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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig

Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia

Ana Belén Campuzano Laguillo

Catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad CEU San Pablo

Víctor Moreno Catena

Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid

Francisco Muñoz Conde

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Jorge A. Cerdio Herrán

Angelika Nussberger

José Ramón Cossío Díaz

Héctor Olasolo Alonso

Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México Ministro de la Suprema Corte de Justicia de México

Owen M. Fiss

Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)

Luis López Guerra

Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid

Ángel M. López y López

Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla

Marta Lorente Sariñena

Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

Javier de Lucas Martín

Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania) Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)

Luciano Parejo Alfonso

Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid

Tomás Sala Franco

Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia

José Ignacio Sancho Gargallo

Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España

Tomás S. Vives Antón

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia

Ruth Zimmerling

Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


LAS POLÍTICAS DEL RACISMO Métodos e ideologías

JUAN RAMÓN FALLADA

Valencia, 2016


Copyright ® 2016 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Director de la colección:

Javier de Lucas Martín

© Juan Ramón Fallada

© De esta edición, Tirant lo Blanch y Publicacions de la Universitat de València Edita: Tirant lo Blanch Publicacions de la Universitat de València Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-9086-495-1 MAQUETA: Tink Factoría de Color

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PRÓLOGO En un sentido genuino, lo que se conoce por racismo presupone el intento por justificar la superioridad de un grupo étnico, especialmente cuando entra en interacción o convive con otro u otros grupos sociales. De esta manera, se muestra como una teoría antropológica o una ideología política, con todas sus consecuencias o derivaciones posibles hacia otros ámbitos del conocimiento. Pero esta concepción un tanto estricta, y por tanto limitada, ha ido cobrando con el paso del tiempo, en concreto desde las ideas del siglo XIX hasta la actualidad, cierta habitualidad siniestra con un matiz mucho más ampuloso que le concede cierta indefinición y así facilita bastante las posibilidades de manipulación; además, la recubre de cierta perversión puesto que suele ser disfrazada a través de una presunta cientificidad que aparenta ser indiscutible, con pretensiones de avaloratividad absoluta. En consecuencia, aquellos burdos delirios de grandeza racistas de los totalitarismos del siglo XX, desde hace ya algún tiempo están siendo mucho más desarrollados intelectualmente y por ese motivo son quizás más peligrosos en términos cualitativos, como consecuencia de su deriva hacia una sofisticación tecnológica exacerbada. Este es precisamente el leitmotiv del presente estudio, cuyo título refleja perfectamente esa preocupación advertida: el racismo siempre oscila entre metodología e ideología, ciencia y política, entre una pretensión por conocer y otra por convencer. Ambas unidas forman una dualidad siniestra que acaba por hibridar en una confusión estratégica con teorías deformadas y espurias, un tanto más sutiles que las formuladas hacia finales del siglo XIX y durante el primer tercio del siglo pasado. Es decir, se trata de teorías esta vez mejor expuestas, no tan ramplonas o soeces, más razonadas y que incluso intentan justificarse de manera simplista o trivial a través de fenómenos sociales como son el rechazo a la inmigración innegable y progresiva o a la multiculturalidad manifiesta, todos ellos presentados como razones de la decadencia de Occidente, u otras propuestas populistas al uso o de ese estilo, incluyendo sus avatares y consecuencias.


Mario Ruiz Sanz

En este sentido, y como el autor ya observa en la nota introductoria al libro y lo desarrolla con posterioridad, no es suficiente plantear el problema del racismo desde la población inmigrante, aunque sea básico, sino también desde la población autóctona en términos de discriminación efectiva, lo que engloba en la práctica a todos los colectivos sociales, especialmente a las minorías de cualquier tipo y no sólo a las étnicas sino también lingüísticas o culturales, por ejemplo, todas ellas susceptibles de ser sometidas y maltratadas a causa de sus diferencias no sólo de raza y etnia, sino también de opinión. Por eso, las «políticas» del racismo tienen ese componente alarmante que repele al buen entendedor, más o menos subliminal y engañoso hacia el pueblo, ya que tales políticas de gestión son utilizadas para aislar y dejar de proteger a sujetos con carencias a partir de una falta evidente de garantías jurídicas, sociales y económicas. La estructura y el contenido del este libro responde a todas esas complejas cuestiones anunciadas. Al comienzo, se expone el problema definitorio y justificativo desde un punto de vista analítico. El origen decimonónico de la cuestión racial y la innecesaria identificación con la idea de discriminación hay que explicarla desde sus orígenes teóricos hasta la actualidad; la evolución de los conceptos de racismo y discriminación y su vinculación histórica hasta su reformulación con un matiz y aporte identitario, marcan el punto de partida de la discusión planteada en este trabajo. A continuación, el libro se introduce por unos conductos alambicados y vericuetos difíciles de afrontar, ya que la opción metodológica hace que se tenga que elegir para estudiar correctamente el tema objeto de estudio entre el individualismo y el estructuralismo, contemplados en bruto y filtrados con precisión, pues son conceptualizaciones teóricas difícilmente compatibles en todas sus dimensiones; para ello se propone una alternativa atrevida basada en una gradación de intensidades del racismo, en la que mucho tienen que ver las teorías e ideas de J. de Lucas y M. Wieviorka en torno a este tema, sin duda dos de los expertos más importantes sobre tal cuestión. Sin otra posibilidad ni remedio, resulta casi obvio que este debate acabe con una referencia a la confusa vertiente neoliberal que sin duda intensifica y defiende cierta negatividad hasta apologética del fenómeno racista. A modo de contraataque también defensivo por parte del autor, éste esgrime suficientes argumentos para


Prólogo

defender la consecuente necesidad de una crítica sólida hacia dicha posición reductiva. Porque sobre cualquier defensa de posiciones ideológicas a partir de unos fundamentos metodológicos sólidos, como sin duda sucede en este caso, es importante reconocer que en estos temas tan controvertidos y resbaladizos, el atrevimiento y la valentía que se sostenga en los planteamientos de fondo, además de disponer previamente de una formación consistente y una necesaria preparación adecuada, son fundamentales para afrontar los retos. Ya cantaba Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan, en el año 1964, que los padres y las madres de toda la tierra no deben criticar aquello que no pueden comprender pues sus hijos e hijas están más allá de su dominio (Come mothers and fathers / Throughout the land / And don´t criticize / What you can´t understand / Your sons and daughters / A beyond your command…). Esto mismo puede aplicarse a modo de parábola metafórica a la actitud mantenida a lo largo de todo el libro por Juan Ramón Fallada, pues antes comprende muy bien lo que después critica con solidez; es más, lo transmite con enorme soltura. Por todos estos motivos, comentados brevemente, se puede decir que el autor hace un análisis completo del fenómeno del racismo y de la discriminación racial que, como él mismo manifiesta con lucidez, se caracteriza por mostrarse capaz de adaptarse a los tiempos con extremada habilidad perniciosa; tal fluidez y versatilidad de contenidos obscenos se recoge hoy en día a través de los discursos xenófobos y en consecuencia se refleja en políticas y decisiones perversas y grotescas cuyo punto de mira es la inmigración; pero no hay que olvidar que esa facilidad de camuflaje vomitivo bien puede derivar hacia otros contextos si resultan ser útiles a tales causas indigestas, según sea el momento, el lugar y la oportunidad. Así resulta importante plantear, explicar, analizar, reflexionar y alertar sobre este tema y así mantener unas posturas abiertas pero coherentes y firmes, y de esta manera dejar hacer volar la imaginación silenciosa, prudente y positiva tal y como lo hace Juan Ramón Fallada, que mantiene una visión utópica pero al mismo tiempo realista hacia la superación de todas aquellas actitudes racistas tanto de las derivadas de la conciencia humana como de las que provienen, ya sea por propia


Mario Ruiz Sanz

iniciativa o por mímesis enaltecida, de unas manifestaciones externas más o menos violentas. Sólo esta última consideración supone una garantía de éxito de un libro elaborado a base de meditación, paciencia y buen hacer. No me resisto a volver sobre Bob Dylan recitando, al final de ese himno reivindicativo generacional llamado The Times They Are A-Changing, compuesto hace ya la friolera de más de cincuenta años y que contiene algo intemporal, frente al rechazo del racismo o de otras obscenidades parecidas, cuando bramía desde dentro de su alma, con su voz aguda característica, que el primero será después el último, porque (afortunadamente y de manera continua) los tiempos están cambiando. MARIO RUIZ SANZ

URV


NOTA INTRODUCTORIA Qué es el racismo; esa es la cuestión fundamental sobre la que se articula el presente libro. A pesar de su dilatada historia, este tema ha sido relativamente poco tratado en España. En las últimas décadas, han proliferado los trabajos sobre inmigración y, con ello, los debates en torno al trato discriminatorio consecuencia de las políticas migratorias y a la integración de la población extranjera desplazada. Pero el estudio de ese trato queda circunscrito a las dinámicas de esos flujos de personas, las cuales se sitúan como el objeto de estudio principal. Este trabajo, en cambio, se centra de lleno en la cuestión de la discriminación que mayormente, aunque no exclusivamente, sufre ese colectivo. Desde esta perspectiva, la movilidad territorial pasa a ser sólo un aspecto entre otros a tener en cuenta, y es que los contextos y sujetos que son perjudicados por motivo de su raza u origen étnico sobrepasa el ámbito de la población inmigrante, incluso de la población inmigrada. Piénsese en todos aquellos de origen extranjero que llevan residiendo tiempo en el país o que incluso ya ha sido naturalizada, o en la comunidad gitana. Así pues, aunque la cuestión de la discriminación racial y étnica no se agota con el tema de la inmigración, éste ha operado como detonante: la preocupación por cómo se trata a los que pretenden entrar ha hallado continuidad en la preocupación por aquellos que ya están dentro. Además de este motivo, se pueden aducir algunas razones más que justifican el tema en que se focaliza este trabajo. Para no pocos resulta impensable que puedan reinstaurarse en un futuro regímenes totalitarios tan aberrantes como el nacional-socialista. Se aduce, entre otros motivos, que el hombre contemporáneo ha aprendido de ese pasado. A mi parecer, la historia muestra cómo la repetición de errores es una constante, poniendo en entredicho ese optimismo antropológico. Otro argumento que en ocasiones se esgrime es que el racismo es una creencia, en realidad, extraña a los valores y la cultura occidental, cuna del igualitarismo, los derechos humanos, el Estado de Derecho o el individualismo. Para estos, esas ideologías sencillamente no tendrían cabida en la mentalidad del hombre contemporáneo. La


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situación de barbarie en que cayeron algunos Estados europeos a mediados del siglo XX habría supuesto un momento de ruptura con una prolongada historia de civilización. Personalmente, no comparto esas opiniones. Desde luego, el ser humano es capaz de lo mejor, pero también de lo peor, y todas las culturas son suficientemente flexibles como para dar cabida a ambas caras. En el caso de que se pueda hablar de avances, estos guardarían si acaso relación con las mejoras en los mecanismos de control y supervisión. Por otro lado, es cierto que se producen cambios abruptos, pero incluso estos cambios tienen sus precedentes. Defender que los regímenes racistas de mitad del siglo XX supusieron una especie de paréntesis en la historia de Occidente puede resultar autocomplaciente, o quizás mejor autoexculpante, pero es meridianamente falso: el racismo ha sido, al igual que el igualitarismo, un producto de la cultura occidental. Si se echa la vista atrás, no hace tanto tiempo que el racismo científico gozó de gran prestigio, y que en la década de los ochenta del siglo pasado los movimientos racistas rebrotaron con cierto vigor. En la actualidad, la base social de organizaciones abiertamente xenófobas (por no calificarlas directamente de racistas) en países como Francia, el Reino Unido, Holanda, Italia o Austria entre otros, no es despreciable. Un caso reciente y especialmente llamativo ha sido el de Grecia, donde un partido abiertamente neonazi obtuvo en las elecciones de 2012 un aumento de votos significativo. Quizás, y sólo quizás, una situación como la de mediados del siglo XX no volverá a repetirse. Pero no creo que ello se debiera a un pretendido progreso moral de la Humanidad. A mi entender, es el descrédito de las ideologías racistas lo que obstaculiza su ascenso. Una condición que se antoja necesaria para que esas ideologías racistas recuperaran su respetabilidad sería la de poder respaldarse en alguna teoría científica que gozara de amplia aceptación dentro de la comunidad científica y que viniera a avalarlas. Eso es lo que sucedió a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, y que cuesta pensar que pueda volver a repetirse, al menos en el corto y medio plazo. Ello requeriría que una parte de la comunidad científica lo suficientemente extensa e influyente volviera a tener por bien fundadas y respetables nuevas versiones de aquellas pretéritas creencias racistas. Además, la ausencia de una comunidad científica racialista de ámbito internacional dificulta que el auge


Las políticas del racismo: métodos e ideologías

de movimientos racistas, como en el caso comentado de Grecia, hallen demasiado resueno en otros países. Con todo, no está de más mencionar que la eugenesia sigue vigente; que, aunque ahora no se vaya en esa dirección, no se sabe qué paradigmas articularán más adelante la investigación en genética o en biología; y que, sobre todo desde otras disciplinas, hay expertos que continúan manteniendo la validez científica del concepto biológico de raza. Pero la réplica que me parece más contundente a la creencia de que el racismo es un fenómeno extraño y excepcional a la cultura occidental apunta a que, sencillamente, el fenómeno de la discriminación racial persiste de hecho en nuestros días. Lo que sucede es que ha cambiado la manera cómo se expresa y cómo se manifiesta. En esa línea, un rasgo que caracteriza a la discriminación racial es, precisamente, su adaptabilidad a los cambios de contexto. Hoy en día, no son los discursos abiertamente racistas los que son calificados de racistas, sino otro tipo de discursos que abogan, por ejemplo, por políticas de inmigración muy restrictivas. Esto permite apelar a una forma de discriminación socialmente aceptada, como es aquella que distingue entre nacional y extranjero, tras la cual se camuflarían prejuicios racistas. De esta forma, los auténticos motivos quedan velados y esos discursos lograrían presentarse con un cierto halo de respetabilidad, y ello sin necesidad de recurrir a la autoridad de ninguna teoría científica racialista. Este último motivo de los aducidos con el propósito de justificar la pertinencia del tema tratado da pie a introducir la cuestión clave con la cual, inevitablemente, se topa aquel que decide embarcarse en la tarea de definir qué es el racismo, a saber, la heterogeneidad y diversidad de los fenómenos calificados por algunos de racistas como consecuencia del carácter mutable, escurridizo y polifacético, producto a su vez de esa adaptabilidad al contexto que caracterizaría a la discriminación racial. En la práctica, las diferentes formas de discriminación vigentes se solapan y se entrelazan entre sí. A modo de ilustración, se podría decir que las diversas formas de discriminación funcionan como vasos comunicantes, de manera que unas pueden llevar a otras. Las mismas clasificaciones de los grupos raciales que se han propuesto son un buen indicio de ese hecho: se hace referencia a negros, amarillos y blancos, pero también se habla de chinos y rumanos, o de sudamericanos y asiáticos, o de


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gitanos, eslavos y latinos, o de moros y judíos. Este hecho sucede porque unos criterios se yuxtaponen con otros. Así, por ejemplo, se supone que, dado que las razas están distribuidas geográficamente, las denominaciones geográficas acaban sirviendo para hacer referencia a los grupos raciales. Algo similar ocurriría con las nacionalidades. Especial relevancia tienen las relaciones entre formas de discriminación racial que remiten a relaciones de causa-efecto. Un ejemplo sería cuando la raza se cree que explica las diferencias culturales o, porque no, de credo religioso. Desde esas premisas, categorías religiosas pueden acabar empleándose para hacer referencia a un grupo racial. Pero esa continuidad entre las diversas formas de discriminación no implica que se identifiquen y se puedan confundir sin más. Evidentemente, no siempre que se categoriza a una persona en función de su lugar de nacimiento o su nacionalidad, por citar dos casos, esas categorías son empleadas como si de un grupo racial se tratara, ni tampoco necesariamente ponen de manifiesto la concurrencia de prejuicios racistas. Dirimir qué tiene en común la discriminación racial con otras formas de discriminación y qué es lo que la distingue del resto es una preocupación que recorre todo el libro. La anterior cuestión guarda estrecha relación con el debate de si racismo y discriminación racial son equivalentes o si, por el contrario, se piensa que no todo trato discriminatorio en función de la raza o el color de piel es racista. Los primeros prestan atención a la conducta en sí misma y a las consecuencias perjudiciales de ésta. Los que se decantan por este planteamiento consideran que el trato discriminatorio racial tiene de por sí algunas particularidades que lo diferencian del resto de formas de discriminación, sin negar por ello que en otros tantos aspectos guarden muchas semejanzas. Los segundos, en cambio, se interesan especialmente por la motivación y los discursos que tratan de justificar el trato discriminatorio en tanto que manifestación externa de esa motivación subjetiva, de manera que sólo se califica como racista cuando concurren determinadas motivaciones y/o discursos. Para los partidarios de este enfoque, el trato discriminatorio en función de la raza o el color de piel no se diferencia en nada por sí mismo del resto de posibles tratos discriminatorios. A este respecto, estos suelen apuntar que todos esos tratos cumplen, por ejemplo, una misma funcionalidad. Así pues, una posible manera de enjuiciar los pros y contras de cada una de las dife-


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rentes posiciones pasa por examinar si las intenciones y los discursos son decisivos o no, o si, por el contrario, lo realmente relevante son las conductas o prácticas y sus consecuencias. Esa es, de hecho, la perspectiva desde la cual se ha creído oportuno abordar la cuestión de explicar qué es el racismo. Creo que el enfoque adoptado está justificado: discriminar racialmente es algo que hacemos las personas, ya sea directamente o como parte de una acción colectiva, de manera que entender en qué consiste discriminar racialmente y qué es el racismo pasa por responder previamente a cómo tomamos decisiones los humanos y si, por ejemplo, juegan un papel importante en esa toma de decisiones nuestras convicciones e intenciones. Lo que se propone, pues, es analizar críticamente los presupuestos de que parten las diferentes concepciones para seguidamente fijar una posición propia. En otras palabras, la tarea de caracterizar el racismo se va a encarar a través del examen de las diferentes metodologías que subyacen tras cada uno de los distintos paradigmas. Esto supone dar como un paso atrás en la manera de abordar la cuestión, pues las distintas metodologías conforman la manera de adentrarse en las formas de entender el mundo, de modo que donde esta investigación se focaliza es en el análisis de los presupuestos sobre los cuales se construyen los hilos argumentales de las diferentes teorías. Todo el trabajo previo de conceptualización acerca de qué es el racismo va encaminado a establecer un marco teórico propicio que permita mejorar el diseño de las políticas de lucha contra la discriminación racial y étnica. Es en este extremo donde se evidencia la vocación eminentemente práctica de este trabajo cuyo planteamiento es fundamentalmente analítico. Por otro lado, aunque el trabajo no consista en una investigación empírica de un caso concreto actual, ello no obsta a que las preocupaciones e intereses que impelen este trabajo broten del contexto presente. Esto queda especialmente de manifiesto en el último capítulo, en el cual se escudriñan las relaciones entre discriminación racial y el ideario neoliberal que informa las políticas en los presentes procesos de globalización. De esta forma, el libro termina con un punto de mira prospectivo. Por otro lado, esas relaciones dejan entrever lo que sería el tema de fondo que anima esta obra, aunque éste no se haya afrontado de manera directa. Por ese motivo me parece oportuno exponerlo en esta nota introductoria, aunque sólo sea en unas pocas líneas. A mi parecer, el


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mayor desafío al que se enfrenta y se ha enfrentado el Estado de derecho es el de la tecnocratización de los valores sociales y de la actividad política; o dicho de otra manera, la creencia de que las políticas adoptadas y de la regulación jurídica se justifican en función de su ajuste a los imperativos que emanarían de unas pretendidas leyes naturales inmutables e inderogables. Conforme a esa lógica, el deber ser es una derivación de lo que es, que no es sino la lógica de la ley del más fuerte. Así los liberales afirman la conveniencia, si es que no la necesidad, de adecuar el ordenamiento jurídico a las leyes «naturales» del mercado, so pena de perder en competitividad y, por utilizar una expresión recurrente, salirse de la senda del crecimiento económico. Pues bien, empleando una lógica similar, el ideario racista también plantea la necesidad de ceñir las políticas gubernamentales a las leyes raciales que regirían en la naturaleza y, por ende, en las relaciones competitivas entre grupos humanos. Sólo me queda agradecer, en primer lugar, a Mario Ruiz, su amistad, su proximidad y su completa disponibilidad, fueran cuales fueran las circunstancias, a quien también debo el haberme enseñado cómo se escribe un libro. A los profesores Juan José Pujadas, Manuel Calvo y José García, por hacerme las observaciones oportunas sobre el trabajo que ha servido de base para la redacción de este texto. A Víctor, a Cecilia y a Eva, por regalarme su amistad, que es decir mucho con una sola palabra. Quiero también agradecer a James Hampshire el interés mostrado, sus comentarios a este trabajo y las conversaciones mantenidas, tanto las de trabajo como las informales. Por supuesto, acordarme también de mis amigos de toda la vida, por todo el cariño y el respaldo que a su manera me han dado, y por la comprensión y paciencia que han tenido conmigo. Por los mismos motivos y en mayor grado si cabe, agradecer a mis padres y mi hermano su amor incondicional. Y, finalmente, a ti, Lua, porque eres quien has vivido junto a mi durante estos años que he tardado en elaborar este libro, padeciéndolo y espero que de alguna forma también disfrutándolo.


CAPÍTULO 1. DISCRIMINACIÓN RACIAL Este capítulo se dedica a caracterizar el acto de discriminar racialmente y los aspectos que acompañan a dicho acto, a saber, las creencias que lo motivan, las consecuencias que se derivan, así como la justificación de esas creencias y de las consecuencias de esas conductas discriminatorias.

1. DISCRIMINACIÓN: CONCEPTO Y CARACTERIZACIÓN De manera genérica, discriminar consiste en dispensar un trato diferenciado a determinadas personas en comparación con el trato que se dispensa a otras. Al igual que el concepto de igualdad1, la discriminación también es un concepto relacional, es decir, que lo fundamental no está en el trato en sí, sino en que comparativamente a unas personas se las trata diferente que a otras. Igualdad y discriminación son, de hecho, conceptos estrechamente vinculados. Discriminar significa no tratar igual. El hecho de discriminar no tiene nada de malo en sí mismo. En el acto de discriminar se pueden distinguir dos componentes. En primer lugar, tratar de manera diferente presupone la operación mental de distinguir entre categorías de personas, objetos, situaciones, etc. En una primera acepción, «discriminar» significa precisamente eso: «seleccionar A este respecto, el acuerdo parece hoy en día unánime. Ver PÉREZ LUÑO, E. Dimensiones de la igualdad. Madrid: Dykinson, 2008, pp. 18; RUIZ MIGUEL, A., «Concepto y concepciones de la igualdad», en ZAPATERO, V. (ed.) Horizontes de la filosofía del derecho: Homenaje a Luis García San Miguel. Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá, 2002, pp. 687; COMANDUCCI, P. «Igualdad liberal», Revista Jurídica de la Universidad de Palermo. Ponencia presentada en la Universidad de Buenos Aires, agosto 1995, pp. 82-83; LAPORTA, F. J. «Problemas de la igualdad», en VALCÁRCEL, A. (comp.) El concepto de igualdad. Madrid: Pablo Iglesias, 1994; pp. 68; DE LUCAS, J. «La igualdad ante la ley», en GARZÓN VALDÉS, E; LAPORTA, F. J. (eds.) El Derecho y la justicia. Madrid: Trotta, 1996, pp. 493-495. 1


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excluyendo». Fueron los economistas estadounidenses los primeros que le atribuyeron una connotación positiva: discriminar significaba «discernir o diferenciar con acierto y sutileza». Evidentemente, detrás de esa operación mental de discriminar se hallaba el objetivo económico de obtener una mayor rentabilidad y, en ese sentido, esa operación mental tenía una clara vocación práctica. Además, esa operación de discriminar implicaba la valoración y jerarquización de las diversas alternativas entre malas, buenas y mejores. En la actualidad, al verbo «discriminar» se le otorga un significado más neutro, equivalente a la mera operación mental de «separar, distinguir, o clasificar», pero sin entrar en juicios de valor acerca del acierto o no de esa operación mental para la consecución de un determinado fin. En este caso, esa clasificación responde más bien a una función puramente descriptiva. Por ese mismo motivo, este sentido neutro está desvinculado del plano de la acción. En tercer lugar, discriminar se relaciona con una manera de actuar, más concretamente, con la manera cómo se trata a otra persona. Desde este enfoque, «discriminar» significa «dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.»2. Esta tercera acepción se fue forjando en el ámbito del Derecho, para luego popularizarse su uso. Este sentido del término incorpora una connotación peyorativa: cuando se dice que una persona discrimina a otra lo que normalmente se entiende es que se ha tratado peor a alguien, cuando debería haber sido tratado o igual o mejor. Ese cambio en las connotaciones del término tiene que ver con las distintas relaciones de esas acepciones con el valor de la igualdad: mientras que en su acepción económica inicial la igualación de situaciones se ve como un perjuicio, en su acepción actual el valor del que se parte y que se intenta preservar es el de la igual dignidad de las personas3. Pero esto último pone 2 Esas dos acepciones del término se han extraído de la RAE. Consultar http:// buscon.rae.es/draeI/ 3 Sobre la evolución sufrida por ese concepto y que explican su actual connotación negativa, ver RODRÍGUEZ PIÑERO/FERNÁNDEZ LOPEZ. Igualdad y discriminación. Madrid: Tecnos, 1986, pp. 84-88; y MACHADO RUIZ, Mª D. La discriminación en el ámbito de los servicios públicos: Análisis del art. 511 CP. Valencia: Tirant lo Blanch, 2012, pp. 41-47.


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en evidencia la conveniencia de precisar el alcance de esa connotación negativa que popularmente se asocia a ese término: sólo se discrimina negativamente cuando se atenta contra la dignidad de las personas. De ahí se deriva que sí puede ser lícito discriminar, sólo que en cualquier caso ese trato no debe suponer una vulneración de la dignidad humana. Se plantean dos situaciones distintas. En no pocas ocasiones, se trata distinto a varias personas pensando que cada uno de esos tratos es el justo, el que cada uno se merece; por lo tanto, discriminar no significa en todo caso tratar injustamente4. En consecuencia, hay tratos igualitarios que son injustos5. En estos casos, hablar de trato discriminatorio injusto no parece lo más correcto, en el sentido de que esa injusticia es el resultado precisamente de no haber discriminado. Finalmente, en la actualidad también se entiende que la discriminación puede ser positiva. Un trato discriminatorio es positivo cuando la finalidad última de tratar a unos mejor que a otros es la de alcanzar y garantizar la igual dignidad de las personas. Por eso, la discriminación positiva va dirigida normalmente a beneficiar a aquellos grupos históricamente discriminados negativamente; su función es, por lo tanto, correctiva respecto a una situación pasada injusta. Al igual que en el caso de la discriminación negativa, se diferencia y se trata distinto, pero ahora con el objeto de conseguir realizar la igualdad6. Conforme a lo anterior, la calificación como «negativa» o «positiva» de determinadas formas de discriminación presupone la asunción de la 4 Esa puntualización, así como una definición más precisa del término «discriminación» que sí tiene en cuenta posibles connotaciones positivas del trato discriminatorio, se puede hallar en AÑON ROIG, M. J. Igualdad, diferencias y desigualdades. México, D.F.: Fontamara, 2001, pp. 27-28. Ver también PUYOL, A. «¿Qué hay de malo en la discriminación?», Doxa. Cuadernos de Filosofía del Derecho, nº 29, 2006, pp. 78-79. 5 RUIZ MIGUEL, op. cit., 2002, pp. 689. 6 Sobre el concepto de discriminación positiva, véase, entre otros, ATIENZA, M. «Un comentario al caso Kalanke», Doxa. Cuadernos de Filosofía del Derecho. Nº 19, pp. 111-121; RUIZ MIGUEL, A. «La discriminación inversa y el caso Kalanke», Doxa. Cuadernos de Filosofía del Derecho, nº 19, 1996, pp. 123-140; RUIZ MIGUEL, A. «Discriminación inversa e igualdad», en VALCÁRCEL, A. (comp.), El concepto de igualdad. Madrid: Pablo Iglesias, 1994, pp. 77-94.


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igual dignidad de todas las personas como un valor a defender. Evidentemente, si no se comparte ese valor y se admite como justo algún criterio de discriminación que atenta contra la dignidad de los miembros de un determinado colectivo, entonces no se considerará que el trato discriminatorio sea negativo, sino más bien todo lo contrario. Lo común a todo trato discriminatorio se halla, pues, en el mero hecho de tratar diferente y, por consiguiente, a unos mejor y a otros peor. Para mayor claridad analítica, resulta conveniente distinguir el trato discriminatorio de la operación mental de discriminar entre quienes deben recibir un trato mejor y quienes deben recibir un trato peor; dicho con otras palabras, la operación mental de clasificación y jerarquización valorativa viene a ser la premisa del trato excluyente y jerarquizante7. De esta forma, el trato discriminatorio queda ligado a la conformación de las identidades8. En el caso de la discriminación positiva, se trata mejor a aquellos que previamente han recibido injustamente un trato perjudicial. En el caso de la discriminación negativa se trata mejor a aquellos cuya identidad se valora positivamente y, por el contrario, se trata peor a aquellos cuya identidad se menosprecia. Por ejemplo, puede ser que la profesión de médico o cirujano estén muy valoradas socialmente, mientras que las profesiones de auxiliares de enfermería y bedeles apenas se valoren. Esa dispar valoración genera de por sí una jerarquización de las identidades y también, por consiguiente, relaciones de superioridad e inferioridad: quienes trabajan de médicos y cirujanos gozan de mayor reconocimiento social que quienes trabajan de auxiliares de enfermería y bedeles. Las relaciones de cooperación en la actividad productiva se articulan sobre esas jerarquías, e igualmente la organización comunitaria en estratos sociales. De cada cual se esperan determinados comportamientos acordes con su profesión y/o su estatus social9. Ese mayor o menor reconocimiento de estatus ya supone de por sí un trato discriminatorio en el cual, por decirlo de alguna forma, el ego se reparte de WALLERSTEIN, I; BALIBAR, E. Raza, nación y clase. Madrid: Iepala, 1991, pp. 90-91. 8 LAPORTA, op. cit., 1994, pp. 66-68. 9 GOFFMAN, E. «Symbols of class status», The British Journal of Sociology, v. 2, nº 4, 1951, pp. 294-304. 7


Las políticas del racismo: métodos e ideologías

manera desigual: mientras que el ego de aquellos en posiciones socialmente valoradas es henchido, en escasas ocasiones verán su ego recompensado por parte de los miembros de la sociedad aquellas personas que ocupan posiciones sociales bajas. Puede darse el caso, incluso, de que no sólo no se recompense en ego, sino que, más bien, se pretenda restar y anular. El insulto, la humillación, la denigración son expresión de una falta de reconocimiento del otro y una forma de maltrato, en este caso psicológico. La causa del maltrato apunta a la creencia del maltratador de que los comportamientos del humillado sólo pueden traer consigo consecuencias perjudiciales, ya sea porque le cree incapaz y/o malévolo. Pero el trato discriminatorio no sólo afecta al reconocimiento del ego, sino también a la distribución de cualquier otro bien o perjuicio: reconocimiento de derechos y atribución de obligaciones, distribución de bienes materiales, etc. De esa forma, cada una de esas distribuciones genera su propia estratificación y, por ende, sus propias relaciones de superioridad e inferioridad. Reconocimiento y distribución de bienes están estrechamente ligados. Al insulto y la denigración le suele seguir el trato excluyente y la marginación; esto es así porque esa inferiorización del otro mediante su denigración viene a justificar que se le trate peor. A su vez, la distribución de todos esos bienes contribuye a la formación y/o mantenimiento de relaciones jerarquizadas entre identidades. Así, esas múltiples distribuciones desiguales dan lugar a distinciones y relaciones desiguales de poder entre miembros de una organización, o entre ciudadanos y súbditos, o entre nacionales y extranjeros, o entre clases sociales, o dentro de la unidad familiar, etc., de forma que el círculo se cierra y retroalimenta. En conclusión, y dejando a un lado el caso de la discriminación positiva, discriminar consiste en tratar de manera diferente y jerarquizante en base a una previa operación metal de clasificación excluyente y de establecimiento de relaciones de superioridad e inferioridad. Discriminar consiste en separar y jerarquizar, operaciones que van de la mano. Es este sentido de «discriminar» el que se toma como punto de partida.


Juan Ramón Fallada

2. CONSECUENCIAS DE LA DISCRIMINACIÓN: ESTRATIFICACIÓN E INMOVILIDAD SOCIAL El trato discriminatorio no se debe confundir con las consecuencias perjudiciales de ese trato, aunque evidentemente estén relacionadas. Si discriminar consiste en tratar diferente a aquellas identidades que se valoran, respecto a aquellas otras que se minusvaloran, las consecuencias deseadas de ese trato discriminatorio consisten en que cada cual quede ubicado en el sitio que le corresponde dentro de las diversas jerarquizaciones del sistema social. Si discriminar consiste en tratar de manera jerarquizante y diferenciadora, las consecuencias esperadas de ese trato por quienes discriminan son la estratificación social en función de determinados rasgos identitarios que inevitablemente va acompañada de un cierto nivel de inmovilismo social. No sólo se trata de ubicar a cada cual en el sitio que se les tiene asignado, sino de evitar que salgan del mismo. Desde esta lógica, cuanto más severas sean las consecuencias del trato discriminatorio dispensado, mayores serán las diferencias de trato y mayores las dificultades para que aquellos discriminados escapen de las posiciones de inferioridad que se espera que ocupen y logren ascender socialmente. Se entra en cada uno de esos dos aspectos por separado. Si la conducta agregada de quienes discriminan resulta eficaz, entonces el trato diferenciado acabará generando una estratificación social en que aquellos que son tratados mejor acaben ocupando los estratos sociales altos, mientras que aquellos que son tratados peor acaben ocupando los estratos sociales bajos. De lo anterior se puede concluir que el acto de discriminar no sólo parte de posiciones de superioridad e inferioridad entre personas (unas personas discriminan a otras), sino que además pretende dar como resultado un sistema social estratificado articulado por relaciones de superioridad e inferioridad, en el cual los discriminados son situados en una posición social inferior y de subordinación10. No deja de resultar paradójico que el trato diferenciador y jerarquizante suele presentarse como un medio para conseguir la homogeneidad REX, J. «The concept of race in sociological theory», en BULMER, J.; SOLOMOS, J. (eds.) Racism. New York: Oxford University Press, 1999, pp. 335-340. 10


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