Skip to main content

1_9788416062980

Page 1

COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


Víctor Roberto Carrancá Autor de la obra

OAXACA

Sombra de huajes y telar de mundos Fotografías:

Mónica Resa

México D.F., 2015


Copyright ® 2015 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades México publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com/mex/

Las 100 ciudades Director de la colección:

Juan Pablo Salazar Andreu

© Víctor Roberto Carrancá y Mónica Resa

© EDITA: TIRANT HUMANIDADES DISTRIBUYE: TIRANT LO BLANCH HUMANIDADES MÉXICO Río Tiber 66, PH Colonia Cuauhtémoc Delegación Cuauhtémoc CP 06500 MÉXICO D.F. Telf.: (55) 65502317 infomex@tirant.com www.tirant.com/mex www.tirant.es ISBN: 978-84-16062-98-0 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


Introducción: La confesión del sereno Después de la caída de un sol confuso, antes dios adorado, ahora solo astro novohispano, sobre una callejuela oscura enmarcada por casas de ojos cerrados, puede verse una pequeña iglesia. La puerta de este recinto, enclenque y algo enferma por la mordida de las termitas, reciente los golpes de una mano. El sonido alerta a unos cuantos perros callejeros que apenas se atreven a soltar un aullido muerto de hambre. Adentro, el párroco de la iglesia, de rodillas en su aposento, abandona su cuaderno de rezos y lo acomoda, junto con su calma, en el atril de la celda. Cuidándose de no tropezar, recorre los pasillos mudos y llega a la puerta de la iglesia. Ese tablón agujereado que tiembla con cada golpe de un puño anónimo. Sin dejar de pasarse la mano por la calva sudada, después de preguntar por la identidad del visitante y recibir, como respuesta, una petición de auxilio, el cura abre la puerta. Las cerraduras ceden, quejido agudo, y la madera rechina por el peso de tantos años de cumplir el mismo trabajo. La noche revela a un hombre cuya esbeltez y color de hoja seca pueden verse, mitad luz y mitad sombra, a causa de un farol que sostiene en la mano izquierda. —¡Un apuñalado! —atina a decir el visitante, mientras alza el farol y dirige, hacia los callejones, una luz que apenas alcanza a espantar el azul de luna—. El herido —explica, mientras el faro, al temblar, tintinea como campana—, pide ser confesado. —¿Confesado? —pregunta el padre, aferrado sus manos robustas a esa puerta enclenque.


—Por favor —ruega el otro, sin dejar caer el farol que sostiene a pesar de la desnutrición de su brazo. El párroco duda. No sabe si azotar la puerta o decirle al extraño que busque a alguien más para ayudarlo. Aun así, la curiosidad lleva su mirada hacia el altar que está adentro de la iglesia. Ahí, desde una cruz, hay alguien que todo lo observa. Después de tragar una saliva espesa que se le atora en la garganta; de santiguarse y rascarse el cuello sudoroso, el cura sale de la iglesia y se coloca frente al extraño. El Sol ya no ilumina. Su muerte, sangrienta y apresurada, dejó una Luna molesta que viste de azul los edificios. El extraño, silencioso, aún más que el cura, extiende el farol y, como si fuera arrastrado por él, comienza a adentrarse por las callejuelas azuladas de la ciudad. El párroco sigue sus pasos. Las cuatro piernas se apresuran hasta llegar a un callejón iluminado, más por la noche anciana que por ese farol lozano. Ahí, en medio de una cama de piedras que aún conservan el rocío de una lluvia reciente, los caminantes se encuentran con el cuerpo de un hombre. La luz, pálida y seca, de ese cielo calmo, revela varias manchas oscuras que burbujean, con cada respiración, en el pecho del sereno apuñalado. El rostro, cubierto de un vomito rojo, exhibe una boca de la que salen, aparte de los borbotones de sangre, algunas frases débiles. El cura se acerca al moribundo. Conocedor de su oficio, se arrodilla ante el cuerpo y recarga la oreja derecha en el colchón de palabras que salen de los labios húmedos del confeso. Una a una, trepan hasta el oído del padre mientras este abre unos ojos, cada vez más blancos e incrédulos. Una última gárgara señala el fin de la confesión. La boca del sereno se cierra mientras las pestañas atrapan, para siempre, la redondez de la Luna muda. Tembloroso, el cura se levanta. —No creerá lo que… —intenta decir al caminante que lo llevó hasta el cadáver; sin embargo, cuando el párroco voltea, las callejuelas no revelan, ni al hombre ni al farol. Ni siquiera permanece la reminiscencia de esa

Víctor Roberto Carrancá


luz ambarina que se esforzaba por pintar de amarillo la mitad de la cara del extraño. Al mirar hacia el cuerpo, el cura descubre, entre las líneas de sangre que salen de la boca y se extienden por las mejillas, el mismo rostro de aquél que antes le pidió ayuda. El mismo ropaje, comprende ahora, e idéntica piel: el color y delgadez de una hoja seca. Hoy, cualquiera puede visitar al párroco. Tal vez le cuente esta historia. Tal vez no lo haga. Pero absténgase de preguntarle sobre la confesión vertida. Nuestro cura, al que siempre debe hablársele a la oreja izquierda, le explicará que la sordera de la derecha se debe a las palabras que le dijo el muerto. También le aconsejará que, en caso de recorrer el mismo callejón que él pisó con sus sandalias, evite, sobre todas las cosas, hablar con aquel sereno que todavía camina, farol encendido, entre muros silenciosos.  Esta historia, que alude a la leyenda del Callejón del Muerto, ilustra, de cierta manera, a Oaxaca: la ciudad (y ese misticismo circundante que florece y merma, merma y florece), se encuentra, pareciera, en medio de dos mundos. Entre la vida y la muerte. Entre lo prehispánico y lo colonial. Cuando Juan Pablo Salazar Andreu me pidió colaborar en este proyecto, un conclave de visones (y digresiones) sobre una de las ciudades más bellas de México, además de sentirme profundamente honrado, padecí un vértigo súbito cuando supe que debería constreñir la historia de una de los sitios más enigmáticos de México (por el que tengo una afección profunda) a poco más de cien páginas. Resulta igual de complicado que pedirle a un hombre que empaque, en una pequeña maleta, lo que considera indispensable para viajar a una isla desierta.

Oaxaca: Sombra de huajes y telar de mundos


Un gran número de libros, provenientes de plumas mucho más expertas, preceden la intención de esta obra. ¿Cómo contender —o siquiera pretender hacerlo—, contra las palabras que Huxley, Calvino o Sacks han escrito sobre este lugar?, ¿contra las letras de Carlos Monsiváis o la visión de aquellos poetas compilados por Emilio Rabasa? El nuestro deberá ser un viaje veloz. Demasiado veloz, tal vez. Pero que al menos logre recrear pequeñas estampas de este lugar amplísimo. Rescatar, si acaso, algunos atisbos históricos, artísticos, gastronómicos, comerciales y demás. De ahí surge esta pregunta: ¿después de tantos y tan valiosos libros escritos sobre Oaxaca, qué más puede decirse sobre esta ciudad? Derivado del conflicto que genera tener más palabras en la cabeza que idea de lo que uno escribe, decidí transformar el libro en una serie de apartados históricos que intercalan estampas que ilustran (con algunas palabras; pero, más importante, con imágenes de verdaderos artistas) parte de esta ciudad esquiva. De hecho, considero que la parte discursiva o ensayística, pasa a un segundo plano frente al talento de la fotógrafa Mónica Resa, quien, sin duda, logra captar, con mucha mayor profundidad, esa esencia, intangible y etérea, de Oaxaca. De la misma manera, este libro logra hilvanar (una parte aunque sea) el espíritu oaxaqueño, a través de las pinturas de destacados artistas, pintores de genio admirable, como Damián Lescas, Oscar de las Flores, Rosendo Vega y Hugo Vélez, quienes me facilitaron su obra a fin de añadir a este proyecto esa perspectiva, colorida y sublime, que permanece en sus lienzos. Así, a través de imágenes y palabras, recreouna visión breve, cultural e histórica de una ciudad imprecisa, en donde la gente camina (y ríe) a un lado de los muertos, los pinceles danzan en manos de los más grandes artistas, los insectos forman parte de los más sofisticados platillos y donde se mezclan distintas épocas, ideas y tradiciones. Un lugar que, de hecho, se pierde al escribirse.

Víctor Roberto Carrancá


Damián Lescas, Biodiversidad de la memoria (2014), Óleo sobre tela con aplicación de hoja de oro, 120 x 250 cm.

Oaxaca: Sombra de huajes y telar de mundos


1. El lirio que nació de la sien de una princesa Remontarnos al origen de un sitio; desenterrar los inicios de su historia entre el polvo milenario que cobija las ruinas de un mundo antiguo es, sin duda, tarea para arqueólogos y expertos que ven en los vestigios algo más que una evocación del pasado. La reminiscencia de un lugar llega hasta nosotros y se esparce con el viento. Por ello, es imposible ceñir la magnificencia de un pueblo, de un lugar o una cultura, a unas cuentas páginas que intentan, acaso, sujetar esos recuerdos. Hablar de la ciudad de Oaxaca es trasladarnos a una época lejana, furtiva y legendaria, que apasiona a aquellos que han logrado desentrañar aunque sea una porción del misterio que envuelve a los pueblos prehispánicos. Al retroceder en el tiempo, encontramos que los primeros habitantes del territorio que hoy ocupa Oaxaca, legaron sus vestigios desde el año 3500 a.C., como lo demuestran las cuevas de Guilá Naquitz1 o Los Machines, donde se hallaron, además de pinturas rupestres, olotes de maíz pertenecientes a grupos nómadas. Esto es, tal vez, la prueba de que la historia es huidiza y que, poco a poco, se vuelve tan difusa como las pinturas que se observan en los muros de una caverna. Por ello, deberemos acudir a una era más reciente. En el caso de la capital del Estado, el umbral de su historia nos dice que serán los zapotecas

1 Que ha servido para los arqueólogos como un importante centro de investigación sobre el origen de la agricultura en el país y, por supuesto, en todo el territorio americano. De hecho, en Guilá Naquitz se encuentra el registro arqueológico más antiguo sobre la domesticación del maíz, a partir del teocintle.


y los mixtecos quienes resguarden, hasta la fecha, el hilo dorado con el que se tejió la historia de esta ciudad. Desde 1150 a.C., los primeros zapotecos se asentaron en San José Mogote, ubicado en lo que hoy se conoce como el Valle de Etla. A pesar de la importancia de este lugar, de la grandiosidad de sus templos y plazas, Monte Albán se ciñe, por mucho, como la capital de la cultura zapoteca. Fue así, al menos, hasta que entre sus muros de piedra se libró batalla con otro linaje de trascendencia milenaria: los mixtecos. La contienda entre estos dos pueblos regó de sangre aquella tierra en la que aún crecen los huajes que llenan de sombra los campos y montañas de Oaxaca. Aun así, es a los mexicas a quien el Estado (y, por lo tanto, la ciudad), le deben su nombre, situación que deriva, como en muchos otros casos, del predominio de esta cultura, tanto comercial como política, en gran parte del territorio que ocuparon los pueblos prehispánicos. Para Ian Chambers «la tierra se bendice, se bautiza. Este acto de darle un nombre implica la anulación del nombre nativo —la supresión de la identidad ajena, quizá demoníaca— para “empezar desde el principio”». Desvestirse del nombre propio, hacer a un lado una nomenclatura que pretende la “supresión de la identidad ajena”; erigirse, pues, como una entidad exonerada de los procesos colonizadores. Empezar desde cero. La palabra Oaxaca (en náhuatl Huāxyacac), procede de huāx, que significa ‘huaje’; de yaca, ‘punta’ o ‘nariz’, así como del sufijo c, que alude a tepec; es decir, ‘lugar’; por lo que Huax yaca tepec, significa “en la punta de los huajes”. Esto se debe a que en esta ciudad, en la que proliferaban estos árboles vetustos y la sombra que se extendía bajo el ropaje de sus hojas, el Tlatoani Ahuizótl, padre de Cuauhtémoc, estableció un régimen militar que servía como punto de vigilancia para las rutas comerciales de su pueblo. Pero antes de que los mexicas asentaran, entre arbóreas cómplices, su guarnición; mucho antes de que los conquistadores se adentraran, espada en mano, por las mismas veredas solitarias, la disputa por el territorio se vivía en la ciudad de Monte Albán.

Víctor Roberto Carrancá


Su nombre, antes de referirse a la palidez de su rostro, era Danibáan, ‘Cerro sagrado’2, pues no había otro centro ceremonial de mayor importancia para los zapotecas. En la cúspide soleada del Cerro del Jaguar, donde la tierra aún forma torbellinos de tiempo, se estableció la Plaza Principal, donde confluía todo la actividad política, económica y sociocultural de la región. La edificación de centros ceremoniales, juegos de pelota y demás locaciones que fueron construyéndose en sus diversas dinastías3, implicaron una urbanización que colocó a esta zona como una de las más importantes de Mesoamérica. Su relevancia permitió que los zapotecas expandieran su territorio hacia las zonas aledañas, llegando, así, hasta la Sierra Mixteca. Probablemente, el ánimo conquistador del zapoteca desató los primeros enfrentamientos con los mixtecos, lo que implicó que Monte Albán, la cual había sido abandonada por las clases dominantes zapotecas (en el período Posclásico, los reyes se asientan en Zaachila4), terminara en el dominio de ambos pueblos. Aun así, Monte Albán sigue aportando misterios. Sus templos son guardianes de los secretos prehispánicos que, poco a poco, van revelándose. Como ejemplo, el 9 de enero de 1932, el célebre arqueólogo Alfonso Caso5 realiza el descubrimiento del “Tesoro de Monte Albán”, en la Tumba 7 de este complejo arquitectónico, misma que reveló, en el inte-

2 Los mixtecas lo llamaban Yucu-ocoñaña, ‘cerro de los veinte tigres’. 3 Que podemos resumir, de manera somera, en los siguientes períodos (mismos que varían, según diversos estudios arqueológicos): El Preclásico; que va desde Monte Albán I (500 - 100 a.C.), a Monte Albán II (100 a.C. - 250 d.C.); el Clásico, que abarca a Monte Albán IIIa (250 - 650 d.C.) y IIIb (650 - 800 d.C.); y el Posclásico; es decir, Monte Albán IV (800 - 1350 d.C.) y V (1350 - 1521 d.C.). 4 Monte Albán, aun así, no fue abandonado, sino que continuó fungiendo como centro religioso. 5 Alfonso Caso, uno de los más célebres arqueólogos mexicanos, nace en la ciudad de México en 1986. Inicia su trayectoria como investigador en el Museo de Antropología de dicha ciudad. Fue fundador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, así como cofundador de la Escuela Nacional de Antropología. Sin duda, sus investigaciones Oaxaca: Sombra de huajes y telar de mundos


rior de su vientre pétreo, diversos objetos como huesos tallados con glifos que narran biografías o hechos históricos, collares, brazaletes, y otros atavíos de piedras preciosas, figuras de oro, entre otras peculiaridades,como aquel cráneo humano cubierto de mosaicos de turquesas, que hicieron de este descubrimiento uno de los más ricos de la época6. La Tumba 7 no solo implica un misterio por los materiales hallados y el origen de los mismos, sino también porque en su interior se encontraba un esqueleto cuyas características craneanas hicieron pensar a Alfonso Caso que se trataba de un enfermo con un tumor en el cerebro o un demente: “nos hace pensar que quizá fuera considerado como la encarnación de Xólotl o dios de los monstruos, y se le atribuía un carácter semidivino”. Podemos afirmar, en todo caso, que Monte Albán se ciñe como uno de los complejos arquitectónicos más importantes de México y que al hablar de Oaxaca, zapotecas y mixtecos despuntan como dos culturas que, a pesar de vivir inmersos en continua disputa, sentaron las bases de ese aspecto pluricultural del Estado, característica que lo hace invaluable ante cualquier visitante. Tal vez, para ilustrar la querella entre estas dos grandes sociedades prehispánicas, bajo la perspectiva metafórica que siempre brindan los relatos orales, habrá que rememorar la leyenda de la princesa Donají7.

sobre Monte Albán, son material imprescindible para comprender los misterios que circundan a este sitio arqueológico. 6 Refiere Caso: “Desde el punto de vista científico, el primer resultado importante fue el haber descubierto una colección de materiales preciosos, que hacen de la Tumba 7 la más rica encontrada en América”. 7 La historia de la princesa Donají corresponde, claro está, a la tradición oral de los pueblos zapotecas y mixtecos, a su expresión mística y al simbolismo que trasforma (y embellece) los relatos históricos. Aun así, su existencia no es puesta en duda por ciertos historiadores y filólogos que ven una discrepancia entre la leyenda indígena y los hechos narrados por los cronistas, los cuales indican que Donají pudo ser bautizada por los cristianos y adoptado el nombre de Juana de Cortés. Para Manlio Barbosa Cano, la leyenda puede basarse, en parte, en la figura del cacicazgo indígena femenino como el de Doña Isabel, “cacica” de Cuilapan (también conocida como “Señora del Valle de Oaxaca”), cuyo nombre aparece en una lápida en el mismo templo. Víctor Roberto Carrancá


Cosijoeza, señor de Zaachila, lugar al que, como hemos visto, se trasladaron los reyes zapotecos durante el periodo Posclásico, quiso aliarse con los mexicas. Para cerrar este pacto, tomó por esposa a una de las hijas del Tlatoani Ahuízotl, emperador azteca y ávido guerrero que extendió la sombra de Tenochtitlán hasta las regiones que hoy evaden nuestro mapa. La unión de ambos linajes dio vida a una hija, una flor en medio de este campo de huajes: Donají. La alianza, por supuesto, importunó a los mixtecos, quizá por la amenaza de ver a estos dos grandes imperios unir sus casas. La princesa, empero, sirvió como símbolo de posible armisticio entre estos pueblos. Después de numerosas disputas, los mixtecos proponen avenencia y cese de batallas, un pacto que el Rey de Zaachila aceptó, al parecer, sin miramientos. Pero los mixtecos, desconfiados del ánimo belicoso de Cosijoeza, toman como garantía de esta promesa a la princesa Donají, a quien llevan de prisionera a Monte Albán. La guerra nunca encuentra alianzas perennes. Cosijoeza intentó tomar Monte Albán aunque, desgracia suya, su hija ya no se era prisionera de estas murallas de piedra. Dice la leyenda (o al menos, alguna de sus variantes) que el emperador mixteco, a pesar de estar enamorado de la princesa, le cortó la cabeza en las orillas del río Atoyac. La sangre del río se mezcló con la de la princesa. El césped bebió de ambas e hizo crecer, como símbolo de la inmortalidad de Donají, un lirio morado que nació de la sien de la cabeza de esta mujer8.

8 Muchas leyendas de princesas o mujeres sagradas, tanto en México como en la mitología de otras regiones del mundo, relacionan la muerte con la transformación en una flor. Para ceñirnos al aspecto prehispánico, tenemos la leyenda maya de Xtabay, mujer dedicada a vender su cuerpo, dadivosa y de belleza incuestionable, que usaba sus ganancias para ayudar a enfermos y menesterosos. Al morir, su cadáver despedía una fragancia enervante que la acompañó hasta la sepultura, misma en la que, después de unos días, comenzaron a nacer flores de las que emergía el mismo aroma. La flor de Xtabentun hoy sirve para crear un licor, famoso en la región de Yucatán, que produce, en quien lo bebe, la sensación que generaba, años antes, la belleza de Xtabay. Oaxaca: Sombra de huajes y telar de mundos


Hoy, la Guelaguetza, una de las danzas más emblemáticas de todo México, reproduce esta leyenda, con algunas variaciones que pretenden rescatar, no solo las tradiciones prehispánicas, sino también el mestizaje de las diversas culturas que disputaron sus creencias en las tierras oaxaqueñas. Es así que el Cerro del Fortín, ve renacer, en algunos Lunes de Cerro, a esta princesa mítica. Su fantasma danza en compañía de las historias que susurra el aire. Quizá, hoy su espíritu nos recuerda a Alcina, aquella mujer cuya magia, en el Orlando furioso de Lodovico Ariosto, transformaba en árboles a sus amantes. De igual manera se petrifica la mirada de cualquiera que conozca las danzas que rinden ovación a las diosas y princesas que ocupan el folclor mexicano. La princesa cautiva, no solo en las danzas de la Guelaguetza o los montajes de teatro que se realizan en su honor, sino como símbolo de una ciudad. Por ello, su efigie adorna un escudo en el Templo de San Juan de Dios, donde se predicó la primera misa de la ciudad. Inmortal, como aquel lirio que creció junto al Atoyac, Donají sigue deslumbrando con su belleza. Una belleza que, a pesar de haber conquistado el corazón de su verdugo, le permite ser, en la muerte, el símbolo de una ciudad igual de misteriosa que ella.

ESTAMPA: CARMESÍ Y PÚRPURA Desde los inicios de los asentamientos zapotecas y mixtecos, vemos que, aunado a la historia de ambos pueblos, hay un protagonista, casi invisible, que no debe escapar ninguna historia sobre Oaxaca. Personaje pequeño, a pesar de que su relevancia cultural y económica pasó a las páginas de los más célebres relatores. Aun así, se escabulle entre las pencas del nopal o desaparece entre las tunas. De ahí que también se le llamara nocheztli, ‘sangre de tunas’, al aludir a ese roce carmesí que decora vestidos y pinta tapetes y lienzos. Nos referimos a la cochinilla (Dactylopius coccus). Víctor Roberto Carrancá


Nopal y tuna. Donde se enconde, tímida, la cochinilla

Para ser más específicos, a su beso de sangre, pues el colorante de la grana fue un producto que llegó a ser casi tan costoso como la plata o el oro. Este pequeño insecto, de coraza bélica que lo transforma en pequeño, casi invisible pedrusco, fue utilizado por las culturas prehispánicas para dar color, con su caricia de tinte, a toda clase de ropajes y artesanías. El pigmento rojo que se extrae de ella, no solo fue aprovechado por las culturas dominantes precolombinas, sino que, con la llegada de los españoles, viajó en barcos, en compañía de piedras preciosas, para llegar al viejo continente y teñir los vestidos de los nobles. Elegantísima postura, la de la cochinilla. Su pigmento ha dado color a los cosméticos que engalanaron los rostros de la aristocracia extranjera; así como a los huipiles y tapetes que aún se venden en los mercados de la ciudad de Oaxaca. Oaxaca: Sombra de huajes y telar de mundos


Su camino, pues, ha sido notorio y longevo. Mucho más que ese cuerpo, diminuto y tímido, que suele replegarse en sí mismo para transformarse en piedra. De igual manera, no puede pasar desapercibido otro reptante que también dota de color las prendas, desde tiempos inmemoriales. Su tinte, en cambio, pertenece a la Luna. El “caracol púrpura” se recolecta en los peñascos rocosos de la costa, exclusivamente, en tiempos de luna creciente, puesto que solo con este brillo se libera el tono purpúreo de su tinta. Con él, las mujeres tiñen sus posahuancos y enredos mixtecos. Rafael Landívar, en Por los campos de México, indica cómo utilizar el tinte de este curioso molusco: Tú, antes de arrancar la púrpura del abrupto peñascal, observa si ya la Luna nueva recobra su luz, lo mismo que los días exactos desde que comenzó a resplandecer; porque el molusco se llena de jugo cuando la luna creciente levanta los cuernos altivos; pero si la luna fatigándose amortiguara sus luces y lenta desmayara su bicorne fulgor, deja que el espumoso marisco repte por escabrosidades, a no ser que quieras soportar en vano la penosa faena9.

Oaxaca se pinta entre el púrpura y el carmesí. Sus colores, antiguos y legendarios, provienen de la Luna creciente, así como de un guijarro invisible.

9 La traducción al español de este fragmento en latín, perteneciente al capítulo “Coccum et purpura”, de la Rusticatio mexicana, corresponde al libroViajeros extranjeros en el estado de Oaxaca, de José N. Iturriaga, citado en la bibliografía. Víctor Roberto Carrancá


Rodendo Vega. El espejo (2013). Óleo/Lienzo, 250 x 150 cm.

Oaxaca: Sombra de huajes y telar de mundos


2. El encuentro de dos mundos Para Henríquez Ureña, el descubrimiento de América suscita desde dos perspectivas, disímiles aunque inseparables: la primera, que concierne a aquellos que se adentraron en nuestras tierras, dudosos de los peligros que albergaba el Nuevo Mundo; y esa otra, que ocurrió en el imaginario europeo, y que hizo pensar, durante mucho tiempo, que se había recuperado el paraíso perdido. El mismo Colón había visitado nuestras islas tropicales con la imaginación llena de reminiscencias platónicas y en sus viajes recordaba una y otra vez cuanto había oído o leído de tierras y hombres reales o imaginarios: leyendas y fantasías bíblicas, clásicas o medievales, y particularmente las maravillas narradas por Plinio y Marco Polo. Toma a los manatíes, en el mar, por sirenas, aun cuando no le parecen “tan hermosas como las pintan”. Imagina que los indios le cuentan de amazonas, cíclopes u hombres con cara de perro, hombres con cola, hombres sin cabellos. Hasta el canto de un pájaro tropical se convierte, para él, en el canto de un ruiseñor.

Tal vez Colón, y los conquistadores que siguieron a este, erraron al pretender encontrar sirenas, dragones o cualquier otra criatura mitológica en el Nuevo Mundo. Sin embargo, habría otras razones para ver a las tierras mexicanas como terreno de lo insólito, en donde sus habitantes construían puentes que llevaban al inframundo, realizaban danzas para evocar a unas deidades siempre presentes y en donde la misma naturaleza, tan dadivosa como creativa, otorgaba innumerables razones para enervar la fantasía europea. Oaxaca, desde sus inicios, nació como un intersticio entre dos mundos; un punto limítrofe entre culturas que disputaron el dominio de sus tierras, no solo por lo próspero de la región, sino también por ese aire sagrado que aún agita vestidos y tumba sombreros. La diferencia con otras regiones (y su similitud con otros lugares de México como Chiapas o Yucatán), es que permanece inerte en ese espacio


intermediario. Nos encontramos ante un lugar en donde el tiempo, confundido, trascurre de manera irregular. A veces es lento y, en ocasiones, se detiene por completo. En un principio, zapotecas y mixtecos contendieron por obtener el dote de esta tierra; aunque, como veremos, ya había una acechanza, por demás desalentadora, por parte de la civilización más poderosa de México. Como se había mencionado, Ahuízotl, quinto Tlatoani mexica, padre de Cuauhtémoc, expandió su imperio hasta el sur del país, donde se asentaban los zapotecas y mixtecos. Su dominio derivó, en parte, de la creación de rutas comerciales que cruzaban el sureste mexicano y llegaban hasta Guatemala. Se dice que, alrededor del año 1486, los mexicas, al hacer uso de estas rutas comerciales, establecieron un destacamento militar en un campo poblado por huajes (aquellos árboles, en ese entonces indiferentes, que darían nombre a la ciudad de Oaxaca), en las cercanías de los asentamientos dominados por zapotecas y mixtecos. Este punto de vigilancia, que terminaría por convertirse en una población creciente y con suficiente fuerza para alertar a las dos culturas dominantes, representó, como punto estratégico, una amenaza continua que se vio, eventualmente (aunque por manos distintas), consumada. Años después, una vez que los mexicas y Ahuízotl hicieron crecer su destacamento en lo que, para su lengua, era “la punta de los huajes”, aparecieron, provenientes de lugares más lejanos que el Mictlán, montados en serpientes gigantes y con el brillo del sol en el cuerpo, los conquistadores. En 1521, Hernán Cortés, tras su arribo en México, encomienda a Francisco de Orozco adentrarse en el sur del territorio. Ahí, donde los mexicas establecieran esa primera guarnición militar, los españoles, al convenir en las ventajas bélicas y comerciales de este sitio, deciden fundar “Segura de la frontera”, con la venia de sus antiguos ocupantes, los mexicas. De ese modo, zapotecos y mixtecos se vieron circundados, no solo por el ánimo beligerante de los aztecas, sino también, ahora, por aquellos esVíctor Roberto Carrancá


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
1_9788416062980 by Editorial Tirant Lo Blanch - Issuu