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OCTAVIO SALAZAR BENÍTEZ Universidad de Córdoba
AUTONOMÍA, GENERO Y DIVERSIDAD
ITINERARIOS FEMINISTAS PARA UNA DEMOCRACIA INTERCULTURAL
tirant humanidades Valencia, 2017
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Director de la colección:
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
© Octavio Salazar Benítez Fotografía de la portada: Caperucita Roja, © Fernando Bayona
© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-16556-78-6 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.
“Sara, antes de introducir nuevamente la moneda en la ranura del poste junto a la alcantarilla, se acordó de una cosa. No había leído todavía el papelito que le dio miss Lunatic. Le había dicho que lo leyera en la cama. Pero a saber dónde acabaría ella durmiendo esa noche. Así que se sentó en el suelo y lo sacó de la bolsa. Era un papel color malva, pero mucho más grande que el que sacó el día de su cumpleaños del pastelito que le pusieron de postre en el chino, donde decía que mejor se está solo que mal acompañado. Se quedó unos instantes paralizada. iAyer! ¿Pero su cumpleaños había sido ayer? Bueno, resultaba increíble. Mejor no pensar en ello. Desplegó el mensaje y lo leyó a la luz de su linternita. Decía: No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que fueras libre y soberano artífice de ti mismo, de acuerdo con tu designio. Y debajo ponía entre paréntesis: (Pico della Mirandola, Juan. Filósofo renacentista italiano, aficionado a la magia natural. Murió a los 31 años). Metió la moneda en la ranura, dijo: «¡Miranfú!», se descorrió la tapa de la alcantarilla y Sara, extendiendo los brazos, se arrojó al pasadizo, sorbida inmediatamente por una corriente de aire templado que la llevaba a la Libertad.” CARMEN MARTÍN GAITE, Caperucita en Manhattan
Para todas las Caperucitas que en Manhattan o donde sea buscan la Libertad
A todas las Sukainas del mundo “Si concebimos al feminismo como algo más que una etiqueta frívola, si lo concebimos como una ética, una metodología, una manera más compleja de pensar sobre, y por tanto de mayor responsabilidad al incidir en las condiciones de la vida humana, necesitaremos un autoconocimiento que solamente puede desarrollarse a través de una continua atención apasionada a todas las experiencias femeninas. No puedo imaginar una evolución feminista que no conduzca a cambios radicales en los campos de lo privado y de lo político que no esté enraizada en la convicción de que todas las vidas de las mujeres son importantes y que las vidas de los hombres no pueden ser entendidas enterrando la vida de las mujeres. Para hacer visible el significado completo de las experiencias de las mujeres se necesita una reinterpretación del conocimiento en términos de esa experiencia. Esta es ahora la tarea más importante del pensamiento”. ADRIENNE RICH (2011, 310-311) “La autonomía relacional nos permite rebelarnos contra la adscripción estática y coercitiva, heterónoma, a relaciones concretas, y contra el protagonismo que éstas pueden asumir en la definición de nuestra personalidad a costa de nuestra capacidad de auto-normarnos.” BLANCA RODRÍGUEZ (2013, 90) “La autonomía es parte de la estrategia de la lucha de las mujeres en el mundo. Y no solo de las mujeres sino también de hombres convencidos sobre lo que hoy llamamos la democracia de género.” MARCELA LAGARDE (2000, 4)
CAPÍTULO PRIMERO
EL GÉNERO DE LA CIUDADANÍA 1. A MODO DE TRÁILER: TIMBUKTÚ1 Unos niños juegan al fútbol en la arena del desierto africano. Descalzos pero con camisetas de equipos europeos. Lo hacen sin balón porque los yihadistas2 han prohibido su uso. Ellos sin embargo recurren a la imaginación para seguir jugando: regatean, avanzan, meten goles. Pese a la prohibición, en sus cabezas sigue habitando el poderoso don de imaginar otros mundos posibles, el horizonte siempre abierto de la mente que sueña, ese reducto donde finalmente habita la dignidad del individuo. La que es negada y pisoteada por quienes niegan la subjetividad, la plena autonomía del sujeto que piensa y decide por sí mismo, el que es dueño de su cuerpo y de su mente, el que necesita mostrar el rostro y las manos para evidenciar que existe. Y que es único. Y que por tanto merece el respeto sin el que la convivencia se convierte en imposible. El derecho a la imaginación como salvavidas frente a la humillación constante. Las bellas imágenes de ese partido sin balón son parte de la poesía, transida de dolor y angustia, que nos relata Abderrahmane Sissako en su espléndida película Timbuktu (2014). Pese a la dureza de lo que nos cuenta, la conversión de la plácida Tombuctú en un infierno en manos de los extremistas religiosos, el director mauritano no renuncia a la belleza de unas imágenes que juegan con las metáforas y con la fuerza de una narrativa que en ocasiones está más cerca del verso que de la prosa. La película nos muestra sin renunciar a la crudeza la barbarie que supone valerse de la religión, interpretada por quienes tienen el poder que dan
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Parte de este texto fue publicado en el periódico digital The Huffington Post el 22/02/2015: http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/timbuktu-contralos_b_6696760.html 2 Uso el término en el sentido que se ha extendido por parte de los medios de comunicación en los últimos años (Valenzuela, 2014: 30), aún siendo consciente de la connotación peyorativa que tiene frente a la lectura que conforme al Corán habría que hacer del mismo y que remite a la idea de “perfeccionamiento moral”.
las armas (y las nuevas tecnologías), para imponer un estilo de vida en el que se anula la autonomía individual y en el que todo se supedita a una dimensión comunitaria en la que es imposible hablar el lenguaje de los derechos humanos. Las mujeres, y muy especialmente su cuerpo, aparecen como esa frontera que nos sirve para definir con precisión los espacios en los que la dignidad, y su prima hermana la justicia, brillan por su ausencia. Las mujeres que han de taparse no solo el rostro, sino también las manos y los pies. Guantes y calcetines para que no provoquen el deseo de los hombres. Como bien dice una de las poderosas mujeres de la película, ellos deberían aprender que el problema está en sus miradas no en los cuerpos que miran. Mujeres que además son objetos de transacciones familiares, botín de guerra y víctimas de normas que los varones hacen e interpretan. Las siempre humilladas en nombre de dioses patriarcales avalados por metralletas. De ahí la fuerza de esa mujer “metáfora” que en Timbuktu desafía el negro y los dogmas, la que en su aparente locura mantiene el poso de la auténtica libertad, la que parece sacada de una novela de García Márquez para decirnos que solo desde la ausencia del miedo es posible vencer la batalla frente a quienes son incapaces de ver más allá de su miseria. Una sacerdotisa de la imaginación, el deseo y los amores.
2. LIBERTAD, IGUALDAD Y PLURALISMO EN TIEMPOS DE CRISIS La hermosa y dolorosa Timbuktu nos sitúa frente la realidad de un mundo en el que tres dominaciones se retroalimentan: la capitalista en su versión neoliberal, la patriarcal que adquiere nuevas y más depuradas formas de mantenimiento de la subordinación femenina y la etnocéntrica mediante la que Occidente impone y expande una visión homogénea y monolítica de la civilización. Estas tres dominaciones confluyen además en un modelo político-económico de explotación de la Naturaleza que está poniendo en peligro nuestra propia supervivencia3.
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De ahí la oportunidad y urgencia de acoger los planteamientos del denominado ecofeminismo en cuanto respuesta a “la insostenibilidad del modelo de desarrollo Octavio Salazar Benítez
La suma de estos sistemas de poder provoca un incremento de la vulnerabilidad de los más débiles y, en especial, prorroga la subordiscriminación de las mujeres, esa mitad de la Humanidad que todavía hoy en muchos contextos continúa excluida de la subjetividad y la autonomía. Todo ello alimentado por el crecimiento de las lecturas fundamentalistas y patriarcales de las religiones y por tanto de los códigos culturales que en muchos casos siguen siendo determinantes de su identidad (Tamayo, 2009b)4. Unas lecturas que responden a intereses políticos y que por tanto obligan a enfocarlas desde la perspectiva de las relaciones de poder. Es decir, cuando abordamos la situación de las mujeres en determinados contextos culturales, normalmente definidos o condicionados en gran medida por lo religioso, deberíamos hacerlo teniendo presente la dimensión política y, en consecuencia, todo lo relativo a su estatuto como sujetas titulares de derechos. No podemos obviar que en muchos contextos las mujeres siguen sometidas a lo que Alicia Puleo (2005) denomina “patriarcado de coerción”, es decir, en ellos continúan rigiendo normas muy rígidas —jurídicas en muchos casos, morales casi siempre, religiosas con frecuencia— que establecen una posición subordinada para la mitad femenina. De ahí el error que con frecuencia se comente en las Ciencias Sociales y Jurídicas cuando se trata de dar respuesta a determinados interrogantes prescindiendo de las estructuras de poder —político, económico, cultural— que determinan la posición de hombres y mujeres tanto en los espacios públicos como en los privados. La superación de dicho error pasa, por lo tanto, por dos presupuestos esenciales: 1˚) La no limitación del foco que se proyecta sobre determinados conflictos a su
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tecno-económico” y al “aumento de la desigualdad Norte-Sur que implica” (Puleo, 2007: 148). Un contexto que se ve abonado por las insastisfacciones que los sistemas políticos y económicos generan en los individuos: “cuando las promesas de la igualdad y el derecho a la búsqueda de la felicidad quedan manifiestamente frustradas en lugar de ser asintóticamente aproximadas, y se viven como promesas estructuralemente ilusorias, la fuerza de seducción de las compensaciones vicarias se vuelve irresistible. Contra alguien/algo y alineándose en algo/alguien. Un chivo expiatorio que nos permita sentirnos superiores y un Caudillo con el que identificarse” (Flores d’Arcais, 2014: 103).
Autonomía, género y diversidad: Itinerarios feministas...
dimensión estrictamente religiosa, ya que la clave de los problemas se encuentra habitualmente en la interpretación política que se realiza de determinadas cosmovisiones; 2˚) La asunción, sin ningún tipo de prejuicio ni cortedad de miras, del género como categoría analítica que nos permite desentrañar las relaciones de poder entre la mitad masculina y la femenina, como sistema de normas morales y jurídicas “atravesado por el poder y el dominio” (Pitch, 2008: 128)5. Debemos tener presente que “el concepto de género, así como otras nociones acuñadas para dar cuenta de la desventajosa posición social de las mujeres a lo largo de la historia, forma parte de todo un instrumental conceptual y de un conjunto de argumentos construidos desde hace ya tres siglos y cuyo objetivo ha sido poner de manifiesto la subordinación de las mujeres, explicar las causas de la misma y elaborar acciones políticas orientadas a desactivar los mecanismos de esa discriminación” (Cobo, 2005: 254). Estas reflexiones se plantean además en un momento en el que asistimos a una crisis, no solo económica, sino fundamentalmente cultural y política, que está erosionando los fundamentos del modelo que podríamos caracterizar como liberal democrático. Un modelo que, obviamente “herido de muerte” por una situación económica que más que coyuntural parece responder a un cambio de paradigma6, pide a gritos una revisión de algunos de sus presupuestos al tiempo que un fortalecimiento de las garantías de nuestra dignidad que tantos siglos nos han costado alcanzar. Es ésta una tarea que debería comprometernos
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Todo ello sin olvidarnos al mismo tiempo de cuestionar críticamente el “género” en la medida en que “es normativo” y “se articula sobre una asimetría, que implica «heterodesignación», como diría Amelia Valcárcel” (Oliva, 2007: 56). Es decir, debemos tener presente que “el uso del concepto de género puede entrañar el riesgo de naturalizar las identidades que el orden patriarcal asocia con los hombres y las mujeres, convirtiéndose así en un instrumento perverso a través del cual perpetuar su lógica” (Hernando, 2013: 164). 6 En este sentido Luigi Ferrajoli (2014, 138) habla de una “inversión de la relación entre política y economía” , gracias al “apoyo prestado a la primacía de la economía por la ideología neoliberal, basada en dos postulados: la concepción de los poderes económicos como libertades fundamentales y de las leyes del mercado como leyes naturales”. Octavio Salazar Benítez
de manera singular a los que investigamos en el ámbito de las Ciencias Sociales y Jurídicas, ya que los efectos de la globalización están afectando de manera singular a nuestro ámbito de libertad, a nuestro estatuto de ciudadanía, es decir, a lo que creíamos conquistas irreversibles de la democracia liberal7. Unas democracias en las que comprobamos cómo conviven viejas desigualdades con nuevas exclusiones y cómo aumentan las paradojas de la globalización si las analizamos desde una perspectiva de género (Maquieira, 2006: 45). Se suman procesos inacabados, como el que tiene que ver con la conquista de una igualdad real de mujeres y hombres, con otros que introducen perspectivas hasta hace poco invisibles. Es el caso de las reivindicaciones que tienen que ver con las identidades culturales, las cuales ponen de nuevo en tensión los tres pilares de las democracias: libertad, igualdad y pluralismo. De esta manera se pone en jaque la misma esencia de la democracia constitucional en la que confluyen dos dimensiones, la formal y la sustancial (Ferrajoli, 2014: 35)8. El cada vez más diverso “mapa humano” de nuestras sociedades exige una revisión de conceptos básicos como el de ciudadanía o de la misma categoría de los derechos humanos. En este sentido, no me cabe ninguna duda de que es en el terreno de los principios constitucionales donde es necesario encontrar respuestas a los nuevos retos que plantea la diversidad. Al margen de que las propuestas pueden ser muchas y controvertidas, lo que sí parece fuera de toda duda es que es necesario superar las viejas y caducas “narrativas” así como someter a un proceso de deconstrucción y posterior reconstrucción muchos de los paradigmas sobre los que sostuvimos los Estados sociales y democráticos de Derecho. En
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Lo explica muy bien Ferrajoli (2014, 137) cuando habla de una doble impotencia de la política: en relación con la economía y en relación con las personas y en perjuicio de los derechos constitucionales. Ello está provocando un vaciamiento de las formas representativas de la democracia y un debilitamiento del papel normativo del Derecho. Todo ello conduce a una más que evidente crisis del “paradigma constitucional”. 8 Esas dos dimensiones se proyectan de manera esencial sobre el principio de igualdad, de forma que “el paradigma multicultural de la igualdad supera los confines de la igualdad formal —ya que es demasiado estrecha— y de la igualdad sustancial —porque inevitablemente está destinada a diluirse en la igualdad formal” (Ceccherini, 2015: 12). En este sentido, es necesaria la deconstrucción de la pareja “igualdad formal/igualdad sustancial” (Gianformaggio, 2005: 126). Autonomía, género y diversidad: Itinerarios feministas...
especial, es necesario reinterpretar los principios de igualdad y pluralismo en estrecha conexión con una realidad cada vez más “pluricultural” y heterogénea. Es decir, es urgente articular mecanismos democráticos y fórmulas jurídicas que nos sirvan para mantener la “paz social” , para gestionar pacíficamente los conflictos inevitablemente conectados a la diversidad y para redefinir los derechos fundamentales en términos que hagan compatibles igualdad y pluralismo. Esta redefinición obliga a superar dos tendencias conservadoras, aunque en sentido contrario: el etnocentrismo occidental, que persigue la asimilación y el dominio, y el relativismo que tiende a dar por buenas todas las prácticas culturales. Entre ambas la tensión es evidente porque “el Estado tiene el deber de ser laico pero no puede pretender que lo sea cada ciudadano y, por tanto, tiene el deber de hacer cuanto pueda para neutralizar el espacio público pero, contextualmente, también ha de favorecer la libre expresión de su propia identidad simbólica a cada ciudadano” (Colaianni, 2006: 76). Todo ello en un momento en el que, junto a las demandas de reconocimiento de identidades culturales, asistimos a una serie de fenómenos que ponen en peligro el horizonte de unas sociedades basadas en la convivencia pacífica de las diferencias. Un peligro acrecentado tras el clima de miedo y terror generado tras los atentados de París del 13 de noviembre de 2015. Tal y como ponía de manifestó el Informe Living together, elaborado por un grupo de expertos a petición del Consejo de Europa y hecho público el mayo de 20119, varios riesgos amenazan la construcción de unas democracias interculturales. Entre otros, el incremento de la intolerancia (con fenómenos como el crecimiento de la islamofobia o la aparición de partidos de extrema derecha), la aparición de sociedades paralelas y la creación de guetos en las ciudades, la pérdida de libertades democráticas en nombre de la seguridad o los conflictos que en los últimos años se están generando entre libertades como la religiosa y la de expresión. En este contexto, en el que tan habitual resulta esgrimir el discurso del miedo o la inseguridad, “solo algunas culturas son representadas como tolerantes, mientras que otras son definidas como antiliberales. En realidad, el hecho de que diversas comunidades
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http://www.assembly.coe.int/Mainf.asp?link=/Documents/AdoptedText/ta11/ EREC1975.htm (consultada: 25-3-2015). Octavio Salazar Benítez
sean consideradas como tolerantes o intolerantes produce la línea de separación, la frontera, entre quien es considerado ciudadano y quien debe ser expulsado y mantenido fuera. Así, el musulmán se convierte por definición en la amenaza intolerante y antiliberal… en un sujeto inadecuado para la ciudadanía. Sin embargo, esta representación oculta como el Estado, bajo la rúbrica de la tolerancia, expresa en realidad la propia intolerancia frente a los presumiblemente intolerantes musulmanes, cuya cultura es siempre concebida como radicalmente diversa, primitiva y bárbara” (Volpp, 2009: 487). Es urgente, por lo tanto, como indica Bauman (2015, 134), “restaurar el equilibrio perdido entre el valor de la seguridad y el valor del decoro ético”. Solo una vez restaurado, “el diálogo y el acuerdo (la «fusión de horizontes» de Hans Gadamer) podrían (tan solo podrían) convertirse, a su vez, en el nuevo perpetuum mobile dominante en los patrones de la coexistencia humana”. Todos estos elementos nos sitúan en un escenario especialmente complejo pero apasionante, en el que urge revisar buena parte de los cimientos del constitucionalismo demoliberal10. Este proyecto pasa por la superación de las bases culturalmente homogéneas y patriarcales sobre las que construimos unos Estados constitucionales que nacieron, paradójicamente, a partir de la exclusión11. Una experiencia de la que
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En todo caso, “el problema político de la sociedad multicultural no es estructuralmente distinto del histórico y social que la laicidad intentó dirimir: cómo conciliar la unidad con la diferencia (religiosa), como ofrecer una ciudadanía igual que permita la convivencia de creyentes de distintos credos, así como de creyentes y no creyentes, ateos, agnósticos” (Colaianni, 2006: 14). 11 Debemos recordar que el Estado Nación surgido del liberalismo se apoyó en la suma de tres principios —el de legalidad, el de universalidad de la ley y el de igualdad formal ante la ley— y en el binomio nacionalidad/ciudadanía. Sobre ellos se trató de configurar un espacio público lo más homogéneo posible mediante la conjunción de varios elementos como la centralización del poder político, un sistema jurídico unificado, una lengua oficial, un sistema educativo controlado en gran medida por los poderes públicos y una serie de símbolos estatales. El ordenamiento jurídico no tenía en cuenta ni las situaciones ni las circunstancias sociales ni las identidades de los individuos. A lo sumo las protegía mediante las denominadas “libertades negativas”. Las identidades, las diferencias, quedaron domesticadas, es decir, recluidas en la esfera privada, precisamente el ámbito en el que, como vereAutonomía, género y diversidad: Itinerarios feministas...
mucho saben las mujeres porque no sólo fueron excluidas durante siglos de la misma ciudadanía sino que, todavía hoy, continúan luchando por romper con los barrotes que implica un orden cultural basado en la diferenciación jerárquica entre nosotros y ellas. Indudablemente, y como bien puso de manifiesto el Informe Living together, el destino de Europa es la diversidad, pero es necesario plantear cómo “gestionarla” democráticamente y de qué manera ese nuevo contexto va a afectar a la garantía de los derechos de mujeres y hombres. En definitiva, se trata de responder a “los desafíos que plantean dos de los ejes en juego, el de la autonomía y el de la identidad, taladrados por la aguja de la igualdad” (García Añón, 2010: 678). Estos retos deberían encontrar en los procesos migratorios más que una amenaza una oportunidad para la configuración de un nuevo orden político y jurídico basado en la diversidad. Porque de lo que se trata es de “trasladar al plano jurídico la diversidad de la sociedad, haciendo una lectura multicultural de los derechos humanos, y multiculturalizar las instituciones públicas al mismo ritmo que lo hace la sociedad. Para este proceso de pluralización democrática de los derechos y de las instituciones, es necesario en el plano colectivo romper con la lógica asimilacionista que subyace en nuestra cultura política”. Una lógica que se apoya en cuatro principios perversos: “Lo nuestro es lo correcto” , “Lo nuestro es lo mejor” , “Nosotros estábamos antes” y “Nosotros somos más” (Ruiz Vieytez, 2011: 25-26, 22).
mos, quedaron ubicadas las mujeres. Éstas se mantuvieron pues como una herramienta clave en la transmisión intergeneracional de las identidades. Este modelo, además, se basó en la dialéctica nosotros/los otros —la nacionalidad como presupuesto de la ciudadanía y por lo tanto como factor de inclusión/exclusión— y en una pretendida “neutralidad” estatal que no era tal porque obedecía a los intereses de la clase dominante. Una clase formada por los varones burgueses que eran los que ocupaban el espacio público, del que las mujeres habían sido expulsadas. Sobre esta cuestión véase Salazar (2010). Octavio Salazar Benítez
3. REIVINDICANDO EL “PEPITO GRILLO” DE LA ILUSTRACIÓN12 3.1. El feminismo como propuesta crítica y de emancipación Necesitamos pues herramientas e instrumentos que nos permitan redefinir los marcos jurídicos, políticos y, en general, culturales del Estado social y democrático de Derecho. Una tarea en la que el feminismo debería convertirse en nuestro principal aliado, dada su capacidad de revisión crítica y de propuesta, además de su potencial de movimiento pacífico a favor de la igualdad13. El feminismo, surgido no sólo como movimiento sino también como teoría política a raíz del olvido que las mujeres sufrieron en el programa transformador que supuso la Ilustración, ha supuesto desde sus inicios una propuesta crítica y emancipadora14. En este sentido, el feminismo debe entenderse como “una radicalización de la Ilustración” (Amorós, 2009: 150), por lo que podemos afirmar que “está comprometido con el fortalecimiento de las democracias y a su vez contribuye a fortalecerlas” (Valcárcel, 2009: 324). Desde este punto de vista, hay una irresoluble conexión entre feminismo y régimen de libertades, tal y como se desprende de la definición que Amelia Valcárcel (2009, 214-215) realiza del primero como:
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Uso el símil con el que Celia Amorós define el feminismo como “una forma peculiar de ilustración de la Ilustración”, “el Pepito Grillo de las propuestas emancipatorias de esa Ilustración… que asignó a las mujeres el lugar de la Cenicienta” (Puleo, 1993: 9). 13 Como señala Almudena Hernando (2013, 172), “la crítica feminista… es hoy más necesaria que nunca porque pone de manifiesto que el discurso social que nuestro grupo tiene por verdadero no se corresponde con la verdad”. 14 “Feminismo y constitucionalismo —y otros relatos de acción emancipadora— comparten una genealogía, aunque los restos arqueológicos que lo confirman sean diversos y hasta contradictorios. Esa genealogía arranca esencialmente de la Ilustración y, más concretamente, de la creencia en el progreso como motor de la historia. La genealogía no es sólo referencia al pasado: progresismo sigue siendo término de noble intención y defendible trayectoria que implica que venimos — feministas y constitucionalistas— de una tradición activa, como un legado digno de ser transmitido a generaciones futuras.” (Alcaraz, 2014: 46). Autonomía, género y diversidad: Itinerarios feministas...
“Aquella tradición política de la modernidad, igualitaria y democrática, que mantiene que ningún individuo de la especie humana debe ser excluido de cualquier bien y de ningún derecho a causa de su sexo ( ) Feminismo es pensar normativamente como si el sexo no existiera o no fuera relevante”.
Partiendo de esa definición, y apoyándonos en la idea de subordinación, llegamos al concepto de “feminismo jurídico” (Barrère, 2004: 366): “Una corriente crítica de transformación de la realidad que, partiendo de la idea de que las mujeres viven una historia de subordinación inconclusa respecto a los hombres, sostiene que esta subordinación impregna todas las estructuras sociales (económicas, jurídicas, familiares, culturales, etc.), y considera que la lucha contra ella exige un esfuerzo de análisis y relectura de (y desde) todos los ámbitos del saber. Cuando esta corriente crítica trata de transformar la realidad y la cultura jurídica como instancias productoras y reproductoras de la subordinación y es protagonista instruido en la enseñanza y en la práctica jurídica, hablo de «feminismo jurídico» o «iusfeminismo»”.
El feminismo, por una parte, ha cuestionado el orden social, político y cultural del patriarcado15 y, por otra, ha propuesto una mirada alternativa sobre nuestro modelo de convivencia basada en la irrenunciable igualdad real de mujeres y hombres. Es decir, “el paradigma feminista es simultáneamente deconstructivo y alternativo” (Esquembre, 2010: 138)16. En consecuencia, podemos afirmar que el feminismo es “una de las propuestas utópicas más revolucionarias” en cuanto ha supuesto “un cambio de paradigma en las relaciones entre los seres humanos” (Tamayo, 2012: 119)17. En este sentido, el feminismo no es solo una
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Entiendo el patriarcado, siguiendo la definición dada por Adrienne Rich (2011, 114) como “cualquier clase de organización grupal en la cual los machos mantienen el poder dominante y determinan cuál es el papel que deben jugar o no jugar las mujeres, y en el cual las capacidades asignadas generalmente a las mujeres son relegadas a los dominios místicos, estéticos, y excluidas de lo práctico y lo político”. 16 “La política desde la plataforma feminista no es una acción contra algo, y en ese sentido violenta, sino que es una política de alternativa, constructiva (...) Estamos construyendo alternativas personales y colectivas a favor de, no en contra de” (Lagarde, 2000: 49). 17 En este sentido, es evidente, o debería serlo, que “el feminismo es un humanismo, es la lucha por el reconocimiento de las mujeres como sujetos humanos y sujetos Octavio Salazar Benítez
teoría sino también “una militancia social y política y es una práctica cotidiana, una forma de entender y vivir la vida” (De Miguel, 2015: 29). Es decir, “el feminismo no solo afirma el punto de vista de las mujeres, sino que discute la idea misma de objetividad, imparcialidad, universalidad del derecho como estrategia masculina de hegemonía” (Cortesi, 2008: 167). De esta manera, ha desentrañado durante más de dos siglos las terribles paradojas de unos sistemas políticos que, basados formalmente en la libertad y la igualdad, han mantenido y prorrogado la opresión y la exclusión de más de la mitad de la población. En paralelo, el feminismo ha hecho visibles las estructuras simbólicas que han contribuido a mantener el dominio masculino (Cobo, 2015). Mediante el uso del “género” como categoría de análisis ha puesto al descubierto las “miserias” del orden liberal-democrático al tiempo que ha cuestionado los marcos teóricos y la epistemología que durante siglos ha estado condicionada por la cultura patriarcal (Esquembre, 2014: 233)18. Dicho de otra manera, el feminismo no sólo ha desvelado las injusticias del orden jurídico-político sino que, yendo más allá, ha revelado la concepción patriarcal dominante en la ciencia y el pensamiento. De ahí que sus propuestas no sólo tengan que ver nuevas estructuras sociales y políticas sino que también alcancen a una reconstrucción teórica superadora de los viejos paradigmas científicos19. Todo ello, insisto, desde
de derechos” (De Miguel, 2015: 27). No en vano, Adolfo Posada (1994) lo definió en 1899 como “humanismo integral”. 18 En este sentido hay que recordar por ejemplo cómo el movimiento sufragista americano nació estrechamente vinculado a las peticiones de abolición de la esclavitud de las primeras décadas del siglo XIX. En 1837 se celebró en Nueva York el primer congreso antiesclavista feminista, que tuvo su continuidad en el celebrado en Londres años después. Allí Elizabeth Cady, casada con un activo abolicionista, Larry Stanton, conoció a Lucretia Mott. Ellos fueron las que lideraron el grupo de mujeres y varones que se reunieron en Séneca Falls y que alumbraron la célebre “Declaración de sentimientos” de 1848, considerada como el documento fundacional del sufragismo. Un siglo antes, Olimpia de Gouges, que reivindicó una Declaración de Derechos de la mujer y la ciudadana ante la Asamblea francesa, también luchó contra el esclavismo y escribió una obra de teatro titulada “La esclavitud de los negros” (Puleo, 2000: 81). 19 “Las aportaciones iusfeministas se caracterizan por estar atravesadas por una tensión constante entre la necesidad epistemológica de reelaborar los conceptos Autonomía, género y diversidad: Itinerarios feministas...
la perspectiva emancipadora que supone tener como faro la igualdad real de todos los seres humanos y, en consecuencia, la efectividad de la dignidad y de los derechos que derivan de ella. Y, además, es importante no olvidarlo, usando como herramienta “la persuasión intelectual” y no la violencia (Cobo, 2011: 211). Desde estos presupuestos es necesario articular un discurso jurídico alternativo que ponga en entredicho las categorías pretendidamente universales y que cuestione las jerarquías creadas por el sistema sexogénero20. Teniendo presente que “el feminismo, como todo proceso emancipador, es fuente de pensamiento interpretativo, suministra nuevas claves de desciframiento de lo real en tanto que es un proyecto de reconstrucción de la realidad social sobre la bases de nuevos e insólitos pactos” (Amorós, 2005: 126). Solo así podremos llegar a un sistema constitucional en el que las mujeres estén consolidadas como sujetas jurídico/políticos y en el que, en consecuencia, los derechos sean re-conceptualizados desde una perspectiva de género. Ello exige “un posicionamiento epistemológico y metodológico claramente innovador y, por ende, despatriarcalizador” (Torres, 2013: 26). El feminismo, por tanto, como marco teórico, desde su mirada crítica y sus propuestas renovadoras21, nos ofrece posibles respuestas demo-
que enmascaran que el derecho sea «sexista», sea «masculino», tenga «género» y la voluntad de combatir una praxis jurídica androcéntrica” (Campos, 2008: 196). 20 En este sentido es esencial, y urgente, la incorporación del “género” como categoría analítica y de las aportaciones críticas del feminismo jurídico en la enseñanza del Derecho (Salazar, 2015; Sanchís, 2015). 21 “La crítica feminista, en fin, armada con un arsenal de nuevos enfoques y categorías, pone en cuestión no sólo un orden concreto de dominación, sino las ficciones que esconde y la narrativa en que aquélla se sostiene. Supone sin duda alguna la revolución más importante que se puede registrar en el ámbito del constitucionalismo desde su nacimiento, el cual ya nunca podrá discurrir por los caminos convencionales. El movimiento feminista conecta con lo que se ha llamado «la reacción de los excluidos» y ha tomado el pulso al «malestar generado por la cultura machista y narcisista», con sus nuevas patologías. Por lo que se refiere a los fundamentos del constitucionalismo, la crítica feminista ha penetrado en el interior de sus categorías fundacionales —sea la de «poder constituyente», «estado», «derechos fundamentales», «participación», «público-privado», etc.— de manera Octavio Salazar Benítez
cráticas a los retos que plantea la diversidad cultural y religiosa. Unos retos que entiendo solo podrán ser convenientemente abordados desde unos parámetros politizados y con capacidad de transformación social. Como mínimo, tres argumentos avalan esta apuesta: 1º) El hecho de que la desigualdad entre hombres y mujeres sea transversal y esté presente en mayor o menor medida en todas las dimensiones sociales y en todos los ámbitos territoriales22. Es decir, “mientras que otros factores de discriminación se refieren al tiempo y al lugar (y, por lo tanto, puede tener sentido hablar en términos abstractos de raza, lengua, religión, etc.), son las mujeres, y no los hombres, el único «grupo» discriminado universalmente” (Barrère, 2004: 365). En este sentido podemos hablar de la existencia de un “patriarcado universal” (Giolo, 2001: 340) o de lo que, de manera muy acertada, Joaquín Herrera (2005: 29) denominaba “patriarcalismo” , término con el que el filósofo del Derecho pretendía poner de manifiesto como las relaciones patriarcales se articulan con otras formas de relación social en un determinado momento histórico. Ese patriarcalismo es la fuente de la violencia estructural y simbólica que continúan sufriendo, con mayor o menor intensidad, todas las mujeres del planeta, y que sería la base sobre la que se acumulan otras muchas formas de violencia sobre ellas (sexual, económica, laboral...). Todas estas violencias están directamente conectadas con su discrimina-
tal que las ha disuelto para configurar un concepto de democracia (y de democracia parlamentaria) absolutamente nuevo, e incluso para avizorar un concepto de Justicia verdaderamente justo”. (Asensi, 2014: 102). 22 De ahí por tanto la necesidad de entender el género como una herramienta “transversal”, tal y como se recoge en el artículo 15 de la LO 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres (en adelante, LOIMH): “El principio de igualdad de trato y oportunidades entre mujeres y hombres informará, con carácter transversal, la actuación de todos los Poderes Públicos. Las Administraciones públicas lo integrarán, de forma activa, en la adopción y ejecución de sus disposiciones normativas, en la definición y presupuestación de políticas públicas en todos los ámbitos y en el desarrollo del conjunto de todas sus actividades”. Un principio que además debe aplicarse en la interpretación de todo el ordenamiento jurídico: “La igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres es un principio informador del ordenamiento jurídico y, como tal, se integrará y observará en la interpretación y aplicación de las normas jurídicas” (art. 4 LOIMH). Autonomía, género y diversidad: Itinerarios feministas...
ción y con las posiciones de poder que los hombres seguimos detentado tanto en los espacios públicos como en los privados. De ahí la necesidad de insistir en la potencialidad jurídica del concepto de “discriminación intergrupal” (Barrère, 2008: 57-58), y no solo porque con él se hace referencia al carácter sistemático de la discriminación en este caso de las mujeres, sino por su carácter dinámico en cuanto implica un doble deber del Estado y de la cultura jurídica: “de reconocimiento de su papel en la producción y reproducción de la discriminación intergrupal; 2) de intervención en su detección y eliminación, de tal manera que, si no existe una actuación por parte del Estado, éste, en su inactividad, a través de su conducta pasiva, estará discriminando por omisión”. 2º) El hecho de que las mujeres estén siendo las grandes perdedoras en los procesos globalizadores y las principales sufridoras del retroceso que está experimentando el Estado Social. Este momento “crítico” obedece además a una interpretación neoliberal de unos presupuestos, los del capitalismo, que tienen una clara conexión con el patriarcado y su orden de valores. Ha sido la lógica competitiva, acumuladora de riqueza e individualista —es decir, la lógica patriarcal— la que nos está llevando a un desmoronamiento del Estado Social y a una profunda crisis que afecta a las esencias de los sistemas democráticos. Ante esta realidad estamos asistiendo a la confirmación de una sentencia terrible: “Se dice que las políticas feministas son lo último de lo que los gobiernos echan mano y lo primero que retrocede cuando cambian” (Valcárcel, 2009: 336). Es decir, es incuestionable que la globalización capitalista tiene no sólo un rostro económico sino también un “rostro patriarcal” (Cobo, 2011: 92). De hecho, las políticas de austeridad justificadas por la crisis económica han supuesto un evidente retroceso en materia de igualdad de género. Basta con repasar por ejemplo el informe relativo a nuestro país del Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación contra las Mujeres, hecho público el 24 de julio de 2015, en el que se constataban los efectos negativos de la crisis económica y de las medidas de austeridad en todas las esferas de la vida de las mujeres. Por ello se insistía en la necesidad de realizar especiales esfuerzos respecto a la garantía de sus derechos, dándole prioridad a las mujeres que se
Octavio Salazar Benítez
encuentran en situaciones de vulnerabilidad y evitando en todo caso medidas regresivas23. A parecidas conclusiones, pero en un sentido global, llega el último informe realizado por ONU MUJERES, El progreso de las mujeres en el mundo 2015-2016: Transformar las economías para realizar los derechos. En él se pone en evidencia, por ejemplo, como las medidas de austeridad adoptadas en muchos países desde 2010 están incidiendo de manera singularmente negativa en la vida de las mujeres, provocando en la práctica un incremento de las discriminaciones “indirectas”. De ahí la importancia subrayada en el Informe de que las políticas económicas y sociales contribuyan a crear sociedades más sostenibles y más igualitarias, lo cual pasa necesariamente por la incorporación en ellas del género como corriente transversal y principal. Este contexto, además, provoca que con demasiada frecuencia “la ideología de la exclusión cultural” se superponga a la exclusión de las mujeres y ésta acabe siendo invisible (Cobo, 2011: 30). Por ello, creo que es importante situar desde el prisma de las reivindicaciones feministas las transformaciones que sería necesario acometer en el plano político y jurídico. Porque avanzar en la igualdad de hombres y mujeres supondrá avanzar en la garantía y efectividad de los derechos humanos, hará posible unos mayores niveles de desarrollo sostenible y contribuirá al mantenimiento de la paz y de la estabilidad de los sistemas democráticos. Por ello estoy convencido de que en el presente siglo la “lucha por los derechos” habrá de ser en gran medida la lucha por la igualdad de género24. De acuerdo con este objetivo, la posición que mantengo en
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En un sentido similar se había pronunciado el denominado Informe SOMBRA 2008-2013 sobre la aplicación en España de la CEDAW, el cual fue elaborado entre febrero de 2013 y abril de 2014 por un grupo de organizaciones de mujeres, ONG’s y otras organizaciones de la sociedad civil. A 15 de septiembre de 2014 el Informe había sido firmado por un total de 267 organizaciones (https://cedawsombraesp. wordpress.com/, consultada: 28/09/15). 24 Esta evidencia ya se puso de manifiesto cuando en 1979 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Convención sobre la eliminación de todas las formas sobre la discriminación contra la mujer (CEDAW). En ella se vinculó la igualdad de derechos de hombres y mujeres con el aumento del bienestar de la sociedad y de la familia, con el fortalecimiento de la paz y de la seguridad internacionales así como Autonomía, género y diversidad: Itinerarios feministas...