ÉTICA Y DEONTOLOGÍA EN EL PERIODISMO CONTEMPORÁNEO
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia Catedrática de Lengua Española Universitat de València Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València Catedrático de Geografía Humana Universitat de València Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
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ÉTICA Y DEONTOLOGÍA EN EL PERIODISMO CONTEMPORÁNEO
Juan Carlos Gil González Fernando R. Contreras
tirant humanidades Valencia, 2022
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DEPARTAMENTO DE PERIODISMO 1
Este libro es resultado de la investigación y análisis de los códigos deontológicos y los medios de comunicación llevada a cabo por el Grupo en Tecnología, Arte, Documentación y Comunicación (HUM868-2022), Secretaría General de Universidades, Investigación y Tecnología de la Consejería de Transformación Económica, Industria, Conocimiento y Universidades de la Junta de Andalucía. © Juan Carlos Gil González Fernando R. Contreras © TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-19226-72-3 DEPÓSITO LEGAL: V-2370-2022 MAQUETA: Disset Ediciones Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant. com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant. net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
ÍNDICE
PARTE I. POSMODERNIDAD, ÉTICA Y PERIODISMO CONTEMPORÁNEO. 1. Ética en la posmodernidad...............................................................
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1.1. El mundo de la comunicación en la posmodernidad.............................
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1.2. Ética, moralidad y periodismo...........................................................
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2. Ética de la información....................................................................
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2.1. La amoralidad de la información.......................................................
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2.2. La moralidad en la apertura de la información....................................
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2.3. La libertad, la verdad y la moral: la libre expresión ............................ 2.3.1. La libertad de expresión.....................................................
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2.4. Tipos de mensajes e implicaciones ético-morales................................. 2.4.1. Ética de la Convicción........................................................ 2.4.2. Una ética práctica para el periodismo................................... 2.4.3. El uso amoral de los símbolos..............................................
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3. Ética de la comunicación..................................................................
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3.1. La comunicación abierta..................................................................
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3.2. Las condiciones materiales de la ética de la comunicación................... 3.2.1. El periodismo en la defensa de los derechos humanos............ 3.2.2. La responsabilidad del periodismo frente a la colectividad......
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4. Poder y comunicación política: el escenario del periodismo crítico....
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4.1. El poder político de la comunicación en la Posmodernidad...................
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4.2. Poder, redes sociales y cultura posinternet: Algoritmos financieros, posthumanismo y dialéctica visual.....................................................
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Índice
PARTE II. LAS EXIGENCIAS ÉTICAS Y JURÍDICAS DEL PERIODISTA PROFESIONAL 5.- El ejercicio profesional del periodismo en la sociedad del siglo XXI......
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5.1. El buen periodismo, fundamento de una sociedad democrática y abierta..................................................................................................
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5.2. La necesidad de la participación ciudadana informada en la vida política, económica y social......................................................................
85
5.3. El periodista profesional del siglo XXI como centro neurálgico del negocio informativo................................................................................
91
5.4. Dos herramientas específicas del periodista: el secreto profesional y la cláusula de conciencia......................................................................
97
6.- Un nuevo enfoque del contenido del derecho a la libertad de expresión y la libertad de información.........................................................
115
6.1. La concepción universal del derecho a la libertad de expresión e información. Aspectos generales...............................................................
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6.2. La definición y límites constitucionales a la libertad de expresión y de información del artículo 20............................................................... 6.2.1.-) El contenido del derecho: la libertad de expresión y la libertad de información......................................................... 6.3 Consecuencias del contenido del derecho: la veracidad y la relevancia pública...........................................................................................
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143 Bibliografía de la Segunda parte..........................................................
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PARTE I.
POSMODERNIDAD, ÉTICA Y PERIODISMO CONTEMPORÁNEO.
“Vivir es no poder reposar hasta la muerte” (PERSONA Y DEMOCRACIA, María Zambrano)
1. ÉTICA EN LA POSMODERNIDAD En plena posmodernidad, la mayoría de los estudios morales se relacionan con algún aspecto del lenguaje; no en vano, desde las reflexiones teóricas hermenéuticas hasta los análisis sociales que exploran el entendimiento intersubjetivo o el fenómeno de la comunicación, han buscado tanto la moralidad del lenguaje como un lenguaje específico de la moral. La amplitud de esta cuestión alcanza, como no podía ser de otra manera, a la práctica periodística en relación con lo que debe hacer el periodista, así como con su necesidad de no abandonar su propia concepción de sujeto moral. Las diferencias teóricas que abundan en este campo filosófico conciernen a los deseos universales que transforman a los seres humanos a través del devenir histórico. Ese espíritu universal que recorre toda la modernidad ha sido visto por Carlo Michelstaedter como una huida hacia el futuro de las obligaciones del presente: “Pero el hombre quiere de las otras cosas en el tiempo futuro aquello que le falta en sí: la posesión de sí mismo: mas, por lo que quiere y por estar ocupado con el futuro, huye de sí mismo en todo presente” (Michelstaedter, 2009: 53). Las controversias alrededor de un futuro universal rodean las polémicas y los debates posmodernos sobre las diversas concepciones de la ética social. Es difícil encontrar unas normas de convivencia humana que respeten la subjetividad de las diferentes concepciones de la vida y el mundo de los individuos que organizan una comunidad en su conjunto. No obstante, la igualdad de derechos y libertades de todos los ciudadanos, así como su participación democrática en las decisiones comunes sobre el futuro de la comunidad, es la idea reguladora que otorga legitimidad política a los principios morales. Es el espíritu revolucionario de la modernidad el que persuade al individuo de estar en posesión de su propia vida y ser el protagonista de la toma de sus propias decisiones, en igualdad radical con sus congéneres. Fue el idealismo alemán el que explicó que los deseos humanos se extienden en un espacio infinito, pues de lo contrario, el individuo permanecería en un orden vital inamovible, estático y la vida estaría sujeta a un anclaje fijo, que sería todo lo contrario a la idea racional de progreso, cambio social
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y transformación económica. Por ello, la razón práctica para Kant será un principio de categorización del imperativo categórico, que aquí se entiende como un principio moral de justicia y equidad para todos. Además, la ley moral adquiere a priori su legitimidad a través de la razón en cuanto interviene en la validación de la igualdad para todos, organizando un principio moral de la intersubjetividad y la reciprocidad que pueden reconocer todos los sujetos emancipados. En la posmodernidad, la génesis intersubjetiva de la racionalidad evolucionó hacia un paradigma lingüístico (más conocido como el giro lingüístico) en el que intervienen diversos planteamientos teóricos. Cabe destacar la influencia de ilustres pensadores: Martin Heidegger, Hans-Georg Gadamer, Ludwig Wittgenstein, John Searle, Jürgen Habermas, Hilary Whitehall Putnam Richard Rorty, Karl-Otto Apel. Todos ellos insistieron en la relación sujeto-objeto para alcanzar el entendimiento mediante el lenguaje. Los seres humanos se comunican con esta finalidad: refieren algo de sí, algo del mundo o algo del otro. Es mediante la consolidación de una estructura pragmática cuando se hace posible el entendimiento en la diferencia y el consenso en la diversidad de opinión sobre ese algo. Las dimensiones sintáctico-semánticas serán tenidas en cuenta en la utilización comunicativa del lenguaje y en el discurso argumentativo para dar forma al consenso o, si se prefiere, para crear un procedimiento para la construcción participativa del sentido intersubjetivo de la validez de todo saber. De este modo, una parte de la humanidad va a estar de acuerdo sobre lo que denominamos el discurso racional científico y el discurso político. Lo que se pretende con ello es la separación del conocimiento del mundo y las carestías de la política o de la moral. Dicho esto, hemos de considerar, sin menoscabar estas primeras aportaciones, que, en las últimas décadas, con los desarrollos tecnológicos de las redes digitales han surgido nuevos dilemas éticos que se alejan, en algunas ocasiones, de los presupuestos pragmáticos de la comunicación que los teóricos plantearon en sus estudios. La posmodernidad reemplaza la noción de humano por el concepto tecnocientífico de posthumano. El nuevo estilo de vida digital ofrece una correlación de deseos en un campo de tensiones que unen fuerzas recuperando toda su propia naturaleza. Las redes han triunfado revitalizando la experiencia de la comunidad de auxilio mutuo. Esta tecnología de catalización de individuos dispersos va a depender por entero de la calidad de las comunidades que se desarrollen en este escenario virtual. La era de la información enlaza con redes interpersonales que ya existían previamente, pero impone un orden más estable que el régimen de la
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comunicación masiva. La humanidad ahora explora un mundo de posibilidades horizontales, a diferencias de la verticalidad de la comunicación de los medios de comunicación masivos en el que el esquema principal es que un enunciador emite a muchos receptores. La comunidad virtual logra la conexión de una gran variedad de micro-comunidades estables y organizadas a través de la comunicación, el lenguaje, los códigos, los símbolos y los textos.
1.1. EL MUNDO DE LA COMUNICACIÓN EN LA POSMODERNIDAD A lo largo de su vida, Schopenhauer escribió acerca de la angustia de un ciclo en el que todo se repite, todo vuelve, viviendo el padecimiento de las desgracias pasadas, de los mismos deseos y anhelos. Posteriormente, su más ferviente continuador Friedrich Wilhelm Nietzsche, reconocía en su “eterno retorno” que no era solo un curso de infortunios, sino que el tiempo que regresa confirmaba también alegrías y pasiones por la superación individual en la vida que logra perfeccionarnos. Nietzsche legará a la posmodernidad una visión parcelaria de la verdad basada en nuestras competencias para la interpretación y la argumentación sobre el mundo. La verdad será, a partir de este pensador, un ejercicio de control del lenguaje y de la comunicación, que permita dominar una perspectiva sobre otras. El eterno retorno explica el ciclo de ruptura y continuidad en el que ahonda la renovación de pensamiento posmoderno. Es decir, intenta esclarecer, desde la filosofía, cómo pensamos los hombres a lo largo de la historia en lo referente a la conservación o a la transformación de los principios reguladores de nuestras vidas (o acaso de la cultura heredada). Es ilusorio la singularidad ex nihilo. El mundo se ha organizado alrededor del recuerdo evocado o la tradición recuperada del pasado, por lo que a la posmodernidad le resulta imposible salir de su círculo cerrado de plagio consentido o de la imitación de la imitación. En el empeño por hacer presente los deseos civilizatorios en la modernidad, los signos necesitan de la intención. El hombre pone intención a las cosas externas, incluidas a las imágenes de la civilización. Husserl sostenía que la conciencia es intencional. Es necesaria la acción del hombre para encontrar el valor del signo. La palabra representa la esencia, el ente del ser, según Heidegger. Los límites del mundo estaban situados a principios del siglo pasado en las fronteras del lenguaje, es decir, de la lógica. Para Wittgenstein, la misma lógica puesta al servicio de aquello para lo que se creó, para dominar el universo, se ha empleado para la construcción
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de la existencia de aquello que en otro tiempo no lo poseía. Y es que las cosas comienzan a tener existencia en la modernidad, por la relación del sujeto con otras cosas. El mundo se inventa en ese lenguaje, y cuando es un lenguaje poético o literario, descubre las voces profundas de los corazones humanos. Wittgenstein pensaba que restando aquellas concretas cualidades de los lenguajes que utilizamos a diario con mayor o menor habilidad, alcanzábamos lo relevante donde se conserva lo místico o lo secreto que nos aproxima al mundo a través de su imitación. Esta perspectiva suponía otras proposiciones. El lenguaje deja de ser una cuestión privativa, y se convierte en una actividad social que se desarrolla en la comunicación. Los lenguajes privados no significan, porque significar implica que otro comparte nuestro lenguaje, es decir, nuestro mundo. Por otro lado, es ilógico un lenguaje con significados privados que sólo lo entienda un solo ser. Así que el lenguaje sólo puede ser una actividad que desentrañe su sentido en un entorno social. Sólo en una colectividad pueden generarse los juegos del lenguaje (así lo llamaba Wittgenstein) cuando hablamos (Contreras y Hellín, 2014). Sin embargo, las filosofías del lenguaje cometieron el error de desvincular el lenguaje del mundo y de la sociedad, pues como advirtió Bruno Latour (2007), separaron, por un lado, lo concerniente al mundo natural y, por el otro, la identidad de los sujetos pensantes y parlantes. El sistema sígnico de la posmodernidad se ha articulado en la conveniencia de admitir los relatos de la eternidad que la modernidad ya había desechado por su absolutismo y por su inmovilidad. Pero la proyección hacia el futuro exigía la presencia de signos sin caducidad temporal, de modo que el hombre recurre a la reiteración del instante infinito. La comunicación de masas emite estas irradiaciones (como hemos denominado a los deseos eternos de infinitud) en los recursos premodernos de nuestra civilización: a) En la proximidad antropológica a las imágenes de lo mítico, de lo ritual y de lo ancestral simbólico que no se han destruido en el paso de los ciclos de formalismos (o formatos). Los signos no se han aislado de su original significado. b) En la intencionalidad de la obra de arte, es decir, en el lenguaje poético o artístico cuya naturaleza permite la continua deconstrucción sin que su esencia se vea alterada. c) En el funcionamiento de la sociedad posindustrial serán necesarias las representaciones mediadoras de los deseos, los comportamientos humanos, los valores sociales, los textos fragmentarios de los sueños, las fantasías dominantes del inconsciente y de las fantasías colecti-
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vas. La condición moderna exige una experiencia de la temporalidad que tiene que ver con una memoria del cambio social cualitativo. Es un signo flotante más, una idea vacía recreada por una imagen, capaz de proyectar el propósito futuro de la humanidad que es encaminarse hacia el progreso. La comunicación de masas convierte estos deseos en signos. De modo, que la comunicación mediática desvela otro nivel distinto al de su eficacia como es el nihilismo posmoderno reflejado en su sistema sígnico. En la cultura mediática topamos con las huellas de un pasado abandonado, los indicios de la desintegración, de la decadencia y de los falsos destellos. La condición posmoderna separó los lazos de los referentes y el contexto del lenguaje. Así surgió un espacio intermedio entre las naturalezas y las sociedades que reducía la condición de los pseudo-objetos a la naturaleza, a la sociedad y al discurso. Según afirma Latour, la posmodernidad nunca logró vincular estos tres repertorios de la crítica, lo que dio origen a una visión terrorífica de la modernidad hecha solo de apariencias, reflejos e ilusiones: un discurso constituido solo por efectos de sentido separados de todo. La posmodernidad es un síntoma de contradicción de la modernidad, asegura Latour, que no puede realizar su diagnóstico, ya que comparte la misma configuración al considerar la extrahumanidad de la ciencia y las técnicas. Sin embargo, si la modernidad aprecia la universalidad y la racionalidad, la posmodernidad se fundará en la deconstrucción crítica de los principios racionales, en la reflexividad irónica y en el anacronismo. Las realidades nietzcheanas emergen en otros cuadros teóricos posmodernos. Para Jacques Derrida, no hay nada fuera del lenguaje, los significantes solo se comprenden por la reciprocidad de su conjunto; no existe un significado que podamos considerar conocimiento. Por tanto, el conocimiento ya no explica el mundo, ni reproduce la estructura de la sociedad que lo produce. El conocimiento moderno no respalda otros metarrelatos como la revolución obrera o la autoridad del progreso técnico. La posmodernidad produce disciplinas y subdisciplinas que están comprometidas en forjar su propia autoridad. Lo conseguirán, en opinión de Jean-Françoise Lyotard, mediante el aislamiento del lenguaje denotativo, y con la exclusión de los demás. De este modo el lenguaje científico ya no se conecta con otros lenguajes sociales, por lo que finalmente se convierte en una profesión y origina a su vez instituciones en una comunidad. Los juegos de lenguaje se reagrupan alrededor de esas instituciones. El periodismo no escapa de esta condición posmoderna y, por tanto, aparece un nuevo problema consistente en la relación entre la institución y la sociedad.
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En esta etapa de la modernidad, el periodismo, como discurso informativo, que posee competencias, que le hacen diferente de otras narrativas, no enseña por medio de la argumentación y del experimento; no consigue ninguna validez de lo que informa por medio del lenguaje. Su legitimación brota de la propia pragmática, sin pruebas y sin recurrir a la argumentación, (como ya observamos sucede claramente en las redes sociales) en la posmodernidad.
1.2. ÉTICA, MORALIDAD Y PERIODISMO La ética moderna y su visión humanista impuso un modelo construido en torno a la razón. Con este programa zanjaban la presencia de la Divinidad en la elección moral del bien y el mal, como había sucedido con el cristianismo durante la Edad Media. El concepto de razón, tal como lo explicaron Kant y Hume, ofrece grandes discrepancias respecto a la moral que se proyectarán en los tiempos venideros. Sus ideas explican la secularización que experimenta la ética en la modernidad y que, después, en nuestra era post-Internet, se transformará en un entorno en que las condiciones son muy diferentes. Según Inmanuel Kant, la razón es la herramienta que utilizan las personas para librarse de toda influencia sensible cuando adoptan una decisión o acomete una acción. La conducta de los seres humanos muestra las conclusiones de la causalidad de la razón. La censura moral se basa para Kant en la determinación de la acción por una sola fuente originaria en la razón. El criminal es culpable en el instante mismo en que comete un crimen con maldad, no en la comprensión de los antecedentes que explican su crimen. La visión de Hume es diferente, pues se apoya concretamente en la experiencia naturalista de la acción humana. La evidencia de la moral se aprecia en el estudio de la conducta, establecido desde la observación de la personalidad y las creencias de las personas, de sus motivos particulares y de las circunstancias en que se desenvuelven. Así el filósofo inglés sabe distinguir entre virtud y vicio y sabe juzgar entre lo censurable y lo que es digno de elogio por medio de nuestras ideas o de nuestras impresiones. Para él, la virtud consiste en la conformidad con la razón de que existen en las cosas una eterna adecuación e inadecuación y que ésta es la misma para todos los seres racionales que la contemplen; y añade Hume, que las medidas para lo justo y lo injusto imponen una obligación inmutable tanto a los seres terrenales como a la Divinidad. La experiencia ordinaria es la
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que se guía frecuentemente por su saber, la que se convence para realizar alguna acción por evaluarla justa. Por tanto, dado que la moral influye en las acciones y afecciones, se deduce que no podrá derivarse de la razón, porque la sola razón no puede tener nunca tal influencia, como ya hemos probado. La moral suscita las pasiones y produce o impide las acciones. Pero la razón es de suyo absolutamente impotente en este caso particular. Luego las reglas de moralidad no son conclusiones de nuestra razón. (Hume, 2008: 457-458). Estas dos fuertes tradiciones filosóficas han influido en las concepciones más recientes de la moral. Con Kant se inaugura una forma esencialmente crítica de practicar la filosofía que pretende eliminar los espejismos, las falsas apariencias engendradas por las tradiciones del pensamiento, principalmente por la metafísica. El punto de partida de su reflexión sobre la moral no surgirá de una filosofía especulativa, sino de otra razón práctica, es decir, el ser humano lo es, por su razón y su voluntad. Por tanto, su reflexión crítica consistirá en valorar la existencia de una sensibilidad particular moral en cada individuo. Para ello aceptará al ser humano como noúmeno y defenderá que su libertad no nace de su entidad fenoménica, como sí ocurre en la naturaleza, sino de su individualidad. Estas dos visiones del sentido de la moralidad han tomado su forma en la actividad periodística, en tanto que ejemplo de la acción de la comunicación humana. La ética profesional del periodismo es un continuo conflicto entre los hechos de la experiencia ordinaria (la violación de la intimidad, el sensacionalismo de la crueldad, el interés por el sufrimiento o el dolor ajeno, la fascinación por la violencia, la producción de efectos deshumanizantes, la banalización de las circunstancias de los débiles), y la propia identidad del periodista (sus creencias, su ideología, el perfil de sus rasgos personales: raza, género, edad, etc.). Esta tensión entre el interior del periodista y la experiencia sensible a la que se enfrenta se da en un determinado contexto social (política sobre la libertad de expresión, presiones corporativas, lazos familiares, tensiones con los editores). Una solución posible a esas tensiones reside en la deontología periodística que debe ser entendida como una forma de autorregulación en la que se diferencian cuatro niveles (Álvarez Conde et al., 2018): 1) una ética individual que describe las relaciones interpersonales entre periodistas (por ejemplo de veteranos a los más jóvenes); 2) una ética institucional constituida por los códigos deontológicos que aparecen como fuente de resolución moral de los conflictos que se producen dentro del mundo periodístico; 3) las asociaciones profesionales cuya labor consiste en custodiar la labor
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periodística a partir de la autocrítica; y 4) la ética del público comprometido y activo que debe orientar al periodismo hacia el cumplimiento de su función política y democrática frente a la tiranía que impone el gusto de las audiencias. Las exigencias morales de los periodistas provienen de la función social de los medios de comunicación, como incidiremos más adelante; cuya labor profesional está destinada a la custodia de la libertad y la democracia. Desde la Ilustración se pensó que el conocimiento que adquirimos a través de la razón debe ser liberador. La confianza de los ilustrados se concentra en el conocimiento porque es un poder que no está exento de críticas y puede ser refutado por prestigioso que sea en una sociedad. Por este motivo, en los escritos de los ilustrados se resalta el valor del saber, la trascendencia de las instituciones culturales y, sobre todo, la expansión de la información. Y para ello será indispensable la libertad de opinión, de expresión y de prensa. Durante el siglo XX, la filosofía política destacó la importancia de la comunicación pública, y concretamente resaltó la tarea que debía asumir la opinión pública en tanto que controladora de la acción del poder gubernativo. Los medios de comunicación eran los instrumentos de una sociedad posindustrial que estaban llamados a reestablecer el ideal progresista de la modernidad ilustrada: la emancipación del hombre a través de la libertad de expresión. La comunicación interesó para la labor de integración de las personas en el orden social. Durante las dos Guerras mundiales que azotaron Europa en el último siglo, la comunicación pública combatió el fenómeno moderno de la propaganda cuyos efectos distorsionadores de la realidad llevó a la crisis de las democracias. Sin embargo, después de las Guerras, se descubrió el fracaso de la racionalidad instrumental que dominaba la ética occidental. La comunicación era un medio que se utilizaba para la manipulación consciente e inteligente de la misma humanidad tratada como una masa uniforme sin voluntad propia. La ética en la posmodernidad se transformó en una táctica para alcanzar logros; la comunicación mediática, mediante las apariencias, mandaba sobre la opinión ciudadana mensajes que convenía a los poderes institucionales y corporativos instaurados como autoridades de las democracias. En la actualidad, la ética abandona las concepciones modernistas porque se enfrenta a otros modelos de sociedad multiculturales, pluralistas, politeístas, cuya organización obedece a un orden planetario. Las sociedades contemporáneas ya no están constituidas por individuos que comparten la obediencia a las mismas reglas morales, ni siquiera comparten los mismos conceptos esenciales de la vida. En este contexto diverso, el periodismo se
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reinventa con fórmulas poco convincentes (periodismo ciudadano, periodismo participativo, periodismo colaborativo) en el que las formas de interacción entre el periodista, el medio y el público son un elemento innovador, aunque le resta fuerza convincente a la actividad profesional. Otros procedimientos provendrán de los nuevos desarrollos tecnológicos aplicados a estrategias de mercado que vaciarán la actividad periodística de su valor ético. Por ejemplo, el periodista digital que basa la importancia de su trabajo en su estrategia SEO para posicionar la noticia en Internet, dándole más importancia al clic que a la interpretación y al tratamiento (documentación, trabajo de archivos, verificación, informes sociológicos…) de un determinado hecho, que se ha convertido en relato publicado. La importancia de la instrumentalización de la práctica periodística, más que la reflexión teórica del periodista sobre las implicaciones éticas de su trabajo diario, es consecuencia de la desconfianza posmoderna que favorece, por el contrario, la creencia racional en las formalidades tecnocientíficas. La ética periodística es una ética profesional cuya potencia reside en la exigencia del propio profesional hacia el cumplimiento de su deber moral. En la posmodernidad, esta ética profesional supondrá un equilibrio entre las competencias intelectuales y las virtudes morales de las personas que se dedican al quehacer periodístico. Entre estas virtudes morales se suelen señalar el respeto a la verdad periodística, la humildad intelectual, el sentido de la justicia, la defensa del marginado, el desinterés por lo propio, la dignidad, la honestidad, la consideración del prójimo y una actitud favorable al servicio público. Estas virtudes morales de la ética profesional muestran un cierto debilitamiento de una ley moral externa a nosotros. Realmente, ésta nunca ha tenido un fundamento cierto, como afirma Jonathan Glover, desde la decadencia de la religión en el mundo occidental. Los principios morales del periodismo dan una cierta esperanza para poder enfrentarnos a las maneras interesadas de ver el mundo. El sentido de la identidad moral del periodista mantiene todavía la confianza en una democracia tolerante. La imaginación moral que activa el periodismo fusiona el intelecto con la emoción estimulando la conciencia colectiva sobre la deshumanización de una comunidad. El objetivo de la ética en el mundo posmoderno contempla la obligación de cohabitar y cooperar desde una lógica plural, evitando la violencia o el caos social frente a la imposibilidad del consenso. En este contexto, el filósofo Hugo Tristam Engelhardt Jr. sostiene que las sociedades actuales lo consiguen por varias vías: 1) el uso legítimo de la violencia o de la fuerza física y mental para que coincidan las acciones de los individuos; 2) la
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solidaridad por conversión y reconciliación; 3) la discusión que conduce el problema a una solución basada en los argumentos racionales, alcanzándose el consenso entre todos; 4) el fin de las controversias morales sin llegar a la violencia mediante la corrección empírica, pragmática y convencional de los procedimientos. Frente al pluralismo del nuevo mundo, la solución se ofrece mediante procedimientos pacíficos que consisten en la negociación y gestión de los conflictos que causan las morales extrañas. Lo ético es lo que no se impone a otros por la fuerza o la violencia. Y, no solo son morales extrañas las que surgen de la interculturalidad de nuestro tiempo, también alcanza a otras éticas, como es la ética periodística. El presupuesto fundamental para esta posmodernidad tecnocientífica consiste en la existencia de dos planos: 1) la división del mundo en comunidades morales particulares, cada una con su perspectiva particular del bien y del mal; 2) y un plano metamoral o ético propiamente dicho, que controla concretamente que no haya imposiciones de las convicciones con las que unos obliguen a otros. Por ello, la ética profesional del periodista debe respetar la autonomía de la consciencia del individuo que elabora su trabajo, pero no puede excederse imponiendo sus normas a otra comunidad moral. La ética periodística se encuentra frente a dos caminos. Por un lado, una ética racionalista que basa su éxito en el discurso, es decir, en las modalidades simbólicas de interacción y de persuasión. En este caso son válidos todos los acuerdos y contratos, regulaciones, estatutos u otras formalidades que se hayan determinado por la vía pacífica, y añade Gilbert Hottois (1999), “aunque nos parezcan completamente irracionales”. Y por el otro lado, la negación de las posibilidades de la argumentación racional, considerada únicamente como una retórica particular. Desde una perspectiva más liberal, Engelhardt entiende que no se trata de proteger a las personas del poder de convicción, como pueden ostentar los medios informativos o la publicidad, sino que corresponde a cada individuo mostrar su actitud crítica o dejarse engatusar.