SÍMBOLOS EN LA CIUDAD, SÍMBOLOS DE LA CIUDAD Ensayos en Homenaje a María Cátedra
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
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SÍMBOLOS EN LA CIUDAD, SÍMBOLOS DE LA CIUDAD Ensayos en Homenaje a María Cátedra
Editores PEDRÓ TOMÉ MARTÍN MARÍA VALDÉS GÁZQUEZ CONSUELO ÁLVAREZ PLAZA
tirant humanidades Valencia, 2021
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El libro es el resultado de una coedición con la Universidad Complutense de Madrid en el marco del Grupo de Investigación “Antropología de las Políticas Sociales y Culturales” (APSYC)
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© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email: tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-1853-490-4 MAQUETA: Innovatext Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
Autores CONSUELO ÁLVAREZ PLAZA CRISTIANA BASTOS STANLEY BRANDES DOLORS COMAS D’ARGEMIR MANUELA IVONE CUNHA MARIE JOSE DEVILLARD CARMEN DÍEZ MINTEGUI JEAN-YVES DURAND ADELA FRANZÉ JORGE FREITAS BRANCO JOAN FRIGOLÉ JOSÉ LUIS GARCÍA PAULA GODINHO CRISTÓBAL GÓMEZ BENITO AURORA GONZÁLEZ ECHEVARRÍA JUACO LÓPEZ ÁLVAREZ ENRIQUE LUQUE ANTONIO MEDEIROS JOSÉ ANTONIO NIETO ÁLVARO PAZOS JOAN PRAT FRANCISCO SÁNCHEZ PEDRÓ TOMÉ MARTÍN MARÍA VALDÉS GÁZQUEZ
María Cátedra en el Encontro/Encuentro Ibérico celebrado en El Barco de Ávila en 2015. Foto: Paula Godinho
Índice SÍMBOLOS EN LA CIUDAD, SÍMBOLOS DE LA CIUDAD........................ 13 Pedro Tomé, María Valdés y Consuelo Álvarez
HIERBAS, FRUTO Y MONTE. UN TEXTO INACABADO EN HOMENAJE A MARÍA CÁTEDRA................................................................................................ 49 José Luis García García†
MIRADAS PROFUNDAS SOBRE ASTURIAS (DE TAPIA DE CASARIEGO A LA CUENCA HULLERA, ATRAVESANDO EL PAÍS VAQUEIRO PARA LLEGAR AL REINO DE LOS TROPOS)................................................................ 77 Joan Prat
SOMBRAS DESDOBRADAS: VAQUEIROS ASTURIANOS DE ALZADA, PASTORES DE TRÁS-OS-MONTES E «UM TERRAÇO PARA OUTRA COISA AINDA»......................................................................................................... 109 Paula Godinho
LOS VAQUEIROS DE ALZADA DE ASTURIAS ANTE CARLOS III EN DEFENSA DE SU MODO DE VIVIR.................................................................. 133 Juaco López Álvarez
ETNOGRAFÍA DE UN SILENCIO...................................................................... 155 Francisco Sánchez
ÁVILA, ÉVORA OU AS PREFERÊNCIAS IBÉRICAS DE MARÍA............. 181 Jorge Freitas Branco
MARÍA CÁTEDRA TOMÁS. EL TESTIMONIO DE UNA AMISTAD Y DE UNA RELACIÓN PROFESIONAL............................................................... 201
Cristóbal Gómez Benito
ESTES MUROS QUE NOS UNEM....................................................................... 217 Cristiana Bastos
EL VIRUS QUE NOS OKUPA................................................................................ 231 José Antonio Nieto
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Índice
EL CULPABLE FRENTE AL ESPEJO. DIGRESIONES DESDE EL CONFINAMIENTO........................................................................................................... 255 Enrique Luque
PARA PENSAR “EL PROCÉS” DESDE DE LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL. 281 Joan Frigolé Reixach
MARI MATRIARCA, MARI TRANSGRESORA, MARI QUEER. RELECTURAS DE UN SÍMBOLO DE LA CULTURA VASCA.................................. 297 Carmen Díez Mintegui
OBSERVAR Y SER OBSERVADA. APUNTES METODOLÓGICOS DESDE LAS EXPERIENCIAS DEL TRABAJO DE CAMPO................................. 323 Dolors Comas d’Argemir
MEMÓRIA DAS ETNOGRAFIAS DAS LONGAS NOITES DE PEDRA – UMA INTERPRETAÇÃO DE CELEBRAÇÕES E DE EXTRAVIOS............ 347 António Medeiros
RECLAMACIONES EN LA RED. IMAGINARIOS SOCIALES Y SUBJETIVACIONES POLÍTICAS EN EXPERIENCIAS ACTIVISTAS................... 367 Álvaro Pazos Garciandía
NO ES SOLO UN CONTRATO… LEGALIDAD E ILEGALISMOS COMO ESTRATEGIAS DE INSERCIÓN SOCIAL EN CONTEXTOS MIGRATORIOS.............................................................................................................. 403 Marie José Devillard y Adela Franzé
LA PEQUEÑA HISTORIA DE VIDA DE UN ALCOHÓLICO EN RECUPERACIÓN................................................................................................................. 437 Stanley Brandes
PARENTESCO, PARENTALIDAD, APOYO MUTUO Y VULNERABILIDAD EN LA CRIANZA. DEL ESTATUTO ONTOLÓGICO Y EPISTEMOLÓGICO DE LOS DOMINIOS ANALÍTICOS.......................................... 451 Aurora González Echevarría
NACER POR REPRODUCCIÓN ASISTIDA: REFLEXIONES DESDE LA ANTROPOLOGÍA.................................................................................................... 485 Consuelo Álvarez Plaza
TRABALHO DE (UM PEQUENO) CAMPO: OS MATRAQUILHOS........ 519 Jean-Yves Durand y Manuela Ivone Cunha
SÍMBOLOS EN LA CIUDAD, SÍMBOLOS DE LA CIUDAD Pedro Tomé Instituto de Lengua, Literatura y Antropología (ILLA-CSIC) María Valdés Universitat Autònoma de Barcelona Consuelo Álvarez Universidad Complutense de Madrid
Al presentar a María Cátedra señalan los autores del Biographical Dictionary of Social and Cultural Anthropology que es, entre otras cosas, una pionera de la antropología urbana en España (Amit 2004:123). Preciso resulta, no obstante, reconocer que, aun siéndolo, se diferencia de otros pioneros en su deliberado intento de no colonizar ningún territorio teórico. Cierto es, no obstante, que ha ido abriendo algunos caminos en su actividad investigadora que, en la medida en que han sido seguidos por antropólogos y antropólogas que los han caminado después, la ha convertido, al cabo, en precursora. Iniciada su labor con un estudio sobre una comunidad “marginada”, semejante a otros muchos que se hacían a la vez que ella llegaba a las brañas vaqueiras, pasó, sin abandonar al grupo, a centrarse en un tema tan específico como la muerte. Y, ya de camino, en la enfermedad y su vinculación con los desórdenes morales y sociales. Porque, nos cuenta, para los vaqueiros, en la medida en que la enfermedad supone una alteración del orden de las cosas, no hay curación sin que, previamente, ese orden quebrado se restaure por procedimientos sociales.
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Sin embargo, quienes leyeron esos trabajos, lejos de ser conducidos a angustias y zozobras, pues los títulos de sus escritos pudieran hacer pensar que la autora era remedo de una Kierkegaard ibérica, pudieron disfrutar con cada respetuosa palabra que se deslizaba por las muchas páginas que dedicó a la cuestión. Diríase que solo María Cátedra puede hacer que un estudio sobre la muerte sea de agradable lectura. En parte, en muy buena parte, porque esas palabras mostraban un compromiso con un trabajo de campo serio, paciente, continuado y minucioso1. No en vano, en varias ocasiones, ha criticado de forma tan amable como firme a aquellos que confunden tal desempeño con excursiones o vacaciones ilustradas. Ahora bien, como ha dejado escrito, la etnografía no tiene interés por sí misma; es solo un medio de adquirir información para la discusión teórica. No obstante, este “ir a hacer campo”, como se solía decir cuando se hacía con mayor profusión, no tiene como objetivo verificar ciertas teorías. Es decir, para Cátedra yerra quien busca en la etnografía confirmar un corpus más o menos brillante que ha sido bien conformado previamente en el despacho o bien heredado de marcos conceptuales luminosos. De hecho, en el medio rural o en la ciudad, su idea es que el propio material me fuerce a su estructuración en vez de yo misma forzarlo a la mía. Más aun, a diferencia de lo que algunos teóricos han sugerido, para María Cátedra, el trabajo de campo, la etnografía, nada tiene que ver con una suerte de laboratorio en el que experimentar esas teorías. Cierto que es el medio más crucial del que dependemos. Pero no menos, dice, que en la etnografía ocurre básicamente un encuentro entre personas. De esta manera, la capacidad para empatizar y el respeto en grado máximo a quien comparte su vida son prerrequisitos fundamentales para acercarse a esos otros de los que, si la etnografía está bien hecha, llegaremos a ser parte. Será
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Todas las expresiones que aparecen en cursiva en esta Introducción, excepto obviamente títulos y expresiones en lenguas diferentes del castellano, están tomadas de textos de María Cátedra. Indicar la referencia de cada una de ellas ayudaría en poco a su lectura y distraería bastante. Invitamos, por ello, al lector a buscarlos como parte activa del homenaje a la misma.
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de tal modo que, casi sin tener conciencia de ello, al cabo del tiempo, se podrá constatar que la amistad y la sensibilidad son una parte importante del trabajo del etnógrafo. Esta constatación puede hacer que la separación analítica entre observación y participación se disuelva en la práctica. Lo cual es una gran ventaja con respecto a otras ciencias sociales. Y, a la vez, un gran problema porque eso implica que la observación no se puede separar de su participación en el proceso. De ahí que sea necesario perfeccionar continuamente los modos en que los datos son recogidos, cabe decir producidos, ya que, en última instancia, su significado está intrínsecamente unido a la manera en que se recogen. En suma, en la medida en que el trabajo de campo es el que permite plantear hipotéticos avances, para María Cátedra, cualquier desarrollo teórico de base empírica que se pretenda plantear tendrá que ver tanto con la mejora progresiva en la producción de datos como, simultáneamente, con la capacidad de compartir afectos. Debido a esto, el trabajo de campo bien realizado más que hacer que el antropólogo se sienta del lugar donde sucede, que también puede ocurrir, debe llevar a sentirse con los del lugar donde se desarrolla. Es más, asevera, el hecho central que ha descubierto la antropología es que la gente tiene vidas llenas de sentido y esos significados solo pueden ser descubiertos en el contexto de esas vidas. Acá o allá, entre vaqueiros, abulenses o eborenses, en las brañas o en las ciudades abarcables, abrazables, amuralladas, María Cátedra siempre se ha acercado con respeto a las creencias de aquellos con los que habla y observa o a las situaciones en las que la cotidianeidad se ve sobresaltada con conflictos que, en no pocas ocasiones, se reproducen sin cuento. Esa consideración no puede confundirse con una tolerancia displicente, sino que tiene que ver con una actitud que nace de saber que “los otros” están entre “nosotros”. A fin de cuentas, el exotismo está en nuestra propia mirada. Esta actitud tiene, obviamente, repercusiones metodológicas, pues tal convencimiento obliga, por una parte, a trascender cualquier forma de parroquianismo localista; por otra, anima el conjunto de
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la teoría ya que obliga a comparar explícitamente, en su caso las ciudades de Ávila y Évora, como una forma de evitar las comparaciones implícitas que también hacemos y pueden condicionar todo el proceso de conocimiento. No quiere decir esto, sin embargo, que la etnografía elimine el propio punto de vista. Este se mantiene y, aun analizando el conflicto y a los contendientes, se deja ver. Aunque solo sea porque el antropólogo se transparenta en su obra y esto, que a veces ha sido considerado como algo vergonzante, yo creo que debería ser no solo un ejercicio sistemático y consciente, sino una obligación metodológica. Este dejarse traslucir no es pues un ejercicio de exaltación del ego que quiere introducirse cual personaje de su propia narración, como si fuera ese Unamuno, personaje de Niebla, que, inserto en la trama argumental, habla con otros personajes de igual a igual para, finalmente, decidir sobre la vida y la muerte de ellos. Más bien, en la medida en que somos parte del proceso por el que conocemos, dirá María Cátedra, la tradición del propio etnógrafo es parte del problema etnográfico. Por lo mismo, no dudará, cuando lo considere necesario, exponerse para clarificar ese “problema etnográfico”, con efectos teóricos, mostrando en primera persona su parecer sobre aquello que está viendo, sobre aquello en lo que está participando: la apropiación institucional de la muerte o del nacimiento en detrimento de su entorno social tiene un alto precio, en soledad y en sentido. Creo que el nacer y el morir no tienen por qué realizarse en aislamiento, en el territorio de una de las culturas posibles: la de la medicina occidental en los grandes hospitales. En ocasiones esta situación sugiere una especie de secuestro.
Y hablaba en este caso de vaqueiros y no de contemporáneas pandemias como algún despistado lector pudiera suponer. A fin de cuentas, aunque no ha dedicado más que un suspiro a reflexionar sobre eso que genéricamente se encuadra en los manuales bajo el epígrafe de la discusión sobre la responsabilidad moral de las ciencias, o sobre su hipotética neutralidad, siempre ha sabido en qué lado había que estar.
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La capacidad de mirar la realidad social desde el sitio adecuado le ha permitido a María Cátedra transitar, con cautelas metodológicas y epistemológicas, de unos contextos a otros. Así, si entre vaqueiros descubrió que el contexto de la enfermedad y la muerte en la braña es la institución domestica: la casa, al llegar a las ciudades contempló cómo esas mismas nociones de casa y tránsito entre mundos están presentes en los estilos de vida que se imponen a la mayor parte de la población. Como expresamente indica cuando se fija en aquellos a los que Bhabha denomina The unhomely, La vida social moderna es una pluralidad de mundos entre los que hay una emigración de individuos. Cada día, los individuos transitan por una variedad de medios sociales divergentes, discrepantes e incluso contradictorios que les llevan a la condición de sin casa. Sus ideas derivan de un sentido de pérdida: en el mundo moderno se ha perdido el hogar tradicional de fijeza y centralidad física, valores absolutos y una realidad unificada. Los individuos están en tránsito entre una pluralidad de mundos de vida, pero no están en casa en ninguno: la anomia del movimiento social se correlaciona con un sentido metafísico de sin hogar en el cosmos que se correlaciona también con la alienación personal a nivel de consciencia. La falta de hogar es el destino del mundo en un mundo con otro sentido de estar en el mundo. Al ser más móvil, el hábitat se convierte en más individualizado y privatizado. El sentido de la falta de lugar proviene, paradójicamente, de la reacción frente al movimiento, de los que luchan y mueren por los lugares primordiales. (…) Llevamos nuestra casa con nosotros. Pero es precisamente como transeúnte como uno logra el sentido profundo de pertenencia.
Cuando llegó ese momento del trabajo de campo que, según María Cátedra, permite descubrir una jerarquía de estructuras de significación que permiten interpretar conductas y formas de pensar, optó, Pensilvania mediando, por bajarse de las brañas astures para subirse a una población castellana a averiguar cómo se construye simbólicamente una ciudad y, años más tarde, considerar y comparar la mitología de dos pequeñas urbes, [porque] la mitología encierra una definición cultural de la comunidad, permite la especificación local, el escrutinio de su historia, muestra sus aspiraciones y deseos, es la forma de presentarse al exterior. En todo caso, por mucho que los antropó-
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logos hayan sido los últimos en acceder al medio urbano en lo que se ha llamado la tercera revolución en antropología, hay que tener una gran fe en la disciplina –o, tal vez, ser un poco inconsciente– para irse a vivir a Ávila en un mes de enero. El deliberado intento de comprender cómo se construye simbólicamente una ciudad anuncia un acercamiento a la misma muy alejado del que, hasta ese momento, habían realizado muchos sociólogos y, siguiendo su estela, no pocos antropólogos seducidos por el encanto de los números. La investigación de María Cátedra no pretende ni asumir ni incorporar, ni si quiera de soslayo, una percepción cuantitativista de la ciudad. Las cifras, producidas como parte de aquello que se pretende explicar, dan razón de algunos elementos que conforman la vida ciudadana, pero se dejan fuera combinaciones expresivas en las que se articulan elementos arquitectónicos, procesos históricos, comportamientos ciudadanos, emblemas de poder, resistencias al mismo, diversidades en conflicto, combinaciones de lo antiguo, lo de ayer, lo de hoy y las visiones del futuro, que son producidas, provocadas o rechazadas por los propios habitantes, etc. Por tal motivo, sin acudir a un paradigma biologicista, asume como punto de partida para su estudio que las ciudades incorporan transformaciones históricas que hacen que las gentes se adapten a lo que las ciudades están siendo, pero, a la vez, que estas sean el fruto de esas adaptaciones. Ahora bien, si las ciudades las hacen los ciudadanos y no solo los poderosos como ciertas historias han pretendido contar, hay que atender a los procesos de cambio emanados de diferentes grupos sociales y étnicos que han producido importantes cambios en las infraestructuras, en la estructura y en los significados de la ciudad. Algo que aleja también cualquier percepción mecanicista que es sustituida por la convicción de que las transformaciones urbanas son siempre fruto de uniones creativas de imágenes, lenguajes, creencias y comportamientos. Pero eso exige encontrar nuevos ángulos de visión, modos más imaginativos, rigurosos y estéticos en el estudio de la cultura. Aunque solo sea porque en muchas ocasiones la gente plasma de un modo intuitivo e imaginativo, en unas pocas frases, lo que al antropólogo le llevaría un buen número de páginas explicar. Ahora bien,
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esta operación supone tanto un cambio de “objeto” como de método. Exige tomar en consideración la existencia de ciertos tics antropológicos que han llevado a confundir el estudio de la ciudad con el de los grupos considerados marginales, los barrios vistos como aislados o la población recién llegada, los emigrantes que, por lo demás, aunque ciudadanos, llevan poco tiempo construyendo esa ciudad. Por supuesto, eso no quiere decir que no haya que estudiar etnias, barrios, profesiones, etc., en la ciudad, sino que hay que estudiarlos de otra manera, incluyéndolos en el conjunto de las múltiples relaciones, también las de marginación y poder, que permiten comprender la ciudad en su conjunto, como una suerte de sistema mayor. Solamente así se puede avanzar en una teoría amplia que vaya más allá de las teorías particulares, por lo demás necesarias. En todo caso, señala María Cátedra a modo de provocación, la búsqueda antropológica entre nosotros de lo romántico, lo raro, lo nostálgico, lo marginal y lo exótico, creo que significa un obstáculo que impide el estudio de otros grupos supuestamente “normales” (y uso esta palabra con comillas). Eso supone trascender la antropología del infierno que subyace a un cierto exotismo bajo el asfalto, para deslizar la mirada hacia esos que lo provocan. ¿Por qué desatender en nuestras investigaciones a aquellos cuya influencia y poder de decisión resultan significativos en la sociedad actual? Pero el problema, la suerte que tuvo María Cátedra al intentar estudiar el poder, y no solo sus consecuencias, es que, en el caso de Ávila, no es posible atender a lo que ahora está ocurriendo en la ciudad sin analizar la vinculación entre lo político y lo religioso en el proceso de formación de eso que genéricamente, sin entrar en los matices necesarios, podríamos denominar la identidad colectiva de Ávila. Un proceso, por otra parte, íntimamente ligado a los contextos regional, nacional e internacional en los que se construye. Es decir, más allá de Trento, el papado, las disputas entre monarcas, los comuneros de Castilla, Felipe II o el obispo que tocara en la silla abulense, María Cátedra se percató de que en el santo patrón de la ciudad se condensaba una simbolización de procesos políticos que conllevaban cambios profundos en los modelos de gobierno ciudadano. Más
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allá de que la “invención del santo” se insertara en el proceso de sustitución de un gobierno local por el derivado del encaje de la ciudad en un Estado moderno, la definición y la posesión del símbolo tiene que ver con la determinación de los centros de poder y las relaciones sociales que se establecen en el interior de la ciudad, así como las luchas ideológicas que en ella se suscitan. Un proceso, por lo demás, inacabado, sin cerrar, y que hoy día se sigue manifestando de forma solapada, pero con la misma rotundidad. Por ello, aunque hable de santos, inevitable cuando se refiere a Ávila, María Cátedra nos cuenta que su mirada atiende, no a la “corte celestial”, sino a la “corte terrenal”, es decir, mi interés se ha centrado en los que los santos “dicen” de quien los venera. Así pues, la mirada a la historia local que María Cátedra realiza está tan lejos de la historia conjetural que reclamaban los iniciadores de la antropología como de la que demandan algunos historiadores de gusto positivista. De hecho, superando estereotipos que algunos profesionales de la antropología tienen de los historiadores y los que estos pueden tener de aquellos, considera que la antropología mejora cuando incorpora la historia del mismo modo en que esta se acrecienta cuando es capaz de hacerse más antropológica. Es más, reclama una colaboración de ambas disciplinas porque historiadores y antropólogos tiene un mismo objetivo: el estudio del otro en el tiempo y en el espacio, un interés en el texto y en el contexto y en explicar el significado de las acciones de la gente; en ambos casos se trata de realizar un acto de traducción. Los dos tratan de comprender y explicar, dan sus resultados de forma literaria y han tratado de desarrollar marcos de referencia conceptuales para la comparación y el cambio social.
Para poder llevar a efecto esa comparación la mirada de María Cátedra se desplazó desde Ávila hasta Évora, la capital del Alentejo portugués, una ciudad que en algunos aspectos podría recordar a Ávila siendo muy diferente en otros. Si en el caso de la primera San Segundo fue uno de los símbolos que sirvieron para atraer su mirada que luego se extendería a otros, en el caso de Évora análoga función