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Estado y Derecho en proceso de cambios Luciano Parejo Alfonso
Luciano Parejo Alfonso
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Estado y Derecho en proceso de cambios Las nuevas funciones de regulación y garantía del Estado social de soberanía limitada
Aborda esta obra las repercusiones de los cambios que viene experimentando el mundo en el Estado y su Derecho. El Estado, en un contexto de creciente permeabilidad del caparazón –la soberanía tradicional– que desde el establecimiento del orden derivado de la Paz de Westfalia le ha venido prestando consistencia, y para no renunciar a su condición social, se adapta a su progresiva incapacidad para ser el arquitecto único o siquiera principal del orden de convivencia, desarrollando las nuevas dimensiones complementarias de regulador y garante; funciones éstas relativas a la entrega de la dación de bienes y la prestación de servicios al mercado, cuyo perfil jurídico-administrativo precisa esta monografía. Por su parte, el Derecho, al que la globalización ha liberado del lecho de Procusto estatal, se ve compelido a afrontar, sobre nuevas bases y sin todo el bagaje adecuado, los retos que le plantea el espíritu de innovación continua propio de la época, precisándose en este estudio los términos de las posibles respuestas a ellos.
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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig
Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia
Ana Belén Campuzano Laguillo
Catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad CEU San Pablo
Jorge A. Cerdio Herrán Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México
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Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)
Luis López Guerra
Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid
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Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla
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Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid
Javier de Lucas Martín
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
Víctor Moreno Catena
Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid
Francisco Muñoz Conde
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
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Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania)
Héctor Olasolo Alonso
Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)
Luciano Parejo Alfonso
Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid
Tomás Sala Franco
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia
Ignacio Sancho Gargallo
Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España
Tomás S. Vives Antón
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia
Ruth Zimmerling
Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)
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ESTADO Y DERECHO EN PROCESO DE CAMBIOS Las nuevas funciones de regulación y garantía del estado social de soberanía limitada
LUCIANO PAREJO ALFONSO
Valencia, 2016
Copyright ® 2016 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com. Este libro se inscribe en el proyecto de investigación "La vigilancia y la supervisión como tareas de la Administración pública en un Estado garante". DER 2012-33824
© Luciano Parejo Alfonso
© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia Telfs.: 96/361 00 48 - 50 Fax: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-9143-035-3 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-deempresa nuestro Procedimiento de quejas.
I. EL ESCENARIO: LOS CAMBIOS DEL MUNDO El recurso al término crisis para identificar lo que nos viene sucediendo a escala ya mundial1 y cuando menos desde los atentados a las torres gemelas de 2001 —e identificarlo siquiera sea en los términos orteguianos de saber al menos que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa2—, explica la actual inflación
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El historiador R. Koselleck habla, en Crítica y crisis; un estudio de la patogénesis del mundo burgués (Trotta, Madrid 2007), de crisis universal de origen europeo. J. Ortega y Gasset, En torno a Galileo. Esquema de las crisis, Alianza editorial, Madrid 1994. En esta obra, concretamente en la Lección VI sobre “Cambio y Crisis” (págs. 88 y 89), el filósofo, tras distinguir entre cambios en el mundo y cambios del mundo, razona así: “Una crisis histórica es un cambio de mundo que se diferencia del cambio normal en lo siguiente: lo normal es que a la figura del mundo vigente para una generación suceda otra figura de mundo un poco distinta. Al sistema de convicciones de ayer sucede otro hoy —con continuidad, sin salto; lo cual supone que la armazón principal del mundo permanece vigente al través de este cambio o sólo ligeramente modificada. Eso es lo normal. Pues bien: hay crisis histórica cuando el cambio de mundo que se produce consiste en que al mundo o sistema de convicciones de la generación anterior sucede un estado vital en que el hombre se queda sin aquellas convicciones, por tanto, sin mundo. El hombre vuelve a no saber qué hacer, porque vuelve a de verdad no saber qué pensar sobre el mundo. Por eso el cambio se superlativiza en crisis y tiene el carácter de catástrofe. El cambio del mundo ha consistido en que el mundo en que se vivía se ha venido abajo y, por lo pronto, en nada más. Es un cambio que comienza por ser negativo, crítico. No se sabe que pensar de nuevo —solo se sabe o cree saber que las ideas y normas tradicionales son falsas, inadmisibles. Se siente profundo desprecio por todo o casi todo de que se creía ayer, pero la verdad es que no se tienen aún nuevas creencias positivas con que sustituir las tradicionales. Como aquel sistema de convicciones o mundo era el plano que permitía al hombre andar con cierta seguridad entre las cosas y ahora carece de plano, el hombre se vuelve a sentir perdido, azorado, sin orientación. Se mueve de acá para allá sin orden ni concierto; ensaya por un lado y por otro, pero sin pleno convencimiento”.
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semántica del concepto3, si bien desde 2008 lo económico ha pasado a ser determinante en su significación4. Esta reducción a la dimensión económica, al propio tiempo que facilita —ante la imposibilidad de imputar cualquier responsabilidad por lo que sucede— la invocación del término como chivo expiatorio abstracto de todos los males que nos aquejan, permite asumir la aparente superación que de la nota de la coyunturalidad implica, sea por la vía de la atribución de carácter estructural a la crisis actual, sea por la idea de que ésta consiste, en realidad, en el encadenamiento, sin solución de continuidad, de sucesivas crisis; situación ésta que suscita el recuerdo de la observación de J. Schumpeter5 de que la inestabilidad es el estado normal de la economía. Lo único cierto en la presente crisis es la dificultad para descifrar sus causas y su efecto: la generación de una persistente situación de incertidumbre, una pérdida de horizonte y del sentido de la historia hasta ahora proporcionados, desde la ilustración, por la idea del progreso o, al menos, una cierta idea del mismo. En esta situación, celada por negros nubarrones en forma de riesgos de todo tipo —incluso los generados por la mano del hombre— capaces hasta de poner en peligro las bases de la propia vida, no ha desaparecido empero la pulsión de intervención humana por más que, si estamos a oscuras en cuanto al diagnóstico, más hemos de estarlo en cuanto al tratamiento. Y en ello debe verse la
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R. Koselleck, op. cit. en nota 1 (pág. 24), hace coincidir el comienzo de la contemporaneidad con el de la expansión semántica de “crisis”. Según C. Bordoni (en Z. Baumann y C. Bordoni, Estado de crisis, Paídos, Barcelona 2016, pág. 13) “En los últimos años, la idea de crisis ha quedado vinculada al sector económico básicamente con el sentido de una situación compleja y contradictoria, que no puede definirse simplemente como “inflación”, “estancamiento” o “recesión”, sino como la combinación de una serie de causas y efectos de la que resulta un embrollo de problemas e intereses en conflicto”. J. Schumpeter, Theorie der wirtschaftlichen Entwicklung, Duncker&Humblot, Berlín 2006 (reimpresión de la primera edición en 1912, editada y complementada con una introducción por J. Röpke y O. Stiller).
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novedad. Como ha expuesto Z. Baumann6, en efecto, es lo que distingue esta crisis de las precedentes: por de pronto, de la gran crisis económica de la primera mitad del S. XX, pues en ella la incertidumbre no se extendía al sujeto llamado a actuar: el Estado, al que se consideraba aún dotado de la potencia y los medios precisos para actuar eficazmente y que, de hecho, proporcionó después de la 2ª guerra mundial unas décadas de incremento y generalización notables del bienestar económico-social7; pero también de la crisis de los años 70, pues a la creciente debilitación de la capacidad del Estado para continuar asegurando el progreso social —con paralela conversión en negativa de su imagen a tal efecto— se ha respondido con el recurso —en un movimiento pendular— a la mano invisible del mercado, la traslación a éste de tareas públicas, haciendo posible así la persistencia de la idea de progreso bajo la faz ahora del consumo8. En la actual tesitura, en la que comienza a perder fuerza la confianza en la eficacia de la fórmula de devolución del protagonismo a la sociedad (en realidad: el mercado), no parece haber ya herramienta nueva a la que recurrir, desde luego no la que representa el Estado, que —por
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Z. Baumann y C. Bordoni, op. cit., págs. 18 y sgs. Según Z. Baumann, op. cit. en nota 4, pág. 129, “… la sencilla receta para conseguir que se hicieran las cosas (fueran cuales fueren las cosas propugnadas) consistía en tomar el aparato del Estado para, desde allí, desplegar el poder que éste poseía. En la imaginación general, el poder estaba “almacenado” en los depósitos gubernamentales, listo para ser usado… Quienquiera que administrara ese almacén tenía la capacidad de hacer lo que considerara correcto y apropiado, o simplemente oportuno”. Tal proceso se corresponde con la emergencia de la idea del conocimiento como recurso económico y la sociedad de la información y el conocimiento (favorecida por los avances en las tecnologías de la información y la comunicación) y, consecuentemente de las organizaciones (grandes empresas multi o transnacionales), cuyos primeros teóricos fueron F. Machlup (The production and distribution of knowledge in the United States, Princeton University Press 1973; la primera edición es de 1962) y P. Drucker (The new society. The anatomy of industrial order, Transaction Publishers, New Brunswick/London, 3ª ed., 2003; la primera edición es de 1950); este último defensor de la administración (el management) como actividad clave en un contexto de privatización, emprendimiento y dirección por objetivos.
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desmoronamiento del mundo westfaliano que hizo posible el desarrollo del Estado nacional de vocación social— no es ya lo que hasta hace poco fue y en el mundo globalizado emergente —en el que la capacidad política de toma de decisiones aparece fuertemente condicionada por factores supra y transnacionales— ve progresivamente erosionada, junto con su atributo tradicional: la soberanía, su potencia de configuración efectiva de las condiciones de vida colectiva. La causa eficiente es, sin duda, la separación de la política y, por tanto, del gobierno representativo —enraizados aún, por su inercial territorialidad, en el plano de lo local— y del poder efectivo o real —habitante ya del espacio global—. Lo que vale decir: la diferenciación creciente de los dos espacios calificados por M. Castells9 como, de un lado, de los flujos (el global), cuya sustancia es esencialmente económica y, más concretamente, financiera10 (y que, por ello, bien puede equipararse a
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M. Castells, La era de la información: economía, sociedad y cultura, Vol I: la sociedad red, S. XXI editores, 6ª ed. 2005, págs. 409 a 462 (especialmente págs. 451 y sgs.). Los espacios a que se refiere el autor difieren radicalmente entre sí en cuanto al carácter de las relaciones interhumanas que propician. En el primero (el de los flujos) los seres humanos se confrontan principalmente como miembros de totalidades imaginadas (Estados, iglesias, grupos empresariales supranacionales): entidades separadas e independientes a priori que también tienen intereses antagónicos que las mantienen en una competencia recíproca. En el segundo (el espacio de lugares) los seres se confrontan como personas, es decir, como vecinos, compañeros de trabajo o de escuela, etc…., no como especímenes estereotipados de una categoría abstracta. 10 La causa no es otra que la desmaterialización del capital que, en la economía tradicional, tenía y tiene una forma concreta y visible. Su transformación en productos financieros abstractos susceptibles de ser desplazados de un punto a otro del planeta y ser invertidos en activos diversificados rompe las pautas de la economía tradicional y permite que el capital se emancipe de la política, liberándolo de cualquiera de las restricciones de carácter social que el Estado había conseguido imponerle. Y en cualquier caso comporta una seria limitación para la intervención del Estado en la economía que justamente había proporcionado el soporte, en la primera mitad del S. XX, a la idea del ayuntamiento de capitalismo y democracia. La consecuencia es la liberación del capital del compromiso al que estaba supeditado y también de las inversiones a largo plazo, privándolo de toda finalidad definida.
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uno de los “no lugares” de M. Augé11), y, de otro lado, justamente de los lugares (el estatal). El resultado es, en el plano global y al decir de E. Balibar12, una suerte de estatismo sin Estado, que se
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M. Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Gedisa editorial, 5ª reimpresión, Barcelona 2000. Afirma el autor (págs. 83, 84 y 85): “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar. La hipótesis aquí defendida es que la sobremodernidad es productora de no lugares, es decir, de espacios que no son en sí lugares antropológicos y que, contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos: éstos, catalogados, clasificados y promovidos a la categoría de ‘lugares” de memoria”, ocupan allí un lugar circunscripto y específico. Un mundo donde se nace en la clínica y donde se muere en el hospital, donde se multiplican, en modalidades lujosas o inhumanas, los puntos de tránsito y las ocupaciones provisionales (las cadenas de hoteles y las habitaciones ocupadas ilegalmente, los clubes de vacaciones, los campos de refugiados, las barracas miserables destinadas a desaparecer o a degradarse progresivamente), donde se desarrolla una apretada red de medios de transporte que son también espacios habitados, donde el habitué de los supermercados, de los distribuidores automáticos y de las tarjetas de crédito renueva con los gestos del comercio “de oficio mudo”, un mundo así prometido a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero, al pasaje, propone al antropólogo y también a los demás un objeto nuevo cuyas dimensiones inéditas conviene medir antes de preguntarse desde qué punto de vista se lo puede juzgar. Pero los no lugares con la medida de la época, medida cuantificable y que se podría tomar adicionando, después de hacer algunas conversiones entre superficie, volumen y distancia, las vías aéreas, ferroviarias, las autopistas y los habitáculos móviles llamados “medios de transporte” (aviones, trenes, automóviles), los aeropuertos y las estaciones ferroviarias, las estaciones aeroespaciales, las grandes cadenas hoteleras, los parques de recreo, los supermercados, la madeja compleja, en fin, de las redes de cables o con hilos que movilizan el espacio extraterrestre a los fines de una comunicación tan extraña que a menudo no pone en contacto al individuo más que con otra imagen de sí mismo. ….. La distinción entre lugares y no lugares pasa por la oposición del lugar con el espacio…”. 12 É. Balibar, Ciudadanía, Ed. Adriana Hidalgo Editora, Córdoba [Argentina] 2012 (traducción del italiano R. Molina-Zavalía), pág. 43.
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manifiesta en la forma aún nebulosa de la gobernanza y en el que el Estado, aunque continúa controlando a sus ciudadanos, no se responsabiliza ya de su bienestar13. Pues, como —a partir del análisis del ejemplo modelo estadounidense y sobre la base del pensamiento de M. Foucault— ha advertido W. Brown14, la situación actual se caracteriza por el predominio de una racionalidad política neoliberal (de nuevo cuño, en modo alguno simplemente recuperadora del liberalismo económico original) determinante de la que califica como “gubernamentalidad”15, que es
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En palabras de Z. Baumann (op. cit. en nota 4, págs. 129 y 130), ahora “… el poder para que se hagan las cosas flota… en el “espacio de flujos” (concepto inventado por Manuel Castells); es escurridizo, tremendamente móvil, irritantemente difícil de ubicar, precisar o fijar, y, como la legendaria hidra, tiene muchas cabezas. Es inmune a las reglas fijadas localmente y circunscritas territorialmente, y muestra una resistencia formidable a todos los intentos dirigidos a controlar su movimiento y a dotar a sus movimientos (o sus respuestas a los nuestros) de un mínimo de previsibilidad. La otra cara de la moneda es la autoridad en rápido declive de los Gobiernos nacionales, que ponen de manifiesto a diario (aunque con mayor espectacularidad con cada día que pasa) su impotencia. Supongo que el hecho de que los ideales y los proyectos de la “sociedad buena” hayan pasado de moda es consecuencia en último término de que los poderes capaces de llevar a cabo tales proyectos hayan desaparecido de nuestro campo de visión. ¿Para que molestarse en devanarse los sesos tratando de responderse “¿qué hacer?” si no tenemos respuesta para la pregunta “¿quién lo hará?” Actualmente estamos atravesando múltiples crisis, pero la más aguda de ellas —en realidad, una “metacrisis” que hace que todas las demás sean prácticamente insolubles— es la “crisis de la agencia” o, para ser más precisos, de la “agencia tal como la conocemos”, es decir, la agencia (heredada y actualmente existente) del Estado, probada y contrastada por generaciones anteriores que la crearon e instauraron y que esperaban que nosotros —sucesores recomendados suyos— la usáramos”. 14 W. Brown, “Neo-liberalism and the End of Liberal Democracy”, Theory and Event, Vol. 7, Nº 1, 2003 (revista en línea de la Johns Hopkings University Press). 15 El origen del término está en M. Foucault (véase el texto La gouvernementalité, incluido en el tomo III de la obra recopilatoria preparada por D. Defert y F. Ewald y publicada en 1994 por Gallimard) para quien significa el conjunto de las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten el ejercicio de la específica y compleja forma de
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un modo de gobernanza que, incluyendo el Estado, lo trasciende, produciendo sujetos, formas de ciudadanía y comportamiento y, en definitiva, una nueva organización social. En efecto, la citada racionalidad16, al propio tiempo que somete las funciones estatales al cálculo económico, apela a un sujeto libre que delibera racionalmente sobre cursos de acción, realiza opciones y asume la responsabilidad de las consecuencias de sus elecciones; tiene, pues, un claro componente político capaz de erosionar la lógica de las instituciones democráticas: el Estado dirige los sujetos sin responsabilizarse de los mismos, convirtiendo a los ciudadanos en emprendedores y, por tanto, responsables, de su propia vida en todos los aspectos, incluido su bienestar17 (la ciudadanía se redu-
poder que tiene, como blanco central, la población; como forma principal de conocimiento, la economía política y como principal instrumento técnico los dispositivos de seguridad. 16 Para W. Brown (op. cit. en nota 14) las características principales de esa racionalidad política son: 1ª. Sometimiento de la esfera política, así como cualquier otra dimensión de la existencia contemporánea, a una racionalidad económica (configuración del ser humano no solo como homo oeconomicus, sino moldeado en todas las dimensiones de su vida en términos de racionalidad del mercado). Supone así una demanda normativa antes que ontológica de generalización de la racionalidad económica y aboga por la construcción de instituciones y políticas apropiadas a tal demanda. Es, por tanto, un proyecto constructivista: no presume la existencia ontológica de una general racionalidad económica en todos los dominios de la sociedad, sino más bien asume como tarea el desarrollo, la difusión y la institucionalización de tal racionalidad. 2ª. No concepción como natural —en contraste con el liberalismo clásico— ni el propio mercado, ni el comportamiento racional económico. Ambos son construidos y organizados por la ley y las instituciones políticas y requieren intervención pública. 17 La extensión de la racionalidad económica a dominios que antes eran no económicos alcanza las conductas individuales, prescribiendo el ciudadano propio del orden que implica (determinación de los individuos como criaturas racionales y calculadoras cuya autonomía moral se mide por su capacidad o habilidad para proveer sus propias necesidades y servir sus propias ambiciones). Al hacer plenamente responsable al individuo de si mismo (con entera independencia de las limitaciones que padezcan los individuos), equipara responsabilidad moral con acción racional: la moralidad
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ce, así, al éxito en el emprendimiento y es controlada justamente a través de su libertad)18. Lo importante es que todo ello, aunque implica la retirada del Estado y la consecuente privatización de muchos ámbitos sociales, no significa tanto desmantelamiento del gobierno cuanto constitución de una específica técnica de gobierno: la que supone el reemplazo de la norma estatal por la racionalidad de la acción económica. En definitiva: el mercado, lejos de ser controlado por el Estado, constituye el principio organizativo y regulativo de éste y de la sociedad19.
pasa a ser una materia de deliberación racional sobre costes, beneficios y consecuencias. De esta forma, la ciudadanía plenamente realizada en tales términos estaría lejos de orientarse a lo público, cesando así el cuerpo político de ser tal para pasar a ser un conjunto de empresarios y consumidores individuales. En este contexto el Estado procura construir un orden de sujetos prudentes mediante políticas que organizan tal prudencia, siendo la política social el medio por el que produce sujetos guiados por la racional estimación de los costes y beneficios de ciertos actos, con independencia de que estos actos se refieran al embarazo de adolescentes, el fraude fiscal o la planificación de la jubilación. 18 Dando lugar a una suerte de nueva versión de la servidumbre voluntaria de que habló ya en el S. XVII É. de La Boétie (Le discours de la servitude volontaire, publicado nuevamente en 1993 por Flammarion, Paris). Como ha señalado recientemente el filósofo Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, Herder, Barcelona 2012), estamos ya más allá de la sociedad disciplinaria teorizada por M. Foucault, pues si ésta era una sociedad de la negatividad, la actual lo es de la positividad (sobre la base del esquema del “poder hacer” y, por tanto, del emprendimiento personal). Se trata de una sociedad de rendimiento, a cuyo inconsciente social es inherente el afán de maximizar la producción, imponiendo al individuo el rendimiento como imperativo. Ese individuo es ahora, así, el hombre indefenso y desprotegido frente al exceso de positividad que supone el aludido imperativo, que le convierte al mismo tiempo en verdugo y víctima (pues alcanzar el punto de no poder más conduce a un destructivo reproche a sí mismo). Pues aunque aparentemente está libre de dominio externo por estar sometido solo a sí mismo, ello no le conduce realmente a la libertad, toda vez que ésta y la coacción coinciden. El resultado es el abandono del individuo a la libre obligación del rendimiento. 19 La acción de tal principio se produce, según W. Brown (op. cit. en nota 14), por diferentes vías, entre las que destacan las dos siguientes:
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Mientras que, al compás de su liberación de toda ligadura a lo propiamente político, la llamada gobernanza global va afirmando así su lógica propia como inscrita en el acontecer del mundo y, por tanto, insusceptible de seria rectificación, los Estados y, por tanto, los Gobiernos que los gestionan, acusando el déficit de poder que padece el espacio político, se resignan a un papel secundario e instrumental, en particular en punto a la deglución de los efectos y las consecuencias sociales que la gobernanza global descarga simplemente en ellos. Los Estados y los Gobiernos nacionales resultan ser, pues y según J. Gray20, una víctima más de la crisis, a pesar de lo cual y dado el estado in fieri de su sustituto o sustitutos, continúan siendo los únicos instrumentos de que se dispone y a los que cabe recurrir (lo que explica los fenómenos locales de frustración justamente política). Este proceso se enmarca en la, orteguianamente hablando, crisis histórica que supone el desencantamiento de la modernidad o, en palabras de C. Bordoni, la quiebra del relato del progreso humano guiado por la santísima trinidad de la economía, la ciencia y la tecnología, por consecuencia del incumplimiento de las promesas implícitas en la modernidad21. Al girar desde su origen en torno al dominio de la naturaleza para ponerla al servicio de
a) Las políticas estatales deben responder a las necesidades del mercado, de modo que el éxito del poder público se mide por su habilidad para apoyar y promover el mercado y de tal éxito depende la legitimación del poder estatal. b) La sumisión del entero Estado —sus acciones y prácticas— al cálculo general de costes y beneficios, de modo que el Estado no solo debe ocuparse del mercado, sino operar en todas sus funciones como un actor del mercado. 20 J. Gray, El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos, Ed. Sexto Piso, Madrid 2013. 21 Las promesas de la modernidad estaban ya enunciadas en la Oratio humanis dignitatio de Pico della Mirandola (1486) al relatarse que, tras la construcción de la “mansión mundana” con “leyes de arcana sabiduría”, el Dios arquitecto, habiendo decidido producir el hombre y no pudiéndole dotar de nada propio, decidió que le fuese común todo cuanto le había sido dado separadamente a los otros y lo puso en el centro del mundo y le dijo:
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las necesidades y aspiraciones del género humano, el paradigma del progreso lineal, constante e indefinido ha constituido su eje vertebrador, desarrollando —al entenderse por progreso el crecimiento cuantitativo— una impronta materialista (la de la producción y el consumo, la acumulación del conocimiento y de la riqueza). El arraigo de tal impronta se muestra en el desasosiego que genera cualquier reducción (no se diga ya el estancamiento) del crecimiento económico medido justamente en términos de producto interior bruto; criterio de medida éste que es ya desde luego universal. Se explica así que, en el contexto de la crisis actual, no solo no haya podido hacer honor a la promesa de dominio de, y seguridad frente a, la naturaleza (habiéndose producido más bien la transmutación en morales de todas las calamidades, incluso las naturales, por efecto de la afirmación de la disposición de los instrumentos precisos para evitarlas), sino tampoco en la dimensión social (asistiéndose al desmantelamiento de los mecanismos estatales de protección o cobertura de contingencias vitales). Pero sobre todo: está comportando el abandono del objetivo final de una sociedad buena y su realización sobre la base de la razón constructiva de un orden solidario y, con él, de planteamientos comprensivos o de modelos sociales en favor de metas parciales y fragmentarias (sobre la base de la idea popperiana de pasos su-
“Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescritas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas”. (la obra es accesible en http://editorialpi.net/ensayos/discursosobreladignidaddelhombre.pdf).
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cesivos). Proceso éste que Z. Baumann22 ilustra con la metáfora del abandono de las utopías del jardinero (que aspira a un jardín ordenado) y la asunción de las del cazador (que solo pretende un nicho cómodo para sí). Nada de esto y ni siquiera su consecuencia: la incertidumbre de alternativas arbitrarias a que se ha referido R. Koselleck23 parece haber afectado, sin embargo, a la creencia en la potencia de la razón humana para, gracias a la ciencia y la tecnología y en definitiva: la innovación, alcanzar nuevas soluciones. La continuidad de esta creencia es sin duda la que permite no interpretar los fracasos y retrocesos en las conquistas como naufragio definitivo de la modernidad y valorarlos como meras manifestaciones del rezago de la ciencia y la tecnología en los hallazgos pertinentes. De ahí la emergencia de nuevas estrategias fugaces en la que se ha acabado conociendo como posmodernidad. Con entera independencia de si esta última certifica la defunción de la modernidad o solo constituye un episodio más dentro de ella24, lo cierto es que supone el inicio de su decadencia por deterioro del orden por ella sostenido25 y, en particular, la cohesión social, por desmoronamiento de la comunidad de valores y fines capaces de alimentar la soli-
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Z. Baumann, op. cit. en nota 4, pág. 79. R. Koselleck, op. cit. en nota 1, pág. 244. 24 Para Jean-François Lyotard (La condición posmoderna, Ed. Cátedra, 2006) la posmodernidad, que se consumió en apenas treinta años, ha dejado un legado de pluralidad de discursos, es decir, de relativismo. Pero para muchos no ha supuesto el final de la modernidad, sino su continuidad bajo una forma degradada o líquida por culpa de la incertidumbre que la domina y por su incapacidad para ofrecer ya puntos de referencia estables. Así pues, más que una evolución de la modernidad parece que debe considerarse el síntoma de una profunda crisis. 25 Como ha señalado C. Bordoni (op. cit. en nota 4, pág.), no es irrelevante que el movimiento posmodernista comenzara en la arquitectura, ámbito de la actividad humana del que se extrajo la idea misma de “orden” en el umbral de la era moderna para su aplicación metafórica a la totalidad de la actividad humana en el mundo, incluida la sociedad. Los arquitectos posmodernos atacaron el arquetipo mismo de ese orden que los constructores habían heredado de Vitruvio cuando, en la Europa del S. XV, redescubrieron su 23
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daridad entre iguales, con simultánea apertura de un escenario de signo contrario: el subjetivismo competitivo devorador de tales valores26 y en el que, según la metáfora del puerto de montaña atribuida al citado R. Koselleck para caracterizar la situación presente: nos encontramos subiendo una pronunciada pendiente en la que no podemos detenernos y acampar (pues ninguna estructura resistiría las inclemencias del tiempo), por lo que hemos de seguir ascendiendo y es lo que hacemos, pero de lo que hay del otro lado de la subida (si es que llegamos a contemplarlo) no podemos saber nada hasta que crucemos el puerto. El legado de la posmodernidad se resume en: a) El cuestionamiento de la idea misma de orden y la colocación de la flexibilidad y la innovación en lo más alto en la jerarquía de valores; valores éstos que, si en manos de los gobernantes operan como activos, trocan en inconvenientes cuando de los gobernados se trata y que, en definitiva, articulan una nueva estrategia de dominación27. El cortoplacismo que se erige así en divisa de esta época28 es, según R. Sennet29, un principio que corroe la confianza, la lealtad
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tratado De architectura y, por extensión ataque a los conceptos derivados de ese orden: sistematismo, armonía, estructura, pauta o ajuste. Para C. Bordoni (op. cit. en nota 4) es característico de la posmodernidad un individualismo que nos aleja del impulso de lo colectivo y lo social imperante durante dos siglos que, tras haber conducido a la sociedad de masas, ha desembocado —en las décadas de los años 70 y 80 del pasado Siglo— en la calma chicha de la desmasificación. No es casualidad que 1989 fuese el año de la caída del muro de Berlín. La ilusión de una sociedad capaz de satisfacer las necesidades de todos sus miembros se sustituye por un individualismo extendido y agresivo en el que todos miran por sí mismos a costa de los demás y sin preocuparse por el bien de la sociedad. Véase Z. Baumann, Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global, Fondo de Cultura Económica, México, 2011. E. Morin, La vía. Para el futuro de la humanidad, Ed. Paídos Ibérica, Barcelona 2011, habla por ello de la sustitución del dominio del progreso por una cultura de lo inmediato. R. Sennett, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona 2000.
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y el compromiso mutuos con consecuencias devastadoras para el carácter de la conciencia ética y la solidaridad humanas. b) El proceso de “privatización de la ideología” (con el que se corresponde la “pulverización de las totalidades sociales”) que, según Z. Baumann30, se centra en labrarse un nicho relativamente sólido y tranquilo en medio de las arenas movedizas, un refugio protegido y seguro dentro del irremediablemente desprotegido e inseguro entorno social actual. Explica la generalización del consumismo y su equiparación a (o sucedáneo de) la felicidad como signo de la modernidad degradada. Fenómeno éste, que guarda sin duda relación estrecha con la debilitación del modelo de crecimiento indefinido por consecuencia de la emergencia de los límites de los recursos naturales y, por tanto, del consumo mismo, con tímida aparición de la idea de la necesaria sustitución del incremento de la producción y de las ventas por un nuevo modelo de desarrollo económico sostenible y, por tanto, la calidad de vida31. No puede sorprender que la crisis histórica de que venimos hablando se extienda a la conquista histórica de la democracia. Se habla, así, de posdemocracia32 para aludir a la crisis del igualitarismo y la trivialización de los procesos democráticos en la que la política pierde progresivamente contacto con los ciudadanos y termina produciendo una incómoda situación calificable como antipolítica. Son signos de la posdemocracia el regreso (bajo nueva faz) del liberalismo económico, la decadencia y el desmantelamiento del Estado social o de bienestar (con caída de las inversiones públicas), la desregulación, la política como espectáculo, la
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Z. Baumann, op. cit. en nota 27, pág. 130. En este sentido, por todos, la obra del economista del decrecimiento S. Latouche: Faut-il refuser le développement?: essai sur l’anti-économique du Tiersmonde, Presses Universitaires de France, Paris 1986; y La apuesta por el decrecimiento. ¿Cómo salir del imaginario dominante?, Icaria Editorial, Barcelona 2009. 32 El concepto lo ha acuñado C. Crouch, Posdemocracia, Taurus 2004. 31
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prevalencia de los grupos de presión y la caída de la participación ciudadana; todo ello, con preservación, sin embargo, de las dimensiones formales de la democracia. En resumen: un proceso no explicitado, pero que se ofrece como algo natural y que, garantizándolas formalmente, degrada en realidad las libertades y también los derechos de contenido social, legitimando la desigualdad provocada por la nueva economía mundial; perspectiva ésta, que se complementa con la llamada desdemocratización33, alusiva ya directamente a la restricción o, incluso, supresión —temporal o no— de derechos y garantías inherentes a la democracia so pretexto de sucesos excepcionales (terrorismo, catástrofes, etc…). En la medida en que en la sociedad actual las masas han sido sustituidas por las multitudes, queda así en entredicho, por el deterioro de la ciudadanía social decantada durante el Estadonación social, la posibilidad de que la multitud pueda operar el papel (motor de las transformaciones políticas) que corresponde a la ciudadanía en su relación dialéctica con la democracia34. La modernidad se ha construido, según E. Balibar35 como doble uni-
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Acuñada por Ch. Tilly, Democracy, Cambidge University Press, Nueva York, 2007. 34 La ciudadanía entendida, como hace É. Balibar (op. cit. en nota 12, págs., 108, 109 y 110), retomando una noción de H. Arendt (“derecho de los derechos”) y trascendiendo del ámbito del poder constituido (el derecho a los derechos resulta de la pertenencia a una comunidad política existente, en particular un Estado-nación) para situarse en el plano del poder constituyente, como capacidad activa para reivindicar derechos en un espacio público o, mejor y dialécticamente, la posibilidad de no ser excluido/a del derecho a luchar por los propios derechos. Según dicho autor, muchos de los grupos sociales tropiezan en las democracias, incluso liberales, con el límite fluctuante entre la resistencia (calificable como derecho mínimo) y la exclusión (calificable ya de no-derecho). Por ello, de no haber resistencia, dichos grupos podrían encontrarse excluidos por completo de derechos formales, de protecciones jurídicas, y desposeídos así de ciudadanía activa. En el expresado límite mismo es donde lo que está en cuestión es la verdadera posibilidad de expresarse o reivindicarse y, por consiguiente, de existir políticamente. 35 É. Balibar, op. cit. en nota 12, págs. 53, 77 y 78.
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dad de contrarios: de un lado, unidad de hombre y ciudadano, presentados como nociones coextensivas a pesar de las restricciones prácticas que implica la distribución de los derechos y los poderes; y, de otro lado, unidad (o reciprocidad) de los conceptos de libertad y de igualdad, percibidos como las dos caras de un mismo poder constituyente, a pesar de la permanente tendencia de las ideologías políticas del liberalismo a conferirle al primero prioridad y de las del socialismo a privilegiar la igualdad; doble unidad, a la que se han anudado en el S. XX los derechos sociales. Pues bien, la fase crítica que atraviesa la modernidad y, en concreto, el desarrollo de las formas negativas del individualismo propias del desarrollo de la globalización de signo neoliberal (en términos del análisis de R. Castel36: la descomposición de la sociedad salarial y sus consecuencias en los individuos y las relaciones sociales, en particular la creciente exclusión social incluso interna37, cuyo efecto determina el individualismo negativo —así como también las “comunidades negativas”— resultante del desmantelamiento del Estado-nación social: una situación en la cual se les exige a los individuos, según ya nos consta, que se comporten como emprendedores de su propia vida en busca de la máxima eficacia, privándoles de las condiciones sociales que les permitirían hacer valer su autonomía), hace difícil saber si, nada más ser establecida, la ciudadanía social está pasando a ser o, incluso, es ya cosa del pasado como consecuencia del deterioro de la función desempeñada por el Estado-nación, que ha determinado el doble desplazamiento: i) de las definiciones de derechos fundamentales desde la esfera del trabajo hacia la esfera de la reproducción de la fuerza de trabajo (formas y condiciones de la existencia individual y familiar); desplazamiento, que ha sido desestabilizado por la posibilidad del
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R. Castel, La metamorfosis de la cuestión social, Paidós Ibérica, Buenos Aires 2002. 37 La exclusión interior significa la reduplicación de una frontera-exclusión exterior por otra interior. En la actualidad se está generalizando en su mas amplia versión, es decir, la que comprende todos los fenómenos de negación de la ciudadanía: desde la discriminación hasta la eliminación.
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recurso masivo a la fuerza de trabajo marginada o excluida (la llamada “globalización desde abajo”); y ii) del antagonismo social (gracias a la fractura del mundo en dos campos antagónicos propiciadora de las concesiones recíprocas entre el capital y el trabajo y el desarrollo de modelos nacionales de progreso social38) al plano de las relaciones internacionales, es decir, entre sistemas estatales; plano en el que ahora el miedo social cambia —con la globalización financiera— de campo, siendo el trabajador el que teme por su situación y futuro. Si la posibilidad de revertir —en mayor o menor medida— estos últimos retrocesos parece desde luego factible, no sucede lo mismo necesariamente con la involución que supone la llamada posdemocracia, toda vez que ésta parece que ha pasado a formar parte del mundo actual. En suma, en el escenario que resulta de lo hasta aquí dicho y en el que la condición humana queda suspendida entre dos universos —uno global, el otro local—, de lógicas distintas: el primero caracterizado por una gobernanza de esencia económico-financiera que impone sus reglas al segundo, obligado así a gestionar las consecuencias sociales que de ellas derivan; reglas que —con indiferencia para tales consecuencias— tienden a establecer un nuevo orden que se ofrece como propio de la naturaleza misma de las cosas, difícilmente comprensible para el común de la gente, no sometido a la democracia, inductor de individualización de las condiciones de vida, productor de una sociedad en estado de evolución continua (su estado normal es una transición constante) y determinante de inseguridad ante las contingencias vitales. El
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Conforme a É. Balibar, op. cit. en nota 12, págs. 94 y 95, los programas de reformas sociales se concibieron y ejecutaron al interior de las fronteras nacionales, es decir, al amparo de la soberanía nacional, pero los derechos sociales acabaron universalizándose como condición de superación de las contradicciones internas y externas del Estado-nación que se hizo posible tras la experiencia traumática de la guerra total en las dos guerras mundiales del S. XX. Se explica así el nexo —en lo estatal— de lo nacional y lo social y la conversión prácticamente de lo primero en presupuesto de lo segundo.