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MANUAL DE LA ASIGNATURA INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA Universitat dels Majors de Gandia Curso académico 2016-2017 2ª Edición

Vicente Claramonte Sanz Universitat de València Departamento de Filosofía Área de Lógica y Filosofía de la Ciencia

apuntes


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MANUAL DE LA ASIGNATURA INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA Universitat dels Majors de Gandia Curso académico 2016-2017

Vicente Claramonte Sanz Universitat de València Departamento de Filosofía Área de Lógica y Filosofía de la Ciencia


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TEMA 1. PLANTEAMIENTO Y NOCIONES INTRODUCTORIAS

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1.2 PERSPECTIVA SISTEMÁTICA Y PERSPECTIVA HISTÓRICA 1ª Filosofía antigua. a) Abarca desde el s. VI a. C. —con las contribuciones basadas en el logos del filósofo y matemático griego Tales de Mileto (630-545 a. C.)—, hasta la irrupción del cristianismo en el Imperio romano, la cual puede simbolizarse en el s. V con la obra de Boecio. b) Caracterizada por la actitud de asombro y admiración ante la physei (naturaleza). Los antiguos creían que el mundo existía desde siempre y que tanto los dioses (inmortales) como los hombres (mortales) formaban parte de él. c) Los filósofos más destacados de esta época fueron Sócrates (470-399 a. C.), Platón (427347 a. C.) y Aristóteles (384-322 a. C.).


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2ª Filosofía medieval. a) Abarca desde que la cosmovisión cristiana se impone en el ámbito cultural griego y romano hasta la crisis de la cultura europea occidental producida en el siglo XVI, con la cual surge el Renacimiento. b) El pensamiento medieval se caracteriza por el predominio de la fe, que genera una nueva unidad en torno a la temática y a los criterios desde los cuales abordarla. Dada esta visión teocrática del cosmos y la sociedad, la Filosofía se subordina a la Teología: Dios se convierte en el concepto central y dominante de todo pensamiento, y a partir del mismo la idea “Creación” se incorpora a la Historia de la Filosofía. c) Los filósofos más destacados de este período fueron: Agustín de Hipona (354-430) y Tomás de Aquino (1225-1274). 3ª Filosofía moderna. a) Comienza con el intento de superación de la crisis de la cultura europea del siglo XVI, llevada a cabo por Descartes, y culmina con la muerte de Hegel (1831). b) Caracterizada por la duda y el escepticismo como actitud filosófica, que llevan a los pensadores a buscar la certeza. Además se generaliza un proceso de antropocentrismo, con el cual Dios deja de ocupar el centro de la reflexión filosófica y pasa a ocuparlo el ser humano. c) Descartes (1596-1650), Hume (1711-1776), Kant (1724-1804) y Hegel (1770-1831) serían sus filósofos más destacados. 4ª Filosofía contemporánea. a) Abarca desde el período posterior al fallecimiento de Hegel (1831) hasta la actualidad. b) Caracterizado por la incertidumbre y ambigüedad como actitud filosófica básica. Se extiende el consenso respecto de la imposibilidad de lograr a un conocimiento absoluto o siquiera objetivo o riguroso sobre la naturaleza, el ser humano o Dios. c) Algunos de sus principales exponentes han sido Kierkegaard (1813-1855), Marx (18181883), Nietzsche (1844-1900), Husserl (1859-1938), Heidegger (1889-1976), etc.

ETAPA

INICIO

ACTITUD

ANTIGUA

s. VI a. C.

asombro

MEDIEVAL

cristianismo

fe

MODERNA

siglo XVI

duda

CONTEMPORÁNEA

1831 muerte Hegel

ambigüedad

FILÓSOFOS Platón Aristóteles Agustín de Hipona Tomás de Aquino Kant Hegel Nietzsche Heidegger

TEMA PRINCIPAL Naturaleza Dios Hombre imposibilidad del saber absoluto


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1.3

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO RACIONAL: TRÁNSITO DEL MYTHOS AL LOGOS

En la cultura occidental la palabra “mito” suele asociarse a los relatos de las hazañas de las divinidades y héroes del mundo antiguo y suele sugerir un tiempo fabuloso y lleno de encanto, pero también ingenuo y sometido a creencias erróneas, propias de civilizaciones primitivas que se caracterizan por la existencia de formas de pensamiento no solo anteriores, sino también inferiores al conocimiento científico. Etimológicamente, la palabra “mito” proviene de mythos, y a su vez éste vocablo griego procede de la partícula indoeuropea my o “relato”, aludiendo a un discurso contado verbalmente. En nuestro entorno cultural, la voz “mito” asimila el relato a lo ficticio y conleva una forma de pensamiento típica de una mentalidad prelógica y mística, desde el supuesto y correlativo modelo lógico-racional que se considera propio del pensamiento científico. Aunque en sus orígenes la voz mythos no entraba en oposición directa con logos, a partir de los siglos IV y V a. C. comienza a gestarse la oposición entre el significado de ambos. Logos comienza a significar la razón, el denominado “discurso razonado” o “discurso argumentativo y demostrativo” como resultado de la crítica especulativa frente a las creencias religiosas de la época y a los relatos que las sustentaban, es decir, los mythoi. Esta crítica racional a las leyendas de la tradición griega desde la propia cultura griega es muy anterior a Platón, pero es en sus diálogos donde encontramos mito y logos referidos a dos formas de explicación posibles que son alternativas, distintas y diferentes entre sí. El discurso basado en el logos se aleja del mito principalmente en aquello en que intenta una explicación de lo real basada en la racionalidad, se aleja de las explicaciones que recurren a seres sobrenaturales y respeta el principio de no contradicción y el principio de causalidad. 1. 4 CONTEXTO HISTÓRICO DE LA ANTIGÜEDAD: GRECIA Y ROMA 1º) Epoca heróica (s. XII - IX a. C.). Abarca el fin de la civilización minoica y la invasión del Peloponeso y de la cultura de los Aqueos por pueblos germánicos e indoeuropeos conocidos como Dorios. Por ello, las culturas minóica y cretense constituyen configuran el sustrato socio-cultural originario de lo que hoy conocemos como Grecia antigua. Tras muchos siglos de uso, sustituyeron la escritura pictográfica por la consonántica y mucho más adelante, a comienzos del período arcaico, empezaron a representar las vocales. Todavía no puede hablarse de producción filosófica propiamente dicha. 2º) Período arcaico (s. VIII - VI a. C.). La lengua escrita se asienta en el área socio-cultural del Peloponeso, y la literatura alcanza una difusión decisiva, mediante autores como Homero y Hesíodo. Se generalizan la extensión de las polis, regidas por un elenco de deberes y derehos predicables con igualdad tanto de quienes viven en zonas urbanas como agrarias. En el ágora se racionalizaba cotidianamente la acción política mediante la discusión verbal razonada, y como consecuencia, comienza a generalizarse el uso de la retórica, la dialéctica y la argumentación, todas las cuales culminan en el desarrollo paulatino de la producción filosófica.


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3º) Período clásico (s. V - IV a. C.). Predomina la filosofía propia de Atenas, como polis de máximo esplendor social, cultural y militar en el entorno geográfico. Se desarrolla el pensamiento de la escuela sofista y de autores fundamentales como Sócrates, Platón y Aristóteles. La filosofía ya forma parte integrante de la cultura del ciudadano griego, y resulta particularmente importante en la formación intelectual y espiritual de la persona, en especial conforme pertenece a clases sociales más privilegiadas. 4º) Período helenístico (s. III - I a. C.). Iniciado con la expansión del Imperio romano oriental implementada con Alejandro Magno, perdiendo así Atenas su estatus político como polis o ciudad-estado independiente y pasando a integrarse en el Imperio. Durante esta época destaca el desarrollo de tres escuelas filosóficas que desempeñaron y todavía desempeñan una importancia decisiva durante la subsiguiente historia del pensamiento occidental: epicureismo, escepticismo y estoicismo. 5º) Período romano (s. I a. C. - V). Anteriormente era considerada una época de crisis. Se produce un fenómeno de sincretismo entre la cultura griega y la judía, emergiendo con fuerza el cristianismo como concepción dominante en la comprensión del cosmos, las relaciones sociales y la identidad colectiva e individual del sujeto. Dicho sincretismo judeo-heleno conducirá al auge y a la difusión del neoplatonismo, selección de ideas platónicas reelaboradas bajo la perspectiva del cristianismo. Este proceso culmina en el siglo V y especialmente con la obra de Boecio (480-525), tras la cual puede afirmarse que la razón se supedita a la fé y los filósofos dejan de pensar independientemente. Con ello, en el hábito del pensamiento filosófico finaliza la Antigüedad y comienza la Edad Media, con la cual Philosophia ancilla theologia.


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Homero Ilíada, XIV: 155-350 Hera, la de áureo trono, se incorporó y volvió los ojos fuera del Olimpo, lejos de un pico, y al punto reconoció, jadeando por la lucha, que otorga gloria a los hombres, a su hermano y a la vez cuñado, y se alegró en su ánimo; y a Zeus sobre la más alta cima del Ida, rico en manantiales, lo vio sentado; odioso se le había vuelto a su ánimo. La augusta Hera, de inmensos ojos, comenzó entonces a discurrir cómo podría embaucar el sentido a Zeus, portador de la égida. Y éste fue el plan que se le reveló como el mejor en su ánimo: marchar al Ida después de acicalarse bien ella misma, para ver si a él le entraba el deseo de acostarse amorosamente unido a su cuerpo, y ella entonces un suave y tibio sueño podía derramar sobre sus párpados y sus juiciosas mientes. Echó a andar hacia el tálamo que le había fabricado su hijo Hefesto, que había ajustado las espesas puertas a las jambas con un secreto cerrojo que ningún otro dios había abierto. Allí entró y cerró las relucientes hojas de la puerta. Primero, con ambrosía la seductora piel lavó de toda inmundicia y se ungió con graso aceite divino y delicado, que estaba ya perfumado para su uso. Sólo con agitarlo en la morada, de broncíneo piso, de Zeus, exhaló una fragancia que llegó igual a la tierra y al cielo. Con él se ungió la bella piel, y luego se peinó la melena y la trenzó con sus propias manos en relucientes bucles que pendían, bellos y divinos, de su inmortal cabeza. Se vistió con el delicado vestido que Atenea con maña le había alisado y en el que había bordado muchos primores. Se lo abrochó con áureos imperdibles a los hombros. Se ciñó el cinturón, ajustado con cien flecos, y se puso en los bien perforados lóbulos los pendientes de tres colgantes como moras, que irradiaban brillo encantador. La divina entre las diosas se tocó por encima con un velo bello, recién hecho, de un blanco brillante como el sol. En los lustrosos pies se calzó unas hermosas sandalias. Y tras ataviarse su cuerpo con todos estos adornos, echó a andar fuera del tálamo, llamó a Afrodita aparte de los demás dioses y le dijo estas palabras: «Ojalá me hagas caso, cara hija, en lo que te voy a decir. ¿O me lo denegarías, rencorosa en tu ánimo conmigo, porque yo protejo a los dánaos, y tú a los troyanos?» Respondióle entonces Afrodita, hija de Zeus: «¡Hera, venerable diosa, hija del excelso Crono! Di lo que sientes. Mi ánimo me manda cumplirlo si es que puedo realizarlo y es susceptible de cumplimiento». Con dolosa mente le dijo la augusta Hera: «Dame ahora el amor y el deseo con el que a todos los inmortales y a las mortales gentes tú doblegas. Pues voy a los confines de la feraz tierra a ver a Océano, progenie de los dioses, y a la madre Tetis, que en sus moradas me criaron bien y me mimaron, acogiéndome de manos de Rea cuando Zeus, de ancha voz, instaló a Crono bajo la tierra y bajo el proceloso mar. A ellos voy a ver para poner fin a sus indecisas querellas. Pues ya hace mucho que están apartados uno del otro sin lecho y sin amor, desde que la ira les invadió el ánimo. Si con mis palabras les sosiego a los dos el corazón y logro dejarlos en el lecho para que se unan en el amor, mi nombre sería siempre para ellos querido y respetable». Díjole, a su vez, la risueña Afrodita: «Ni es posible ni estaría bien negarse a lo que pides. Tú eres quien pasa la noche en los brazos del supremo Zeus». Dijo, y del pecho se desató la recamada correa bordada, donde estaban fabricados todos sus hechizos: allí estaba el amor, allí el deseo, allí la amorosa plática, la seducción que roba el juicio incluso a los muy cuerdos.


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Se lo puso en las manos, la llamó con todos sus nombres y dijo: «Toma ahora, métete dentro del regazo esta correa bordada en la que todo está fabricado. Y te aseguro que no regresarás sin haber realizado lo que tus sentidos anhelan». Así habló, y sonrió la augusta Hera, de inmensos ojos, y después de sonreír se la metió dentro del regazo. Marchó a su morada Afrodita, hija de Zeus, y Hera, de un salto, abandonó el pico del Olimpo. Tras poner pie en Pieria y en la amena Ematia, se lanzó sobre los nevados montes de los tracios, pastores de recuas, a sus más elevadas cimas; ni rozaba el suelo con los pies. Desde el Atos descendió sobre el fluctuoso ponto y llegó a Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí coincidió con el Sueño, hermano de la Muerte. Asióle la mano y le dijo, llamándolo con todos sus nombres: «¡Sueño, soberano de todos los dioses y todas las gentes! Igual que una vez prestaste oídos a mi palabra, también ahora hazme caso; y yo sabré agradecértelo todos los días futuros. Por favor, adormece bajo sus cejas los relucientes ojos de Zeus en cuanto yo me tienda a su lado, unida a él en el amor. Como regalo te daré un bello trono, siempre inconsumible, áureo. Mi hijo, el cojitranco Hefesto, te lo fabricará con maña y te pondrá un escabel debajo de los pies, para apoyar las lustrosas plantas cuando asistas a convites». En respuesta le dirigió estas palabras el dulce Sueño: «¡Hera, venerable diosa, hija del excelso Crono! A cualquier otro de los sempiternos dioses sí que podría adormecer fácilmente, e incluso a la corriente del río Océano, que es la progenie de todas las cosas. Pero a Zeus Cronión yo no osaría acercarme ni adormecer, excepto si él mismo me lo ordenara. Pues otro encargo tuyo ya me dio un escarmiento: fue aquel día en que aquel soberbio hijo de Zeus navegaba desde Ilio tras arrasar la ciudad de los troyanos. Yo acosté el sentido de Zeus, portador de la égida, difundiéndome dulcemente, y tu ánimo urdió males contra él: levantaste sobre el ponto soplos de vientos siniestros y luego lo desviaste y llevaste a la bien habitada Cos lejos de todos los suyos. Zeus, al despertarse, se enojó y a mí sobre todo me buscaba entre empellones a los dioses por su casa. Y me habría hecho invisible, hundido en el ponto lejos del éter, de no haberme salvado la Noche, que rinde a dioses y a hombres. A ella me acogí fugitivo, y él, a pesar de su ira, se contuvo por respeto, para no hacer nada que desagradara a la veloz Noche. Y ahora otra vez me mandas otra cosa imposible de cumplir». Díjole, a su vez, la augusta Hera, de inmensós ojos: «¡Sueño! ¿Por qué te angustias con eso tus mientes? ¿Supones que Zeus, de ancha voz, va a proteger a los troyanos con el mismo encono que concibió por Hércules, su propio hijo? Seguro que no. Así que ve, y yo una de las juveniles Gracias te daré en matrimonio y para que sea llamada esposa tuya, a Pasítea, que es a la que sin cesar anhelas todos los días». Así habló, y el Sueño se alborozó y dijo en respuesta: «¡Venga, júramelo ahora por la inviolable agua de la Estige! Coge con una mano la tierra, nutricia de muchos, y con la otra el chispeante mar, para que sean nuestros testigos todos los dioses que rodean a Crono allá abajo. Júrame que me darás a una de las juveniles Gracias, a Pasítea, que es a la que yo codicio todos los días». Así habló, e hizo caso Hera, la diosa de blancos brazos; y juró como le había ordenado y nombró a todos los dioses que están bajo el Tártaro, que reciben el nombre de Titanes. Y en cuanto juró y terminó de pronunciar el juramento, los dos partieron y dejaron las ciudades de Lemnos e Imbros recorriendo ágilmente la ruta, revestidos de bruma. Llegaron ambos al Ida, rico en manantiales, madre de fieras, a Lecto, donde primero dejaron el mar; y por la tierra


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firme siguieron, con las copas del bosque agitándose bajo sus pies. El Sueño se detuvo allí antes que los ojos de Zeus lo vieran. Trepó a un abeto gigantesco, el más alto que crecía entonces en el Ida y que a través del aire llegaba hasta el éter. Allí se apostó, escondido entre las tupidas ramas del abeto, semejante a la sonora ave que habita en los montes y que los dioses denominan calcis, y los hombres cymindis. Entre tanto Hera se acercó rauda a lo alto del Gárgaro, cúspide del elevado Ida. La vio Zeus, que las nubes acumula, y, nada más verla, el amor le envolvió las sagaces mientes, como la primera vez que se habían unido en el amor, cuando ambos acudieron al lecho a escondidas de sus padres. Se presentó ante ella, la llamó con todos sus nombres y dijo: «¡Hera! ¿A dónde vas, que tan aprisa bajas aquí del Olimpo? Hete aquí sin caballos ni carro en los que poder montar». Con dolosa mente le dijo la augusta Hera: «Voy a los confines de la feraz tierra a ver a Océano, progenie de los dioses, y a la madre Tetis, que en sus moradas me criaron bien y me mimaron. A ellos voy a ver para poner fin a sus indecisas querellas. Pues ya hace mucho que están apartados uno del otro sin lecho y sin amor, desde que la ira les invadió el ánimo. Al pie del Ida, rico en manantiales, están parados los caballos que me llevarán por la condensada y húmeda superficie. Pero ahora por ti he llegado aquí de lo alto del Olimpo, temerosa de que luego te irrites conmigo, si en silencio me marcho a la morada de Océano, de profunda corriente». En respuesta le dijo Zeus, que las nubes acumula: «¡Hera! Ya tendrás tiempo de partir allá más tarde. Ea, nosotros dos acostémonos y deleitémonos en el amor. Nunca hasta ahora tan intenso deseo de diosa o de mujer me ha inundado el ánimo en el pecho hasta subyugarme; ni cuando me enamoré de la esposa de Ixión, que dio a luz a Pirítoo, consejero comparable a los dioses; ni cuando de Dánae Acrisiona, la de bellos tobillos, que dio a luz a Perseo, descollante entre todos los hombres; ni cuando de la hija de Fénice, cuya gloria llega lejos, que dio a luz a Minos y a Radamantis, comparable a los dioses; ni tampoco cuando de Sémele, ni de Alcmena en Tebas, que engendró a Hércules, de esforzadas entrañas; y Sémele dio a luz a Dioniso, gozo para los mortales; ni cuando de la soberana Deméter, de hermosos bucles; ni cuando de la eximia Leto, ni cuando de ti misma; tan enamorado estoy ahora de ti y tan dulce deseo me domina». Con dolosa mente le dijo la augusta Hera: «¡Atrocísimo Crónida! ¡Qué palabra has dicho! Si ahora anhelas gozar del amor y acostarte en las cimas del Ida, donde todo está patente y a la vista, ¿qué pasaría si alguno de los sempiternos dioses a los dos nos descubriera durmiendo y fuera a buscar a todos los dioses y se lo contara? Yo no osaría regresar a tu morada después de levantarme del lecho: vituperable sería. Mas si es eso lo que deseas y se ha tornado grato a tu ánimo, tienes a tu disposición el tálamo que te fabricó tu hijo Hefesto, que ha ajustado las espesas puertas a las jambas. Vayamos allí a acostarnos, ya que el lecho te place». En respuesta le dijo Zeus, que las nubes acumula: «¡Hera! No temas que uno de los dioses o de los hombres vaya a verlo: yo echaré para envolvernos una nube que será áurea, y ni siquiera el Sol podrá traspasarla con su vista, aunque su luz es lo que tiene la mirada más penetrante». Dijo, y el hijo de Crono estrechó a su esposa en los brazos. Bajo ellos la divina tierra hacía crecer blanda yerba, loto lleno de rocío, azafrán y jacinto espeso y mullido, que ascendía y los protegía del suelo. En este tapiz se tendieron, tapados con una nube bella, áurea, que destilaba nítidas gotas de rocío.


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Homero Odisea, XXIV: 120360 Y dejándose oír a su vez contestó Anfimedonte: «¡Gloriosísimo Atrida, oh tú, Agamenón soberano! Bien me acuerdo, ¡oh retoño de Zeus!, de aquello que cuentas; puntualmente por tanto te habré de decir, sin dejarme nada atrás, en qué modo se vino a cumplir nuestra muerte. Largos años Ulises faltaba en su hogar; pretendíamos a su esposa; ella, odiando esa boda, no osaba rehusarla ni ceder: nos tramaba la muerte y la negra ruina. Y hete aquí un nuevo ardid concebido en su pecho: en sus salas suspendió del telar una urdimbre bien larga y tejía una tela suave y extensa y a un tiempo nos dijo: “Pretendientes que así me asediáis, pues ha muerto Ulises, no tengáis tanta prisa en casar. Esperad que yo acabe esta tela que estoy trabajando, no pierda sus hilos; la mortaja será del divino Laertes el día que le alcance la parca fatal de la muerte penosa: que ninguna mujer entre el pueblo me lance reproches por faltarle un sudario teniendo tamañas riquezas”». Tal hablaba y logró persuadir nuestro espíritu prócer; ella, en tanto, tejía su gran tela en las horas del día y volvía a destejerla de noche a la luz de las hachas. Por tres años mantuvo el ardid y engañó a los argivos, mas, corriendo ya el cuarto, al volver la estación del comienzo, consumidos los meses y al cabo de ¡números días, lo contó una sirvienta enterada de todo y logramos sorprenderla soltando la trama del fino tejido: de esta suerte, aunque bien a disgusto, llegó a terminarlo. Y tejida y lavada que fue, nos mostró aquella pieza semejante en su brillo a la luna o el sol, cuando, en esto, no se sabe de dónde una infausta deidad trajo a Ulises a un rincón de sus tierras; en él su porquero tenía la majada; allí vino también a encontrarle su hijo tras su vuelta en un negro bajel desde Pilo arenosa y los dos nos tramaron la más dura muerte. Llegaron con tal fin a la noble ciudad, mas Telémaco vino por delante y Ulises después; conducíalo el porquero y llevaba cubriéndole el cuerpo unas ropas astrosas con aspecto de un mísero anciano, de un triste mendigo que, apoyado en un leño, llegaba cubierto de harapos. De nosotros ninguno, ni aquéllos de edad más madura, alcanzó a conocer quién él era en su súbito arribo: le tirábamos golpes al cuerpo, decíamosle injurias y hete aquí que él estuvo aguantando en su propia morada los disparos y ultrajes con ánimo entero hasta el día en que Zeus que embraza la égida quiso exaltarlo. Recogió con su hijo él entonces las armas preciosas que en sus casas había y las fue a retirar al tesoro. Después de ello en un colmo de astucias mandóle a su esposa que nos diese en certamen su arco y sus hachas de hierro, lo que fue para todos, !cuitados!, comienzo de muerte. Ni uno solo mostróse capaz de tenderle a aquel arco poderoso la cuerda: el vigor nos faltaba con mucho. Ya a las manos de Ulises pasaba el gran arco y entonces nuestras voces alzamos nosotros a una clamando por que no se le diese, a pesar de sus largas razones; mas a Eumeo Telémaco urgió, le mandó lo entregara, y helo en manos de aquel divinal, sufridísimo Ulises. Lo tendió sin trabajo, pasó las anillas de hierro y al momento se irguió en el umbral, echó al suelo las flechas, formidable miró alrededor y flechó al noble Antínoo. A otros muchos después alcanzó con saetas preñadas de sollozos tirando de frente; hacinados caían y bien claro se hizo que un dios ayudaba a los otros, pues corriendo la sala abatían movidos de furia a los hombres a diestra y siniestra. Se alzaba un gemido pavoroso al herir de cabezas y el suelo humeaba todo en sangre. Tal fue, Agamenón, nuestro fin: olvidados los cadáveres yacen aún en las salas de Ulises e ignorantes de todo en sus casas están nuestras


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gentes sin venir a limpiarnos de sangre las recias heridas, a llevarnos al lecho y llorar, solo honor de los muertos». Pero el alma del hijo de Atreo le dijo en respuesta: «¡Oh dichoso Laertíada! ¡Oh Ulises de trazas sin cuento! En verdad tú tomaste mujer de virtud grande y fuerte: ¡de cuán nobles entrañas Penélope ha sido, la hija sin reproche de Icario! ¡Cuán fiel su recuerdo de Ulises con quien moza casara! Jamás morirá su renombre, pues los dioses habrán de inspirar en la tierra a las gentes hechiceras canciones que alaben su insigne constancia. No así de Tindáreo la hija. Ideando maldades a su esposo mató: serán cantos repletos de odio los que de ella en el mundo se extiendan y así su ignominia recaerá sobre cada mujer por honrada que sea». Tales cosas hablaban los dos entre sí frente a frente, de la tierra en los senos, moradas de Hades. Bien pronto con los suyos Ulises bajó del poblado a la finca de Laertes, cuidada y hermosa, que él mismo en un tiempo para sí consiguió tras dar cima a penosos trabajos. Allí estaba su casa; unos porches cercábanla: en ellos se acogían a sentarse, comer y dormir por la noche los esclavos que a gusto del dueño labraban sus tierras. Una vieja mujer siciliana cuidaba entre todos con esmero al anciano señor en su agreste retiro. Y al llegar habló Ulises así con su hijo y los siervos: «Id ahora a la casa vosotros, coged al marrano más lucido que halléis y matadlo que os sirva de almuerzo. Yo iré, en tanto, a buscar a mi padre y a ver si al tenerme por delante a sus ojos conoce a su hijo o me toma por extraño: ¡pasó tanto tiempo sin verme a su lado!» Así dijo, entregó a los esclavos sus armas de guerra, se marcharon los tres hacia dentro y Ulises, en tanto, se acercaba a la espléndida viña. Observó en torno suyo, mas no halló al viejo Dolio al bajar al plantío ni a ninguno de sus hijos o esclavos: habían ido todos por piedras para hacer un cercado que diese defensa a la viña y el anciano marchando delante guiaba a los otros. Solo, pues, en el rico viñedo encontróse a su padre que acollaba una vid: una túnica sucia vestía de mal ver, con zurcidos; en torno a las piernas llevaba malas grebas de buey por miedo a rasguños y heridas y en las manos golubas, reparo de espinos; cubríase de un pellejo cabruno. El dolor le arreciaba en el alma. Una vez que lo vio el divinal pacientísimo Ulises de vejez consumido y tomado de pena, ocultóse bajo espeso peral y dejó que fluyese su llanto. Acucióle después en su pecho y su alma el deseo de llegarse a abrazar y besar a su padre, decirle cada cosa y contarle su vuelta al país, mas dudaba si debía preguntarle primero poniéndolo a prueba. Meditando entre sí comprendió que mejor le sería tantearlo, ante todo, con unas palabras punzantes y, con esta intención, acercósele Ulises divino mientras él cabizbajo, cavaba la tierra a una cepa. Y a su lado dejósele oír aquel hijo glorioso: «No hay en ti, buen anciano, ignorancia de cómo se cuida tal plantío, mas bien la labranza conoces de todo, del arbusto, la higuera, la vid, el peral, el olivo, las legumbres, y así nada está descuidado en tu huerto; pero voy otra cosa a decir, no te irrites por ello. Quien no está bien cuidado eres tú; pues a un tiempo te agobia la vejez, te ves sucio y te ciñes de malos vestidos; ni es tu holganza, en verdad la razón de que así te abandone tu señor y en tu aspecto no hay nada servil, antes tienes talla prócer y noble figura: pareces un rey. A hombre tal le conviene, después de bañado y comido, descansar blandamente, que es esa la ley de los viejos. Pero, ¡ea!, contesta a esto otro y explica fielmente: ¿a quién sirves aquí? ¿De quién es este hortal que cultivas? Dame cuenta también sin engaño, que yo lo conozca, de si estoy en las tierras de Itaca. Así me lo dijo un varón que a mi paso encontré cuando aquí caminaba, no


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discreto, en verdad: no me quiso explicar muchas cosas ni escuchar mis palabras al tiempo que yo preguntaba por un huésped que tuve y no sé si se encuentra aún en vida o si ha muerto y está en las moradas de Hades. Por ello a ti voy a decírtelo: atiende a mis dichos y escucha. Hospedé en otro tiempo en mi patria querida a un sujeto que llegó por allí: nunca vino un mortal tan amable a mi hogar entre tanto extranjero de tierras lejanas. Se gloriaba de ser por linaje de Itaca y dijo que su padre era el noble Laertes, nacido de Arcisio; le conduje a mi casa, le di en sus estancias albergue, le brindé de lo mucho que en ellas tenía y los dones de hospedaje ofrecíle según uso y ley. Fueron siete bien labrados talentos de oro más una cratera hecha toda de plata con ricos adornos de flores; doce mantos de lana, otros tantos, hermosos, de lino con sus túnicas; doce tapetes y, a más de ello todo, cuatro bellas mujeres le di sabedoras de muchos y esmerados trabajos que él mismo eligió a su talante». Y Laertes, dejando ir el llanto, le dijo en respuesta: «Bien de cierto, extranjero, has llegado a la tierra que dices donde mandan ahora varones sin juicio, insolentes. Vanos fueron los dones sin cuento que hiciste a aquel hombre. Si le hallaras con vida en las tierras de Itaca, él mismo te mandara de aquí bien pagado con otros presentes y con buen hospedaje: es deber de quien ha recibido. Pero, ¡ea!, contesta a esto otro y explica fielmente: ¿cuántos años ha ya que albergaste en tu casa a aquel huésped sin ventura? Es mi hijo o al menos lo fue en otro tiempo, ¡desdichado!, a quien lejos del suelo paterno y los suyos devoraron los peces del mar o en la costa despojo fue de fieras y aves. Murió y a vestirlo y llorarlo no estuvimos su madre ni yo que le dimos la vida ni tampoco su esposa Penélope, insigne en prudencia, le plañó junto al fúnebre lecho según era justo ni sus ojos cerró, sola honra que queda a los muertos. Pero di sin engaño esto otro, que yo bien lo sepa: ¿de qué pueblo eres tú? ¿Cuáles son tu ciudad y tus padres? ¿En qué sitio ha quedado el ligero bajel que te trajo hasta aquí con tus buenos marinos? ¿O acaso viniste por comercio en extraño navío y se han vuelto los otros?» Contestando a su vez dijo Ulises, el rico en ingenios: «Con entera verdad la respuesta daré a tus preguntas: de Alibante procedo, allí vivo en espléndidas casas; es Afidas mi padre, nacido del rey Polipemon, y mi nombre es Epérito; un dios desvióme en mi ruta de Sicania y me trajo forzado a esta tierra; mi nave no llegó a la ciudad, está en playa apartada y agreste. Cuanto a Ulises, con este en que estamos van ya cinco años que, partiendo de allí, las riberas dejó de mi patria. ¡Desgraciado! De cierto al salir los augurios le fueron favorables; yo, alegre con ello, ayudé su partida y él gozoso marchó: nos quedaba a los dos la esperanza de encontrarnos de nuevo y trocarnos magníficos dones». Tal habló: nube oscura de pena cególe al anciano; con sus manos cogió dos puñados de tierra y vertiólos por su cana cabeza exhalando continuos gemidos. Solevósele el ánimo a Ulises, subíale el coraje por la hinchada nariz al mirar a su padre en tal traza; dando un salto hacia él, lo besó y abrazó y al fin dijo: «Padre mío, heme aquí, soy tu hijo, aquel hijo que buscas, que tras una veintena de años regreso a la patria; mas retén ya tus llantos y corta tu flébil gemido pues te habré de decir —darnos prisa debemos por ello— que maté a todos esos donceles allá en nuestra casa castigando su acerba insolencia y sus hechos infames». Por su parte, Laertes le dijo en respuesta: «Si eres tú de veras Ulises, mi hijo, que has vuelto a la patria, dame de ello un indicio bien claro que pueda creerlo». El fecundo en ingenios Ulises repúsole entonces: «Ve, ante todo, esta enorme señal que en el monte Parnaso con sus blancos colmillos marcó un jabalí cuando iba por allá, pues mi madre y tú mismo me habíais enviado con Autólico, el padre de aquélla, a tomar los presentes que él, hallándose aquí en nuestra casa, me había prometido. Pero voy además a contarte los


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árboles todos que me diste una vez de esta huerta florida. Yo, aún niño, caminaba contigo por ella, te hacía mil preguntas, tú mostrabas las plantas y me ibas diciendo sus nombres; diez manzanos y trece perales me diste, de higueras hasta cuatro decenas; de liños de vides contaste medio ciento también para mí: producía cada liño sin cesar —aún en ellos hay gajos de todas sazones— según iban viniendo de arriba los tiempos de Zeus». Así dijo; quebró el corazón del anciano, sus piernas flaquearon, oído que hubo el preciso recuento; los dos brazos tendió hacia su hijo; vencíalo el desmayo, mas aquel divinal sufridísimo Ulises cogiólo y sostúvole. Al fin recobrando el aliento y las fuerzas, otra vez replicaba Laertes con estas palabras: «Padre Zeus, aún vivís las deidades allá en el Olimpo si en verdad los galanes purgaron su loca insolencia, pero ahora me aflige el temor de que aquí nos invadan sin tardar los vecinos de Itaca y manden mensajes a excitar por doquiera a las gentes allá en Cefalenia». Contestando, a su vez, dijo Ulises, el rico en ingenios: «Nada temas, no alteren tu pecho estas cosas, mas vamos ahora aquí a nuestra casa del lado que da con la huerta; ya he mandado a Telémaco a ella, al pastor de los bueyes y al leal porquerizo que adoben aprisa el almuerzo».


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Hesíodo Teogonía, 155230 Cosmogonía En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. [En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro.] Pos último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos. Del Caos surgieron Erebo y la negra Noche. De la Noche a su vez nacieron el Eter y el Día, a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Erebo. Gea alumbró primero al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses. También dio a luz a las grandes Montañas, deliciosa morada de diosas, las Ninfas que habitan en los boscosos montes. Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, sin mediar el grato comercio. Hijos de Gea y Urano Luego, acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe de áurea corona y a la amable Tetis. Después de ellos nació el más joven, Cronos, de mente retorcida, el más terrible de los hijos y se llenó de un intenso odio hacia su padre. Dio a luz además a los Cíclopes de soberbio espíritu, a Brontes, a Estéropes y al violento Arges, que regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo. Éstos en lo demás eran semejantes a los dioses, [pero en medio de su frente había un solo ojo]. Cíclopes era su nombre por eponimia, ya que, efectivamente, un solo ojo completamente redondo se hallaba en su frente. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus actos. También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en su enorme cuerpo. Mito de la castración de Urano Pues bien, cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y se gozaba cínicamente con su malvada acción. La monstruosa Gea, a punto de reventar, se quejaba en su interior y urdió una cruel artimaña. Produciendo al punto un tipo de brillante acero, forjó una enorme hoz y luego explicó


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el plan a sus hijos. Armada de valor dijo afligida en su corazón: «¡Hijos míos y de soberbio padre! Si queréis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de vuestro padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones». Así habló y lógicamente un temor los dominó a todos y ninguno de ellos se atrevió a hablar. Mas el poderoso Cronos, de mente retorcida, armado de valor, al punto respondió con estas palabras a su prudente madre: «Madre, yo podría, lo prometo, realizar dicha empresa, ya que no siento piedad por nuestro abominable padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones». Así habló. La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y le apostó secretamente en emboscada. Puso en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente la trampa. Vino el poderoso Urano conduciendo la noche, se echó sobre la tierra ansioso de amor y se extendió por todas partes. El hijo, saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados dientes, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó a la ventura por detrás. No en vano escaparon aquéllos de su mano. Pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en su mano largas lanzas, y a las Ninfas que llaman Melias sobre la tierra ilimitada. En cuanto a los genitales, desde el preciso instante en que los cercenó con el acero y los arrojó lejos del continente en el tempestuoso punto, fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de ella nació una doncella. Primero navegó hacia la divina Citera y desde allí se dirigió después a Chipre rodeada de corrientes. Salió del mar la augusta y bella diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno. Afrodita [...] la llaman los dioses y hombres, porque nació en medio de la espuma, y también Citerea, porque se dirigió a Citera. Ciprogénea, porque nació en Chipre de muchas olas, [y Filomédea, porque surgió de los genitales]. La acompañó Eros y la siguió el bello Hímero al principio cuando nació, y luego en su marcha hacia la tribu de los dioses. Y estas atribuciones posee desde el comienzo y ha recibido como lote entre los hombres y dioses inmortales: las intimidades con doncellas, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el amor y la dulzura. A estos dioses su padre, el poderoso Urano, les dio el nombre de Titanes aplicando tal insulto a los hijos que él mismo engendró. Decía que en su intento, con temeraria insensatez habían cometido un acto terrible por el que luego tendrían justo castigo. Hijos de la Noche y de Eris Parió la Noche al maldito Moros, a la negra Ker y a Tánato; parió también a Hipnos y engendró la tribu de los Sueños. Luego además la diosa, la oscura Noche, dio a luz sin acostarse con nadie a la Burla, al doloroso Lamento y a las Hespérides que, al otro lado del ilustre Océano, cuidan las bellas manzanas de oro y los árboles que producen el fruto. Parió igualmente a las Moiras y las Keres, vengadoras implacables: a Cloto, a Láquesis y a Atropo que conceden a los mortales, cuando nacen, la posesión del bien y del mal y persiguen los delitos de hombres y dioses. Nunca cejan las diosas en su terrible cólera antes de aplicar un amargo castigo a quien comete delitos.


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También alumbró a Némesis, azote para los hombres mortales, la funesta Noche. Después de ella tuvo al Engaño, la Ternura y la funesto Vejez, y engendró a la astuta Eris. Por su parte la maldita Eris parió a la dolorosa Fatiga, al Olvido, al Hambre y los Dolores que causan llanto, a los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Discursos, Ambigüedades, al Desorden y la Destrucción, compañeros inseparables, y al Juramento, el que más dolores proporciona a los hombres de la tierra siempre que alguno perjura voluntariamente.


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TEMA 2. LA FILOSOFÍA GRIEGA DE LA ANTIGÜEDAD 2.1 FILÓSOFOS PRESOCRÁTICOS PRINCIPALES. APORTACIONES BÁSICAS 1) Tales de Mileto (620-550 a de C.): arkhé = agua. Mileto fue una pequeña polis griega, centro comercial en la ruta mercantil hacia Persia, donde recalaban fenicios, indios, persas, etc., y por tanto imprimía una vida y un pensamiento dinámico a sus habitantes. En jonia se inventa la escritura alfabética (s. VIII a. C.), con mayor expresividad que la consonántica, pues representa cada fonema, tanto vocal como consonante, con un solo signo. Los primeros filósofos fueron milesios. Dada la consideración de Tales como padre o iniciador de la filosofía y su antigüedad histórica, resulta difícil distinguir entre la leyenda y la veracidad en las contribuciones que se le atribuyen. Estudió las estaciones climatológicas y advirtió sobre la importancia de la Osa Menor como una guía mas fidedigna para la navegación que la Osa Mayor, más visible pero también más alejada del Norte. También es veraz su cálculo de la altura de las pirámides, cuyo sistema de medición aplicó después para medir distancias lejanas desde un barco. Señaló algunos teoremas intuitivos o casi visuales, no requeridos de una Matemática compleja, según se apunta en Elementos de Geometría, de Euclides, como por ejemplo: a) El círculo es cortado por un diámetro, doble que su radio. b) El triángulo inscrito en un semicírculo es siempre rectángulo. c) Las líneas secantes forman siempre ángulos iguales. En cuanto a sus aportaciones metafísicas, defendió la consideración del agua como el arkhé, principio de todas las cosas, o stoikheion, principio explicativo de la estructura del cosmos a partir de unidades integradoras y a la vez integradas, como los ladrillos de un muro. Inició así una concepción racional de la realidad muy diferente de las explicaciones míticas. 2) Anaximandro de Mileto (610-547 a. C.): arkhé = infinito. Considerado autor del primer texto filosófico de la historia, recogido en un fragmento de Teofrasto (circa 271-287 a. C.) y conservado gracias a la Física de Simplicio (490-560): «Ahora bien, a partir de donde hay generación para las cosas, hacia allí también se produce la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan la culpa unas a otras y la reparación de la injusticia, de acuerdo con el ordenamiento del tiempo» (Simplicio: Física, 24, 18-20).

Defendió que el arkhé es lo infinito o indefinido, y por ello la realidad está configurada como un todo continuo al que llamaba apheiron: este término significaba en griego arcaico “anillo”, algo que, como lo infinito, tampoco tiene principio ni fin. Además, esbozó una primitiva teoría de los elementos —tierra, agua, aire, fuego— y su propiedades —frío/caliente, húmedo/seco, duro/blando, etc.—, de expresión poética y conceptuación rudimentaria. En la misma, los elementos eran previos y prioritarios a las propiedades, y los agentes intervinientes en lo real eran comprendidos cuasi personalizadamente, rozando el animismo.


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3) Anaxímenes de Mileto (575-525 a. C.): arkhé = aire. Discípulo de Anaximandro, designó al aire como arkhé, al que concebía como una naturaleza subyacente única e infinita. Es decir, de modo similar al apheiron de Anaximandro y atribuyéndole muchas de sus cualidades. Así, la completa realidad material sería aire en distintas manifestaciones, sometido a los principios de condensación y rarefacción. Destaca ambos procesos físicos, explicándolos con una metáfora; lo concentrado está frío, lo dilatado, caliente, como el aliento expelido por la boca. Así, empleaba la analogía para extrapolar las conclusiones sobre fenómenos conocidos al resto de la realidad. 4) Jenófanes de Colofón (570-470 a. C.). Su vida tan longeva le permitió asistir al advenimiento de numerosos acontecimientos y al desarollo de múltiples guerras. Fue un gran poeta que escribía en hexámetro sobre temas propios de la lírica de la época, no loas a las victorias militares de la aristocracia, y valoraba al poeta frente al atleta, por cantar verdades importantes para la polis. Por ello, cierta doctrina lo considera literato más que filósofo. Manifiesta preocupaciones distintas a las de la física de la naturaleza, y propone buscar el equilibrio entre las distintas facetas de la personalidad, en línea de la dorada mediocridad del característica del pensamiento griego. Su pensamiento evolucionó desde las preocupaciones estrictamente líricas a las metafísicas, con una concepción de la divinidad muy original y distinta a la dominante en su época, al concebir los dioses con un carácter marcadamente antropomorfo. Su teología era henoteísta —una divinidad suprema y las restantes inferiores— pero no monoteísta, pues no negaba la existencia de otras. Describe un dios jerárquicamente superior al resto, inmóvil e inmutable, capaz de activar el mundo a su alrededor y todo lo real con el solo pensamiento de su mente —pensamiento legislativo—, características atribuídas Zeus. 5) Heráclito de Éfeso (540 - 480 a. C): arkhé = fuego. Procedente de familia noble con prerrogativas de acceso a la monarquía, fue hombre con personalidad misantrópica y un filósofo complejo, apodado el oscuro o el llorón, cuya difícil obra no fue elaborada para ser apreciada por el populacho. Escribió con apotegmas —sentencias breves con sentido muy condensado— una obra que no conservamos titulada Sobre la naturaleza. Para Heráclito, el arkhé es el fuego, símbolo del devenir, del proceso de movimiento y transformación en que se halla constantemente el mundo. Devenir fundamentado en una relación de contrarios implícita en todo lo real: «Pues no habría armonía si no hubiese agudo y grave, ni animales si no hubiera hembra y macho, que están en oposición mutua». Es la llamada doctrina del flujo de lo real —“Todo fluye, nada permanece”—, del flujo constante de una realidad cuyo devenir es continuo ajuste de fuerzas y elementos contrapuestos, doctrina que exponía con el apotegma «En un río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]», célebre al ser citado erróneamente por Platón como «Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río». El flujo de lo real está regido por el Λόγος —Logos—, una ley de la naturaleza que gobierna el devenir del universo indicando ciertos signos que los seres humanos ignoran: “Siendo el logos común, casi todos viven como si tuvieran un logos particular”. El orden real coincide con el orden de la razón, una “armonía invisible, mejor que la visible” y para captarlo es imprescindible el equilibrio entre razón y sentidos. La sabiduría consistiría en comprender el Logos y sus consecuencias como principio metafísico-religioso orientador y explicativo de todas las cosas, y por ello consideraba el Logos como sabio, divino y tan infinito como la realidad que explica.


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6) Pitágoras de Samos (570-500 a. C.) y la escuela pitagórica: arkhé = número. Pitágoras fue sin duda un chamán, persona dotada de conocimientos y percepciones extraordinarias a quien se atribuye poderes sobrenaturales, con rasgos de brujo, líder, músico y adivinador, llegándo sus discípulos a afirmar que recordaba anteriores reencarnaciones. El pitagorismo constituyó una corriente filosófico-ideológica con gran influencia política que gobernó en numerosas polis durante décadas, manteniendo siempre un culto muy marcado al líder fundador. El pitagorismo atravesó dos etapas: 1ª Primer renacimiento: época arcaica con carácter religioso, ascético, ético y político. Se postula la inmortalidad de las almas y su transmigración, considerando vinculados a todos los seres animados como hermanados por el vínculo de toda naturaleza viva. 2ª Pitagorismo matemático: postuló una interpretación de la realidad mediante claves exclusivamente matemáticas y científicas. Partiendo de la contemplación de la realidad como ideal de pensamiento filosófico —theoria significa “contemplación de Dios”—, formulan una explicación del Ser y de lo real fundamentada en números y en relaciones numéricas. Como en la música (cuarta 4/3, quinta 3/2, octava 2/1, etc.), todo lo real se estructura numéricamente, pues la Matemática fundamenta ontológicamente la realidad. Así, los principios matemáticos de los números, por extensión, también son los principios de lo real. Indagar los principios de la realidad requería indagar la naturaleza de los números, planteando una analogía entre la estructura de lo real y la estructura de las matemáticas. 1º El cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos: h2 = a2 + b2. (Euclídes, Elementos de Geometría, 1, 47). 2º Principio de dualidad: lo real se armoniza mediante estructuras duales, como limitado-ilimitado, macho-hembra, impar-par, derecho-izquierdo, uno-múltiple, luz-oscuridad, etc. 3º Principio de orden y de armonía en la concepción del universo, rayano en la obsesión. 7) Parménides de Elea (540? - 470 a. C.) y la escuela eléata o eleática. Fundó la escuela eléata y es considerado el padre de la Metafísica. Frente al dualismo del Ser sostenido por los pitagóricos, defendió un enfoque monista del Ser, afirmando la inexistencia del no-Ser: «El Ser es y el no-Ser no es». El Ser y la verdad son únicos e inmutables, mientras sus manifestaciones aparentes y las opiniones son variables. Parménides fue el primero en filosofar a partir del lenguaje y su lógica implícita, y afirmó la posibilidad de conocimiento de la razón fundamentada en la vía del Ser, la verdad y el lenguaje. Su pensamiento fue muy influyente gracias al desarrollo de sus tesis por la escuela eléata, principalmente por Zenón de Elea (490? - 430? a. C.), discípulo suyo y fundador de la dialéctica. Parménides atribuía los siguientes caracteres al Ser: 1º Ingénito o no generado. Concluye en su no generación, pues solo puede proceder: a) del Ser, en cuyo caso no hay generación. b) del no-Ser, que es la inexistencia, la nada; y de la nada, no puede surgir nada. 2º Indivisible: continuo, homogéneo y total, pues hay Ser en todas partes, y no hay más Ser en ciertas partes y menos en otras. 3º Estable e inmóvil. 4º Finito, acabado o limitado: presenta una figura con masa, semejante a la esfera, símbolo de la homogeneidad y perfección en la tradición griega.


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