Steven Savile
Título original: Silver Editado en EE.UU. por Variance Publishing 1610 South Pine St., Cabot, AR 72023 (501) 843- BOOK
Primera edición: 2010
© Steven Savile, 2010 © traducción: Francisco Núñez Roldán, 2010 © de esta edición: Bóveda, 2010 Avda. San Francisco Javier 22 41018 Sevilla Teléfono 95 465 23 11. Telefax 95 465 62 54 www.editorialboveda.com ISBN: 978-84-937430-4-8 Depósito legal: M-33.028-2010 Impresión: Huertas Industrias Gráficas, S. A. Impreso en España-Printed in Spain
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Índice 1. Momentos de odio .................................................... 2. Arde conmigo ............................................................ 3. Trece mártires ............................................................ 4. Arrastrándose hacia Megido ..................................... 5. La adoración de la plata ............................................ 6. Primera sangre . ......................................................... 7. Bajo tierra .................................................................. 8. La Tristeza de la Novia . ............................................ 9. Los secretos de Fátima .............................................. 10. Algún diablo .............................................................. 11. La caminante fantasma . ............................................ 12. El hombre cocodrilo ................................................. 13. No bebáis el agua ...................................................... 14. Segura en su tristeza .................................................. 15. El huerto .................................................................... 16. Quemando la casa ..................................................... 17. Trece alaridos ............................................................ 18. El agua que lava el alma ............................................ 19. Control . ..................................................................... 20. Muerte en vídeo ........................................................ 21. Palabras de profetas escritas en las paredes del metro . 22. El nacimiento de la verdad ....................................... 23. El cuchillo . ................................................................ 24. La bestia de los trece cuernos ...................................
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25. Matando en nombre de‌ . ....................................... 26. Siete para compartir un secreto ................................ 27. Ningún lugar tan seguro como el propio hogar ....... 28. Encadenada ............................................................... 29. El chivo expiatorio .................................................... 30. Los abandonados ......................................................
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1. Momentos de odio
E
l Edén tenía una serpiente. El Huerto lo tenía a él.
Había en ello una belleza quebrada, una curiosa simetría. La serpiente había incitado a aquella primera traición con palabras melosas, con el fruto prohibido, y con eso, el pecado original en los labios del primer hombre débil. La traición se había justificado con la excusa del amor, de nuevo en los labios, y se había sellado con un beso. Ambas traiciones habían duplicado su fealdad por la belleza del entorno. Aquella era la agonía del Huerto. Iscariote sintió en la mano el peso de la plata. Era mucho más pesada de lo que deberían ser unas pocas monedas. Pero es que eran algo más que unas monedas, ¿o no? Eran una vida comprada con plata. Eran su culpabilidad. Cerró el puño y apretó en la mano la vieja bolsa de cuero. ¿Cuánto valía realmente una vida? Había pensado mucho en eso en las horas posteriores al beso. ¿Era el peso de las monedas lo que lo había evocado? ¿O los clavos de hierro que habían rematado todo en la cruz? ¿O la carne que había quedado como carroña para los pájaros? ¿Todas esas cosas? ¿Ninguna de ellas? Quería creer que era algo más espiritual, más honrado: el
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impacto que la vida tenía en todos quienes lo rodeaban, la suma de lo bueno y lo malo, en hechos y en pensamientos. —Tómalo, te lo ruego —le alargaba la bolsa al campesino—. Vale cinco veces más que la tierra… o más. —No quiero tu dinero, traidor —gritó el hombre y escupió hacia el polvo entre sus pies—. Ahora, vete. —¿A dónde puedo ir? Estoy solo. —A cualquier sitio lejos de este lugar. Adonde no te conozcan. Si yo fuera tú, me iría al templo y trataría de volver a comprar mi alma —el hombre se dio la vuelta y se alejó, dejando a Iscariote solo en el lugar—. Y si eso no vale, me abandonaría a la misericordia de Dios —añadió sin girarse. Iscariote siguió la mirada del hombre hacia el único y ennegrecido árbol cercano. Lo había herido un rayo hacía años partiéndolo en dos. Sus leñosos intestinos estaban al aire, pero aún quedaba una buena rama para colgarse que le estaba llamando, dibujándose contra el cielo oscuro. Arrojó la bolsa contra el árbol siniestro. Esta se rompió al dar contra el suelo, desparramándose las monedas. Un instante después estaba recogiéndolas y llorando. Lloraba no ya por el hombre a quien había traicionado, sino por el hombre que él había sido, por el que podía haber llegado a ser. Se quedó luego tumbado allí mientras el sol se ponía, deseando que le achicharrara las carnes y calcinara sus huesos, pero la aurora llegó y él estaba vivo. Bajo el castigo del sol entró tambaleándose por las puertas de Jerusalén y vagó por sus calles durante horas. Su cuerpo gritaba en forma de sudor que el aire absorbía. No había perdón a su alrededor. Nadie le miraba, pero es que él no quería mirar ni a su sombra, que se alargaba ante sí. ¿Por qué entonces iban a mirarle? Se merecía el odio de los demás. Miró hacia el cerro de la crucifixión. Creyó ver la sombra de la cruz, oscura entre la hierba. Hacía horas que los soldados
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habían bajado los cuerpos. Las únicas sombras que quedaban ahora eran las de los fantasmas. En el templo se burlaron de él cuando pretendió que los fariseos escucharan su confesión y le absolvieran a cambio de devolver las monedas de plata. —Vive con lo que has hecho, Judas, hijo de Keriot. Con esta hazaña acabas de asegurar tu legado. Tu nombre te sobrevivirá: Judas el traidor, Judas el cobarde. El dinero es tuyo, Iscariote: es tu carga. No puedes volver a comprar la inocencia de tu alma. Nunca podrá ser como si no hubieras matado antes. Y ahora vete; el verte nos repugna —dijo el fariseo moviendo el brazo hacia toda la congregación, unida en la plegaria y golpeando luego la mano de Iscariote, que dejó caer las monedas en el suelo de piedra. Judas se arrodilló, como si se postrara ante el sacerdote. Cabizbajo, recogió las monedas. El hombre santo le dio una patada burlona: —Coge tu dinero ensangrentado y vete, traidor. Iscariote se levantó torpemente y corrió tambaleándose hacia la puerta. En el camino a Getsemaní vio la figura de María Magdalena sentada en una piedra. Quiso correr hacia ella, caer a sus pies e implorar perdón. Ella había perdido mucho más que los otros. Levantó la mirada, lo vio y sonrió tristemente. Su sonrisa lo detuvo en seco. Notó el peso de las monedas en la mano. De pronto eran tan pesadas como el amor, y doblemente frías. Ella se incorporó y avanzó hacia él. Judas nunca la había amado más que en aquel instante. Él había ido repetidamente en contra de las enseñanzas del amigo, pero nunca como para llegar a codiciar a la mujer que el otro amaba. Corrió hacia sus brazos y la abrazó, mientras los sollozos le estremecían, aunque no podía llorar. Se había quedado ya sin más lágrimas.
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—Lo siento, lo siento tantísimo… Ella trató de tranquilizarlo, pasándole los dedos entre los cabellos: —Están buscándote. Mateo los ha enfurecido del todo. Él te odia. Te ha odiado siempre y ahora tiene una buena excusa. Están locos de pena y rabia, Judas. No puedes quedarte aquí, o te matarán por lo que has hecho. Tienes que irte. —No hay adonde ir, María. Él se ha encargado de eso. Es su venganza —rio amargamente al decirlo—. Yo nunca debería haber… Lo siento. Esto no tenía que terminar así. Y todo esto porque, por muy estúpido que yo sea, no podía evitar amarte. —Nuestro Dios es un Dios celoso —respondió ella. Su voz sonaba cansada. Aquella voz vacía le hería más que las palabras mismas. Y lloraba con unas lágrimas sin fuerza—. Por favor, vete. —No puedo —respondió, y sabía que era verdad. Necesitaba que lo encontraran. Necesitaba sentir las piedras hiriéndole, necesitaba la rabia de ellos quebrándole los huesos. Su vida estaba terminada. El campesino tenía razón: solo le quedaba la clemencia de Dios. Pero, ¿qué clase de clemencia? ¿Qué clemencia habría para un suicida con las puertas del cielo cerrándose ante él? La mente de Judas estaba corroída por la duda, como lo había estado durante días. Su amigo sabía que él no sobreviviría con las manos llenas de sangre. Y así y todo le había rogado que lo traicionase. Así que, ¿quizá la lapidación iba a ser una especie de gracia final? —Por favor… —No, que vengan. Les plantaré cara y moriré con la dignidad que aún me queda. Ella se limpió las lágrimas: —Por favor…, si no por mí, al menos por nuestro hijo —le cogió la mano y la puso suavemente en su vientre.
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—Nuestro hijo… —repitió él cayendo de rodillas ante ella. Le besó las manos y luego el vientre, aplastando el rostro contra el basto tejido de su túnica. Las palabras del fariseo le resonaban en la cabeza: Judas el traidor. ¿Qué gran traición podía haber sido? Apretó la bolsa de monedas en la mano: —Cógelas, te lo ruego. Para el hijo, para ti. Vio que la vida que iba a perder se reflejaba en los ojos de María. Supo que ella le amaba. Y supo que el amor no era bastante. No podía explicarle lo solo que se encontraba en aquel momento. Ella le dio la espalda. Él se separó de ella y comenzó a caminar hacia la muerte. Tuvo tiempo para pensar, tiempo para recordar la promesa que había hecho y tiempo para arrepentirse de ella. Era un paseo lleno de últimas sensaciones. Veía el sol hundirse tras los árboles. Sintió el viento en la cara. Notó en la lengua el aire ácido. Se quitó la ropa y caminó desnudo hacia el huerto. Le estaban esperando. No se acobardó ante el odio que leyó en los ojos de ellos. Tampoco se justificó. Quedó desnudo frente a ellos. —Tú lo mataste —dijo Mateo condenándolo. Fueron las últimas palabras que Judas Iscariote escuchó. Mateo tenía una cuerda con un nudo corredizo hecho. Recibió la primera piedra de Santiago, que le dio en la sien. No la esquivó. No la notó. Tampoco la segunda, de Lucas, o la tercera, que arrojó Juan. Las piedras golpeaban una tras otra, cada vez más fuerte, hasta que Judas cayó de rodillas. Todo lo que él sentía era la agonía del huerto. Mateo se le aproximó y le echó la soga al cuello. Entonces Judas lloró.
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