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EL BUEN

Y CRISTO

EL MALVADO

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EL BUEN

Y CRISTO

EL MALVADO PHILIP PULLMAN

Traducci贸n de Matuca Fern谩ndez de Villavicencio

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Título original: The Good Man Jesus and the Scoundrel Christ Publicado por acuerdo con Canongate Books Ltd, 14 High Street, Edimburgo EH1 1TE. Primera edición: marzo de 2011 © 2010, Philip Pullman © 2011, de la presente edición en castellano para todo el mundo: Random House Mondadori, S. A. Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona © 2011, Matuca Fernández de Villavicencio, por la traducción Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Printed in Spain – Impreso en España ISBN: 978-84-397-2357-8 Depósito legal: B-4.302-2011 Fotocomposición: Fotocomp/4, S. A. Impreso en Limpergraf Pol. Ind. Can Salvatella C/. Mogoda, 29-31 08210 Barberà del Vallès Encuadernado en Egedsa GM 2 3 5 7 8

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María y José Esta es la historia de Jesús y su hermano Cristo, de cómo nacieron, de cómo vivieron y de cómo murió uno de ellos. La muerte del otro no forma parte de la historia. Como todo el mundo sabe, la madre de Jesús y Cristo se llamaba María. María era hija de Joaquín y Ana, una pareja rica, piadosa y entrada en años que, pese a sus constantes plegarias, no había tenido descendencia. Se consideraba una vergüenza que Joaquín no hubiera engendrado hijos, y el hombre sentía dicha vergüenza en lo más hondo. Ana estaba igualmente abatida. Un día vislumbró un nido de gorriones en un laurel, y entre lágrimas se lamentó de que hasta los pájaros y las bestias pudieran procrear y ella no. No obstante, gracias quizá a sus fervientes plegarias, Ana quedó finalmente encinta y a su debido tiempo dio a luz a una niña. Habiendo prometido consagrarla al Señor, la llevaron al templo y la ofrecieron al sumo sacerdote Zacarías, que la besó, la bendijo y la tomó bajo su cuidado. Zacarías la alimentaba como a una paloma y la niña danzaba para el Señor, y todo el mundo la adoraba por su gracia y sencillez. Creció, sin embargo, como cualquier otra chiquilla, y al cumplir los doce años los sacerdotes del templo ca7 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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yeron en la cuenta de que pronto empezaría a sangrar todos los meses, y eso, obviamente, contaminaría el santo lugar. ¿Qué podían hacer? La habían tomado bajo su cuidado, no podían expulsarla sin más. Zacarías oró y un ángel le dijo qué hacer. Debían encontrarle un esposo, un hombre que fuera mucho mayor que ella, serio y con experiencia. A ser posible viudo. El ángel le dio instrucciones precisas y prometió un milagro para constatar la elección del hombre adecuado. Zacarías convocó entonces a todos los viudos que pudo encontrar. Cada uno debía llevar consigo una varilla de madera. Se presentaron más de una docena, unos jóvenes, otros maduros, algunos ancianos. Entre ellos se hallaba un carpintero llamado José. Siguiendo las instrucciones, Zacarías reunió todas las varillas y oró sobre ellas antes de devolverlas a sus respectivos propietarios. El último en recibir su varilla fue José, y en cuanto entró en contacto con su mano se convirtió en una flor. –¡Eres el elegido! –exclamó Zacarías–. El Señor ha ordenado que tomes a la muchacha María como esposa. –¡Si soy un anciano! –protestó José–. Hasta tengo hijos mayores que la muchacha. Seré el hazmerreír de todos. –Si no obedeces –dijo Zacarías–, tendrás que hacer frente a la ira del Señor. Recuerda lo que le pasó a Coré. Coré era un levita que había desafiado la autoridad de Moisés. Como castigo, la tierra se abrió bajo sus pies y lo engulló a él y a toda su familia. José se asustó y aceptó a regañadientes desposar a la muchacha. Se la llevó a casa. 8 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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maría y josé

–Debes quedarte aquí mientras yo salgo a trabajar –le dijo–. Regresaré a su debido tiempo. El Señor velará por ti. En la morada de José, María trabajaba tan duramente y se comportaba con tal modestia que nadie tenía una mala palabra que decir de ella. Hilaba lana, hacía pan y sacaba agua del pozo, y cuando creció y se hizo una mujer muchos se preguntaban sobre ese extraño matrimonio y la ausencia de José. Otros, en su mayoría mancebos, trataban de entablar conversación con ella y le sonreían cordialmente, pero María respondía con brevedad, manteniendo gacha la mirada. Saltaba a la vista lo sencilla y buena que era. Y el tiempo pasó.

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El nacimiento de Juan Zacarías, el sumo sacerdote, era de la edad de José, y su esposa Isabel también tenía una edad avanzada. Al igual que Joaquín y Ana, y pese a desearla con fervor, no habían tenido descendencia. Un día Zacarías vio a un ángel y este le dijo: –Tu esposa te dará un hijo, y le llamarás Juan. Atónito, Zacarías replicó: –¿Cómo es posible? Yo ya estoy viejo y mi esposa es estéril. –Te lo dará –dijo el ángel–. Y hasta ese momento permanecerás mudo por dudar de mis palabras. Dicho y hecho: Zacarías perdió la voz, y al poco tiempo Isabel concibió un hijo. La mujer no cabía en sí de dicha, pues su infertilidad había constituido una deshonra difícil de soportar. Llegado el día, dio a luz a un varón. Cuando se disponían a circuncidarlo, preguntaron cómo debía llamarse. Zacarías cogió una tablilla y escribió: «Juan». Sus familiares le miraron atónitos, pues nadie en la familia llevaba ese nombre; pero en cuanto Zacarías lo hubo escrito, recobró el habla y el milagro constató la elección. El niño se llamaría Juan.

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La concepción de Jesús En aquella época María tenía alrededor de dieciséis años, y José aún no la había tocado. Una noche, hallándose en su dormitorio, María oyó un susurro al otro lado de la ventana. –María, ¿tienes idea de lo hermosa que eres? De todas las mujeres, tú eres la más bella. El Señor debió de favorecerte para que seas tan dulce y gentil, con esos ojos y esos labios… Desconcertada, María preguntó: –¿Quién eres? –Soy un ángel –respondió la voz–. Déjame entrar y te contaré un secreto que solo tú has de saber. María abrió la ventana y le dejó entrar. Para no asustarla, el ángel había adoptado el aspecto de un hombre joven, como el de los muchachos que le daban conversación junto al pozo. –¿Qué secreto es ese? –dijo. –Vas a concebir un hijo –contestó el ángel. María le miró perpleja. –Pero mi marido no está. –Pues el Señor desea que suceda de inmediato. Me ha enviado a propósito para hacer cumplir su voluntad. ¡María, bendita eres entre todas las mujeres por este acontecimiento! Da gracias al Señor. 13 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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Y esa misma noche, tal como el ángel predijo, María concibió un hijo. Cuando José regresó de las ocupaciones que lo habían mantenido ausente y encontró a su esposa en estado de buena esperanza, su consternación fue profunda. Ocultó la cabeza bajo la capa, se arrojó al suelo, lloró amargamente y se cubrió de cenizas. –Señor –sollozó–, ¡perdóname! ¡Perdóname! ¿Es esto cuidar? ¡Tomé a esta criatura siendo una virgen del templo, y mírala ahora! Debí protegerla, pero la dejé sola como Adán dejó a Eva, y también ella recibió la visita de la serpiente. La llamó y dijo: –María, mi pobre niña, ¿qué has hecho? ¡Tú, que eras tan pura y tan buena, has traicionado tu inocencia! ¿Cómo se llama el hombre que te hizo esto? María lloró amargamente y dijo: –Yo no he hecho nada malo. ¡Lo juro! Ningún hombre me ha tocado jamás. Fue un ángel el que vino a verme porque Dios deseaba que concibiera un hijo. José estaba preocupado. Si realmente era esa la voluntad de Dios, significaba que era su deber cuidar de María y el niño. Pero, de todos modos, no quedaría bien. Sin embargo, no dijo nada más.

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El nacimiento de Jesús y la llegada de los pastores Poco tiempo después, el emperador romano promulgó un decreto según el cual todo el mundo debía ir a su población de origen para inscribirse en un gran censo. José vivía en Nazaret de Galilea, pero su familia provenía de Belén de Judea, ciudad situada a varios días de viaje en dirección sur. José pensó: ¿De qué manera debo inscribir a María? Puedo anotar a mis hijos, pero ¿qué debo hacer con ella? ¿Debo inscribirla como mi esposa? Eso sería para mí un bochorno. ¿Como mi hija? La gente sabe que no es mi hija. Además, es evidente que está esperando un hijo. ¿Qué puedo hacer? Finalmente se pusieron en camino, María detrás de él a lomos de un asno. El niño podía nacer en cualquier momento y José seguía sin saber qué iba a decir con respecto a su esposa. Ya en las proximidades de Belén, se volvió para ver cómo estaba y vio tristeza en su semblante. Puede que tenga dolores, pensó. Al rato se volvió de nuevo y vio que reía. –¿Qué te ocurre? –dijo–. Hace un rato estabas triste y ahora ríes. –He visto a dos hombres –respondió María–, uno estaba llorando y lamentándose, y el otro, riendo y regocijándose. No se veía a nadie. José pensó: «¿Cómo es posible?». 15 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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Pero no dijo más y poco después llegaron a Belén. Todas las posadas se encontraban llenas. María lloraba y temblaba porque el niño estaba a punto de nacer. –No me quedan habitaciones –dijo el último posadero al que preguntaron–, pero podéis dormir en el establo. Los animales os darán calor. José extendió la colcha sobre la paja, instaló cómodamente a María y salió en busca de una comadrona. A su regreso el niño ya había nacido, pero la comadrona dijo: –Viene otro. Va a tener gemelos. Efectivamente, poco después nació otro niño. Los dos eran varones, el primero sano y robusto, el segundo menudo y frágil. María envolvió en harapos al niño robusto y lo acostó en el pesebre a fin de amamantar primero al otro, pues le daba mucha pena. Esa noche, en las colinas que rodeaban la ciudad, había unos pastores vigilando sus rebaños. Un ángel luminoso se apareció ante ellos y el pánico se apoderó de los pastores, hasta que el ángel dijo: –No temáis. Esta noche ha nacido en la ciudad un niño que ha de ser el Mesías. Lo reconoceréis porque estará envuelto en harapos y acostado en un pesebre. Los pastores eran judíos piadosos y sabían qué quería decir «el Mesías». Los profetas habían anunciado que el Mesías, el Ungido, llegaría para liberar a los israelitas de la opresión que padecían. Los judíos habían tenido muchos opresores a lo largo de los siglos; los últimos eran los romanos, que llevaban ocupando Palestina una buena cantidad de años. Mucha gente esperaba que el Mesías guiara al pueblo judío en la batalla y lo liberara del poder de Roma. 16 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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el nacimiento de jesús y la llegada de los pastores

Así pues, los pastores se adentraron en la ciudad para buscarlo. Al oír el llanto de un bebé, se dirigieron al establo situado al lado de la posada, donde encontraron a un hombre mayor atendiendo a una mujer joven que estaba amamantando a un recién nacido. A su lado, en el pesebre, yacía otro bebé envuelto en harapos, y era este el que lloraba. Se trataba del segundo hijo, el menudo y frágil, porque María lo había amamantado primero y lo había dejado allí mientras daba de mamar al otro. –Hemos venido a ver al Mesías –dijeron los pastores, y les hablaron del ángel y de la pista que les había dado para reconocer al bebé. –¿Este de aquí? –preguntó José. –Eso nos dijo. Que por eso lo reconoceríamos. A nadie se le ocurriría buscar a un niño en un pesebre. Tiene que ser él. Tiene que ser el enviado de Dios. María no se sorprendió al oír eso. ¿No le había dicho algo parecido el ángel que la había visitado en su dormitorio? Así y todo, la llenó de dicha y orgullo que su delicado hijo fuera objeto de semejante homenaje y alabanza. El otro no lo necesitaba; era fuerte y tranquilo, como José. Uno para José y otro para mí, pensó María, y se guardó esa idea en el corazón y no se la contó a nadie.

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Los astrólogos Mientras eso ocurría, unos astrólogos de Oriente llegaron a Jerusalén buscando, decían, al rey de los judíos, que acababa de nacer. Lo habían deducido de sus observaciones de los planetas, y habían elaborado el horóscopo del niño con el ascendente, los tránsitos y las progresiones perfectamente detalladas. Lógicamente, primero se dirigieron al palacio, donde solicitaron ver al niño soberano. Sorprendido, el rey Herodes los hizo llamar y les pidió que se explicaran. –Nuestros cálculos indican que cerca de aquí ha nacido un niño que será el rey de los judíos. Supusimos que habría sido trasladado al palacio, por eso hemos venido primero aquí. Traemos presentes… –Qué interesante –dijo Herodes–. ¿Y dónde ha nacido este niño soberano? –En Belén. –Acercaos un poco más –dijo el rey, bajando la voz–. Vosotros lo entenderéis, sois hombres de mundo, sabéis cómo son estas cosas. Por razones de Estado debo tener cuidado con mis palabras. Fuera existen poderes de los que vosotros y yo poco sabemos y que no dudarían en matar a ese niño si dieran con él, de manera que lo más importante ahora es protegerlo. Id a Belén, haced indagaciones y en cuanto averigüéis algo, venid a contár19 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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melo. Yo me aseguraré de que a esa adorable criatura no le pase nada malo. Los astrólogos recorrieron los pocos kilómetros que les separaban de Belén para conocer al niño. Estudiaron sus mapas astrales, consultaron sus libros, realizaron arduos cálculos y finalmente, tras preguntar en casi todos los hogares de Belén, dieron con la familia que andaban buscando. –¡Así que este es el niño que reinará sobre los judíos! –dijeron–. ¿O es este otro? María levantó con orgullo a su hijo frágil. El otro dormía plácidamente en un rincón. Los astrólogos rindieron homenaje al pequeño que la madre tenía en los brazos, abrieron los cofres y ofrecieron sus presentes: oro, incienso y mirra. –¿Y decís que habéis visitado a Herodes? –preguntó José. –Ah, sí. Quiere que volvamos y le informemos de vuestro paradero para que pueda garantizar la seguridad del niño. –Yo en vuestro lugar me iría directamente a casa –dijo José–. El rey es un hombre impredecible. A lo mejor se le mete en la cabeza castigaros. Nosotros le llevaremos al niño a su debido tiempo, no os preocupéis. Los astrólogos lo consideraron un buen consejo y partieron. José, entretanto, recogió deprisa y corriendo todas sus pertenencias y esa misma noche partió con María y los niños hacia Egipto, pues conocía el carácter voluble del rey Herodes y temía lo que pudiera hacer.

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La muerte de Zacarías E hizo bien. Cuando Herodes comprendió que los astrólogos no iban a regresar, montó en cólera y ordenó matar de inmediato a todos los niños menores de dos años en Belén y alrededores. Entre los niños menores de dos años estaba Juan, el hijo de Zacarías e Isabel. En cuanto se enteraron del plan de Herodes, Isabel se lo llevó a las montañas, buscando un lugar donde esconderse. Pero la mujer estaba mayor, no podía caminar mucho y, presa de la desesperación, gritó: –¡Oh, montaña de Dios, protege a esta madre y a su hijo! En ese momento la montaña se abrió y le ofreció una cueva donde refugiarse. Isabel y el niño estaban finalmente a salvo, pero no así Zacarías. Herodes sabía que había sido padre poco tiempo atrás y lo mandó llamar. –¿Dónde está tu hijo? ¿Dónde lo has escondido? –¡Soy un sacerdote atareado, Majestad! ¡Dedico todo mi tiempo a los asuntos del templo! El cuidado de los hijos es tarea de mujeres. Ignoro dónde puede estar mi hijo. –Te lo advierto… ¡di la verdad! Puedo derramar tu sangre si lo deseo. –Si derramas mi sangre, me convertiré en un mártir del Señor –repuso Zacarías, y sus palabras se cumplieron, porque fue asesinado en el acto. www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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