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tirant humanidades Ciudad de MĂŠxico, 2016
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El extraño caso de la madre abogada Dani Torrent Primera edición mayo 2015 Edicions Cal·lígraf - Figueres, 2015 © del texto Dani Torrent © de las ilustraciones Dani Torrent © de la maquetación Jaime Vicente
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EDITA: TIRANT HUMANIDADES DISTRIBUYE: TIRANT LO BLANCH MÉXICO Río Tiber 66, PH Colonia Cuauhtémoc Delegación Cuauhtémoc CP 06500 Ciudad de México Telf: (55) 65502317 infomex@tirant.com www.tirant.com/mex/ www.tirant.es ISBN: 978-84-16556-44-1 Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.
La redacción
Anteayer el maestro nos volvió a dejar tarea, y me temo que el asunto se está convirtiendo en una costumbre. Cada día, cuando llegamos a casa parece que estemos entrando en la escuela de nuevo. Abrimos la mochila, sacamos el cuaderno y, ¡órale!, a seguir haciendo Mate, Español, Ciencias Naturales o lo que el profe haya tenido la ocurrencia de hacernos hacer. Por eso cuando hace dos días el maestro nos puso a escribir una redacción sobre el trabajo de uno de nuestros padres, ni se me pasó por la cabeza que esa tarea nos llevaría a correr las aventuras que les voy a contar. Habíamos tenido Español a primera hora de la mañana y ya nos habían cargado de trabajo, 9
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pero ya se sabe, cuando suena la sirena del recreo nos olvidamos de todo y salimos corriendo con un ímpetu y una felicidad que cualquiera diría que es la primera vez en la vida que vemos un patio. Entre empujones y codazos conseguimos salir todos por la puerta —¿a nadie se le ha ocurrido hacerlas un poco más anchas?— y una vez fuera allí nos reunimos mis tres mejores amigos y yo, los cuatro jinetes de «la Poca Lipsis», o algo así, que es como nos llama el maestro cada vez que intentamos resolver uno de nuestros casos. Y es que nosotros, los de «la Poca Lipsis», somos detectives. —Bueno, colegas —dijo mi amiga Yoli—, el caso no se presenta demasiado complicado. Todos sabemos qué trabajo hacen nuestros padres, ¿verdad? 10
LA REDACCIÓN
Todos nos acariciábamos la barbilla y poníamos cara de detectives concentrados. —Mi mamá es secretaria y se pasa el día ayudando a un pobre señor que creo que no sabe ni sumar ni llamar por teléfono. Y mi padre, que ya no vive con nosotros, es transportista. A veces me viene a buscar con el camión. Desde allí arriba, los otros coches parecen cucarachas. Yo escribiré la redacción sobre mi padre, ¡porque el suyo es el trabajo más importante del mundo! Hace que todo llegue a su sitio, y si no fuera por él no tendríamos ni fruta, ni zapatos ni estos dulces tan ricos, ¡que los hacen hasta la conchinchina! Yo cuando sea mayor, aparte de detective, seré camionera.
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Rashid nos dijo que sus padres, los dos, trabajan en un hospital, y que hacen que la gente se cure. Si no fuera por ellos todo el mundo estaría siempre enfermo y ni el padre de Yoli ni nadie podría llevar nada a ninguna parte.
—Con todos los respetos, detective Yoli, el trabajo de mis padres es el más importante —dijo—. Yo cuando sea mayor seré ¡médico y detective! —O sea, ¡no puedo creer lo que estoy oyendo! —dijo Piluca con su voz nasal—. El trabajo de mis padres ¡es el más importante de todos! Ellos tienen una boutique, que es como una tienda de ropa pero para gente súuuuper fina. Y si no fuera por ellos todos irían vestidos como unos corrientes. Pero yo cuando sea mayor seré algo aún más importante… ¡Seré modelo! 12
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Porque son guapas y famosas… Y detective, claro. Yo les escuchaba sin decir nada. Y es que, aunque es cierto que mi padre es cocinero y todos sabemos lo importantes que son, mi madre es abogada y no acabo de saber muy bien qué hace. Va siempre arriba y abajo con un maletín lleno de papeles que no deja leer a nadie. Todo un poco raro. ¿Cómo podía saber yo si quería ser abogado? ¿Sería el único que de mayor ha-
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LA REDACCIÓN
ría sólo de detective? Así que me dirigí al grupo de la siguiente manera: —Queridos compañeros de la Poca Lipsis, el verdadero misterio que se nos presenta, el caso que debemos resolver, no es saber qué hace un transportista, un médico o un vendedor de ropa fresa (con perdón). Mi madre, esa señora que vive conmigo, que me prepara el desayuno y me peina cada mañana, ¡esa mujer es el verdadero misterio! —¡Claro que sí! Una madre muy sospechosa —dijo Yoli—. Yo no me fío de los abogados. Hicieron que mis padres se separaran. Sólo quieren meterte en problemas y sacarte dinero. Es lo que siempre dice mi padre. —Pero, ¿tú no ves la tele, o qué? —respondió Rashid—. ¡Hay abogados que son muy listos y meten en la cárcel a los malos y salvan a los buenos! —¡Y son taaaan elegantes! —dijo Piluca—. Sé abogado, plis. —Y sonrió enseñándome todos los dientes, como hacen las modelos. 15
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—¿Por qué no sé nada de su trabajo? —me preguntaba yo—. ¿Por qué pasa tanto tiempo fuera de casa? ¿No esconderá algo en su maletín negro? Rashid sacó de su bolsillo una pequeña libreta y, mientras tomaba notas, mascullaba: interesante, detective Ramón, tenemos un caso interesante… No nos podemos quedar con los brazos cruzados —dije—. Esta noche mi padre estará trabajando en el restaurante y yo me quedaré en casa con mi madre. Será el momento ideal para que le saque toda la información que pueda. —Muy bien, detective Ramón —dijo Yoli— pero, cuidado, que no sospeche nada. Ya teníamos un plan, que es lo que hace falta siempre para resolver un caso. Sonó el timbre que anunciaba el fin del recreo. Antes de volver a clase gritamos nuestro lema: «¿Quién tiene menos Lipsis que nosotros?», preguntó Rashid. Y todos respondimos: «¡Nadie!».
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Ya entrando en clase, como cada día y para endulzar las horas de duro trabajo que aún nos quedaban, Yoli sacó unas golosinas y nos las repartió. —Saboréenlas bien, ¡son las últimas! —y guardando un minuto de silencio por la tienda de caramelos que acababa de cerrar y masticando como camellos, fuimos entrando en clase. Aquel día creo que no me enteré de mucho más de lo que hicimos en clase, algo sobre ríos o sobre reyes, creo, aunque tal vez hicimos matemáticas… El caso es que no podía quitarme de la cabeza el misterioso maletín negro de mamá, esa desconocida, cada vez más rodeada de interrogantes. ¿Y si Yoli tenía razón? ¿Y si mamá escondía algo serio?
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El interrogatorio
Cuando finalmente llegué a casa ella aún no había vuelto. Pero había venido la abuela Felisa, acompañando del kinder al Monstruo que tengo por hermana. ¡Qué buena oportunidad para obtener información valiosa de la persona que más conocía al sujeto investigado, llamémosle X o mamá! Me acerqué sigilosamente y, conociendo el manual del buen interrogador, con mi cara más inocente le dije: —¡Ay, abuelita, cuánto te quiero! —ella me miró sorprendida—. Mamá pasa mucho tiempo fuera de casa, ¿verdad? ¿Tú sabes dónde va?
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—Ay mijo, ¿qué mosca te ha picado? Ven, que te daré de merendar. La típica táctica disuasoria de la tercera edad. Yo persistí en mi interrogatorio: —¿Tú sabes qué está haciendo? —¿Pues qué va a hacer? Pues lo que hacen los abogados.
Qué mujer tan astuta, ni una sola pista me daba. La segunda virtud más importante para el investigador es la inteligencia, pero la primera es la perseverancia. Así que me disponía a continuar el hábil interrogatorio cuando un factor imprevisto desbarató mis planes: ¡el Monstruo! Estrellita, mi hermana, se había puesto el tutú 20
EL INTERROGATORIO
¡Peligro! Sabía que se me acababa el tiempo, así que me dejé de rodeos y quemando mis últimos cartuchos fui directo al grano: —Abuelita Felisa, ¿qué hacen los abogados? ¿Son buenos o malos? ¿Por qué…? —No pude acabar la frase. Estrellita había empezado su representación llena de saltitos y arabescos irritantes, y a cada movimiento mi abuela aplaudía y decía «¡qué artistaza!». Sabía que a partir de entonces cualquier esfuerzo por obtener una respuesta coherente de mi abuela resultaría totalmente inútil.
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Me senté ante la tele a esperar pacientemente a que mamá llegara a casa. Había visto ya varios capítulos de Doraemon y de Dragon Ball cuando finalmente oí la llave introducirse en la cerradura, se abrió la puerta, y entró el maletín acompañado de mamá. Estrellita fue corriendo a abrazarla, pero después de cuarenta minutos de incesante ballet para abuelas, fue fácil para mí llegar antes que el Monstruo: —¡Ay mamá, cuánto te quiero! —le dije, siguiendo el manual del interrogador, mientras con golpes de cadera evitaba que Estrellita se le tirara al cuello. Después de una frenética batalla de besos y cariños del Monstruo contra mí para conseguir la atención de mamá, ésta, aprovechando un momento de respiro, consiguió zafarse de nosotros y se atrincheró en el baño. Estrellita volvió al ballet. —Yo también los quiero —la oí decir desde dentro—. ¿Qué tal la escuela, Ramón? ¿Qué han hecho hoy? —Bien… ¿y tú? —oí la ducha dentro del baño—. ¿Has hecho cosas muy importantes, mamá? —dije gritándole a la puerta. 22
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—Bueno, sí… hoy tuve un juicio, estoy muerta. ¡Y mañana, otro! —Ah, ¿y ganaste o perdiste? La puerta se abrió y mamá salió con el albornoz puesto. Se fue a su habitación. Yo la seguí.
—Bueno, ni ganamos ni perdimos. Los juicios no son un concurso y las cosas son más complicadas. A veces ni se gana ni se pierde, porque hay un montón de circunstancias que hacen que las cosas no sean del todo blancas o negras, sino algo intermedio. —Hummm… seguro que había perdido, pensé. 24
EL INTERROGATORIO
—Pero si tú defendías a un inocente deberías haber ganado —le dije. —Bueno, inocente, inocente, no era, je, je. —Un escalofrío me subió desde el estómago. ¿Estaba entendiendo bien lo que mamá me estaba diciendo?—. Algo sí había hecho, así que llegamos a un acuerdo con la acusación. Fue lo mejor. ¡No daba crédito! Empecé a tartamudear: —Pero, pero, pero… —hasta que por fin pude decir: —¡Pero, tú defiendes a delincuentes! —¡Dios mío, había vivido toda mi vida con una cómplice! Por lo visto Yoli tenía razón respecto a los abogados—. ¿Y mañana, a quién defiendes, a un asesino, a un ladrón? —Ay, Ramón, con qué cosas me sales a veces… pues, nada de eso. —Mamá se había puesto la bata y se fue a la cocina. Había dejado el maletín en su habitación. Tal vez si lo abriera encontraría pistas muy importantes. —Bueno, ¡al menos también defiendes a inocentes! —le grité, mientras me peleaba con el cierre de seguridad. Desde la cocina oí que me 25