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1 Será por los tiempos que corren, que cualquier pretexto es bueno para oler a incienso, pero el entierro de doña Isabel Quintanar de Alba está siendo de lo más concurrido de la temporada. Hasta los curas se están volcando por docenas, todos con sus roquetes y sus caras de circunstancias, como corresponde a la ocasión y al gremio, poco compungible, más dado a la circunspección que a los sentimentalismos, como los militares en actos de servicio; de algo han de valer la profesionalidad y los uniformes. Ya se puede decir sin temor a engaños que no se ha conocido mayor movimiento del clero, ni siquiera cuando murió el Obispo; se está notando que los diezmos y primicias de la difunta pesan más que las perspectivas de promoción; una señora rica fallecida, con vitola de benefactora, para el aspavientos ni muecas salvo disposiciones testamentarias desfavorables; un Obispo que deja vacante la sede episcopal no deja de ser una remota expectativa de ascenso, igual que ocurre con los generales; es la íntima verdad de los escalafones. A los militares sin graduación y al público en general, aunque sea de lejos, sólo les interesa el destino Las hileras de curas seculares, a diferencia de los a lo sumo resultan vistosas y que no huelen a correajes sudados; si fueran frailes sería otra cosa, a éstos se les nota la disciplina conventual y que ensayan las ceremonias. Los otros curas, aparte de que son disparejos y que se desgana y únicamente se ponen de acuerdo para establecer 9


el orden de antigüedad en la comitiva; otra cosa no tendrán, pero las dignidades y las jerarquías las llevan a rajatabla, exactamente igual que sucede con los otros poderes fácticos: el señor Gobernador es la máxima autoridad civil; el señor Gobernador Militar es la máxima autoridad real, y vamos a dejarnos de eufemismos; el señor Alcalde es un eventual adicto al Régimen que puede ser nombrado y destituido por los señores Gobernadores puestos de acuerdo, mayormente, salvo en las escasas excepciones que vienen impuestas desde arriba: la alta política es la alta política; tampoco son tiempos propicios para dar muchas explicaciones. Los señores concejales, que sólo se agrupan cuando se constituye el ayuntamiento bajo mazas y para asistir a procesiones, como no cobran, demasiado hacen con tener dispuesta la camisa azul e impoluta la chaqueta blanca, si es verano, como los porteros de los teatros; en invierno se les nota más el espíritu castrense del estilo, que las chaquetas negras –medio saharianas– y los correajes dan mucha prestancia, aunque parezcan ferroviarios domingueros; peor es hacer colas en el cine o en las carnicerías con la cartilla de racionamiento en la mano; más vale una adhesión inquebrantable a tiempo que una cola para todo, que es lo que está obligada a hacer la mayoría. Aunque la noticia corrió como la pólvora, los más se han enterado de la muerte de doña Isabel cuando doblaron las campanas de las iglesias y vieron ondear a media asta la bandera del Ayuntamiento, no precisamente porque doña Isabel fuera rica, que lo fue, sino porque unos años antes, recién terminada la guerra, la nombraron hija predilecta; protocolos, pues hasta ahí podría llegar la cosa, como dijo don Ramón, mayordomo de las consistoriales, conspicuo maricón solapado, propenso a los damascos ornamentales y A don Ramón, como a la ciudad, se le nota que nunca estuvo en zona roja ni pasó calamidades, sólo estrecheces, 10


vencedores, es adorado por la buena sociedad provinciana porque es elegante, conversador ameno, artista en el piano y a destiempo tuvo las bendiciones oportunas antes de que las barrigas desentonaran con Mendelssohn y los vaporosos vestidos blancos. Otra cosa no habrá en provincias, pero memoria, toda, tanto para los rencores como para los reconocimientos; lo de los agradecimientos es otra cuestión bien distinta. No es por comparar, pero Sebastián, el sacristán de Santa María, también es maricón paradigmático, aunque sin fundamento, que la ocasión que más se presta para su lucimiento personal es en los funerales que se celebran a priori de los entierros multitudinarios, encendiendo las velas del altar y los hachones del catafalco. Llega a asegurar que en acontecimientos semejantes las iglesias suelen llenarse de gente aburrida que asiste por puro trámite, a contrapelo, para ser vista, y por ello dispuesta a entretenerse con cualquier cosa; que no ocurre como con los asistentes a las bodas de campanillas, aunque también acudan para cubrir el expediente, porque, claro, en algún sitio han de quedar para reunirse todos antes del banquete y para enseñarse los modelitos, que no hay nada como los atrios para esos menesteres, menudo realce, sobre todo si el atrio es gótico atrios depende de la temporada. También es verdad que los que acuden a las bodas no se les llama asistentes, sino invitados y la mayoría de las veces, a efectos contables y de amortización, simplemente comensales; es decir, decididos a ejercer las tablas del justiprecio y no a perder el tiempo con las evoluciones de los sacristanes por mucho roquete bordado que lleven. Tampoco asisten para admirar las galas de la desposada; los invitados a las bodas suelen ser bastante desaprensivos y desconsiderados, sobre todo las amigas solteras de la novia, a la que prestan nada más que 11


la atención precisa porque ellas piensan en otros morbos. el personal de los funerales suele ser más comedido, limitándose los asistentes a estrechar las manos de los que forman las cabeceras de duelo componiendo un gesto serio, o compungido, o demudado, o trágico, o dolorido, según, balbuciendo palabras ininteligibles; sólo a partir de una cierta costumbre y mucho aplomo, se suele articular con claridad le acompaño en el sentimiento, o mi más sentido pésame, o comparto su dolor, etcétera. Los sacristanes sensibles y observadores, aunque sean bizcos y maricones, en materias de sus competencias también pueden escribir tesis doctorales. Las esquelas con el fallecimiento de doña Isabel han salido hasta en ABC; ya se sabe que el único baremo cierto para acreditar que no se ha ido de farol por la vida es que la esquela salga en periódicos de tirada nacional, y si es con reseña adjunta en la sección necrológica, para qué contar. A doña Isabel, las dos cabeceras provinciales le han dedicado páginas enteras con su biografía, profusión de fotografías, declaraciones de personalidades, locales y foráneas, que se dice volcarse; menudo trajín llevan los reporteros locales para que sus periódicos puedan levantar cabeza aumentando Irreparable pérdida, y una entradilla a cuerpo menor: Una ingente multitud dijo su último adiós a la excelentísima señora doña Isabel Quintanar de Alba; no todo van a ser farmacias de guardia y cartelera de espectáculos. La ciudad se acostó con la noticia del fallecimiento de doña Isabel y, con esa exquisita sensibilidad que la caracteriza, se ha fortuna de la señora. Sebastián, el sacristán bajito y bracicorto, es maricón por contagio laboral; se empieza cambiando el agua de 12


tiene un pliegue de más, y entonces no hay remedio: a cada cual le entra la silicosis por la vía más expeditiva; hay que desengañarse y reconocer que existen profesiones de mucho riesgo. Se dan casos excepcionales, ésa es la verdad, pero hace falta muchas dosis de escepticismo y de desapasionamiento para evitar los éxtasis y los arrobos; pasa igual con los médicos de guardia nocturna, que necesitan de defunción sin que les tiemble el pulso más de lo inevitable; todo es cuestión de práctica, de no abandonarse ni dejarse llevar por la vocación, que es la que ha perdido a tantos, como a Sebastián, que por mucha profesionalidad y mucho virtuosismo que derroche manejando la caña larga para encender las andanas de velas, se le nota a la legua el al rozar los pabilos que, astutamente, antes ha untado con aceite y gasolina para que prendan con insólita y mágica prontitud, para forzar, casi, los aplausos admirativos de la concurrencia. Sebastián, a pesar de ser clase media baja, lleva años arrimado al goteo de una teta inacabable y puede mirar por encima del hombro a muchos de los que se sientan en los bancos estirando el cuello para que los vean.

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2 La huella de la guerra es como un tocino rancio que amarillea cualquier caldo, como el olor a podrido de la rata que murió de hambre en la leñera, como la pomada viscosa que se untan los tiñosos en la cabeza, como el zotal de los urinarios públicos, los cuarteles y los comedores de caridad, como los retretes de las estaciones y las salas de los hospitales, como las toses de los tuberculosos que esperan pacientemente la muerte con los ojos muy abiertos, desorbitados, adivinándola. La guerra, lejana y próxima, ya se empeñan en que nunca sea historia pasada porque nadie quiere olvidar ni la derrota ni la victoria, sobre todo en provincias como ésta que no tuvieron la oportunidad de adhesión inquebrantable llena de silencios cómplices, a pesar del rumor de las conciencias, idéntico runrún al de los entreactos teatrales y al de los interiores de los templos antes de empezar las ceremonias. del mediodía, a la iglesia, con las puertas abiertas de par en par, le entra un cañón de luz que hace más vidriosos los ojos de las imágenes y más notorio el polvo de las volutas con el descarado sol entrando a raudales, parecen escenarios de teatros abandonados y pierden toda la mística y el íntimo recogimiento que tanto favorece la penumbra; las iglesias con entierros multitudinarios nunca se llenan de feligreses piadosos, sino de espectadores morbosos o a la fuerza, que sólo buscan la apariencia y los lugares estratégicos para no perderse detalle, aunque sean las doce del mes más rabioso del verano, cuando el calor despierta todos los olores 15


antiguos de todas las lamparillas que se apagaron, de todas enfriaron. La Prioral de Santa María tiene los bancos gastados y una plaga de reclinatorios trabados con cadenas y candados; en algunos, en el apoyabrazos, con chinchetas doradas artísticamente dispuestas, pueden leerse los nombres de las propietarias; en otros no caben las chinchetas porque están guarnecidos de terciopelo; la mayoría están desvencijados, con los muelles hundidos, no en balde se les nota el peso de la piedad de generaciones, que los reclinatorios, como los bienes inmuebles, también se heredan. Las beatas con reclinatorios se hacen la ilusión de que tienen en la iglesia sus cartas credenciales y asisten a ella como si fueran a la Se ha conseguido que la misa de córpore in sepulto se celebrara en la Prioral, pero sin el cadáver, que permanecerá en la casa mortuoria situada enfrente. Hasta última hora se ha insistido, pero ni el señor Obispo ni el señor Gobernador la oportunidad de un protagonismo, aunque sea de rebote. Su Ilustrísima ha dispuesto que se celebre en la Prioral el funeral antes del traslado del féretro a su última morada, el panteón familiar, descartando por tanto su celebración en la capilla privada de la residencia de la señora, de limitado aforo, y que dadas sus reconocidas virtudes cristianas, la constante generosidad de que hizo gala y la unanimidad de sentimientos que su muerte ha despertado en la ciudad, de Santa María, holgadamente, podrán concentrarse las autoridades eclesiásticas, civiles, militares y el público

que cubrirá el ataúd, y desde allí partirá el cortejo fúnebre hacia el cementerio.

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Que la decisión del señor Obispo no ha caído en saco roto lo demuestra el movimiento en el atrio, las puertas abiertas de par en par, las lámparas encendidas, el catafalco con su mejor paño de terciopelo bordado, las andanas de velas y los cirios encendidos, el clero formando corrillos, los guardias poniendo orden, los concejales agazapados, y ese murmullo de expectación que precede a todo lo extraordinario, sobre todo cuando una herencia con bastantes agraciados potenciales anda de por medio. Las autoridades, así a bulto, también tienen un cierto tufo a tocino rancio, aunque a lo mejor no son ellas exclusivamente las que propagan ese olor cuartelero; a lo mejor depende del momento histórico, que nació rancio por mucho que se alardease de conquistar imperios. –A sus órdenes, mi coronel. –Encantado de saludarlo, Padilla. –A sus pies, doña Engracia. Saludos, sombrerazos, reverencias. Toda la pantomima vista desde una cierta distancia parece un ridículo melodrama de cine mudo o de guiñol en el que cada uno se aferra a su papel para defenderlo a ultranza, sin poder evitar, pese a todo, un hastío, una náusea. Cuesta mantener el tipo mientras se intercambian saludos y lugares comunes. Todos se conocen demasiado, pero celebran como nuevas las anécdotas mil veces referidas palabra por pesadumbre, según, igual que si recitaran un texto ensayado hasta el aburrimiento. Es la cansina representación social de una esperpéntica comedia que tiene como escenarios los atrios de las iglesias, las cafeterías de la plaza, las visitas de los jueves o cualquier otro momento que sirva para seguir goteando la envidia soterrada, el odio contenido que no desfogó del todo, porque la guerra, al estar en otras latitudes, los dejó sin protagonismo, exclusivamente con los ajustes de cuentas propios de las retaguardias y con los disimulos que amparan unos visos de educación y las bendiciones de la Iglesia. 17


Ni el recuerdo de los que se fueron para siempre soñando amaneceres es tan fuerte como para borrar el resentimiento contra los que quisieron soñar libertades imposibles; tampoco ha podido barrerlos la doméstica piedad de triduos y novenas, religión de fachada que confunde la fe con las creencias; pueden más la soberbia de tener criadas de uniforme, las fantasías de pasados esplendorosos truncados por la guerra, o abonarse al imaginario sufrimiento en cárceles enemigas, que tanto dan de sí, llegado el caso. El paso alegre de la paz es un precio que se cobran los oportunistas y los aplaudidores, gracias a la complicidad de los acobardados y de los mediocres, a los que sólo les queda asentir para no perder su oportunidad de asistir, como invitados, a entierros multitudinarios o a los convites de las bodas aparentes.

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3 Don José Eduardo Bustelo de la Cuesta, presidente del Ateneo y conferenciante; don Jerónimo Pisuerga y Sáez del Costanillo, prioste de la Real y Venerable Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús de la Quinta Llaga y María Santísima del Amargo Dolor; don Agustín Sánchez Samaniego y Pérez de Palencia, bibliotecario y poeta; don románica, conferenciante y escritor; doña Amalia Sampedro Piedrahíta, directora de la academia de música Santa Cecilia y concertista de violonchelo; don Tobías del Arco y García del Toro, industrial, ateneísta y excautivo; don Gumersindo García de los Monteros, coronel de ingenieros, historiador y Presidente local del Cuerpo de Caballeros Mutilados de la Cruzada; todos a una, se han reunido con carácter de urgencia para formar una comisión por si fuera necesario organizar algún homenaje, o la erección de algún monumento que perpetúe la memoria de la señora. No han avanzado demasiado en los pormenores, pero sí han decidido mandar hacer un sello de caucho con el escudo de la ciudad y la leyenda: Junta Pro-homenaje a doña Isabel Quintanar de Alba. 1955. En honor a la verdad debe resaltarse que la sesión se levantó sin que ninguno de los presentes mencionara la herencia, que ya es mérito.

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