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MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ GARCÍA

Los textos literarios que recorren este volumen nos dicen que la experiencia singular de la enfermedad siempre está en relación con la sociedad y con la época en la que esta se desencadena. Los textos literarios nos instan, de hecho, a prestarle atención a este vínculo. Porque desde aquí, tal vez, podríamos imaginar modelos de organización social que tuvieran más en cuenta el cuidado de nuestros cuerpos. Modelos que tendrían que ir, inevitablemente, más allá de la figura del hospital.

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A partir de un sólido —y accesible— marco teórico, articulado en torno al concepto de biopolítica, y a través de la lectura de una serie de novelas y relatos publicados en los últimos años, Miguel Ángel Martínez realiza un análisis de las formas actuales de la enfermedad a través precisamente de sus representaciones literarias. En ellas, nuestras patologías aparecen como experiencias cargadas de una intensidad inusual, que disparan preguntas y sentidos imprevistos, y no solo como un desorden fisiológico o mental.

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Después de descorchar la última botella de vino, y después de que Michel creyera que la conversación había terminado, Bruno pronunció estas palabras: «Los únicos acontecimientos que quedan por vivir son médicos». Esta escena, extraída de la novela Las partículas elementales (Michel Houellebecq, 1998), delimita la circunstancia que funciona como punto de partida de este libro: la presencia insistente de distintas formas de enfermedad en las sociedades actuales y la ocupación creciente de las formas de vida por parte de la práctica y el discurso médico. Este volumen fue escrito antes de la aparición del SARS-CoV-2, pero quizás su potencia radique en haber detectado las transformaciones que estaban en curso en el mundo contemporáneo. Un mundo convertido en una «ilimitada patria médica», como señala otro personaje de Impuesto a la carne (Diamela Eltit, 2010). Un mundo convertido en un gran hospital.

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Imagen de portada: Proyecto Yrupé, 2018. Candela Sotos F.-Zúñiga


BIOS Literatura, enfermedad, formas de vida


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


BIOS Literatura, enfermedad, formas de vida

MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ GARCÍA

tirant humanidades Valencia, 2021


Copyright ® 2021 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

© Miguel Ángel Martínez García

© De esta edición, Tirant Humanidades y Publicacions de la Universitat de València Edita: Tirant Humanidades Publicacions de la Universitat de València Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-18329-54-8 ISBN: 978-84-9134-743-9 (PUV) MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Índice Introducción VOLVER A FOUCAULT....................................................................................... 10 POLÍTICAS DEL CUERPO Y POLÍTICAS DE LA ENFERMEDAD............ 12 EL DISCURSO POÉTICO.................................................................................... 14

Capítulo primero Políticas de la enfermedad 1. ANATOMOPOLÍTICAS................................................................................ 17 2. BIOPOLÍTICAS............................................................................................... 23 3. BIOPODER....................................................................................................... 51

Capítulo segundo Enfermedad y formas de vida 4. EL SÍNTOMA SOCIAL.................................................................................. 149 5. «MUNDO HOSPITAL».................................................................................. 258

Capítulo tercero Poéticas de la enfermedad 6. DIAGNÓSTICO Y ACONTECIMIENTO DE LA ENFERMEDAD........ 366 7. LA ENFERMEDAD COMO EXPERIENCIA LÍMITE.............................. 396 8. UNA LENGUA COMÚN................................................................................ 494 Bibliografía............................................................................................................ 589


INTRODUCCIÓN Después de descorchar la sexta y última botella de vino, y después de que Michel creyera que la conversación había terminado, Bruno, que contemplaba un punto indefinido del suelo de parquet, pronunció estas palabras: «Los únicos acontecimientos que quedan por vivir son médicos». Michel y Bruno no son dos ancianos que anticipan y se lamentan del paisaje que se perfila ante sus últimos años de vida. Ambos acaban de cumplir cuarenta años y sostienen una copa de vino en el interior de un apartamento cercano al Parc du Champ de Mars. A Michel le sorprendió volver a oír la voz de Bruno. Este, inmediatamente después de pronunciar estas palabras, empezó a llorar. Unos minutos más tarde, se despidieron frente al ascensor. Esta escena, que extraemos de la novela Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, nos permite delimitar, de entrada, la circunstancia que funciona como punto de partida de este libro: la presencia insistente de distintas formas de enfermedad en las sociedades actuales y la ocupación creciente de las formas de vida en dichas sociedades por parte de la práctica y el discurso médico, supuestamente orientados a la prevención y la curación de dichas patologías. Al mismo tiempo, este pasaje nos sirve para señalar también el lugar desde el que hablamos: el discurso literario. Como le sucedía a Barthes en Cómo vivir juntos, los textos literarios son de hecho «lo que (nos) permite hablar» (2003). Ahora bien, la diferencia que existe con respecto a la obra de Barthes y que hace que para nosotros esta haya sido una tarea quizás más complicada es, claro, nuestro objeto de estudio. Porque aunque algunos textos, de forma aislada, planteen estos problemas —la presencia abrumadora de la enfermedad y de la medicina en nuestras vidas—, lo cierto es que estos no se han convertido hasta la fecha en motivos destacados dentro del sistema literario global. Como trataremos de demostrar a lo largo de este trabajo, esto se debe a que siguen vigentes determinados dispositivos históricos y culturales que desproblematizan y nos expropian


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de la experiencia de la enfermedad y que por lo tanto dificultan su inclusión como problema en las producciones culturales modernas y contemporáneas. ¿Cómo podemos aproximarnos, entonces, a estos hechos? ¿Cuál es el modo o los modos oportunos para relacionarnos con ellos? ¿A qué dispositivos históricos y culturales nos estamos refiriendo? ¿Cómo podemos leer los textos literarios que de una forma u otra se ocupan de estos motivos? ¿Qué claves podríamos utilizar en su lectura? ¿Qué herramientas teóricas podrían ofrecernos una base adecuada para su análisis? ¿Qué soluciones ofrecen —si es que ofrecen alguna? Si queremos encontrar una respuesta a estos interrogantes no nos queda más remedio que preguntarnos asimismo por la composición de las sociedades en las que aparecen estas enfermedades y en las que se tornan masivas: preguntarnos por sus formas de organización y de gobierno, que nos hablan no únicamente de sus políticas de salud o de protección social —o de la ausencia de ellas—, sino también del ámbito más amplio del cuidado y de la administración de la vida. Esta operación resulta ineludible si queremos acercarnos críticamente al estatuto que han adquirido en dichas sociedades ciertas enfermedades.

VOLVER A FOUCAULT La clave que nos sitúa en este eje de lectura y que a la vez nos permite poner en marcha dicha operación nos la proporciona el trabajo de Michel Foucault en torno al concepto de «biopolítica» —o, para ser más exactos, en torno a este concepto y su relación con el concepto de «anatomopolítica», que es el que remite en primera instancia y de forma específica al motivo del cuerpo. En tanto que determina el cuidado (biológico) de la población como la premisa fundamental de las formas de gobierno en las sociedades modernas y contemporáneas, el concepto de biopolítica va a funcionar como base de nuestra investigación: en tanto que define nuestro cuerpo como el medio de aplicación de toda política, porque con ello le otorga a la enfermedad


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un lugar central en la organización de nuestras sociedades («al poner al cuerpo en el centro de la política y a la posibilidad de la enfermedad en el centro del cuerpo», como señala Esposito) (2005) y porque de este modo nos permite pensar en el papel que juega la biomedicina en la definición de su estructura y de sus prácticas. Así, después de revisar muy brevemente el momento «anatomopolítico» previo, partimos, en el primer capítulo del libro, de una investigación acerca de los orígenes de la biopolítica. Con el objetivo de establecer las condiciones adecuadas para el análisis —que llevamos a cabo más tarde— de las formas del biopoder actual, ponemos en juego aquí una mirada abarcadora que nos obliga a desplazarnos entre distintos ámbitos de conocimiento. En primer lugar, tenemos que prestar atención a las relaciones que se articulan entre medicina y biología en el siglo XIX, porque es desde la retroalimentación entre dichas disciplinas desde donde la praxis política organizará el cuidado de los cuerpos de la población y desde donde quedará definida en consecuencia como una praxis bio-política. En segundo lugar, observaremos cómo el cuidado de la vida de la población, ajustado al saber médico, biológico, de la época, está puesto al servicio de un objetivo de crecimiento económico y por tanto ordenado también por una determinada economía política. En su estudio sobre los orígenes del liberalismo, en el que se remonta hasta el siglo XVIII, Foucault concluye en efecto que el capitalismo no hubiera podido desarrollarse sin «la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción» que garantizaban las instituciones disciplinarias —por un lado— y sin el «ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos» que regulaban los procedimientos biopolíticos —por otro (2012). Posteriormente, Foucault nos insta a efectuar un salto en nuestro discurso y a situarnos en pleno siglo XX, a través del análisis de dos modelos de liberalismo —el liberalismo alemán de posguerra y el neoliberalismo de la Escuela de Chicago—, herederos de las prácticas liberales dieciochescas, que nosotros examinaremos solo en la medida en que nos sirven para emplazarnos, ya, ante el análisis de las formas del biopoder contemporáneo. En este punto, por ende, seguimos todavía de la mano del autor del Nacimiento de la


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biopolítica. Lo fundamental aquí es que distingamos que el biopoder se ejecuta, ya a finales de los setenta y principios de los ochenta, el período en el que Foucault escribió sus últimos libros, no solo por medio de un conjunto de «tecnologías políticas», lo que definiría al poder todavía como a una instancia externa al sujeto y que ejerce una determinada presión sobre este, sino también por medio de una serie de «tecnologías subjetivas» (Agamben, 2003) o «tecnologías del yo» (Foucault, 1990), que hacen del poder un campo más complejo y que ya no puede ser reducido al exterior del sujeto. «Las relaciones de poder —como diría Foucault— penetran en los cuerpos» (1980). Decir, ahora, que el poder administra la vida de la población significa asumir que el poder organiza, también, la producción de subjetividad en nuestras poblaciones —aunque tal vez no de forma integral.

POLÍTICAS DEL CUERPO Y POLÍTICAS DE LA ENFERMEDAD Foucault, no obstante, al morir de sida en 1984, no pudo observar la evolución que irían a experimentar las sociedades biopolíticas en las décadas siguientes. Nos dejó como legado, sin duda, las claves para pensar en dicha evolución, pero si queremos aproximarnos con rigor a las transformaciones sociales de los últimos cuarenta años es necesario que acudamos a la obra de aquellos autores que, posteriormente y hasta hoy, han recogido de un modo u otro su testigo —autores como Gilles Deleuze, Giorgio Agamben, Antonio Negri, Franco Berardi, Roberto Esposito o Santiago López Petit. Nuestro objetivo, en este punto, pasa por detectar y comprender los mecanismos por medio de los cuales la vida es hoy administrada. De este modo obtendremos una serie de herramientas conceptuales que pueden orientarnos a la hora de leer los textos literarios que incluyen, entre sus núcleos temáticos, las formas actuales de la enfermedad. Para ello, hemos articulado este apartado en torno a tres ejes, de acuerdo a las declinaciones que admite el concepto de biopolítica desde que Foucault lo formulara en la década de los setenta. En pri-


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mer lugar, nos ocupamos de las propuestas que han destacado el viraje que experimentan las prácticas biopolíticas en los últimos años y que hace que la decisión política sobre la vida de los sujetos sea cada vez más una decisión, en verdad, sobre la muerte de los mismos, de modo que dichas prácticas son redefinidas como prácticas ya no bio sino tanatopolíticas. Aquí nos preguntamos, a partir de las tesis de Giorgio Agamben, hasta qué punto las enfermedades masivas actuales podrían ser consideradas formas mediante las que se abandona (y por tanto, mediante las que se «arroja a la muerte») a los sujetos de nuestras sociedades —e incluso, de qué modo estaría participando de ello la práctica biomédica, orientada supuestamente a «hacernos vivir». En segundo lugar, atendemos a las lecturas que consideran, en la línea de Foucault, y más allá de que reconozcan una declinación negativa del concepto, que las prácticas biopolíticas son todavía, esencialmente, prácticas «positivas» o «productivas» que sustentan su eficacia en la administración de la vida y para las que el «derecho de muerte» supone, al menos a priori, un límite y una contradicción. Los estudios de Foucault son actualizados, en ellas, en tanto que estas incorporan un análisis sobre la evolución tecnológica de las últimas décadas, un aspecto fundamental para entender las formas de gobierno, las formas de vida y las formas contemporáneas de la enfermedad. De la mano de Toni Negri y Franco Berardi, examinaremos en este punto la relación que podría estar manifestándose entre el ambiente comunicativo de nuestras sociedades (o el «flujo infonervioso» que las atraviesa, como lo denomina Berardi) (2010) y las enfermedades o los «nuevos síntomas» que irrumpen en ellas. En tercer lugar, recogemos las propuestas que optan por una articulación complementaria de las dos acepciones anteriores y que insisten en que, en la actualidad, es precisamente un exceso de «protección de la vida» —la acepción positiva— lo que impide su desarrollo y lo que la acaba negando —enlazando por tanto con la acepción negativa. El biopoder es definido en este sentido como un «poder terapéutico» (López Petit) o «inmunitario» (Esposito). Finalmente, en el «umbral» entre este apartado y el capítulo siguiente, revisamos la idea de «bioseguridad», afín a las propuestas de estos últimos autores


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y que nos impulsa, además, a analizar la forma, la legislación y los protocolos concretos a partir de los cuales la vida es cuidada, asegurada —administrada— en nuestro presente.

EL DISCURSO POÉTICO A partir del capítulo segundo, nuestro análisis se articula ya a través de la lectura de un conjunto de textos literarios, publicados (salvo alguna excepción) a partir del año 2000, que tematizan el motivo de la enfermedad. En el primer apartado, nos preguntamos acerca de la dimensión social que podrían ostentar nuestras patologías, a partir de la idea de síntoma social de Slavoj Žižek y estableciendo un diálogo permanente entre los textos literarios y las propuestas teóricas que hemos expuesto anteriormente. Esta idea, que remite a aquellas formaciones que ponen al descubierto una falla o una imposibilidad inherente a un orden socio-simbólico dado, cuestiona, de entrada, el concepto de enfermedad que maneja el discurso médico, y nos permite no solo incorporar nuestras enfermedades a un marco de sentido más amplio (más amplio y menos restrictivo que el marco que propone la biomedicina) sino también pensar en las formas en que nuestros cuerpos y nuestras enfermedades son hoy objeto de decisión política. Así, nos detenemos, por un lado, en una serie de textos en los que aparece un caso de depresión (en novelas como Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, o La trabajadora, de Elvira Navarro) o de sida (en Un año sin amor, de Pablo Pérez, o en Vivir afuera, de Rodolfo E. Fogwill) y que apuntan a una relación compleja, «sintomática», entre dichas patologías, el contexto en el que se desencadenan y nuestras formas de vida. Por otro lado, en este segundo capítulo analizamos también un conjunto de textos que nos llama la atención sobre la presencia insistente de la medicina en nuestras vidas, tanto antes como después de un diagnóstico de enfermedad. En algunos de estos textos se habla, literalmente, de la «colonización» de nuestras vidas por parte de la práctica médica (en «Colonizadas» o en Impuesto a la carne,


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de Diamela Eltit) e incluso de la idea de que vivimos en un «Mundo Hospital» (en Hospital de Tigre, de Silvia Manzini). En conjunto, dichos textos nos ayudan a distinguir las formas mediante las que el discurso y la práctica médica ejercen, en la actualidad, en nuestras sociedades, una función biopolítica. Las poéticas aluden, en este sentido, a un proceso permanente de «medicalización de la vida», a la individualización de las enfermedades y al aislamiento de las condiciones de su aparición, a la despersonalización del paciente en los espacios médicos o a los daños clínicos que provoca también su arsenal terapéutico. En el capítulo tercero, procedemos al análisis de un conjunto de textos en los que hemos hallado representada (elaborada, restituida) una experiencia de enfermedad que va más allá, de facto, de los límites que la biomedicina impone al sujeto enfermo, y que hace que este pueda adoptar una posición crítica tanto con respecto a dicha enfermedad como en relación con la sociedad en la que este se inscribe. Lo observamos en Efectos colaterales, de Gabriela Liffschitz, o en Inmediatamente después, de Eva Fernández, en relación con una experiencia de cáncer; en La trabajadora, de Elvira Navarro, en relación con una experiencia de depresión; en distintos diarios y poemarios de Chantal Maillard, en relación con una experiencia no patologizada del vacío; o en Un año sin amor, de Pablo Pérez, y en Vivir con virus, de Marta Dillon, en relación con una experiencia de sida. En el último apartado, podremos observar finalmente cómo a partir de una experiencia determinada de enfermedad es posible trascender no solo la noción médica de enfermedad sino también, incluso, la propia noción de individuo, que nace en relación con ella y que se ha convertido en la base de los mecanismos —de individuación— biopolíticos modernos y contemporáneos. Las poéticas con las que trabajamos aquí (en textos de Broyard, Carrère, Chirbes, Glantz, Liffschitz o Maillard) apuntan a la posibilidad de concretar, desde la experiencia límite de la enfermedad, formas puntuales de «ser-en-común» (Nancy) en las que la noción de individuo ya no opera y en las que la decisión biopolítica por tanto no encuentra un


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blanco sobre la que aplicarse. Estas formas de «ser-en-común» pasan o bien por los cuidados que se realizan y que circulan alrededor de una enfermedad, bien por el abandono de la idea del «yo» que existía antes del diagnóstico, o bien, incluso, por la alteración del habla en el sujeto enfermo. En ciertas ocasiones, en efecto, emerge una lengua que se expresa a través de aullidos, gemidos u otras fonaciones que parece que dan cuenta de un «devenir animal» (Deleuze) de dicho sujeto. Creemos que los textos nos están diciendo que esa es la lengua que está en el fondo de todos nosotros. Que esa es, en definitiva, la lengua común que nos vincula. La enfermedad se revela aquí, entonces, como una experiencia que nos obliga a tener en cuenta esa vulnerabilidad, pero también esa «fuerza de dolor» (López Petit) y esa potencia; como una experiencia que puede actuar, por tanto, a favor del cuidado y a favor de la vida.


Capítulo primero

POLÍTICAS DE LA ENFERMEDAD 1. ANATOMOPOLÍTICAS Antes de la llegada de la edad clásica, que Foucault data a mediados del s. XVII, la vida y la muerte dependía en las sociedades europeas de un poder soberano. El soberano gozaba de un «derecho de vida y muerte» sobre sus súbditos similar al derecho que el padre de familia romano ostentaba sobre la vida de sus hijos y esclavos, de acuerdo a la evolución de la figura jurídica de la patria potestas. El soberano disponía de la vida de sus súbditos y por tanto podían arrebatársela, en tanto que él, al menos formalmente, se la había dado. El soberano podía condenar a muerte de esta forma a cualquiera que se rebelara contra él o transgrediera sus leyes, a «título de castigo». Esto significa que el «derecho de vida y muerte» se traduce como un «derecho de hacer morir o dejar vivir»: «El soberano no ejerce su derecho sobre la vida —escribe Foucault— sino poniendo en acción su derecho de matar, o reteniéndolo; no indica su poder sobre la vida sino en virtud de la muerte que puede exigir» (2012: 127-128). Sin embargo, a partir del s. XVII, las formas de gobierno de las sociedades occidentales son objeto de una profunda transformación. A mediados de siglo empieza a cobrar forma un nuevo tipo de poder que «se ejerce positivamente sobre la vida»; esto es, que se preocupa más de producir y administrar las fuerzas productivas de los individuos que de obstaculizarlas o destruirlas. En este contexto, el derecho de muerte, sobre un sujeto o una población dada, se ejecuta a priori únicamente para garantizar la vida de los otros sujetos o de otra población («Se mata legítimamente—escribe Foucault— a quienes significan para los demás una especie de peligro biológico»). El antiguo poder de «hacer morir o dejar vivir» es de este modo «complementado» y «reemplazado» progresivamente por el poder de «hacer vivir o de arrojar a la muerte» (2012: 128-130).


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A partir de este momento, el poder sobre la vida de los cuerpos se articula en torno a los dos ejes que hemos mencionado en la «Introducción»: una «anatomopolítica del cuerpo humano» y una «biopolítica de la población». El primer eje o forma de poder, que se desarrolla en Occidente desde el siglo XVII, se enraíza en un conjunto de procedimientos que Foucault define como «disciplinarios» y se centra en el cuerpo del individuo entendido ya como una «máquina» (en «su adiestramiento, el aumento de sus aptitudes, la extorsión de sus fuerzas, el crecimiento paralelo de su utilidad y su docilidad, su integración en sistemas de control eficaces y económicos», etc.); el segundo polo —el polo biopolítico— que se abre paso aproximadamente un siglo más tarde, hacia mediados del s. XVIII, se ejerce a partir de una serie de «controles reguladores» y se centra en el cuerpo de la población o de la especie (en definitiva, en un conjunto de cuerpos, entendidos ahora como una «mecánica viviente», como el «soporte» de los procesos biológicos, y ya no como simples máquinas: se centra en consecuencia en «los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida y la longevidad, con todas las condiciones que pueden hacerlos variar»). Asistimos por lo tanto a la emergencia de una «gran tecnología» de poder de «doble faz», que se articula definitivamente durante el s. XIX y cuya función más elevada no es ya la de conservar un orden a partir de la muerte sino la de invadir la vida y administrarla en su totalidad. «Se inicia así —según Foucault—la era de un “biopoder”» (2012: 133).

1.1. El hombre-máquina Para ocuparnos de esta noción, la noción de «biopoder», en toda su complejidad es conveniente que nos detengamos un instante e intentemos comprender cómo se construye el concepto de cuerpo sobre el que se erigen las nuevas formas de gobierno en Occidente. Porque como vamos a ver, este concepto, el del «cuerpo-objeto» o «cuerpo-máquina», está en la base no solo de dichas prácticas políticas, sino también, y en primer lugar, de la práctica médica moderna.


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Que tengamos en cuenta esta circunstancia resulta de hecho decisivo para nuestro trabajo. Podríamos fijar el inicio de la historia moderna del cuerpo en 1543. Ese año se edita en Bâle el De humani corporis fabrica, de Andrea Vesalio: un tratado de anatomía de más de 600 páginas. En él, el cuerpo humano ya es eminentemente concebido como un mecanismo y aparece representado más allá de una línea que lo separa del sujeto. Aquí, el cuerpo es un objeto que de alguna forma puede ser poseído y que no se reconoce en tanto que «dimensión del ser». Este es el «origen» de lo que Le Breton denomina el «dualismo contemporáneo». Pero no solo eso: según el antropólogo francés, «la medicina moderna nace —asimismo— de esta fractura ontológica» (2002: 46 y 59). Hasta entonces, en las sociedades pre-renacentistas, el cuerpo no había sido objeto de prácticas anatómicas semejantes. No estaba permitido que el cuerpo fuera de algún modo «dañado». De hecho, ni siquiera la medicina podía operar más allá de su superficie. El cuerpo era el hombre y, a su escala, era incluso el cosmos, y por tanto no podía ser transgredido. Si se hacía correr la sangre, aunque fuera en el contexto de una práctica de curación, se entendía que se estaba rompiendo esta alianza (Le Breton, 2002: 46; Lindberg, 2002: 426428; Foucault, 1968: 26). Durante la Edad Media, así, la disección de cadáveres humanos estaba prohibida. Como en el caso de la medicina o la cirugía, «la incisión del utensilio en el cuerpo consistiría en una violación del ser humano, fruto de la creación divina», de modo que los anatomistas tenían que elegir entre el cuerpo del cerdo, considerado «anatómicamente análogo» a los humanos, y el cuerpo del mono. Hasta el comienzo del Quattrocento no se produjeron las primeras disecciones oficiales de cadáveres humanos, y solo en un contexto pedagógico —el aula de la escuela de medicina— y bajo el control de la Iglesia. Sin embargo, el objetivo de estas primeras lecciones anatómicas era ilustrar los textos de Galeno, en los que la representación del cuerpo estaba todavía indisociablemente unida a la representación del hombre. No existía,


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aún, una voluntad de investigación que fuera más allá de esta fuente de autoridad (Le Breton, 2002: 46-50 y Lindberg, 2002: 431-432). Vesalio, a partir del estudio directo del cadáver, fue el primero en cuestionar la autoridad libresca de Galeno en materia anatómica y solo a partir de la Fabrica «la anatomía moderna comienza a ser — como afirma Laín Entralgo— una espléndida realidad nueva» (1989: 263). La idea descriptiva de la morfología que se desprende de la Fabrica —el cuerpo humano en tanto que estructura arquitectónica, inanimada— es casi completamente opuesta a la idea descriptiva de la morfología galénica —donde el cuerpo del hombre es el cuerpo de un «animal humano en plenitud de su movimiento vital». En Vesalio, en efecto, la descripción de las partes del cuerpo está separada de su función. Por ello, según Laín Entralgo, «Vesalio no solo demostró saber más anatomía que sus predecesores y saberla mejor que ellos; también hizo patente que la sabía de otro modo» (1989: 271). Solo a partir de Vesalio podemos concedernos el «privilegio» de interrogar al cuerpo científicamente, con «preguntas específicas» y «con indiferencia hacia cualquier otra referencia (al hombre, a la naturaleza, a la sociedad)» (Le Breton: 2002: 46-47). Aunque es todavía un primer paso en la infancia de las prácticas anatómicas y anatomopolíticas modernas, la anatomía vesaliana articula ya un tipo de mirada que se dirige a un cuerpo destituido de subjetividad. El período de transición que encarna Vesalio resulta esencial, en este sentido, para que el sujeto aprenda a hacer el «duelo» de una determinada relación con el mundo y para que, a partir de aquí, pueda verse subsumido por el cogito (Le Breton, 2002: 56). Con esta fórmula, Descartes, que en una ocasión afirmó que su biblioteca era un ternero desollado sobre una mesa, divide definitivamente al individuo en dos partes: la mente (res cogitans) y el cuerpo (res extensa). Sobre este esquema, puede afirmar que él «no es otra cosa más que una cosa que piensa» y que no se reconoce en «aquella estructura de miembros que se llama cuerpo humano» (Descartes, 2011: 7 y 17). Más tarde, reduce incluso las diferentes posibilidades de la experiencia a «interacciones puramente mecánicas». Las pasiones se inter-


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