JONATAN VALENZUELA
LAS COSTAS tirant
humanidades márgenes
LAS COSTAS Sobrevivir al derecho sin perder el juicio
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
LAS COSTAS Sobrevivir al derecho sin perder el juicio
Jonatan Valenzuela
tirant humanidades Valencia, 2021
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Director de la colección: JUAN MANUEL FERNÁNDEZ SORIA
© Jonatan Valenzuela
© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-18802-09-6 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
Agradecimientos No hubiera sido posible escribir este libro sin el aporte esencial de todos mis queridos amigos de la Facultad de Derecho. Soy quien soy por los amigos que tengo. Las experiencias de mi vida universitaria permitieron escribir esta historia. Son muchos los amigos, participan de un chat o dos, pero están siempre atentos y disponibles. Son un grupo variado, de humor implacable y unido en torno a las cosas realmente importantes. Mis colegas y amigos del departamento de Derecho Procesal leyeron varios borradores y soportaron mis ideas sobre esta historia. Le agradezco a cada uno de ellos. Pero especialmente al prof. Dr. Jesús Ezurmendia (mi amigo “Yisus”), por su paciencia y por actuar como un verdadero director de arte de esta obra. También a María de los Ángeles González y a Flavia Carbonell por leer muchas de sus partes. A Antonio Bascuñán, por animarme a escribir cuando tenía dieciocho años, en una clase de Introducción al Derecho en la que explicó algo que no entendí. Y por volver a animarme a escribir cuando ya he pasado los cuarenta. Mis queridos amigos de “fuera del derecho” fueron igual de esenciales. Algunos son abogados de formación pero, como suelen aclarar, “ya se les quitó”. Agradezco a Carolina Garlick por leer y comentar agudamente la construcción de los personajes. A Ismael Larraín por hacerme pensar en convertir la historia en imágenes, mejorando mis ideas. A Aisen Etcheverry por ser de las primeras y más rápidas lectoras de los manuscritos, dedicándole su tiempo a esto. La corrección del texto se la debo a Ivana Peric que dejó cosas importantes de lado para ayudar en que esta historia viera la luz. Agradezco a mis estudiantes por haber leído los borradores como si esto fuera materia del curso. Gracias a Gayle, Clemente y Violeta por soportar a un marido y a un papá que cada tanto tenía que dedicarse a escribir sobre un mundo de mentira, pero que se despliega en el mismo escenario de Pío Nono 1.
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Agradecimientos
Finalmente, le agradezco al único personaje de verdad que aparece en esta novela, el gringo, mi querido Fernando Siebald Codjambassis, no sólo por su amistad y por el tiempo compartido, sino por permitirme escribir la historia de la Escuela con él.
Índice Agradecimientos................................................................................................................... 7 Prólogo................................................................................................................................... 11
Abogado litigante................................................................................................................. 15 El primer juicio..................................................................................................................... 23 El proceso.............................................................................................................................. 29 Londres.................................................................................................................................. 35 La carta.................................................................................................................................. 41 Acción y pretensión.............................................................................................................. 47 Provincial Osorno................................................................................................................. 53 La convicción........................................................................................................................ 57 La distancia........................................................................................................................... 61 Facultades especiales............................................................................................................ 69 Comisión................................................................................................................................ 73 Árbitro arbitrador................................................................................................................. 77 Contienda.............................................................................................................................. 87 Implicancias.......................................................................................................................... 91 La extinción........................................................................................................................... 97 Mañana será otra noche...................................................................................................... 101 Discusión............................................................................................................................... 107 Sustancial, pertinente y controvertido............................................................................... 111 Integridad.............................................................................................................................. 117 Turbus.................................................................................................................................... 121 El daño................................................................................................................................... 127 El punto de vista................................................................................................................... 131
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Índice
Toda prueba es indirecta...................................................................................................... 135 La tacha................................................................................................................................. 141 Demanda............................................................................................................................... 145 La reprobación...................................................................................................................... 151 Auto de prueba...................................................................................................................... 157 Visto para sentencia............................................................................................................. 161
Prólogo Este texto fue escrito como una herramienta académica. Fue durante la pandemia de COVID-19 que se escribió esta historia. Aunque, en algún sentido, se fue escribiendo desde 1998. Los estudiantes del mundo no han podido ir a clases durante un año y ahora puede ser que sean dos. La pandemia redujo las clases a modalidad online, a Zoom. De hecho, existe una generación de estudiantes que no ha puesto un pie en su respectiva facultad. Esto me parece llamativo, extraño. Recuerdo que cuando inicié mis estudios de derecho procesal —que es la asignatura que el destino irónicamente me ha llevado a impartir— tenía una suerte de biografía con mis compañeros, profesores y con el espacio de la Facultad. Creía saber quiénes eran mis amigos y empezaba a formarme una incipiente idea sobre el derecho. Años más tarde conservo a los amigos y solo voy acumulando dudas sobre el derecho. Sin embargo, tenía cierta claridad sobre el camino a la facultad, sobre las caras amistosas de quienes encontraba en el patio y sobre lo que cada asignatura significaba. La falta de esa narración me preocupa. Estudiar en la universidad no es repetir contenidos construidos con mayor o menor precisión. Estudiar derecho es más que estudiar las leyes vigentes del momento. Pero me temo que la distancia dificulte esa “narración común”. Esta es una pérdida que los profesores debemos observar con atención, ya que inside en la formación de nuestros estudiantes y genera ciertas preguntas respecto de cómo enseñamos en nuestros cursos. Por supuesto, no somos una facultad online por el sólo hecho de contratar cuentas de Zoom para los profesores: tenemos que pensar en cambios en nuestros modos de abordar los contenidos y enfrentar nuestras falencias para ofrecer la mejor versión posible de nuestras asignaturas. En el caso del derecho procesal, soy partidario de criticar sin indulgencia la manera en que éste ha sido enseñado durante mucho
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tiempo. La repetición de materias sin una real organización, la proposición de definiciones que no satisfacen los mínimos estipulativos, las clasificaciones que en realidad no clasifican, todo sazonado con la pretensión de que los estudiantes las repitan de memoria. En cambio, creo que en las clases debemos ejercitar la resolución de problemas. En mis cursos pasados intenté, a veces sin éxito, que los estudiantes usaran los contenidos para ello. El derecho procesal, como casi ninguna otra rama del derecho, se enfrenta a los hechos como objeto: la realidad y las narraciones acerca de ella son objeto de rituales de verificación que corrientemente llamamos “proceso”. Comencé a escribir esta historia en el verano del 2021, a casi un año de la pandemia, pensando en que los estudiantes que tomasen mi curso pudieran encontrar una excusa para formar una narración común y así conocer una versión posible de la Facultad. Espero que encuentren en la historia de Camilo Aracena y Natalia Capdevila una “escuela”. A continuación les presento el mundo de un estudiante que se dedica a pensar en el derecho como lo hacía casi cualquier estudiante en el pasado, cuando las calles se transitaban a discreción. El fin de la década de los noventa ha sido buen escenario porque en esa época fue detenido en Londres el dictador chileno Augusto Pinochet y esos hechos dan cuenta de una comprensión del derecho de la época que es interesante para entender el proceso judicial (y su ausencia, como en ese caso). La función de este relato es servir de acompañamiento a las clases, mostrando que todo es simplemente una historia, un conjunto de proposiciones. En el curso evaluaremos sus conocimientos con casos que saldrán de aquí, de la vida imaginaria de estos personajes. Las pruebas del curso provendrán del mundo de los hechos imaginarios de Camilo Aracena. Este no es un relato susceptible de verdad o falsedad. Todo es imaginario. Todo es ficción. Se titula “Las costas” porque en el derecho procesal recibe esa denominación aquello que expresa el “precio del proceso”, el “costo de litigar”. Cuando alguien no tiene “motivo plausible para litigar”, se le
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condena en costas. Esta historia es el precio de un curso a distancia que, espero, tenga motivo plausible. Jonatan Valenzuela Santiago, Tunquén Enero de 2021
Abogado litigante Las salas de audiencia de los tribunales son todas iguales o, al menos, muy parecidas. Puedes estar en un tribunal en Castro o en Arica y en tus recuerdos podrías perfectamente confundirte. Dan la impresión de estar un poco abandonados pese a su aire moderno, probablemente por la homogeneidad de su diseño. Camilo intenta recordar las veces que estuvo sentado en un tribunal como éste y no logra aproximarse a un número. La escena que tiene delante le distrae. Es un juicio. Él es abogado en este juicio. O sea que tiene patrocinio y poder en la causa. “Qué gracia”, piensa al recordar una escena de “He-Man”, programa que veía en su niñez (un pensamiento secundario le hace notar que en verdad se llamaba “he”-“man”), en la que el personaje principal blande una espada delante de su castillo diciendo “ya tengo el poder”. Durante un segundo recuerda su casa en La Cisterna y las tardes de verano en las que ver tele era la entretención por defecto de todo el barrio. Tiene la sensación de que el fin del estado-nación es el fin de la televisión local. En su niñez y juventud tenías que ver los noticieros, te enterabas de las noticias urgentes a través de “extras”. Veías una teleserie en Televisión Nacional o en el Canal Trece. La elección de esa teleserie era clave para configurar el propio relato de ese año. Dos teleseries por año, dos estilos de vida que desfilaban en la pantalla de los chilenos. Recuerda que en una teleserie llamada “Machos” había un personaje indirectamente gay, pero que fuera gay era la línea central de su lugar en el guión. El padre era el patriarca Ángel Mercader, protagonizado por Hector Noguera, que tenia siete hijos, todos varones que respondían a distintos perfiles. Al final aparece inesperadamente una octava hija llamada Alicia y encarnada por Elvira López. Camilo recuerda que, en el 2003, la pausa de su estudio para el examen de grado era exactamente ver un capítulo de “Machos”. Hoy la globalización se llevó la tele: Camilo piensa en ver series en plataformas de pago por internet. Es decir, entra a una plataforma para decidir qué es lo que quiere ver. Así vio en dos días todos los
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capítulos de “El ministerio del tiempo”. Y había algunos sábados y domingos en los que se quedaba todo el día frente a la pantalla “decidiendo” qué ver. ¿Esperar una semana para ver un nuevo capítulo? Eso era derechamente vintage. Sus amigos en otros países tienen un humor cada día más común, quizá esta sea la razón. Cree que los acentos del español se han atenuando o, más bien, que se han diluido en el mexicano y el español peninsular. Todos ven más o menos lo mismo, más o menos al mismo tiempo. De pronto Camilo escucha que el abogado querellante dice: “es así como la defensa ha simplemente obstaculizado la acción de la justicia, rayando en la mala fe procesal y mostrando un comportamiento éticamente cuestionable”. Hace algunos años las cosas se habrían superado de otro modo. Mira la rabia contenida en los ojos del Pepe. El Pepe estudió en la Católica. En realidad se llama José Francisco pero él siempre le dice “Hola Pepe” sólo para joderlo. Claro, un estudiante periférico de barrio bajo como él, qué otra cosa que el chaqueteo tiene a disposición frente a un colega de la PUC. Recuerda ese verano de 1998 previo a entrar a la facultad. Recuerda que se levantó tempranísimo para ir a comprar el diario “La Nación” y buscó su RUT en las cientos de hojas con números que designaban el valor del puntaje de ingreso a la universidad, o no. La enorme mayoría de sus compañeros de colegio tuvieron que adaptar sus vidas a la falta del puntaje necesario para ingresar a la universidad. Nutrieron las filas de los supermercados, empresas, o de servicios en general como empleados, poco o nada, calificados. Lo que se producía y produce en los colegios de la perifera de Santiago es mano de obra barata dispuesta a endeudarse a la primera provocación: les ha sido prometido el progreso material tarjeta de crédito mediante. Pero el día de publicación de los resultados de la prueba de aptitud académica parecía todo tan democrático, al menos en papel. Miles de personas de dieciocho años o diecisiete o a veces más, dándose cita delante del diario impreso para responder a la pregunta más repetida en esas semanas: ¿y cómo te fue en la prueba?
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Aún recuerda que leyó “Verbal: 795 – Matemática: 650 – Historia: 698 – Ciencias Sociales: 720 – Específica de Matemática: 590”. En una calle de La Cisterna a las siete de mañana se le cruzó una sonrisa un poco tonta en la cara. ¿Por qué había rendido una prueba específica que no necesitaba y que ni siquiera había preparado? En esos años, ahí, a la sombra de la carretera panamericana, quería estudiar literatura. Un par de veranos antes había pasado con su familia de vacaciones por Concepción y su padre le dijo: “vamos a conocer la Universidad, dicen que es bonita”. Más allá de los jardines, el campanil y una especie de pretensión del campus de mostrarse insuperable, le pareció que podía vivir en esa ciudad. Era la capital del rock, se decía al final de los noventa. Se imaginó libre del yugo paterno en una pensión penquista estudiando literatura de día y de noche de barcito en barcito y de amor en amor. Concepción es una ciudad prometedora para el visitante. En esos años, a finales de los noventa, había muchas bandas de rock chilenas que venían de los circuitos penquistas más o menos under. Con todo eso en la cabeza resultaba particularmente estúpido haber rendido la prueba específica de matemática. Y bueno, no servía de nada. Pasado el primer sorbo del éxito, vió un problema a sus pies: el puntaje parecía demasiado bueno. Un muy buen puntaje para una familia de clase media-baja chilena. Una familia típica de la transición, de esas con ingresos tan justos que quizá le sería imposible entender su necesidad de desplegar una biografía tan artística y propia. No, de ningún modo estaban las cosas para lujos. Y estudiar literatura lo era, todavía más en otra ciudad. El Chile de 1998 no se parece en nada al del 2021. En el verano de 1998 el tema nacional era el Mundial de Fútbol de Francia que tendría lugar en el invierno de ese año y al que Chile había clasificado con un equipo extremadamente pragmático: básicamente descansábamos en una delantera muy potente, con Marcelo Salas en su mejor momento y un Iván Zamorano al que aún le quedaba pólvora. Chile había clasificado de la mano de Nelson Acosta, un entrenador uruguayo nacionalizado chileno que como futbolista vió sus mejores campañas jugando en el club Arturo Fernández Vial. Acosta era un entrenador que no parecía tener un sistema de juego ni menos
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de entrenamiento. Su equipo jugaba con un tradicionalísimo 4-4-2 con un coqueto “doble cinco” al medio. Pese a que Chile no ganó ningún partido en el mundial, Camilo y otros celebraron los tres empates consecutivos contra Italia, Austria y Camerún. Los últimos dos partidos se jugaron en día de semana, lo que le permitió ir a Plaza Italia a celebrar con algunos compañeros de curso. En octavos de final, Brasil, Ronaldo, el “de verdad” (que nos hizo dos de los cuatro goles), y adiós al mundial. El puntaje de Camilo era tan alto que, quizá, no le permitirían estudiar literatura. No sólo no iría a Concepción, sino que ni siquiera a la carrera que más le gustaba. Y es que estudiar Letras en la Católica no era tan fácil ni tan obvio viniendo con un buen puntaje desde La Cisterna. A él le parecía excesivamente de derecha esa universidad, pero asumía que su facultad de letras no seguiría los patrones clásicos. Letras, en definitiva, no era Derecho. Apenas lo pensó sintió un golpe. Derecho. Estudiar Derecho. Podría estudiar Derecho. Su padre había dicho en la mesa más de una vez que le daría “vergüenza” tener un hijo abogado y le había abierto la siempre dispuesta vocación de mandarlo a la mierda normativa y fácticamente. Pero ahora, con el puntaje en la mano, quizá lo razonable era “invertir” el puntaje y entrar a estudiar una carrera que se mostrara, en alguna medida, lucrativa. Ni un solo abogado en la familia. Postuló a Derecho y, pensando en evitarse el momiaje de la Católica, entró a Pío Nono. Allí su puntaje no era el mejor, de hecho se coló al final de la lista. La carrera se le hizo tan fácil como exagerada. Le parecía demasiado que desde marzo sus profesores de terno y corbata pensaran que, además de enseñar esta técnica de regulación de las conductas humanas, podían “darle consejos” o expresar sus opiniones superficiales como si fueran expertos en todo. ¿En qué basaban muchos de sus profesores su habilitación permanente para opinar de política, de moral, incluso de fútbol? Concluyó rápidamente: en el dinero de sus cuentas corrientes. Cuando él, ya titulado, cobró su primer honorario “decente”, se sintió como el gran Gatsby calculando todo lo que podría comprar con esos millo-
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nes de pesos en países extremadamente pobres de África central o en un pueblo perdido en la Amazonia. Más por inercia que por otra cosa, se dedicó a los juicios: Camilo Antonio Aracena Zamora era un abogado litigante, un abogado de juicios. Un abogado litigante que había sido un estudiante de Pio Nono pero de la periferia, que era casi lo mismo que ser de provincia. La Universidad de Chile, a la que se supone que tenía que querer hasta las lágrimas, le había enseñado un poco de derecho, sí, pero sobre todo le había mostrado cómo era el mundo. Recuerda esa primera semana de clases. Tomó la micro temprano, cerca de las siete. Desde el sur de Santiago, pensaba, iban obreros y estudiantes de la más grande univesidad pública de Chile camino a sus clases y trabajos. Llegó a las ocho y cuarto a la Plaza Italia. Su primera clase era Derecho Civil I (luego descubriría que los civilistas tienen una serie de fijaciones y enfermedades que se reflejan, entre otras cosas, en hacer su asignatura en la primera hora de clases), pero el profesor no apareció en la sala. Pensó que sería, de todos modos, una buena oportunidad para conocer a sus compañeros. En una hora y diez minutos se dio cuenta que los obreros no venían desde “los territorios” acompañados por estudiantes de la Universidad de Chile. Alcanzó a conversar con un compañero que venía desde Vitacura, otro que venía de La Reina y su amigo, del mismo colegio, que vivía en Las Condes. Cuando Camilo les remarcó la suerte que tenían de haber seguido juntos, desde el colegio a la universidad, ambos lo miraron extrañados y le dijeron: “hay como cuarenta ignacianos en la generación”. Descubrió también que su curso se llamaba “generación 1998” porque lo que te marcaba, a diferencia de la mayoría de demás carreras, era el año de ingreso. El egreso, en cambio, era un acaso, una fecha oscura en el horizonte. Bastaron un par de semestres para darse cuenta que nunca podría encajar en ese mundo de coincidencias y valle central, y que, en realidad, no era relevante encajar en sentido alguno. La gente inteligente lo era de todas las clases sociales y la gente estúpida también. Alguna vez pensó en escribir su tesis en eso: “La estupidez como patrimonio de la humanidad: alcances jurídicos”. Luego pensó que probablemente le mirarían raro y desechó la idea.
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Tiempo después descubrió que la carrera era fácil y que él mismo no era tan inteligente. Que el mejor grupo de amigos y amigas era el de poetas fracasados de la misma facultad. Aunque algunos de ellos no eran fracasados y a diferencia de Camilo, se mostraban como poetas talentosos sin esfuerzo, en algún sentido livianos a pesar de sus tormentos. Su amigo “el gringo” era uno de ellos. El gringo (a quien llamaban así por su aspecto de inmigrante alemán de Osorno, de donde venía) no respondía casi a ningún molde personal: era el hijo del medio de una famila sureña de inmigrantes alemanes y griegos. Una mezcla que explicaba su aspecto de colono alemán y probablemente su carácter explosivo e intenso. Como poeta fue de los que más y mejor avanzó desde que comenzaron, en el segundo semestre de 1998, a leer algunos versos. Ya entrado 1999 el gringo era una de las estrellas. Además sabía que ser uno de los poetas del grupo comporta ciertas obligaciones. El gringo era un experto “hacedor de peleas”: bastaba la más mínima provocación para que se despachara la frase precisa que desataba los golpes. Camilo lo había acompañado varias veces en esos trances. Siempre después de la pelea se reían y recordaban cómo comenzó. Cuando Camilo recibió el llamado que le llevo a confirmar que el gringo había muerto, pensó que siempre se salvaba, que siempre pasaba algo que le permitía torcerle la mano a un destino que lo lanzaba directo al dolor. Pero esta vez no lo había logrado. El grupo de poetas hacía que muchas cosas se vieran atractivas. Que las palabras fueran lo más valioso que pudiera existir entre dos personas. Eso le gustaba. Eso y, por cierto, las salidas por el centro de la capital. Recorrer las galerías para oler el Santiago más oscuro y con ello escribirle versos a las personas anónimas y perdidas con las que se cruzaba. Una bailarina de cabaret, al parecer paraguaya, que a las doce del día desayunaba en el Portal Fernández Concha con grandes lentes oscuros fue su amor más pleno casi hasta el egreso. El grupo era variado y entretenido, además de estudiantes de primero a quinto había egresados, titulados, y gente que nada tenía que ver con el estudio del derecho. No pensaba mucho en qué hacer luego de la carrera. El gringo decía que, al cabo de unos años, serían poetas reconocidos y que, entonces, debían pensar en tener una casa, pero una casa “muy mía”. Con