspectiva se reduce al aquí, donde lo más cierto es un futuro incierto. Pero vayamos por partes. Una mirada compasiva y crítica al contexto actual

15


Hemos hablado de una crisis social, que es una vieja conocida, pero que la crisis sanitaria ha dejado todavía más en carne viva. Teníamos indicios claros de la crisis climática, pero pensábamos que aún quedaba tiempo; y nos hemos acostumbrado tanto a las imperfecciones del sistema democrático que considerábamos que podríamos seguir tirando así, con las triquiñuelas, cuando no el trilerismo de los encargados de engrasarlo en el día a día, sin acabar de tomar en serio a los charlatanes que solo veían en ese sistema, desgastado por el uso y el abuso, un lastre.

PELIGRA LA DEMOCRACIA Son estos unos personajes que se otorgan la capacidad chamánica de ser los únicos capaces de poder regenerarlo y, desde dentro, se han convertido en una amenaza cierta para la propia democracia. Nada nuevo. Sucedió también tras los felices años 20 del siglo pasado. Pero parece que lo hemos olvidado demasiado pronto. De esta manera navegamos rumbo a la “crisis perfecta”, o a “la sociedad de las crisis”, como la denomina Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco. “A diferencia de otras épocas de la historia –señala en un artículo en El País–, vivimos hoy en una sociedad que no está asediada por enemigos exteriores sino por auto amenazas. Se trata de crisis y catástrofes como la pandemia, la crisis climática, inundaciones, incendios y sequías que de alguna manera son el resultado de nuestro modo de vida (…) El verdadero problema consiste en que es la propia sociedad la que está en crisis porque la gestión de estas crisis se tiene que llevar a cabo en un mundo que es interdependiente, descentralizado, postcolonial, de inteligencia distribuida, radicalmente plural. Las crisis actuales revelan un estado crítico de la sociedad; son unas crisis que no pueden resolverse a través de decisiones políticas porque también esas decisiones están marcadas por la crisis”. La crisis perfecta, esto lo digo yo, en una gobernanza mundial gaseosa y también algorítmica, perfecta para el amodorramiento y para el adocenamiento social, donde nuestros deseos se nos aparecen cada 16

José Lorenzo


día, a cada instante, en la pantalla de nuestro smartphone o tablet, esa nueva lámpara de Aladino que no nos dice que realmente quienes estamos atrapados en su interior somos nosotros. Tampoco la pandemia ha ayudado a sacudirnos la modorra. Al contrario, lo ha paralizado todo. También el activismo social que intenta poner quijotescamente coto a esta “sociedad de las crisis”. El 24 de septiembre, hace menos de un mes, se reanudaron en varios países del mundo los llamados “viernes por el clima”, o Fridays for Future, auspiciados por la joven activista Gretha Thumberg, suspendidos tras la declaración de la pandemia. Como saben, se trata de un movimiento internacional que está movilizando a gente de todas las edades, pero fundamentalmente a quienes están llamados a heredar la tierra, para reclamar de los Estados, de los gobiernos e instituciones supranacionales que rigen el mundo, una mayor implicación que luche contra el cambio climático, proponiendo, de paso, una nueva relación con el planeta que habrá de cambiar hábitos, formas y modelos de producción y consumo. En esto también coinciden con los postulados del papa Francisco, quien considera que la encíclica Laudato si’ no sólo es ecológica, sino también “social”. Solo unos pocos de centenares de jóvenes españoles (no pocos de ellos desde un compromiso de fe cristiana) salieron ese viernes a las calles de algunas ciudades españolas. Muchos menos que los que aquel fin de semana llenaron sobre todo Madrid y Barcelona, pero no solo, de botellones. Por eso hay que atenderles, hay que escucharles, y no solo darles una paguita. Porque lo cierto es que los jóvenes, pero no solo ellos, tienen razones sobradas para protestar por la heredad que les dejamos. Y es que según VI informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), publicado el 9 de agosto, “el cambio climático es generalizado, rápido y se está intensificando”. Es la conclusión más digerible de ese informe elaborado por un nutrido grupo de más de doscientos expertos de 76 países. La cuestión ya se hace más indigesta cuando vamos a los detalles, a afirmaciones que no son nada tranquilizadoras, pero que no se pueden soslayar o simplemente ignorar, como se ha estado haciendo en buena parte hasta ahora. Véase, por ejemplo, la postura del expresidente Una mirada compasiva y crítica al contexto actual

17


Trump y la gran cosecha de negacionistas que ha dejado tras su paso por la Casa Blanca. Vean, si no, a Bolsonaro en Brasil… Pero como las malas noticias nunca vienen solas, otro estudio de la Agencia de la ONU contra el cambio climático, hecho público el 17 de septiembre, es decir, hace un mes, certificaba que las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero seguirán aumentando hasta 2030 en cerca de un 16% con respecto a las de hace solo una década. Esto conllevará un incremento de la temperatura a finales de este siglo de 2,7 grados, muy lejos de los 1,5 grados que se dieron como límite de seguridad y asumieron los países que firmaron el Acuerdo de París dentro de la Cumbre del clima de 2015. Es de esperar que en la próxima Cumbre climática de Glasgow, el próximo mes noviembre, se tomen medidas más serias para tratar de frenar este fenómeno que se ve imparable. Parece que finalmente Jorge Mario Bergoglio no encabezará la delegación vaticana a la Cumbre de Glasgow pero, como deja negro sobre blanco en Laudato si’, ya sabemos por su boca que para empezar a revertir los efectos nocivos de la mano del hombre en el cambio climático, hay que cambiar el modelo de consumo, es más, que hay que desarrollar una economía social que ponga en el centro a la persona. Se trata de decrecer económicamente para vivir sosteniblemente. Claro que esto conlleva renuncias dolorosas, sobre todo para los que disfrutan de las ventajas del primer mundo, y no será fácil que den el brazo a torcer. Y es que, aunque el cambio climático es una evidencia científica, su negación se está convirtiendo en un arma política que entra de lleno en otra de las crisis que estamos padeciendo: la crisis de la democracia, sometida a unas pruebas de estrés que denotan la fatiga de los materiales que la hacen posible. Una fatiga producida por el desgaste del consenso que existía sobre los poderes en que se apoya y las instituciones que los representan: la falta de credibilidad de los políticos; la bronca perpetua en el Congreso de los Diputados; el bochornoso espectáculo desplegado por las diferentes administraciones públicas durante la gestión de la pandemia donde daba la sensación de que cuanto peor, mejor; la corrosión de instituciones que han sostenido el entramado democrático en nues18

José Lorenzo


tro país, como la monarquía parlamentaria, la judicatura, una Iglesia apabullada por las críticas y su propio desconcierto; el relato sobre el “régimen del 78” que se lanza con tintes revisionistas y adanistas; el desgaste también emocional que suponen políticas centrífugas como el proceso independentista en Cataluña, que ahonda no solo en el enfrentamiento entre comunidades, sino también en la división social, incluso en la familiar… Dejo también puntos suspensivos para que se añadan otros elementos. Porque todos esos, pero no solo, están poniendo en serios problemas la propia pervivencia de la democracia. El nuevo orden mundial surgido tras la devastación causada por la Segunda Guerra Mundial ha envejecido también muy mal y ahora estamos alumbrando un nuevo orden, o desorden, que nos está mostrando un rostro con cicatrices ya conocidas. Cicatrices que tienen un indudable atractivo para algunos. Es lo que Anne Apelbaum denomina “la seducción del autoritarismo·” en su último libro, “El ocaso de la democracia” (Editorial Debate), una atracción fatal que se está viviendo en estos días en medio mundo. ¿Y en qué se basa esta atracción fatal? En la propagación de teorías conspiranoicas de todo signo; en la deslegitimación del adversario, al que se considera un impostor; en la polarización del discurso político; la manipulación de las redes sociales; o el descontento creciente y el sentimiento de nostalgia de tiempos pasados que se consideran mejores. Preocupa y mucho la salud democrática del mundo. De ahí los muchos análisis que genera. En “Cómo mueren las democracias” (Ariel), Steven Levitsky y Daniel Ziblatt muestran los primeros síntomas de la enfermedad, que seguro que aquí también reconocemos: “En cualquier democracia –señalan los autores–, los políticos afrontarán en algún momento arduos desafíos. La crisis económica, el descontento público creciente y el declive electoral de los principales partidos políticos pueden hacer que incluso los entendidos más experimentados cometan errores de juicio. Si aparece en escena un desconocido carismático y consigue popularidad desafiando al viejo orden establecido, los políticos del poder establecido sentirán tentaciones de incorporarlo a sus filas si tienen la sensación de estar perdiendo el control. Y si alguien de dentro del sistema rompe filas para acoger al recién llegado antes Una mirada compasiva y crítica al contexto actual

19


de que lo hagan sus adversarios, podrá utilizar la energía y la base de éste para superar tácticamente a sus pares. En tal caso, los políticos de la clase dirigente esperan poder encauzar también al advenedizo para que apoye sus programas”. ¿Reconocen los síntomas? El caso, es que, como añaden, “este tipo de pacto con el diablo suele mutar en beneficio del advenedizo, pues las alianzas otorgan a los recién llegados respetabilidad suficiente para convertirse en aspirantes legítimos al poder”. Esto fue lo que pasó en la Italia y Alemania de los años 20 y 30 del siglo pasado (esto lo digo yo), donde Mussolini alcanzó el poder pese a tener 35 diputados en un Parlamento de más de 500 y Hitler fue propuesto ante la parálisis de la República de Weimar pese a haber sido condenado por un golpe de Estado perpetrado desde una cervecería de Múnich. Vuelve el pasado si no ponemos remedio. Hace solo diez días, los neofascistas intentaron tomar al asalto la sede el Gobierno italiano… Sí, aquí, en Europa. Poca broma. No se puede subestimar la salud mental de nuestros dirigentes políticos o candidatos a dirigirnos. No se puede hacer gran cosa en el caso del líder norcoreano, pero ahí tenemos el ejemplo de Donald Trump, cuya incitación a un golpe en los días posteriores a su derrota electoral a manos de Joe Biden acabó con un asalto al Capitolio, la sede de una de las democracias más consolidadas del mundo en enero pasado, hace solo nueve meses… Coincido con Levitsky y Ziblatt en que “mientras las personas tengan valores democráticos, la democracia estará protegida. En cambio, si la ciudadanía está dispuesta a responder a llamamientos autoritarios, antes o después la democracia estará en peligro”. Pero, como advierte el filósofo Javier Gomá: “Hay un miedo real a que la pandemia despierte un gusto por una democracia sin libertad (…) Nos dicen: ‘Yo soluciono el problema; tú limítate a obedecer’. Y, por miedo, aceptamos ese trato injusto”. ¿Exagerado? Hagamos el test que nos proponen estos profesores de Harvard para identificar el virus autoritario en políticos que medran en sistemas democráticos pero que no tienen un historial antidemocrático. Los autores se apoyan en cuatro señales de alarma desarrolladas por Juan José Linz –Premio Príncipe de Asturias de Ciencias So20

José Lorenzo


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
1_9788419376817 by Editorial Tirant Lo Blanch - Issuu