El verdugo: un retrato satĂrico del asesino legal
El verdugo: un retrato satírico del asesino legal
Mario Ruiz Sanz Profesor Titular de Filosofía del Derecho Universitat Rovira i Virgili de Tarragona
México D.F., 2012
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«… La teoría del verdugo era que resultaba imposible cortar una cabeza si no había cuerpo del que cortarla; decía que nunca había tenido que hacer una cosa parecida en el pasado y que no iba a empezar a hacerla a estas alturas de su vida.» (Lewis Caroll, Alicia en el País de las Maravillas, 1865)
Ìndice
Presentación ...............................................................................
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Ficha técnica ..............................................................................
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Sinopsis ......................................................................................
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El contexto y la oportunidad política .......................................
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Un análisis simbólico de la película .........................................
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Algo más sobre verdugos ...........................................................
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¿Ejecutores del Derecho o víctimas del Estado? .....................
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Referencias generales ................................................................
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Índice
Presentaci贸n
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Presentación
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a sensación de un cadáver todavía tibio puede suscitar varias hipótesis. De entre las más comunes, está la muerte natural; incluso para las mentes más fabuladoras, la posibilidad de un suicidio, o por el contrario, de un asesinato. Si al lado del cuerpo inerme, aparece una persona anónima, pero con ciertas señas de identidad o ropajes al uso, acompañado de algún instrumento para infligir un suplicio, entonces ha de suponerse la presencia de un brazo ejecutor de la ley, el último apéndice humano del proceso de castigo legal más radical que ha conseguido pervivir desde tiempos inmemoriales; sin ambages, de la aplicación ineluctable de una pena de muerte. La figura del verdugo siempre ha tenido un halo siniestro. En cambio, no sólo la ley los ha protegido de manera notoria, sino que la sintaxis los continúa respetando. No más hay que comprobar algunas de las definiciones que conserva el actual Diccionario de la Lengua Española, en el que se mantienen dos acepciones
relativas a este tipo de individuos: una real, que se refiere a aquel «Ministro de justicia que ejecuta las penas de muerte y en lo antiguo ejecutaba otras corporales; como la de azotes, tormento, etc.»; y otra en sentido figurado, que señala a una «persona muy cruel o que castiga demasiado y sin piedad.» A fin de cuentas, ambas vienen a significar lo mismo, sólo que la primera obsolescencia, tomada al pie de la letra, induce a pensar que siendo responsable o colaborador de la «justicia», el verdugo es un ser justo, cuando resulta todo lo contrario: un oficio repugnante instituido para eliminar a seres humanos. También el recurso a la etimología ofrece pistas semánticas impagables. En su origen, la palabra «verdugo» designaba un tallo verde o brote arrancado de un árbol, de lo que pasó a ser la vara, mimbre o cualquier cosa flexible empleada para azotar. Ahora bien, lo más interesante es la evolución metonímica del término, ya que la «parte» acaba por convertirse en el «todo»: el personaje, también llamado carnífice,
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Presentación
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Mario Ruiz Sanz
mochín, oficial o sayón, que ejecutaba las penas de azotes y otros tormentos hasta la mortificación. Incluso resulta curioso que el «todo» vuelva a reducirse a la «parte», cuando se indica que un verdugo es además la señal o roncha alargada, coloreada e hinchada, que deja en el cuerpo un golpe de azote, u otra forma de tortura. Juegos del lenguaje que siempre conducen a ese mínimo común denominador, que es el ejercicio de una profesión cruel y displicente, generalmente repudiada por el pueblo. Los verdugos son el ejemplo más brutal de la obediencia al Derecho llevada al límite del paroxismo; amparan su actividad en la necesidad de imponer castigos a los culpables de haber cometido alguna conducta grave previamente reprobada por el poder político. Es más, dan un esperpéntico, pero estratégico, apoyo fáctico, reforzando los argumentos dados por el Estado para la eliminación de aquellos elementos subversivos que distorsionan la paz o el orden público del sistema establecido. De forma efectiva se muestra al público mediante un espectáculo teatral grotesco, acompañado por la parafernalia visual de algún instrumental inventado al efecto, que va desde un simple látigo hasta la inyección letal más sofisticada, ante los cuales el espectador —
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directo o indirecto— sólo puede reaccionar con una mezcla de terror y de asco. Ahora bien, y sin mayores pretensiones, algo hay que discernir sobre el lado humano de la pena capital, vista desde una perspectiva diametralmente opuesta a la de la víctima real, aunque a tenor de ciertas paradojas, tal visión puede ser compartida. Porque, al fin y al cabo, todos somos, en ocasiones, víctimas o verdugos de nuestros propios actos y de los ajenos. Más que seres buenos o malos, a veces nos situamos ante el dilema de ser vencedores o vencidos, héroes o villanos, agasajados o ultrajados, reconocidos o ignorados. Lo más trágico sucede en aquellas situaciones en las que se puede escoger, pero la elección no resulta fácil. No hay tertium genus, siempre habrá víctimas y verdugos; pero lo patético del caso se da cuando convergen ambas posiciones, y uno se convierte al mismo tiempo en víctima de su conciencia y verdugo de su iniquidad. Frente al deseo imposible de Baudelaire, cuando afirmaba que «debe resultar dulce ser alternativamente víctima y verdugo», se alza la más cruda realidad imaginada por Borges, quizás preso de la impotencia: «Pude haber sido un mártir, pero fui un verdugo…» Fuera de tales reflexiones literarias, y aparte de la crítica más o
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compasivo y esperanzador sobre la compleja naturaleza humana: ¿es posible comprender con ternura al ejecutor de un semejante?
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menos explícita a la pena de muerte, hay un interrogante que barrunta por toda la película El verdugo, y que además le imprime un enfoque no sólo original, sino
Ficha técnica
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Título original: El verdugo - La ballata del boia Nacionalidad: España - Italia Año de realización: 1963 Duración: 90 minutos aprox. Compañía productora: Naga films (Eapaña) - Zebra films (Italia) Dirección: Luis García Berlanga Guión: Luis García Berlanga, Rafael Azcona y Ennio Flaiano Productor ejecutivo: Nazario Belmar Segundo operador: Miguel Agudo Ayudantes de Dirección: Ricardo Muñoz Suay y Félix Fernández Fotografía: Tonnino Delli Colli (blanco y negro) Decorados: José Antonio de la Guerra Montaje: Alfonso Santacana Jefe de producción: José Manuel M. Herrero Vestuario: Humberto Cornejo y Maruja Hernáiz Música: Miguel Asins Arbó (Twist «El verdugo» de Adolfo Waitzman) Distribuidora de vídeo VHS: Mercury films, S.A. (1992) Calificación: no recomendada a menores de 18 años Intérpretes: Nino Manfredi (José Luis), José Isbert (Amadeo), Emma Penella (Carmen), José Luis López Vázquez (Antonio), Angel Alvarez (Alvarez), Guido Alberti (el Alcaide), María Luisa Ponte (Estefanía), María Isbert (Ignacia), Julia Caba Alba, Lola Gaos, Chus Lampreave (las señoras de las obras), Xan das Bolas (el guarda de las obras), José Sazatornil «Saza» (el administrador), José Luis Coll (el organista), Félix Fernández y Alfredo Landa (los sacristanes), Valentín Tornos (el dependiente de la Feria del libro), José Orjas, Antonio Ferrandis, Elvira Quintillá, Erasmo Pascual, José María Prada, Santiago Ontañón, Agustín González, Goyo Lebreros, Sergio Mendizábal, Vicente Llosa.
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Ficha técnica
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Mario Ruiz Sanz
DATOS DEL EXPEDIENTE (según el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España) – Empresas productoras: Inter-Lagar films S.A. – Empresas distribuidoras: Gonzalez Díaz, Ismael – Fecha de autorización: 04.02.1964 – Ambito de exhibición: salas comerciales – Espectadores: 33.166 – Recaudación: 24.984,52 euros (4.157.074 ptas.) – Versión y lengua: original
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Sinopsis
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armen, la hija del señor Amadeo, el verdugo de la Audiencia de Madrid, no consigue encontrar novio, ya que todos sus pretendientes, cuando se enteran de la profesión de su padre, salen huyendo. Amadeo conoce un día a José Luis, un empleado de pompas fúnebres, que acabará casándose con Carmen. Amadeo está a punto de jubilarse. Un patronato de viviendas le concede un piso donde podrá vivir con su hija y su yerno. Sin embargo, la concesión de la vivienda está condicionada al empleo de verdugo, por lo que
Amadeo tendrá que convencer a José Luis para que herede «la profesión». José Luis, después de muchas presiones, acepta con la condición de que dimitirá si se viera obligado a «ejercer». La vida transcurre hasta que un día llega el aviso de que José Luis debe ajusticiar a un condenado a muerte. Amadeo tranquiliza a su yerno convenciéndole de que al final llegará el indulto. Toda la familia se traslada a Palma de Mallorca, donde ha de celebrarse la ejecución, como si fueran turistas. Pero el indulto no llega…
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