COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
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JUAN JOSÉ TAMAYO Director
SAN ROMERO DE AMÉRICA MÁRTIR DE LA JUSTICIA
Valencia, 2015
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Juan José Tamayo Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
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Introducción MONSEÑOR ROMERO, SÍMBOLO DEL CRISTIANISMO LIBERADOR JUAN JOSÉ TAMAYO Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Desde su asesinato el 24 de marzo de 1980, la figura de Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, no ha cesado de crecer en todos los ámbitos: nacional e internacional, continental e intercontinental, y en todos los niveles: religioso y político, intercultural e interreligioso, teológico y moral. Un crecimiento que, tras décadas de dudas y vacilaciones por parte del Vaticano, alineado con los sectores eclesiásticos y políticos más conservadores de El Salvador, ha culminado con su beatificación el 23 de mayo por iniciativa del papa Francisco, en plena sintonía con el proyecto de Romero de crear una Iglesia de los pobres, libre de los poderosos y liberadora de los excluidos, éticamente comprometida, proféticamente denunciadora de la injusticia estructural y anunciadora del reino de Dios como utopía de Jesús. Monseñor Romero es uno de los símbolos más luminosos del cristianismo liberador no solo de la Iglesia salvadoreña y latinoamericana, sino de todas las iglesias cristianas. Es un referente para creyentes y no creyentes en la lucha por la justicia; para los políticos en la nueva manera de entender y de practicar la relación entre el poder y la ciudadanía; para los dirigentes eclesiásticos en su correcta articulación entre espiritualidad y opción por los empobrecidos. Su modo de vivir y de actuar le condujo al asesinato, reconocido como martirio desde el principio por el pueblo latinoamericano, más tarde por la Iglesia anglicana, que le eligió como uno de los diez mártires más significativos del siglo XX, y más tardíamente por el Vaticano. Martirio que, como afirma Gustavo Gutiérrez, no buscó, sino que lo encontró al
transitar por el camino de la fidelidad a Jesucristo liberador. Un martirio causado por los propios católicos (María López Vigil) y motivado por su compromiso por la justicia (José Mª Vigil). Este libro quiere ser homenaje a su figura profética, un reconocimiento a su ejemplaridad ético-evangélica y un ejercicio de memoria histórica de quien trabajó por la reconciliación de su pueblo a través de la no violencia activa y abrió nuevos caminos de paz y de justicia. Es un libro interdisciplinar en el que colaboran intelectuales, politólogos, personas del mundo de la comunicación, activistas sociales y políticos, figuras relevantes del pensamiento teológico, amigos, amigas, colaboradores de Monseñor Romero y conocedores de su libertad de pensamiento y de su praxis liberadora. Cada uno desde su campo y experiencia va destacando aspectos relevantes de su personalidad y de su actividad: el contexto político convulso en el que vivió y la ubicación de su figura en la Historia como constructor de la paz (Montobbio); su seguimiento, que pasa por el proceso de conversión que él vivió, su compasión con los hombres y mujeres que sufren; su defensa de los pobres y de las víctimas; su denuncia de los pecados de la Iglesia (Sobrino); el testimonio de su vida (Gutiérrez); su caminar no en solitario, sino junto a los pueblos latinoamericanos (Adolfo Pérez Esquivel); la coherencia de su testimonio hasta el martirio (d’Abuisson y Martínez); el vínculo inseparable que estableció entre libertad, liberación y justicia (Mayor Zaragoza); la santidad martirial (Pedro Casaldàliga); la causa por la que merece la pena seguir luchando (Noam Chomsky); su crítica impenitente de los poderes: el Ejército, la Guardia Nacional, el Gobierno, el sistema judicial, la oligarquía, los escuadrones de la muerte y su conflicto con el Estado y con la institución eclesiástica conservadora (Tamayo, Vigil); la denuncia del apoyo económico y militar de los Estados Unidos que contribuyó a la represión del pueblo; el desafecto del Vaticano hasta humillarlo (López Vigil); la solidaridad con las reivindicaciones de las organizaciones y proyectos populares. Especial atención dedica el libro a las homilías de Monseñor Romero, uno de sus cauces pedagógicos más importantes para la concientización popular. Las homilías eran «sermones políticos» en el sentido barthiano de la expresión, discursos teológicos insertos en una práctica de liberación, que se convirtieron en verdaderos ejercicios de teología de la 12
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liberación (Yves Carrier), en voz de los pobres cuya palabra era silenciada (François Houtart), en llamadas a la reconciliación basada en la justicia y al cese de la violencia del Ejército contra el pueblo. Emblemática fue en ese sentido su última homilía: «En nombre de Dios… y de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno! En nombre de Dios: “Cese la represión”». Poco después de su asesinato surgieron los Comités de Solidaridad «Oscar Romero», hoy articulados en torno al SICSAL (Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los Pueblos de América Latina «Oscar Arnulfo Romero»), que están «comprometidos en la promoción de la solidaridad desde la fe cristiana, la justicia y la verdad como servicio y acompañamiento a la causa de la liberación». Aquí dedicamos un capítulo a los Comités de Solidaridad «Oscar Romero» del Estado Español. Agradezo a los colaboradores y colaboradoras su generosa participación en esta obra que quiere ser un homenaje al profeta y pastor Monseñor Romero, mártir de la Justicia.
Introducción
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EN GRAN ANGULAR: MONSEÑOR ROMERO Y LA HISTORIA MANUEL MONTOBBIO Diplomático y escritor
INTRODUCCIÓN. MONSEÑOR ROMERO EN EL GRAN ANGULAR Hay momentos que se gravan y permanecen siempre en la memoria colectiva, que hacen la Historia y permanecen en ella; y nos acordamos para siempre de qué hacíamos, dónde estábamos cuando sucedieron. El asesinato de Monseñor Romero es uno de ellos. Mas esos momentossiempre, esos instantes de eternidad, no lo son, a menudo, sólo por su permanencia en los que a partir de su acontecer generan; sino también resultado y culminación de una trayectoria, una vida, una Historia vivida. Comprender el por qué y el para qué del asesinato de Monseñor Romero requiere, desde luego, conocer a la persona; y requiere conocer la sociedad, el sistema político, la realidad, la Historia por ella vivida. Y la vida de su figura tras su muerte en la Historia. La vida de su vida y la vida de su muerte; su resurrección, por utilizar sus palabras, en el pueblo salvadoreño. Ofrecer una aproximación a esa Historia anterior y posterior y su relación con la guerra civil que asola El Salvador tras su asesinato y el proceso de paz que lleva a su superación, su presencia referencial en la construcción de la paz…; poner, en definitiva, su figura en el gran angular de la Historia, constituye el propósito de este ensayo y del itinerario analítico que invita a recorrer. No pretende, a sensu contrario, éste ofrecer una visión completa de la Historia ni del proceso salvadoreño, y a su libro La metamorfosis del Pulgarcito. Transición política y proceso de paz en El Salvador remite este autor al lector interesado en conocerlo.
LA HISTORIA EN MONSEÑOR ROMERO: UNA APROXIMACIÓN A LA PROBLEMÁTICA DE LA CRISIS SALVADOREÑA Cuando el 15 de agosto de 1917 Santos Romero, telegrafista y empleado de correos, y Guadalupe Galdámez tuvieron a su segundo hijo en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, y le llamaron Oscar Arnulfo, vivía El Salvador los años dorados de la dinastía MeléndezQuiñónez, encarnación del modelo socioeconómico y la estabilidad y el orden de la República oligárquica instaurada en 1870, que en aquel entonces pudiera parecer eterno. Estaba la economía salvadoreña volcada en la exportación del café y vivía importantes transformaciones asociadas a la Revolución Industrial, desde la extensión del ferrocarril a la del telégrafo que empleaba a su padre. Vivirá el entonces recién nacido ese orden, vivirá la irrupción de las masas al calor del progreso por él alentado y su rebelión, que dará lugar a su crisis e intento de sustitución democrática trágicamente saldado en 1932, que llevará a la detección y gestión directa del poder político por los militares. Militarismo que conocerá intentos de instauración y persistencia estable de regímenes políticos y crisis de éstos, siempre condicionado por el mantenimiento del modelo socioeconómico agroexportador promovido por la oligarquía terrateniente hasta que el «golpe de los capitanes» del 15 de octubre de 1979 intentará un cambio de alianzas desde una parte del estamento militar que posibilite una transformación del modelo socioeconómico y del régimen político. Vivirá esas etapas, esos ciclos de la Historia a los que vamos a intentar aproximarnos a partir de algunas consideraciones previas: toda Historia nacional tiende a situar en el siempre a la comunidad política del presente, mas no siempre han sido las mismas las identidades colectivas ni la conciencia de ellas. Nos dejan el pasado y la geografía sus legados, sus condicionamientos. Como, en el caso de El Salvador, el de una tierra volcánica especialmente fértil, de intensa explotación agrícola y densa población, que lleva a su concentración en el monocultivo agroexportador en su modelo socioeconómico; una ubicación de especial importancia geoestratégica, objeto de la especial atención de Estados Unidos; o el legado de su común pertenencia a la Capitanía
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General de Guatemala, que hará que, tras independizarse de España junto a México como parte del Imperio de Iturbide, a la caída de éste El Salvador forme parte de las Provincias Unidas de Centroamérica, que acabaron disgregándose como consecuencia de los enfrentamientos entre los federalistas liberales liderados por el salvadoreño Francisco Morazán y las élites conservadoras locales. La derrota de Morazán, que tiene en El Salvador su último bastión, en 1838, llevará al nacimiento de la República de El Salvador, C.A. y de las otras cuatro repúblicas centroamericanas, dejando para siempre en la memoria y en el imaginario colectivo el mito de la unidad centroamericana1. Así, cuando El Salvador nace como Estado independiente afronta un doble reto de construcción política y viabilidad socioeconómica, de funcionamiento eficiente del sistema político y sus instituciones y de desarrollo de políticas públicas que satisfagan las demandas de los ciudadanos. Retos que se constituyen en parámetros valorativos de su evolución histórica. No resultaría exagerado afirmar que el café constituye el hilo explicativo de la evolución histórica salvadoreña: de la imposición de determinado modelo socioeconómico y la configuración del sistema político, límite insalvable a todo cambio que implicara su cuestionamiento. La progresiva sustitución, a partir de 1850, del añil por el café tuvo consecuencias irreversibles en la estructura socioeconómica salvadoreña: la concentración del capital en la explotación del café y el surgimiento de entre los grupos dominantes del cafetalero como hegemónico y vinculado a la economía internacional, así como la presión sobre la tierra y la abolición y privatización de los ejidos y tierras comunales, agravando el problema de subsistencia y acceso a la tierra para grandes mayorías de la población. La «revolución burguesa» de 1870 y la Constitución liberal de 1886 cristalizarán la consolidación de un modelo considerado modernizante
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Para un análisis de la problemática y el proceso de construcción del Estado en Centroamérica, cf. Manuel Montobbio Construyendo Estados viables. Lecciones y retos del proceso de construcción del Estado en Centroamérica, Centro Internacional de Toledo para la Paz, documento de trabajo nº 4, marzo 2006, Madrid, www.toledopax. org; y en Estudios Centroamericanos ECA, octubre 2006.
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y un régimen político de democracia formalmente representativa, que en la práctica supone el control del Estado y su actuación conforme a los intereses de la oligarquía, contemplando el turno de las más importantes familias al frente del Gobierno, hasta el punto de conocerse históricamente este período como el de la dinastía Meléndez-Quiñonez. El objetivo fundamental de la oligarquía va a ser llevar a cabo un proceso de concentración del denominado «cuadrado mágico» de la dominación oligárquica: el control de la producción, el sistema financiero, la exportación y la propiedad de la tierra. Si bien en este grupo dominante cabe distinguir dos grandes grupos y tendencias —uno basado en el café; otro de origen comercial e industrial tendente a la industrialización, modernización y transformación estructural— denominados por algunos autores respectivamente «oligarquía» y «burguesía», la imposición de los intereses del primero sobre el segundo determinará la configuración del régimen político y su evolución. Sin embargo, esta subordinación de la «burguesía» no es fruto de una opción voluntaria, sino del fracaso de la promoción de una evolución alternativa del modelo socioeconómico y de la configuración del sistema político, en el contexto de la crisis económica internacional de 1929 y al calor de la voluntad modernizante de Pío Romero Bosque al acceder a la presidencia en 1927, a través de una alianza con las clases populares crecientemente organizadas, que tendrá su expresión en la victoria en la elecciones de 1931 —las únicas consideradas con posibilidades efectivas de participación y oposición hasta las de 1994— de Arturo Araujo y su Partido Laborista, cuyos intentos reformistas dan lugar a una crisis y a su sustitución por su Vicepresidente y Jefe del Ejército, el General Maximiliano Hernández Martínez. Esta acabará acarreando un terrible costo: la «matanza» de 1932 como respuesta a la movilización campesina impulsada por el partido comunista, que se saldará con el fusilamiento de unas treinta mil personas (casi el 4% de la población), y supondrá un trauma, un antes y un después en la memoria colectiva, el ascenso del militarismo y la irrupción de la violencia en la vida política nacional. Como reza el verso de Roque Dalton en Las historias prohibidas del Pulgarcito, «todos nacimos medio muertos en 1932». Esta larga época de presencia del militarismo en la Historia salvadoreña puede dividirse en períodos de intento de consolidación del 18
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régimen y de crisis y búsqueda de configuraciones alternativas. Entre los primeros procede señalar la dictadura personal del General Maximiliano Hernández Martínez (1932-1944), el régimen del Partido Revolucionario de Unificación Democrática (1948-1960) y el régimen del Partido de Conciliación Nacional (1961-1972), cada uno basado en una nueva Constitución. Entre los segundos, las crisis e intentos de configuración alternativa del sistema político vividos al fin de la dictadura de Martínez, durante la Junta de 1960 y con la oportunidad perdida del reconocimiento de la victoria opositora en 1972. Desde la perspectiva del estamento militar como actor determinante del sistema político, la experiencia de estas etapas refleja las tendencias y limitaciones presentes en su desarrollo como actor político, enfrentado a la disyuntiva de intentar configurar y consolidar un régimen político que, manteniendo la alianza oligárquica y adecuándose a los límites de su modelo socioeconómico, posibilite su legitimidad a la par que la participación e integración de otros actores sociales y políticos; o la construcción de una alianza alternativa con otros actores socioeconómicos que posibilite el proceso hacia nuevas configuraciones del sistema político y el modelo socioeconómico. En la primera dirección, tras la dictadura personal de Martínez el régimen de presencia institucional del estamento militar en el poder iniciado en 1948, al igual que el instaurado en 1961, va a intentar responder a un doble reto legitimador y reformista a través de la creación del PRUD (Partido Revolucionario de Unificación Democrática) y posteriormente, en su sustitución, del PCN (Partido de Conciliación Nacional), y de una ambición integradora y de aceptación social del régimen, ofreciendo progreso económico a cambio de limitación política. En la segunda, la crisis de 1944-48 y la de 1960-61 y el dilema del reconocimiento de la victoria electoral de la Unión Nacional Opositora en 1972, presentan una característica común: la oportunidad de plantear una alianza alternativa con otros actores sociopolíticos y promover la transición del régimen político, finalmente fracasada por la acción del bloque oligárquico y la imposición del principio de la unidad de la Fuerza Armada. La fragilidad de la consolidación del régimen encuentra igualmente su clave explicativa en la emergencia de un bloque social y político En gran angular: Monseñor Romero y la historia
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alternativo, articulador de demandas de cambio, en parte fruto del desarrollo impulsado por éste. El ámbito social contemplará la emergencia, organización y consolidación de diferentes actores, sin olvidar una Iglesia a partir del Concilio Vaticano II cada vez más comprometida socialmente, influencia y actor clave tanto en la concienciación como la organización. En el plano político, asistiremos a una serie de intentos de constitución de partidos políticos capaces de canalizar las demandas de los sectores sociales emergentes y plantear alternativas, entre los que merece destacarse especialmente al Partido Demócrata Cristiano. Es de señalar la tendencia de dichos partidos a la acción conjunta, que culminará en el triunfo de la Unión Nacional Opositora, compuesta por el PDC, el Movimiento Nacional Revolucionario y la Unión Democrática Nacionalista, con Duarte y Ungo como candidatos a Presidente y Vicepresidente, en las elecciones presidenciales de 1972. La negativa oficial al reconocimiento de tal triunfo, y la imposición del candidato del PCN, Coronel Arturo Armando Molina, marca, como 1932, un punto de inflexión en la evolución histórico-política salvadoreña. Los años setenta van a constituir un período de grandes cambios y transformaciones en El Salvador, cuya consideración resulta clave para la comprensión de los orígenes del conflicto y sus dinámicas. En el seno de la coalición dominante, Molina llevará adelante la medida más audaz del régimen para ampliar su base social y su legitimidad: el inicio de una limitada reforma agraria, que desató los demonios de la oligarquía, desarrollando una oposición frontal que acabará ganándole el pulso al Presidente y culminará en la imposición como sucesor suyo del General Carlos Humberto Romero. Bajo su presidencia, toda tentación reformista es abandonada: ante una creciente oposición, no sólo política, sino también de masas y guerrillera, y una demanda generalizada de cambio por parte de un bloque alternativo crecientemente organizado se recurre a la represión como única respuesta, situando la violencia en el primer plano del escenario político salvadoreño y desatando una dinámica irreversible. Sin embargo, la dinámica del régimen de Romero no puede ser identificada con la posición de la totalidad del estamento militar: la idea de que ésta lleva irremediablemente al fracaso político de la institución y la necesidad de plantear alianzas alternativas y cambios en el régimen está presente en la juventud militar que con el «golpe 20
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de los capitanes» del 15 de octubre de 1979 y las dos proclamas que lo acompañan pone fin a una etapa de la Historia. En el bloque alternativo, se observa durante esta década un cambio cualitativo en su organización; y especialmente en el desarrollo de líneas de acción paralelas y alternativas a la participación partidista y electoral, entre las que cabe destacar el creciente compromiso de la Iglesia con las mayorías populares, los movimientos guerrilleros, y las organizaciones populares y el movimiento de masas. Creciente compromiso de la Iglesia con las mayorías populares, asumido por la jerarquía a partir de las conclusiones de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín bajo la influencia de la teología de la liberación, que la llevará a una intensa labor de concienciación y organización de las masas populares, especialmente importante en el campo, así como, bajo el liderazgo del Monseñor Romero como nuevo arzobispo de San Salvador —nombrado poco antes del inicio de la presidencia de su homónimo— y de los jesuitas, de deslegitimación del régimen, ante lo que éste no dudará en responder haciendo de la Iglesia objetivo de la represión: el asesinato del jesuita Rutilio Grande en 1977 constituirá el simbólico inicio de una larga lista de mártires católicos salvadoreños. Constituirá, también, el punto de inflexión, el detonante de la «conversión» de Monseñor Romero y su palabra y su acción como arzobispo. Movimientos guerrilleros que encuentran su origen en la formación de las Fuerzas Populares de Liberación en 1970 y del Ejército Revolucionario del Pueblo en 1971, y posteriormente de las tres organizaciones restantes de lo que después será el FMLN. Organizaciones populares y movimiento de masas. Diferentes organizaciones en diferentes ámbitos van a cristalizar el sentimiento de amplios sectores de la población de que la única fuerza para la consecución de sus aspiraciones es su número, el único instrumento su organización y acción conjunta, la vía de presión ante el poder político la movilización masiva. La composición de la primera Junta cívico-militar instaurada tras el golpe, en que estaban representadas la práctica totalidad de las fuerzas sociopolíticas partidarias del cambio aglutinadas en agosto de 1979 en el Foro Democrático, permitía prever que los militares habían dado el En gran angular: Monseñor Romero y la historia
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paso decisivo hacia la transición, y que con su apoyo la Junta podría acometer la institucionalización y consolidación de un nuevo régimen político. Sin embargo, se dan desde el inicio dos hechos destinados a condicionar sus posibilidades: la oposición decidida de la oligarquía, canalizada hacia la violencia política; y la incapacidad paralela de la Junta de integrar a las organizaciones populares y de masas e impedir la represión hacia ellas. Su acción de gobierno contemplará una política reformista, promotora de la transformación del modelo socioeconómico; y la persistencia de un elemento conservador en el seno de la Fuerza Armada y la incapacidad de control por los militares reformistas y sus aliados civiles de determinados organismos de las mismas, que acabará conllevando la persistencia de la represión y violación de derechos humanos y la progresiva imposición de dicho elemento en la representación militar en la Junta. Es precisamente la incapacidad de controlar la represión hacia las organizaciones populares la que provocará las crisis de la primera (3 de enero 1980) y segunda (febrero 1980) Junta con la salida de ella y del Gobierno de los civiles no pertenecientes al Partido Demócrata Cristiano y la escisión de éste. Crisis constitutivas de un punto de inflexión decisivo no sólo en el proceso de transición, sino en el propio origen de la guerra civil salvadoreña, por la división del bloque sociopolítico alternativo. Una parte, confiada en que la permanencia en el Gobierno y una política de reformas socioeconómicas acabará creando el suficiente apoyo social y fortalecimiento para poder imponer a los socios en el poder y al resto de actores sociopolíticos progresivamente el Estado de Derecho, controlando la represión y eliminando las violaciones a los derechos humanos. La otra, contemplando dicho control como primer paso y condición sine qua non para la impulsión de la transición desde el poder, optando ante su incumplimiento por intentar promoverla desde fuera. A partir de éstas, se observa el desarrollo de las dinámicas que se señalan a continuación. En el seno de la Junta, el avance en las reformas, así como la creciente incapacidad de controlar la dinámica de la violencia. Reformas que acabarán otorgando en el futuro al PDC una significativa base social, sin embargo insuficientes, combinadas con la represión, para hacer perder al FMLN la suya, y que acabarán de distanciar definitivamente a la oligarquía y al empresariado. 22
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En el de la extrema derecha, la consolidación ya apuntada de la violencia paramilitar (y militar). En el del bloque alternativo, es de señalar, por un lado, la progresiva y acelerada unificación, a lo largo de 1980, tanto de los movimientos armados, las organizaciones sociales y de masas y los partidos políticos: Coordinadora Revolucionaria de Masas, Frente Democrático Revolucionario y FMLN. Por otro, la acción a través de la movilización y de la violencia guerrillera. En la primera, cabe destacar las grandes marchas y manifestaciones de los primeros meses de 1980, violentamente reprimidas, y sobre todo el intento del FDR de organizar una huelga general en agosto de 1980, fracasada por el esfuerzo coordinado y alianza de conveniencia entre la Junta y el sector privado. La represión de que es objeto la actuación en dicha vía, simbolizada en el asesinato de Monseñor Romero un día después de que lanzara su grito «¡Cesen la represión!», y culminada con el asesinato de seis de los principales líderes del FDR, entre ellos su Secretario General Enrique Álvarez, el 27 de noviembre de 1980, llevará al convencimiento, por parte del FMLN, de la inexistencia de alternativas a la insurrección y al lanzamiento de su ofensiva final el 10 de enero de 1981. A partir de ahí, la guerra ha empezado. En el fondo, la crisis de la primera y la segunda Junta constituye el punto de inflexión entre una dinámica política y otra de violencia: dividido el bloque alternativo partidario de la transición por la vía política en dos bandos, cada uno con un ejército a su lado será demasiado débil para imponer la dinámica de la política a la de la violencia.
GUERRA CIVIL Y CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ EN EL SALVADOR: UNA APROXIMACIÓN AL PROCESO SALVADOREÑO Perspectivas y enfoques ¿Qué significan los Acuerdos de Paz firmados el 16 de enero de 1992 en el Castillo de Chapultepec entre el Gobierno salvadoreño y el FMLN? La respuesta a tal pregunta puede ser una y varias, todas al
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mismo tiempo y en determinada perspectiva. Depende de para quién, del encuadre y del enfoque. Del encuadre. Apretemos el zoom. Imaginémonos que contemplamos El Salvador desde el cielo: observaremos, desde la perspectiva de la Sociedad Internacional, el proceso salvadoreño como un proceso de desarrollo y resolución de un conflicto relevante para la agenda internacional, componente de un conflicto regional, con una dimensión de escenario de la tensión Este-Oeste. Pues confluyen en él tres conflictos: el derivado de la confrontación entre sus actores nacionales, el global Este-Oeste y la regionalización del conflicto fruto de la estrategia de guerra de baja intensidad de Estados Unidos, que alinearía al régimen sandinista y las guerrillas salvadoreña y guatemalteca frente al resto de gobiernos de la región. Apretemos de nuevo el zoom, hasta que El Salvador ocupe el espacio del encuadre. Observemos su realidad nacional. ¿Con un enfoque o desde varios? Como en el «cuarteto de Alejandría», la realidad depende de quién y desde dónde la mira, con qué instrumentos teóricos se aborda. Puede así abordarse el análisis del proceso en clave salvadoreña como proceso de transición política, como proceso revolucionario, y como proceso de paso del estado de naturaleza al contrato social, recurriendo para ello a diferentes corrientes teóricas2.
Fases o dinámicas del proceso Guerra civil, transición política, contrainsurgencia y revolución (1981-1989) Caracteriza esta etapa, desde una perspectiva interna, la existencia y enfrentamiento bélico de dos bloques de poder, que fundamentalmente comparten un planteamiento similar sobre cómo culminar la transición: su realización en su propio sistema de poder y su posterior imposición al resto de la sociedad por la vía armada. Resulta difícil no afirmar que
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Cf. Manuel Montobbio, La metamorfosis del Pulgarcito. Transición política y proceso de paz en El Salvador, Icaria-FLACSO, Barcelona, 1999, ed. electrónica 2012. Manuel Montobbio
en el fondo la dinámica de la guerra no se impuso a la de la transición, limitando la dimensión real de las transformaciones en el plano de lo político. Pero igualmente difícil resultaría no concluir que dichas transformaciones no han resultado determinantes del proceso salvadoreño. Transformaciones, en primer lugar, en el seno del propio Gobierno formalmente controlado por el PDC, en el que vamos a contemplar: • El desarrollo de un proceso de legitimación legal y política del régimen surgido del golpe del 15 de octubre de 1979: elecciones constituyentes y presidencia provisional de Álvaro Magaña (1982), aprobación de la Constitución de 1983, elecciones presidenciales de 1984 y victoria de Duarte en las mismas. • Implementación de las reformas socioeconómicas, que, aunque dotarán al PDC de una importante base social, acabarán revelándose insuficientes para «quitarle el agua al pez» al FMLN, y suficientes para provocar el definitivo distanciamiento de la oligarquía y el sector privado. Formalmente, podría afirmarse que el nuevo régimen político que encarna el Presidente Duarte en 1984 constituye la culminación del proceso de transición salvadoreño. Sin embargo, se trata de un contrato social aceptado por sólo una parte de la sociedad, cuya vigencia se revela más formal que real. De hecho, se ve sometido a los límites impuestos por la estrategia de contrainsurgencia del bloque en el poder, de la que constituye, en palabras de Ignacio Ellacuría, «la fachada democrática». En segundo lugar, en el seno del bloque liderado por el FMLN vamos a asistir, en el plano político, a la realización de su propia transición a través de la construcción de un orden «revolucionario» alternativo y el sostenimiento de la existencia de un «doble poder» en El Salvador. Por último, paralelamente se desarrolla otro proceso que acabará revelándose determinante de la solución negociada: la transformación política de la oligarquía y el sector privado a través de su «desembarco», a partir de 1985, en ARENA y la transformación de dicho partido en un instrumento útil para la defensa de sus intereses, capaz de acometer exitosamente la conquista del poder político por la vía electoral. Determinante, también, del fracaso de la opción reformista impulsada por el PDC. Quedaban, pues, sólo dos salidas al conflicto: la victoria
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militar o la negociación política entre las partes. La ofensiva del FMLN de noviembre de 1989, junto a la evolución del contexto nacional e internacional, llevará a ambas al convencimiento de la inexistencia de alternativas a la negociación. En clave internacional, sin embargo, el conflicto salvadoreño es contemplado, especialmente por Estados Unidos, como parte de un conflicto regional que amenaza su seguridad nacional en una zona estratégicamente vital, escenario decisivo de la confrontación EsteOeste, en base a lo que desarrolla su visión del conflicto, a partir de la cual diseña e intenta llevar a cabo una estrategia de «guerra de baja intensidad», promoviendo su resolución por la vía de la confrontación. Alternativamente, irá emergiendo, entre otros actores de la Sociedad Internacional, una visión de la naturaleza estructural del conflicto, y de la posibilidad de su solución negociada. La articulación y el esfuerzo del Grupo de Contadora, si bien no fructificará operativamente, marca en este sentido un punto de inflexión en la evolución global del proceso, al ofrecer una alternativa a la dinámica de conflicto, influyendo en su contención. Contadora cederá el testigo a los propios Estados centroamericanos, que emprenden un proceso de diálogo y búsqueda de solución negociada de la crisis regional que culminará exitosamente en Esquipulas II (agosto 1987). Su ejecución supondrá el «desmontaje» de la crisis a nivel regional (y la solución del conflicto nicaragüense), a partir del que resulta posible la solución negociada de los conflictos nacionales.
Guerra civil y proceso de negociación: revolución negociada o transición pactada (1989-1992) a) Factores y dinámicas en el proceso de negociación. Los dos candidatos que llegaron a la Presidencia de la República de El Salvador durante la guerra civil anunciaron al hacerlo su intención y voluntad política de proceder a la negociación con el FMLN para finalizar el conflicto armado por la vía política. Duarte anunció ya en 1984 ante las Naciones Unidas en Nueva York su invitación al FMLN-FDR a dialogar, como tuvo lugar durante su presidencia en octubre y noviembre de 1984, y posteriormente al calor del impulso de Esquipulas II en 1987. Sin embargo, será la promesa negociadora del discurso de toma 26
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de posesión de Cristiani la que acabará cumpliéndose. ¿Cuáles son las razones que hacen posible tal cumplimiento? Entre los factores que determinan el planteamiento y avance del proceso hasta su conclusión cabe distinguir entre nacionales e internacionales. Entre los primeros, cabe destacar el equilibrio militar; la consolidación y evolución de ARENA; la evolución del pensamiento y planteamientos políticos del FMLN; la imposición en la conciencia colectiva de un consenso nacional en favor de la solución negociada. Frente a ellos, la oposición de la Fuerza Armada va a constituir el gran obstáculo. Entre los segundos, la evolución de la coyuntura internacional, tanto a nivel global como regional; así como la intervención de Naciones Unidas, y el apoyo decisivo de determinados países, fundamentalmente el Grupo de Amigos (México, España, Venezuela y Colombia) y Estados Unidos en la fase final de la negociación (y posteriormente en la ejecución, integrándose en el grupo 4+1). Igualmente determinantes resultan las dinámicas que van imponiendo en su conjunto la dinámica de la negociación, entre las que cabe destacar la intervención de la Sociedad Internacional, y en especial la mediación de Naciones Unidas, y la presión contra las fuerzas y dinámicas contrarias a la negociación, a varios niveles: la acción militar del FMLN, la movilización social y de la opinión pública nacional e internacional, y la acción diplomática. Así como la configuración de los intereses fundamentales de las partes en conflicto susceptible de ser compatibilizada en unos acuerdos y la perspectiva de permanencia y transformación de su poder en el nuevo escenario definido por su ejecución. b) El contenido de la negociación: construcción de la paz y diseño de un nuevo régimen político. El contenido de la negociación consiste en lo fundamental en dos dibujos (desmontaje del poder militar y montaje-reconfiguración del sistema político) y un esbozo (la cuestión socioeconómica), en lo sustantivo; así como el guión de la proyección en el tiempo de los pasos sucesivos y paralelos para llegar a la foto final y los mecanismos de garantía de cumplimiento y ejecución. Desmontaje del poder militar, en cuanto fuente de poder político en la sociedad. De un lado, la desmovilización progresiva de la estructura militar En gran angular: Monseñor Romero y la historia
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