JUAN-LEÓN HERRERO
RESCATAR LA IGLESIA, RECUPERAR LA UTOPÍA
tirant lo b anch Valencia, 2007
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Índice Propósito ............................................................................................................
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I. EL HOMBRE CONDENADO: ¿UN PANORAMA SOMBRÍO? A) ¿Un pesimismo ineludible? ............................................................. 1. La historia: el precio humano del progreso .............................. 2. El presente: la amenaza sabida y silenciada .............................. B) La voz de los sin-voz ....................................................................... 1. Receptividad e inconformismo ................................................ 2. Movilización y denuncia crítica ............................................... 3. Renuncia y voluntad de compartir ...........................................
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II. LA HUELLA IRREPRIMIBLE 1. Los datos de la esperanza: lectura positiva de la historia ......... 2. Una fuerza incontenible: el horizonte utópico. ....................... 3. La palpación del misterio ......................................................... 4. La propuesta de Jesús ................................................................
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III. LA IMPOTENCIA DE UN HOMBRE, FUERZA DE LA HUMANIDAD 1. De la «noticia» de Jesús al «encuentro» con él .............................. 2. Del individuo «cautivo» al hombre «liberado» ............................. 3. De una humanidad «enfrentada» a una comunidad «fraterna» .....
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IV. NUESTRO MUNDO Y NUESTRA FE 1. La cuestión social ............................................................................ 2. La cuestión ecológica ...................................................................... 3. Los retos a la fe cristiana .................................................................
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V. LA PROPUESTA DE JESÚS: EL SEGUIMIENTO 1. Los rasgos vitales de Jesús ............................................................... a) Comensalidad abierta ............................................................... b) Intimidad con Dios y su misterio ............................................. c) Perdón incondicional ............................................................... d) Anuncio y presencia del Reino de Dios ................................... 2. Su llamada al seguimiento ..............................................................
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VI. EL SEGUIMIENTO DE JESUS EN EL MUNDO ACTUAL 1. Los ejes de nuestra sociedad ........................................................... 2. La rebeldía cristiana ........................................................................
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3. Recuperar la utopía, rescatar la Iglesia ........................................... A) La triple tarea ........................................................................... 1. Des-centralizar ................................................................... 2. Des-jerarquizar ................................................................... 3. Des-clericalizar ................................................................... B) Seis actitudes irrenunciables: ................................................... 1. Lugar de acogida indiscriminada ....................................... 2. Asumir el riesgo del perdón ............................................... 3. Privilegiar al débil y al sufriente ........................................ 4. Transparentar la verdad ..................................................... 5. Celebrar el gozo del compartir ........................................... 6. Caminar en un seguimiento ecológico ..............................
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VII. EL PUEBLO QUE CAMINA: LA COMUNIDAD UTÓPICA 1. La necesidad del otro en el acceso a Dios ...................................... A) Datos cristianos básicos de una fe compartida ......................... B) El hombre Jesús ........................................................................ 2. La definición de lo cristiano y la evolución de las iglesias ............. A) La identidad del discípulo ........................................................ B) La comunidad de seguimiento .................................................. 3. Dios se hace carne en la parroquia ................................................. A) Los principios generales ........................................................... B) La incorporación a la comunidad ............................................. C) La celebración del misterio ...................................................... D) El servicio mutuo, la opción por los pobres .............................
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EPÍLOGO. Reividincación de la utopía .....................................................
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Bibliografía ....................................................................................................
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Índice
Propósito Quiero contarme entre esa multitud de creyentes, para quienes la propuesta de Jesús no es una fácil coartada y un modo de pretender asegurarse la vida futura, después de haber procurado gozar al máximo de la presente sin importar el precio; sino un auténtico desafío a nuestra natural tendencia a la instalación, al acomodamiento y al conformismo. Y, con ellos, sufro al comprobar que la actual iglesia institucional, obsesionada por recuperar esplendores pasados e influencia social, así como por convocar a fenómenos de masas y canonizaciones solemnes (alguna, muy reciente, totalmente inoportuna), se muestra temerosa de sacar las consecuencias últimas del evangelio transmitido, y presa de modos, planteamientos y estructuras apropiadas a otros momentos históricos, ofrece a los ojos de observadores imparciales y de cristianos sinceros una triste imagen decadente y nostálgica, de la cual la mayoría de sus pastores no quieren apercibirse y otros se empecinan obstinadamente en negar contra toda evidencia, atrincherándose en sus palacios y llegando a perder el sentido de la realidad. Con frecuencia incluso pretenden apuntalar ese edificio con actitudes y recelos victimistas, propiciados por un entorno interesado de hábitos feudales. Y quede claro, insisto, que digo esto desde el dolor que produce el comprobar los inmensos recursos del momento histórico actual para fomentar el verdadero seguimiento de Jesucristo, el cual sólo puede propiciarse en un horizonte utópico de auténtica libertad, igualdad y fraternidad, en perspectiva universal y gozosa, desde la propia realidad personal y la vinculación militante a ese discipulado instituido por Jesús. Si la comunidad de seguidores del crucificado llegó un día a considerar necesaria su institucionalización, no fue para dominar mejor y ejercer un poder absoluto, sino para que ella sirviera de instrumento eficaz en su tarea de proclamar el evangelio del amor y servir al prójimo, convirtiéndose visiblemente en portadora de salvación. Cuando, por tanto, esa misma institución se convierte hoy en obstáculo (no tanto por ella misma cuanto por la voluntad de quienes la dirigen), se impone ejercer la crítica, cuya necesidad en la comunidad cristiana es inapelable, y reclamar el cambio: constatar crudamente la situación y sus defectos para animarnos y exigirnos Propósito
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unos a otros rescatar a la iglesia —la comunidad de seguidores de Jesús— de su propio cautiverio. Estoy convencido de que hay una dimensión humana de profundidad, que nos sitúa ante el misterio de nosotros mismos y de la realidad. Y que esa dimensión, sin desvelar el misterio, ha quedado definitiva e insuperablemente perfilada por ese hombre Jesús, cuyos títulos cristológicos, en el fondo, sólo pretenden anunciar eso. Y creo, y por eso no oculto mi fe cristiana, que ese misterio en el que definitivamente nos instala Jesús, el cual nos lo ofrece como un desafío, tiene que ver con la realidad personal de un Dios, padre suyo y nuestro, que en su complejidad para nuestra limitada finitud, hemos de denominar trinitario. Pero de un modo indisociable e indisoluble con ello (tal como afirmamos indisociable e indisoluble su persona humano-divina), creo, porque así nos lo ha presentado él mismo, que no existe Dios sin el hombre, y que jamás accederemos a El y a su misterio (mi misterio y el de la realidad), si no sabemos descubrir la comunión con el hermano. Reconozco también ese impulso —dado con la percepción profunda del misterio— a rendir culto y adorar, a quedarse extasiado ante él y necesitar recogerse en la más íntima de nuestras estancias para contemplarlo y dejarse penetrar por él; pero no puedo dejar de escuchar la propia palabra del mayor de los místicos, del más profundo asceta, del auténtico y único «iluminado», que nos dijo con obras y palabras —con el testimonio de su vida y de su muerte y con la luz de su resurrección—, que tal recogimiento y oración, para ser «cristianas», para poder hacerse en su nombre, sólo alcanzan sentido cuando revierten en servicio, en entrega al otro, en opción por los pobres, en palabra liberadora de perdón y salvación, y en gozo por un compromiso solidario; y que pierden su supuesta referencia a él, cuando se desgajan de la praxis y de la vida supuestamente «profana», constituyendo un círculo sacral impenetrable o un compartimento estanco aparentemente justificado por sí mismo. Si alguien encuentra, pues, en este libro palabras duras o críticas en apariencia desmedidas, que analice —al margen de que las palabras le parezcan más o menos «convenientes»—, si obedecen o no a la triste realidad de nuestra institución eclesiástica (los datos concretos de cualquier cristiano sincero irían más allá de lo que yo digo); y, una vez hecho eso, si le siguen pareciendo excesivas, sepa que no proceden de ningún tipo de odio, rencor o enemistad; sino, en todo caso, si se me permite, del apasionamiento.
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I. EL HOMBRE CONDENADO: ¿UN PANORAMA SOMBRÍO? Los autores del libro del Génesis comienzan su relato con un optimismo desbordante, situando al hombre en el marco de una realidad paradisíaca. Pero esa imagen gozosa y ese horizonte dichoso quedan irremediablemente truncados tan solo unos versículos más adelante al introducir los mismos autores el panorama sombrío e inevitable del pecado y de la muerte. Se viene a decir que nunca el hombre ha conseguido llegar a serlo. Ciertamente, el autor no se conforma con la negatividad humana, con la constatación existencialista de estar «condenados a ser libres» o de ver al ser humano como «digno de desprecio»; pues desde la primera constatación de la miseria humana, afirma también (verdadera inspiración) un horizonte de promesa y de utopía, de aplastamiento definitivo de la perfidia humana, convirtiendo el posteriormente acuñado pecado original en causa eficiente de salvación y en proto-evangelio (felix culpa). Pero esa esperanza, ínsita en lo humano, ya no es de cosecha propia, sino —como la creación original— divina. La absoluta e infalible confianza en el porvenir se apoya solamente en Dios, y no en el propio hombre. Situémonos por el momento, como el autor del Génesis y como tantos impulsores de las diversas actitudes religiosas surgidas a lo largo de la historia, ante la simple descripción de la realidad tal como la vivimos y experimentamos esta peculiar especie que constituimos los humanos. Observemos y analicemos nuestra vida individual y colectiva desde ese inquietante y obsesivo desafío, el cual podemos silenciar y hacer enmudecer en ocasiones, pero que al final reaparece de modo irremediable sembrando nuestra existencia de interrogantes y depositando en ella decepciones, amarguras y fracasos: ¿a dónde dirige la humanidad sus pasos?, el hombre ¿tiene futuro?, la especie humana, culmen de la creación ¿será la única capaz de autoaniquilarse? Ciertamente, no se trata de ser agoreros o alarmistas, alumbrados en los albores de un milenio. Al contrario, quitemos a estas preguntas todo su contenido retórico y toda su frecuente carga demagógica y quedémonos desnudos, sin prejuicios, ante su simple carácter cuestionante,
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ante la sencillez y simpleza de su interrogación: ¿cuáles son los datos reales para un futuro humano? Junto a los colosales logros del hombre, no dejan de aparecer constantemente las sombras de la duda. Tal vez es precisamente la ilimitada capacidad del hombre la que nos llena de incertidumbres.
A. ¿Un pesimismo ineludible? Aunque nadie pone en duda el prodigioso desarrollo de la especie humana, y hasta qué punto el esfuerzo por mejorar las condiciones de vida sobre la tierra nos ha permitido alcanzar un grado de progreso y bienestar tan grande que parece justificada una actitud optimista respecto al comportamiento humano y al futuro de nuestro mundo, la ambivalencia de tales resultados más bien puede alentar una visión pesimista del hombre y de su historia. Pues sus lados oscuros tantas veces silenciados, los intereses ocultos inmisericordes, y la increíble dosis de dolor, sufrimiento y amargura de tantos inocentes, sacrificados para alcanzar nosotros tales metas, son un precio demasiado caro. Y no se trata únicamente de la capacidad de destrucción y de la violencia que ha acompañado nuestra historia desde sus orígenes. Sino que hay algo más radical: esa patente impotencia para exterminar el mal, tanto evitándolo en nuestro comportamiento individual (quizás menos decisivo en cuanto a sus repercusiones sobre el resto de la humanidad), como eliminándolo de nuestros proyectos colectivos (sórdidamente manipulados por intereses hegemónicos en términos de poder y de economía, de dominar y de poseer). En el fondo, es ésa la evidencia que movió a S. Agustín a acuñar el término de pecado original con el único propósito de dar curso teológicodogmático, dentro de los esquemas conceptuales de su tiempo, a eso que la finura y perspicacia de los hagiógrafos había inmortalizado en el relato de una serpiente. Porque es evidente que su forzosa desmitologización no nos permite, sin embargo, concluir la falsedad de su mensaje. Más bien al contrario, por poco que analicemos nuestra vida y nuestro entorno nos descubrimos siempre inmersos en una red invisible de complicidades y culpas solidarias, cuyas consecuencias son el sufrimiento ajeno. La cara oculta del hombre civilizado y de nuestra sociedad próspera es bien conocida.
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1. La historia: el precio humano del desarrollo y el progreso Los datos de la historia no solamente atestiguan el itinerario que ha conducido a la autonomía del hombre respecto a la naturaleza, a la conquista de las libertades del individuo y a la independencia de los pueblos; sino que también nos alertan sobre el coste de esos logros, el precio pagado, y nos muestran el reverso aterrador de esa historia triunfal. Es la historia de los vencidos, la tragedia de las víctimas, la sangre de los sacrificados, que clama al cielo, pero que, en apariencia, ha sido vertida inútilmente o, al menos, con una abundancia y brutalidad desmedida e innecesaria. El problema de la teodicea no es únicamente el problema de la justificación de Dios, sino que es, por encima de todo, el interrogante lanzado por la cruda realidad al conjunto de nuestras pretensiones, a ese horizonte paradisíaco deseado y proclamado en cuyo seno se inscribe (posiblemente a posteriori) el problema de Dios para el creyente. Si desde la perspectiva judeo-cristiana la historia del Antiguo Testamento es, entre otras cosas, la historia de la infidelidad del pueblo elegido, de la frustración del plan de Dios por causa de la mala voluntad humana, de su perversión (es decir, de la traición del hombre a su destino); también la historia universal, la mera historia de la especie humana, a cualquier nivel que se la observe, constituye, entre otras cosas, la impresionante muestra de lo ilimitado de la crueldad humana. La violencia está arraigada en la estructura más íntima de lo humano y aflora constantemente en nuestra historia individual y colectiva, de modo que el precio del progreso y de esa carrera sin fin hacia la dignidad humana y al respeto absoluto de todo individuo, resulta escandaloso. Insistir en la historia del sufrimiento, en la memoria de los vencidos, en el homenaje a las víctimas, nunca podrá hacer justicia a quienes han sufrido la crueldad y el desprecio de los vencedores, de los cuales los supervivientes actuales somos, de alguna manera, herederos directos, beneficiarios de sus triunfos. Tal vez, como dice Paul Bruckner, la repugnancia y escalofrío que nos producen las masacres indiscriminadas, violaciones y limpiezas étnicas, represión y torturas por los aparatos del Estado, todavía practicados por algunos de nuestro contemporáneos, a los que consideramos primitivos, subdesarrollados, «tercermundistas», o, simplemente, locos perversos, nos indignan tanto porque, además de mostrarnos hasta qué límites puede llegar el desprecio por los semejantes, ponen ante nuestros ojos nuestro propio pasado. Pues ha sido a sangre y fuego, aniquilando pueblos y silenciando adversarios, con la intimidación y el soborno,
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como hemos forjado este mundo y esta sociedad triunfadora, en la que ahora tan a gusto nos encontramos, disputándonos los primeros puestos y los privilegios más sofisticados. Ellos, los tiranos y asesinos de nuestro tiempo, nos hacen ser testigos de una historia —la nuestra— que pretendemos olvidar, porque si la tuviéramos presente sería difícil eludir la amargura, casi la desesperación, de vivir a costa de tanta sangre injusta e impunemente derramada. Que los intereses egoístas, pocas veces reconocidos dado su carácter de injustificables, han jugado el papel de motores decisivos (y lo juegan también hoy), y determinan la historia humana es algo ineludible y constatable a un triple nivel: 1.- como intereses económicos, cuyo agente intermediario, el dinero, dicta normas y comportamientos, estableciendo las pautas reales que movilizan los recursos naturales y humanos; 2.- como intereses políticos, o, mejor dicho, de lucha por el poder, como pretensión insaciable de dominio y de imposición del propio parecer sobre el de voluntades ajenas; y 3.- como intereses egolátricos, es decir, de búsqueda y adoración de sí mismo a cualquier precio, de «voluntad de placer», en lo que implica de olvido del otro y de legitimación de toda búsqueda de más y mejor. Y esta constatación no puede quedar empalidecida o ser ignorada por otra evidencia constatable: que también los ideales del individuo, las doctrinas ético-filosóficas, los comportamientos colectivos asumidos implícita o explícitamente, y los planteamientos religiosos han influido e influyen decisivamente en el desarrollo de la humanidad. Precisamente el hecho de que estos aspectos «positivos» puedan verse influidos, manipulados e incluso peligrosamente contaminados en su propio desarrollo por aquellos otros intereses muestra con toda claridad la realidad de ese «dato negativo» de lo humano y de su historia. En resumen, podríamos decir, que, de una u otra forma, con mayor o menor dosis de inocencia o de culpabilidad, como lucha por la supervivencia del individuo, de la especie o de la tribu, como rivalidad entre los pueblos o competencia entre los sujetos (darwinismo, evolución, historia de las civilizaciones, etnografía, etc.), la violencia y la crueldad se sitúan en el corazón de la historia. Es decir, no se trata de algo accidental que aflora puntualmente en ocasionales discordias, sino que se presenta como su propio impulso, como un componente esencial, inseparable de su dinámica. Quizás con ello se manifiesta palpablemente, entre un sinfín de cosas, que la
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inteligencia humana parece fatalmente condenada a convertirse en sierva de la codicia; y la desconfianza, el miedo al otro y a los otros, en justificación de la opresión. Al menos habría que decir que se suscita tal interrogante.
2. El presente: la amenaza sabida y silenciada Si la mirada retrospectiva a lo que ha sido el pasado y la historia no nos permite saltar de alegría al comprobar el tributo humano (véanse los lamentos «después de Auschwitz» y los del «después de Hiroshima»), tampoco parece que el presente, y el futuro al que apunta, merezcan ser juzgados con mayor optimismo, salvando las distancias. Desde luego, no hay duda alguna de que esos triples intereses, calificados por nosotros de económicos, políticos y egolátricos, pero susceptibles de otras catalogaciones, no son algo sólo del pasado y están ya olvidados. Porque además de haber forjado y decidido los avatares de la historia, siguen hoy rigiendo nuestro mundo y siguen comprando voluntades, secuestrando la verdad, disfrazando con astucia su altivez y su desprecio del que piensa distinto, y justificando con pretensiones de derecho y de prioridad el olvido del otro. Es incuestionable que el grado de desarrollo de la conciencia ciudadana y la consideración del valor y dignidad de la persona no tienen parangón si contemplamos la historia. Y también es cierto que la sensibilidad y el aprecio de la libertad son casi universales (aceptémoslo así, en líneas generales, sin pararnos ahora a interrogarnos sobre cómo son vividos en los países o culturas «no occidentalizados» ni sobre la «unilateralidad occidental» y su cinismo a la hora de establecerlos en convenciones, declaraciones y tratados). Añadamos incluso que las movilizaciones internacionales con motivo de catástrofes o desgracias de cualquier tipo desencadena una respuesta solidaria sin precedentes, impensable hace solamente unos años, y pone al servicio de los afectados, sin ningún tipo de discriminación en principio, todos los recursos del progreso y de la ciencia. Pero a pesar de todos estos signos, no son menos ciertas las constantes llamadas de alarma, a las que ya nos hemos acostumbrado en los últimos tiempos, y que nos muestran palpable y «científicamente» el estado actual de la naturaleza y de la sociedad y las perspectivas sombrías que se apuntan. Repasemos con brevedad.
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Capitalismo y globalización La industrialización y el consecuente desarrollo de la economía en los siglos XVIII y XIX, que catapultó a Occidente en la línea de un progreso y «crecimiento» exponencial, aportó también una masa de desheredados, de explotados, como nunca se había conocido, y un grado de miseria sin precedentes. El canto a los logros y rendimientos increíbles de la tecnología con su aplicación de la maquinaria a la industria, resonaba en paralelo a la marcha fúnebre por el avance que supuso en acrecentar la intensidad del sufrimiento humano. Ahora ya no se trataba de la crueldad de una violencia ejercida directamente por el amo al esclavo o el señor al siervo, sino de la mano oculta de la producción y el mercado, tan elogiada porque regulaba «objetivamente» una suerte de armonía preestablecida entre los intereses egoístas del mercado. Esa mano oculta al convertirse en la quintaesencia de una providencia inocente y, así, en intermediario impersonal de las relaciones de producción, diluía y oscurecía la responsabilidad directa y la culpabilidad de los explotadores respecto a un proletariado despreciado y machacado en las minas y en las fábricas1. La degradación humana que supuso el nacimiento del capitalismo es apenas creíble cuando uno se asoma a los datos e informes de aquella época. Esto, que pertenecería al anterior apartado, como algo referido al «pasado», lo cito aquí como mero pórtico ilustrativo de una realidad que persiste en nuestra época: la miseria y la explotación siguen existiendo en nuestros días (aunque procuramos relegarlas a otras latitudes), alentadas por un capitalismo feroz, que no busca sino derribar fronteras (siempre ajenas) para ser más «competitivo», es decir, más explotador del pobre y más monopolizador de los beneficios del progreso, más acrecentador de las diferencias y más indiferente ante las víctimas de sus extorsiones y de sus saqueos. Díganlo si no las patentes para la explotación de recursos y patrimonios genéticos, la supresión de aranceles y búsqueda de privilegios que hunden la economía de los menos poderosos bajo el pretexto de una competitividad hecha imposible, el sometimiento de la ciencia, de la técnica y de la política a la ley del
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Es preciso insistir en que frente a la perniciosa teoría de la «mano invisible» hecha célebre por Adam Smith, considero El Capital de Karl Marx (al margen de su valor como análisis económico o “crítica de la economía política”) un monumento levantado para dar constancia de ese precio pagado por la gran masa humana de trabajadores esclavizados, al presentar los datos irrefutables de los propios informes e inspecciones oficiales.
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máximo y más pronto «rendimiento» (beneficio) con una falsa apariencia de igualdad de oportunidades, la anulación del libre juego de la competencia cuando perjudica a los más fuertes, etc. Todo esto es importante para el «correcto» funcionamiento de nuestra sociedad; las personas y pueblos expoliados, manipulados y corrompidos, no. El esquema perdura, pero hemos aprendido a alejar de nuestro entorno más próximo sus consecuencias desagradables y relegar a otros «mundos» (Tercero, Cuarto), la cara oculta de esta opulenta sociedad que nos deslumbra, encubriendo su carácter depredador y desconsiderado con un engañoso maquillaje de asistencialismo organizado, obras sociales y ayuda al desarrollo, incluidos en los presupuestos y previsiones de toda empresa, sociedad o institución pública o privada, tal como se incluyen también los gastos en publicidad, propaganda y marketing, o las pérdidas imprevistas por robo, desaparición o destrucción de mercancías: prever los gastos hace que puedan incorporarse previamente al precio del producto… Las tendencias persistentemente expansivas del capital, en cuanto a beneficios y mercados, y la fuerza de los intereses que subyacen al fenómeno de la globalización no parecen buenos augurios para una gran parte de la humanidad (la más numerosa), y no permiten vaticinios muy optimistas2.
Los rostros de la miseria Hasta la miseria llega a convertirse en espectáculo productivo y es usada por el club de los privilegiados para sus propios fines. También la miseria vende. Así, se capta la audiencia y se intenta arrebatar espectadores a otros programas competidores organizando maratones televisivos, se organizan campañas publicitarias para decir a los consumidores cómo el comprar los productos de determinada marca o el hacerlo en determinados establecimientos o suscribir determinadas tarjetas de crédito es la mejor muestra de solidaridad, porque el fabricante, comercio o banco en cuestión se ha comprometido a dedicar el 1% a un fondo de ayuda al desarrollo o a una organización ejemplar; o se patrocina un desfile de modas con el sano y ejemplar propósito de recaudar fondos para una causa tan justa como la de vestir al desnudo. El mensaje es vergonzosamente claro: se ha descubierto el remedio para la miseria y se deben invertir los patrones: cuanto más
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V. del Foro Ignacio Ellacuría, La globalización y sus excluídos, Verbo Divino (Estella), 1999
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consumas, más dinero para eliminar la pobreza. La responsabilidad es tuya: consume y acelerarás el fin del sufrimiento de los inocentes. Naturalmente, no voy a detenerme ante la repugnante tarea de rebatir la falacia e indecencia de tales argumentos y denunciar la vergüenza de un asistencialismo usado en beneficio propio. Ni tampoco a analizar de qué modo esta manipulación de las cosas contribuye a que el movimiento social que desembocó en los últimos años en una prometedora red de solidaridad mundial canalizada por las ONGs se esté convirtiendo en un nuevo mercado a la búsqueda de proyectos y subvenciones oficiales de las que nutrirse. Lo que ahora me importa, simplemente, es constatar cómo todo ello es índice de la realidad del sufrimiento de millones de seres humanos, y cómo eso es algo que ya no puede ocultarse, pues no se trata de cálculos pesimistas o de hipótesis de futuro amenazadoras, sino de un presente del que nosotros, los países industrializados, desarrollados, los socios del FMI y del Banco Mundial, del G20, de la OMC, etc. somos los impulsores y, en consecuencia, los responsables. Somos la locomotora del mundo. ¿De qué mundo?: del único injusto y desigual mundo actual, donde se engendra miseria, injusticia, sufrimiento y muerte. Los medios técnicos, los increíbles logros de nuestra industria, los recursos inimaginables de que nos hemos justamente dotado con nuestro trabajo y el esfuerzo humano acumulado de generación en generación, nos juegan esa «mala pasada» de hacernos accesible y presente lo que antes se encontraba oculto y tan distante, que podíamos «ingenuamente» ignorar. Nuestro crecimiento ha sido posible no sólo gracias al sufrimiento de generaciones anteriores, cuyos recursos eran más limitados, sino también (desde que el sistema capitalista impones sus tendencias expansivas), porque ha causado y causa, simultáneamente, la ruina y el empobrecimiento de la mayor parte de nuestros contemporáneos. Por poner un símil deportivo, no se trata de una limpia carrera de obstáculos, en la cual cada paso por la línea de meta completando una vuelta más, permitiera a los corredores que la traspasan dotarse de mayores comodidades y fuerza para la vuelta siguiente, y en la cual aunque unos llegaran antes y con mucha ventaja sobre los siguientes, hasta el punto de doblarlos repetidamente, todos pudieran alcanzar los beneficios prometidos a su paso por la línea de meta, gozando de los privilegios correspondientes, aunque con retraso respecto a los primeros, que ya la habrían traspasado varias veces. No es ése el caso. Se trata, llanamente, de que la mayor parte de los atletas no llegará nunca porque no puede correr; mejor, se les impide hacerlo, pues en ese supuesto estadio el club de los triunfadores y avanzados decidió cortarles las piernas y apostarlos
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delante de los diversos obstáculos, de modo que, usándolos como trampolín, les fuera a ellos más fácil y accesible superar tales barreras; de esta formas se eliminaron competidores y se aseguró un mejor reparto del premio a todos los que ya llegaron una y otra vez, favoreciéndoles aún más con lo expoliado. Eso sí, cada vez que se completa una vuelta del imaginario estadio se puede comprobar cómo los irremediablemente derrotados, ésos que nunca llegarán porque les han cortado sus miembros y que son la palanca que permite superar con comodidad los obstáculos, se hunden progresivamente al ser pisoteados por quienes les doblan una y otra vez, enterrándoles literalmente bajo sus botas y enclavándolos cada vez más profundamente en la que será su propia sepultura. Los datos y cifras están al alcance de cualquiera y reclaman periódicamente nuestra atención desde los medios de comunicación con motivo de las circunstancias más diversas: jornada mundial de la salud, declaración de año internacional contra la pobreza, publicación de los informes anuales del PNUD o de la UNICEF, etc. Y también en ocasiones su actualidad es provocada, desgraciadamente, por catástrofes súbitas, que vienen a incrementar el sufrimiento de determinadas poblaciones ya deprimidas, en forma de hambrunas, violencia étnica y oleadas de refugiados, epidemias inesperadas, o desgracias similares. Cualquiera de estos tristes acontecimientos nos refresca la memoria sobre la suerte de millones de personas. Y los periodistas encargados de hacerlo no olvidan (como buenos profesionales) bucear en los indicadores y estadísticas de los organismos internacionales e instituciones oficiales, para que percibamos bien y en sus términos reales lo escandaloso del espectáculo que sucede a nuestras espaldas de modo habitual. Naturalmente, que a fuerza de repeticiones y de la encomiada batalla o guerra informativa por presentar las cosas del modo más «impactante» posible (juego en el que parecen ir cayendo irremediablemente incluso las ONGs más prestigiosas al objeto de captar socios o donadores y recibir ayudas a base de ir contando los cadáveres apilándolos al ritmo de los segundos de publicidad transcurridos), todo parece diluirse en una especie de inocencia individual y culpa colectiva difusa e imposible de erradicar porque funciona como una maldición o un fatalismo. Lamentablemente, ese privilegio informativo de nuestra sociedad solamente nos aporta una cierta dosis de consciencia sobre el mundo que construimos, pero no llega a hacernos percibir el grado de responsabilidad que tienen en ello los propios pilares sobre los que edificamos este mundo, en el que la publicidad ayuda a comprar y vender todo, y en el que el afán de protagonismo empuja a muchas
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organizaciones no tanto a la solidaridad auténtica y a la promoción de otros modelos y actuaciones más igualitarios, como a pretender presentarse como la ONG más solidaria, más ejemplar, y —si fuera posible— con mayores ingresos, para poder así hacer más bien y ayudar más que las otras. Así, con frecuencia, el motivo de anuncios apelando a la solidaridad con los excluidos y marginados no es otro que el recaudar más fondos para ocupar un puesto más alto en el ranking de ONGs o de instituciones de ayuda (Agencias de Ayuda Internacional, Organismos de la ONU o Asociaciones Internacionales), y disponer así de más recursos que las organizaciones competentes, para poder presentar un Informe Anual con más proyectos que las demás. Demasiadas veces todo se convierte en una muestra de fotografías escalofriantes, cifras increíbles, moralismos engañosos y manipulación de sensibilidades. Con ello hemos acabado por habituarnos a poseer una mala conciencia al respecto, la cual procuramos que esté habitualmente adormecida y latente, como si se tratase de la gastritis que prevemos después de una comida pantagruélica, a la que no pensamos renunciar por esa molestia posterior. O la resaca bien conocida, que no nos impedirá beber más alcohol del que somos capaces de metabolizar, y queda así asumida como uno de los ineludibles efectos secundarios, desafortunadamente inevitables, pero indudablemente asumibles, que acompañan a cualquier tratamiento, y cuyo desagrado no es nunca motivo suficiente para renunciar a él; pues también en este caso, como en el de la salud, sólo pensamos en nosotros mismos. La situación actual del «otro mundo» (o, más bien, de «los otros mundos», porque no pueden parangonarse los distintos y variados escenarios de la miseria en nuestro globo terrestre), no albergan dudas: la miseria y el subdesarrollo, como el paro, no son epifenómenos del sistema, accidentales y pasajeros. Hemos conseguido que se hayan institucionalizado y sean estructurales. En otras palabras, son algo que conlleva nuestro sistema económicosocial-político. Ello nos exime de buscar chivos expiatorios, tarea siempre ingrata (¿quién va a ser el culpable?: nadie! ), difumina nuestra mala conciencia (¿qué vamos a poder hacer nosotros?: nada! ), y evita la toma de decisiones (¿cómo pretender cambiar el mundo?: imposible!). Hemos, pues, de aceptarlo resignadamente como un inevitable subproducto del sistema (ese espectro invisible y misterioso cuya mano actúa providentemente). Hay una respuesta obvia a todo esto y que es tachada, obviamente, de ingenua e infantil: si nuestro sistema es injusto y asesino, y pretendemos un mundo justo y fraterno, ¿por qué no ensayamos otro sistema? Pero ya se sabe: a pesar de lo que aconseje el médico hay quien no acepta el cambio de 20
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régimen, sigue comiendo lo mismo y no renuncia al bicarbonato… Aunque en el terreno de la propia salud siempre se esté dispuesto a ensayar nuevos métodos, incluso a título experimental, porque nuestra vida, ésa sí que merece asumir cierto riesgo por salvarla; pero la ajena… ésa no es asunto nuestro. Como mero indicativo de todo esto me limito a constatar cómo ese subdesarrollo institucionalizado, estructural, de los países más empobrecidos3 se evidencia en tres fenómenos condicionantes de sus problemas y de los que nuestro modo de producción y nuestra mundialización son responsables directos: 1) La DEUDA EXTERNA, como causa constante de recesión y pobreza, responsable de que esos países se encuentren ahogados, sofocados económicamente y condenados a un estancamiento y empobrecimiento progresivo, dentro de un círculo vicioso difícilmente superable con la explotación de sus recursos, siempre hipotecados; 2) La CORRUPCIÓN, como consecuencia de y medio para su expoliación, su explotación, y su saqueo por parte de compañías transnacionales y de imperios económicos con total impunidad. Buscar la connivencia de autoridades corruptas, que venden la riqueza nacional a costa de sus pueblos, y se muestran insensibles ante el sufrimiento de sus propios hermanos, sobornándolos con unas buenas cuentas corrientes y posesiones en el extranjero, ha sido y es una política de empresa segura y barata; 3) La DESESTRUCTURACIÓN, tanto personal como social, que ha supuesto y sigue suponiendo el desembarco de Occidente con su modelo impositivo, y que ha arruinado sociedades y pueblos no sólo económicamente, sino también culturalmente. En íntima relación con la corrupción, puede decirse que no ha habido gobierno dictatorial, maquinaria de terror o abuso de poder, que no haya sido propiciado, protegido y mantenido (o consentido y valorado como aliado oportuno y controlable) por los intereses de los países poderosos. Famosos escándalos nos lo recuerdan.
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Me sumo a quienes se resisten a llamarlos pobres, porque el mundo del subdesarrollo no se instala en países pobres, sino en países empobrecidos a causa de la expoliación de sus riquezas, algunas inmensas (que lo pregunten a las empresas que explotan los diamantes y el petróleo de Angola; el coltan, diamantes, riqueza forestal, oro, del Congo; y tantos fáciles ejemplos que pueden multiplicarse). No son pobres por carecer de recursos, sino por la rapiña y el pillaje de las naciones ricas y de las empresas explotadoras.
Rescatar la iglesia, recuperar la utopía
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Todo ello nos muestra cómo nuestro actual sistema de producción y el modelo de sociedad por él impulsado, además de ser perfectible, genera tal grado de desigualdad en la humanidad y promociona un reparto tan injusto, que es imperiosa una actitud de alerta y crítica a su funcionamiento y una vigilancia implacable sobre sus consecuencias, para evitar, en la medida de lo posible, que esa mano invisible que lo gobierna sea el verdugo despiadado que conduce la historia por la ley del más fuerte. Esa actitud vigilante supone una triple gradación: 1) Identificar y asumir las consecuencias negativas del sistema. Hay que identificar los subproductos, o «residuos» del sistema, ésos que parecen inevitables para su funcionamiento y producen los efectos indeseables: barrios marginales, sectores excluidos, delincuencia juvenil, paraísos fiscales y fraude, evasión y drogas, paro, corrupción y amiguismo, manipulación informativa, crimen organizado, soledad y abandono de ancianos, maltrato y violencia irracional, abuso de poder, impunidad de los especuladores, etc. Una vez identificados hay que asumir la responsabilidad y la complicidad en su surgimiento, como primer paso para minimizar sus consecuencias y usar los medios y recursos del propio sistema y su riqueza para paliar tales consecuencias. Sería la pretensión de la «política social» de cualquier gobierno (al margen de los criterios con los que la fundamente, las prioridades que establezca y los medios que emplee). Es fácil comprobar cómo los presupuestos para esta acción social han ido forzosamente en aumento de modo generalizado (desde luego, menos de lo deseable) en todos los países, prueba evidente del aumento de tales «subproductos», de la conciencia de esos residuos presentados como inevitables y nunca eliminados, y, también hay que subrayarlo, de la creciente sensibilidad ciudadana ante ellos y de la voluntad general por hacerles frente y minimizar sus consecuencias (aunque ésta voluntad efectiva esté muy entremezclada con intereses políticos y con manejos populistas de corte electoralista y propagandístico por parte de quienes ejercen el poder). 2) Establecer y potenciar correctores del sistema. No basta con hacer frente a los residuos y subproductos engendrados por la propia actividad del sistema, creando estructuras o actividades encargadas de paliar tales consecuencias negativas, como si se tratara de inevitables efectos secundarios justificados en función del beneficio general. Sino que también es preciso intervenir en los propios mecanismos del sistema, para evitar que lleguen a producirse. Pues su supuesta inevitabilidad es falsa y acompaña a la demagogia de los privilegiados, de los más beneficiados. De ahí que exista también la preco22
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nizada política intervencionista del Estado, a fin de corregir defectos estructurales o de funcionamiento y, sin necesidad de cambiar el actual sistema ni modificarlo en sus grandes ejes, poner límites a sus desmedidos afanes lucrativos y expansionistas (actitud suya de auténtica rapiña) con leyes y dinámicas proteccionistas, que pongan coto a la ley de la selva imperante y a su voracidad descontrolada e irreprimible en apariencia. El problema de tales políticas proteccionistas es que siempre «protegen» a los que ya son los principales beneficiarios del sistema y no a sus víctimas, porque se adoptan en función de las repercusiones en las naciones ya industrializadas, por lo cual, sin discutir su carácter «social», se muestran, en términos «globales», totalmente insuficientes (es el funcionamiento del mercado y el poder adquisitivo de los reales consumidores lo que interesa, no la gran masa de pueblos y masas excluidas y distantes, sin posibilidad de integrarse en el mercado como compradores y consumidores). 3) Promover y ensayar alternativas al sistema. No hay que cerrar la puerta a otras alternativas y modelos, y mucho menos denostar todo modelo distinto al occidental actual y todo intento de propiciar alternativas, apelando al fracaso de otras experiencias o a la indiscutible hegemonía del nuestro (evidentemente, todo modelo es hegemónico hasta que llega la hora de su fracaso). Más bien al contrario, el que puedan existir y hayan existido otros modelos, con sus defectos, es un indicativo de que no hay nada definitivo y de que toda lectura fatalista falsea la historia y ahoga el futuro posible. Crear un modelo productivo y proponer un sistema que no esté basado en la pura ley del beneficio creciente y de la expansión no es una utopía irrealizable sino una alternativa posible, aunque parezca inimaginable a muchos en nuestro mundo desarrollado. La tendencia debería ser que el patrimonio humano sea puesto al servicio de la humanidad, de toda la humanidad (no de una parte de ella), sin ser apropiada por un sector, que goza de ella en el «club de los privilegiados». Son los propios intereses que guían el análisis de la realidad económico-social y la organizan, los responsables de esos parámetros que funcionan como auténticos «dogmas de fe»: el capitalismo es inevitable, es el sistema más perfecto, es el que permite el mayor progreso para todos. Aunque desde estos presupuestos el «fin de la historia» haya sido pregonado por una banda de iluminados ricos y acomodados, tal pretensión demuestra su falacia, su real insulto a la humanidad, y su instinto asesino con un simple paseo por el Africa subsahariana, el sudeste asiático, América latina, o por algún barrio de nuestras deslumbrantes ciudades.
Rescatar la iglesia, recuperar la utopía
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