CIUDAD DE LA JUSTICIA S.A. Relatos probables
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
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CIUDAD DE LA JUSTICIA S.A. Relatos probables
JOSÉ VICENTE ROJO
tirant humanidades Valencia, 2020
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© José Vicente Rojo
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A Marta. A Ana. Nada merecer ser posible sin ellas. José Vicente
Índice
NO ES UN PRÓLOGO............................................................................................. 11 VISTA CANSADA.................................................................................................... 13 QUIEN TODO LO PUEDE..................................................................................... 25 EL FIN DEL DERECHO.......................................................................................... 41 INTERFERENCIA ELECTRÓNICA.................................................................... 57 LA SOMBRA DE LA TOGA................................................................................... 73 EL PACTO................................................................................................................... 89 DÍAS DE ESTRENO................................................................................................. 103
NO ES UN PRÓLOGO En mis años de estudio, una de las normas —repetidas hasta el paroxismo— para responder adecuadamente a las preguntas de un examen era que las definiciones no podían ser negativas. Parece que en estos tiempos no impera aquella “recomendación obligada” aunque, por lo demás, el sistema educativo no parece haber cambiado mucho. Así que me disculpo previamente, pero voy a reseñar brevemente lo que NO ES este libro: — No es un libro de memorias. — No es un libro de anécdotas vividas o falseadas. — No es un libro de corrosiva crítica contra todos aquellos que participan en la Administración de Justicia. — No es un libro de tesis. — No es un ajuste de cuentas, porque yo para restar no valgo nada. Con todo ello, ya se imaginan lo que es este libro: Ficción, un conjunto de narraciones que suceden en o alrededor de la Ciudad de la Justicia, edificio emblemático cuya importancia consiste en ser la sede de la aplicación del Derecho. No son narraciones reales e ignoro si son posibles o no, pero deseo que no sean previsibles. Por último, reconozco que ha sido mi intención iniciar este libro con una cita agradable y respetuosa sobre la Administración de Justicia y sus agentes, pero no ha sido posible. Tal vez la premura en la búsqueda ha frustrado el logro. Les diré que los dos últimos autores consultados han sido Ambrose Bierce (Diccionario del Diablo) y William Shakespeare (El rey Lear), y creo del todo inconveniente tanto para usted, lector, como para mí (sobre todo para mí) repetir sus palabras. ¿Lo dejamos aquí y leemos? José Vicente Rojo València, noviembre 2020
CIUDAD DE LA JUSTICIA SEGUNDA PLANTA ZONA AMARILLA SECCIÓN VIDEOCONFERENCIAS
VISTA CANSADA Citación, que no invitación. Natalia decidió no aceptar la proposición de su primo. Era un abogadito recién licenciado que siempre que podía se daba importancia. Tal vez el error fue acudir a él y preguntarle y no consultar directamente en internet, pero, bueno, simplemente se le había olvidado lo estúpido que era el niñato. Pero lo hecho, hecho estaba. Después de todo, ahora ya sabía para qué le había citado el juzgado y en qué iba a participar. Rueda de reconocimiento por videoconferencia. Sonaba a alguna prueba médica, como resonancia o cosa así. Pero no. No iba a ser nada molesto ni, por supuesto, peligroso. Así se lo había asegurado su primo y, como no quedó convencida enteramente, vio la explicación en la página web oficial de los Juzgados que contenía un breve reportaje de la Sala de Videoconferencias, todo muy limpio y aséptico, como un gabinete de atención al cliente. Sin peligro. Como una mínima operación indolora. Las paredes tenues, como los elementos de un juego de construcción en plástico, y aún más tenue el color: gris. O sea, indoloro. Incoloro. ¿Insípido? “Sin peligro”, le había repetido con autosuficiencia suprema el primito, en ese tono de “los que sabemos de qué va esto no tenemos miedo a nada”. Bueno, matizó luego, con algo de condescendencia, “a nada no, a la delincuencia sí”.
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Primero, la sala está a oscuras. No se ve absolutamente nada No mires, que te vas a gastar los ojos. Su madre le quería bien, no le decía que no viera, porque hay que ver, y ver es natural, involuntario, sin esfuerzo, se ve como se respira, se puede ver sin querer, pero mirar-mirar, el esfuerzo, la intención, las ganas… eso no. ¿Para qué interesarte?, ese era el lema familiar, si otros tenían honores o dinero, ellos tenían desinterés, tanto que a los demás —y se escupe al decir “los demás”— solo les quedaba el ir por el mundo y la vida preocupándose por todo. “No te preocupes mirando a los demás, tú siempre les caerás bien” Y Ariel no miraba demasiado. Él solía decir —las pocas veces que hablaba de sí mismo— que se enfrentaba a las cosas, y que no hacía ni quería hacer otra cosa. Sus ojos solo veían cómo le estaban mirando.
La Sala no es blanca; es de color gris claro, muy claro. Pero no es blanca. Aunque lo parece. Natalia, desde tiempo atrás, huía del blanco. Años de estar sometida al bombardeo de los anuncios televisivos de detergentes le provocaban, al enfundarse la camiseta ceñida, el pensamiento de que ella misma era la que salía del tambor de la lavadora. Sentía que, durante unos segundos, ya vestida, seguía girando en ese espacio cerrado donde reinaba el totalmente artificial olor “a limpio”. Y, aún mareada, se encaminaba al metro y a la tienda; aunque, en invierno, jersey y cazadora ocultaban la distintiva prenda y en verano la llevaba escondida en una bolsa, siempre se reconocía deslumbrante, como una linterna en las negras mañanas del invierno y, en verano, reverberante de los rayos del sol entre el tupido calor. Todo blanco. O sea, nada. Tan blanco como no existir. Siempre lo ha pensado así desde que comenzó a trabajar en la tienda. Pero ahora lo que piensa es el que el
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blanco ya no es el color de los hospitales, tal vez porque invita demasiado a la desaparición. Claro —y nunca mejor dicho cuando se habla del color blanco— que todo tiene su lado bueno, como cuando Sonia no le dijo “te has quedado blanca”, le dijo: “me he quedado como muerta y tú estás tan bien, como si nada”. Era verdad: con blanco o sin blanco, Natalia no cambió de color. Cogió el teléfono y, con la misma voz con la que anunciaba que se iban a quedar sin cambio, comunicó el atraco, sí, pero fue una de las pocas veces que utilizó la palabra. Después casi siempre era el “suceso” —y le divertía hablar así, con ese vocabulario aparentemente funcionarial— o, cuando se cansaba de esa imagen seria, era solo “la cosa”. Cuando sucedió “la cosa” —pronúnciese monosilábicamente, acentuándose dulcemente en la o—, cuando terminó la cosa —como Natalia dijo en su declaración, tomó el teléfono y comenzó al marcar los primeros números de la Central de Avisos, donde varias veces al día llamaban para solicitar más cambio, formalizar pedidos o cualquier otra contingencia laboral, y fue entonces, sorpresa no menor que el hecho del suceso, cuando oyó la voz de su madre respondiendo en el teléfono cuyos cuatro primeros números eran idénticos. No pensó más. Tampoco habló tras el “dígame” de su madre, y, marcando correctamente habló con la Central. Primero dijo buenos días, identificó la clave de la tienda y luego comunicó: — Ha habido un atraco. Atraco, eso fue, así llamo a la “cosa” por primera y última vez.
Es como la pantalla de un cine. Proyectan una película. Yo estoy, pero no me ven. No me veo. Le pizcan los ojos. Otros dirían, y así lo había oído a algún compañero, “me pinchan los ojos” pero no es exacto; pinchar lo provoca una punta hiriente y afilada, que se clava en un lugar determinado del ojo, pero pizcar son dos dedos que atenazan el ojo y aprietan
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como hacen los adolescentes con sus granos primaverales. “Tengo que ir al oculista”, se dice Julio. Se lo ha dicho ya tantas veces al día como el número de veces que extrae del bolsillo la toallita de microfibra y limpia el cristal de las gafas. Pero los oculistas nunca le atinan. Lo que más le inquieta es cuando, al graduarle la vista, que es el instante perfecto —porque no puede haber, y no lo hay, error posible en la medición— comienzan las pruebas sucesivas de cristales dejados caer sobrepuestos o sustituidos sucesivamente en ese aparejo que difícilmente se soporta en la nariz. Si no fuera porque Julio sabe que resulta ridículo, se quejaría con un grito, un grito surgido desde la estética, desde la comodidad, desde el tiempo moderno en oposición radical a esos pretéritos años a los que parece pertenecer el artilugio. “¿Acaso puedo asegurar con qué cristal veo mejor? Es como preguntarme si soy mejor que esa otra persona. No es posible contestar, no es posible evaluarlo ¿O sí? Tengo que esmerarme y apercibirme de todos los detalles cuando me preguntan: ¿ahora mejor? Y, antes de que decida me dicen: y ¿ahora mejor que antes? Pero realmente me están diciendo si es mejor que antes de antes… No recuerdo, no sé, ¿quién puede saberlo? ¿Quién puede saberlo? Me dicen: ¿y ahora? Y yo no sé siquiera cuándo es ahora, o si era antes, o después…Terminemos. ¡Perfecto! Hay que anunciarlo como si fuera una declaración solemne, como en un acta judicial, porque si al oculista le parece que titubeas, carga el aparato con más cristales, y más… y no tiene fin”. — Perfecto —dice Julio—. Ya está. Sabe de dónde vienen todos los problemas de sus ojos, sabe por qué la graduación le cambia tan vertiginosamente, sabe la razón de su desgaste visual. Pero nadie le cree. La pantalla. Cuando se queja, los otros no le escuchan, solo miden: “Pero ¿qué dices?, ¡si la pantalla es enorme!”. Como si solo las pantallas pequeñas de ordenador pudieran chupar la vista. Pero hay gente que solo sabe medir, pero no evaluar, como los jefes, cualquier jefe, su jefe. Nadie quiere oír sus quejas, nadie quiere oírlo a él.
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Parece que solo él sabe que son los detalles lo que cansa, todos esos detalles que muerden el ojo y contra los que la única solución es no mirar, bajar los párpados con la misma humildad y derrota con la que otros bajan la cabeza o la espalda. A mayor pantalla, más detalles; a más detalles, mayor concentración de Julio en la pantalla, mayor “agudeza visual” como él, para sí, lo define. Al conectar la videoconferencia, Julio dedica una revisión general a la pantalla y, poco después, comienza su “rastreo”, como le gusta llamarlo utilizando ese lenguaje de los westerns que tanto le apasionan. Primero, las esquinas, puntiagudas, con sus respectivas sillas que parecen presas de la simetría. Después, la pared del fondo, donde alguien siempre termina apoyándose al finalizar la videoconferencia, como los pizzeros que salen a fumar terminada la jornada nocturna de “rodillaje”, piensa. Y, entonces, Julio se dice: ¿cómo un tío como yo, capaz de inventarse “rodillaje”, que tanto hace reír a los compañeros, está aquí? Tan aburrido, tan inútil, sí, preparándolo todo y tan inútil…. — Quiero irme —le dijo al jefe. — No, te necesito aquí. — Quiero irme. — Ahora no. — Quiero salir de aquí, ir a un mundo sin pantallas, con personas. Con personas que hagan algo de verdad, no como yo. — No; he dicho que no. No hay otro puesto. — No. No.
A no moverse A ver, si le miran, los mira. Las cosas son así: si no le miran, no ve. Si no ve, no existe, no hace nada. Su madre, que le quería más que bien, cuando le veía así, sin hacer nada, sin ganas de hacer nada, le decía: “anda, levanta, no aguantes más la silla, que no se va a caer”.
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Su madre hablaba así, por eso Ariel puede verla todavía. Y por eso sabe Ariel que ella también le ve a él aún. Como le veía cuando entró en el local, sin venir a cuento. No lo tenía preparado, es cierto, pero en cierto sentido Ariel siempre estaba preparado, porque a veces se corría una cortinilla blanca debajo de su párpado derecho, y él sabía que ya estaba, que ya estaba hecho. “A los pálpitos siempre hay que hacerles caso, hijo” Entra y no ve la puerta al entrar. Ya le ha sucedido, estar y no recordar haber entrado, y sabe que entonces solo queda hacer una cosa: tirar hacia delante. Sin prisa, saca el hueso, y entonces sí que mira, y grita: “¡A no moverse ninguna de las dos!” Porque solo hay dos muchachas en la tienda. La primera, en la caja, tras el mostrador. La segunda, un poquito más atrás, junto a una puerta cerrada que debe dar a un almacén diminuto. Como si diera un salto, aunque no ha sido sino un pequeño giro, les enseña el hueso, casualmente afilado al máximo desde el día anterior. Se coloca detrás de la chica de la caja y le pone el hueso en la garganta. Después se vuelve otra vez y se enfrenta a su compañera: — Y tú pegadita a la pared, como un poster. Se espera a que todo esté así de quieto. Es entonces cuando Ariel le dice a Natalia. — El dinero, sin dejar nada —y Natalia le mira, abre la caja y cumple. Dos minutos apenas, y nada más. Natalia le mira y Ariel ya no está. Así fue. Así consta en las actuaciones de la policía y del juzgado. No consta en el diario que Natalia todavía se escribe todas las noches.
Uno, dos… así hasta cinco, preferiblemente. Julio se ajusta las gafas. Le molestan en el puente de la nariz, pero más le molesta lo que no ve; es uno de esos días en que siente, o más bien sabe, que todo lo importante está pasando fuera del cam-
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po visual de sus gafas. Con las lentillas no le sucedía y lo veía todo: panorámico, grandioso, tecnicolor, incluso todo olía de manera distinta, con una fragancia más sincera. Pero tuvo que decir adiós a las lentillas porque le provocaban conjuntivitis. Para cuando la parte lateral de la Sala, que comunica con un pasillo interno de entre los infinitos pasadizos de la Ciudad de la Justicia, comienza a abrirse, ni siquiera siente las gafas, como si las hubiera olvidado en algún sitio. Marca el número de conexión con el Centro Penitenciario. Lo debería haber preparado antes, como siempre, pero no sabe por qué hoy se le ha ido el santo al cielo. — Veamos qué tenemos por aquí —oye la voz del juez. Siempre aparecen como si fueran un Comité de Bienvenida. Ellos tres: juez, fiscal y letrado de la Administración de Justicia. Se sientan detrás de una mesa alargada. La pantalla cobra luz y allí está el funcionario de la prisión, que es el más simpático de todos. Saluda. Todos saludan. — ¿Doy ya el nombre de los cinco?, ¿En qué número pongo al acusado? —siempre, después del hola, las mismas palabras para preparar el acto. — Póngalo el último —dice el juez, como si la orden fuera el resultado de una cuidada reflexión —. Tal vez lo sea. Y así se prepara y se inicia la rueda de reconocimiento.
Rueda que rueda, pero el mundo no se mueve nunca. Resuena el nombre y apellidos de los cinco ya anotados por el letrado de la Administración de Justicia, sentado al lado derecho del juez. Ya. — Puede entrar la testigo —dice el juez a Julio. Julio vuelve a abrir la puerta lateral; entra Natalia, a la que el juez le indica que se siente a su lado izquierdo. Julio se queda en pie, di-
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rigiendo el enfoque de la cámara. Como si así todo lo viera desde arriba y a su visión no se le escapara nada. — Esté tranquila —dice el juez, con tono calmado a Natalia— Usted los ve, pero ellos no pueden verle ni oírle. Cuando esté todo preparado, usted los mira con detenimiento; le acercaremos la cámara y la dispondremos como usted nos diga para hacerle más fácil la tarea. Y, vistos los cinco hombres que componen la rueda, usted nos dice si reconoce al que asaltó la tienda en la que usted trabaja— el juez se detiene para que la testigo asuma sin presión todo lo dicho. Su Señoría retoma la palabra, y hay más implicación y voluntad ahora en su voz— Fíjese bien, he dicho reconocerle, no si cree reconocerle, si alguno de los cinco se le parece mucho… No, reconocerle: si está usted segura de que uno de ellos es el asaltante. El juez mira los documentos que componen la instrucción. — Natalia, ¿todo bien? —pregunta, después de haber visto en la segunda página el nombre de la testigo. Ahora. Julio, a un gesto del juez, se mueve hacia la otra puerta lateral que da al pasillo externo y la abre. Entra alguien, apenas hay saludos salvo el de “buenos días, Señoría” que dice el recién llegado con entonación aburrida, como una inapetente fórmula comercial. El abogado del acusado, uno de los abogados ante los que Julio peor reacciona, declama: veamos los integrantes de la rueda —como quien pide un café en barra, displicente—, a ver si hay suerte y todos son iguales. Natalia le mira, luego al juez. No comprende el sentido de la frase. — Hay que procurar que los cinco de la rueda no sean muy distintos, para que el acusado no sea gordo y los otros cuatro muy delgados, por ejemplo, o de distinto color - le explica el juez a Natalia, o más precisamente al oído de Natalia, como si Natalia fuera únicamente ahora oído y luego ojos —Tranquila, está todo perfecto. Sí, los cinco no son idénticos, pero son igualmente típicos. Los que cualquiera imaginaría como presos. El juez mira a Julio.