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CUBA, IDA Y VUELTA Claves, giros y perspectivas de la revoluci贸n castrista

Sergio L贸pez Rivero

Valencia, 2012


Copyright ® 2012 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http://www.tirant.com).

Dirección: JOAN ROMERO GONZÁLEZ Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

© Sergio López Rivero

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Índice Introducción

Capítulo 1 De Fulgencio Batista a Fidel Castro, 1952-1959 Fulgencio Batista, la Guerra Fría y los Estados Unidos...................................... 12 La dictadura y el encauzamiento democrático. Las soluciones pacífica y violenta del conflicto cubano........................................................................................ 17 El asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, la prisión y el exilio de Fidel Castro...................................................................................... 22 La expedición del Granma, la Sierra Maestra y el Directorio Revolucionario.... 32 Compromisos políticos y hegemonía del grupo político de Fidel Castro........... 42 Los Estados Unidos y el nuevo nacionalismo cubano......................................... 47

Capítulo 2 Desde la huida de Fulgencio Batista hasta la desaparición de la Unión Soviética, 1959-1991 Gobierno, oposición y diferendo con los Estados Unidos................................... 61 Alianza con la Unión Soviética e institucionalización del socialismo real........... 97 Contornos culturales del neonacionalismo y construcción del hombre nuevo comunista......................................................................................................... 110 El espejo de América Latina............................................................................ 125 Desequilibrio político y reajuste económico..................................................... 131

Capítulo 3 Desde la desaparición de la Unión Soviética hasta la delegación del poder de Fidel a Raúl Castro, 1991-2010 Grupo político y nacionalismo posguerra fría en la isla.................................... 138


El espejo roto de América Latina y el adiós al hombre nuevo comunista......... 147 Huellas e indicios de la futura sociedad civil cubana......................................... 159 Entre el embargo estadounidense y la violación de los derechos humanos en Cuba............................................................................................................. 169 El VI Congreso en perspectiva......................................................................... 175

Selección bibliográfica Fuentes bibliográficas....................................................................................... 183 Fuentes documentales....................................................................................... 190


Introducción El interés por la historia de ese fenómeno histórico conocido como Revolución cubana, parece destinado a no envejecer. La atención que recibe hoy por parte de historiadores, politólogos, narradores y cineastas, el proceso liderado por Fidel Castro, no ha mermado a pesar de durar ya más de medio siglo. Por si fuera poco, entre muchas de las muestras de su presencia en la cultura contemporánea, sorprende que los objetos relacionados con aquellos acontecimientos violentos, resulten hoy una inversión rentable. Fotos, autógrafos, documentos y armas de quienes desalojaron el primero de enero de 1959 al dictador Fulgencio Batista del poder, cotizan al alza en la casa de subastas inglesa Dominic Winter Auctioneers, la canadiense Bonhams o la estadounidense Christie’s, dejando claro que el asunto ha llegado a convertirse en un llamativo negocio. Y que lo seguirá siendo. Habrá que determinar, si lo que tanto llama la atención sobre la historia de Fidel Castro, es su parecido al típico caudillo latinoamericano de finales del siglo XIX o a uno de los gobernantes autoritarios que florecieron a continuación en aquel entorno. Pudiera ser, que la empatía del personaje conduzca todavía a algunos a relacionarlo con un guerrero justiciero, de la especie que aventuraba el editorialista del The New York Times Hebert Mathews, cuando lo entrevistó en la Sierra Maestra en el mes de febrero del año 1957. En cualquier caso, al reparar en aquello que se adivina afecta a la representación del pasado, la capacidad de exigir adhesión total, que sostuvo a los sistemas totalitarios1 de los antiguos países del socialismo real, los cuales sobrevivieron hasta la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en 1991, parece resultar la característica más convincente a la hora de definir la

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Alain Benoist ha insistido en la diferencia entre las tiranías clásicas que amordazan a la oposición y los regímenes totalitarios, que pretenden controlar no sólo los actos sino los pensamientos, en Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989). Ediciones Altera, Barcelona, 2005, p. 53.


forma de gobernar del castrismo2. Lo cual, no se entiende sin añadir su enfoque anticapitalista y antinorteamericano. Sin duda, una mezcla muchas veces acogida con incomprensión, incredulidad o indiferencia por sus contemporáneos, que hornea en la realidad del mito de Fidel Castro, inevitablemente incrustada en los avatares de la Guerra Fría3. ¿Quiere esto decir que Fulgencio Batista y Fidel Castro son herederos políticos de los discursos de Iósif Stalin o de Wiston Churchil en el año 1946? ¿Acaso de la “estrategia al borde de la guerra” expuesta por la llamada “Doctrina Truman” el 12 de marzo de 1947? En absoluto. Lo que digo, es que no se puede entender la actuación de Fulgencio Batista o de Fidel Castro, sin atender a la lógica del “juego suma cero” que regentó un mundo bipolar a partir del final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y hasta la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en el año 1991. Un fenómeno histórico “contaminado” desde sus orígenes, que no es ajeno a los vaivenes de las relaciones de los Estados Unidos con el entorno latinoamericano y a la influencia de la Unión Soviética. Tampoco a los pormenores de un escenario nacional, donde había enraizado una cultura de la violencia que se antojaba congénita. Ni a un proceso de descolonización de los países del llamado Tercer Mundo, que legitimó el nacimiento de nuevas naciones independientes durante la segunda mitad del siglo XX.

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Acerca de la bibliografía sobre el socialismo real en los países de Europa del Este, puede consultarse: José M. Faraldo (ed.). “Comunismo e Historiografía tras la caída del Muro”. Revista de Historiografía (10), Madrid, 2009. Dirigido por el mismo autor, resulta de máxima actualidad el dossier “El socialismo de Estado: cultura y política”. Ayer (82), 2011. Desde el punto de vista de la politilogía, todavía puede resultar interesante el número de la revista Encuentro de la Cultura Cubana dedicado a “Cuba a la luz de otras transiciones” (6/7), otoño/invierno de 1997. Me refiero a las zonas de estudio generalmente invisibles para la mayoría de los observadores que menciona Enzo Traverso en La historia desgarrada. Ensayos sobre Auschwitz y los intelectuales. Empresa Editorial Harder, Barcelona, 2001, p. 17. Sobre el mismo asunto: Eugenio Trías. La política y su nombre. Editorial Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 23-24.


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Lo anterior, se ha desarrollado cronológicamente en tres capítulos4. El primero abarca desde el golpe de estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 hasta su huida de la isla el 31 de diciembre de 1958. Se trata, de una etapa marcada por el ideal democrático de los grupos políticos opositores al golpe militar. De forma pacífica o violenta, se puede apreciar que todos los grupos políticos antibatistianos aceptaban el capitalismo y se comprometían a avanzar en las libertades reales y en la igualdad social de los ciudadanos cubanos, mediante la restauración de los derechos no hacia mucho tiempo refrendados consensualmente en la Constitución de 1940. Sin miramientos, una forma de pensar la isla que incluía al grupo político de Fidel Castro, integrado en su mayoría por miembros del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) liderado por Eduardo Chibás, que en aquellos años predicaban el socialismo como política contingente y se definían anticomunistas, una práctica habitual en los partidos socialdemócratas de la época5. Concebido como profundización permanente de la democracia de origen liberal, los socialdemócratas cubanos en torno a los “ortodoxos” declaraban su adhesión a los tratados internacionales del bloque occidental liderado por los Estados Unidos y se mostraban proclives a avanzar en los ideales de las revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX. Cierto que a partir de la salida de la cárcel de Fidel Castro en el mes de mayo de 1955, tras cumplir condena por las acciones violentas del 26 de julio de 1953 y, sobre todo, en medio del performance de la guerrilla rural en la Sierra Maestra durante la segunda mitad del año 1957, asistimos a una inclinación hacia el autoritarismo en el mundo revolucionario cubano. La devaluación de la política, el ascenso de la historia a la categoría de tribunal supremo y de lo revolucionario a sujeto singular depositario del sentido de la historia, constituyen indicios en su discurso que ayudan posteriormente a entender el distanciamiento de Fidel Cas

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Con algunos ajustes en las fronteras temporales que limitan la segunda y la tercera etapa, esta periodización la hemos propuesto antes en: Joan del Alcázar y Sergio López Rivero. “La Revolución cubana, en clave de esperanza. Acerca de la libertad, la pobreza y la ignorancia en Cuba. Por una contextualización del cine de Tomás Gutiérrez Alea”, en De compañero a contrarrevolucionario. La revolución cubana y el cine de Tomás Gutiérrez Alea. Universidad de Valencia, 2009, pp. 33-59. Véase: Donald Sassoom. Cien años de socialismo. Edhesa, Barcelona, 2001, p. 166.


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tro con los principios básicos de la democracia, en su carta a los demás grupos políticos que abrazaban la violencia para destronar a Fulgencio Batista, integrantes de la Junta de Liberación Cubana fechada el 15 de diciembre de 1957. Una tendencia a la expulsión de la contingencia o consagración de la arbitrariedad en el litigio cubano, que se manifiesta en tanto se consolida la hegemonía del grupo político de Fidel Castro en el llamado Frente Cívico Revolucionario de Lucha contra la Tiranía y se traslada el foco del conflicto cubano de la dictadura de Fulgencio Batista al gobierno de los Estados Unidos6. A la institucionalización del socialismo real, entre la llegada al poder del grupo político de Fidel Castro el primero de enero de 1959 y la desintegración del bloque comunista junto a la desaparición de la Unión Soviética en el año 1991, se dedica el segundo capítulo. El diferendo con el gobierno de los Estados Unidos y la alianza con la Unión Soviética, señorean un período donde el capitalismo fue sentenciado a desaparecer, el socialismo considerado un estadio superior de la historia y el proletariado la clase social destinada a llevarlo a cabo. La tabula rasa con el pasado, la aspiración a lo homogéneo y la profilaxis social a que se volcó la elite revolucionaria en la construcción del hombre nuevo comunista, congelaron entonces los ideales democráticos que habían legitimado su liderazgo de la oposición a la dictadura de Fulgencio Batista7. Cada momento histórico es importante y no existen recetas universales para explicar el pasado. Empero, cuando se trata de destacar el antinorteamericanismo de la élite revolucionaria en esta época histórica, el lector debe mirar hacia la “Crisis de los Misiles” del año 1962, que colocó al mundo al borde de la guerra nuclear. Igual que para entender la vocación anticapitalista y prosoviética de los líderes cubanos, basta con girar la cabeza hacia la llamada “Ofensiva Revolucionaria” y el apoyo a la invasión de las tropas soviéticas a Checoslovaquia cuatro años más tarde. En esta línea,

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Acerca de esta perspectiva ajena al dialogo o la negociación política, para entender los sistemas totalitarios, ver: Daniel Innerarity. La transformación de la política. Ediciones Península, Barcelona, 2002, p. 25. Véase: Fernando Mires. “Socialismo nacional versus democracia social”. Revista Gobernanza (8), 17 de enero de 2009. En Línea: http://aigob.org/content/section/5/66/.


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deslumbrado por la magia de las ceremonias del Partido Comunista de la Unión Soviética, es que un Fidel Castro desconocido inaugurará el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1975. Si hasta entonces Fidel Castro calificaba como uno de los líderes contrahegemónicos del llamado Tercer Mundo8, ahora Fidel Castro era otro. Se había convertido. Tanto, que se distanció de su manera informal de vestir como guerrillero de la Sierra Maestra. Se puso gorra de plato y distintivos militares al estilo soviético. Para acentuar el color rojo, adoptó un discurso al uso en los países aliados de la Unión Soviética. Hasta tal punto, que reservó un espacio en la Carta Magna de 1976, para dejar claro su agradecimiento. ¿Qué había pasado? Pues, que en el año 1972 Cuba se había integrado al Consejo de Ayuda Mutua Económica, adquiriendo la categoría de país subsidiado hasta la desintegración de la Unión Soviética en 1991. Saber diferenciar, no es tan fácil como parece. Sin embargo, a partir de esta fecha podemos asegurar que el proyecto castrista volvió a dejar de ser lo que era. De la nueva reinvención del castrismo a partir de la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en 1991, trata precisamente el tercer capítulo. Después de que casi todos los experimentos de la élite revolucionaria mostraran resultados defectuosos o cuando menos basados en supuestos teóricos miméticos, el gobierno de Fidel Castro abandonó los compromisos con la idea del fin del capitalismo, el desafío contrahegemónico a los Estados Unidos y la construcción del hombre nuevo comunista. Desde entonces, su atención tomó distancia del sistema socialista y de la clase proletaria asociada al progreso, y se ha centrado a corto plazo: sobrevivir. Algo que, un tanto eufemísticamente, se denominó hace ya más de veinte años “Período Especial en Tiempo de Paz”. Cada vez más el presente por encima del pasado y el futuro, en la mentalidad revolucionaria. Como si a la envejecida cúpula del poder en la isla, lo único que le interesara fuera que la dejaran morir en paz. Nada que ver, con la estereotipada imagen de tipos duros, que durante años vendieron en

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Véase: Joan del Alcázar y Sergio López Rivero. “El verdeolivo en desuso. Nuevos protagonistas y nuevos escenarios contrahegemónicos en América Latina”, en Joan del Alcázar (ed.) Historia actual de América Latina, 1959-2009. Tirant lo Blanch, Valencia, 2011, pp. 149-178.


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los medios de comunicación de medio mundo. Ganar tiempo y soltar amarras con el pasado, acaso sean las tareas actuales de Raúl Castro, al suceder a su hermano Fidel por razones de salud. Mucho han cambiado los tiempos. De todo el repertorio visual y narrativo de los últimos años, quizás lo más novedoso del escenario político cubano sea el reacomodo político internacional y la emergencia de una disidencia interna formada por grupos políticos en ciernes, artistas contestatarios, blogueros y organizaciones de toda índole al margen del Estado, que advierten del resurgir de la sociedad civil en la isla. Por encima de los eslóganes al uso, la crisis del socialismo real en la isla, se inscribe en el cierre de un ciclo histórico global, iniciado tras el sistema de equilibrio de poderes que reguló las relaciones entre las grandes potencias al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y colapsó a la caída del muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética en 1991. Es en medio del multilateralismo difuso y la pugna de los actores emergentes por convertirse en protagonistas nacionales, regionales y globales que sucedió a continuación, que la élite revolucionaria cubana ha tratado de reinventarse, soltando lastre ideológico con un pasado que ahora le parece incómodo. Habrá que ver si los cubanos estarán de acuerdo en que los mismos que diseñaron la vida de sus abuelos y sus padres, sean los encargados de dibujar el futuro de sus hijos.


Capítulo 1

De Fulgencio Batista a Fidel Castro, 1952-1959 Fulgencio Batista, la Guerra Fría y los Estados Unidos Hace cincuenta años, la historia de los barbudos de la Sierra Maestra pretendió representarse en un vaso de cristal. Se trataba de un artilugio histórico cargado de simbolismo. Había sido concebido para agasajar a los representantes de la cúpula revolucionaria, en medio del júbilo de los vencedores. Llamaba la atención la destreza gráfica de su diseño. En letras rojas, podía leerse primero: “¡Viva Cuba Libre!” Y, después, “Recuerdo de la Revolución triunfante”. Más abajo, la fecha del éxito: “enero 1º de 1959”. Pero por encima de cualquier rótulo, saltaban a la vista las imágenes. Cuatro rostros de figuras históricas dibujadas en color negro, relacionadas con el evento que destronó a Fulgencio Batista. Las mencionaré, tal y como aparecen identificadas: Urrutia, Fidel, E. Guevara y C. Cienfuegos. A ojos vista, cuatro personajes de primera fila en la revolución castrista, que nos permiten acercarnos a una mejor comprensión de aquel momento histórico. Ensayemos un simple ejercicio de observación. Imaginemos que no conocemos nada del primero de enero de 1959 y tratamos de reconstruir aquel resultado con los datos que nos ofrece el recipiente simbólico. Advertimos que nos basamos en algunas figuras que pudiéramos etiquetar dentro de la categoría de “elite revolucionaria”, que fueron escogidas para representarlo. Con esta premisa sobre la mesa del experimento, ¿qué nos dice el mensaje gráfico? Que se trata de cuatro hombres, puede ser una respuesta correcta. Otra, que son hombres blancos. Tres vestidos con ropa militar, con barbas y sombreros dispares, que los podrían relacionar con el uniforme irregular de una guerrilla; junto a otro civil vestido de traje y corbata, podría ser un dato más a tener en cuenta. Este último, aparentemente, el de mayor edad.


Alguien un poco listo, añadiría que existe una diferencia básica entre los dos que se identifican con el nombre de pila o el apellido (Fidel Castro y Manuel Urrutia), en relación con los dos restantes (Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos) que se inscriben con la inicial del nombre agregado al apellido. Una especie de selección de la autoridad nominal, que colocaría en la antesala a Fidel Castro y a Manuel Urrutia por encima de Ernesto Guevara y de Camilo Cienfuegos. No era para menos. Se trataba del exitoso líder de este proceso, con el asalto al cuartel Moncada, la expedición del yate Granma y la guerrilla rural de la Sierra Maestra a sus espaldas. Y del primero que, siendo Presidente de la Sala Tercera de lo Penal de la Audiencia de Santiago de Cuba, se atrevió a legitimar aquellos acontecimientos violentos con las leyes en la mano, al presentar su Voto Particular absolutorio de los acusados en la Causa Nº 67 de 1956, por haber participado en la expedición del yate Granma9. Por algo eran el máximo líder de la Revolución y el Presidente del Gobierno Provisional de la República de Cuba, en el momento en que se confeccionó aquel artilugio histórico cargado de simbolismo. Todo sea dicho, después que aquel presidente de consenso había ascendido a Fidel Castro de Delegado General del Presidente ante los institutos armados a Comandante en Jefe de las fuerzas de Tierra, Mar y Aire. Para hacer el ejercicio más atractivo, podríamos añadir dos nuevas informaciones. Profesión: los dos primeros son abogados, el tercero médico y el último dependiente de comercio. Nacionalidad: excepto el tercero, todos son cubanos. Otra información añadida: de los tres cubanos, uno nació en la capital y los otros dos en las antiguas provincias de Las Villas y Oriente. A lo que vamos, en una conclusión aproximada, estaríamos de acuerdo en que se trataba de un episodio violento dirigido por hombres jóvenes, blancos y de profesiones liberales. La mayoría cubanos con origen en las provincias orientales, aunque también participaron algunos extranjeros. ¿Qué la proporción de extranjeros resulta exagerada? Cierto, pero no olvidemos que junto al argentino Ernesto Guevara, el

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Véase: “Voto Particular del Presidente de la Sala Tercera, doctor Manuel Urrutia Lleó, en la Causa Nº 67 de 1956”. En: Luís M. Buch. Gobierno Revolucionario Cubano: génesis y primeros pasos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, pp. 147-148.


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norteamericano William Morgan, el italiano Gino Donne, el dominicano Ramón Mejías del Castillo, el mexicano Guillén Alfonso Celaya o el español Alberto Bayo, formaron un verdadero mosaico de nacionalidades. Se trató, claro, de una revolución que triunfó y que liberó a Cuba el 1º de enero de 1959. ¿De quién? De la dictadura de Fulgencio Batista. La historia refleja que Fulgencio Batista era un taquígrafo militar, que había ascendido de sargento a general tras su participación en los sucesos que derrocaron la dictadura del general de la Guerra de Independencia Gerardo Machado el 12 de agosto de 1933. La revolución del treinta había colocado a este afrodescendiente de origen humilde en la foto de portada de todos los periódicos nacionales, junto a otros políticos emergentes que representaban una nueva generación de ciudadanos cubanos. Sobre todo a él y a Ramón Grau San Martín, el médico y profesor universitario que supo aglutinar a su alrededor el descontento de los estudiantes universitarios en el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). Sépase que los dos procedían de la orilla izquierda de la política, aunque el devenir histórico les tuviera preparada su futura bifurcación en el escenario cubano. De hecho, tras un relampagueante gobierno de cien días, Ramón Grau San Martín fue expulsado del poder por la alianza entre Fulgencio Batista, la elite cubana y los Estados Unidos de América. “Ni Washington ni Moscú”, había exclamado Ramón Grau San Martín desde el Palacio Presidencial de la República de Cuba y sus decretos presidenciales habían girado en torno a la libertad política, la independencia económica y la justicia social. La abrogación de la Enmienda Platt, que aparecía incrustada en la Constitución de la República desde su fundación el 20 de mayo de 1902 favoreciendo la injerencia de Washington en los asuntos cubanos, quizás sea el hecho histórico más importante de su mandato. Sin embargo, el olfato para el poder de Fulgencio Batista hizo que se convirtiera en el preferido por los Estados Unidos de América y por la elite económica, política y cultural cubana para poner orden en la isla entre los años 1933 y 1940. En este período convocó a una Asamblea Constituyente, donde estuvieron representadas todas las fuerzas políticas del país. Un proceso que culminó con la aprobación de la llamada Constitución de 1940, una Carta Magna de corte socialdemócrata considerada por muchos analistas una de las más avanzadas de


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la época. Muy criticado por su alianza con los comunistas cubanos del Partido Socialista Popular, lo cierto es que su obra política de gobierno entre los años 1940 y 1944 encauzó el desarrollo económico, el patrón político democrático y la estabilidad social en Cuba. Precisamente, en el año 1944 es elegido a la Presidencia de la República Ramón Grau San Martín, el catedrático de Fisiología de la Universidad de La Habana adorado por los estudiantes descontentos, quien como hemos dicho había sido expulsado del poder por la alianza entre Fulgencio Batista, la burguesía cubana y los Estados Unidos. No obstante, al contrario de lo que se podía suponer, la explosión de júbilo que provocó su promoción a la primera fila de la política nacional no trajo los resultados esperados. Ni su legislatura de cuatro años, ni la siguiente del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) encabezada por su ex ministro de Trabajo Carlos Prío, cumplieron con las expectativas depositadas por la mayoría de la población cubana. Dos lastres arrastraron durante sus ocho años de mandato los gobiernos “auténticos”: la inseguridad ciudadana y la corrupción de parte de su equipo de gobierno. La primera casi la provocaron ellos mismos, al otorgar el control de la violencia legítima al grupo de revolucionarios profesionales que los habían apoyado con el objetivo de neutralizarlos, dispersos en organizaciones con vocaciones gansteriles como Unión Insurreccional Revolucionaria, Movimiento Socialista Revolucionario y Acción Revolucionaria Guiteras. El asesinato del Director de la Academia de Policía Emilio Tro, a manos del Jefe del Servicio de Inteligencia de Actividades Enemigas Mario Salabarría, en el reparto Orfila de La Habana, acaso sea el acontecimiento violento por excelencia, que representa la inseguridad ciudadana de aquella época. Pero hubo más. Los asesinatos de los líderes comunistas Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias y Sabino Pupo, también acapararon titulares en la prensa de la segunda mitad de la década del cuarenta del siglo XX. De igual forma, los asesinatos de los líderes estudiantiles Justo Fuentes y Gustavo Adolfo Mejías, aparecen al momento en cualquier búsqueda rápida de archivos cubanos. En otro orden de cosas, la corrupción aparentemente convirtió las arcas del Estado “auténtico” en un saco roto del que se beneficiaron sus ayudantes cercanos. Cuando se habla de esto último, suele recordarse la acusación a los ministros de Educación José Manuel Alemán y Au-


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reliano Sánchez Arango, por haber robado presuntamente una fortuna calculada en cientos de millones de dólares. Lo anterior y la Causa Nº 82 por irregularidades en su mandato, presentada el 17 de marzo de 1951 contra el ex Presidente de la República Ramón Grau San Martín. Probablemente, la enorme bonanza económica relacionada con la segunda posguerra que atravesaba el país, permitió al Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) ganar dos elecciones consecutivas en Cuba. En ambos casos, a través de personajes relacionados con los sucesos violentos de los años treinta. Empero, a la lista de problemas de su antecesor en el cargo (inseguridad ciudadana y corrupción), Carlos Prío debió añadir dos más durante su mandato: el fraccionamiento de su partido tras la fundación del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), por el abogado Eduardo Chibás; y las consecuencias de la Guerra Fría, entre el bloque occidental liderado por los Estados Unidos y el comunista, al frente del cual aparecía la Unión Soviética. Una nueva situación geopolítica tras el reparto de las esferas de influencia por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en el año 1945, que no se puede desligar del golpe de estado protagonizado el 10 de marzo de 1952 por Fulgencio Batista. ¿Debido a que el gobierno de Carlos Prío tomó distancia del mundo occidental liderado por los Estados Unidos? Nada de eso. Seguramente, porque la firma por parte del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) del “Convenio de Asistencia Militar” en el marco del “Programa de Ayuda Mutua” con los Estados Unidos, así como el espaldarazo a la OTAN y el acoso del Partido Socialista Popular de los comunistas cubanos por propagar ideas totalitarias, no parecía suficiente sin la implantación de una dictadura militar en la isla. Que el embajador de los Estados Unidos Willard Beaulac, estuviera ajeno a los trajines del golpe, no resta importancia al hecho de que para los Estados Unidos la dictadura militar de Fulgencio Batista representaba perfectamente sus intereses de política exterior en América Latina. Lo demostró con su apoyo a la maniobra de John Foster Dulles contra el gobierno de Jacobo Arbenz, en la IX Conferencia Interamericana, realizada en Caracas, Venezuela, en el año 1954; así como su virulento rechazo en la Organización de Naciones Unidas, de la invasión de la Unión Soviética a Hungría en el año 1956. Y lo confirmaron las palabras del nuevo embajador Earl E. T. Smith, al arribar a La Habana en el


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mes de julio de 1957, cuando se mostró complacido por la ilegalización de los comunistas cubanos, la fundación del Buró de Represión de Actividades Comunistas y la ruptura diplomática con la Unión Soviética10. Debemos acotar que en el espacio de tiempo que abarca desde el año 1944 en que perdió las elecciones ante Grau San Martín y el golpe de estado a Carlos Prío en 1952, Fulgencio Batista había vivido relativamente alejado de la política en los Estados Unidos. Si algo parecía cierto, es que no tenía ninguna oportunidad de llegar al poder a través de las elecciones que se celebrarían el 1 de junio de 1952. Sin embargo, el ansia de acceder al poder del recién estrenado Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), las expectativas desmesuradas acerca de lo que podía ofrecer en términos de bienestar la joven República de Cuba y la necesidad sentida de los Estados Unidos de que en Cuba hubiera un gobierno fuerte que frenara la influencia de la Unión Soviética, convencieron al entorno de Fulgencio Batista de que se encontraba ante una nada despreciable oportunidad histórica para asaltar el poder. Simplificando al máximo la ecuación política, digamos que de la misma manera que el gobierno Estados Unidos reconoció el cuartelazo de Fulgencio Batista el 27 de marzo de 1952, el 10 de abril del mismo año Fulgencio Batista se apresuró en romper relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.

La dictadura y el encauzamiento democrático. Las soluciones pacífica y violenta del conflicto cubano El distanciamiento del gobierno de Fulgencio Batista de los márgenes de la democracia, transcurrió entre el 10 de marzo de 1952 y el 31 de diciembre de 1958. Ese día huyó de Cuba, obligado por la fuerza de la oposición cubana y abandonado por los Estados Unidos. Se ha divulgado tanto acerca de la solución violenta de aquel conflicto, como se desconoce el papel de la oposición pacífica en la restauración del pleno Estado de derecho, la distribución y la representatividad del poder, las

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Earl E. T. Smith. El Cuarto Piso. Relato sobre la Revolución Comunista de Castro. Editorial Diana, S.A., México, D.F., 1966, pp. 19-20.


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elecciones que lo regulen con un tiempo límite y su control habitual por parte de un arcoiris de medios de comunicación. Quienes se han asomado al pasado, saben que el asunto desbordaba esos marcos. Baste revisar el papel de la Sociedad Amigos de la República ingeniada por el destacado intelectual Jorge Mañach el 28 de abril de 1948. En efecto, aquella institución avalada con la firma de personajes con tanto pedigrí patriótico como Cosme de la Torriente, Manuel Piedra Martell y Enrique Loynaz del Castillo; e intelectuales de la talla de Ramiro Guerra, Mario Guiral Moreno, Emeterio Santovenia, Félix Lizaso, Vicentina Antuña, Medardo Vitier y Salvador Massip, se había fundado con cuatro intenciones básicas: 1) Estudiar y aportar solución a los problemas que afecten o se refieran al desarrollo del espíritu público; y laborar por el mejoramiento de nuestras costumbres públicas y privadas. 2) Estudiar e impugnar los actos y decisiones públicas, cuando una consideración detenida y responsable los muestre perjudiciales al interés general, o contrarios a la ley, a la moral o a la cultura. 3) Recomendar a los partidos políticos que respetando nuestro sistema de gobierno republicano-democrático, desenvuelvan sus actividades cívicas, en forma que resulten nominados y elegidos para las altas posiciones de la administración pública los mejores ciudadanos. 4) Interesar a todos en el respeto y acatamiento de la ley, como norma esencial de las sociedades civilizadas, y propender a la derogación o modificación de cuantas leyes, disposiciones y prácticas políticas y administrativas, resulten notoriamente lesivas al interés colectivo, y en general al mejoramiento de nuestro sistema legislativo. El ¿para qué? la Sociedad Amigos de la República fue fundada por aquella mezcla de personalidades con pedigrí patriótico y talla intelectual el 28 de abril de 1948, no tiene dobleces. El ¿cómo actuó? a partir de entonces para lograrlo, parece menos del dominio público. Sobre todo, a partir del golpe de Estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952, cuando el escenario político de su actuación se transmutó radicalmente. Al asomarnos a las reclamaciones de la Sociedad Amigos de la República al nuevo poder con el fin de restablecer el orden constitucional en la isla el 26 de marzo de 1952, encontramos perfecta sintonía con el llamado “Manifiesto de la Universidad de La Habana”, realizado por el Consejo Universitario; y la posición del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), cuatro y diez días antes respectivamente. A la sazón, el


Cuba, ida y vuelta

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restablecimiento de la Constitución de 1940, la sustitución presidencial en la forma prevista en la Carta Magna, el pleno funcionamiento de los poderes del Estado y el curso normal del proceso electoral interrumpido por el golpe de Estado. A la jugada especialmente diseñada por la Sociedad Amigos de la República, el Consejo Universitario y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), el régimen de Fulgencio Batista respondió con la convocatoria de elecciones para el primero de noviembre de 1954; así como con el posterior restablecimiento de la Constitución de 1940 y la amnistía de los presos políticos, al saldarse la convocatoria electoral de manera a sus intereses. Un movimiento hacia la legitimación del régimen ajustado a partir del 10 de marzo de 1952, que no satisfizo a la Sociedad Amigos de la República. Ni a ésta, ni a quienes les acompañaban en el empeño de desalojar a Fulgencio Batista del poder. De hecho, el 26 de septiembre de 1954 Cosme de la Torriente, representando a la Sociedad Amigos de la República, Pelayo Cuervo al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) y Manuel Antonio de Varona al Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), entre otros, lo habían anticipado con voz grave a través de los micrófonos de Unión Radio: sólo valen las elecciones generales con garantías suficientes para la participación ciudadana. Dirigida desde el 14 de noviembre de 1954 por Cosme de la Torriente, un Licenciado en Filosofía y Letras de 80 años que había llegado a Coronel en el Ejército Libertador durante la guerra hispano-cubananorteamericana, así como ocupado diferentes cargos ministeriales y diplomáticos en las primeras décadas republicanas, la Sociedad Amigos de la República comenzó condenando por espurios los comicios del primero de noviembre de 1954. A la vez, aprovechó los nuevos marcos legales ofrecidos por la dictadura para tejer un compromiso de consenso, ajeno a la utilización de la violencia en Cuba. De ahí en adelante, se pueden subrayar con tintes gruesos cinco fechas que muestran el ascenso y la caída del protagonismo de la Sociedad Amigos de la República (y de la solución pacífica) en la isla: 3 de junio, 20 de julio, 6 de septiembre, 11 de octubre y 19 de noviembre de 1955. El “Manifiesto de la Sociedad Amigos de la República” fechado el 3 de junio de 1955, que rechazaba el uso de la violencia para solucionar el


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Sergio López Rivero

conflicto cubano, contó con el respaldo del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), la Organización Auténtica, el Movimiento de la Nación, el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), el Partido Demócrata y el Movimiento de Liberación Radical. Más adelante, el 20 de julio de 1955 la Sociedad Amigos de la República propuso a los golpistas del 10 de marzo un pacto de silencio: a cambio de elecciones generales, la oposición política se comprometía a olvidar cualquier actividad represiva anterior al 3 de junio de 1955. La crítica al “Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia” y al Tribunal Supremo de la República, por avalar un régimen nacido de un golpe de Estado, caracterizan el acto público en el Club de Leones celebrado el 6 de septiembre de 1955. El 11 de octubre y el 19 de noviembre de 1955, se corresponden con la fecha de la carta enviada por Cosme de la Torriente a Fulgencio Batista y el conocido acto de la oposición política celebrado en la Plaza de los Desamparados en el Muelle de Luz. La historiografía oficial cubana, recoge la negativa de Fulgencio Batista a reunirse con Cosme de la Torriente, así como la condena por subversivo del acto público convocado en el Muelle de Luz. Se ha dicho, que la intransigencia de Fulgencio Batista y la enfermedad de Cosme de la Torriente, allanaron el camino de la violencia a Fidel Castro. Conjeturas aparte, lo que resulta evidente es que la legitimidad de la violencia en la isla fue inversamente proporcional al éxito de las gestiones pacíficas de la Sociedad Amigos de la República. Por cierto, una alternativa a la solución del conflicto cubano que no comenzó el grupo político de Fidel Castro. Corresponde al Movimiento Nacional Revolucionario de Rafael García Bárcenas, la Triple A de Aureliano Sánchez Arango, Acción Libertadora de Justo Carrillo y la Organización Auténtica del ex-presidente Carlos Prío, haber iniciado el enfrentamiento armado contra la dictadura de Fulgencio Batista. Cronológicamente hablando, la Organización Auténtica era un grupo paramilitar organizado por un joven Carlos Prío, a raíz del derrocamiento por parte del jefe del ejército Fulgencio Batista, la elite cubana y los Estados Unidos de América, del gobierno de los cien días de Ramón Grau San Martín. El 13 de marzo de 1952, los profesores universitarios Salvador Vilaseca, Raúl Roa, Carlos Alfara, Guillermo Barrientos y Mario Fortuny, entre otros, fundaron la


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