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Literatura Mondador i, 467
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Belén Gopegui (Madrid, 1963). En 1993, la editorial Anagrama publicó su primera novela, La escala de los mapas. La siguieron, entre otras, Tocarnos la cara (Anagrama, 1995) y La conquista del aire (Anagrama, 1998), adaptada al cine en 2000 por Gerardo Herrero con el título Las razones de mis amigos. Escribió con Ángeles GonzálezSinde el guión de La suerte dormida y, ya en solitario, el guión de El principio de Arquímedes. En 2001 publicó Lo real; en 2004, El lado frío de la almohada; en 2005 apareció la pieza teatral Coloquio en el libro coral Cuba 2005. En 2007 publicó la novela El padre de Blancanieves, y en 2009, Deseo de ser punk. Sus novelas han sido traducidas a numerosas lenguas.
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Barcelona, 2011
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Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento - No comercial - Sin obra derivada 3.0. (CC BY-NC-ND 3.0)
Diseño de la cubierta: departamento de diseño Random House Mondadori Cita de la contracubierta: Mercedes Soriano. Historia de no. Madrid, 1989 Imagen de la cubierta: © Getty Images © 2011, Belén Gopegui © 2011, de la presente edición en castellano para todo el mundo: Random House Mondadori, S. A. Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona Primera edición: mayo de 2011 Printed in Spain – Impreso en España ISBN: 978-84-397-2467-4 Depósito legal: B.16.729-2011 Fotocomposición: Fotocomp/4, S. A. Impreso y encuadernado en Cayfosia Impresia Crta. Caldes, Km. 3 08130 Sta. Perpetua de Mogoda GM 2 4 6 7 4
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A la memoria de Antonio Estevan, Javier Matía y Mercedes Soriano. A rebelion.org
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Debo echar mi suerte con quienes, siglo tras siglo, con astucia, sin poder extraordinario alguno, rehacen el mundo. Adrienne Rich, Recursos naturales (Traducción de Miriam Díaz-Diocaretz)
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Enero La luz de las farolas atravesaba las copas de los árboles y ascendía cada vez más débil. Los pisos altos quedaban sumidos en la oscuridad componiendo un segundo Madrid, varado en sombras, una extensa atalaya desde donde presenciar la intemperie de los cuerpos que aún y hasta el amanecer seguían desplazándose de un lado a otro por las calles encendidas. En esos días el sistema integrado de interceptación de telecomunicaciones se encontraba operativo para un elevado porcentaje de las conversaciones telefónicas, mensajes cortos e intercambio de datos electrónicos. Desde diferentes salas distribuidas por todo el país, usuarios autorizados de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado accedían a la información almacenada en los dos centros de monitorización. Los bits viajaban por cables y por ondas. De cerebro a cerebro una suave neblina de gotas pequeñas, imaginarias, se extendía por la ciudad, atravesaba rejillas y ventanas y entraba en los corazones. En la terraza del piso nueve de un edificio de ladrillo situado en la zona norte de Madrid, una mujer vestida con blusa marfil y pantalón negro dejaba vagar la mirada lejos de los centros comerciales y las zonas arboladas, por los campos de la noche. El contacto del aire helado estremecía su ánimo. Como el aguijón de una avispa pero más suave y duradero, la vicepresidenta del gobierno sentía en su pecho el dolor de algunas de las cosas que no hizo. Era cerca de la una. La vicepresidenta volvió enseguida al interior de la casa, a la 13 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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pequeña mesa de madera de haya donde tenía su ordenador portátil. Aunque nunca compraba nada por internet, ni siquiera una canción, a veces, para descansar la mente, miraba toda clase de catálogos. Casas en las islas Gambier. No tenía intención de alquilar una, tampoco de visitar el archipiélago, pero durante, quizá, diez segundos se veía en aquellos porches al borde de la playa, sin furias ni penas. Todo empezó en la tercera casa. La f lecha se movió sin que ella hubiera tocado el ratón. Pensó que lo había imaginado. Cerró el portal de venta de casas. Adiós, islas. Luego cerró el navegador y se recostó en la silla. En la penumbra del salón se permitió desmadejar el cuerpo, relajar los brazos, apoyar los talones en el suelo y que los pies girasen cada uno en dirección opuesta. Pero enseguida la f lecha comenzó a danzar. La vicepresidenta se incorporó despacio, aproximó de nuevo el sillón a la mesa y sujetó el ratón con la mano. La f lecha siguió moviéndose completamente fuera de su control. Exploraba carpetas y abría y cerraba documentos. Soltó el ratón. Ahora su mano izquierda reposaba en el brazo de la silla y la derecha tamborileaba con suavidad sobre el cristal frío de un vaso de limonada. No soy yo, seguro. Leyó la hora en el ordenador: 01.10. Dos o tres noches por semana, cuando el sueño tardaba en llegar, la vicepresidenta abría el portátil y navegaba sin rumbo. –De manera que no conoce mis costumbres –se dijo en alto. Quien quiera que estuviese controlando su ordenador en ese momento parecía hacerlo como si estuviera seguro, o segura, de que no había peligro de ser descubierto. Pero lo hay. ¿Aviso al jefe de gabinete? ¿Al servicio informático? Lo segundo le parecía más adecuado. Sin embargo, de momento no iba a llamarles; prefería seguir mirando la actividad de la f lecha. Había abierto una ventana negra y escribía palabras en clave, códigos que ella desconocía. Anotó algu14 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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nos en un post-it. Imaginó con toda nitidez el titular en la prensa, el vídeo de YouTube, los comentarios en los blogs sobre lo fácil que había sido hackear el ordenador personal de la vicepresidenta. Y se encogió de hombros. Soportaría un escandalito más, como sus fotos en bañador circulando por todo el mundo, como el día en que la filmaron de espaldas paseando cogida de la mano con una vieja amiga. Es mi ordenador privado, no contiene datos que puedan comprometer al gobierno, ni a mí, así que no pienso montar un número ahora llamando a nadie. No tengo documentos de trabajo, fotos extrañas, he borrado los escritos personales. El historial, quizá, la lista de las páginas que he visitado en los últimos veinte días. La vicepresidenta trató de recordar si en esa lista había algo impropio. Estuvo tentada de abrir el navegador y repasarla, o quizá borrarla de una sola vez. Pero si lo hago, sabrán que estoy mirando. Como si la hubiera oído pensar, la f lecha cerró una última carpeta y se detuvo. ¿La persona que ha estado moviéndola seguirá ahí, agazapada, o se habrá levantado para asomarse a la ventana y fumarse un cigarrillo? Puede que haya apagado su ordenador y cortado toda comunicación. La vicepresidenta bebió un poco de limonada, despacio. Luego se echó una gruesa chaqueta de lana por los hombros y, con el vaso en la mano, salió de nuevo a la terraza. Una mesa de madera y seis sillas con anchos brazos evocaban la presencia de amigos, noches bulliciosas de copas y charla hasta el amanecer. La vicepresidenta se sentó y puso la limonada sobre la mesa. Oía un duelo de ladridos. Mientras contemplaba algunas estrellas de luz muy débil, añoró el leve olor del jazmín que en primavera crecía a su izquierda. El cielo parecía expandirse en todas direcciones; la vicepresidenta se sintió ligeramente conmovida, como si esa vasta extensión la protegiera. Dedicó un par de minutos a pensar 15 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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en la f lecha. Su presencia debería ofenderla, o enfadarla, inquietarla cuando menos: alguien vulneraba su intimidad cometiendo un delito. Pero no estoy ofendida, ni enfadada. Un golpe de viento helado envolvió su cuerpo. Notó cómo el frío recorría su piel, quebrada ya por los años, parecida a la corteza del pan y, sin embargo, afinada, precisa. El rumor sordo de los coches le trajo brazos cogidos al volante, chaquetas con el olor de la jornada, tal vez el sonido de un bajo acariciando la tapicería. Pensó en las vidas que podían resultar modificadas por una decisión suya. Quiso restar importancia a esa idea, la alejó. Con los ojos cerrados, Julia Montes empezó a repasar su agenda del día siguiente. Cuando regresó al interior de la casa vio el salvapantallas negro. Movió el ratón. Sus carpetas, sus iconos, todo parecía estar quieto ahora, y la f lecha le obedecía. La vicepresidenta se sentó. Iba a apagar el ordenador pero primero se dirigió a la f lecha, o quizá a ella misma hacía muchos años, cuando leía novelas de aventuras, cuando soñó ser el capitán Tormenta, cuando todo estaba a punto de empezar: –¿Quién eres?
Junio del año anterior Siete meses antes, a las siete y media de la mañana: –Hola, abogado. ¿Te acuerdas de daemon05, aka Crisma? –¿Qué pasa? –Me han detenido. –Yo ya no me ocupo de estas cosas, lo sabéis. –Por favor. –Te doy el teléfono de Juan. O le llamo yo. –Quiero que seas tú. Por favor. De pie, con el teléfono inalámbrico en la mano, el abogado miraba por la ventana del dormitorio. Había un deje imperativo en la voz del chico, una urgencia que el aboga16 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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do no recordaba. Sintió curiosidad y al mismo tiempo cansancio. –Iré. ¿En qué comisaría estás? Abajo, en la calle, un gato corrió a esconderse debajo de un coche. ¿De qué huía? Calentar el agua, camisa, café, periódico de ayer, lavado de dientes. En el ascensor le saludó su imagen, un cuerpo recio bajo el traje claro, el pelo a punto de estar largo, la mirada en stand-by, un mínimo destello al fondo, un piloto de luz que mantenía vigilante. Tenía que resolver algunos asuntos y no llegó a la comisaría hasta pasadas las diez. Como conocía al oficial de policía, bajó con él a los calabozos. Cuatro detenidos más acompañaban al chico en una habitación de paredes anaranjadas. En lugar de camas o sillas, unos salientes en los muros a modo de bancos; al fondo, lavabo y retrete apenas protegidos por un tabique de media altura. Un hedor tenue pero penetrante parecía brotar del suelo. La luz f luorescente, muy débil; en la puerta, un ventanuco. Demasiado calor. Le dejaron a solas con el chico en la sala de interrogatorios. –Tú dirás. –Fue una estupidez. Había entrado en Red Eléctrica y probé a mandar órdenes de generación de corriente, midiendo la tensión en las tomas del cuarto con un multímetro. Funcionaba. Tenía que haberlo dejado ahí pero al día siguiente volví a probar. –¿Por qué? ¿Qué buscabas? –Mi multímetro indicaba que no había habido ninguna bajada de tensión sobre el valor inicial. Me confié. Si desde control nadie compensaba esa subida momentánea significaba que no habían reparado en ella. El chico levantó los hombros muy deprisa. –No me has contestado. –No buscaba nada, ejercitar los dedos. Tú sabes cómo es esto. –¿Qué te han dicho? –preguntó el abogado. 17 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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–Hay una denuncia de Red Eléctrica. Según ellos, el fiscal podría pedir siete años de cárcel. ¿Es verdad? –No, no. ¿Dónde estabas cuando entraste? –En casa. El multímetro estaba averiado, si no nunca habría cometido este error. El chico volvió a levantar los hombros, levemente, no parecía un tic sino una seña, como las treinta al punto del mus. Luego miró hacia la puerta. –¿Estás cansado? –le preguntó. –Sí, bastante. –Hablaremos cuando salgas, entonces. Espero conseguir que te dejen en libertad con cargos. –Gracias. –No te hagas ilusiones. Pasarán varias horas hasta que puedas irte. ¿Quieres que llame a alguien? –No. –¿A tu trabajo? ¿A tus padres? –No, gracias. Soltaron al chico a las nueve de la noche. El abogado salía de su trabajo en ese momento. Habló con él por el móvil, parecía sereno. El juicio no sería hasta dentro de varias semanas o quizá meses, quedaron en verse pasados unos días. Luego el abogado buscó un locutorio en un barrio lejos del suyo. El dueño estaba mirando una película en la pantalla. El abogado sacó del bolsillo de la chaqueta un live cedé hecho a medida. Aquel era su mejor momento. Desde que conoció al chico no había dejado de saltar vallas electrónicas, fronteras que él imaginaba negras con el código escrito en luz verde. Disponía de tiempo y esfuerzo, y eso le había permitido ir subiendo de nivel sin detenerse. Nadie sabía que le gustaba. Nadie esperaba nada de él, los dueños de esos locutorios no retenían su cara porque nunca volvía. El chico había sido su mentor. Llegó a él tras haber entrado en varios foros pidiendo ayuda. Para defender a un cliente acusado de un delito informático necesitaba enten18 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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der qué había hecho exactamente. Le enseñaron, logró que el cliente fuera absuelto y ya no quiso dejar ese mundo. Empezó desde cero, siguiendo paso a paso las indicaciones del libro El entorno de programación UNIX . Después vinieron los ezines y luego los retos que le proponía el chaval. No buscaba trucos sino hacer las cosas entendiendo cómo se hacían. A pesar de ser de letras, aprendió a encontrar la vulnerabilidad, a atravesarla como una puerta disimulada en la pared. Aunque nunca dejó de sentirse un extraño en la escena. Esos chicos, los demás, habían cruzado la adolescencia jugando en máquinas que ahora parecían prehistóricas pero que tenían el encanto de haber sido pioneras. Cerrados tras la puerta de su cuarto, de noche, oyendo de vez en cuando el módem como un sónar submarino, llegaron a sentirse pequeños dioses con acceso a centrales remotas donde se controlaba el poder, el ejército, el conocimiento. Él les sacaba casi quince años. En su casa nunca hubo ordenadores, ni unos padres que supieran lo que eran, ni un cuarto propio. Y además él era un simulador, no pertenecía a ningún sitio; por eso fingió abandonar. El abogado salió del locutorio pasadas las dos. Ya habían cerrado el metro, pero no buscó un taxi sino que anduvo por las calles, conocía la oscuridad. Vigilantes jurados, guardias, escoltas, él trabajaba en el filo de la violencia física legal. Defender a esos hombres era su aportación al furioso mundo incomprensible. En cambio, la llamada del chico se le antojaba una interrupción, un tajo inoportuno dentro del tiempo. Aquella filosofía blanda que él mismo llegó a usar en sus alegatos, según la cual los hackers no eran sino chicos estudiosos aprendiendo a programar en sus habitaciones, nunca le convenció. Existían esos tipos, hackers modelo Heidi o hermana de la caridad que penetraban en un sistema informático sin permiso de acceso y dejaban un mensaje al administrador, explicándole los defectos de configuración y la forma en que habían conseguido entrar. Pero no eran hackers 19 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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por dejar ese mensaje, sino por haber entrado sin autorización. Eso era también lo que él hacía cuando iba a los locutorios, entrar sin permiso en los sistemas, ser el intruso durante unas horas. En cambio, el chaval y sus amigos le recordaban demasiado a los universitarios de Yomango que decían robar como «protesta al sistema», y cuando desmagnetizaban una alarma se creían diferentes. ¿Por qué vuelves ahora, chico? ¿Ya no recuerdas que yo defiendo al segurata, al que te lleva al rellano de unas escaleras por donde no pasa nadie y te acojona y te registra y se juega su puesto si no te encuentra nada? No lo recuerdas o quizá no lo sabes. Tampoco os dije nunca que mi padre era un poli, como el que habrá tenido que lidiar con Red Eléctrica y con su superior y quemarse las pestañas leyendo la telemetría para saber quién coño eras tú. El abogado atravesaba las calles recalentadas por los motores de aire acondicionado. Vio pasar a una mujer sola, andaba deprisa, el vestido ceñido, el ruido suave de unas sandalias planas contra el suelo. Pensó en su casa con dos cuartos vacíos, para invitados, para sus otras vidas. Cuartos disponibles como él mismo. Yo no soy nadie, chico, supongo que por eso me has llamado.
Enero Después de tres reuniones, la vicepresidenta dispuso de media hora tranquila en su despacho, necesitaba leer multitud de papeles y documentos. Se le pasó por la cabeza buscar en Google el código que había copiado la noche anterior, o algo de información acerca de esos ordenadores llamados zombis, pero lo descartó. Si lo hacía quedaría constancia de su búsqueda y no deseaba compartir con nadie lo ocurrido, por el momento. El ejercicio del poder se caracteriza, entre otras cosas, por un continuo ir y venir de secretos que hay que administrar. 20 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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Secretos retenidos, secretos para ir soltando muy lentamente, secretos compartidos por un núcleo mayor o más pequeño, secretos troceados. Hay que tenerlos en la cabeza recordando cuál es su radio de acción, quiénes saben, quiénes pueden llegar a saber, quiénes no deben conocerlos bajo ningún concepto. En cuanto a su f lecha, se trataba, por ahora, de un secreto solo suyo, y así quería mantenerlo. No tenía tantos. Por motivos de su cargo, tanto su salud como sus relaciones personales, gastos, negociaciones, viajes, indumentaria, planes, eran puestos en conocimiento de otras personas. Durante la comida con algunos miembros de su equipo, la vicepresidenta se las ingenió para llevar la conversación al terreno de los ordenadores zombis sin llamar la atención. Pronto una persona hizo la pregunta que ella necesitaba: –Cuando se apoderan de tu ordenador y lo convierten en un zombi, ¿hay alguna manera de darse cuenta de ello? –dijo Carmen, la directora de comunicación. –Sí y no –contestó la mano derecha de su anterior jefe de gabinete, un treintañero aficionado a la informática quien pronto la abandonaría, pues había sido reclamado por el presidente–. Los ordenadores son capaces de ejecutar más de una cosa a la vez. Mientras estás escribiendo en tu procesador de textos tienes otra aplicación abierta que, de vez en cuando, mira a ver si tienes correo o si alguien te ha escrito por el chat, etcétera. A esos otros procesos, que se ejecutan en el trasfondo, se les llama «demonios». –¿Por qué «demonios»? –Todo empezó con un experimento con gases. Un tipo imaginó que, si hubiera una pequeña criatura, y la llamó «demonio», capaz de seleccionar las moléculas en movimiento según su velocidad, podríamos llegar a romper el segundo principio de la termodinámica, ese que prohíbe que entre dos cuerpos de diferente temperatura se transfiera calor del 21 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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cuerpo frío al caliente. A los programadores les gustó la imagen de la criatura que trabaja en el trasfondo. –¿Y un zombi es un demonio? –preguntó el jefe de gabinete. –Para decirlo más exactamente, un zombi es un ordenador que ejecuta un demonio ajeno a su sistema, colocado por un tercero, por lo general vía virus o al cargar una página web que explota vulnerabilidades. Aunque el nombre hace pensar lo contrario, el ordenador zombi se presenta como perfectamente normal a su usuario. En corto: que tu ordenador o el mío pueden ser ahora mismo zombis y nosotros no saberlo… –Pero… ¿se nota algo? –preguntó la directora de comunicación. –Depende del nivel de información del usuario, y de lo discreto y camuf lado que sea el demonio, cosa en la que su creador habrá puesto el suficiente empeño si quiere que su red de zombis perdure. Teniendo en cuenta el sorprendentemente alto número de redes de zombis conocidas y, en consecuencia, de ordenadores infectados…, un usuario normal no lo nota a no ser que su antivirus lo delate. Lo que no siempre ocurre, o más bien casi nunca. –Hay una combinación de teclas para ver esos demonios, ¿no? –dijo el jefe de gabinete. –Sí y no. En Windows, si tecleas a la vez Control-AltDel, te sale el Administrador de Tareas. Pinchas en la pestaña de procesos y verás decenas de demonios legítimos, propios de tu sistema. Pero puede que haya alguno invitado, que no se llamará «zombi1.exe» sino algo del tipo «syscmd.exe», idéntico o muy parecido a otros varios demonios que sí son propios. –Habrá formas de comprobar a qué corresponde cada proceso –dijo la vicepresidenta. –Las hay, solo que requieren más conocimientos de los que suele poseer un usuario no experto. Y también hay he22 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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rramientas para enmascarar un proceso haciéndolo casi invisible. La vicepresidenta miraba los chipirones como si fueran aves o pequeños cuerpos de alienígenas. Depositó los cubiertos juntos, dando el plato por terminado. En su cabeza, problemas aún sin resolver y tareas pendientes se desplazaban con dificultad en medio del cansancio. Uno de esos demonios trabaja pero no para tener un programa de ordenador abierto sino para ir gastando mi cuerpo, mi resistencia, mi capacidad de concentración. Pidieron los postres, ella eligió fresas con zumo de naranja. La conversación giraba ahora en torno a los usos habituales de una red de zombis. Mil ordenadores, decían, con un demonio que te obedece y al que mandas instrucciones del tipo: «A lo largo de las próximas veinticuatro horas envía este mensaje spam a estas cien personas». Hecho así, la operadora de cada uno de esos ordenadores no lo nota, mientras que sí lo haría si enviases cien mil mensajes desde un único ordenador. La vicepresidenta pensó en su f lecha: ha abandonado el trasfondo, como buscando que yo la vea. La hora del café era su tiempo libre. Todos sabían que ella no tomaba y la dispensaban de estar presente en la sobremesa hasta el final. Sin dar ninguna explicación, siguiendo la rutina convenida, abandonó el pequeño comedor privado y se retiró a su despacho. Una vez allí, cerró los ojos unos minutos, un sueño breve que renovó sus fuerzas. Al despertar, se dirigió al vestidor. Debía cambiarse de ropa para asistir a la inauguración del Cuarto Congreso Europeo de Personas con Discapacidad. Eligió una chaqueta azul prusia de corte recto, con cuello de chimenea para disimular la edad, implacable detrás de la tela. El pantalón, del mismo tejido que la chaqueta y de un azul algo más fuerte; ambas prendas lisas, pensadas para afianzar su imagen de figura cerrada, sin fisuras. Algunos modistos insistían en re23 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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comendarle telas estampadas, pero ella siempre las rechazaba con un ademán discreto y firme. Los estampados poseían connotaciones relacionadas bien con la intención de aportar un toque de fantasía al mundo, bien con la voluntad de plasmar la propia personalidad o intereses. Somos mucho más vulnerables con estampados, pues contamos más historias, voluntariamente o no. Colores lisos, superficies sin agujeros. La vicepresidenta no quería contar ninguna historia sino aparecer ante las cámaras de televisión, los fotógrafos y el público, como una figura compacta, capaz de proteger. Mientras se ponía unos pendientes en perfecta combinación con la sombra de ojos y la indumentaria, se preguntaba hasta qué punto esa f lecha podría abrirse camino como un dibujo: un rombo o un tallo con hojas, el comienzo de una grieta horadada en su armadura de azules impenetrables. Inauguró el congreso, luego tuvo que asistir a un acto en el que una asociación de periodistas le entregaba un premio y, por último, a una cena con una delegación de empresarios ucranianos. Ya de regreso, se sintió inesperadamente contrariada al comprobar que era más de la una. No llegaré a tiempo. A no ser que la f lecha me esté esperando.
Junio del año anterior La figura del abogado con la chaqueta hinchada por el viento parecía proceder de otro mundo más antiguo y solitario mientras, bajo la lluvia, descendía por la cuesta del parque del Oeste. El chico había insistido en quedar en aquella hondonada rodeada de árboles. Cierto que habían hablado la noche anterior, cuando nada parecía presagiar esa tormenta con un vendaval que habría inutilizado cualquier paraguas. No obstante, a juicio del abogado, el chico mostraba síntomas de paranoia. No había querido quedar en un 24 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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café porque la mayoría tenían cámaras, y no le había dado un número de móvil porque ya no usaba móvil, es como llevar un cascabel puesto, le dijo, y aunque el abogado preguntó: «¿Quién es el gato?», el chico no contestó, ya había colgado o quizá lo hizo al oír la pregunta. Le encontró allí, empapado, el pelo oscuro y corto con trasquilones, la nariz ganchuda y la expresión vagamente atónita, como si no acertara a explicarse por qué había gotas en los cristales de sus gafas y un vapor que nublaba el mundo. –¿Dejarás ahora que vayamos a un bar? –casi gritó el abogado en medio del viento. –Sí, sí, pero hablamos por el camino. Y así fue, a voces, batidos sus cuerpos por una lluvia fina y constante, el chico le fue contando que lo de Red Eléctrica no había sido exactamente un error. –No quiero que me preguntes mucho durante el juicio. Lo prefiero, aunque al final tenga que pagar una multa o me caiga una condena de unos meses. –¿Estás diciéndome que querías que te descubrieran? –Tengo problemas, Eduardo. El chico se quitó las gafas para limpiárselas con el borde de la camiseta. Le brillaban los ojos como si tuviera fiebre, pero no transmitía sensación alguna de debilidad. –¿Por qué quieres que te defienda yo? –Confío en ti. Tenemos que resultar creíbles. El multímetro no estaba averiado, lo estropeé luego. Avanzaban entre viejos árboles a los que la pendiente hacía parecer aún mayores. El abogado obligó al chico a detenerse bajo uno de ellos y encendió un cigarrillo. –Puede caerte mucho más que unos meses. Acceso no autorizado a sistemas informáticos, fraude de suministro eléctrico y lo que encuentren. Quizá tengas que entrar en prisión. –Por eso te necesito. No quiero ir a la cárcel, creí que cuando me procesaran me despedirían. Pero no lo han hecho. 25 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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–Repite. –Intentaba que me dejaran en paz, pero fallé. El chico miró a su alrededor. ¿Busca perseguidores, un espacio seco para sentarse, qué le pasa ahora? –Joder, te has ido a parar en el árbol. El abogado reaccionó con brusquedad, estaba cansado de esa intemperie absurda y también de no entender. –Si no dejas de hablar en clave y me cuentas lo que pasa, yo no te defiendo. Crisma le miró desconcertado. –Perdona, no tiene nada que ver. Es de otra época. Una chica, ya sabes, era nuestro árbol. Me parece que hace mil años. Mil años, el chico rondaría los treinta, o ni siquiera. ¿Qué sabía él de otra época? Ocho años atrás, cuando le conoció, combinaba el hacking con esos juegos de poderes, enemigos y territorios mágicos. Por momentos hablaba como si aún siguiera en esos mundos. Sin embargo, algo dentro de su voz era estridente y temblaba. El abogado conocía bien el punto más temido, el que precede a la pérdida del control, cuando los obstáculos se agolpan y el pánico está demasiado cerca. –¿Quiénes tienen que dejarte en paz? En vez de responder el chico volvió al camino, en silencio. El abogado presagiaba uno de sus habituales catarros de verano al día siguiente. –Basta. Habían llegado a la entrada del parque, se oía con claridad el ruido de motores, bocinas y gente hablando. El chico se detuvo. –Dime de qué va esto o búscate otro abogado, los hay bastante mejores que yo. Los ojos del chico le esquivaron al decir: –Son indios. Están en Mysore. Me llevaron a verles una vez. No sé para quién trabajan. 26 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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–Tenemos que buscar un sitio donde no llueva –dijo el abogado. El chico se acercó a él y susurró: –Hoy no. No creo que me sigan, no creo que estén aquí físicamente. Pero juegan muy fuerte, Eduardo. Antes de que nos veamos otra vez necesito hacer unos ajustes en tu móvil, y revisar tu ordenador. También tenemos que encontrar un sitio que no sea público, ni sea una de nuestras casas. –Estás paranoico –dijo el abogado. –Te juro que no. Entonces el chico echó a andar muy rápido, como si ya hubiera calculado que llegaría a tiempo de cruzar el semáforo a la salida del parque. El abogado no intentó seguirle. Con delicadeza, apagó el pitillo y lo guardó en el celofán que protegía la cajetilla de la humedad y que él había extraído porque detestaba tirar colillas al suelo.
Enero La vicepresidenta saludó al escolta de guardia en el portal toda la noche. Mientras subía en el ascensor se propuso no acudir enseguida a su portátil al llegar a casa. Fue primero al dormitorio, cambió su ropa oficial por un pantalón negro algo gastado y un jersey de algodón blanco, grueso y confortable. ¿Esa f lecha? Un chaval de catorce años jugando a ser espía, o un hacker ruso tratando de adueñarse de cuantos más ordenadores mejor. Esa f lecha no conoce otra cosa de mí que no sea mi ip, unos cuantos números tan carentes de significado como los de cualquier teléfono. Eran casi las dos cuando la vicepresidenta se sentó frente al portátil. La sorprendió encontrarlo encendido. Siempre lo apagaba, precisamente para no facilitar la tarea a hipotéticos intrusos. 27 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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–A lo mejor esta vez se me olvidó –murmuró en voz baja, sin poder evitar sentirse expectante. Movió el ratón para recuperar la pantalla: la f lecha saltaba de un lado a otro trazando medios círculos. La vicepresidenta separó las manos del ratón y del teclado para estar segura. La f lecha siguió saludando. Su portátil tenía desactivada la cámara, ella se había ocupado de hacerlo. Pasaba el día bajo la luz de los focos, en el punto de mira de los objetivos, y lo último que quería era ser vista también cuando chateaba con un amigo o navegaba. Así pues, se relajó y se dio permiso para experimentar. Cuando ella tomaba el control del ratón, la f lecha le obedecía como si fuera un simple cursor no dominado por una presencia ajena. Pero si lo soltaba o simplemente dejaba de moverlo, la f lecha volaba, sola de nuevo, de un lado a otro de la pantalla. Bueno, veamos si sabes mi idioma. La vicepresidenta abrió un documento de texto y escribió: –Hola. Inmediatamente, la respuesta se escribió sola en el documento: –hola. –¿Qué quieres? –preguntó la vicepresidenta. –mmm… La vicepresidenta sonrió sin querer. Después, como si despertara, se vio a sí misma ahí, aguardando las palabras de un intruso, y se puso en guardia. Ni siquiera sabía el nombre de su interlocutor, si era uno, o una, o varios. Estuvo a punto de preguntárselo pero prefirió no hacerlo. Se encontraba en clara desventaja. Quizá sí sabe cosas de mí, más que yo de ella, seguro. Puede ser un chino que conozca mi biografía, mi cargo. «En internet nadie sabe que eres un perro.» Puede ser una periodista, un diputado, pueden ser colaboradores míos. 28 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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La vicepresidenta se levantó. Desde el primer momento había fantaseado con un desconocido por completo ajeno a su mundo, un friki de los ordenadores. Al pensar en alguien de su entorno, percibió por vez primera la magnitud de la intrusión. Qué imprudente había sido. Ella, la hermética, la que nunca, o casi nunca, perdía la calma, la que lograba sacar tiempo para considerar cada hipótesis y preverlo todo, jugando a los marcianos con un desconocido. La f lecha podría incluso estar siendo movida por los responsables de seguridad informática de la Moncloa. Quizá sea una prueba y nunca me lo digan, pero el rumor acabará extendiéndose: la vicepresidenta se deja embaucar por un intruso, enreda sin avisar a seguridad. Paseaba por la habitación imaginando la reacción de sus escoltas si un extraño entrara en su piso abriendo la puerta con una ganzúa y ella no les dijese nada. No era igual, su integridad física estaba a salvo. Además, la f lecha había llegado a un ordenador que solo contenía información irrelevante. Y si me da la gana de compartirla, allá películas. Es mi vida, mi vida privada, las pocas briznas que todavía me quedan. Volvió a la silla, estaba dispuesta a mantener su relación con el intruso siempre que este le ofreciera una garantía, tal vez una prueba de su identidad. Pero ¿cómo? Un movimiento de letras la sacó de su cavilación. –tenías desactivada la asistencia remota –decía la f lecha. –Por seguridad –respondió–. Me dijeron que lo hiciese. –la he activado. –Sigues sin decirme lo que quieres. –prestarte ayuda. El orgullo centelleó en los ojos de la vicepresidenta. ¿Ayuda? No necesito ayuda, quiso decir, aunque sabía que era una frase estúpida. No necesito la ayuda de quien ni siquiera me ha dicho su nombre, hubiera sido una réplica adecuada. Pero si quería quejarse podía apagar el ordenador. La 29 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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f lecha sabía eso tanto como ella. Decidió ocultar su orgullo, aplazarlo y seguir el juego. Dijo: –¿Qué me pedirías a cambio? –te pediré «el mayor defecto». La vicepresidenta reparó en las comillas con un ligero temblor. Parecían indicar una cita, y había una novela que trataba del «mayor defecto». Esa novela era su libro de cabecera pero, precisamente por ello, nunca la había mencionado cuando le preguntaban por sus gustos literarios o le pedían que recomendase un título para el verano. Vino a su imaginación la ciudad de Moscú vista desde la altura de un edificio que la domina entera. El sol butano enciende con ref lejos las ventanas de los pisos orientados al oeste. Luego se desata la tormenta y una extraña comitiva abandona volando la ciudad. La vicepresidenta escribió: –«¡Dioses, dioses míos! ¡Qué triste es la tierra al atardecer! ¡Qué misteriosa la niebla sobre los pantanos! El que haya errado mucho entre estas nieblas…». La f lecha le arrebató el control de las teclas para continuar: –«… el que haya volado por encima de esta tierra, llevando un peso superior a sus fuerzas, lo sabe muy bien». Tengo razón, se refiere a esa novela. Puede ser casualidad. Aunque hubiera entrado en mi casa, aunque además de mi contraseña la f lecha dispusiera de una copia de mis llaves y hubiera logrado sortear a los escoltas, no podría haberlo averiguado. En mi ejemplar de la novela no hay notas, ni subrayados, ni una dedicatoria. Pero todo era absurdo, nadie había entrado en su casa, simplemente esa novela era un clásico, millones de personas la habían leído y algunas conservarían, como ella misma, frases en la memoria. Se preguntó para qué querría nadie un defecto ajeno, y la respuesta apareció con incómoda nitidez: para no tener que sufrirlo. Sintió cansancio y sueño. Tomó el ratón y condujo la f lecha hacia el botón de apagado. –¿te vas? –se escribió en el documento. 30 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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La vicepresidenta suspiró. Había sido huraña y algo desconcertante en su juventud. Sin embargo, su dedicación a la política la enseñó a imprimir cortesía en casi todos sus gestos. No quiso, pues, desconectar sin despedirse. –Sí. Buenas noches. En la cama, se sumergió en un sueño inquieto y desordenado. A las cuatro de la mañana despertó desvelada. Trató de volver a dormirse, pero los ojos se le abrían limpiamente. Se levantó a buscar un vaso de agua de la nevera, un poco de frío la ayudaba a conciliar el sueño. Cuando volvía con el vaso en la mano camino del dormitorio, vio la puerta entreabierta del salón y entró. Se sentó en el sofá. Dormía con un viejo pijama de patos dibujados que compró en Amsterdam hacía bastantes años. Llevaba tiempo guardado en el armario y siempre le daba pena tirarlo. Ahora lo había recuperado, ya sin nostalgia. Nunca volvería a ser la mujer que viajó a Holanda con un subsecretario siendo ella secretaria de Estado. No volvería a asomarse a la ventana de un hotel escondido temblando de deseo, erguidos los pezones, alta la nuca y firme el pulso rojo de los labios, segura de su desnudez. Llevaba mucho tiempo sin verle cuando se enteró de que había muerto. Era un profesor universitario. A las pocas semanas de aquel viaje, él abandonó la política para volver a sus clases. Aquella decisión me dolió más que si se hubiera ido con otra mujer. Poco después le dejé, sin rabia, sin miedo al futuro, sin haberlo lamentado nunca. Pero ojalá estuviera vivo, solo eso, saber que en algún sitio seguía su voz llenando un aula, me acompañaría. Miró sus manos largas recortándose sobre la tela verdiazul, las imaginó peinando los rizos de una cabeza joven y sintió una añoranza suave, no quemante ni triste. Bebió el agua y al ir a dejar el vaso sobre la mesa advirtió al mismo tiempo un rumor y un soplo de luz. Su ordenador estaba funcionando. Se aproximó con sigilo, como si esperase en31 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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contrar detrás de la pantalla a la persona que lo había puesto en marcha. Buscó la ventana negra de la otra vez, pero el monitor permanecía apagado, solo el sonido del aire y dos o tres pilotos de luz indicaban que algo estaba funcionando dentro. La vicepresidenta pensó en ese diablo en el trasfondo, pensó en el disco duro como un lugar ignoto donde sucedían cosas desconocidas y sintió ganas de dormir y supo que esta vez descansaría con un sueño no agitado sino en calma.
Julio del año anterior El abogado y el chico se dirigían a un local medio abandonado cerca de la estación de metro de Buenos Aires. Un conocido del abogado había tenido una tienda allí. Ahora el negocio se traspasaba y el dueño le había dejado una llave del local autorizándole a usarlo hasta que apareciera un comprador. Cuando salieron a la calle, llegó una vaharada de basura pasada de fecha, mondas de naranja podridas, bolsas que no había recogido nadie. Cruzaron la avenida de la Albufera, un autobús chirrió al parar ante el semáforo. Doblaron por la esquina de una tienda de ropa. Había un tramo sin luz por causa de dos farolas fundidas; dentro, la noche parecía albergar túneles rotos. Los atravesaron. De nuevo bajo la luz, el abogado vio en el suelo un paquete vacío de galletas. Aquel celofán azul brillante con una estrella dorada y el dibujo de una enorme galleta rellena de chocolate también indicaba desorden pero no le inquietó, parecía venir de otro universo. El paquete quedó atrás, rebuscó las llaves en el bolsillo. Encendió la luz, un f luorescente quemado por los bordes. Cables en el suelo, dos mesas viejas, una silla, una estantería, un ventilador, un sillón en harapos rescatado de la calle. Por suerte el dueño, confiado en traspasar pronto el local, mantenía la electricidad y el agua. 32 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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El chico se sentó en la silla cediéndole el sillón al abogado. –He traído latas frías, cerveza y Coca-Cola. También tengo whisky –dijo señalando el último estante. –Coca-Cola –dijo el chico–. Yo estaba trabajando para una filial de Aastra Technologies. Creí que iban a echarme. Hay… cosas que no aguanto, me han echado otras veces. Tendrías que ver cómo son esos sitios, sin horario, sin derechos, vale todo porque se supone que eres tú quien tiene que agradecer que te hayan contratado. Pues me dicen que hable con uno de los directores y el tipo me sugiere que me apunte a un curso remunerado de interceptación en ATL . Por lo visto les interesaba mi perfil. Había veinticinco candidatos y solo escogerían a seis. –Te eligieron –dijo el abogado de pie, con una lata en cada mano. –Sí. El curso no se me dio mal. Es lo mío, me gusta. El concepto de interceptación de Ericsson es parecido a un gran man in the middle, un sistema de control que no está en las operadoras ni en los centros legalmente autorizados. Está en el hardware de ambos; sin embargo, el software solo puede ser manejado por quien conozca la herramienta de monitorización. Otras personas acceden a él mediante claves, pero muy pocas pueden interactuar con ella. Yo aprendí a hacerlo. Luego me pusieron a trabajar en la división de redes. Tenía que ver los logs de todos los que usaban ese software, y adelantarme a los problemas. Soy muy bueno en eso. Todos lo dicen. Me pasé un año esperando un poco de reconocimiento que no fuera solo palabras; no sé, menos horario, más salario, más capacidad de maniobra. Para nada: solo querían quemarme, tú sabes cómo es esto. –No tengo ni idea. El chico aleteó con las manos. –Hay una edad, igual que en el fútbol, supongo. El cerebro funciona al ciento veinte por ciento, pasas los ojos por páginas enteras de código y ves dónde hay un error, lo ves 33 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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a la primera. Pero eso no dura. Como la agudeza visual, no sé, se pierde y no hay gafas que lo arreglen. Yo quería seguir aprendiendo. Si no lo haces te gastas y luego ya no sirves. –¿Ahí entran los indios? –Sí, en un IRC alguien se me acercó, un tal orpheus37, me hizo preguntas muy concretas sobre mis conocimientos y me dio una dirección para entrar en contacto. Vale, yo suponía que el tipo no era del todo legal. Pero me dijo que no, que trabajaba para una empresa, que incluso me harían una factura. La cosa iba de hacer un troyano para un test de seguridad. Era bastante fácil. Yo tengo mi arsenal, lo que el tipo me pedía no era más de dos o tres noches de trabajo. Lo pagaban bien. Y lo hice. –¿Te dieron la factura? –«Networking Start SL », el nombre tenía gracia. –Entonces te pidieron otra cosa más turbia… –No fue exactamente así. Mi hermana tuvo una historia chunga. Estaba viviendo con un tipo y él se largó, se llevó pasta, la dejó sin nada. Mi hermana me pidió dinero. Jo, hasta me hizo ilusión que me lo pidiera, a mí, que me paso en paro más tiempo del que trabajo, que nunca tengo nada. El chico aplastó su lata de Coca-Cola vacía. Parecía estar detrás de un cristal. Parece un pájaro en una pecera. –Y buscaste a orpheus otra vez –dijo el abogado. –Apareció él. –En el momento oportuno. –Yo también lo pensé, sí. Que el tío podía haber leído los correos de mi hermana. Pero yo vigilo, te aseguro que no es fácil entrar en mis ordenadores. –¿Casualidad, entonces? –Mira, ya no lo sé. En aquel momento lo vi así, casualidad. Ahora, hasta he pensado que esos tipos conocían al que dejó colgada a mi hermana. Ya sé que f lipas. No digo que fuera así. Pero lo he pensado. –Vale, sigue. 34 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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–Querían un trabajo especial. Tendría que haberme mosqueado que hablase maravillas de mi troyano. No era nada del otro mundo, yo lo sabía, pero se lo oía decir y pensaba: ¿Y si tiene razón?, ¿y si soy mejor de lo que yo mismo me creo? Entonces va y me dice que me pagan un viaje a la India, a Mysore, vía Londres. Tres días, había un puente, ni siquiera tendría que faltar al trabajo. Y me ofrece un adelanto. –¿También con factura? –Era un adelanto…, yo tragué. Me ofreció justo el doble de lo que me había pedido mi hermana. Pensé: le doy a Silvia, guardo la mitad sin tocarlo, y si luego no me convence la historia, lo devuelvo pidiendo prestada la otra mitad. El abogado no dejaba de observar al chico, sus manos sujetas ahora bajo los muslos, sus dos pies moviéndose como aletas de goma. –Así que fuiste. –Sí, en primera clase. Me esperaron en el aeropuerto y me llevaron a un hotel moderno, en un barrio muy lejos de la zona turística de los palacios. Al día siguiente me invitaron a comer, un tipo alemán y uno indio. El indio tenía más o menos mi edad, el alemán sería como tú o un poco mayor. –Querían a ATL , claro, información interna. –Sí, sí. Desde antes de aceptar el billete de avión lo suponía. Hacer troyanos, para eso no necesitan llevarse a nadie de viaje. No era lo que yo hiciera, era donde yo estaba. –Y aceptaste. –Acepté el viaje. Pensaba que según lo que me pidieran podría negarme o no. Ya sé que suena ingenuo. Pero nunca pasa nada, y a mí me estaba pasando algo. Orpheus era agradable, tenía sentido del humor, no parecía un mafioso para nada. Vale, todo tenía una pinta preocupante, pero cuando estás dentro… Qué más da, fui. 35 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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El abogado se había terminado el café. Yo no habría ido, ni siquiera con veinte años, pero no soy mejor por eso. –¿Qué te pidieron exactamente? –Bueno, no querían claves. No fueron burdos. Les interesaba controlar el sistema de actualizaciones. Me dieron a entender que mi empresa se había apropiado de algo suyo y ahora ellos querían ese software para usarlo en otro lugar. Yo no les creí y ellos sabían que no les estaba creyendo. Mira, sé que está el dinero, pero lo que más me enganchó es que me pedían algo bastante difícil. Me halagó que me creyesen capaz de hacerlo. Dije que lo tenía que pensar. Eso fue por la noche, durante la cena. Al día siguiente vinieron a buscarme bastante temprano y me llevaron a una especie de casa de campo. Por fuera parecía un chalet como los de aquí, bastante hortera. Por dentro tampoco había nada raro hasta que llegabas a una sala helada, llena de servidores. Detrás había un pequeño pasillo y luego una habitación silenciosa con unas diez personas trabajando, casi todas de mi edad, dos chicas, el resto tíos, algunos no eran indios, todos me saludaron, fueron amables, de pronto sientes que formas parte de algo. Que siempre has formado parte pero no lo sabías. El abogado se revolvió en el viejo sillón. Empezaba a tener claustrofobia por causa del calor y los cristales tapados con papel de embalar. Trató de representarse la calle al otro lado, oscura, vacía. El ventilador apenas refrescaba y en cambio su ruido parecía arrastrarles al interior de un vehículo. Aun considerándole un completo desastre, el chico le seguía cayendo bien. Ahora se había levantado y señalaba a una puerta. –Sí, ahí hay un baño, funciona. El abogado recordó el día del parque, el árbol bajo el cual se detuvo a fumar y que para el chico había estado ligado a una historia. Se preguntó cómo sería hoy la chica del árbol. Durante la carrera él no había sido de los que se salta36 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.
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ban las clases tumbados en la hierba. Tampoco fue luego el hacker de película, no entró en contacto con ningún sistema por azar, nadie le buscó como habían buscado al chico. Hubo en medio un tiempo en que pareció que todo iba a ser distinto, él lo llamaba sus años de acción. No es que hubiera perseguido coches ni saltado desde un puente encima de un tren en marcha, pero sí había gritado por los megáfonos, saltado verjas para poner silicona en las cerraduras, se la había jugado. Fue solo una temporada, nunca se lo había contado al chico, porque aquello quedó lejos y ya no supo estar a la altura nunca más. Ahora el chico había venido a él, y se acordaba. El chico salió del baño poniéndose las gafas. Debía de haberse lavado la cara. –Como ya has supuesto, acepté. Logré hacerlo, me salió de puta madre. Creí que todo había terminado, pero no. Cada dos meses vuelven a pedirme la misma operación con algunas variaciones. Por eso inventé lo de Red Eléctrica. Y no ha servido de nada. Están en todas partes. Seguro que han movido algo para evitar que me despidan –dijo. –No te han despedido porque la empresa ha invertido en ti. Y todavía existe la presunción de inocencia. –Puede que tengas razón. Pero da igual. –¿Cómo puedo ayudarte? –El abogado no estaba seguro de haber querido preguntarlo, pero lo hizo y era sincero. –No puedes. Sería peligroso para ti y también para mí. Tengo que mantener la calma y confiar en que esto acabe lo más pronto posible. –Pero me gustaría… El chico se puso de pie y le interrumpió, se había quitado las gafas, sus ojos parecían muy grandes. –Por lo menos he podido contárselo a alguien. Eso es un alivio. Pero no debes hacer nada. De verdad. Tengo que aguantar. No hay otra. 37 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.