UN ACERCAMIENTO AL SIGLO XIX MEXICANO. SOCIEDAD Y POLÍTICA EN UNA ÉPOCA DE CAMBIOS
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UN ACERCAMIENTO AL SIGLO XIX MEXICANO. SOCIEDAD Y POLÍTICA EN UNA ÉPOCA DE CAMBIOS
ANA MARÍA CÁRABE
tirant humanidades Ciudad de México, 2022
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© Ana María Cárabe
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A Julio Cárabe, mi papá
ÍNDICE
PREFACIO................................................................................................
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I. LA SOCIEDAD NOVOHISPANA..........................................................
25
1. Multiculturalidad..................................................................................
25
2. Desigualdades sociales...........................................................................
42
II. LA TRADICIÓN MONÁRQUICA Y LA PROCLAMACIÓN DE FERNANDO VII EN NUEVA ESPAÑA....................................................
51
1. La simbiosis del trono y el altar.............................................................
51
2. El león dormido....................................................................................
57
3. Hijo no tenemos, y nombre le ponemos.................................................
71
III. LA CRISIS POLÍTICA: REORGANIZANDO LA PATRIA.................
81
1. La monarquía compuesta......................................................................
82
2. La discusión por la formación de una junta novohispana......................
84
3. La propuesta juntista de Jacobo de Villaurrutia.....................................
95
4. La Idea del Congreso Nacional de Nueva España de Melchor Talamantes..
98
5. Las Cortes de Cádiz y la reorganización de la monarquía compuesta....
103
IV. PASOS INDEPENDIENTES................................................................
107
1. Continuidad y cambio social.................................................................
107
2. Gobernar sobre cenizas.........................................................................
122
V. LOS AÑOS DE PAZ.............................................................................
135
1. La Constitución de 1857: Borrón y cuenta nueva..................................
135
2. El ferrocarril como sinónimo de progreso.............................................
145
10
Índice
CONCLUSIONES....................................................................................
159
BIBLIOGRAFÍA.......................................................................................
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PREFACIO
Hace un tiempo, revisando documentos en la Biblioteca Nacional de España, encontré un grabado de Carlos Múgica que se titulaba “La magia del siglo XIX.” Representa una mujer con un atuendo clásico romano en el centro, levantando una corona de laurel en su mano derecha. Alrededor de ella hay una serie de elementos representativos de las ciencias y las artes, elementos que evocan la modernidad y el progreso que de ella se esperaba, es decir, el esplendor de la cultura y el avance de las ciencias. Al fondo hay un paisaje campestre por el que transita un ferrocarril sobre un puente, símbolo del progreso tecnológico y económico. Sí, así se concebía el siglo XIX aunque ese progreso no fue tan rápido como se deseaba y además costó un río de sangre; especialmente me refiero a la sangre mexicana derramada en pos del ideal del progreso. Sin embargo, fue un siglo mágico, en efecto, porque se gestó y se puso en marcha la modernidad, imponiéndose a la estructura tradicional. Como los cambios sociales conllevan un largo proceso para arraigarse, en este siglo las características del Antiguo Régimen y de la modernidad se imbrican y el estudio de esta época resulta complicado, cosa que lo convierte en un periodo fascinante. Los cambios políticos y sociales que se vinieron a concretar en el siglo XIX tuvieron un origen económico derivado de las condiciones que se crearon a partir del descubrimiento de América y el comercio que se produjo por el ensanchamiento de la influencia europea. Ése fue un hecho que revolucionó el mundo occidental y sus protagonistas no pudieron visualizar, ni siquiera lejanamente, las consecuencias en todos los ámbitos de la sociedad que tendrían sus proyectos. Lo cierto es que las nuevas condiciones sociales que se crearon a partir del comercio ultramarino entraron en contradicción con la estructura tradicional del Antiguo Régimen, donde el rey ejercía el monopolio de los rubros económicos. La misma expansión económica hacía necesaria la liberalización comercial y el establecimiento de
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industrias, lo que a su vez suponía un cambio en la estructura social y también en las condiciones ideológicas, políticas, culturales y en la mentalidad como consecuencia de las necesidades sociales nacientes. En un principio se pensó que los cambios que el siglo demandaba podían ponerse en marcha desde arriba, controlada e institucionalmente desde el mismo poder del rey como protector del bien común. Entonces se concebía que los cambios afectarían sólo al ámbito económico y todo lo demás permanecería como estaba. Esta idea era especialmente importante en la Nueva España por su carácter tradicionalista. La Revolución Francesa vino a frenar el proceso de cambios que se estaba experimentando por el temor no sólo al desorden, sino a perder al rey y a la religión, que eran sus valores fundamentales. El hecho de que en Francia se le diera pena de muerte a sus reyes fue un suceso que consternó especialmente a la Nueva España, pues su gente era profundamente religiosa y monárquica en consecuencia, y el rey suponía ser el elegido de Dios para cuidar y proteger a su pueblo, de manera que, en la mentalidad de la época, atentar contra el rey era atentar contra Dios. Para agravar las cosas, el rey de Francia ejecutado, Luis XVI, era primo hermano del entonces rey de España, Carlos IV. Esta especial circunstancia hacía que aquella ejecución se sintiera como algo cercano. Paralelamente al desarrollo económico, las ciencias avanzaron de manera espectacular a impulso de las mismas necesidades sociales. Esto hizo que la mentalidad tradicional, volcada hacia la voluntad de Dios, cambiara hacia la confianza en la razón humana, habida cuenta de los logros que la humanidad estaba experimentando. La filosofía abonó y dio consistencia a los cambios que se estaban viviendo y las ideas de la Ilustración sentaron las bases teóricas de la nueva filosofía política. Éstas fueron el cimiento ideológico para justificar las independencias de los países americanos, además de las revoluciones que se vivieron en Europa. En el ámbito político las innovaciones se centraron, si no en liquidar la institución monárquica, sí en ponerle límites al absolutismo, y los mecanismos que se idearon fueron el constitucionalismo y la división de poderes que acuñaron Rousseau y Montesquieu en sus obras a las que Nueva España tuvo acceso, aunque limitado.
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El hecho de tener un gobierno con la estabilidad que ofrecía la legitimidad tradicional en la persona de un rey por la gracia de Dios y un mecanismo institucional basado en la legitimidad moderna de la soberanía del pueblo fue una expectativa atractiva, segura y que adoptaba ambas ideas para asegurar la estabilidad política y combinar la política del Antiguo Régimen con la modernidad sin hacer cambios abruptos. Las ideas monárquicas jugaron un importante papel en el México independiente y su resultado fue que hubo dos periodos de monarquía, además de que la defensa de esta postura ocasionó conflictos internos entre los conservadores, que tenían una orientación monárquica–liberal, y los llamados liberales, que eran republicanos -liberales. Los cambios, sin embargo, tanto en México como en Europa, fueron muy rápidos y encontraron la oposición de los grupos tradicionalistas; la consecuencia fue que el siglo estuvo marcado por la inestabilidad y las consiguientes guerras, de manera que el progreso esperado no encontró las condiciones necesarias para que se llevara a cabo. Se trató de un enfrentamiento de intereses grupales que sumieron al siglo en constantes conflictos y guerras. Todo el siglo fue así. Pongamos el ejemplo de alguien que naciera en Nueva España en 1805. Esta persona a lo largo de su vida habría sufrido la cruenta guerra insurgente; la independencia con su nueva organización político–administrativa; la caída del Imperio Mexicano; la creación de la república federal; las guerras y albazos de la primera mitad de siglo incluido el desastre nacional de 1847; la dictadura de Santa Anna; el derrocamiento de Santa Anna con el Plan de Ayutla; la guerra de Reforma; la guerra contra el Imperio de Maximiliano; la restauración de la república en 1867 y en esa fecha el sujeto de nuestro ejemplo tendría 62 años. Desde el punto de vista social el proyecto de nación partió de un estrecho sector poblacional, un puñado de españoles, muchos de ellos criollos, que ocupaban posiciones medianas en la sociedad, es decir, pertenecían al clero de posición media, o servían en el ejército ocupando rangos medios, o eran profesionistas o medianos propietarios y comerciantes y que, por lo tanto, no participaban de los privilegios ni de los cargos principales de la administración y que veían frenadas sus expectativas de ampliar sus horizontes económicos debido a las
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restricciones del sistema monopólico real. A lo largo del siglo XIX esta clase mediana fue la que se constituyó en liberal republicana y la que impuso su proyecto nacional. A pesar de que constituían una élite cultural, ellos se consideraban “el pueblo” porque no gozaban de privilegios. No deja de sorprender que esta estrecha población impusiera su proyecto a una gran base poblacional que, no sólo no estaba interesada en producir, consumir, emprender y ahorrar, sino que estaba en contra de que se cambiara su modo de vida porque habían vivido por generaciones en una cultura económica de subsistencia y autoconsumo, con un exiguo excedente de comercialización regional. En este sentido la introducción del capitalismo resultó una verdadera revolución porque, como bien reflexionó Max Weber, “lo que el hombre quiere <por naturaleza> no es ganar más y más dinero, sino vivir pura y simplemente como siempre ha vivido, y ganar lo necesario para seguir viviendo. Cada vez que el moderno capitalismo intenta acrecentar <la productividad> del trabajo humano aumentando su intensidad, hubo de tropezar con la tenaz resistencia de este leit motiv precapitalista.”1 No era únicamente la inercia de esta cultura económica la que había que vencer. La religión católica ejercía un fuerte influjo ideológico, lo ejerció durante todo el siglo y los púlpitos se convirtieron en las tribunas políticas para combatir el liberalismo que, en lo económico afectaba sus intereses y en lo político hacía perder la influencia de la Iglesia en los asuntos públicos. Emilio Rabasa hizo notar que “el clero se empeñó en presentar como incompatibles el catolicismo y el liberalismo para hacer inseparables el sentimiento religioso y la filiación política; pero en cambio los liberales (...) marcaron la distinción entre el clero y la Iglesia y los dogmas (...) pero en aquella época de transición (...) cada hombre, antes de combatir al adversario, comenzaba por luchar consigo mismo.”2 Las constituciones del siglo XIX en México señalaban, en todos los casos, la obligación de profesar la religión católica a todos los
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M. Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Colofón, México, 2007, p. 63. E. Rabasa, La constitución y la dictadura, Conaculta, México, 2002, p. 41.
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habitantes de México, a la vez que el clero combatía los principios liberales reflejados en ellas. En la Constitución de 1857 se omite por primera vez el tema religioso. Para este momento se contemplaba la necesidad de importar mano de obra extranjera que no siempre tendría una profesión religiosa católica y así el tema religioso se vio ligado al progreso del país, mucho más a finales de siglo, cuando se necesitaron técnicos y capitales extranjeros para hacer despegar el proyecto nacional. Al sustituir la legitimidad política descendente de la gracia de Dios por la legitimidad moderna ascendente cimentada en la voluntad del pueblo, la influencia política de la Iglesia en la política se vio sensiblemente disminuida, especialmente porque los liberales atacaron también sus propiedades y las órdenes religiosas. Pero los procesos socio políticos son lentos, algunos son muy lentos, porque no operan en todas partes a la vez, ni con la misma intensidad, ni encuentran las mismas condiciones, ni la misma resistencia. Y en el caso de la formación del estado mexicano, al tener que enfrentar una construcción cultural, ideológica, histórica, religiosa, económica, poblacional e incluso geográfica y sustituirla por otra estructura social y política de la que se tenían pocos conocimientos y ninguna experiencia en la práctica, hizo especialmente difícil esta transición y observamos en nuestra sociedad actual que aún el proceso de sustitución de una estructura por otra no ha concluido; si bien en el presente se discute si debe imponerse un criterio sobre la voluntad de un colectivo y estos colectivos tienen el poder de manifestarse, gestionar y organizarse contra los intereses del estado. A mitades del siglo XX los sociólogos hablaban de que existía una sociedad dual que combinaba una estructura de carácter feudal, tradicional, cerrada y resistente al cambio que convivía con otro sector desarrollado, moderno y con economía de mercado.3 Preocupados por el crecimiento económico, se encontraban con problemas tales como la diversidad cultural, el tradicionalismo de las comunidades campesinas, la falta de recursos para destinar a las regiones marginales, el “desarrollo del subdesarrollo” o, dicho de otra 3
E. Laclau, “Feudalismo y capitalismo en América Latina”, en Tres ensayos sobre América Latina, Anagrama, Barcelona, 1973, passim.
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manera, el problema de las desigualdades crecientes en el desarrollo regional. A partir de 1992 estas brechas nacionales se concretaron en movimientos sociales que surgieron aprovechando la apertura política. Sobre la mesa se pusieron a discusión la defensa de los recursos naturales contra el capitalismo voraz; las desigualdades tanto sociales como regionales; los intereses de la clase media; la participación política y la calidad de la democracia; la corrupción; el desempeño de los partidos políticos, entre otras cuestiones. En 1994 el Movimiento Zapatista de Liberación Nacional expuso a la vista general la realidad indígena y los pueblos reclamaron sus derechos tradicionales y las demandas no atendidas. Las comunidades indígenas, que habían sido gravemente afectadas en sus formas de vida y sus costumbres por el liberalismo que se impuso, pasaron a un primer plano en la vida nacional cuando cuestionaron la validez del desarrollo económico marginando los intereses de las comunidades. Todos estos problemas se han arrastrado desde el siglo XIX y hasta el momento no han podido resolverse. El sustrato social, cultural, geográfico, histórico y económico de México es muy diferente al de la sociedad europea o norteamericana. Esto supone que la adopción de la modernidad en este ámbito está siendo mucho más difícil y el proceso resulta ser más lento, lo que se traduce finalmente en las grandes desigualdades sociales, asunto que se ha convertido para estas fechas en una preocupación de carácter internacional, y que repercute en la deficiente calidad de la democracia. Planteado así el problema, este trabajo trata de dibujar un panorama socio–político decimonónico que nos remita al origen y análisis de los factores que intervienen en la realidad actual con el fin de comprenderla mejor. He tomado algunos hechos emblemáticos que han tenido especial trascendencia, pues sería imposible abordar toda la complejidad del siglo en unas cuantas páginas. Esta centuria es un tránsito del Antiguo Régimen a la Modernidad y se observa tanto la imbricación de elementos, que al principio del siglo son predominantemente tradicionalistas, como la evolución que va teniendo la sociedad a lo largo del siglo cuando los gobiernos van imponiendo los nuevos criterios socio económicos enmarcados en un sistema político que no coincidía con las costumbres ni con la cultura política
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de la población, pero que resultaba necesario tanto para justificar su legalidad como para tener un prestigio internacional que propiciara las inversiones a finales del siglo. Hemos olvidado la historia, hemos olvidado que para comprender nuestro presente tenemos que volver los ojos al pasado. Seguramente este es el siglo de las prisas y del querer resolver todo de manera exprés con alguna fórmula mágica. Pero el difícil proceso de formación del estado que se operó durante el siglo XIX explica mucho de lo que hoy vivimos y de los problemas que arrastramos o que en muchos casos se han acendrado. Y sí, fue un siglo difícil. Fue tan difícil que el proyecto de nación tuvo que empezar con una guerra de independencia, vamos, que hubo de crearse un nuevo país que se independizara no sólo de la metrópoli, sino también de todo lo viejo que se quedaba en el naciente país: la legitimidad descendente; la economía monopólica; la pobreza; la fealdad; la resignación; las corporaciones, incluyendo a las comunidades indígenas que resultaban tan incómodas; las consideraciones sociales por nacimiento; y así se comenzó a modificar la vida en todos los aspectos, incluyendo la mentalidad, el concepto de virtud y, si se quiere, hasta la alimentación, porque el espíritu del siglo favorecía la idea de variar la dieta e incluir algunas sanas verduras en la comida. Y en un siglo tan problemático, tan difícil, ¿dónde está la magia? Pues se encuentra en la imbricación de los elementos del Antiguo Régimen y la Modernidad conviviendo a veces unas características y otras en un mismo proceso, sean actitudes sociales, procesos políticos, proyectos, conceptos, en las contradicciones de la invención de la nación, en las actitudes de los protagonistas del quehacer nacional, que frecuentemente incurrieron en inconsistencias o en contradicciones. Es un siglo en que hubo que inventar a los héroes, una historia nacional, amalgamar los elementos culturales para crear una identidad mexicana, crear el concepto de una raza de bronce depositaria de las virtudes de dos mundos, pero a la vez tener la vista puesta en la forma de vida europea y en los éxitos políticos del sistema norteamericano. Es el siglo de los retos y del optimismo pese a todos los obstáculos. Y el análisis de estos elementos viejos y nuevos hacen fascinante al siglo XIX. Es además el siglo de los inventos como el telégrafo, aparato mágico que comunicaba rápidamente a dos poblaciones distantes; la
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electricidad; el teléfono, maravilla de la comunicación relámpago; la fotografía, que desplazó el retrato pintado a mano y que fue la moda que plasmó, no sólo a las clases principales, sino también alcanzó a inmortalizar escenas de la vida cotidiana, a las clases bajas, las cantinas, los soldados; el ferrocarril que alcanzaba la sorprendente velocidad de 60 Km por hora transitando por increíbles estructuras de ingeniería que, en el caso de México, fueron inmortalizadas en el Álbum del ferrocarril mexicano, de Casimiro Castro y Antonio García Cubas en 1877. Fue el siglo del desarrollo de las ciencias y la consolidación del método científico de cada una de ellas, de las escuelas profesionales de medicina, ingeniería, derecho, con sus consecuentes egresados especialistas en cada disciplina. Y estos adelantos tenían que reflejarse en exposiciones nacionales e internacionales, en museos y en muestras tecnológicas y científicas para demostrar al mundo que México estaba preparado para este desarrollo. La metodología que se empleó en esta investigación es cualitativa longitudinal basada en análisis de textos. El libro se compone de cinco capítulos que abarcan desde los últimos años del virreinato, cuando se desencadenaron los hechos que dejaron en orfandad política a la Nueva España y se tuvo que organizar el gobierno de manera apresurada, en tiempos de guerra, con la amenaza de una invasión francesa, con el miedo de perder el norte político y caer en una revolución como la francesa o la de Haití,–más próxima en tiempo y espacio–y sin más guía política que la teoría castellana de la baja Edad Media que tenía unas semejanzas peligrosas con algunas ideas modernas. Estos hechos fueron los antecedentes directos de la adopción de la modernidad en el mundo hispano. El primer capítulo está dedicado a la sociedad novohispana, porque es la base poblacional la que va a resentir los cambios que se estaban gestando, sea contribuyendo a poner en práctica las acciones de los gobiernos de una manera voluntaria, involuntaria, o presentará resistencias a las nuevas condiciones. La sociedad novohispana tenía características muy propias y complejas que se abordan en este apartado. Sin embargo, a pesar del aislamiento en que se encontraba el virreinato–hay que recordar que, si bien hay que tomar en cuenta el contrabando, se controlaba todo lo que entraba, personas y libros–la dinámica social había empezado a tener algunos cambios propiciados por las mismas necesidades socio–económicas. De esa manera el siste-
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ma estamental no era ya muy operativo; algunas familias habían hecho grandes fortunas a partir de la minería y el trabajo en las haciendas, y si bien algunos compraban títulos nobiliarios, otros no tuvieron interés en fundar un mayorazgo a costa de su caudal, como fue el caso del hacendado Gabriel de Yermo; los gremios habían relajado sus mecanismos de ingreso; la gente del común comentaba sobre asuntos políticos en lugares públicos; la gente de la élite hacía veladas en sus casas donde se comentaba la obra de Adam Smith y de Rousseau y se prestaban los libros que eran caros y escasos; y todos estos hechos nos sitúan en un momento de transición, lento y pacífico, que se verá rebasado por los acontecimientos europeos. Otra característica de la sociedad novohispana era su condición multicultural y pluriétnica que hacía difícil la integración de los sectores, cada uno de ellos con sus propios intereses y cosmovisión. La modernidad trajo el primer impulso de transculturar a la población, pero la resistencia de los grupos étnicos, respaldada por la incomunicación y la marginación del proyecto nacional, se ha prolongado en el tiempo y se ha añadido la demanda del reconocimiento de la identidad y la cultura de las comunidades tanto indígenas como afrodescendientes, además de otros colectivos que inmigraron después de la independencia. Otro problema que la sociedad actual ha heredado ha sido la desigualdad que se gestó desde el virreinato y cuyo combate hoy es uno de los ejes prioritarios de los gobiernos de México. Las desigualdades económicas conllevan a la desigualdad educativa y las brechas en el grado de poder y la participación política de la ciudadanía en un contexto democrático. El objetivo del primer capítulo es, por lo tanto, comprender la complejidad de la sociedad que se vio envuelta en una serie de cambios económicos, políticos y jurídicos abanderados por una élite que impuso su proyecto de nación a una mayoría regida por el tradicionalismo. El segundo capítulo está dedicado al abrupto acontecimiento que violentó el proceso evolutivo de la adopción de la modernidad, la orfandad política de los reinos de España, que es sin lugar a dudas el hecho más influyente en la creación del estado mexicano. Pero si bien la crisis política se dio en un breve lapso de tiempo, ya había comenzado
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un proceso de deterioro de la institución monárquica, que también aborda este capítulo. Los cambios no fueron menores: la legitimidad política dio un vuelco tal que pasó de la mano de Dios a la voluntad del pueblo. Claro que la voluntad del pueblo estaba todavía con el rey, pero bajo sus propias condiciones, retirándole el poder soberano para depositarlo en el pueblo y no cualquier persona de la casa real era del agrado del pueblo. La idealización de los actores políticos está siempre presente en los procesos, así que, en este momento de crisis, no sólo se desoberanizó al rey, sino también la nación se permitió decidir que su rey era Fernando VII, en quien se había depositado todas las esperanzas y a quien se había hecho receptor de todas las virtudes, con sus reservas, claro está, y por eso se decidió imponerle una constitución que contuviera las reglas del juego político en adelante y que patentizara que la soberanía residía en el pueblo. Con esta confianza en su rey se le sostuvo en el trono, se hizo una guerra en su nombre y se llevó a cabo la independencia en 1821 llamándolo al trono de México. La realidad golpeó la cara a los novohispanos cuando el rey que debía actuar como un padre, actuó como un padrastro. El objetivo de este capítulo es exponer la profundidad de la idea monárquica que tenía la sociedad novohispana, sostenida por su inmensa religiosidad, ya que la legitimidad del rey provenía de Dios; si bien la institución monárquica había empezado a acusar su deterioro, por lo que, como consecuencia, se adoptó el constitucionalismo. El tercer capítulo tiene como objetivo exponer las dificultades en que Nueva España se vio inmersa para poder organizar el gobierno bajo la premisa teórica de la soberanía del pueblo. El concepto no sólo tenía lógica, sino también espesor en la filosofía política castellana, pero en la práctica no sólo no se sabía quien era el pueblo que debía asumir la soberanía, es decir, quien tenía derechos ciudadanos y quien iba a representar los intereses de estos ciudadanos, sino que tampoco se tenía idea de cómo se iba a organizar esa soberanía que el pueblo debía ejercer. En la crisis de la monarquía se planteó, por lo tanto, el asunto de la ciudadanía y cómo organizarla, lo que se relacionó con la división territorial y con la representación de los intereses económicos de los