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Este libro se dirige fundamentalmente a tres de los actores principales en los que se asienta el escenario educativo (estudiantes, profesorado y familias), con el fin de esclarecer sus interrogantes y dudas, proporcionando herramientas de tipo pedagógico, metodológico o tecnológico para su resolución. Precisamente por ello, los autores del libro os invitamos a que pongáis en práctica algunos de los recursos proporcionados y, una vez aplicados, si os resultan útiles, intercambiéis opiniones sobre ellos entre los propios docentes y las familias. De esta forma podremos avanzar en esta apasionante experiencia que es enseñar.

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Juan Pedro Barberá - María Ángeles Chavarría

Educar es ponerse en la piel de cada estudiante, averiguar lo que necesita, dotarle de herramientas para extraer lo mejor de él o de ella, ayudarle a averiguar quién es y proporcionarle recursos para desarrollar las habilidades, propias e inigualables, con las que afrontar los retos que deberá abordar a lo largo de su vida. Y esta misión docente es mucho más grandiosa que limitarse a impartir un conjunto de contenidos, evaluar los resultados y poner una nota final que acabe “juzgando” unas capacidades a menudo engañosas. El problema está en que educamos para que asientan a las explicaciones de los docentes, para que realicen los mismos exámenes en los que exigimos respuestas idénticas... En definitiva, coartamos la creatividad y su iniciativa. Les decimos exactamente cómo tienen que pensar.

Juan Pedro Barberá Cebolla (Alfarp, Valencia). Doctor en Psicología de la Educación, Máster en Educación y TIC, licenciado en Psicopedagogía; con libros y artículos publicados sobre gestión del tiempo periescolar, estilos de aprendizaje, neuroeducación, uso de las TIC en el aula. Profesor en Universidad Internacional de Valencia y colaborador docente en Universidad Europea de Valencia, Universidad Oberta de Catalunya, Universidad de Nebrija, Universidad Isabel I y en Centros de Formación, Innovación y Recursos Educativos (CEFIRE) de la Comunidad Valenciana.

La cara oculta de la educación

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María Ángeles Chavarría (Jérica, Castellón). Doctora en Filología Hispánica, Máster en Psicología y Gestión Familiar y Máster en Comunicación, Publicidad, Marketing y Dirección Comercial; con más de cuarenta libros publicados, algunos premiados, entre poesía, narrativa, ensayo y otros géneros. Compatibiliza su labor pedagógica y literaria (visible en su blog mirarconpalabras.com) con su actividad como docente en varias universidades y entidades, así como profesora y directora del Máster Universitario en Formación del Profesorado en la Universidad Europea de Valencia.

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LA CARA OCULTA DE LA EDUCACIÓN


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


LA CARA OCULTA DE LA EDUCACIÓN

JUAN PEDRO BARBERÁ MARÍA ÁNGELES CHAVARRÍA

tirant humanidades Valencia, 2021


Copyright ® 2021 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

© Juan Pedro Barberá María Ángeles Chavarría

© Diseño de la portada: José Vicente Flordelís Barberá y Vicenta Raducanu © TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email: tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-18970-26-9 Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


A nuestros hijos, Joan, Guillem, Alejandra y Héctor, por todo lo que nos enseñan cada día; a nuestras parejas, Eva y Arturo, por compartir con nosotros esta aventura educativa; y a nuestro alumnado, futuros docentes artífices de una educación más emocional y emocionante.


“El maestro mediocre alecciona. El buen maestro explica. El maestro excelente demuestra. El mejor maestro inspira.” WILLIAM ARTHUR WARD


CONTENIDO Introducción: la cara oculta........................................................................... 13 Educación emocional...................................................................................... 17 Lectura experiencial........................................................................................ 31 Escritura como expresión............................................................................... 43 Comunicación oral.......................................................................................... 57 Creatividad aplicada...................................................................................... 69 Estrategias de aprendizaje. Pensamiento visual o visual thinking, mapas conceptuales y cómo plasmarlos mediante las TIC.......................... 81 Organización y gestión del tiempo de aprendizaje.................................... 95 Flipped Classroom: dale la vuelta a la clase enseñando desde la práctica...................................................................................................................... 109 Escape Room: el misterio y el desafío para aprender desde la lúdicogamificación.......................................................................................................... 119 Redes sociales.................................................................................................... 129 Enseñar y aprender a través del arte de saber preguntar y responder.... 143 Conclusiones: la cara nueva de la educación.............................................. 155 Bibliografía....................................................................................................... 159


Introducción: la cara oculta Innovar en educación no equivale a modificar la forma de enseñanza según las modas. No podemos propagar un espectáculo circense porque ahora “se lleven” las acrobacias en la clase. Ni tampoco multiplicar las actividades divertidas solo para entretenerles sin dotarlas de un sentido pedagógico. Educar es ponerse en la piel de cada estudiante, averiguar lo que necesita, proveerle de herramientas para extraer lo mejor de él o de ella, ayudarle a averiguar quién es y proporcionarle recursos para desarrollar las habilidades, propias e inigualables, con las que afrontar los retos que deberá abordar a lo largo de su vida. Y esta misión docente es mucho más grandiosa que limitarse a impartir un conjunto de contenidos, evaluar los resultados y poner una nota final que acabe “juzgando” unas capacidades a menudo engañosas. A lo largo de estas páginas expondremos nuestras reservas ante un sistema educativo anclado en el pasado y, salvo excepciones notables, con pocos visos de cambiar en su profundidad. Debemos poner el énfasis allí donde los alumnos lo necesitan realmente, allí donde nos necesitan y donde, por supuesto, debemos estar. Es muy sencillo opinar sobre educación, igual de gratuito que hablar sobre economía o política. Lo difícil es implicarse, hacer algo, por muy pequeño que sea, para llegar a tener esa educación que queremos, motivadora y eficaz. Quejarse es una cosa y ofrecer alternativas es algo muy diferente. Pero lo realmente importante es aplicar esas opciones. Lo que sí funciona es predicar con el ejemplo. Para ello, deberíamos preguntarnos: ¿qué hago yo como docente para provocar curiosidad en mis estudiantes?, ¿qué les propongo para que cada día quieran seguir aprendiendo?, ¿cómo me preocupo y extraigo lo mejor de cada cual hasta llegar a descubrir sus talentos?, ¿de qué manera me comunico con las familias para que, entre todos, contribuyamos al desarrollo emocional de cada persona?…


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Si no nos planteamos estas preguntas y no tratamos de resolverlas, seguiremos igual, entre queja y queja, sumidos en la cara oscura de la educación. Continuaremos igual que siempre, limitándonos a enseñar una retahíla de contenidos en vez de guiarles en la aventura de pensar por sí mismos, resolver sus propios problemas, discriminar la información recibida, comunicarse con asertividad para expresar su propia opinión desde el respeto a los demás, valorar la diversidad y aprender de ella, disfrutar de la lectura y extraer de ella sus conclusiones, debatir con argumentos sólidos, respetar el medio ambiente, planificar su trabajo y su ocio, investigar hasta descubrir todo aquello que les interesa, encontrar su pasión para desvelar a qué quieren dedicarse, ser ciudadanos comprometidos y solidarios… Todo ello requiere un aprendizaje y todos pueden compartir sus experiencias de un modo u otro para enriquecer al aula. El problema está en que educamos para que obedezcan y sean dóciles, para que asientan a las explicaciones de los docentes, para que realicen los mismos exámenes en los que exigimos respuestas idénticas… En definitiva, coartamos la creatividad y su iniciativa. Les decimos exactamente cómo tienen que pensar. ¿Qué ocurriría si un día les preguntásemos cómo quieren organizarse o qué les gustaría aprender? Probablemente nos sorprenderían. Pensamos que no querrían hacer nada; sin embargo, con la motivación y entusiasmo adecuados por parte del docente, la respuesta de los estudiantes puede dar muchas pistas sobre lo que esperan. Y sí, podemos educarles en la responsabilidad y utilizar sus temas de interés para renovar sus ganas de aprender. Los niños y adolescentes son curiosos por naturaleza. Entonces, ¿por qué algunos ven el centro escolar como una especie de castigo o incluso de cárcel? Nos seguimos quejando, excusándonos en que hay demasiados alumnos por aula, en que las familias no colaboran, en que los estudiantes no respetan nada… Es que… Es que… Es que… Y nosotros, ¿tenemos alguna responsabilidad? Volvemos a la eterna pregunta: ¿podemos hacer algo?


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De nada vale frustrarse ni repetir la manida frase de que “el sistema educativo está fatal”. No seamos catastrofistas. Simplemente, indaguemos en la cara oculta de la educación para devolverte entre todos y todas un rostro más humano, más diverso y más experiencial. No existen cambios sencillos. Ni tampoco lo son de un día para otro. Actualizar los planes de estudio lleva su tiempo y modificar las dinámicas de trabajo en el aula, más todavía. Comencemos, pues, por pequeñas actividades motivadoras y por ver a nuestros alumnos y alumnas de otra manera, con sus diferencias y particularidades, prestando atención a sus necesidades e ilusiones. Escuchándolos. Confiamos en que estas páginas resulten motivadoras y aporten alguna luz entre tanta incertidumbre.


Educación emocional “Sólo floreceremos si nuestras necesidades emocionales, en especial la necesidad de protección y afecto, están atendidas.” ELSA PUNSET “Si solo nos fijamos en el cociente intelectual desperdiciamos el talento.” JOSEPH RENZULLI

Después de muchos años valorando el coeficiente intelectual (CI) como único elemento para medir el éxito académico, parece que, por fin, se está poniendo de relieve la importancia de otro tipo de inteligencia, la emocional, para aprender a desenvolvernos ante situaciones adversas, resolver conflictos, superar dificultades, investigar, aprender y, en definitiva, ser personas más felices. Tener un CI elevado no garantiza, ni mucho menos, que vayamos a tener más y mejores amigos, ni contribuye a alcanzar un equilibrio emocional en la vida, ni tampoco nos asegura que sepamos resolver los conflictos que puedan surgir en la familia y con las personas de nuestro entorno más cercano. Por otro lado, pese a que, todavía hoy, tener un expediente académico brillante parece ser el equivalente a éxito profesional, sabemos que, como afirman Fernández-Berrocal y Extremera Pacheco (2005), “los abogados que ganan más casos, los médicos más prestigiosos y visitados, los profesores más brillantes, los empresarios con más éxito, los gestores que obtienen los mejores resultados no son necesariamente los más inteligentes de su promoción.” En efecto, la mayoría de las veces, han sido los estudiantes que han sabido cultivar las relaciones humanas, practicar deporte o colaborar con diferentes instituciones quienes mejor se han desenvuelto tanto en el ámbito personal como en el laboral. Y es que, como ma-


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nifiesta Peralbà (2015), basándose en los estudios de la neurociencia, “aprender es cosa de dos: corazón y cerebro”. Teniendo en cuenta todo esto, las instituciones y los centros educativos han reconocido, como suscriben Lopes y Salovey (2004), entre otros, la importancia de los aspectos emocionales y sociales en el aprendizaje, a fin de que los estudiantes estén preparados para adaptarse a un mundo cambiante y a los desafíos que en este se presentan. Según el modelo de habilidad de Mayer y Salovey (1997), la inteligencia emocional está configurada por cuatro componentes principales: • Percepción y expresión de emociones, para reconocerlas de forma consciente, identificar lo que sentimos y ser capaces de ponerle una etiqueta verbal. • Facilitación emocional, a fin de usar nuestras emociones para generar sentimientos que facilitar el pensamiento. • Comprensión de emociones, para integrar lo que sentimos y saber considerar la comprensión de los cambios emocionales. • Regulación de las emociones, con el fin de poderlas incorporar a nuestro sistema inteligente y, así, dirigirlas y manejarlas de manera eficaz. O bien, si preferimos hablar en términos de competencias, podemos decir, tal como han corroborado diferentes autores y han integrado en su trabajo García Fernández y Giménez-Mas (2010), que la inteligencia emocional se basa en las siguientes competencias: • Autoconocimiento: habilidad para conocerse a uno mismo y conocer las fortalezas y debilidades que tenemos. • Autocontrol: capacidad para controlar los impulsos, saber mantener la calma y no perder los nervios. • Automotivación: habilidad para actuar por uno mismo, sin la necesidad de ser impulsado por otros. • Empatía: competencia para ponerse en la piel de los otros para comprender la situación de los demás y sus sentimientos.


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• Habilidades sociales: destrezas para relacionarse con otras personas y para acercarse a ellas eficazmente a través de las dotes comunicativas. • Asertividad: aptitud para saber defender y expresar las propias ideas respetando las de los demás, para afrontar los conflictos y aceptar las críticas como un instrumento de mejora. • Proactividad: habilidad para tomar la iniciativa ante oportunidades o problemas, responsabilizándose de sus propios actos. • Creatividad: competencia para observar el mundo desde otra perspectiva, para afrontar y resolver problemas de forma diferente. Si bien todas ellas pueden incrementarse, en especial la creatividad a la que dedicaremos un capítulo, es difícil poseer un elevado desarrollo en todas las habilidades emocionales. Al igual que todos destacamos en alguna o en varias de las inteligencias múltiples de las que habla Gardner (2001), no en todas, tampoco poseemos las cinco competencias propuestas por Goleman (1996) referidas al desarrollo emocional: autoconciencia, autocontrol, automotivación, empatía y habilidades sociales. Ni las tenemos en el mismo grado. Todos conocemos a personas que tienen un elevado control de sus emociones, pero no son capaces de ponerse en el lugar de los demás ni de interpretar sus propios sentimientos o los ajenos; otras son capaces de automotivarse, pero no tienen la habilidad social de transmitir a los demás esa motivación; por otro lado, encontramos a quienes tienen una inmensa capacidad empática y siempre encuentran el modo de ayudar a los demás, pero se sienten incapaces de manejar sus propias emociones. Lo que sí podemos hacer es mejorar cada parcela en la que nos sentimos menos competentes emocionalmente hablando. Y ahí, si pensamos en nuestros alumnos, radica nuestra misión como educadores. Nuestro compromiso, insistimos, debería ir más allá que el de transmitir meros conocimientos. Educar no solo implica formar


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en el campo conceptual sino en fomentar otro tipo de habilidades y destrezas para que nuestros alumnos tengan una actitud emocionalmente inteligente. De hecho, como corrobora Fernández (2016), “en el medio educativo es importante el componente afectivo, expectativas y valoraciones incluidas desde la teoría cognitiva”. Para trabajar todo lo citado anteriormente, lo primero que debe cambiar es la actitud del profesorado. Hemos de ser conscientes, como indican tanto Bisquerra (2008) como J. M. Maganto y C. Maganto (2011), de que “los valores y las emociones son fundamentales para el aprendizaje, por ello han de tenerse en cuenta y potenciarlos.” Es evidente que, si queremos fomentar la percepción emocional de nuestro alumnado, para que identifiquen sus sentimientos y los ajenos, deberemos mostrarnos receptivos para conocer su estado de ánimo y, de ese modo, incrementar nuestra propia percepción emocional como docentes. No es suficiente con preguntar “¿Qué te pasa?” Sin ánimo de inmiscuirnos en asuntos que a veces les cuesta compartir, sí podemos y debemos mostrar que nos importan y que estamos ahí para escucharlos, no solo para transmitirles conocimientos. A veces, las preguntas pueden formularse de otro modo, si no obtenemos respuesta por parte de un alumno desmotivado. Un “¿Te noto hoy menos concentrado? ¿Has descansado bien?” o “¿Hay alguna cosa que te preocupe? Creo que tu cabeza está en otro sitio” invitan, si no siempre a un diálogo, a un acercamiento emocional que resulta contagioso, genera un buen clima y se asume como propio en las relaciones entre compañeros. Sentirse queridos, comprendidos y valorados obra maravillas en el aprendizaje. Mucho más que prodigar castigos continuamente por una falta de atención y concentración, por otro lado muy común, especialmente en la adolescencia. De hecho, como han demostrado López-Cassà, Pérez-Escoda y Alegre (2016) en su estudio, existe una relación directa entre la competencia emocional y la satisfacción con la vida en los estudiantes de Educación Secundaria.


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