tirant lo blanch
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig
Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia
Ana Belén Campuzano Laguillo
Catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad CEU San Pablo
Víctor Moreno Catena
Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid
Francisco Muñoz Conde
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
Jorge A. Cerdio Herrán
Angelika Nussberger
José Ramón Cossío Díaz
Héctor Olasolo Alonso
Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México Ministro de la Suprema Corte de Justicia de México
Owen M. Fiss
Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)
Luis López Guerra
Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid
Ángel M. López y López
Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla
Marta Lorente Sariñena
Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid
Javier de Lucas Martín
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania) Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)
Luciano Parejo Alfonso
Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid
Tomás Sala Franco
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia
José Ignacio Sancho Gargallo
Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España
Tomás S. Vives Antón
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia
Ruth Zimmerling
Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
LA IGUALDAD EN RODAJE: Masculinidades, género y cine
OCTAVIO SALAZAR BENÍTEZ
Valencia, 2015
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Director de la Colección:
Javier de Lucas
Catedrático de Filosofía del Derecho Coordinador:
Mario Ruiz Sanz
Profesor Titular de Filosofía del Derecho
© Octavio Salazar Benítez
© Fotografía de la portada: Película Shame © TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-9086-478-4 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor lea, en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.
TÍTULOS DE CRÉDITO El título de este libro tiene su origen en una actividad que coordiné en colaboración con el colectivo La bella Varsovia en la Filmoteca de Andalucía, en marzo de 2012. Agradezco a Pablo García Casado su complicidad cinéfila y su compromiso poéticamente revolucionario. En el rodaje de esta “película de películas”, no ha dejo de revolotear la sonrisa imperfecta de mi querido Paco Muñoz, como si fuera el script invisible entre capítulo y capítulo. En el guión han sido inestimables las palabras de mis queridos Juan José Tamayo y Amelia Sanchís. Los matices de la fotografía me ayudaron a ponerlos mis compañeras de la Red Feminista de Derecho Constitucional. Aunque he de reconocer que la fotografía le debe mucho a Oscar. Gracias Fernando por iluminar mi vida. La escenografía no habría sido posible sin el grupo de hombres con los que tan fácil ha sido reconocerme en los últimos meses y seguir construyendo gerundios. Este libro —Jethro, Oski, Kike, Champy, José Luis, Tadeo, Quico, Carlos, Rodri— es tan mío como vuestro. La banda sonora la puso el clarinete de Abel al que admiro y sobre todo quiero más que a Woody Allen. El catering emocional y confidente fue obra de mi cómplice Diego Monge. Y, last but non least, he tenido la suerte de tener un productor de la talla humana e intelectual de Javier de Lucas. Con un equipo así era imposible que el rodaje no fuera una delicia. Sólo me quedó por cumplir el sueño de que Ana Belén aceptara ser la protagonista. De momento me he conformado con tenerla entre renglones. Tal vez en una segunda parte… porque…, toda la vida es cine y los sueños, cine son
“¿Es usted feminista?, preguntamos a la taquígrafa. Ella dijo que lo era. ¿Qué entiende usted por feminismo? Ser como los hombres, contestó ella. Entonces está usted bromeando!!!! No, no lo estoy. Me refiero a una independencia real. Y a una independencia emocional también - vivir en relación con el universo mejor que en relación con otra persona. Todos los hombres no son así, le contestamos tristes. Por eso ellos deberían unirse al movimiento feminista”. Pequeña historia publicada en Estados Unidos, en THE MASSES, en 1914, por Max Eastman, editor de la publicación y uno de los miembros de la Men`s League for Woman Suffrage (Kimmel, 2006: 79)
I. SHAME… A modo de prólogo Brandon corre, como si huyera de algo o de alguien. Aislado del exterior con música en los oídos. Escucha las variaciones de Goldberg y corre por Nueva York, la gran metáfora de las soledades acompañadas, la ciudad que nunca duerme y en la que tanta gente en vez de vivir sobrevive. Es de noche y corre como si lo persiguieran. Quizás se siente perseguido por sí mismo. Ha apagado el ordenador donde busca sexo fácil. O lo que es lo mismo: donde trata de esquivar la soledad y hasta su incapacidad para amar y ser amado. Brandon es un adicto al sexo pero no solo. Es un hombre prisionero en la jaula de su masculinidad, que arrastra sobre sus espaldas el peso de un modelo que le hace deudor de unas expectativas que cumple con dificultad. Le gusta follar como un loco, pero es incapaz de involucrarse emocionalmente. De comprometerse. Es un hombre herido, aunque a los ojos de los demás aparezca como un triunfador. Un héroe en lo público, un individuo irresistiblemente atractivo, con dinero y belleza. Los dos ingredientes básicos para alcanzar la felicidad capitalista. Brandon busca, prueba, juega. Siente y experimenta también el deseo de otro hombre. Caen las fronteras de las sexualidades. Improving non stop, podemos leer en un cartel del metro. Ese lugar de anónimos donde Brandon mira y es mirado, donde intenta reconocerse. Donde a veces se siente dentro y otras fuera. En la trastienda sigue habitando el sentido de culpa, la vergüenza, el espejo roto. Shame. El dolor que le devuelve el dolor de una hermana que de repente vuelve a su vida expresando todo lo que él no se atreve a expresar. Masculinidad y feminidad. Los dos seres imperfectos, perdedores, desubicados, pero con armas y capacidades distintas. Víctimas pero de distinta manera. La historia de Brandon, que es capaz de interpelarnos entre otras cosas gracias al atractivo y la fuerza interpretativa de Michael Fassbender, no es solo la de un hombre encerrado en los laberintos que le genera la adicción al sexo, sino que es también un retrato incisivo, doloroso, del desconcierto del
Octavio Salazar Benítez
hombre moderno. De su desamparo. De su vulnerabilidad. Más allá del círculo “vicioso” en el que está encerrado el protagonista, Shame (Steve McQueen, 2011) es un recorrido visual —no sólo estético, también ético— sobre las heridas de un hombre aparentemente triunfador pero en esencia derrotado. Es además un análisis sobre tres factores que los hombres hemos siempre digerido mal: el cuerpo, el deseo, las emociones. En este sentido, la película de McQueen es una brutal disección de la masculinidad maltrecha, angustiada, perpleja, prisionera de sí misma. Todo ello en contraste con una feminidad —encarnada por la hermana de Brandon (maravillosa Carey Mulligan)— que continúa necesitando sentirse amada, cuidada y cuidadora. La mujer que necesita amor frente al hombre que huye. Los dos igualmente solos y vencidos, como lo muestra la maravillosa escena en que Carey canta el “New York, New York” más triste que yo recuerdo. La película de McQueen, llena de espejos y de azules metálicos, es una magnífica muestra de como en el cine actual empezamos a encontrar retratos masculinos que ponen en evidencia como los hombres también somos víctimas del patriarcado que, en cuanto orden cultural, sigue condicionando nuestra subjetividad y nuestras relaciones con los demás hombres y muy especialmente con las mujeres. Brandon es, por una parte, el prototipo del macho triunfante, del que externamente responde a las reglas que durante siglos nos han avalado como dueños del poder, señores de lo público y negadores de lo femenino. Lo cual a su vez ha tenido su plasmación en los regímenes políticos y muy especialmente en unos ordenamientos jurídicos hechos a imagen y semejanza de esa referencia masculina esencial. La que ahora empieza a descomponerse, tras un siglo XX de progresivas conquistas de derechos por parte de las mujeres y en un siglo XXI en el que buena parte de los paradigmas que nos mantenían firmes empiezan a desmoronarse. Shame es una de esas hermosas y durísimas películas que nos colocan frente al espejo y nos dejan desnudos. Con esa misma desnudez que exhibe Brandon, poderosa fálicamente pero tan devaluada desde el punto de vista emocional. Por eso es incapaz de hacer el amor con la mujer que empieza a sentir por él algo más que deseo sexual, en una de las escenas más dolorosamente bellas de la película, frente a unos grandes ventanales que hacen aún más evidente el fracaso del protagonista. Todo ello después de una cena en la
La igualdad en rodaje: masculinidades, género y cine
que Brandon pone de manifiesto su miedo a hablar de sí mismo, a revelar su interior, y en la que además deja muy claro su miedo al compromiso, a tener una pareja que dure, a ser uno más de esos que sentados frente a su mujer no hablan. Tal vez no necesiten hablar porque están conectados, dice Marianne, su acompañante. Brandon sin embargo cree que lo que están es aburridos. “Tienes que comprometerte. Tienes que intentarlo”, le aconseja Marianne.
http://peliculas-top.blogspot.com.es/2012/09/pelicula-shame.html
Brandon es el prototipo de hombre patriarcal que empieza a sentir como se desmorona su propia máscara. Una estrategia muy habitual en los hombres: revestirse de la imagen que se espera de nosotros, mostrarnos ante los demás como fieles cumplidores de los dogmas, demostrando constantemente ante nosotros y ante los demás que somos hombres de verdad, incapaces de reconocer nuestra vulnerabilidad. Así actúa Brandon, incapaz de pedir ayuda frente a su hermana que no deja de hacerlo. Que no deja de reclamarle atención y cuidados. Brandon no habla de sus sentimientos frente a su hermana Sissy que no deja de decir te quiero, te quiero, te quiero. La que cuando canta New York New York le hace llorar, aunque él no quiera reconocerlo. “Sissy, sal de mi habitación”. Así le grita él cuando ella busca refugio en su cama porque siente frío. “Lo siento, lo siento, lo siento”. Brandon le recrimina a Sissy que reitere sus disculpas, que se refugie en las palabras y que no actúe. Ella le contesta que al menos es capaz de expresar lo que siente y reconocer sus errores. En la conversación en la que Brandon le pide a su hermana que se vaya, asistimos al enfrentamiento entre esas dos caras, la masculina y la femenina,
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que se traducen en la autosuficiencia del primero y la necesidad de cuidar y ser cuidada de la segunda. Sissy insiste en que son hermanos, que tienen que cuidarse, mientras que él le recrimina que en vez de ayudarle se haya convertido en una carga. Le hecha en cara algo muy habitual en el lenguaje del patriarca: “Deja de hacerte la víctima”. Además de dejarle muy claro que, frente a su fracaso, él ha “triunfado” en la vida porque tiene un magnífico apartamento y un buen trabajo. Es decir, ha conseguido lo que siempre se ha esperado del hombre proveedor. El hombre siempre volcado en el éxito público —el trabajo, la política, la economía— y con su disfraz. Todos esos hombres con traje oscuro, azul oscuro casi negro, y corbata que se reúnen en el lugar de trabajo y que luego van a celebrar sus triunfos en el bar. Las fratrías de varones. Pero los tiempos han cambiado y la igualdad llega también a las barras de los bares. Uno de los compañeros de Brandon trata de ligar con un grupo de tres chicas, con el habitual galanteo del macho que se esfuerza en vender su ingenio y su capacidad de sorprender, pero en este caso son ellas las que le dan la vuelta a la ceremonia y son las que llevan el timón. Las que lo dejan desconcertado cuando una de ellas se adelanta y paga la ronda. La misma que luego lo mira con desconcierto cuando él en la pista de baile hace el idiota porque ya se sabe que… los hombres duros no bailan… solo hacen parodia de sí mismos cuando su objetivo es seducir a una mujer. Los mismos que luego suelen hablar entre ellos para contarse la batallita de la noche anterior. Esos son los hombres que siguen estando en lo público pero que, pese a todos los avances de las mujeres en el ejercicio igual de sus derechos, continúa sin estar en lo privado. O al menos sin estar de la misma manera y en la misma proporción que sus compañeras. Así se refleja en la escena en la que un compañero de trabajo de Brandon habla desde la oficina por el skype con su hijo. Están negociando una salida del menor, entre la madre que sí está en la casa y el padre que mientras habla con el hijo le recrimina a Brandon que tiene el disco duro del ordenador lleno de sexo. Brandon es el hombre que busca en la noche, que necesita del sexo como una droga para escapar de sí mismo y de su soledad, que se resiste a amar y ser amado, que permanece tras los barrotes de una jaula. “No somos malos, venimos de un lugar malo”, explica Sissy. El lugar del que viene y en el que
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está Brandon es, junto a tal vez una historia familiar que apenas adivinamos, el patriarcado que cría y reproduce hombres que finalmente también acaban siendo sus víctimas. Animales heridos que lloran como Brandon al final de la película, después de que la tragedia de su hermana le haya puesto delante la imagen de su propio fracaso.
II. HOMBRES ¿SINCRONIZADOS? La hermosa, trágicamente hermosa, película de Steve McQueen —casi podría resultar un juego que el director haya decidido mantener el nombre que lo iguala con uno de los símbolos de la masculinidad en la historia del cine—, puede ser servirnos de prólogo para las reflexiones que algunos hombres empezamos a hacernos en este siglo XXI. Después de varias décadas de progresivas conquistas de derechos por parte de las mujeres, de erosión de los pactos de convivencia y de redefinición —no completa, pero sí significativa— de buena parte de los paradigmas que habían servido para construir las subjetividades masculina y femenina, algunos hombres nos sentimos como mínimo desorientados ante un panorama que poco tiene que ver con el mundo en el que fuimos educados. Pienso sobre todo en los que formamos parte de esas últimas generaciones socializadas aún durante el franquismo y que recibimos de manera brutal e insistente sobre nuestras cabezas los dogmas del patriarcado. En la mayoría de los casos sin manual de instrucciones hemos tenido que incorporarnos a un modelo de sociedad que se ha transformado a un ritmo vertiginoso y en la que, afortunadamente, han dejado de servir muchas de las pautas que vimos en nuestros mayores. Sin referentes a los que agarrarnos, y con el miedo que siempre nos ha generado mirarnos en el espejo, hemos tenido que reubicarnos tanto en los espacios públicos como en los privados. Todo ello gracias a unos cambios que especialmente en la sociedad española han sido muy significativos sobre todo si tenemos en cuenta de dónde veníamos antes de que comenzara su andadura nuestro régimen constitucional. Sin embargo, en buena medida todavía hoy los hombres estamos atrapados “en la trampa del tener que ser hombres a toda costa y sobre las referencias del modelo tradicional” (Lorente, 2014: 276). Aunque la Constitución española de 1978 no se ocupó expresamente de la situación de las mujeres, las cuales habían sido durante el franquismo la “mitad” subordinada en nombre de un sistema jurídico patriarcal y de una reli-
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gión oficial evidentemente machista, los cambios jurídicos, políticos, sociales y culturales de estos casi 40 años han transformado un modelo de sociedad que se había basado históricamente en la diferenciación jerárquica entre nosotros y ellas. Las mujeres, obviamente en el contexto de los países democráticos, han ido accediendo al ámbito público, se han ido convirtiendo en ciudadanas de pleno derecho y han erosionado por tanto los términos de un “contrato social” que hundía sus raíces en el previo sexual. Es decir, en el que en el entorno privado del matrimonio y la familia establecía para ellas un estatuto de menores de edad y un reparto de roles y responsabilidades que todavía hoy arrastramos y en el que radica la mayor parte de los obstáculos para una plena igualdad. En este sentido, no es una simple casualidad que el único artículo de nuestra Constitución donde aparece la palabra “mujer”, sea en el 32, es decir, en el dedicado al derecho al matrimonio. Y las mujeres aparecen ahí no solo para dejar claro que el constituyente apostaba por un régimen al fin de igualdad de derechos en el contrato, sino sobre todo para subrayar desde el punto de vista jurídico la regla de la heterosexualidad y en consecuencia un determinado entendimiento de las relaciones afectivas y sexuales. De ahí que cuando en 2005 se aprobara la reforma del Código Civil para reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo, una de las claves del debate, por no decir la principal, estuvo en el entendimiento de quiénes podían ser sujetos de ese derecho a la luz del art. 32 CE. Afortunadamente, y aunque fuera siete años después, el Tribunal Constitucional avaló la legitimidad de la reforma y, de esta manera, no sólo cerró el debate jurídico en torno al matrimonio igualitario sino que también contribuyó a la erosión de los paradigmas heteronormativos que durante siglos han dominado nuestro ordenamiento jurídico. Unos paradigmas que derivan de un orden cultural y político, el patriarcado, y que han sido y son todavía decisivos en cómo nos construimos como sujetos. Tanto ellas como nosotros. A pesar de todos esos cambios y de las conquistas significativas por parte de las mujeres, la igualdad plena continúa siendo un horizonte más que una realidad. Los datos que nos revelan su lugar en el ámbito laboral, en el ejercicio del poder o no digamos los que nos siguen mostrando el drama de la violencia de género bastarían para apoyar esa hipótesis. Todo ello además desde la perspectiva de un ámbito privilegiado como la Europa democrática. En
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otros lugares del planeta la posición de las mujeres sigue estando más cerca de la Edad Media que de un Estado de Derecho. Es decir, a pesar de los instrumentos legislativos que han favorecido la igualdad, de los pronunciamientos de Tribunales nacionales e internacionales que la apoyan con sus decisiones o de la presencia cada vez más sólida de las reivindicaciones feministas en la “agenda política”, podemos afirmar que continúa existiendo una violencia estructural y simbólica contra las mujeres. Una violencia que, además, corre el riesgo de acrecentarse en los momentos actuales de crisis económica y de abandono de las políticas propias del Estado Social, dos fenómenos que vuelven a tener como principales víctimas a las mujeres. De nuevo, como en otros tantos momentos históricos de crisis, son especialmente ellas las que ven como se incrementa su vulnerabilidad. Y es que, como bien denuncia María Pazos (2013: 38), “el mainstreaming de género supone (supondría) el cambio de orientación desde las políticas de acción positiva o políticas compensatorias a la tarea de cambiar las políticas públicas (la corriente principal) para eliminar las desigualdades que estas producen. Este cambio de orientación dista mucho de haberse producido; al contrario, cuando aún estamos empezando a atisbar su necesidad, la idea ya ha sido desprestigiada, y en gran parte desactivada, por el método de superarla bajo un montón de tecnicismos”. En estos complejos tiempos estamos asistiendo también a un refuerzo de los esquemas patriarcales, si bien en ocasiones bajo formas más sutiles y en otras bajo el disfraz de argumentos pretendidamente igualitarios. Es decir, ante el progresivo avance de las mujeres, el cual supone como consecuencia principal la necesidad de revisar la titularidad del poder y el reparto de derechos/deberes, muchos hombres están reaccionando con una actitud defensiva, de protección de sus privilegios y de cuestionamiento por tanto de muchos de los ámbitos que las mujeres han ido conquistando. Por ejemplo, en relación a la experiencia estadounidense, Michael Kimmel (2006, 216) explica cómo a partir de los años 90 del pasado siglo los hombres pasaron de la ansiedad por demostrar su hombría a la ira. Es decir, y cito literalmente, “the ‘self-made man’ becomes ‘angry white men’”. En muchos casos la erosión de sus privilegios ha provocado un estado de depresión ante la incapacidad de situarse en los nuevos escenarios: “A pesar de que ellos siguen teniendo la mayor parte del poder y del control del mundo, se sienten como víctimas.
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Estas ideas reflejan también una especie de nostalgia por un pasado en el que los hombres creían que podían situarse en la elite de la nación simplemente trabajando duro y aplicándose ellos mismos (…) Es el Sueño Americano. Y cuando los hombres fracasan, son humillados, sin lugar donde proyectar su ira. Algunos están buscando respuestas; otros quieren recuperar la inversión” (Kimmel, 2006: 221). Este contexto da lugar al desarrollo de lo que con tanto acierto Miguel Lorente (2009) ha denominado “posmachismo”, el cual muchas veces se sirve de la simple confusión para cuestionar los logros en materia de igualdad, los cambios jurídicos o la lucha de las mujeres por su reconocimiento. Es la reacción de quien ve peligrar su lugar de privilegio, su monopolio en el ejercicio del poder y las estructuras de un mundo que durante siglos funcionaron de acuerdo con la identificación de lo masculino con lo universal. Esta reacción, que incluso va a acompañado de discursos pretendidamente científicos y por supuesto de programas políticos más o menos definidos, encuentra además su perfecto caldo de cultivo en un orden cultural que, pese a las aparentes transformaciones, continúa reproduciéndose. Es decir, aunque sobre todo a lo largo del siglo XX los cambios en el modelo de convivencia han ido agrietando progresivamente ese orden, sus raíces profundas siguen en gran medida intactas. Como mucho se han recubierto bajo un discurso formal de igualdad que a duras penas oculta que el “meollo”, que no es otro que la distribución del poder, los recursos y el reconocimiento, continúa mayoritariamente en manos masculinas. Algo que es fácil descubrir en las fotografías de una realidad social, política, económica y cultural en la que perviven los rasgos esenciales del patriarcado, a saber: el entendimiento del poder y en general de lo público como exclusivamente masculino, la división del mundo a través de binarios jerárquicos a partir del esencial público masculino/privado femenino y la identificación de la racionalidad autónoma, y por lo tanto del sujeto de derechos, con el varón. Una suma, sin duda explosiva, en la que radica el origen de la paralela discriminación que sufren las mujeres y de la que encontramos rastros en los diferentes ámbitos de nuestra vida social y cultural. Basta con repasar cualquier día un medio de comunicación para detectar como ese orden sigue vivo. La publicidad, por ejemplo, es uno de los mejores termómetros para confirmar como todavía hoy se sigue transmitiendo una determinada imagen
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tanto del hombre como de la mujer, así como del reparto de poderes, tareas y responsabilidades entre ambos. Esta división alcanza su máxima expresión en la prensa que va dirigida especialmente a una mitad de la población o a la otra. Es decir, las revistas femeninas siguen insistiendo, aunque con ligeras concesiones a ámbitos antes inéditos como el mundo laboral o político, en la cosificación del cuerpo de las mujeres y en determinados temas que se siguen considerando como propios de su mundo (la casa, la maternidad, los cuidados, la belleza, la sensibilidad, el amor, los afectos en general). Frente a ellas, las publicaciones dirigidas a un público masculino siguen exaltando la masculinidad tradicional. Es el caso evidente de las centradas en el mundo del deporte. A ellas habría que sumar las que han proliferado en los últimos años dirigidas a los que las sociedades modernas consideran hombres “de éxito”, es decir, hombres con un cierto nivel adquisitivo, preocupados por su aspecto físico, en gran medida “feminizados”, pero que continúan respondiendo a los patrones clásicos del héroe, del seductor, del proveedor o, en definitiva, del sujeto activo por excelencia. Su feminización es más el resultado de una estrategia comercial que de una verdadera transformación cultural: se incide más en el hombre como consumidor que en el liberado de los arquetipos. Esa reacción “posmachista” encaja a la perfección en la sugerente propuesta que realiza Demetrakis Demetriou (Silva, 2013: 136), según el cual, y a diferencia de otros autores que distinguen entre formas hegemónicas y no hegemónicas de masculinidad, lo que existe es un bloque masculino, de tal manera que “la forma de masculinidad que puede reproducir el patriarcado está en un proceso constante de negociación, traducción, hibridización y reconfiguración. Por lo tanto, … la forma incipiente de masculinidad contemporánea es un bloque híbrido, que incorpora deliberadamente elementos diversos e incluso opuestos pero que siempre reproduce el dominio patriarcal”. A todo ello habría que sumar la pervivencia de determinados “códigos de dominación” que incluso los hombres que nos consideramos feministas, igualitarios en nuestras relaciones, mantenemos en ocasiones de manera inconsciente, en cuanto reproductores de un modelo en el que se nos ha socializado y en el que por supuesto nos sentimos cómodos en cuanto privilegiados. Me refiero por ejemplo a los que Luis Bonino ha denominado con tanto éxito “micromachismos”, es decir esos “‘pequeños’ y cotidianos ejercicios del po-
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der de dominio, comportamientos ‘suaves’ o de ‘bajísima intensidad’ con las mujeres. Formas y modos, larvados y negados, de abuso e imposición de las propias ‘razones’, en la vida cotidiana, que permiten hacer lo que se quiere o impiden que ellas puedan hacerlo de igual modo. Son hábiles artes, comportamientos sutiles e insidiosos, reiterativos y casi invisibles que los varones ejecutan permanentemente quizás no tanto para sojuzgar sino para oponerse al cambio femenino”. No obstante, también es cierto que lentamente van apareciendo otros modelos y otros rostros de varón. Cada vez es más frecuente encontrarnos por ejemplo entre los hombres “públicos” con comportamientos, actitudes y maneras que indican un cambio con respecto a lo que se entendía que debía ser su rol tradicional. Hombres que no renuncian a emocionarse delante de las cámaras, o que muestran su vulnerabilidad, por no hablar de los que ya han dejado de tener miedo en reconocer públicamente que no forman parte de la mayoría heterosexual. Hombres que se adentran en territorios tradicionalmente femeninos y que empiezan a romper las barreras del sistema sexo/ género. Como los protagonistas de la película Hombres sincronizados (Dylam Willliams, 2010), en la que se nos cuenta en forma de documental la historia real de un grupo de hombres suecos que forman un equipo de natación sincronizada. Un grupo formado por conductores de trenes, carniceros, archiveros y profesores que de pronto descubren que no son el único equipo masculino del mundo de dicha especialidad y que, por primera vez, está a punto de celebrarse un campeonato mundial que tendrá lugar cuando muchos de ellos cumplen 40 años. A través de su peripecia, vamos descubriendo como esos hombres que realizan una actividad típicamente femenina en realidad están cuestionando el propio modelo en el que fueron socializados y que en muchos casos les genera insatisfacciones. Porque, como más adelante analizaré, el deporte continúa siendo uno de los espacios en los que más claramente siguen rigiendo las reglas patriarcales y la división sexo/género, de manera que se continúa entendiendo que la práctica deportiva que supone competición y agresividad es masculina, mientras que otro tipo de prácticas —en las que por ejemplo el uso del cuerpo o el tipo de movimientos es radicalmente diferente— se consideran femeninas.
La igualdad en rodaje: masculinidades, género y cine
http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-196745/
La movilización social contra la violencia de género, que ha ido creciendo a partir de la segunda mitad de los años 90 del pasado siglo, ha representado un punto de inflexión en la militancia feminista de algunos hombres. Junto a campañas internacionales como la del “lazo blanco”, —motivada por el asesinato el 6 de diciembre de 1989 en Canadá de 14 alumnas de la Escuela Politécnica de Montreal a manos de un hombre que las separó de los alumnos y abrió fuego contra ellas, suicidándose después —han empezado a realizarse encuentros, jornadas y congresos en los que los hombres en cuanto mitad del pacto hemos sido objeto de análisis. Además, y aunque todavía se trate de una experiencia minoritaria, han comenzado a crearse grupos de reflexión en los que los hombres nos cuestionamos la identidad hegemónica que acaba siendo una losa para nosotros. En nuestro país cabe destacar en este senti-
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do experiencias pioneras como la del Grupo de Hombres del Ayuntamiento de Jerez o la Asociación AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género), además de voces que han ido creando una cierta doctrina sobre el tema como las de Miguel Lorente, Oscar Guasch, Luis Bonino o Carlos Lomas. En este sentido podemos afirmar que empieza a producirse “un movimiento masculino de liberación, como en su día lo fue la liberación de las mujeres con respecto a un papel social prescrito por la cultura” (Téllez y Verdú, 2011: 82). Todo ello al tiempo que empieza romperse con el que es uno de los elementos claves en la construcción de la masculinidad cual es el “código de silencio” frente a la violencia, porque no podemos olvidar que casi como una regla imperativa “chicos y hombres aprenden a guardar silencio frente a la violencia de otros hombres. El silencio es una de las vías a través de las cuales los chicos se hacen hombres” (Kimmel, 2008: 61). Sin embargo, coincido con las críticas que ponen en evidencia que muchas de las investigaciones que se realizan actualmente en torno a este tema se centran en las “identidades”, y olvidan el “aspecto relacional que aportan las visiones sobre el ejercicio del poder, que pasan inevitablemente por el análisis de las relaciones entre hombres y mujeres” (Aspiazu, 2013). Ello conduce, entre otras cosas, a perder de vista las aportaciones del feminismo que deberían ser la base del proceso crítico y emancipador que tenemos por delante. En todo caso, lo que sí parece imparable es el proceso mediante el cual algunos hombres hemos empezado a mirarnos en el espejo, a cuestionar nuestra subjetividad y nuestra posición en la sociedad, así como las relaciones entre nosotros y con las mujeres, como consecuencia de la desorientación que empezamos a vivir a finales del siglo XX. Es decir, ante el panorama de los grandes cambios provocados por la incorporación de la mujer a lo público y por la revisión de buena parte de los paradigmas que durante siglos habían servido para definirnos como sujetos. Un contexto que está provocando dos tipos de reacciones. De una parte, y como apuntaba con anterioridad, la de los hombres que refuerzan su identidad patriarcal. Son los que con Miguel Lorente podemos calificar como “neomachistas”, o esos “nuevos hombres nuevos” (2009: 73), es decir, hombres que han incorporado solo formalmente unas posiciones alejadas del androcentrismo, pero que continúan siendo igual de patriarcales que los de generaciones anteriores en sus maneras de percibir
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la realidad. Por otra parte, estamos los que hemos empezado a revisarnos por dentro, en muchos casos desde un cierto desconcierto y pérdida de rumbo. Algo que muy especialmente estamos viviendo los que pertenecemos a generaciones intermedias, es decir, a los que fuimos educados en un modelo brutalmente patriarcal y a los que nos faltan referentes de “nuevas masculinidades”.