Erin Morgenstern
EL CIRCO DE LA NOCHE
Traducción de Montse Triviño
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expectativas
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l circo llega sin avisar. No viene precedido de ningún anuncio, no se cuelga
cartel alguno en los postes o vallas publicitarias del centro ni tampoco aparecen notas ni menciones en los periódicos locales. Sencillamente, está ahí, en un sitio en el que ayer no había nada. Las altísimas carpas son de rayas blancas y negras, nada de tonos dorados o carmesí. De hecho, no se ve color en ninguna parte, a excepción del verde de los árboles cercanos y de la hierba de los campos colindantes. Rayas blancas y negras, y un cielo gris de fondo. Innumerables carpas de todas las formas y tamaños rodeadas por una recargada valla de hierro forjado que las aísla en un mundo falto de color. Hasta el poco suelo que se ve desde el exterior es blanco o negro, está pintado o empolvado, o bien ha sido objeto de algún otro truco circense. Pero no está abierto al público. Aún no. En cuestión de horas, todos los habitantes del pueblo han oído hablar del circo. Por la tarde, la noticia ha llegado ya a varias localidades de los alrededores. El boca a boca es un método publicitario mucho más efectivo que la letra impresa o los signos de exclamación en panfletos y carteles de papel. La aparición repentina de un misterioso circo es una noticia insólita e impactante. La gente contempla maravillada la asombro7
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sa altura de algunas de las carpas y observa, al otro lado de las puertas, un reloj que nadie sabe exactamente cómo describir. Y luego está el cartel negro con letras blancas que cuelga de esas puertas, el cartel que dice así: Abrimos cuando anochece. Cerramos cuando amanece «¿Qué clase de circo abre sólo de noche?», se pregunta la gente. Nadie sabe la respuesta, pero a medida que se acerca el ocaso un considerable número de espectadores se reúne ante las puertas. Tú estás entre ellos, claro. La curiosidad ha sido más fuerte que tú, como suele ocurrir con la ella. Estás allí al caer el día, con la bufanda que llevas al cuello bien subida para que te proteja de la fresca brisa nocturna, ansioso por ver qué clase de circo abre sus puertas únicamente al ponerse el sol. La taquilla, perfectamente visible al otro lado de las puertas, está cerrada a cal y canto. Las carpas permanecen inmóviles, excepto cuando el viento las sacude de forma apenas perceptible. El único movimiento en el interior del circo es el de el reloj que cuenta los minutos, si es que tan sorprendente escultura puede considerarse un reloj. El circo da la sensación de estar vacío y abandonado, pero te parece percibir el olor del caramelo en la brisa nocturna, mezclado con el fresco perfume de las hojas del otoño. Una fragancia ligeramente dulzona que llega con el frío. El sol se oculta por completo tras el horizonte y la claridad que queda deja de ser ocaso para convertirse en penumbra. A tu alrededor, la gente que espera está impacientándose: 8
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un mar de personas que arrastran los pies y comentan entre murmullos la posibilidad de abandonar el intento para buscar un lugar más cálido en el que pasar el rato. Tú también estás considerando la opción de marcharte cuando, de pronto, sucede. Primero, se produce una especie de estallido, que apenas se oye entre el viento y las conversaciones. Luego un sonido más débil, como el de una tetera a punto de empezar a hervir. Y por último llega la luz. En todas las carpas empiezan a encenderse lucecitas, como si el circo entero estuviera cubierto de luciérnagas inusitadamente brillantes. La multitud, expectante, guarda silencio mientras contempla ese derroche de luz. Alguien, junto a ti, contiene una exclamación. Un niño aplaude, entusiasmado por el espectáculo. Cuando todas las carpas están iluminadas, cuando centellean recortadas contra el cielo nocturno, aparece el cartel. En la parte superior de las puertas se encienden más luciérnagas, ocultas hasta ese momento entre espirales de hierro forjado. Producen un estallido al iluminarse y, algunas, incluso despiden un poco de humo y una pequeña lluvia de relucientes chispas blancas. Los que están más cerca de las puertas retroceden unos cuantos pasos. Al principio, no parecen más que unas cuantas luces que se iluminan al azar. Pero, a medida que se van encendiendo otras, resulta obvio que todas juntas forman una especie de palabra. La primera letra que se puede distinguir es una «C», pero luego van apareciendo otras. Una «q», extrañamente, y varias «es». Cuando se enciende la última bombilla, cuando el humo y las chispas se disipan, el recargado cartel incandescente re9
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sulta legible. Te inclinas un poco a tu izquierda para ver mejor y lees lo siguiente: Le Cirque des Rêves1 Entre la multitud, algunos sonríen con gesto de complicidad, mientras otros observan con mirada interrogante a sus vecinos. Una niña que está a tu lado le tira de la manga a su madre y le pregunta qué dice el cartel. —El Circo de los Sueños —responde la madre. La niña sonríe, encantada. En ese momento, las puertas de hierro tiemblan y se abren, al parecer por propia voluntad. Giran hacia dentro, como si invitaran a la multitud a pasar. El circo ya está abierto. Ya puedes entrar.
1. «El Circo de los Sueños». (N. de la t.)
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Primera parte
PRIMORDIO
Le Cirque des Rêves está formado por una serie de círculos. Tal vez sea una especie de homenaje al origen de la palabra circo, que deriva del griego kirkos, que significa «círculo» o «anillo». Se aprecian muchos guiños como éste al mundo del circo en un sentido histórico, aunque no puede decirse que se trate de un circo tradicional. En lugar de una única carpa con varias pistas en el interior, el circo se compone de grupos de carpas que parecen pirámides, algunas grandes y otras bastante pequeñas. Las carpas están unidas por senderos circulares y rodeadas por una valla circular. Como un bucle infinito. Friedrick Thiessen, 1892
Soñador es aquel que sólo encuentra su camino a la luz de la luna y cuyo castigo es ver el alba antes que el resto del mundo. Oscar Wilde, 1888
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Correo inesperado nueva york, febrero de 1873
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l hombre que se anuncia como Próspero el Encantador recibe una considerable cantidad de correspondencia a
través de la oficina del teatro, pero éste es el primer sobre dirigido a él que contiene la carta de despedida de alguien que se ha suicidado, y también es el primero que le llega cuidadosamente prendido con un alfiler al abrigo de una niña de cinco años. El abogado que escolta a la niña hasta el teatro se niega, a pesar de las protestas del director, a dar explicaciones, y la abandona en cuanto puede tras encogerse de hombros y ladear ligeramente el sombrero a modo de saludo. Al director del teatro no le hace falta leer el sobre para saber a quién va dirigida la niña. Los ojos centelleantes que asoman bajo una nube rebelde de rizos castaños son una versión más pequeña y redonda de los del mago. La coge de una mano, y la niña deja inmóviles sus minúsculos deditos entre los de él. Se niega a quitarse el abrigo, pese a que en el teatro hace mucho calor, y se limita a sacudir categóricamente la cabeza cuando él le pregunta por qué. El director acompaña a la niña a su despacho, pues no sabe qué otra cosa hacer con ella. La pequeña se sienta en silencio en una incómoda silla, debajo de una hilera de carteles enmarcados que anuncian espectáculos de otros tiempos, ro13
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deada de cajas de entradas y facturas. El director le lleva una taza de té con un azucarillo de más, pero la taza se queda sobre el escritorio, intacta, y el té se enfría. La niña no se mueve ni se agita incómoda en su silla. Permanece completamente inmóvil, con las manos sobre el regazo. Dirige la mirada hacia abajo y la clava en sus botas, que apenas tocan el suelo. Una de ellas tiene una pequeña rozadura en la punta, pero los cordones están atados con lazos perfectos. El sobre sellado sigue sujeto al segundo botón, empezando por arriba, de su abrigo. Hasta que aparece Próspero. La niña le oye llegar antes de que se abra la puerta, pues sus pasos enérgicos retumban en el pasillo. Son muy distintos de los del director, que ha salido y entrado varias veces de la oficina con el sigilo de un gato. —También ha llegado un... paquete para usted, señor —dice el director, mientras abre la puerta para que el mago entre en la atestada oficina. Luego se escabulle para atender otros asuntos, no siente deseo alguno de presenciar lo que pueda suceder durante ese encuentro. Próspero escudriña la oficina con una pila de cartas en una mano y una capa negra de terciopelo, ribeteada en seda increíblemente blanca, que le cae en cascada por la espalda. Busca una caja envuelta en papel, o tal vez un cajón de embalaje. Sólo cuando la niña levanta la cabeza y le observa con unos ojos idénticos a los suyos comprende a qué se refería el director del teatro. La primera reacción de Próspero el Encantador al conocer a su hija consiste en una sencilla declaración: —Joder. 14
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La niña concentra de nuevo la atención en sus botas. El mago cierra la puerta tras él y deja caer la pila de cartas sobre el escritorio, junto a la taza de té, mientras contempla a la niña. Le arranca el sobre del abrigo, pero el imperdible se queda firmemente sujeto al botón. Mientras que en el sobre figura su nombre artístico y la dirección del teatro, la carta que contiene se dirige a él por su nombre real, Hector Bowen. Lee por encima el contenido, pero si la autora de la misiva pretendía con ella provocar algún tipo de impacto emocional, fracasa estrepitosamente. Se detiene en el único hecho que considera relevante: que esa niña que está ahora bajo su custodia es, obviamente, su hija y que se llama Celia. —Tu madre tendría que haberte puesto Miranda —le dice a la niña, riéndose entre dientes, el hombre que se hace llamar Próspero el Encantador—. Supongo que no era lo bastante lista como para que se le ocurriera. La niña levanta de nuevo la mirada y, bajo los rizos, entorna sus oscuros ojos. Sobre el escritorio, la taza de té empieza a temblar. Varias ondas perturban la calma de la superficie, mientras empiezan a aparecer grietas en el barniz vítreo; luego, por último, la taza se desmorona, convertida en floreados añicos de porcelana. El té frío forma charcos en el platillo y gotea al suelo de madera pulida, donde deja un rastro pegajoso. La sonrisa del mago desaparece. Contempla de nuevo el escritorio con el ceño fruncido, y el té derramado empieza a desprenderse del suelo. Los fragmentos de porcelana agrietados o rotos se desplazan y vuelven a unirse en torno al líquido, hasta que la taza reposa de nuevo intacta sobre su platillo. De 15
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su interior surgen delicadas volutas de vapor que suben por el aire. La niña contempla la taza con los ojos muy abiertos. Hector Bowen toma el rostro de su hija con una mano enguantada y observa su expresión durante unos instantes, antes de soltarla. En las mejillas de la chiquilla quedan las marcas largas y rojas de sus dedos. —Puede que resultes interesante —le dice. La niña no contesta. Durante las siguientes semanas, el mago intenta rebautizarla en varias ocasiones, pero la muchachita se niega a responder a cualquier nombre que no sea el de Celia.
Varios meses más tarde, cuando decide que la niña está preparada, es el mago quien escribe una carta. En el sobre no figura dirección alguna pero, a pesar de ello, la carta llega igualmente a su destino, al otro lado del océano.
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Una apuesta entre caballeros londres, octubre de 1873
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sta noche tiene lugar la última representación de una gira muy corta. Hace ya bastante tiempo que Próspero el En-
cantador no honra con su presencia los escenarios londinenses, y el compromiso es de una única semana de actuaciones, sin función de tarde. Aunque las entradas tienen precios exorbitantes, se agotan en seguida. La sala está tan abarrotada que muchas mujeres tienen a mano el abanico para darse un poco de aire en el escote y combatir así el intenso calor que impregna la atmósfera, a pesar del frío otoñal que reina en el exterior. En un momento determinado de la velada, cada uno de esos abanicos se convierte de repente en un pajarillo, hasta formar varias bandadas que revolotean por todo el teatro en mitad de una atronadora ovación. Cuando todas las aves regresan a los respectivos regazos de sus dueñas, convertidos de nuevo en abanicos perfectamente cerrados, la ovación aumenta, aunque algunas de las espectadoras están demasiado perplejas para aplaudir y se limitan a dar vueltas entre las manos, asombradas, a sus abanicos de plumas o de encaje, sin preocuparse ya del calor. El hombre del traje gris que está sentado en el palco de la izquierda del escenario no aplaude. Ni durante ese momento, 17
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ni con ningún otro truco de la función. Se limita a observar al hombre del escenario con la mirada fija y escrutadora, no desfallece ni una sola vez en todo el espectáculo. En ningún momento levanta las manos enguantadas para aplaudir. Ni siquiera arquea las cejas al presenciar las hazañas que provocan los aplausos, las exclamaciones y hasta algún que otro grito de sorpresa entre el resto del embelesado público. Cuando termina la función, el hombre del traje gris se abre paso fácilmente entre la multitud de espectadores que abarrota el vestíbulo del teatro. Se escabulle, sin que nadie lo advierta, tras una cortina que lleva a los camerinos. Ni los tramoyistas ni los ayudantes le prestan la más mínima atención. Llama, con la punta plateada de su bastón, a la puerta que está al final del pasillo. Ésta se abre por sí sola y deja ver una habitación revestida de espejos, cada uno de los cuales ofrece una imagen distinta de Próspero. El frac del mago está tirado de cualquier manera sobre un sillón de terciopelo. Próspero lleva el chaleco desabrochado sobre la camisa con adornos de encaje. La chistera que tan importante papel ha desarrollado en la función descansa en un sombrerero cercano. El hombre parecía más joven sobre el escenario, pues el resplandor de las candilejas y las capas de maquillaje disimulaban su edad. El rostro de los espejos está surcado de arrugas, y en el pelo se aprecian ya bastantes canas. Pero la sonrisa que aparece en el rostro del mago al reparar en la presencia del otro hombre junto a la puerta tiene un aire muy juvenil. —No te ha gustado, ¿verdad? —pregunta sin apartar la vista del espejo, dirigiéndose al fantasmagórico reflejo gris. Se lim18
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pia un pegote de polvos de la cara con un pañuelo que en otros tiempos tal vez fue blanco. —Yo también me alegro de verte, Hector —responde el hombre del traje gris, mientras cierra muy despacio la puerta tras él. —Has detestado cada minuto de la actuación, lo sé —repite Hector Bowen, con una carcajada—. Y no intentes negarlo porque he estado observándote. Se vuelve y le tiende al hombre del traje gris una mano que éste no acepta. A modo de respuesta, Hector se encoge de hombros y agita los dedos con aire teatral, en dirección a la pared opuesta. El sillón de terciopelo se desliza hacia adelante, apartándose así de un rincón del camerino atestado de baúles y bufandas, mientras el frac se eleva del sillón como si fuera una sombra y, muy obediente, se cuelga a sí mismo en un armario. —Siéntate, por favor —invita Hector—. Aunque me temo que no es tan cómodo como los de ahí arriba. —No puedo decir que me complazcan tales espectáculos —dice el hombre del traje gris, mientras se quita los guantes y sacude el sillón con ellos antes de acomodarse—. Me refiero a hacer pasar las manipulaciones por trucos de magia e ilusionismo. Y cobrar entrada para verlo. Hector arroja el pañuelo manchado de polvos a una mesa llena de cepillos y botes de maquillaje. —Ni una sola de las personas del público se cree, ni por un segundo, que lo que hago ahí arriba sea real —comenta, señalando vagamente en la dirección del escenario—. Y eso es lo más maravilloso. ¿Te has fijado en la cantidad de artilugios que construyen esos mal llamados «magos» para conseguir las hazañas más mundanas? No son más que un montón de peces 19
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que se disfrazan con plumas para convencer al público de que pueden volar. Y yo soy, simplemente, un pájaro entre todos ellos. El público no ve la diferencia, lo único que sabe es que yo lo hago mucho mejor. —Pero eso no convierte tu actuación en algo menos frívolo. —Toda esa gente hace cola para que la dejen perpleja —replica Hector—. Y yo la dejo más asombrada que los otros. Me parece que es una lástima dejar escapar la oportunidad. Además, me pagan mejor de lo que te imaginas. ¿Puedo ofrecerte una copa? Tiene que haber alguna botella escondida por ahí, aunque no tengo tan claro que también haya vasos. —Intenta rebuscar entre los objetos que abarrotan una mesa, apartando para ello un montón de periódicos y una jaula vacía. —No, gracias —responde el hombre del traje gris, mientras se mueve, incómodo, en su sillón y apoya las manos en la empuñadura de su bastón—. Tu representación me ha parecido curiosa, y la reacción de tu público, un tanto desconcertante. Te ha faltado precisión. —No puedo hacerlo demasiado bien si lo que quiero es que crean que soy tan falso como todos los demás —argumenta Hector, riéndose—. Te agradezco la visita y que hayas soportado mi espectáculo. La verdad es que me sorprende que te hayas dejado caer por aquí, ya había empezado a perder las esperanzas. Te he reservado el palco durante toda la semana. —No suelo declinar las invitaciones. En tu carta decías que querías hacerme una propuesta. —¡Ah, sí, desde luego! —exclama Hector, dando una única y enérgica palmada con las manos—. Tenía la esperanza de que te apeteciera echar una partidita. Hace ya tanto que no jugamos... Aunque, antes, debes conocer a mi nuevo proyecto. 20
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—Tenía la sensación de que habías abandonado la enseñanza. —Y así era, pero se trataba de una oportunidad muy especial a la que no he podido resistirme —Hector se acerca a una puerta, oculta en su mayor parte tras un largo espejo colocado de pie—. Celia, querida —dice, dirigiéndose a la habitación contigua, antes de volver a su sillón. Un segundo más tarde, aparece junto a la puerta una niña pequeña, demasiado bien vestida en comparación con el raído entorno. Es toda lazos y encajes, perfecta como una muñequita recién comprada... a excepción de unos pocos rizos rebeldes que se le escapan de las trenzas. La niña titubea y, al darse cuenta de que su padre no está solo, se queda indecisa en el umbral. —No te preocupes, querida. Pasa, pasa —le indica Hector, invitándola a entrar con un gesto de la mano—. Es un colega mío, no seas tan tímida. La niña avanza unos cuantos pasos y realiza una perfecta reverencia. La puntilla que adorna el bajo de su vestido roza el gastado suelo de madera. —Te presento a mi hija, Celia —Hector se dirige al hombre del traje gris, al tiempo que apoya una mano en la cabecita de la niña—. Celia, te presento a Alexander. —Encantada de conocerle —saluda la niña. Su voz es apenas un susurro, de un tono mucho más grave de lo que sería de esperar en una niña de su edad. El hombre del traje gris corresponde con un educado gesto de asentimiento. —Quiero que le enseñes a este caballero lo que sabes hacer —pide Hector. Se saca del chaleco un reloj de bolsillo de plata 21
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unido a una larga leontina y lo deposita sobre la mesa—. Adelante. La niña abre mucho los ojos. —Me dijiste que no lo hiciera delante de nadie —susurra—. Me obligaste a prometerlo. —Este caballero no cuenta —responde Hector, con una carcajada. —Dijiste que nada de excepciones —protesta Celia. La sonrisa de su padre desaparece. Coge a la niña por los hombros y la mira fijamente a los ojos. —Se trata de un caso muy especial —dice—. Por favor, enséñale a este señor lo que sabes hacer, igual que lo hacías durante las clases. —Y empuja a la niña en dirección a la mesa sobre la que descansa el reloj. La niña asiente con gesto grave y desplaza la atención hacia el reloj, con las manos unidas a la espalda. Transcurridos unos instantes, el reloj empieza a rotar lentamente, girando en círculos sobre la mesa y arrastrando tras él la leontina, que forma una espiral. Luego, el reloj se eleva de la mesa y queda flotando en el aire, como si estuviera suspendido en el agua. Hector mira al hombre del traje gris y aguarda su reacción. —Impresionante —sentencia el hombre—, pero bastante sencillo. Celia frunce el ceño sobre sus oscuros ojos, y el reloj se hace añicos. Las piezas del mecanismo salen volando en todas direcciones. —Celia —le reprende su padre. La niña se ruboriza al escuchar el severo tono que emplea Hector Bowen y murmura una disculpa. Las piezas del mecanismo regresan al reloj y vuelven a ocupar su sitio, de modo 22
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que queda intacto otra vez y la manecilla sigue marcando los segundos como si nada hubiera ocurrido. —Bueno, eso sí que es impresionante —admite el hombre del traje gris—, pero tiene genio la niña. —Es muy joven —la justifica Hector, dando una palmadita en la cabeza a Celia e ignorando su ceño fruncido—. Y esto lo ha conseguido en menos de un año de estudio; cuando sea mayor, no habrá nadie que pueda compararse con ella. —Yo podría coger a cualquier crío de la calle y enseñarle exactamente lo mismo. Eso de que no hay nadie que pueda compararse con ella es una opinión personal tuya que no costará mucho rebatir. —¡Ajá! —exclama Hector—. Entonces, estás dispuesto a jugar. El hombre del traje gris vacila apenas un instante, antes de asentir. —Quisiera algo más complejo que la última vez, pero sí, podría interesarme —responde—. Probablemente. —¡Desde luego que será más complejo! — Hector se anima—. Esta vez jugaré con un talento natural. No pienso desperdiciarlo con cualquiera. —Lo del talento natural es un fenómeno cuestionable. Que tenga facilidad, no lo dudo, pero las aptitudes innatas son extremadamente raras. —Es mi hija, desde luego que tiene aptitudes innatas. —Tú mismo has reconocido que ha tomado clases —dice el hombre del traje gris—. ¿Cómo puedes estar tan seguro? —Celia, ¿cuándo empezaste las clases? —pregunta Hector, sin mirar a la niña. —En marzo —responde ella. 23
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—¿De qué año, querida? —añade Hector. —De este —contesta la niña, como si la pregunta se le antojara absurda. —Ocho meses de clases —le aclara Hector—. Con apenas seis años de edad. Si no recuerdo mal, a veces inicias a tus pupilos cuando son un poco más jóvenes. Está claro que Celia está mucho más avanzada que si no tuviera ese talento natural. Consiguió a la primera que el reloj levitara. El hombre del traje gris dirige su atención a Celia. —Lo has roto por accidente, ¿no? —le pregunta, señalando con la barbilla el reloj que descansa sobre la mesa. La chiquilla frunce el ceño y asiente de manera casi imperceptible. —Para ser tan joven tiene mucho control —comenta, dirigiéndose a Hector—, pero ese genio siempre es un factor inoportuno, ya que puede dar pie a un comportamiento impulsivo. —Lo superará o aprenderá a controlarlo. Es una cuestión sin importancia. El hombre del traje gris sigue observando a la niña, pero se dirige a Hector cuando habla. Para Celia, los sonidos que emite ya no se dividen en palabras y frunce el ceño al darse cuenta de que las respuestas de su padre le llegan igualmente amortiguadas. —¿Apostarías a tu propia hija? —No puede perder —argumenta Hector—. Te sugiero que busques a un pupilo del cual no te importe separarte, si es que no tienes ya alguno del que puedas prescindir. —¿Asumo, pues, que su madre no opina sobre el asunto? —Asumes bien. 24
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El hombre del traje gris contempla a la niña durante algunos momentos antes de volver a hablar y, una vez más, sus palabras le resultan ininteligibles a Celia. —Entiendo que confíes tanto en sus aptitudes, aunque te recomiendo que consideres al menos la posibilidad de perderla si la competición no termina favorablemente para ella. Buscaré a un jugador capaz de desafiarla de verdad porque, de otro modo, no tendría sentido que me aviniera a participar. La victoria de tu hija no puede darse por sentada. —Es un riesgo que estoy dispuesto a correr —contesta Hector, sin molestarse siquiera en mirar a la chiquilla—. Si quieres que lo hagamos oficial aquí y ahora, adelante. El hombre del traje gris mira de nuevo a Celia y, cuando habla, la niña ya vuelve a entender sus palabras. —Muy bien —dice el hombre, con un gesto de asentimiento. —Me ha hecho algo para que no oiga bien —susurra Celia, cuando su padre se vuelve hacia ella. —Lo sé, querida, y eso no ha estado nada bien —le responde Hector, mientras la acompaña hacia el sillón, donde el otro hombre la observa con unos ojos casi tan grises y claros como su propio traje. —¿Siempre has sido capaz de hacer ese tipo de cosas? —le pregunta el hombre, echándole otro vistazo al reloj. Celia asiente. —Mi... mi mamá decía que yo era la hija del demonio —dice en voz baja. El hombre del traje gris se inclina hacia ella y le susurra algo al oído, demasiado bajo para que Hector lo oiga. Una sonrisa ilumina de inmediato el rostro de la niña. —Enséñame la mano derecha —le pide el hombre, recos25
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tándose en su sillón. La niña se apresura a extender la mano, con la palma vuelta hacia arriba, sin saber muy bien qué esperar. El hombre del traje gris, sin embargo, no deposita ningún objeto en su palma abierta, sino que le da la vuelta a la mano de la niña y, a continuación, se quita el anillo de plata que lleva en el meñique. Se lo coloca a la chiquilla en el anular, aunque es demasiado grande para sus minúsculos deditos, mientras con la otra mano le sujeta la muñeca. Celia está abriendo la boca para manifestar el hecho obvio de que el anillo, a pesar de ser muy bonito, le va demasiado grande, cuando la sortija empieza a encoger de tamaño. La alegría momentánea de la niña al ver cómo el anillo se le ajusta desaparece de golpe a causa de un dolor repentino, pues la sortija sigue cerrándose en torno a su dedo y el metal empieza a quemarle la piel. Intenta soltarse, pero el hombre del traje gris le sujeta firmemente la mano por la muñeca. El anillo se va volviendo más y más fino hasta desaparecer por completo. Lo único que queda es una cicatriz de una intensa tonalidad roja en torno al dedo de Celia. El hombre del traje gris le suelta la muñeca y Celia retrocede. Se aleja hasta un rincón, donde se observa la mano. —Buena chica —dice su padre. —Necesitaré un poco de tiempo para preparar a mi jugador —expone el hombre del traje gris. —Desde luego —le responde Hector—, tómate el tiempo que necesites. —Se quita el anillo de oro que lleva y lo deposita sobre la mesa—. Para cuando encuentres al tuyo. —¿No prefieres ser tú mismo quien haga los honores? —Confío en ti. El hombre del traje gris asiente y se saca un pañuelo del 26
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abrigo. Con él recoge el anillo, sin tocarlo directamente, y se lo guarda en el bolsillo. —Espero que no estés haciendo todo esto sólo porque mi contrincante ganó el último reto. —Por supuesto que no —responde Hector—. Lo hago únicamente porque dispongo de una jugadora capaz de derrotar a cualquier contrincante que elijas tú y porque los tiempos han cambiado lo suficiente como para que resulte interesante. Además, según creo, la puntuación total se inclina a mi favor. El hombre del traje gris no comenta nada sobre ese último punto; se limita a observar a Celia con la misma mirada escrutadora. La chiquilla intenta apartarse de su campo de visión, pero el camerino es demasiado pequeño. —Supongo que ya habrás pensado en el terreno de juego, ¿no? —le pregunta al mago. —La verdad es que no —responde Hector—. Se me ha ocurrido que podría ser divertido dejar un poco de margen en cuanto al terreno de juego. Una especie de elemento sorpresa, si quieres llamarlo así. Conozco a un productor teatral aquí en Londres que sin duda estará dispuesto a poner en escena algo inusual. Cuando sea el momento, ya le dejaré caer unas cuantas indirectas y seguro que se le ocurrirá algo apropiado. Mejor hacerlo en campo neutral, aunque he pensado que a lo mejor preferías empezar en tu lado del charco. —¿Y ese caballero se llama...? —Chandresh. Chandresh Christophe Lefèvre. Dicen que es el hijo ilegítimo de un príncipe indio o algo así. La madre era una especie de golfa bailarina. Tengo que tener su tarjeta por aquí, en alguna parte. Te caerá bien. Es un tipo con mucha visión de futuro. Rico, excéntrico. Un poco obsesivo y 27
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bastante imprevisible, pero supongo que eso forma parte del temperamento artístico. —Los papeles de una mesa cercana empiezan a moverse y mezclarse, hasta que una única tarjeta de visita se abre camino hacia la superficie y cruza volando el camerino. Hector la atrapa con la mano y la lee antes de entregársela al hombre del traje gris—. Organiza unas fiestas fantásticas. El hombre del traje gris se la guarda en el bolsillo sin molestarse en echarle un vistazo. —No he oído hablar de él —comenta—. Y tampoco es que me entusiasme que tales menesteres se celebren en lugares públicos. Lo consideraré. —¡Tonterías! ¡Pero si lo más divertido es precisamente que sea un lugar público! Plantea tantas restricciones, tantos parámetros interesantes a tener en cuenta... El hombre del traje gris medita esas palabras durante unos momentos y luego asiente. —¿Tenemos una cláusula de confidencialidad? Sería lo justo, dado que conozco a tu jugador. —Dejémonos de cláusulas, a excepción de las reglas básicas de interferencia, y a ver qué pasa —dice Hector—. Esta vez quiero explorar al máximo las posibilidades. Y nada de límites temporales. Hasta te dejo empezar la partida. —Muy bien. Entonces, trato hecho. Me pondré en contacto contigo. —El hombre del traje gris se pone en pie y se sacude de la manga unas invisibles motas de polvo—. Ha sido un placer conocerla, señorita Celia. Celia le dedica otra reverencia perfecta, aunque sin dejar de observarle con cautela. El hombre del traje gris ladea ligeramente su sombrero 28
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para saludar a Próspero; luego abandona el camerino y el teatro y se aleja como una sombra por las abarrotadas calles.
En su camerino, Hector Bowen se ríe entre dientes mientras su hija sigue muy quieta en un rincón, contemplándose la cicatriz de la mano. El dolor desaparece tan rápido como el propio anillo, pero en la piel en carne viva queda una marca roja. Hector coge el reloj de plata de la mesa y compara la hora que marca con la del reloj de la pared. Luego le da cuerda muy despacio y contempla fijamente las manecillas mientras giran por la esfera. —Celia —dice, sin levantar la vista para mirar a la niña—, ¿por qué le damos cuerda al reloj? —Porque todo necesita energía —recita obedientemente la pequeña, con la mirada aún fija en la mano—. Debemos poner esfuerzo y energía en todo aquello que deseemos cambiar. —Muy bien. —Hector sacude levemente el reloj y vuelve a guardárselo en el bolsillo. —¿Por qué has llamado Alexander a ese hombre? —Esa es una pregunta estúpida. —No se llama así. —A ver, ¿y tú cómo lo sabes? —le pregunta Hector a su hija, mientras le levanta la barbilla para sopesar la mirada de sus ojos oscuros. Celia le devuelve la mirada, sin saber muy bien cómo explicarse. Reproduce en su mente la imagen del hombre con su traje gris, sus ojos claros y sus facciones toscas, tratando de adivinar por qué ese nombre no encaja con él. 29
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—No es un nombre de verdad —asevera—. No es el que ha llevado siempre. Lo lleva como si fuera un sombrero, un nombre que se puede quitar cuando quiera. Como Próspero. —Eres incluso más inteligente de lo que esperaba —se admira Hector, sin molestarse en rebatir o confirmar las cavilaciones de la niña acerca de la nomenclatura de su amigo. Coge su sombrero del colgador y se lo pone a la niña sobre la cabeza: el sombrero cae hacia adelante y oculta tras una especie de jaula de seda negra la mirada interrogante de la pequeña.
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Tonos de gris londres, enero de 1874
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l edificio es tan gris como la acera sobre la que se alza y el cielo bajo el que se encuentra, y parece tan fugaz como las
nubes, como si pudiera esfumarse en el aire sin previo aviso. La anodina piedra parda que se ha utilizado en su construcción lo hace indistinguible de los edificios vecinos; sólo se diferencia gracias a un cartel deslustrado que cuelga junto a la puerta. Hasta la directora, en el interior, va vestida de un color plomizo. Y, a pesar de todo ello, el hombre del traje gris parece fuera de lugar. El corte de sus ropas es demasiado elegante. La empuñadura de su bastón se ve demasiado pulida bajo el blanco inmaculado de sus guantes. Pronuncia su nombre, pero la directora lo olvida casi al momento y la incomoda demasiado pedirle al hombre que lo repita. Más tarde, cuando el hombre rellena el inevitable papeleo, su firma resulta totalmente ilegible. El formulario en concreto desaparece pocas semanas después de que lo archiven. El hombre define con inusuales criterios lo que está buscando. La mujer se siente algo confusa, pero tras formular ciertas preguntas y pedir algunas aclaraciones, le lleva tres criaturas: dos niños y una niña. El hombre pide entrevistarlos en privado, y la directora, aunque a regañadientes, accede. 31
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Con el primer niño habla sólo unos minutos antes de decirle que ya puede marcharse. Cuando se aleja por el pasillo, los otros dos le miran en busca de alguna pista de lo que les espera, pero el muchacho se limita a sacudir la cabeza. Con la niña pasa algo más de tiempo, pero también le dice que se marche, cosa que la chiquilla hace perpleja, con el ceño fruncido. Y, entonces, el último niño pasa a la sala para hablar con el hombre del traje gris. Le indican que se siente en una silla, al otro lado de un escritorio, mientras el hombre permanece en pie allí cerca. Este muchacho no se retuerce tanto en la silla como el primero. Permanece sentado con aire tranquilo y paciente, asimilando con sus ojos, de un tono gris verdoso, todos los detalles de la estancia. También observa sutilmente al hombre, con atención pero sin mirarle abiertamente. Su pelo, oscuro, está mal cortado, como si el barbero se hubiera distraído, aunque se nota que ha intentando peinárselo. La ropa que lleva está algo gastada, pero en buenas condiciones; los pantalones, sin embargo, le quedan demasiado cortos y están tan desteñidos que es difícil saber si en su día fueron azules, marrones o verdes. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunta el hombre, después de estudiar durante algunos segundos, en silencio, el aspecto desaliñado del muchacho. —Desde siempre —responde el chico. —¿Qué edad tienes? —Cumpliré nueve en mayo. —Pareces más pequeño. —No es ninguna mentira. 32
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—No pretendía insinuar que lo fuera. El hombre del traje gris observa al muchacho, sin decir nada durante un rato. El niño le sostiene la mirada. —Supongo que sabes leer, ¿verdad? —pregunta el hombre. El niño asiente. —Me gusta leer —dice—, pero aquí no hay muchos libros. Ya los he leído todos. —Bien. Sin previo aviso, el hombre del traje gris le lanza su bastón al muchacho, que lo intercepta fácilmente con una mano, sin inmutarse. Sin embargo, entrecierra los ojos, un tanto perplejo, mientras desvía la mirada del bastón al hombre y viceversa. El hombre asiente y le pide que le devuelva el bastón, mientras se saca del bolsillo un pañuelo blanco para borrar de su superficie las huellas del muchacho. —Muy bien —comenta a continuación—. Vendrás a estudiar conmigo. Te aseguro que tengo una gran cantidad de libros. Haré los preparativos necesarios y nos marcharemos. —¿Tengo elección? —¿Prefieres quedarte aquí? El niño medita esas palabras durante unos instantes. —No —suelta al fin. —Muy bien. —¿Es que no quiere saber mi nombre? —Los nombres no son tan importantes como a la gente le gusta pensar —argumenta el hombre del traje gris—. Que esta institución o tus difuntos padres te asignaran una etiqueta para identificarte no me interesa ni me sirve para nada. Si en algún momento crees que necesitas un nombre, lo eliges tú mismo. De momento, no lo necesitas. 33
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El niño recibe órdenes de ir a empaquetar sus míseras pertenencias. El hombre del traje gris firma papeles y contesta a las preguntas de la directora con respuestas que ella no entiende del todo, pero aun así la mujer no pone pegas a la transacción. Cuando el muchacho está listo, el hombre del traje gris se lo lleva de ese edificio de piedra gris, al cual no regresará jamás.
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Clases de magia 1875-1880
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elia se cría en diversos teatros. La mayor parte del tiempo en Nueva York, pero también pasa largos períodos en otras
ciudades: Boston, Chicago, San Francisco... De vez en cuando, alguna excursión a Milán, París o Londres. Esas ciudades se confunden en una especie de neblina hecha de moho, terciopelo y serrín, hasta el punto de que Celia a veces ni siquiera recuerda en qué país está. Aunque tampoco es que importe mucho. Su padre la lleva a todas partes mientras es pequeña: después de cada función, la exhibe de bar en bar vestida con sus mejores galas —como si fuera un adorado perrito— para que
colegas y amigos la adulen. Cuando decide que Celia ya es demasiado alta para resultar un accesorio encantador, empieza a dejarla sola en camerinos y habitaciones de hotel. Todas las noches, Celia teme que no regrese, pero él siempre llega tambaleándose a horas intempestivas. A veces le da una palmadita en la cabeza mientras ella se hace la dormida, y otras, la ignora por completo. Las clases son menos formales. Antes la obligaba a sentarse con un horario concreto, aunque no demasiado regular, mientras que ahora la pone a prueba constantemente, si bien jamás en público. 35
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Le impide hacer manualmente cualquier tarea, incluso las más sencillas, como atarse las botas. Tiene que mirarse fijamente los pies y desear en silencio que los cordones se aten o se desaten en descuidados lazos. Cuando los lazos se enredan en un nudo, frunce el ceño. Su padre no se muestra muy comunicativo cuando ella le hace preguntas. Celia sabe que el hombre del traje gris, aquel a quien su padre llamó Alexander, también tiene un pupilo, y que se celebrará una especie de partida entre ellos. —¿Como si fuera de ajedrez? —le pregunta en una ocasión. —No —responde su padre—, como si fuera de ajedrez no.
El chico se cría en una casa de Londres. No ve a nadie, ni siquiera cuando le llevan a la habitación las comidas, que aparecen junto a la puerta en bandejas tapadas y desaparecen del mismo modo. Una vez al mes, entra en la habitación un hombre que le corta el pelo en silencio. Una vez al año, el mismo hombre le toma medidas para confeccionar ropa nueva. El muchacho se pasa la mayor parte del tiempo leyendo. Y escribiendo, claro. Copia fragmentos enteros de libros, escribe palabras y símbolos que al principio no entiende pero que, poco a poco, reproducidos una y otra vez en líneas cada vez más rectas, van volviéndose familiares bajo sus dedos manchados de tinta. Lee cuentos, libros de mitología y novelas. Con el tiempo, va aprendiendo otros idiomas, aunque no le resulta fácil hablarlos. De vez en cuando, le llevan de excursión a algún museo o biblioteca, por lo general durante las horas en que la afluencia de visitantes es menor, si es que hay algún visitante. Al mucha36
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cho le encantan esas salidas, no sólo por lo que ve en esos edificios que visita, sino porque también significan un cambio en su rutina. Pero son muy esporádicas, y jamás se le permite salir de casa sin acompañante. El hombre del traje gris le visita en su habitación a diario, por lo general cargado con una pila de libros nuevos, y dedica exactamente una hora a dar clase sobre temas que el muchacho cree que jamás llegará a entender del todo. Sólo en una ocasión le pregunta el chico cuándo se le permitirá hacer algo, el tipo de cosas que el hombre del traje gris pone en práctica, aunque muy raramente, durante el estricto horario de clases. —Cuando estés preparado. —Es la única respuesta que recibe. Durante algún tiempo, no se le considera preparado.
Las palomas que aparecen sobre el escenario y, a veces, entre el público durante el espectáculo de Próspero viven en recargadas jaulas, que viajan a cada teatro con el resto del equipaje y material. Por culpa de un portazo, una pila de baúles y cajas se derrumba en el interior del camerino y derriba en su caída la jaula llena de palomas. Los baúles vuelven de inmediato a su sitio, pero Próspero recoge la jaula para inspeccionar los daños. Las palomas sólo están aturdidas por la caída, pero resulta obvio que a una de ellas se le ha roto un ala. Hector saca con cuidado al pájaro y, mientras deja la jaula, los barrotes torcidos se enderezan solos. —¿Puedes curarla? —le pregunta Celia. 37
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Su padre contempla la paloma herida y luego vuelve la mirada hacia su hija, a la espera de que le formule una pregunta distinta. —¿Puedo curarla? —rectifica la niña, al cabo de un momento. —Adelante, inténtalo —la anima su padre, entregándole el pájaro. Celia acaricia con mucho cuidado la temblorosa paloma y mira fijamente el ala rota. El pájaro emite entonces un sonido distinto, una especie de quejido ahogado que en nada se parece a su zureo habitual. —No puedo —dice Celia, con los ojos llenos de lágrimas, mientras le devuelve el pájaro a su padre. Hector coge la paloma y, con un movimiento rápido, le retuerce el cuello, sin hacer caso de los gritos de protesta de su hija. —Los seres vivos se rigen por normas distintas —explica—. Es mejor que practiques con algo más básico. Coge la única muñeca de Celia de una silla cercana y la deja caer al suelo. La cabeza de porcelana se parte. Al día siguiente, cuando Celia se acerca a su padre con la muñeca de nuevo en perfecto estado, Hector se limita a asentir y luego, tras indicarle con un gesto que se marche, se concentra de nuevo en los preparativos de la función. —Podías haber curado al pájaro —se queja Celia. —Entonces no habrías aprendido nada —responde Hector—. Tienes que conocer cuáles son tus límites para poder superarlos. Porque quieres ganar, ¿no? Celia asiente, mientras baja la mirada hacia su muñeca. No queda en ella ni rastro de los daños sufridos, ni una sola grieta en su rostro vacío y sonriente. 38
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La niña la esconde bajo un sillón y no se la lleva cuando se marchan de ese teatro.
El hombre del traje gris se lleva al chiquillo a pasar una semana en Francia, aunque no se trata precisamente de una semana de vacaciones. El viaje se realiza sin previo aviso; la pequeña maleta del niño se hace sin que él lo sepa. El muchacho asume que han ido hasta allí para algún tipo de clase, pero no se especifica ningún área concreta de estudio. Después del primer día, se pregunta si habrán ido a Francia sólo por la comida, pues le fascina el delicioso crujido del pan recién horneado en las boulangeries y la inmensa variedad de quesos. Visitan, en horas poco concurridas, silenciosos museos, donde el muchacho intenta sin éxito recorrer las galerías con el mismo sigilo que su instructor y se encoge cada vez que sus pasos resuenan. Aunque pide un cuaderno de bocetos, su instructor insiste en que es mejor para él que retenga las imágenes en la memoria. Una noche, le llevan al teatro. El muchacho espera ver una obra, tal vez un ballet, pero la función que presencia se le antoja insólita. El hombre que está sobre el escenario, un tipo barbudo de pelo lacio y brillante, cuyas manos se mueven como blancos pájaros que contrastan con el negro de su traje, realiza trucos sencillos y juegos de magia mal escenificados: aves que desaparecen de sus jaulas a través de un falso fondo, pañuelos que salen de bolsillos para desaparecer de nuevo bajo el puño de la camisa... El muchacho observa con curiosidad al mago y a su mo39
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desto público. Los espectadores parecen impresionados por los trucos y aplauden educadamente. Después del espectáculo, cuando interroga a su instructor, éste le dice que no hablarán del tema hasta que regresen a Londres, a finales de semana. Al día siguiente, conduce al muchacho a un teatro más grande y, de nuevo, presencia el espectáculo él solo. El numeroso público le pone nervioso, pues hasta entonces jamás había estado en un espacio tan abarrotado de gente. El hombre del escenario parece mayor que el mago de la noche anterior. Viste un traje más elegante y sus movimientos son más precisos. Cada una de sus demostraciones resulta, además de insólita, fascinante. El público aplaude con algo más que educación. Y es que el mago del escenario no se oculta pañuelos bajo los puños de encaje de su camisa, y los pájaros, que parecen salir de todas partes, no están encerrados en ningún tipo de jaula. Se trata de hazañas que el muchacho sólo ha presenciado durante sus clases. Manipulaciones y trucos de ilusionismo que, como se le ha repetido en incontables ocasiones, deben permanecer en secreto. El muchacho también aplaude cuando Próspero el Encantador se despide con una reverencia. De nuevo, el instructor declina responder a las preguntas del chico hasta que estén de vuelta en Londres. Una vez en casa, cuando ya se han instalado de nuevo en una rutina que ni siquiera parece haber sufrido interrupción alguna, el hombre del traje gris le pide al chiquillo que le hable de la diferencia entre ambas actuaciones. —El primer hombre utilizaba artilugios mecánicos y espe40
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jos y hacía que el público mirara hacia otra parte cuando no quería que viera algo, para crear una falsa ilusión. El segundo hombre, el que se llamaba igual que el duque en La tempestad, fingía hacer cosas parecidas, pero no utilizaba espejos ni trucos. Hacía las cosas igual que usted. —Muy bien. —¿Conoce a ese hombre? —le pregunta el chico. —Hace mucho tiempo que le conozco —responde su instructor. —¿Él también enseña esas cosas, igual que me enseña usted a mí? El instructor asiente, pero no entra en detalles. —¿Y cómo es que la gente que está mirando no ve la diferencia? —quiere saber el chico. Para él está muy claro, aunque no sabría decir exactamente por qué. Es algo que durante los espectáculos no sólo ha visto con sus propios ojos, sino que también ha percibido en el aire. —La gente ve lo que quiere ver. Y, en muchos casos, lo que le dicen que ha de ver. Ya no hablan más del tema. Aunque no con demasiada frecuencia, habrá otras semanas que no serán de vacaciones. Sin embargo, no le llevan a ver a ningún otro mago.
Próspero el Encantador utiliza una navaja para practicarle cortes a su hija en la yema de los dedos, uno a uno, y la contempla en silencio mientras llora, hasta que la niña se tranquiliza lo suficiente como para curárselos y conseguir que las gotas de sangre retrocedan lentamente. 41
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La piel se fusiona de nuevo, y las rayas de las huellas dactilares, separadas, vuelven a unirse con solidez. Su padre le concede sólo unos instantes de descanso antes de volver a practicarle más cortes en los dedos recién curados.
El hombre del traje gris se saca un pañuelo del bolsillo y lo deja caer sobre la mesa, donde aterriza con un golpe sordo. Entre sus pliegues se esconde algo más pesado que la seda. Retira el cuadrado de seda y deja el contenido al descubierto: un solitario anillo de oro echa a rodar por la mesa. Está ligeramente deslustrado y tiene grabadas algunas palabras que, al principio, el muchacho cree una inscripción en latín. La letra, sin embargo, es tan floreada y recargada que no entiende lo que dice. El hombre del traje gris vuelve a guardarse el pañuelo, ahora vacío, en el bolsillo. —Hoy vamos a aprender algo acerca de los vínculos —le anuncia. Cuando llega a la parte de la clase que consiste en una demostración práctica, el hombre del traje gris le dice al chico que se ponga el anillo en el dedo. Sean cuales sean las circunstancias, el hombre jamás toca al muchacho. El chico intenta inútilmente arrancarse el anillo del dedo, pues se le está fundiendo con la piel. —Los vínculos son permanentes, hijo —explica el hombre del traje gris. —¿A qué estoy unido, pues? —pregunta el chico, contemplando con el ceño fruncido la cicatriz que ocupa el lugar en el que momentos antes estaba el anillo. 42
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—A una obligación que ya tenías, a una persona a la que conocerás dentro de algún tiempo. Ahora los detalles no son importantes. No es más que un tecnicismo. El muchacho se limita a asentir, sin hacer ninguna pregunta más, pero esa noche, cuando se queda solo, no puede conciliar el sueño. Se pasa horas contemplándose la mano a la luz de la luna y preguntándose quién será esa persona a la que está unido.
A miles de kilómetros de distancia, en un abarrotado teatro cuyo público ovaciona al hombre que está sobre el escenario, Celia Bowen se acurruca hasta formar un ovillo entre las sombras que proyectan unos cuantos decorados abandonados; llora.
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