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SIGNOS ROTOS. FRACTURAS DE LENGUAJE EN LA ESFERA PÚBLICA


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


SIGNOS ROTOS. FRACTURAS DE LENGUAJE EN LA ESFERA PÚBLICA

BEATRIZ GALLARDO PAÚLS Universitat de València

tirant humanidades Valencia, 2022


Copyright ® 2022 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de la autora y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

©  Beatriz Gallardo Paúls

©

TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email: tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-11307-08-6 MAQUETA: Innovatext Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


A los interlocutores que alientan estas páginas, gracias.


Índice PRÓLOGO. SIGNOS ROTOS...........................................................................

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Capítulo 1 LA POLÍTICA COMO DISCURSO EL DISCURSO (POLÍTICO) ES LA NOTICIA................................................ DE LA POSVERDAD AL DEEP-FAKE............................................................. ELASTICIDAD SEMÁNTICA Y EXCESOS RETÓRICOS............................

25 32 39

Capítulo 2 LA INSOPORTABLE PESADEZ DE LA FORMA CUÉNTAME UN CUENTO............................................................................... ARGUMENTAR SIN ARGUMENTOS............................................................. LA ALGARABÍA COMO DEBATE...................................................................

61 67 73

Capítulo 3 FORTUNAS E INFORTUNIOS DEL LENGUAJE DESIGNAR ES BAUTIZAR................................................................................. UN INFINITO «QUÉ HAY DE LO MÍO (Y LA MÍA)».................................. LA NORIA DEL EUFEMISMO..........................................................................

85 98 107

Capítulo 4 EL CIRCUITO DE LO INEFABLE LA BROMA IMPOSIBLE..................................................................................... NOSOTROS, QUE NOS QUEREMOS TANTO.............................................. CUANDO NO HAY MÁS QUE HABLAR........................................................

116 120 125

EPÍLOGO. LA NEO-ORALIDAD....................................................................

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ÍNDICE DE TÉRMINOS, OBRAS Y AUTORES...........................................

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NOTAS...................................................................................................................

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Prólogo SIGNOS ROTOS «Hay un desasosiego en el aire. Tenemos la sensación de estar en la orilla del tiempo, entre un presente casi terminado y un futuro que aún no nació. El desasosiego resulta de una experiencia paradójica: la vivencia simultánea de excesos de determinismo y excesos de indeterminismo». Boãventura de Sousa Santos.1

La cita de De Sousa Santos encierra, de forma más o menos directa, varios de los fenómenos discursivos que revisaré en este volumen2. No se trata, ciertamente, de una idea original. La crisis viene siendo señalada hace lustros desde ópticas múltiples: crisis política, crisis económica, crisis social, crisis de representación; ninguna parece clausurarse. El enfoque de este trabajo focaliza los elementos comunicativos en los que se plasma –y de los que se nutre– tal situación. Una pregunta fundamental en esta reflexión es si tal desasosiego nos enseña algo sobre eso nuevo que presentimos en la confluencia de crisis que atravesamos. ¿Resulta posible prever algo sobre el marco comunicativo en que se van a desarrollar –se están desarrollando ya– las nuevas generaciones, y que ya no responderá a las verdades sólidas en que creyeron asentarse las actuales? La incertidumbre parece llevarnos más allá de la «sociedad líquida» de Bauman, y ya no nos basta (permítaseme la metáfora) con nadar o bucear. En este trabajo pretendo ofrecer una lectura, siquiera aproximada, de estas crisis y sus interrogantes específicamente desde la óptica comunicativa. No me refiero, como podría pensarse, al modo en que las tecnologías digitales modifican los hábitos comunicativos, con su impronta de velocidad y atolondramiento y los consiguientes efectos cognitivos o relacionales. Tampoco a las alteraciones vinculadas a las


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situaciones comunicativas –verdaderos desplazamientos discursivos– que esencialmente se derivan del borrado de diferencias1 entre registros, entre emisores, o entre contextos. Por supuesto, estos cambios son importantes y participan enormemente en las cuestiones que quiero destacar2, pero lo que me interesa focalizar apunta al núcleo mismo de la comunicación lingüística y sus premisas compartidas. La idea básica que sustenta las siguientes páginas es que muchos de los fenómenos en que se plasma ese desasosiego generalizado reflejan la ruptura de varias convenciones discursivas que, como decía, no solo afectan a enunciaciones y contextos, sino que impactan en la misma estructura del signo lingüístico y en el mismo concepto de interacción; el cambio va más allá de los hábitos y las tecnologías de comunicación. Hablo, en ese sentido, de «signos rotos», para referirme a la extrañeza comunicativa que subyace a las discontinuidades y fragmentaciones (sociales, psicológicas, epistemológicas) referidas en la cita de apertura.

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Describí en Tiempos de hipérbole (2018, Ed. Tirant Lo Blanch) cómo se produce este borrado de diferencias en el discurso público debido a la confluencia de seis grandes procesos sociales y comunicativos: la imparable tecnologización digital, la democratización del discurso, su mercantilización (estos tres rasgos fueron señalados por Norman Fairclough para el discurso del s. XXI), la pérdida de importancia de las ideologías, el personalismo de la política y la espectacularización mediática. «Compresión del mundo y conciencia global. Estos son, a mi juicio, los dos rasgos distintivos del nuevo milenio que, no obstante, presentan ritmos distintos e implicaciones políticas, económicas, territoriales, sociales, culturales y medioambientales muy diferentes. La compresión del mundo se produce con una rapidez hasta ahora desconocida. Hay algunas fechas recientes que ya están en los libros de Historia y que cambiaron el mundo: el 9 de noviembre de 1989 y el 11 de septiembre de 2001. Otras fechas, en cambio, encuentran mayor resistencia pero no por ello serán menos relevantes. En especial una: el día, apenas transcurridos seis meses de la caída del muro de Berlín, en que Internet fue una realidad al alcance de las personas. Porque desde ese día el mundo cambió y ya nada ha sido ni será igual». Romero González, Juan (2011): «Ciudadanía y democracia. El malestar urbano y la izquierda posible hoy en Europa», Biblio3W, Vol. XVI, nº 932 (7).


Prólogo. Signos rotos

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Propongo que las manifestaciones más importantes de este cisma semiótico son dos. La primera afecta a la relación entre los elementos integrantes del signo, es decir, las formas verbales concretas (significantes) y los conceptos abstractos asociados a ellas (significados). La segunda incide en el propio funcionamiento del signo (semiosis), afecta específicamente a la relación entre el signo como entidad y aquello presuntamente designado en la esfera de lo real. Así, en primer lugar, revisaré algunos fenómenos derivados de la hegemonía del significante, es decir, del componente formal que instaura cada acto comunicativo: sonidos, formatos, letras; incluso la prosodia, como sabemos bien las generaciones que escuchábamos el NO-DO. Esta preeminencia de lo formal es indudable, y se manifiesta en dos niveles. Es, inicialmente, perceptiva, en la medida en que nos situamos necesariamente en la óptica de la recepción y, en ella, la visión/audición del signo verbal antecede a su interpretación. Este planteamiento receptivo resulta necesario porque obliga a situar cualquier mensaje en el encadenamiento interactivo y nos impide, así, limitarnos a la función representativa del lenguaje que sustenta el pensamiento. Con esta posición asumo las premisas de Gregory Bateson3 al defender como objeto de interés las reacciones de los individuos a las reacciones de otros individuos. Esta preeminencia perceptiva la experimentamos ocasionalmente todos los hablantes cuando no logramos recordar una palabra pero sí somos capaces de informar sobre su estructura; el acceso léxico es incompleto pero sabemos, por ejemplo, que el nombre que buscamos tiene tres sílabas, o que empieza por el sonido [d]… La psicolingüística recoge esta situación como «fenómeno PDL», es decir, «punta de la lengua»3.

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El «fenómeno PDL», punta de la lengua, es normalmente aducido como argumento para defender un criterio formal en el almacenamiento del léxico. Las teorías actuales que explican cómo accedemos a las palabras que tenemos en nuestra mente consideran que hay dos rutas de acceso léxico: la ruta fónica, basada en la forma sonora de la palabra en cuestión (la que explica que la congresista estadou-


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Además, junto a esta hegemonía perceptiva existe también una prioridad funcional del significante, porque a diferencia del significado abstracto, el elemento formal del signo puede tener existencia autónoma, y, en consecuencia, es el significante el que impone expectativas (semánticas, discursivas, interactivas, ideológicas) al receptor. Como veremos, el nivel léxico, las palabras concretas, son por excelencia las herramientas más evidentes de tal impacto, mientras los formatos textuales imponen su carga de expectativas de forma más velada pero igualmente significativa. Al magnificar esta prioridad del significante más allá de lo que prevé el sistema, la acción comunicativa focalizará las cuestiones formales hasta el punto de que los significados perderán importancia, y tanto en su valor veritativo como en su función interactiva. En segundo lugar, y por lo que se refiere al funcionamiento de la relación sígnica, presentaré en otras ocasiones fenómenos que evidencian una suplantación de la semiosis simbólica propia de las lenguas naturales por una semiosis de señales. Recordemos: los símbolos manifiestan una relación convencional entre la dimensión formal y la dimensión semántica del signo, mientras las señales muestran una relación de causalidad (índice, indicio) o de similitud (icono) entre una y otra. El significado de las señales es constante (las cenizas respecto al fuego, la huella respecto a la pisada), mientras el de los símbolos (y entre ellos, las palabras) puede verse alterado por el contexto. Así, decimos que “llueve un poquito” para explicar que estamos completamente mojados, como si los sonidos del lenguaje se independizaran de los significados que les da el diccionario; o le comentamos a una amiga que “no tiene aspecto de llamarse Claudia”, pese a que los nombres propios carecen, precisamente, de significado en el diccionario. No en vano el filósofo Ernst Cassirer, en La filosofía de las formas simbólicas (1923), identificaba al ser humano como «animal simbólico».

nidense republicana Marjorie Taylor Greene llamara “gazpacho” a la “Gestapo” en una celebrada confusión), y la ruta semántica, que se apoya en el significado.


Prólogo. Signos rotos

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Al convertir la comunicación simbólica en un sistema de señales, los mensajes se encapsularán sin ninguna vinculación al contexto, se pretenderá una relación biunívoca e inamovible entre las palabras y las cosas; se ignorará, en definitiva, la dependencia de los significados respecto a las enunciaciones en que surgen. Como consecuencia de estas tensiones fundamentales describiré la coexistencia de prácticas discursivas en que los significantes pierden vinculaciones estables con sus significados, junto a prácticas discursivas que, contrariamente, pretenden una vinculación única e inamovible. Y en última instancia, estos fenómenos configurarán un sistema comunicativo público que parece haber abandonado los pactos de veracidad vigentes desde la Ilustración. La propia validez del acuerdo intersubjetivo contenido en las gramáticas se pondrá en cuestión. La pregunta que quedará, entonces, es cuál es la comunicación posible, bajo qué premisas la acometen sus actores, qué nuevos usos de la palabra en la esfera pública reemplazarán las convenciones comunicativas heredadas, cuáles permanecerán. Las páginas que siguen analizan una serie de equivalencias a las que subyace una actividad implícita de reduccionismo, en una especie de metonimia gigantesca cuya consecuencia básica es desproveer al discurso de su función dialogante. El mecanismo fundamental que sirve de base a este proceso es la aceptación de falsos determinismos. Comenzamos nuestro itinerario por el reduccionismo más evidente de todos, el que pretende equiparar la política con el discurso político. Pero a lo largo de nuestro recorrido encontraremos también otras presuntas equivalencias, como las que se proponen entre lenguaje y designación, entre afirmación y valoración, entre persuasión y convicción, o entre juicio y ofensa. Para explicarlas, atenderé en primer lugar a los procesos en los que la estructura de los textos impacta de algún modo sobre los contenidos, revisando cómo los formatos esenciales de la narración, el argumento y la conversación reparten su presencia en el discurso público; es la «pesadez» de la forma –los formatos– sobre el significado. En el capítulo 3 trasladaré esas posibilidades deterministas al ámbito


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específico de la palabra, analizando los procesos que sobrecargan su contenido con significados connotados y subjetivos, casi arbitrarios, responsables en gran parte de las interpretaciones sesgadas que inundan el discurso público. En el capítulo 4, por último, centraré el análisis en los casos en que tales significados no se atribuyen a lo dicho sino, precisamente, a lo no dicho. Para terminar, dedicaré un apartado de conclusiones a describir los procesos comunicativos públicos actuales en términos de neo-oralidad, proponiendo que muchos de los factores identificados en mi exposición pueden interpretarse como una reedición de los usos comunicativos que caracterizaron las primeras culturas orales.


Capítulo 1

LA POLÍTICA COMO DISCURSO «Lo que la gente experimenta es el lenguaje sobre los hechos y desarrollos políticos; incluso los hechos próximos cobran sentido a partir del lenguaje utilizado para representarlos. Así, el lenguaje político ES la realidad política». Murray Edelman.4

Uno de los elementos que caracteriza el discurso político actual es el protagonismo absoluto de los actos comunicativos, hasta el punto de que hay quien propone, como en la cita de Murray Edelman, una relación de equivalencia entre política y discurso político. Nos hallamos ante una primera manifestación de la hegemonía del significante cuya ambición es totalizadora, pues pretende reducir la política al lenguaje que la nombra y la ejecuta. Entre los factores que han facilitado este reduccionismo sin duda hay que mencionar los postulados postmodernos y su «evidencia textualista», cuyas posturas reducen el territorio al mapa, la realidad a la hiperrealidad (en términos de Baudrillard, al «simulacro»), trasladando las herramientas del análisis de la ficción y la teoría literaria a todo análisis crítico, e ignorando variables que, como el tipo de destinatario o la intención comunicativa, habían sido operativas desde la retórica clásica. Esta posición es también compatible con los modelos lingüísticos chomskianos1, que acotan el lenguaje al código

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La lingüística generativa puede considerarse aún más reduccionista que las posturas «textualistas» de los teóricos de la postmodernidad, pues su énfasis en describir la competencia se limita a los aspectos computacionales del lenguaje y las reglas de construcción de oraciones; es decir, a la competencia gramatical, en la que tanto la intencionalidad del hablante como las condiciones de enunciación carecen de relevancia. En un texto de 1978 –Chomsky, Noam (1978): «Language and Uncons-


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gramatical y declaran explícitamente su desinterés por las condiciones de enunciación. Es necesario, sin embargo, evitar esta falacia. La gente, ciertamente, accede a las relaciones políticas a través del discurso político –nos ocupamos de ello más adelante–, pero experimenta las decisiones y los hechos políticos en múltiples aspectos de su vida cotidiana. Podemos comparar esta situación con lo que nos ocurre con el dolor: salvo las personas que padecen insensibilidad congénita, todos los seres humanos sabemos cuándo sufrimos dolor, somos capaces incluso de empatizar con el dolor ajeno; sin embargo, a veces nos cuesta enormemente describir a nuestra médica cómo es la sensación exacta, para la que inevitablemente nos vemos abocados a intentos figurados: notamos como un latigazo, como un hormigueo, como pinchazos… Esto es un ejemplo del hecho de que no siempre sabemos dar nombre a lo que experimentamos, incluso cuando se trata de una vivencia tan directa como la propia corpo-

cious Knowledge». En Joseph H. Smith (Ed.): Psychoanalysis and Language, New Haven, Conn.: Yale University Press, pp. 3-44–, Noam Chomsky identificaba la competencia pragmática como un elemento más del conocimiento lingüístico, que supone «conocer las condiciones y formas de uso apropiado del lenguaje según diversas intenciones», pero no la considera objeto de interés. Los autores críticos de la Escuela de Chicago señalaron ya en los años 70 estas limitaciones del modelo chomskiano priorizado en la financiación científica estadounidense de los años 60: «Una de las consecuencias reales de las enormes sumas de dinero derrochadas en investigación gramatical ha sido la redefinición del significado mismo de “lingüística”. (…) Pensamos sinceramente que la idea de que el lingüista, por definición, deba desinteresarse por los aspectos prácticos y artísticos del lenguaje es un verdadero paso atrás. Los físicos socialmente conscientes, así como los biólogos, están descubriendo que la teoría y la praxis son inseparables. (…) Existe un dogma oficial que justifica filosóficamente el menosprecio del lingüista por el uso del lenguaje: “no tiene sentido comenzar el estudio de la performance”. Hemos escuchado esto pública y privadamente durante años. Consideramos que no es más que una apología para el lingüista que sabe de dónde le viene el dinero y desea no verse afectado e interesado en las cuestiones sociales». Newmeyer, Frederick y Emonds, Joseph (1971): «El lingüista en la sociedad americana». En VVAA: Lingüística y sociedad, Madrid: Siglo XXI, 1976. Traducción de Angel Manteca Alonso-Cortés y Adelino Álvarez; p. 36-38.


La política como discurso

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reidad. Del mismo modo, cabe afirmar que la política existe fuera del lenguaje que la sustenta. Las hipótesis de la postmodernidad generalizaron en los años 80 y 90 del siglo XX una teoría crítica que asimilaba cualquier intento de representación de la realidad a una trampa (o a un juego) de lenguaje. Pero, como veremos al hablar de la designación, no se trata de teorías estrictamente originales, pues el relativismo lingüístico se puede rastrear en escuelas y autores anteriores2. Por ejemplo, los románticos alemanes de fines del XIX reaccionaron contra los ideales universalistas de la Ilustración proponiendo que el lenguaje –y con él, cada lengua concreta– actúa como un filtro intermedio entre la realidad y el sujeto; es lo que Wilhelm von Humboldt denominó Weltsentschauung, la visión del mundo, noción que amplificaba los planteamientos nacionalistas defendidos por Johann Gottfried Herder en su Ensayo sobre el origen del lenguaje (1772), y asumidos después por los gramáticos comparatistas alemanes del XIX, como Franz Diez o Jakob Grimm. Teorías relativistas pueden encontrarse también en los representantes de la etnolingüística norteamericana de inicios del siglo XX, cuya dedicación a elaborar gramáticas de las lenguas amerindias, carentes de escritura, sirve de escenario para la conocida como «hipótesis Sapir-Whorf», que defiende la preeminencia de la gramática sobre el pensamiento. Más tarde, encontramos posiciones relativistas en los autores de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, entre los que Walter Benjamin muestra una visión del lenguaje deudora de las posturas de Humboldt3. En última instancia, podemos

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Desde la Antigüedad clásica, la historia de la filosofía del lenguaje se ve jalonada cíclicamente por escuelas y autores que consideran el lenguaje (las palabras) como la única realidad aprehensible. En «Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los humanos», trabajo publicado póstumamente, Walter Benjamin asume planteamientos deterministas –no exentos de cierto misticismo–, que resultan profundamente reduccionistas porque restringen el lenguaje a la actividad denominadora. «La creación divina se completa con la asignación de nombres a las cosas por parte de los humanos y, a


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retroceder hasta las posturas esencialistas de los platónicos y los estoicos, que apuntaban a una concepción fisicista del lenguaje según la cual existe una relación natural y necesaria entre las palabras y las realidades que designan. Lo que comparten todas estas posiciones deterministas es la focalización de la actividad denominadora como lo más importante y definitorio de las lenguas naturales. Como ha señalado, entre otros, el filósofo británico Christopher Norris, la radicalización relativista de las posiciones postmodernas niega cualquier posibilidad de acceso a la verdad, en la medida en que defiende que los hechos «son constituidos en y mediante el lenguaje»5, llevando al punto máximo las propuestas formalistas alentadas por las vanguardias. Norris revisa el modo en que autores como Jean Baudrillard, Jean-François Lyotard o Jacques Derrida analizaban la primera guerra del golfo (1990), tratándola como «una ficción de los medios de comunicación de masas, como retórica de juegos de guerra»6 cuyo desarrollo habría tenido lugar exclusivamente en un ámbito de construcción discursiva abstracta. Estos autores, señala Norris, lo tratan todo, incluyendo la guerra, como si fuera tan solo otra clase de escritura, y como si todo discurso fuera equiparable a la literatura7. Como ocurre en otros casos –la misma hipótesis Sapir-Whorf–, la radicalización de estas teorías corresponde sobre todo a lecturas e interpretaciones posteriores; el propio Norris indica que la deconstrucción propuesta por Derrida es compatible con interpretaciones éticas –por lo tanto, con un punto de vista externo al propio texto–, y una lectura atenta de los ensayos de Baudrillard recogidos en el volumen La guerra del Golfo no ha tenido lugar8, permite diferenciar

partir de estos, solo el lenguaje habla en el nombre» (pp. 27-28). «Se hace ya imposible alegar, de acuerdo con el enfoque burgués del lenguaje, que la palabra esté solo incidentalmente relacionada con la cosa o que sea un signo de la cosa (o de su conocimiento) propuesto por cualquier convención. El lenguaje jamás ofrece meros signos» (p. 33). Benjamin, Walter (1916): «Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los humanos». En Iluminaciones, Madrid: Taurus, 2018, pp. 23-40. Traducción de Roberto Blatt.


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