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Título original: L’ enigma dei quattro angeli

Primera edición: 2010

© Marcello Simoni, 2007 © traducción: M. P. V., 2010 © de esta edición: Bóveda, 2010 Avda. San Francisco Javier 22 41018 Sevilla Teléfono 95 465 23 11. Telefax 95 465 62 54 www.editorialboveda.com ISBN: 978-84-936684-9-5 Depósito legal: M-19.588-2010 Impresión: Huertas Industrias Gráficas, S. A. Impreso en España-Printed in Spain

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.


Índice

Capítulo I. El monasterio de los engaños . ..................... 17 Capítulo II. La filosofía oculta ........................................ 73 Capítulo III. La marca de Temel .................................... 169 Capítulo IV. El tablero de ajedrez de Kobabel .............. 269 Capítulo V. La cola de Amezarak y el bastón del santo . . 355 Capítulo VI. El canto de Armaros .................................. 419 Epílogo . ........................................................................... 465


A Giorgia


Año del Señor 1205. Miércoles de Ceniza. Vetas de color pizarra surcaban un ceniciento cú­ mulo de nubes. Ráfagas de viento gélido se abatían contra el monasterio de San Michele della Chiusa, esparciendo entre sus muros un aroma a resina y hojas secas, pero también el presentimiento de un inminente temporal. Una vez terminado el oficio de vísperas, el padre Vivïen de Narbona fue de los primeros en salir del monasterio. Irritado por los efluvios del incienso y el titileo de las velas, se alejó del pórtico y atravesó el patio nevado. Ante sus ojos el crepúsculo extinguía los últimos rayos de luz diurna. Una repentina ráfaga de viento lo embistió, provocándole un escalofrío. El monje se arrebujó en el hábito y frunció la frente, como si se tratara de una ofensa personal. La sensación de pesadumbre que le acompañaba desde el despertar no parecía querer abandonarle. Es más, a lo largo del día no había hecho otra cosa que agravarse. Persuadido por la idea de mitigar la inquietud con un poco de descanso, se desvió hacia el claustro, atrave-

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só la columnata y entró en el imponente dormitorio. Fue acogido por el resplandor amarillento de las antorchas y una sucesión de huecos angostos, más bien sofocantes. Indiferente a la sensación de claustrofobia, Vivïen recorrió el laberinto de pasillos y escaleras frotándose las manos de frío. Sentía la necesidad de acostarse y no pensar en nada. Pero cuando llegó ante su celda, le aguardaba una inquietante sorpresa. En la puerta de entrada había clavado un puñal con forma de cruz. De la empuñadura de bronce colgaba una nota. El monje la cogió y leyó el mensaje escrito en ella: Vivïen de Narbona. Culpable de nigromancia. Sentencia emitida por el Tribunal de Saint-Vehme, Orden de los Jueces Francos. Vivïen cayó de rodillas, aterrado. ¿La Saint-Vehme? ¿Los adivinos? ¿Cómo lo habían conseguido? ¿Cómo habían podido descubrirle en aquel refugio, en un monasterio en medio de los Alpes? Tras años de huida, pensaba que por fin estaba seguro, que había conseguido que perdieran su rastro. Y resultaba que no, ¡que esos malditos lo habían encontrado! No debía desesperarse. Tenía que escapar una vez más. Se incorporó con las piernas temblorosas, atoradas por el miedo. Abrió la puerta de la celda, tomó desordenamente algunos objetos y se marchó corriendo hacia los establos, cubriéndose con una capa invernal. De repente

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los pasillos de piedra parecían estrecharse, provocándole un miedo atroz ante los espacios cerrados. Cuando salió del dormitorio, Vivïen notó que el aire se volvía cada vez más frío. El viento ululaba, azotaba las nubes y las copas esqueléticas de los árboles. El resto de los hermanos se demoraban dentro del monasterio, protegidos por la calidez sagrada de la nave central. El fugitivo se cerró bien la capa y entró en las cuadras. Ensilló un caballo, montó sobre él y recorrió al trote el burgo de San Michele. Grandes copos de nieve empezaron a caer sobre sus hombros, calando el tejido de lana de su traje. Apenas llegó a la muralla, salió a su encuentro un monje envuelto en una túnica. Era el padre Geraldo de Pinerolo, el cillerero. Se echó hacia atrás la capucha, descubriendo una larga barba negra y una mirada llena de sorpresa. —¿Adónde vas, hermano? —le preguntó—. Regresa, antes de que se desencadene la tormenta. El interpelado no contestó. Siguió hacia la salida, rezando para tener el tiempo suficiente de escapar… Pero a su paso le esperaba un carro arrastrado por dos caballos negros como la noche. Fingiendo indiferencia, Vivïen cruzó por delante de él. Mantuvo el rostro escondido bajo la capucha, tratando de no cruzar su mirada con la del cochero. En cambio Geraldo se acercó al desconocido y lo observó: un tipo robusto, con un gran sombrero y una capa negra. «Nada de especial», se dijo. Pero cuando vio su cara ya no pudo quitarle los ojos de encima: sus rasgos parecían llenos de maldad y rojos como el fuego.

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—¡El diablo! —exclamó el cillerero, retrocediendo. Mientras tanto Vivïen ya había espoleado a su caballo y se había lanzado al galope por la ladera, en dirección a Val di Susa. Sentía pánico, pero igualmente debía proceder con cautela. La nieve, mezclada con el fango, hacía que el sendero se volviera casi impracticable. El oscuro cochero reconoció al fugitivo. Azuzó a sus caballos y lanzó el carro tras él. —Vivïen de Narbona, ¡detente! —gritó con rabia—. ¡No podéis esconderos eternamente de la Saint-Vehme! Vivïen ni siquiera se volvió. Cabalgaba enloquecido, con la mente alucinada llena de pensamientos que se superponían unos a otros. Oía tras él el traqueteo del carruaje, cada vez más cercano. Le estaba alcanzando. Pero, ¿cómo podía ir tan rápido por un camino tan accidentado? ¡Esos no eran caballos, sino demonios del infierno! Las palabras del perseguidor no dejaban lugar a dudas. Se trataba de un emisario de los Jueces Francos: los adivinos. Querían el libro, ¡esos malditos! Estaban dispuestos a todo con tal de conseguirlo. Le habrían torturado hasta volverle loco con tal de saber, de aprender cómo se obtiene la sabiduría de los ángeles. ¡Antes la muerte! Con lágrimas en los ojos, Vivïen sacudió las riendas y animó al palafrén a correr cada vez más rápido. Pero el caballo se acercó demasiado al borde del precipicio. El terreno agrietado, más resbaladizo por la nieve y el fango, cedió bajo el peso de los cascos. El animal resbaló y con él su jinete. Se precipitaron ambos por un lado de la montaña. Los gritos del monje,

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confundidos con el relincho, retumbaron con la caída hasta perderse en el fragor de la tormenta. El carro se detuvo. El oscuro cochero descendió y miró el abismo. —Ahora el único que lo sabe todo es Ignacio de Toledo. Hay que encontrarlo —pensó, quitándose la Máscara Roja de la cara.

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Capítulo I

EL MONASTERIO DE LOS ENGAÑOS

Esto es lo que los ángeles me han mostrado; y porque los escuché lo he aprendido todo de ellos, y he comprendido que no hablaré para esta generación sino para la generación que está por venir. Libro de Enoch, I, 2.


1. Nadie podía asegurar con certeza quién era real­ mente Ignacio de Toledo. A veces se le consideraba sabio y culto; y otras, indigno de confianza y nigromante. Para muchos era solo un peregrino, que iba de una tierra a otra buscando reliquias para vendérselas a los devotos y a los poderosos. Aunque evitaba revelar sus propios orígenes, sus rasgos árabes, suavizados por una tez clara, hablaban demasiado de los cristianos que habían vivido en España en contacto directo con los árabes. La cabeza completamente rapada y la barba grisácea le otorgaban cierto aire docto. Pero eran sus ojos los que nunca dejaban de llamar la atención, como esmeraldas verdes y penetrantes engarzadas entre arrugas geométricas. Su túnica gris, bajo una capa con capucha, despedía la fragancia de las telas orientales impregnadas del aroma de un incesante viaje. Alto y enjuto, caminaba apoyándose en un bordón. Así era Ignacio de Toledo, y así lo vio por primera vez el joven Uberto, cuando se abrió la puerta del monas-

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terio de Santa María del Mar en la lluviosa noche del 10 de mayo de 1218. Una espigada figura cubierta por una capucha entró seguida de un jovencito rubio que arrastraba un enorme baúl. El abad Rainerio de Fidenza acababa de terminar de celebrar el oficio de vísperas. Cuando advirtió la presencia de los dos peregrinos, pareció reconocerles. Cerró el breviario, bajó del altar y cruzó la nave central hacia ellos. —Querido Ignacio, cuánto tiempo —les recibió con benevolencia, mientras las susurrantes filas de monjes se hacían a un lado para dejarle paso—. Recibí el mensaje de vuestra llegada. Estaba impaciente por veros otra vez. —Venerable Rainerio —Ignacio insinuó una reverencia—, cuando me marché vos érais un simple monje, y ahora os encuentro convertido en abad. Rainerio era tan alto como el mercader de Toledo, pero más robusto. Una pronunciada nariz aguileña dominaba su rostro. El cabello castaño y corto le caía de forma desordenada sobre la frente. Antes de responder, bajó la mirada y se santiguó. —Así lo ha querido el Señor. Maynulfo de Silvacandida, el antiguo abad, murió el año pasado. Una gran pérdida para nuestra comunidad. Ante aquella noticia el mercader dejó escapar un suspiro lleno de tristeza. No creía demasiado en las vidas de santos, y dudaba de las propiedades milagrosas de las reliquias que a menudo traía de países lejanos. Pero Maynulfo sí que había sido un santo. No había renunciado nunca a la vida eremítica, ni siquiera tras su nombramiento como abad. Solía retirarse periódicamente lejos del mo-

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nasterio para rezar en soledad. Nombraba a un vicario, se colgaba unas alforjas y se refugiaba en algún cañaveral de una laguna cercana. Allí cantaba los salmos y ayunaba en soledad. Ignacio recordó la noche en que lo conoció. Por aquel entonces, mientras huía desesperado, se escondió precisamente donde él rezaba, en su refugio. Maynulfo se convirtió en una ayuda inesperada que, tras haberle acogido, se ofreció para protegerle. Y el mercader de Toledo le hizo partícipe de su secreto. Habían transcurrido quince años y ahora la voz de Rainerio resonando en sus oídos disipó los recuerdos de entonces. —Murió en su refugio: no soportó las frías jornadas invernales. Todos nosotros le insistimos para que pospusiera su retiro hasta la primavera, pero él decía que el Señor lo llamaba al recogimiento. Tras siete días, lo encontramos muerto en su celda. Desde el fondo de la nave se escuchó el suspiro de algún monje apenado. —Pero decidme, Ignacio —continuó Rainerio, notando que el mercader se había disgustado—, ¿quién es este joven silencioso que os sigue? El abad observó al joven imberbe. El pelo largo, ligeramente revuelto, rodeaba su cuello delgado y se apoyaba en sus robustos hombros. Sus azules ojos parecían los de un jovencito, pero los rasgos de su rostro eran firmes, tallados por rígida la expresión de la mandíbula. El joven dio un paso hacia adelante y se arrodilló para presentarse. Habló con acento de la langue d’oc aunque con alguna vaga cadencia exótica.

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—Willalme de Béziers, venerable padre. El abad sintió un leve sobresalto. Sabía que la ciudad de Béziers había servido de guarida a una secta de herejes. Dando un paso hacia atrás, miró fijamente al desconocido y murmuró. —Albigensis… El sonido de esa palabra produjo en Willalme un gesto grave, como si hubiera recibido un golpe en el estómago. Sus ojos resplandecieron de rabia, aunque inmediatamente después expresaron un sentimiento de tristeza, quizás unido a dolorosos recuerdos que todavía no habían sido asimilados. —Willalme es un buen cristiano. No tiene nada que ver con la herejía albigense —intervino Ignacio—. Lleva mucho tiempo viviendo lejos de su tierra. Lo conocí cuando volvía de Tierra Santa y nos hemos convertido en compañeros de viaje. Se quedará aquí solo por esta noche, tiene otros asuntos que resolver. Rainerio asintió. Estudió el rostro del francés, que tenía tanto que esconder bajo aquella mirada huidiza. De repente pareció recordar algo y se volvió hacia los últimos bancos del monasterio. —Uberto —dijo, dirigiéndose hacia un jovencito moreno sentado entre los hermanos—, ven aquí un momento. Tengo que presentarte a una persona. Justo en ese momento Uberto estaba preguntándoles a algunos monjes sobre aquellos dos visitantes, que no había visto antes. Un hermano le respondió en voz baja. —El hombre alto, con barba y capucha, es Ignacio de Toledo. Se dice que durante el saqueo de Constantino-

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pla se apoderó de algunas reliquias y también de libros muy valiosos, algunos incluso de magia. Llevó su botín hasta Venecia, donde consiguió grandes riquezas y el favor de la nobleza de Rialto. Pero en el fondo es un buen hombre. No en vano era amigo de Maynulfo de Silvacandida, nuestro antiguo abad. Mantenía con él una continua relación por correspondencia. Al oír que el abad lo llamaba, el joven se despidió de su interlocutor y se dirigió hacia el pequeño grupo, que se había reunido a la sombra del vestíbulo. Solo entonces Ignacio se bajó la capucha y descubrió su rostro, como para observarlo mejor. Estudió con discreción su rostro, animado por grandes ojos de color ámbar y una espesa melena negra. —Así que tú debes ser Uberto —empezó distante. El joven respondió con la mirada. No sabía cómo tratar a aquel individuo. Era más joven que Rainerio y, sin embargo, poseía un aire solemne. Imponía respeto. Fascinado, bajó la mirada hacia sus sandalias. —Sí, mi… señor —tartamudeó. El hombre sonrió. —¿Mi señor? No soy un superior eclesiástico. Llámame Ignacio y tutéame. Uberto se tranquilizó. Lanzó una mirada en dirección a Willalme, impasible y atento. —Dime —continuó el mercader—, ¿eres un novicio? —No —intervino Rainerio—, es un… —Venga, padre abad. Dejad que sea el joven quien hable.

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—No soy un monje —contestó Uberto, sorprendido por la confianza con la que el mercader trataba a Rainerio—. Me encontraron los hermanos casi recién nacido. Me he criado en este lugar, donde me han instruido. El rostro de Ignacio se llenó por un momento de tristeza, luego regresó a su habitual comportamiento distante. —Es un excelente amanuense —añadió el abad—. A menudo le encargo copiar breves códices o rellenar documentos. —Ayudo como puedo —admitió Uberto, con más vergüenza que modestia—. Me han enseñado a leer y a escribir en latín —dudó un instante—. ¿Vos… tú has viajado mucho? El mercader asintió, esbozando un gesto para dar una idea del cansancio por los caminos recorridos. —Sí, he visitado muchos lugares —dijo—. Si lo deseas, podremos hablar de ello. Me quedaré aquí unos días, con el permiso del abad. Rainerio suavizó la expresión de su rostro a un gesto paternal. —Amigo mío, como ya os escribí respondiendo a vuestra carta, estamos encantados de poderos acoger. Descansaréis en la hospedería cercana al monasterio, y podréis cenar en el refectorio, junto a los hermanos. Os sentaréis a mi derecha desde esta misma noche. —Os lo agradezco, padre. Os pido entonces permiso para dejar mi baúl en la habitación que nos habéis reservado. Willalme lo ha traído hasta aquí desde donde nos ha dejado la barcaza, y resulta bastante pesado.

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El abad asintió. Cruzó el vestíbulo y se asomó al exterior. Buscaba a alguien. —¿Hulco, estás ahí? —gritó, oteando a través del denso aguacero grisáceo. Una figura extraña se acercó tambaleándose, jorobado a causa de una fajina que cargaba sobre la espalda. Parecía que la lluvia no le molestaba. No era un monje. Un aldeano quizás, o mejor, uno de esos siervos a quienes se les confían las tareas diarias del monasterio. Debía ser Hulco. Farfulló algo en un dialecto incomprensible: en realidad, estaba acatando las peticiones del abad. Rainerio, visiblemente molesto por tener que dar órdenes al sirviente en primera persona, habló como si estuviera domesticando a un animal. —Bien, hijo…No, deja la leña. Apóyala ahí. Bien. Coge la carreta y ayuda a los señores a llevar esta caja a la hospedería. Sí, allí. Y ten cuidado de que no se caiga. Bien, acompáñales —cambiando de expresión, se dirigió de nuevo a los invitados—. Es tosco, pero muy manso. Seguid­ le. Si no necesitáis nada más, en un rato os espero en el refectorio para cenar. Cuando se despidieron de Rainerio y Uberto, los dos compañeros se encaminaron tras el animalesco mozo. Observaron divertidos cómo Hulco, sin fajina, seguía caminando jorobado y sin coordinación, clavando los talones en el barro. Escampaba. Las nubes dejaban espacio a las tonalidades rojizas del crepúsculo. Bandadas negras de ruidosas go-

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londrinas enturbiaban el aire, acompañadas por un viento que olía a salitre. Cuando llegaron a la hospedería, Hulco se dirigió por primera vez a los dos peregrinos. Los últimos rayos de luz diurna iluminaban su cuerpo sin gracia. Bajo la capucha andrajosa que le cubría por completo la cabeza se veían algunos mechones ásperos y una nariz llena de forúnculos. Una chaqueta sucia y un par de calzones hasta la rodilla completaban el miserable retrato. —Domini ilustrissimi —susurró. Continuó con una indescifrable mezcla macarrónica, que en realidad quería decir: «¿Sus señorías desean que entre el baúl?». Ante un gesto de aprobación, el siervo levantó la caja de la carreta y la arrastró con dificultad dentro de la construcción. La hospedería estaba edificada casi íntegramente de madera, con las paredes cubiertas de cañizos revestidos de arcilla. En la entrada, tras un mostrador, les esperaba una figura vestida con una chaqueta enguatada y unos ojos de lechuza. El personaje era Ginesio, el administrador. Saludó a los peregrinos y dijo que el abad le había ordenado que les reservara la habitación más confortable. Les indicó un tramo de escaleras que se dirigían al piso superior. —Suban. La tercera puerta a la derecha es la de vuestro alojamiento —esbozó una pícara sonrisa—. Para cualquier cosa, no duden en dirigirse a mí. Feliz estancia. Ignacio y Willalme siguieron las instrucciones de Ginesio. Cuando subieron los escalones, se encontraron con una puerta de madera justo delante. Buena señal, pensó el mercader, ya que en aquellos tiempos, en las pocas ocasio-

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nes en las que una hospedería estaba dotada de habitaciones individuales, además de los dormitorios colectivos, era frecuente que la entrada estuviera separada de las otras estancias por unas sencillas cortinas. Hulco, agotado, se detuvo tras los invitados. Evidentemente no había imaginado que el baúl pesara tanto. —Es suficiente, gracias —le indicó el mercader—, ya nos ocupamos nosotros. Vuelve a tus asuntos. El siervo dejó el baúl, agradecido. Saludó con una reverencia y se alejó con su paso descoordinado. Cuando estuvieron a solas, Willalme se dirigió a Ignacio. —¿Y ahora, qué hacemos? —Antes de nada, escondamos bien el baúl, y luego iremos a cenar. Nos aguardan en la mesa del abad. —Me parece que no le caigo muy bien a tu abad —comentó el francés. El mercader sonrió. —¿Acaso pensabas ganarte su amistad? —como era de esperar, no obtuvo ninguna respuesta: Willalme era un tipo discreto. Al entrar en la habitación, añadió—. Recuerda, mañana debes marcharte al alba. Procura que nadie advierta hacia donde te diriges.

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