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Título original: Die Kuppel des Himmels

Primera edición: 2012

© 2010 Bastei Lübbe GmbH & Co. K.G., Köln © traducción: Patricia Losa, 2012 © de esta edición: Bóveda, 2012 Avda. San Francisco Javier 22 41018 Sevilla Teléfono 95 465 23 11. Telefax 95 465 62 54 www.editorialboveda.com ISBN: 978-84-15497-01-1 Depósito legal: M-698-2012 Impresión: Huertas Industrias Gráficas, S. A. Impreso en España-Printed in Spain

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.


Índice

Prólogo.................................................................. 13 Parte I. En busca de la perfección. ................... Capítulo 1................................................................. Capítulo 2................................................................. Capítulo 3................................................................. Capítulo 4................................................................. Capítulo 5................................................................. Capítulo 6................................................................. Capítulo 7................................................................. Capítulo 8................................................................. Capítulo 9................................................................. Capítulo 10............................................................... Capítulo 11............................................................... Capítulo 12............................................................... Capítulo 13............................................................... Capítulo 14...............................................................

25 27 36 44 52 60 67 72 80 86 95 101 111 119 125

Parte II. El éxtasis de los dioses. ...................... Capítulo 15............................................................... Capítulo 16............................................................... Capítulo 17............................................................... Capítulo 18............................................................... Capítulo 19............................................................... Capítulo 20...............................................................

131 133 143 153 161 170 178


Capítulo 21............................................................... 186 Capítulo 22............................................................... 193 Capítulo 23............................................................... 205 Capítulo 24............................................................... 216 Capítulo 25............................................................... 226 Capítulo 26............................................................... 239 Capítulo 27............................................................... 247 Capítulo 28............................................................... 258 Capítulo 29............................................................... 268 Capítulo 30............................................................... 278 Capítulo 31............................................................... 285 Capítulo 32............................................................... 295 Capítulo 33............................................................... 304 Capítulo 34............................................................... 315 Capítulo 35............................................................... 323 Capítulo 36............................................................... 330 Capítulo 37............................................................... 339 Capítulo 38............................................................... 348 Capítulo 39............................................................... 356 Capítulo 40............................................................... 364 Capítulo 41............................................................... 372 Capítulo 42............................................................... 382 Capítulo 43............................................................... 388 Capítulo 44............................................................... 397 Capítulo 45............................................................... 405 Capítulo 46............................................................... 415 Parte III. La caída de los dioses......................... Capítulo 47............................................................... Capítulo 48............................................................... Capítulo 49............................................................... Capítulo 50............................................................... Capítulo 51...............................................................

423 425 433 443 453 464


Capítulo 52............................................................... 473 Capítulo 53............................................................... 489 Parte IV. Los fuegos de la Inquisición............. Capítulo 54............................................................... Capítulo 55............................................................... Capítulo 56............................................................... Capítulo 57............................................................... Capítulo 58............................................................... Capítulo 59............................................................... Capítulo 60............................................................... Capítulo 61...............................................................

503 505 514 529 541 550 565 574 584

Epílogo................................................................... 593


«Non vi si pensa quanto sangue costa». («No pensáis cuánta sangre cuesta».) Dante Alighieri, la Divina comedia. «Paraíso, canto XXIX»


Prólogo

Florencia, anno Domini 1564

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l humeante aliento del caballo formó una breve voluta

rizada antes de que el frío de febrero lo absorbiera. Su jinete no dirigió ni una sola mirada a la belleza de la ciudad de Florencia, que se ofrecía ante él, cubierta de nieve. Un violento ataque de tos lo sacudió mientras él, con la cabeza hundida, cabalgaba en pos de la muerte haciendo acopio de todas sus fuerzas. Escupió. De todas las creaciones de Dios la muerte era, quizá, la peor. Incluso milenio y medio después del nacimiento del Señor, loado fuera su nombre, realizar el trayecto desde Roma a Florencia a través de las rutas principales de Italia no suponía precisamente una diversión despreocupada. Era casi un milagro que nadie lo hubiera acechado por el camino, salvo un par de pícaros que, con más entusiasmo que destreza, intentaban hacerse salteadores de caminos. Ahuyentarlos no le había supuesto más trabajo que el de dirigirles un sonoro exabrupto. Como una mosca sobre un blanco pliego de papel, el jinete embozado en negro atravesó a lomos de su corcel azabache el nevado paisaje que precedía a la ciudad. Tomó rumbo a la imponente porta di San Pietro Gatolini que, con sus pesadas y altas hojas de madera de roble, se asemejaba a un gigantesco oso de fauces abiertas esperando engullir todo aquello que se le acercara. Refrenó un poco al caballo y siguió avanzando tan despacio como fuera necesario para cruzar por entre las hileras de campesinos con carros que se arremolinaban frente a las puertas. Los guardias, expertos en la tarea de hacerle la vida imposible a todo

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recién llegado, no se atrevieron a darle el alto. La mirada furibunda del jinete les hizo amedrentarse y sabe Dios a quién dirigieron su atención después de aquello, pero no fue a él. El solitario viajero, por su parte, apenas le dio más importancia y, en su lugar, volvió a acelerar la marcha. Sobre el puente que atravesaba el Arno, el trote del caballo resonó en el aire gélido como un staccato amortiguado. El jinete se estremeció cuando el hedor agridulce de la orina le asaltó la pituitaria. La miasma provenía de los curtidores, quienes erigían sus casuchas sobre el puente y unían sus desechos fluidos a los residuos del curtido. Un hombre que cargaba grises pellejos de vaca sobre un carro de bueyes frente a una de las casitas tropezó y cayó justo frente a las patas del caballo. El jinete pudo desviar su corcel a un lado justo antes de que las pezuñas de éste alcanzaran al curtidor quien, a modo de agradecimiento, balbuceó una ristra de maldiciones. El hombre de negro sintió deseos de regresar hasta él y enseñarle buenos modales a aquel borracho, pero no le estaba permitido entretenerse bajo ningún concepto. Messèr Daniele da Volterra le había suplicado que se apresurara: cada minuto contaba. Al fin y al cabo se trataba del artista más importante de todos los tiempos. Frente a la catedral, cuya inmensa cúpula se consideraba la maravilla de Florencia, un par de aprendices de escultor llenos de entusiasmo habían erigido sobre la nieve figuras de tamaño sobrenatural. Bajo la turbia luz de un tardío mediodía invernal se podía apreciar incluso una copia del David de Miguel Ángel. Aquella visión inocente traspasó de dolor el corazón del jinete. ¿Seguiría con vida su venerado señor? Cuando Ascanio Romano llegó finalmente al borgo Santa Croce lo encontró completamente vacío. Las gélidas temperaturas no invitaban a nadie a abandonar sus casas de no ser imprescindible. Respiró aliviado cuando un grueso fardo de tela negra salió bamboleándose a su encuentro, desvelándose al acercarse como un sacerdote. —Reverendo padre, ¿sabéis dónde reside messèr Giorgio Vasari? —Ahí enfrente, hijo mío —dijo el religioso, señalando con su carnoso dedo corazón una angosta vivienda. Saltar del caballo, atar al animal a un aro de hierro y llamar a la puerta fue todo uno. Un sirviente abrió y observó al visitante con la boca abierta.

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—¡Llevadme de inmediato ante messèr Vasari! —exclamó Ascanio, a quien la impaciencia llevó a expresarse con más crudeza de la que pretendía. El criado, no obstante, no dio muestra alguna de obedecer sino que simplemente examinó al visitante, de aspecto poco favorecedor, con los ojos muy abiertos. Los dos días sobre la silla de montar habían dejado huella. —¿A quién debo anunciar? —preguntó. La ira embargó a Ascanio. No se había dejado la piel en un viaje apresurado para soportar las tonterías de un criado. Sonó a hueco cuando finalmente abrió la puerta de un empujón y el inmenso panel golpeó la cabeza del sirviente. Desde el piano nobile surgía música de laúd y joviales voces humanas que conversaban animadamente. Ascanio ascendió atropelladamente por la escalera, accedió a un pasillo y de inmediato apareció en una sala que le pareció el mismísimo paraíso. El fuego crepitaba en la chimenea emitiendo un calor que, tras los días a la intemperie, le cubrió como por arte de magia. Miró a su alrededor y, durante un instante, creyó estar soñando. En las paredes, bajo la luz de las velas, resplandecían magníficos frescos que narraban la historia del arte a través de alegorías. Varios hombres y una mujer comían sentados en torno a una pesada mesa. La dama debía ser la señora de la casa, pues su recatado vestido resultaba demasiado pudoroso para una cortesana. Verduras al vapor y pescado asado se exhibían en fragante variedad sobre bandejas de plata ante la pequeña reunión. Hambriento como estaba, el mensajero aspiró el aroma de los alimentos. Había vino en jarras de oro y agua en vasijas de arcilla. Un hombre, cuya redonda panza y nariz enrojecida delataban su afición por la comida y la bebida, se encontraba en ese momento contando un chiste. Sus ojillos porcinos, de voluptuoso resplandor, se entrecerraban obscenamente. Cuando reparó en la presencia del recién llegado, lo miró con las aletas de la nariz dilatadas y los labios abiertos en mitad de una frase, otorgándole una apariencia aun más cercana a la de un cerdo. La mirada de Ascanio fluctuaba entre la mesa y uno de los frescos: sobre la pintura reconoció el retrato de la pareja compuesta por

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el señor de la casa y su esposa. El hombre, cuya edad avanzada podía leerse en su rostro pero no en sus oscuros y densos rizos, vestía ropas lujosas ribeteadas en piel y se sentaba presidiendo la mesa, con la mujer a su derecha. Cuando el señor levantó la mano, el resplandor de las velas se reflejó en el oro de los anillos que lucía en los dedos. Los dos intérpretes de laúd habían posado sus instrumentos y el silencio llenaba la habitación. Todas las miradas se volvieron al visitante, llenas de curiosidad. Ascanio repartía su peso entre un pie y el otro, pero el agotamiento apenas le permitía permanecer erguido. Un profundo cansancio se había apoderado de él. Hubiera querido dejarse caer y echarse a dormir a pierna suelta pero primero debía cumplir con su cometido. —Messèr, ¿sois vos el pintor y constructor Giorgio Vasari? —exclamó, vuelto hacia el hombre de la túnica de piel, no sin antes romper a toser. El interpelado asintió. —Me envía messèr Daniele da Volterra, con sus más humildes saludos, para que, si os place no perderos en dudas ni cavilaciones, acudáis presuroso a Roma, pues Miguel Ángel Buonarroti, maestro de todos nosotros, se encuentra en trance de muerte. —¡No! —gritó Vasari de un salto—. ¡Miguel Ángel, no! ¡Tómame a mí, Señor, pero no a él! La impotencia, la pena y el dolor se propagaron por los rostros de los presentes. La atmósfera jovial se desvaneció en un instante. —¡Partiré de inmediato! —exclamó Vasari. Su esposa quiso disuadirle de su decisión, señaló que la noche no tardaría en caer y le aconsejó que esperara al nuevo día para iniciar el viaje, pero él no prestó atención alguna a aquellos argumentos a pesar de lo razonable de los mismos. Con una mirada a Ascanio indicó que éste debía ser agasajado, recuperar las fuerzas y, finalmente, seguirlo. —De momento bastará con que mi leal Giuseppe me acompañe —dijo, antes de salir atropelladamente de la habitación mientras llamaba a su criado. La mujer de Vasari miró a su cónyuge llena de preocupación pero entonces recordó, con un suspiro, sus obligaciones de anfitriona.

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Ofreció a Ascanio un sitio en la mesa, vino y comida. Él sintió el esfuerzo que aquello le suponía a la mujer, pues era el mensajero de la muerte, algo que a nadie agrada. «Demonios», se dijo Ascanio, «¿cuándo acabará todo esto?». Con más pánico que sangre en las venas, Giorgio Vasari y su criado Giuseppe viajaron raudos durante la noche, el día y de nuevo la noche, empujados por el miedo por la vida de un hombre al que él veneraba más que nada en este mundo. A pesar de que Miguel Ángel le llevaba más de treinta años, pues aquel al que llamaban il Divino contaba ya con ochenta, Vasari no dudaba de que seguiría siendo capaz de crear obras de arte, incluso cuando su cuerpo llevara tiempo descomponiéndose. Ya nadie contaba con que Miguel Ángel pudiera fallecer. Parecía haber vencido a la muerte. El arquitecto no pensaba en los peligros de la oscuridad, en los bandidos ni en los salteadores de caminos que practicaban su sangriento negocio tomando como víctimas a los que cruzaban las montañas, solo pensaba en él, en su maestro, a quien, en lo que a él respectaba, le debía todo. En una aldea cuyo nombre no tardó en olvidar cambió el caballo y continuó la marcha. A mediodía llegó a Lacio. El viento arreció, aunque los dos hombres, sobre sus apresuradas monturas, apenas lo percibieron. Se aproximaron a un bosquecillo y Vasari gritó a su sirviente: —¡Vamos a hacer un alto! Tengo que hacer aguas menores. Cuando regresó de entre los arbustos y puso los pies de nuevo sobre los estribos, oyó cómo el estómago de Giuseppe rugía voraz como un rabioso animal al acecho. Sin embargo, no se permitió prolongar la pausa para tomar un aperitivo. La sola idea de que el divino artista muriera porque él, Giorgio Vasari, había tenido que llenar la panza encontrándose aún de viaje y que, por tanto, no había podido llegar a tiempo a Roma en el momento en que su maestro más lo necesitaba, tiraba de él de forma implacable. «¡Merda!», y ni siquiera el corcel más veloz que pudo conseguir con dinero y buenas palabras podía competir en presteza con el miedo que atenazaba su corazón.

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Roma, anno Domini 1564, principios de febrero A última hora de la tarde llegaron finalmente a la Ciudad Eterna. Sin perder un segundo se dirigieron a la miserable vivienda del Divino, en el asalvajado barrio comprendido entre el Foro de Trajano y el Quirinal que se conocía como Macello dei Corvi, el Nido de los Cuervos. Nadie lograba entender por qué Miguel Ángel se obcecaba en permanecer en aquella casa angosta y, sobre todo, en aquel barrio venido a menos. Había quien afirmaba que no podía tratarse de una cuestión de falta de dinero, sino de ganas de gastarlo. Vasari saltó del caballo y, mientras caminaba hacia la puerta, se postró mentalmente en un fervoroso rezo: «Señor, Dios misericordioso, no permitas que haya llegado demasiado tarde. ¡No somos nada sin él!». Se rio entonces de sus pequeños y estúpidos miedos. Dios no podía llamar a Miguel Ángel aún a su seno, no hasta que la basílica de San Pedro estuviera concluida y coronada con la cúpula del cielo. Nadie salvo él podía terminar la casa del Señor. ¡Nadie! Ni el más insensato despide a un arquitecto experimentado cuando su vivienda se encuentra todavía a medio construir y el Todopoderoso era cualquier cosa menos simple. El arquitecto golpeó impaciente la puerta medio podrida hasta que el leal criado de Miguel Ángel, Francesco, a quien apodaban «el Francesito», la abrió. —¡Por fin! Messèr Giorgio, es una bendición que estéis aquí. Vasari tuvo que controlarse para no agarrar por los hombros al sirviente y bambolearlo con violencia. —¿El maestro sigue con vida? —Sí, desde luego. El patrón está en la basílica de San Pedro. —¿Cómo? ¿Qué? ¿En la basílica? ¿Con este frío? —bramó Vasari, aunque sabía que el criado no tenía culpa ninguna. Nadie era capaz de disuadir a Miguel Ángel de algo una vez éste tenía algo en mente, ni siquiera el papa. Todos temían su terrebilità. —Creí que estaba en el lecho de muerte. —Y lo estaba. Ya íbamos a llamar al sacerdote cuando se levantó de pronto como si hubiera ascuas en la cama, maldijo a Arnoldo di Maffeo, de quien había recibido una carta y salió como una exhalación

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rumbo a San Pedro. Messèr Daniele fue incapaz de retenerlo, por lo que salió corriendo tras el maestro. De nuevo sobre su montura, Vasari ordenó a Francesco que alimentara adecuadamente a su criado. —¡Y no escatimes en vino! —exclamó Giuseppe, con descaro. Sin embargo, Vasari no tenía tiempo para iniciar una reprimenda contra la servidumbre y espoleó de nuevo a su cansado caballo hasta que el animal comenzó a sangrar por los costados. No tuvo ojos para la columna de Trajano, cuya visión siempre despertaba en él gran admiración. La causa de aquella agitación no le gustaba en lo más mínimo. ¿Qué habría podido escribir Arnoldo di Maffeo, aquel descarado ladrón, en su carta a Miguel Ángel para que el Divino, como arquitecto responsable de San Pedro, hubiera salido corriendo, fuera de sí y medio muerto? Evidentemente no había arte que Arnoldo dominara mejor que el de la intriga. ¡Esa sabandija! Vasari odiaba a los constructores astutos con toda su alma. Como constructor conocía a todo tipo de obreros haraganes, más esmerados y dispuestos a darle a la lengua que a doblar el espinazo, más hábiles con los dedos largos que con las manos. Sin embargo, los vagos siempre eran listos. Tras prolongadas luchas con la comisión de construcciones, en la que Arnoldo contaba con buenos apoyos, Miguel Ángel había logrado expulsarlo de la obra por su trabajo deficiente y por haber robado con descaro material de calidad. No habría, sin duda, mucha diferencia entre él y otros contratistas romanos, sin embargo Miguel Ángel había querido constituirlo como un ejemplo, pues Arnoldo di Maffeo era el peor de todos ellos. El plan de Miguel Ángel había sido sencillo: una vez vencido a Arnoldo los demás, por miedo, se mostrarían cumplidores y sumisos. Goterones de lodo salían despedidos bajo el impacto de las pezuñas del caballo mientras Vasari atravesaba la plaza acordonada de míseras casas de dos pisos situada frente a la morada de Miguel Ángel. El pálido gris del ocaso le pareció una expresión más del desamparo general del paraje. Desde la plaza dio directamente con una de las principales vías de Roma, por la que tradicionalmente los papas, elegidos en la capilla sixtina y coronados en la basílica de San Pedro, atravesaban la ciudad hasta Letrán para tomar posesión de su cargo en una misa festiva en la catedral de San Juan.

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Vasari dirigió una breve oración agradecida a aquel que diseñó y construyó la calle, pues habría tardado el doble de tiempo en llegar hasta la basílica si hubiera tenido que atravesar los callejones de Regola y Parione. Finalmente atravesó la piazza Agionale, que se abría en la misma ribera del río. Entonces, surgieron ante él el puente y el imponente baluarte que era el castillo de Sant’Angelo, en cuya dirección cruzó sobre las aguas. Un viento helado cruzaba a ráfagas el puente y lo apuñaló como miles de diminutas dagas que le atravesaran la ropa. Había empezado a llover. Finalmente, alcanzó la fachada de la antigua San Pedro. La mirada del arquitecto acarició el edificio de dos pisos que se alzaba majestuosamente sobre sus tres portales como si, según le pareció a Vasari, se estirara sólida aunque pesadamente hacia el cielo. A su izquierda, una columnata de tres niveles conectaba la loggia de las bendiciones papales con los Palacios Vaticanos. La gran fuente, cuyos surtidores alegraban y refrescaban a los romanos con sus saltos de agua durante la primavera, el verano y el otoño, iba desapareciendo a la derecha de su campo de visión. Saltó del caballo, lo ató con premura en una arandela de hierro en la pared y ascendió como una exhalación los cuatro tramos de escalera de siete peldaños cada uno. Después, atravesó casi corriendo la explanada vacía y tomó el portal del medio para llegar al espacioso patio interior de la antigua basílica, circundado por un extenso claustro. Aquel lugar lo sumió, como de costumbre, en su hechizo y se permitió detenerse un instante. En medio del patio relucía, como oro puro, la gran piña de bronce. A su derecha se alzaba la escarpada fachada del palacio papal mientras que a la izquierda, tras los muros, se encontraban las residencias sacerdotales. Sobre los seis portales de la basílica resaltaban los delicados frescos y, más que ninguno, el magnífico mosaico de Giotto que representaba la escena de Cristo caminando sobre las aguas, la Navicella. Los apóstoles se encontraban sentados sobre una barca en el mar de Tiberíades, asustados. Vasari había contemplado con asiduidad y veneración aquel mosaico, pero aquel día parecía querer hacerle una advertencia. Tras aquella cabalgada infernal de dos días desde Florencia hasta Roma se sentía más susceptible a cualquier aviso de los peligros del viaje.

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Al llegar a la porta Santa que, naturalmente, se encontraba cerrada, cruzó los arcos del claustro por la porta Ravenniana, la puerta orientada hacia Rávena, hacia las ruinas de la basílica que yacía, como un anciano caduco, frente al poderoso crucero del nuevo edificio. Mostraba un aspecto lamentable, las corrientes atravesaban por las paredes pues todas sus ventanas estaban rotas, había oquedades en los muros y faltaba la cúpula en su totalidad, por lo que permitía que entrara la lluvia. Oculto por el coro occidental se inclinaba, como humillándose entre los poderosos pilares de la cúpula, la pequeña construcción dotada de tímpano que albergaba el altar sobre la tumba de san Pedro. Frente al tegurium, que era el nombre que se daba al templete que protegía la tumba del apóstol, Vasari descubrió finalmente a Miguel Ángel. Estaba allí, imponente como una roca, pero perdido en medio del inmenso y desértico espacio de la basílica, bajo la fría lluvia, sin sombrero. Sobre los pantalones y la camisa blanca lucía un manto largo y desgastado. «Como un Moisés expoliado», pensó Vasari. Junto a él se encontraba Daniele da Volterra, quien le hablaba con vehemencia. Vasari apenas podía entender a Daniele, pero resultaba más que evidente que trataba de convencer a Miguel Ángel de que volviera a casa. Sin embargo, éste no le escuchaba en absoluto, parecía extremadamente furioso, completamente fuera de sí. Conforme Vasari fue aproximándose a la pareja, comenzó a comprender sus palabras. —¿Dónde están? —gritaba Miguel Ángel con voz llena de furia—. ¿Dónde está esa gentuza que así paga a nuestro venerable papa su bondad sobrehumana? ¡No hay nadie en las obras! Oh, ¡esos malditos constructores! Ladrones y rateros, ¡eso es lo que son todos! ¡Cerdos piojosos! ¿No quería verme ese miserable de Arnoldo di Maffeo? ¿No me ha hecho él venir aquí? ¿Dónde está ese demonio? Vasari iba ya a saludar a Miguel Ángel cuando tres figuras con estoques en ristre aparecieron tras el sanctasanctórum que, a todas luces, les había servido de escondite. «Bravi, asesinos a sueldo», pensó Daniele horrorizado y reculó un par de pasos, empujado por el miedo. Miguel Ángel, no. Aún en pleno arrebato, se dirigió directamente hacia los sicarios entre aspavientos. —Andate al diavolo, ¡idos al infierno! —bramó—. ¿Qué estáis buscando en mi obra? ¡Ésta es la casa del Señor, no de Satán! Os ex-

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pulsaré como hizo Jesús con los mercaderes del templo. ¡Esperad y os enseñaré lo que es la humildad! Vasari desenvainó su estoque dispuesto a proteger a su viejo maestro, sin embargo se detuvo en el momento en que un sacerdote penetró en el tegurium. Tenía un rostro proporcionado, una hermosa y elevada frente, el cabello negro y rizado y una densa pero aseada barba: inspiraba confianza a primera vista. El desconocido no recordaba a un asceta ni a un ambicioso, sino más bien a un científico consagrado a la filosofía natural, a las matemáticas o a la física, curioso, trabajador, normal, en el mejor de los sentidos. No parecía alguien dedicado a las especulaciones metafísicas. —¡Es la obra de Dios, no la vuestra, Miguel Ángel! —respondió el religioso con voz suave aunque firme y un acento que revelaba su origen napolitano. —¡Ah, la santa Inquisición! ¿Quizás tenéis pensado encender algún fuego que nos proteja de este espantoso mal tiempo? —exclamó Miguel Ángel. —No podemos seguir permitiendo que rebajéis la más antigua y venerable iglesia de Dios a un templo de herejes —respondió el inquisidor. —Entonces, el muy venerable señor Pío es también un hereje, ahora sabéis la verdad. Id al papa, Santori. Id y decidle a la cara que es un hereje y que pertenece a la hoguera y no a la cátedra de san Pedro. ¡Díselo! Vasari se estremeció de la cabeza a los pies, pues en su furia, Miguel Ángel había abandonado cualquier tipo de precaución. Giulio Antonio Santori no era hombre con quien bromear. Ganárselo como enemigo era una idea aún menos recomendable. La fama del colaborador más esforzado de la Suprema, la Inquisición, sobrepasaba con mucho a la de aquellos burócratas que se ocupaban sobre todo y ante todo de los libros y las cuentas. La sed de venganza del guardián de la fe excedía, incluso, su amor por Dios. Aquel sujeto no olvidaba ni perdonaba nunca, a pesar de que rara vez mostraba su rencor. —Sí, es una vergüenza. Ni siquiera el papa se atreve a tocaros. ¿Por qué será? —dijo Santori. —Porque su santidad Pío IV entiende algo de arte, de arquitectura, de la lengua de Dios, imbécil —ladró Miguel Ángel.

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—Solo por esa blasfemia merecéis arder —expuso Santori con la misma calma con la que estuviera dando un seminario y, añadiendo un cierto tinte de triunfo a su voz, continuó—. Sin embargo, aunque gozáis de la protección del papa, no puede protegeros de vos mismo. Mientras pronunciaba aquella amenaza con la misma suficiencia con que estuviera concluyendo un alegato, hizo una señal a los bravi. Daniele se encontraba aún rígido como una estatua de sal, incapaz de reaccionar. Vasari se aprestó a ayudar al Divino, pero dos de los esbirros se interpusieron en su camino con sus filos en ristre, mientras un tercero, el más cercano al desarmado Miguel Ángel, lo apuñalaba. Con frialdad, sin ningún respeto, era una maligna marioneta del poder, como tantos otros. Michelagniolo di Ludovico di Leonardo di Buonarroti-Simoni se desplomó y, para Vasari, en aquel momento el universo se vino abajo. Santori se volvió con rostro inmutable y abandonó la basílica seguido de sus sicarios. Aunque el horror y el pesar apenas le permitían conservar los sentidos, Vasari observó que Santori no realizó la señal de la cruz, con lo que le denegó a Miguel Ángel la bendición que ningún sacerdote osaría negarle al mayor de los criminales si se encontrara a las puertas de la muerte. Con espanto comprendió la desmedida del oscuro odio que atenazaba el corazón de Santori. Daniele, finalmente libre de la inmovilidad del miedo, se arrodilló junto al herido. Miguel Ángel se revolvió y arrastró lentamente la mano hacia la herida. El asombro y el agotamiento se pintaron en su mirada mientras susurraba: —¡Sangre! Realmente se han atrevido a hacerlo. La Inquisición ha osado hacerlo. Ya nadie está a salvo de ellos... Ni siquiera el papa. Daniele se quitó apresuradamente la camisa que llevaba bajo el jubón, la desgarró y realizó un vendaje improvisado sobre la herida de Miguel Ángel. Después, los dos hombres envolvieron al anciano en el cálido manto de Vasari. Los labios de Miguel Ángel se movían débilmente en poco más que un temblor. Giorgio aproximó el oído a la boca de su maestro y creyó entender un nombre: Bramante. Sin embargo, no habría podido jurarlo. Se preguntó qué motivo habría empujado a Miguel Ángel a pensar precisamente en aquel momento en Bramante, con

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quien le había unido una prolongada enemistad. Sin embargo no pudo preguntárselo, puesto que el herido se iba desvaneciendo bajo el peso del esfuerzo. La idea de que perdiera demasiada sangre al montar a caballo preocupaba a sus dos acólitos, por lo que Daniele sujetó al maestro por las axilas mientras Vasari, de espaldas a ellos, hacía lo propio con los muslos del anciano. De esta manera transportaron a Miguel Ángel a casa, entre oraciones y súplicas: «Si Yavé no edifica la casa, en vano se afanan quienes la edifican. [...]No se verán confundidos cuando en pleito entren con sus enemigos en la puerta». Cuando, con la ayuda de un consternado Francesco, recostaron a Miguel Ángel sobre su lecho, Giorgio Vasari y Daniele da Volterra se miraron con ojos llenos de lágrimas. Para aquellos dos hombres era como si el mundo amenazara con venirse abajo. Sin embargo, en su interior, conservaban la esperanza de que la vida de Miguel Ángel todavía pudiera salvarse: aún respiraba, aún no se había perdido todo.

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