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John Stephens Traducci贸n de Laura Rins Calahorra

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El papel utilizado para la impresión de este libro ha sido fabricado a partir de madera procedente de bosques y plantaciones gestionadas con los más altos estándares ambientales, garantizando una explotación de los recursos sostenible con el medio ambiente y beneficiosa para las personas. Por este motivo, Greenpeace acredita que este libro cumple los requisitos ambientales y sociales necesarios para ser considerado un libro «amigo de los bosques». El proyecto «Libros amigos de los bosques» promueve la conservación y el uso sostenible de los bosques, en especial de los Bosques Primarios, los últimos bosques vírgenes del planeta.

Título original: Books of the Beginning: The Emerald Atlas Adaptación del diseño de la cubierta: Random House Mondadori / Judith Sendra Primera edición: mayo de 2011 © 2010, John Stephens © 2011, de la presente edición en castellano para todo el mundo: Random House Mondadori, S. A. Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona © 2011, Laura Rins Calahorra, por la traducción Ilustración de cubierta: Jeff Nentrup Ilustración de los personajes: Blacksheep Diseño del logo: James Fraser Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Printed in Spain – Impreso en España ISBN: 978-84-8441-725-5 Depósito legal: B-15.309-2011 Compuesto en Fotocomposición 2000, S. A. Impreso y encuadernado en Rotocayfo (Impresia Ibérica) Crta. Nacional II, Km. 600 08620 Sant Vicenç dels Horts GT 1 7 2 5 5

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A mis padres

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Prólogo

La niña se despertó al notar que la sacudían y vio a su madre inclinada sobre ella. —Kate —dijo en voz baja pero con tono apremiante—, escúchame bien. Necesito que hagas una cosa por mí. Necesito que cuides de tus hermanos, ¿lo entiendes? Necesito que cuides de Michael y Emma. —¿Qué…? —No hay tiempo para explicaciones. Prométeme que cuidarás de ellos. —Pero… —¡Kate, por favor! ¡Prométemelo! —Te… te lo prometo. Era Nochebuena y llevaba todo el día nevando. Como Kate era la mayor de los hermanos, la habían dejado acostarse más tarde. Eso significaba que, mucho después de que los cantores de villancicos se hubieran marchado, permaneció senta9 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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da con sus padres junto al fuego, tomando chocolate caliente mientras intercambiaban regalos (sus hermanos pequeños recibirían los suyos por la mañana); ella, a sus cuatro años de edad, se sentía muy mayor. Su madre ofreció a su padre un libro pequeño y grueso, viejo y desgastado, que pareció complacerle sobremanera, y él le regaló a ella un relicario con una cadena de oro. El relicario contenía un retrato diminuto de los niños: Kate, Michael, de dos años, y Emma, el bebé de meses. Cuando por fin subió a acostarse, tendida en la oscuridad, calentita y feliz bajo las mantas, preguntándose cómo se las arreglaría para dormirse, al cabo de lo que le parecieron apenas unos segundos ya la estaban despertando. La puerta de su dormitorio estaba abierta y a la luz del pasillo vio cómo su madre se llevaba las manos al cuello y se desabrochaba la cadena con el relicario. Luego se acercó a Kate, deslizó las manos bajo su nuca y se la abrochó. La niña notó el suave roce de los cabellos de su madre y el olor a pan de jengibre que había estado preparando por la tarde. De pronto, una lágrima de su madre le cayó en la mejilla. —Recuerda que tu padre y yo te queremos mucho. Un día volveremos a estar todos juntos. Te lo prometo. El corazón aporreaba con fuerza el pecho de la niña. Apenas había abierto la boca para preguntar qué estaba pasando cuando apareció un hombre en la puerta. Estaba a contraluz, por lo que Kate no pudo verle el rostro, pero sí alcanzó a ver que era alto y delgado, y que llevaba un abrigo largo y lo que parecía un sombrero muy arrugado. —Es la hora —dijo. Su voz y su silueta recortada en la puerta perseguirían a Kate durante años, ya que esa fue la última vez que vio a su 10 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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madre, la última vez que toda la familia estuvo reunida. Luego el hombre pronunció algo que Kate no pudo oír, como si a partir de aquel momento su mente hubiera corrido un tupido velo sobre el hombre de la puerta, su madre… todo. La mujer cogió en brazos a la niña dormida, la envolvió con las mantas y siguió al hombre escalera abajo. Cruzó la sala de estar, donde todavía ardía el fuego en el hogar, y salió a la oscura y fría noche. De haber estado despierta, la niña habría visto a su padre de pie en la nieve junto a un viejo coche negro, sosteniendo en brazos a sus hermanos dormidos envueltos en mantas. El hombre alto abrió la puerta trasera y dejó a los niños tendidos en el asiento. Luego se volvió, cogió a Kate de los brazos de la mujer, la tendió junto a sus hermanos y cerró la puerta con un ruido sordo. —¿Estás seguro? —preguntó la mujer—. ¿Estás seguro de que es la única solución? El hombre alto se había situado bajo una farola y por primera vez sus rasgos resultaban bien visibles. A ningún transeúnte le habría inspirado mucha confianza su aspecto. El abrigo tenía remiendos y los puños deshilachados, llevaba un viejo traje de tweed al que le faltaba un botón, la camisa blanca estaba manchada de tinta y de tabaco, y la corbata (y quizá eso era lo más sorprendente de todo) no llevaba un nudo sino dos, como si hubiera olvidado si lo llevaba y en lugar de bajar la vista para comprobarlo hubiera hecho otro por si acaso. Su pelo blanco asomaba bajo el sombrero, y las cejas se arqueaban en su frente como grandes cuernos cubiertos de nieve, sobresaliendo por encima de las torcidas gafas de carey llenas de parches. En conjunto parecía que se hubiera vestido en medio de una tor11 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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menta y, no contento con el resultado, luego hubiera decidido tirarse por la escalera. Sin embargo, al mirarlo a los ojos esa impresión cambiaba por completo. Sin reflejar más luz que la propia, sus ojos brillaban con tanta intensidad en la noche tapizada de nieve y se observaba en ellos una energía, una amabilidad y una comprensión tan singulares que hacían olvidar por completo las manchas de tabaco y de tinta de la camisa, los parches de las gafas y el doble nudo de la corbata. Solo mirándolo a los ojos, uno sabía que estaba en presencia de la sabiduría personificada. —Amigos míos, sabíamos que este día llegaría. —Pero ¿qué es lo que ha cambiado? —preguntó el padre de los niños—. ¡No ha pasado nada desde Cascadas de Cambridge! ¡Y de eso hace cinco años! ¡Tiene que haber ocurrido algo! El anciano suspiró. —A última hora de la tarde he ido a ver a Devon McClay. —No está… No puede estar… —Me temo que sí. Y, puesto que es imposible saber qué dijo antes de morir, tenemos que pensar lo peor y suponer que explicó lo de los niños. Durante un largo rato nadie pronunció palabra, hasta que la mujer rompió a llorar. —Le prometí a Kate que volveríamos a estar todos juntos y es mentira. —Querida… —¡No parará hasta que los encuentre! ¡Nunca estarán a salvo! —Tienes razón —musitó el anciano—. No parará. Al parecer, no era necesario aclarar a quién se referían. 12 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—Sí que hay una forma, y siempre hemos sabido cuál es. Los niños tienen que poder crecer para cumplir su misión… —Se interrumpió. El hombre y la mujer se volvieron y divisaron en el extremo del edificio tres siluetas oscuras cubiertas con largos abrigos negros que permanecían de pie observándolos. De pronto la calle quedó sumida en la quietud; incluso los copos de nieve parecían suspendidos en el aire. —Están ahí —advirtió el anciano—. Seguirán a los niños. Tenéis que desaparecer. Yo os encontraré. Antes de que la pareja pudiera responder, el anciano abrió la puerta y se sentó al volante. Las tres figuras avanzaban hacia ellos. El hombre y la mujer retrocedieron hasta la casa mientras el motor del coche se ponía en marcha. Durante un instante, las ruedas giraron sobre la nieve hasta que dejaron de resbalar y el coche se alejó. Las figuras echaron a correr y pasaron frente al hombre y la mujer sin prestarles atención, pendientes solo del coche que bajaba deslizándose por la calle nevada. El hombre de pelo blanco aferraba el volante con ambas manos. Por suerte era tarde, Nochebuena y nevaba, por lo que no había tráfico que ralentizara su marcha. Sin embargo, aunque el hombre conducía a gran velocidad, las figuras negras cada vez estaban más cerca. Corrían tan sigilosamente que resultaba sobrecogedor; a cada zancada cubrían doce metros y las puntas de sus abrigos negros ondeaban tras sí. Al doblar una esquina, el coche topó con una furgoneta estacionada y dos figuras se elevaron de un salto por los aires, asiéndose a las fachadas de las casas que bordeaban la calle. El hombre miró por el retrovisor y vio que sus perseguidores avanzaban pegados a 13 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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las fachadas como gárgolas que se hubieran desprendido de los tejados. Aunque su mirada no denotaba sorpresa, pisó a fondo el acelerador. El coche cruzó a toda velocidad una plaza y pasó como una exhalación junto a un grupo de feligreses que salían de la iglesia a medianoche. Se adentró en el casco antiguo de la ciudad, y a pesar del estruendo de las ruedas rebotando en las calles adoquinadas, los niños seguían durmiendo en el asiento trasero. Una de las figuras se impulsó contra la fachada rojiza de una de las casas y aterrizó con gran estruendo sobre el coche y, acto seguido, su mano pálida rompía el techo de un puñetazo y empezaba a arañar la chapa. El segundo atacante había alcanzado la parte trasera del coche y, con los talones clavados en el pavimento, iba abriendo sendos surcos en las piedras centenarias. —Un poco más —musitó el hombre—, solo queda un poco más. Entraron en un parque cubierto de nieve y completamente desierto, y el coche patinó sobre el suelo helado. Justo enfrente, el hombre divisó el oscuro perfil del río.Y, de repente, todo se precipitó: el anciano apretó el acelerador, la figura de detrás del coche se aferró a la puerta, el techo se abrió y por el hueco penetró el frío de la noche. Lo único que no experimentó cambio alguno fueron los niños, que, por suerte para ellos, seguían durmiendo ajenos a lo que sucedía. Entonces el coche se elevó en el aire y se precipitó al río. No llegó siquiera a rozar la superficie, porque en el último momento se desvaneció, dejando tras sí a los tres perseguidores agitándose en el agua. 14 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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Al cabo de un segundo y cientos de kilómetros más al norte, el coche se detenía sin un solo arañazo frente a un gran edificio de piedra gris. Era evidente que los estaban esperando porque una mujer bajita ataviada con ropas oscuras bajó la escalera para recibirlos. Entre el anciano y ella trasladaron a los niños al interior de la casa. Subieron a la planta de arriba y recorrieron un largo pasillo decorado con guirnaldas y espumillón. En todas las habitaciones frente a las que pasaban había niños durmiendo. La última puerta era la de una habitación con dos camas y una cuna. La monja (la mujer menuda se llamaba hermana Agatha) entró con el niño y la niña de meses. Tendió al primero sobre una cama y dejó a su hermana pequeña en la cuna sin que ninguno de los dos se moviera. El anciano tumbó a Kate en la otra cama y la arropó con la colcha hasta la barbilla. —Pobrecitos —dijo la hermana Agatha. —Sí. Y en gran parte todo depende de ellos. —¿Crees que aquí estarán a salvo? —Todo lo a salvo que pueden estar. No cabe duda de que los buscará, pero los únicos que quedamos con vida y que sabemos dónde están somos tú y yo. —¿Cómo los llamaré? Necesitan otro apellido. —¿Qué tal…? —El anciano se quedó pensativo un momento—. «P.» —¿«P» a secas? —«P» a secas. —¿Y la niña mayor? Se acordará de su verdadero nombre. —Yo me encargaré de que no se acuerde. —Cuesta mucho creer que todo esto esté sucediendo de verdad… —Miró a su compañero—. ¿Te quedas un rato? He en15 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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cendido la chimenea y queda un poco de cerveza de los monjes. A fin de cuentas, es Navidad. —La propuesta es muy tentadora, pero, por desgracia, tengo que comprobar cómo se encuentran los padres de las criaturas. La mujer salió al pasillo musitando: —Así que definitivamente ha empezado… El anciano la siguió hasta la puerta y se detuvo para volverse a mirar a los niños dormidos. Levantó la mano como bendiciéndolos y musitó: —Hasta la próxima. Luego salió de la habitación. Los niños siguieron durmiendo, ajenos a la nueva vida que les esperaba cuando despertaran.

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El sombrero de la señora Lovestock

El sombrero en cuestión pertenecía a la señora Constance Lovestock. La señora Lovestock era una mujer entrada en años con una gran fortuna y sin hijos. No le gustaba hacer las cosas a medias. Le encantaban los cisnes, porque los consideraba las criaturas más bellas y gráciles del mundo. —Son tan esbeltos… —decía— y tan elegantes… Nada más entrar en su enorme y suntuosa mansión de las afueras de Baltimore se veían los arbustos recortados con forma de cisne, las estatuas de cisnes a punto de alzar el vuelo, las fuentes en las que una madre cisne salpicaba con las alas a sus pequeños, la pila para pájaros en forma de cisne donde a las aves menores se les concedía el honor de poder bañarse, y, por supuesto, los cisnes de verdad, que se deslizaban sobre el estanque que rodeaba la casa, o que a veces pasaban frente a los ventanales de la planta baja con sus andares de pato, sin la elegancia que cabría esperar de ellos. 17 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—Yo nunca hago las cosas a medias —decía la señora Lovestock con orgullo. Una noche de principios de diciembre en que estaba sentada tejiendo en el sofá con forma de cisne frente al fuego junto a su marido, el señor Lovestock (quien todos los veranos se iba de vacaciones unos días solo, teóricamente a buscar escarabajos, pero en la práctica se dedicaba a cazar cisnes en un coto privado de Florida, derribándolos desde una distancia casi nula como un demente), anunció: —Gerald, voy a adoptar a unos niños. El señor Lovestock se sacó la pipa de la boca y emitió un sonido a modo de reflexión. Había oído con claridad lo que había dicho. No se había referido a «un niño» sino a «unos niños». Sin embargo, con los años había aprendido que el enfrentamiento directo con su mujer resultaba inútil y decidió que era más sensato adoptar una postura entre inconsciente y halagadora y dejarla hacer. —Muy bien, querida, es una idea fabulosa. Serás una madre estupenda. Sí, adoptaremos un niño. De inmediato la señora Lovestock chasqueó la lengua en señal de desaprobación. —No te burles de mí, Gerald. No tengo ninguna intención de adoptar solo a un niño. No vale la pena hacer semejante esfuerzo solo para uno. Creo que tendríamos que empezar por tres. —Se puso en pie dando la conversación por terminada y salió con paso decidido de la habitación. El señor Lovestock suspiró y volvió a colocarse la pipa a un lado de la boca mientras se preguntaba si existiría algún lugar donde pudiera pasar el verano cazando niños. Probablemente no, pensó, y siguió leyendo el periódico. 18 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—Esta es vuestra última oportunidad. Kate se sentó frente al escritorio delante de la señorita Crumley. Estaban en su despacho de la torre norte de la Casa de Acogida para Huérfanos Incorregibles y Desahuciados Edgar Allan Poe. El edificio era una fábrica de armas del siglo anterior y en invierno el viento se colaba por las paredes haciendo que los cristales de las ventanas temblaran y que el agua de los lavabos se helara. El despacho de la señorita Crumley era la única habitación caldeada, por lo que Kate esperaba que lo que tuviera que decirle fuera para largo. —No bromeo, jovencita. —La señorita Crumley era una mujer bajita y de aspecto pesado con el pelo de un tono purpúreo recogido en la coronilla. Mientras hablaba, desenvolvía un caramelo que había cogido de un bol de encima de su escritorio. Los niños tenían prohibido comer caramelos. Al llegar al centro de acogida, mientras la señorita Crumley les recitaba la lista de obligaciones y prohibiciones (la mayoría eran prohibiciones), Michael se comió un caramelo de menta y, como castigo tuvo que soportar toda una semana duchas de agua helada. «No nos ha dicho que no pudiéramos comer caramelos. ¿Cómo iba a saberlo?», se quejó el chico. La señorita Crumley se llevó el caramelo a la boca. —Es vuestra última oportunidad. Si tus hermanos y tú no os mostráis afables para que esa señora os adopte… —Chupó el caramelo con fruición mientras pensaba en una amenaza lo bastante aterradora—. No me haré responsable de lo que os ocurra. —¿Quién es? —preguntó Kate. 19 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—¡¿Que quién es?! —repitió la señorita Crumley con los ojos como platos sin dar crédito a lo que oía. —Quiero decir, ¿cómo es? —¿Que quién es? ¿Que cómo es? —La señorita Crumley chupeteaba el caramelo con mayor frenesí a medida que aumentaba su indignación—. Es una mujer… —Se interrumpió. Kate aguardó, pero la señorita Crumley, en lugar de continuar hablando, se puso roja como un tomate y empezó a emitir sonidos guturales. Durante un brevísimo segundo (en realidad, más bien durante tres segundos) Kate se planteó contemplar cómo se ahogaba la señorita Crumley, pero al final se levantó de un salto, rodeó el escritorio y le dio un golpe seco en la espalda. Una pastilla verde y viscosa salió disparada de la boca de la señorita Crumley y aterrizó sobre el escritorio. La mujer se volvió hacia Kate mientras respiraba hondo, con el rostro todavía enrojecido. Kate la conocía lo suficiente para no esperar que le diera las gracias. —Es una mujer —prosiguió la señorita Crumley entrecortadamente— que quiere adoptar a tres niños, a ser posible hermanos. ¡Eso es todo lo que tienes que saber! ¡Que quién es! ¡Habrase visto! Ve a buscar a tus hermanos. Aséalos y vístelos con sus mejores ropas. La señora llegará dentro de una hora. Y si alguno de ellos hace algo, te prometo… —Recogió el caramelo y volvió a llevárselo a la boca—. En fin, no me haré responsable de lo que os ocurra.

A medida que Kate descendía por la estrecha escalera de caracol y se alejaba del despacho de la señorita Crumley, el am20 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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biente cada vez era más frío. Se arropó más con su delgado jersey. Los adultos que veían a Kate por primera vez siempre observaban lo extraordinariamente guapa que era, con su pelo rubio oscuro y sus grandes ojos color avellana; pero cuando la miraban con más detenimiento, reparaban en el ceño de concentración que se había instalado en su frente, en sus uñas mordidas hasta convertir las puntas de sus dedos en muñones, en el agarrotamiento de sus extremidades; y en vez de exclamar: «Oh, qué niña tan guapa», chasqueaban la lengua y mascullaban: «Pobrecita». Pues al mirar a Kate, a pesar de su belleza, veían a alguien pendiente siempre de cuál sería el siguiente golpe que le tendría reservado la vida. Tras salir del orfanato por la puerta lateral, Kate vio a un grupo de niños reunidos alrededor de un árbol raquítico en un extremo del patio. Una niña pequeña de piernas esqueléticas y pelo corto de color castaño tiraba piedras a un niño encaramado a las ramas mientras lo instaba a que bajara y peleara. Entre risas y burlas, Kate se abrió paso a través del grupo de chiquillos en el momento en que Emma cogía otra piedra. —¿Qué estás haciendo? Emma se volvió con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. —¡Me ha roto el libro! ¡Estaba ahí sentada leyendo y él me ha quitado el libro y lo ha roto! —No es verdad —protestó el niño desde el árbol—. ¡Está loca! —¡Cállate! —chilló Emma, y le tiró la piedra. El niño escondió la cabeza detrás del árbol y la piedra rebotó contra el tronco. 21 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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Emma era menuda para tener once años; toda huesos. Sin embargo, hasta el último niño del orfanato la respetaba y temía su genio. Cuando la acorralaban o la provocaban, la niña se ponía hecha una fiera y la emprendía a patadas, arañazos y mordiscos. A veces Kate se preguntaba si su hermana se habría comportado con tanta violencia de no haber tenido que vivir separados de sus padres. Emma era la única de los tres hermanos que no guardaba ningún recuerdo de sus padres. Incluso Michael tenía una vaga idea de lo que significaban el cuidado y el amor paternos. Pero Emma no había conocido más vida que esa, y su lema era el siguiente: si no peleas, estás acabado. Por desgracia, siempre había unos cuantos chicos mayores que se dedicaban a provocarla y se regocijaban viéndola ponerse hecha una furia. Su objeto de burla predilecto era, cómo no, su apellido formado por una sola letra. Kate, con catorce años, era la mayor de los hermanos, y por tanto era responsabilidad suya conseguir que su hermana se tranquilizara. —Tenemos que encontrar a Michael —dijo Kate—. Va a venir a vernos una mujer. De inmediato se hizo un silencio sepulcral. Ningún niño de la Casa de Acogida para Huérfanos Incorregibles y Desahuciados Edgar Allan Poe había recibido la visita de un posible padre adoptivo desde hacía meses. —Me da igual —contestó Emma—.Yo no voy. —¡Tiene que ser muy tonta para querer a una niña como tú! —gritó el niño desde el árbol. Emma cogió una piedra y se la lanzó. El niño no reaccionó lo bastante rápido y recibió una pedrada en el codo. —¡Ay! 22 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—Emma —Kate asió a su hermana del brazo—, la señorita Crumley dice que es nuestra última oportunidad. Emma se soltó, se agachó y cogió otra piedra, pero era evidente que ya no estaba enfadada. Kate aguardó en silencio mientras Emma se pasaba la piedra de una mano a la otra hasta que acabó arrojándola sin fuerza contra el tronco. —Está bien. —¿Sabes dónde está Michael? Emma asintió. Kate la cogió de la mano y los niños se apartaron para dejarlas pasar.

Las niñas encontraron a Michael en el bosque que bordeaba el orfanato explorando una cueva que había descubierto la semana anterior. Hacía ver que era la entrada del antiguo refugio de un enano. Michael llevaba toda la vida obsesionado con las historias de seres mágicos: brujos que luchaban contra dragones, caballeros que defendían a doncellas de las garras de los trasgos, campesinos más ingeniosos que los trolls. Leía todo cuanto caía en sus manos, pero tenía especial predilección por los relatos de enanos. —Tienen una larga historia llena de nobleza. Y son muy trabajadores. No como los duendes, que siempre están peinándose y mirándose al espejo. Michael tenía una muy mala opinión de los duendes. El origen de su gran pasión era un libro titulado La enciclopedia de los enanos, escrito por un tal G. G. Greenleaf. La primera mañana de su nueva vida como huérfanos, nada más despertarse, Kate descubrió el libro oculto entre la ropa de cama de Michael y supo de inmediato que era el regalo de Navidad 23 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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que su madre había hecho a su padre. Al cabo de los años, Michael había leído el libro decenas de veces. Kate sabía que era su particular forma de conservar un lazo con su padre, del que apenas recordaba nada. Por eso insistía e insistía para que Emma se mostrara comprensiva cuando Michael tenía a bien obsequiarlas con una de sus lecciones improvisadas, aunque no siempre resultaba fácil. La cueva estaba cubierta de musgo y había humedad en el ambiente. El techo era lo bastante alto para que Kate y Emma pudieran caminar erguidas. Michael se encontraba a unos trescientos metros de la entrada, arrodillado junto a una linterna. Estaba casi en los huesos y tenía el pelo castaño y los ojos oscuros como su hermana pequeña, aunque los suyos se escondían tras unas gafas de montura metálica. A menudo la gente los tomaba por gemelos, lo cual molestaba sobremanera a Michael. «Yo soy un año mayor —protestaba siempre—. Me parece que salta a la vista.» Tras un destello y un zumbido, la vieja Polaroid de Michael escupió una fotografía. Unas semanas atrás el chico había encontrado la cámara en una tienda de objetos de segunda mano del centro de Baltimore, junto con una decena de carretes que el propietario prácticamente le había regalado, y desde entonces la usaba siempre que hacía de explorador, no sin antes recordarles a Kate y a Emma lo importante que era documentar los descubrimientos. —Mirad esto —Michael mostró a sus hermanas la piedra que acababa de fotografiar—. ¿Qué os parece que es? Emma refunfuñó. —Una piedra. —¿Qué es? —preguntó Kate siguiéndole la corriente. 24 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—La hoja del hacha de un enano que vivió hace muchos años —respondió Michael—. Es evidente que el agua la ha erosionado y que las condiciones de esta cueva no son las mejores para que se conserve. —Es curioso —comentó Emma—. Se parece mucho a una piedra. —Vale, ya está bien —terció Kate, advirtiendo que Michael empezaba a molestarse, y le explicó que una mujer quería verlos. —Id vosotras —dijo Michael—.Yo tengo trabajo aquí. La mayoría de los huérfanos se morían de ganas de que los adoptaran. Soñaban con que una pareja rica y afable se los llevara de allí y les diera una vida llena de amor y comodidades. Sin embargo, ese no era el caso de Kate y sus hermanos, que detestaban que los trataran como a huérfanos. —Nuestros padres están vivos —decían los tres her manos— y algún día vendrán a buscarnos. Claro que no tenían nada que respaldara esa convicción. Los habían dejado en el orfanato St. Mary de Boston, junto al río Charles, una Nochebuena de nieve de hacía diez años y, desde entonces, no había llegado a sus oídos una sola noticia de sus padres ni de ningún otro familiar. Ni siquiera sabían a qué hacía referencia la «P» de su apellido. Aun así, algo en lo más profundo de su ser les decía que sus padres volverían algún día, una certeza que se debía únicamente a que Kate nunca había dejado de recordarles a sus hermanos lo que su madre le había prometido la última noche que la vio: que un día volverían a estar todos juntos. Eso hacía de todo punto inaceptable la idea de que un extraño los adoptara. Por desgracia, esa vez había otras cosas a tener en cuenta. 25 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—La señorita Crumley dice que es nuestra última oportunidad. Michael suspiró y dejó caer la piedra. Recogió la linterna y salió de la cueva detrás de sus hermanas. En los últimos diez años, los niños habían pasado por doce orfanatos. La estancia más corta había durado dos semanas y la más larga había sido con diferencia la primera, la de St. Mary. De eso hacía casi tres años. Hasta que un incendio acabó con St. Mary y con la madre superiora, una mujer muy afable llamada hermana Agatha que mostraba mucho interés por los niños pero que tenía la mala costumbre de fumar en la cama. Al salir de St. Mary habían empezado un viaje que los llevaría de un orfanato a otro. En cuanto se adaptaban a un lugar, tenían que volver a trasladarse. Al final dejaron de tener la esperanza de poder vivir en ningún sitio más de unos pocos meses y de hacer amigos. Y aprendieron a contar solo con ellos mutuamente. El motivo de tantos traslados era que los niños resultaban, en términos adoptivos, difíciles de colocar. La familia que quisiera adoptar a uno tenía que adoptarlos a los tres, pero era raro que una familia estuviera dispuesta a adoptar a tres hijos a la vez, y las personas como la señorita Crumley no tenían mucha paciencia. Kate comprendió que si esa señora no los quería, la señorita Crumley lo utilizaría como excusa para trasladarlos a otro orfanato, aduciendo que había hecho todo cuanto estaba en su mano pero que eran un caso perdido. Tenía la esperanza de que si sus hermanos y ella se comportaban bien, aunque la entrevista no tuviera éxito, la señorita Crumley se lo pensaría dos veces antes de quitárselos de encima. No era que los niños 26 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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tuvieran en especial estima su actual hogar. El agua era turbia y las camas, duras. La comida causaba dolor de estómago tanto si se comía mucho como si no. No; el problema era que con el paso del tiempo cada orfanato había resultado peor que el anterior. De hecho, cuando seis meses atrás llegaron a la Casa de Acogida para Huérfanos Incorregibles y Desahuciados Edgar Allan Poe, Kate pensó: «Hemos tocado fondo». Pero ahora se preguntaba: «¿Existirá un lugar peor que este?». Y francamente, no tenía ganas de averiguarlo.

Media hora más tarde, limpios y vestidos con sus mejores ropas (que no eran gran cosa), los niños llamaron a la puerta del despacho de la señorita Crumley. —Adelante. Kate llevaba a Emma cogida de la mano y Michael las seguía de cerca. Kate les había aconsejado: «Sonreíd y no habléis mucho. Quién sabe, puede que sea una persona estupenda. Si es así, podemos quedarnos con ella hasta que vuelvan mamá y papá». Pero cuando Kate vio a aquella mujerona ataviada con un abrigo de plumas blancas, un bolso en forma de cisne y un sombrero del que sobresalía una cabeza de cisne en forma de interrogante, supo que no había esperanza para ellos. —Supongo que estos son los incluseros —dijo la señora Lovestock dando un paso adelante e inclinándose sobre los niños—. ¿Y dice que se apellidan «P»? —Sí, señora Lovestock —respondió con una risita la señorita Crumley, que solo le llegaba a la cintura a aquella gigantona—. Son de lo mejorcito que tenemos. Los quiero muchí27 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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simo, y por mucho que me duela separarme de ellos, lo sobrellevaré si sé que les espera un hogar tan maravilloso. —Hummm… —La señora Lovestock se inclinó para examinarlos, lo mismo que el cisne de su sombrero, que bajó la cabeza con gesto curioso. Kate miró hacia arriba y vio que Emma y Michael contemplaban atónitos el ave. —Tengo que advertiros desde ahora mismo que no soporto a los niños revoltosos. No pienso tolerar las carreras, los gritos, las carcajadas, las manos ni los pies sucios, los comentarios desagradables sobre los cisnes… —Cada vez que enunciaba algo que no pensaba tolerar, la cabeza de cisne asentía en señal de aprobación—.Tampoco me gusta que los niños hablen demasiado, que se limpien las manos en la ropa ni que lleven los bolsillos llenos. Detesto a los niños con los bolsillos llenos. —Estos niños nunca llevan nada en los bolsillos, se lo aseguro, señora Lovestock —dijo la señorita Crumley—. Nada en absoluto. —Además, espero… —¿Qué lleva en la cabeza? —la interrumpió Emma. —¿Cómo dices? —La mujer no daba crédito. —Eso que lleva en la cabeza, ¿qué es? —Emma… —la advirtió Kate. —Yo lo sé —saltó Michael. —No. —Sí. —¿Qué es? —preguntó Emma. La señora Lovestock se volvió hacia la directora del orfanato, que estaba temblando. —Señorita Crumley, ¿qué es lo que está pasando aquí? 28 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—Nada, señora Lovestock; nada en absoluto. Le aseguro que… —Es una serpiente —dijo Michael. La señora Lovestock se quedó como si le hubieran dado una bofetada. —No es una serpiente —lo corrigió Emma. —Sí que lo es. —Michael examinaba el sombrero de la mujer—. Es una cobra. —Pero si es blanca. —Seguro que la ha pintado. —Se dirigió a la señora Lovestock—. La ha pintado, ¿verdad? —¡Michael! ¡Emma! —masculló Kate—. ¡Callaos! —Solo le pregunto si ha pintado… —¡Chissst! Durante un rato que se hizo eterno solo se oyó el ruidito del radiador y a la señorita Crumley juntando y separando las manos con nerviosismo. —Nunca en toda mi vida… —empezó a decir al fin la señora Lovestock. —Querida señora Lovestock —saltó la señorita Crumley. Kate sabía que tenía que decir algo para suavizar las cosas, si es que quedaba alguna posibilidad de que no los expulsaran. Pero entonces la mujer dijo: —Supongo que no se puede esperar gran cosa de unos huérfanos. —Nosotros no somos huérfanos —la interrumpió Kate. —¿Cómo dices? —Los huérfanos son niños cuyos padres han muerto —repuso Michael—. Los nuestros no han muerto. —Volverán a buscarnos —añadió Emma. 29 www.megustaleer.com (c) Random House Mondadori, S. A.


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—No les haga caso, señora Lovestock, no les haga caso. No son más que chiquilladas. —La señorita Crumley cogió el bol de caramelos—. ¿Quiere uno? La señora Lovestock la ignoró. —Es cierto —insistió Emma—.Volverán a buscarnos. —Escuchadme bien. —La señora Lovestock se inclinó hacia delante—. Soy una mujer comprensiva, podéis preguntárselo a quien queráis, pero no toleraré las fantasías. Esto es un orfanato y vosotros unos huérfanos. Si vuestros padres os quisieran, no os habrían dejado tirados en la calle como basura sin ni siquiera un nombre decente. ¡Mira que llamaros «P»! Tendríais que estar agradecidos de que alguien como yo esté dispuesta a excusar vuestra horrible falta de educación y vuestra completa ignorancia acerca de cuál es el ave acuática más bella del mundo y daros un hogar. Y ahora, ¿tenéis algo que decir? Kate vio que la señorita Crumley sacaba la cabeza por detrás de la cintura de la señora Lovestock y la miraba. Sabía que si no se disculpaba ante la mujer del cisne, lo más seguro era que la señorita Crumley los mandara a algún lugar que hiciera parecer la Casa de Acogida para Huérfanos Incorregibles y Desahuciados Edgar Allan Poe un maravilloso complejo vacacional. Pero ¿cuál era la otra opción? ¿Irse a vivir con aquella mujer que insistía en que sus padres los habían dejado tirados como basura y no tenían intención de volver jamás? —Ya sabe —dijo estrechando la mano de su hermana—. Parece una serpiente.

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