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ÍNDICE

Presentación: La bibliotecaria que soñaba palabras ............ 13 Primera parte I

Una vida, un secreto .................................................. 29

II

Simancas, ida y vuelta ............................................... 79

III

“Los recuerdos se queman” ...................................... 103

Segunda parte: El exilio interior IV

Se hizo de noche ......................................................... 173

V

El exilio interior ......................................................... 215

VI

Tiempo de resurrección ............................................273

Árbol genealógico ................................................................... 315 Fuentes y notas ........................................................................ 317 Bibliografía ...............................................................................343 Índice onomástico ...................................................................355 Agradecimientos ......................................................................363


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PRESENTACIÓN LA BIBLIOTECARIA QUE SOÑABA PALABRAS

Si te escucharas, mar, si tu lenguaje pudiera, mar, ser otro, ¿qué palabras dirías? Rafael Alberti

L

a luz solar, esa luz temprana de todos los veranos, contie-

ne una señal. Una consigna tácita que María Moliner atiende sin vacilaciones. Su aparición en la lejana playa anticipa el ritual diario que se inicia en la casa próxima a la costa que habitan María Moliner y su marido, Fernando Ramón, durante las vacaciones. En poco tiempo la luz se extiende sobre el pequeño chalé de la Pobla de Mont-roig, en Tarragona. En la vivienda apenas hay signos de movimiento. Pero hay alguien que ya está en pie. María Moliner se acerca con pasos rápidos al cenador, situado junto al árbol que ella misma ha plantado, y toma posesión del patio. Sobre la mesa, una gran rueda de cemento, se encuentra el tapete que ha mandado colocar y que gracias a una cinta elástica permanece liso y ajustado. Sin distracciones. Esa mesa es su despacho estival. Aquí deposita sus útiles, su máquina de escribir, esa vieja Olivetti Pluma 22 que la acompaña desde hace años, sus fichas, algunos libros de gramática... Su tesoro, su memoria, su porvenir. Todo bajo control. Antes de inclinar la cabeza sobre las fichas y cotejar las referencias, pasea su mirada curio-

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sa y socarrona alrededor de una geografía que forma parte ya de su identidad. Hermoso lugar para quedarse a vivir, para soñar palabras y trazar sus sombras y sus límites. Aspira el aire marino que le llega de la costa, a un kilómetro de la casa; el aroma insoslayable de la naturaleza que la rodea, la presencia latente de sus nietos que, dentro de unas horas, despertarán para vivir una jornada de playa o bicicleta. Siente todo eso, pero sobre todo experimenta un silencio absorbente. Ya está en su burbuja interior. Concentrada en su creación, en esa construcción en marcha con tantos detalles por completar y concluir: nuevas fichas y más entradas que exigen alargar textos acabados. Y todo lo que tal ampliación conlleva: comprobar etimologías, completar familias, ajustar catálogos… No importa. Su trabajo es impagable en todos los sentidos. Ante todo porque es algo esencial, estimulante. Se encuentre en Madrid, donde trabaja casi todo el año, o en la Pobla, el Diccionario va con ella. Es su inseparable compañero desde hace tiempo. Solo ella puede llevarlo a cabo. Todo él está en su cabeza. Pero el Diccionario es también el gran reto, la obra colosal que llegará a su fin algún día con la ayuda de un puñado de colaboradores. Mientras su cerebro trabaja, siente a los suyos cerca, en la cómoda distancia que le permite concentrarse para que su labor de lexicógrafa avance. Y al mismo tiempo se siente sola, segura. Aspira sin esfuerzo el aroma de los pinos mezclado con el aire salado que trae la brisa. La cercana fragancia de eucalipto, la proximidad de la higuera. Apenas presta atención a este perfume que le entrega en silencio la naturaleza. Ya está trabajando sin levantar la cabeza de sus fichas. Una mezcla de felicidad y responsabilidad. Ella es cerebro y acción, y allí está toda la intensidad que siempre ha buscado. Hay que hacerlo bien y

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hay que darse prisa, hay que seguir pulsando la máquina, no se puede dejar a medias lo emprendido. ¿Acabará por fin el siguiente verano? Tiene que espabilarse, ya se ha puesto varios plazos y ha tenido que prorrogarlos. Son plazos que ella misma se impone, que nadie le exige, aunque sabe que hay ya cierta expectación sobre el Diccionario, una impaciencia contenida. Los suyos respetan su obra, la esperan, pero también anhelan que la acabe. Y que la acabe bien. Igual que ella. Solo puede dar por concluida la tarea de una forma: bien. Convencida. Segura de que no cabe ya más perfeccionismo ni más dedicación. El mediodía señala las horas transcurridas. El sol adquiere cuerpo y presencia y, un rato después, la empleada doméstica empieza a cocinar el almuerzo. Se impone un descanso. El cenador queda listo para el mantel y la familia se reúne en torno a la mesa. La abuela se siente a gusto con sus nietos, algunos veranos pueden juntarse los trece, si coinciden sus cuatro hijos con sus respectivas familias. A María Moliner se le olvida entonces que ese es su rincón de trabajo. La familia es uno de sus ejes vitales (lo fue ya de niña, con su familia de origen). El otro eje es la ambición de ser y hacer. Pero ahora son los suyos los que ocupan el presente. Ante todo, es una abuela cariñosa. Así la evoca su nieto Fernando Pitarch Ramón. Después de la comida vendrá el descanso, la pequeña siesta de todos los días, el silencio reparador. El cenador vuelve a quedar vacío a media tarde. En el rincón predilecto de María Moliner reina otra vez la calma. La espera de nuevo. El Diccionario, su obra, vuelve a llamarla. Allí acude poco antes del atardecer con sus útiles de trabajo. Qué belleza la de esta tarde, a pesar de algunos vahos de calor. El leve balanceo de las ramas del eucalipto le envía un suave viento que

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traspasa su piel. Sí, en aquellos momentos era feliz. Tan feliz como solo ella podía serlo cuando se entregaba a algo. Secretamente. Amaba aquella tierra. Se había enamorado de aquella casa que ella y su marido compraron en torno a 1941. Aunque María en realidad se identificó con la Pobla la primera vez que Fernando Ramón le mostró Tarragona y la llevó al pueblo donde había nacido, Mont-roig, cerca de Reus. Soñaba con volver a aquella casa. Le gustaba vivir allí en los meses de verano. Un verano largo, gracias a que su marido era catedrático y ella funcionaria. Amaba aquellas tierras algo rojizas, los higos chumbos, los algarrobos y los avellanos. Desde el verano del 42 no dejaron de ir ningún año. Iban primero desde Valencia y luego desde Madrid, hasta que María enfermó, a mediados de la década de 1970. Después del verano de 1974, ya no regresó. Como era una casa pequeña, aprovechaba también el garaje: puso allí unas literas para que descansaran los niños. Le gustaba organizar los espacios, a fin de hospedar a toda la familia cada verano. Incluida su hermana Matilde y los suyos. Ya está acabada la letra M. Definitivamente. Ya no hará más ampliaciones de esta larga, elegante y prolífica letra que había revisado varias veces. Tocaba finalizar. Pero la cabeza sigue allí, en el cenador, haciendo balance del día. La investigadora se quita por un momento las gafas y trata de captar el lenguaje de los árboles y plantas que le acompañan. Qué belleza la de las palabras, con su lógica maravillosa, con ese sentido interno que transmite toda una visión del mundo. Mar, marino… O pinar… Pronto revisará la P, otra letra con entradas extensas… Qué agotadora actividad. Pero no debe parar. Y además no piensa abandonar. Esta obra ciclópea es una de las razones que la empujan a levantarse cada mañana como si

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la vida le perteneciera. Antes hubo otras razones. Tantas. Y las sigue habiendo, claro. Pero hubo un día lejano, el 29 de marzo de 1939, en que algo de ella empezó a morir. Y de hecho murió mientras al mismo tiempo vivía, y no demasiado mal. Hasta que llegó el momento de volver la mirada atrás, y entonces sintió que lo que parecía muerto empezaba a resucitar. El Diccionario había sido su resurrección. Su quinto hijo. No permitiría que le llegase la vejez antes de terminar su obra, su compromiso. No permitiría tampoco que esta obra la dejara sin aliento. Aunque, ¿qué hará después? Nada será ya tan importante como el Diccionario... Empieza a irse la luz, y el cansancio le obliga a interrumpir la labor. Aunque la luna descendiera a la mesa hoy ya no podría seguir trabajando. Mañana, sí, no hay duda. Convendría que alguna de sus colaboradoras comprobara los catálogos para que ella pudiera seguir en línea recta. Escribirá a María Ángeles mañana mismo. María Ángeles de la Rosa recibió el telegrama de doña María mientras descansaba en Santander, donde pasaba el verano. “María Ángeles, por favor, necesito que vengas a la Pobla. Te espero”. El telegrama se perdió en alguno de los traslados y mudanzas de María Ángeles de la Rosa. En aquel momento, verano de 1959, la destinataria no creía que estaba haciendo historia, aunque sí sabía que, al trabajar para María Moliner, estaba contribuyendo a sacar adelante una gran obra. María Ángeles no se lo pensó demasiado. Se encontraba con su familia y no había estado nunca en Tarragona, pero se dispuso a viajar enseguida. Tenía veintisiete años y ya había trabajado en otras ocasiones con María Moliner en su casa de Madrid, en la calle Don Quijote esquina Raimundo Fernández Villaverde. Con cierto pudor, De la Rosa recuerda que esos días se encontraba un poco débil, afectada por las secuelas de una indisposición estival. Pero le llena-

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ba de orgullo que María Moliner la necesitara. Pasaría en la Pobla el tiempo que fuera necesario. Al llegar a Pobla Oriola, que así llamaban a la villa, después de rebuscar en apellidos de antepasados, los hijos de María Moliner, esta precisó a María Ángeles desde el principio que iba a ser su invitada, además de su colaboradora. Era tiempo de vacaciones, recordó doña María, así que solo le pidió unas horas diarias de trabajo. Ni siquiera tenían que estar juntas en todo momento. María Ángeles tenía su tarea: comprobar fichas y catálogos, que podía hacer en algún lugar del patio o en su habitación, mientras la lexicógrafa seguía su propio ritmo. “Me dijo que podía ir a la playa o pasear en bicicleta. Y lo hice, pero pocas veces. La veía trabajar tanto que yo no podía relajarme demasiado. Algunas noches, cuando todos dormían, o así me parecía, yo misma seguía revisando fichas para no quedarme atrás. Ponía una toalla doblada tras la puerta, en el suelo, y así me aseguraba de que no me descubrieran”. Además de aquel trabajo artesanal, recuerda momentos de expansión, o situaciones relajadas. Durante unos días de aquel verano, María Moliner dio permiso a la empleada doméstica para que se tomara un descanso, y se quedaron en la Pobla el matrimonio Ramón-Moliner con María de los Ángeles. Para organizarse con las comidas, María propuso que ella se encargaría de hacer el segundo plato, siempre más complicado, y María Ángeles haría el primero. A María, como a muchas intelectuales, las tareas domésticas no le interesaban, y no tanto porque fueran onerosas, sino por el tiempo que le quitaban de hacer otras cosas importantes. Aun así, como todas las mujeres de su generación, sabía hacerlas si era necesario. La cocina no formaba parte de sus devociones, pero tenía unas pocas especia-

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lidades para salir del paso. Su sobrina Matilde Arévalo Moliner recuerda aún unos panecitos con jamón serrano y algo más, probablemente tomate, que le parecían deliciosos. Los hacía en las fiestas, cuando se reunía mucha gente, y en la Pobla.

LA LUZ RECOBRADA

Moliner fue feliz en aquel rincón soleado de Tarragona a pesar del trabajo que se le acumuló en la década de 1950 y parte de los sesenta. Aquella luz que la enamoró desde el primer momento fue su regalo diario cada verano durante más de treinta años. Una luz inalterable. La luz recobrada, tras la oscuridad de la década de 1940, cuando en su vida se hizo de noche. Un tiempo de penumbra que desaparecía cuando llegaba a la Pobla. Un tiempo muerto alejado ya definitivamente de su vida. Hubo veranos en los que apenas traspasó el exterior de ese paraíso que fueron para ella el cenador y sus alrededores. En los momentos de mayor intensidad en el trabajo apenas se acercaba a la playa en el periodo de vacaciones. Matilde Arévalo recuerda que su tía mantenía la piel blanca los veranos en los que trabajó en el Diccionario; no quedaba tiempo para dedicarlo al bronceado. Su hermana Matilde Moliner, madre de Arévalo, por el contrario, era asidua de la playa cuando iban a la Pobla. María estaba en otro mundo; era rehén del Diccionario, de su compromiso consigo misma, de su tozudez. El sol la acompañaba y a la vez la libraba de su tiranía: su rostro permanecía terso, sin la huella de bronceados sucesivos. Su cuerpo, en cambio, se iba gastando, de tanto inclinarse hacia la mesa, la máquina de escribir, las fichas.

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Qué pena tener tan cerca la naturaleza y limitarse a observarla para dedicarse por completo a las palabras. Pero qué dicha dialogar con esas palabras y sus acepciones y pelearse con los catálogos en un lugar tan bello. El patio y los alrededores constituían en algunas estaciones del año un vergel. El masovero cuidaba la tierra, sacaba sus productos y la mantenía. Que María no pudiera dedicar parte de los veranos de la década de 1950 y principios de la de 1960 a sestear fue cosa del destino que cada uno elige sin medir o conocer bien las consecuencias. Probablemente supo que la vida estaba en las palabras. Probablemente se dio cuenta de que a pesar de la victoria aliada y de la condena del nazismo, Franco no abandonaría el poder. Y que todo seguiría igual. La misma nada. Frente a aquella indigencia moral, su mente se rebeló. Frente a la penumbra exterior, la luz interior. Sus cuatro hijos ya habían cumplido veinte años y no la necesitaban, pero ella cultivó hasta el final la coquetería de afirmar que entregó a su obra parte de la atención que hubiera querido seguir prestándoles a ellos. Mientras, la vida acontecía, la autarquía perdía fuerza y el país se desperezaba gracias al cine americano, la emigración y el turismo. Matilde Arévalo recuerda que en un verano a los chicos de la familia que estaban en la Pobla les tocó hacer fichas, inicialmente a una peseta la hora. La década de 1950 enfilaba ya la siguiente y María Moliner no veía el fin de su obra ni daba por concluidas algunas de las tareas ya finalizadas. Porque no se trataba de hacer un diccionario más. Uno de sus mayores empeños fue revisar las definiciones de la Real Academia, redactarlas de nuevo y relacionarlas entre sí por familias. Una obra titánica. Cruzaría la década de 1960 para concluir la magna obra. En los comienzos, Rafael Lapesa y otros académicos que vieron las

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primeras fichas la avalaron sin vacilar. Sopesaron su publicación en los sellos más conocidos y se cuenta que algún editor se echó atrás ante las dimensiones de la empresa. Finalmente sería Gredos la afortunada. En parte porque Dámaso Alonso, buen conocedor de la trayectoria de María Moliner, dirigía la colección principal de la editorial. En parte porque sus editores supieron adelantarse y ver en aquellas fichas toda la erudición y sistematización de la lexicógrafa, su visión del idioma. El primer contrato entre María Moliner y Gredos se firmó en una fecha temprana y poco divulgada, en 1955. Todos sabían que María necesitaba tiempo y que el Diccionario de Uso del Español tardaría en ver la luz. La editorial sencillamente se adelantó para asegurarse su publicación. Moliner, además, prorrogó su tarea más allá del tiempo estimado. Y cuando al fin entregó el material se dio cuenta de que el proceso de edición iba a ir más lento de lo que esperaba. Ponerlo en marcha también planteaba retos a la editorial que dirigían Hipólito Escolar, Valentín García Yebra, José Oliveira y Julio Calonge. El Diccionario de Uso del Español estaba ya en su recta final. Era una obra ingente, innovadora, personal. Dirigida por una sola mujer que había contado con colaboradores fijos o esporádicos en determinadas fases del proceso. Pero no era fácil componer una obra prolija y minuciosa que incluía en algunas entradas verdaderos tratados gramaticales. Había que cuidar los detalles para que la edición tuviera un resultado tan brillante como merecía el empeño de su autora. Esta, sin embargo, empezaba a impacientarse. Pero ¿a qué esperaban?, se preguntaba algunos días. No es extraño que Moliner quisiera insuflar su entusiasmo y decisión a sus editores, demasiado lentos a su juicio. Había consumido gran parte de su energía en una obra que estaba a punto de entrar en imprenta,

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pero que por razones inexplicables, probablemente nimias, estaba parada. Su impaciencia quedó reflejada en una carta a María Ángeles, entonces fuera de España, que rezuma cierta rebelión: Sábado, 2 de marzo Aquí todo sigue igual. La misma tarea de siempre y la misma lucha con la editorial para que los correctores se pongan de una vez a corregir y que ya se empiece de una vez y sin interrupciones… […] Ya te das cuenta de que llegarás todavía a tiempo y muy a tiempo de ayudar hasta el final. El trabajo no mengua y cuando parece que ya no va a haber nada que hacer surge una cosa nueva, así es que Trini trabaja puede decirse que como siempre. Así fueron los años previos a la publicación del Diccionario de Uso de Español. Moliner no dejaba de perfeccionar su obra con nuevas mejoras, a la vez que pedía a sus editores que fueran diligentes al incorporarlas. El gran objetivo de la lexicógrafa no era otro que lograr que el lector, el estudioso o el hablante pudiera nombrar las cosas y expresar conceptos y sentimientos con precisión. La gran obra de María Moliner no fue almacenar pilas de fichas, ni siquiera escribirlas a mano con bolígrafo o con su Montblanc o a máquina con su Olivetti. Ese fue el trabajo material y por tanto el más pesado. Pero su gran obra fue definir y ajustar los significados de palabras que ya existían, dotándolos de una mayor viveza. Su gran obra fue volcar su pensamiento y su mente ordenada en un universo de palabras complejo y arborescente. Una intensa y agotadora labor intelectual que María Moliner compatibilizó con su otra vida, la de bibliotecaria en la Escuela

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Oficial de Ingenieros Industriales, donde se jubiló el 30 de marzo de 1970. Dos vidas muy diferenciadas, en parte paralelas, que ella hizo converger. En una de las muchas fichas manuscritas, explica qué pretendía con su obra: “La estructura de los artículos está calculada para que el lector adquiera una primera idea del significado del término con los sinónimos, la precise con la definición y la confirme con los ejemplos”. Pretendía que el lector comprendiera los conceptos y los usara como herramienta de comunicación escrita y verbal. Pretendía que su estructura mental privilegiada estuviera al alcance de todos los que se asomaran a sus páginas. Lo explicó ella misma en una pequeña anotación que tituló “Anuncio”: “La autora ha dedicado cuatro años al trabajo paciente pero, a la vez, fascinante, de desmenuzar entre sus dedos el tesoro devotamente guardado en el arca oliente a siglos del Diccionario de la Academia. Ha dejado intacto en el arca lo que es arcaico y, el resto, lo que es riqueza operante, lo ha ventilado y organizado en un despliegue pensado para que ninguna pieza pueda ser inadvertida y cada una se avalore con sus vecinas”. Parecía un sueño, pero lo logró: ninguna pieza iba a pasar inadvertida ni a salirse de ese entramado de vecindades y relaciones que la enriquecían. Poner el punto final en ese mundo de palabras en movimiento fue la decisión más difícil. Y cuando así lo decidió, la autora dejó de ser un nombre para convertirse en una obra, como sentenció y anticipó Manuel Seco. Su Diccionario implicaba una ruptura, una refundación del diccionario oficial realizada desde la individualidad y la soledad de una sola investigadora. Era una obra de creación literaria y a la vez un compendio de filología. Aunque este segundo aspecto le fue negado por los filólogos oficiales, asombrados ante la empresa lle-

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vada a cabo por Moliner, pero poco dispuestos a valorarla por no ser de los suyos. El primer tomo se publicó en 1966, el segundo en 1967. Una grata sorpresa en el enmohecido páramo cultural de la década de 1960. No en vano, entre 1966 y 1973 su figura y su obra adquirieron una formidable difusión. “Si yo me pongo a pensar qué es mi diccionario, me acomete algo de presunción: es un diccionario único en el mundo”, reconoció la autora. “Un diccionario de uso quiere decir que ayuda a usar el español”, precisó. El éxito del Diccionario facilitó que lo que había sido una resurrección personal pasara a tener una dimensión pública. Tanto es así que tres académicos, Pedro Laín, Rafael Lapesa y el duque de la Torre propusieron su candidatura a la Real Academia. Querían romper el maleficio secular que pesaba sobre la entrada de mujeres en la corporación. Los nuevos tiempos y la obra monumental de Moliner bien lo merecían. “Mi biografía es muy escueta, en cuanto que mi único mérito es el Diccionario. Podría buscar en mi historia y encontrar algún artículo ocasional publicado en algún periódico, pero nada que pueda añadir al Diccionario”, afirmó cuando se presentó su candidatura a la Academia. No era así, no era tan escueta. Quizá fue el pudor, o la necesidad de proteger su pasado republicano, lo que le llevó a minimizar su trayectoria anterior. Franco estaba aún en el poder. No era amnesia, era vivir el presente. Aunque tal vez, al colocar en el centro de su vida el Diccionario, destacaba que en esos momentos era su obra más cabal. Porque en 1966, al publicarse el primer tomo de su Diccionario, estaba haciendo historia, de nuevo. El pasado quedaba atrás. No pudo ser. La Academia la rechazó al dar la mayoría de votos al lingüista Emilio Alarcos. Esta injusticia fue el germen de un reconocimiento popular que no ha dejado de crecer. Cau-

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só tanto asombro que los académicos no hubieran hecho un hueco en la corporación encargada de velar por la lengua a quien había entregado la vida a esa tarea, que la leyenda Moliner se empezó a propagar. Curiosa paradoja: el rechazo de la Academia impulsó su consagración. Con el paso del tiempo, no haber entrado en la Academia no le resta nada a María Moliner, y acaso sí a la Academia. A ella le habría hecho ilusión ingresar en una institución tan respetable, pero supo encajar la derrota con elegancia y dignidad. Lo que le importaba, además de la salud de su marido y la buena marcha de sus asuntos familiares, era que su Diccionario creciera, que tuviera vida. No obstante, su afán perfeccionista y su singular visión de la realidad habían quedado ya reflejados en el párrafo final de la Presentación del Diccionario: Por fin, he aquí una confesión: La autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y su complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido. Sus años finales los dedicó a añadir nuevas palabras y correcciones para la segunda edición de su gran obra. “Constantemente estoy viendo en los periódicos o en las novelas expresiones que

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anoto para incluirlas. Ya tengo una gran colección de adiciones. Si no me muriera, seguiría siempre haciendo adiciones al diccionario”, declaró a Santiago Castelo en 1972. Así fue, solo la enfermedad y la muerte detuvieron ese extenuante compromiso con las palabras. El Diccionario era ella. Pero ella era mucho más que el Diccionario.


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