Marc Pastor Bioko Traducci贸n de Josep Escarr茅 Ilustraciones de Oriol Malet
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Minias lova, Eva
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¿Quién, si no un puñado de idiotas, enviaría a un blanco a un lugar como éste? The Diary of John Holt Oh, desdichados, vosotros que habéis descendido vivos a la morada de Hades; seréis dos veces mortales, mientras que el resto de los hombres sólo muere una vez. Homero, La Odisea, canto XII, versos 21-22 Though nothing Will keep us together. We could steal time Just for one day. We could be Heroes For ever and ever What d’you say. David Bowie, Heroes Hoy has perdido, muchacho, pero no dejes que eso te guste. Indiana Jones y la última cruzada
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WOODSBORO FIELDS CO.
Les llamaban One, Two, Three, Four, Five y Six. No tenían ningún otro nombre porque no debían existir. Varios agentes de la Woodsboro Fields Co. los habían comprado a las parturientas en el momento de nacer. Cuatro peniques mal contados y el dedo índice en los labios, chist, que quede entre tú y yo. Las madres, prostitutas de York, Brighton, Manchester, Nottingham e Ipswich. Mujeres que les alimentarían mal, con leche materna agria, con sabor a hollín, que les criarían como parásitos invisibles, mendigos en un mundo de ladrillos y chimeneas. Cenizas a las cenizas. Sólo tenían una cosa en común: cinco de ellos morirían el 1 de enero de 1901, una mancha de tinta en un registro apretado y desordenado. La Woodsboro Fields Co. les compró otro destino. Les alimentó, les educó y les entrenó. A cambio, una única condición: la fecha de su muerte era inmutable. Si no les mataban antes, y en esta expedición el riesgo era elevadísimo, los agentes de la compañía se encargarían de ejecutar la sentencia el primer día del siglo xx. Pero cinco de ellos no lo sabían. Era imprescindible que no lo supieran. Por eso les habían criado como a hombres autosuficientes, sin necesidad de hablar más allá de lo imprescindible, sin ese miedo tan humano a los silencios. Eran carne de cañón, músculo y obediencia. Por cuatro peniques.
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Hacía una semana que habían zarpado de Portsmouth a bordo del Cassandra. Balanceo de motor y mutis en cubierta. Four se agachó a recoger los botes caídos por el oleaje. Se encargaba de la guardia de noche, mientras Two se aferraba al timón. Los demás dormían. Four tenía las espaldas anchas como el lomo de una ballena. Subió hasta proa, y el aliento del océano le heló el rostro. Comprobó que los nudos no se hubieran aflojado durante el temporal, y cuando se aseguró de que todo estaba en orden, permaneció un rato mirando el horizonte dentado y oscuro, recortado a ráfagas por una luna escurridiza, secuestrada por las nubes que dejaban atrás. El Cassandra era un barco de vapor rapidísimo, capaz de navegar hasta Sierra Leona en la mitad de tiempo que cualquier otro. Allí se abastecerían de alimentos para recorrer el último tramo del viaje. Four se dirigió a la cabina de cubierta para asegurarse de que Two seguía despierto. Al verlo, éste echó un vistazo al reloj del cuadro de mandos: aún faltaban cuatro horas para el cambio de turno. Two, que tenía una cicatriz que le cruzaba la cara, rondaba la treintena. Cuanto más bajo era el número, más viejo era el soldado. Six no llegaba a los veinte. Bajó por las escaleras que conducían a la cabina. Echó una ojeada y se encontró con los ojos abiertos de felino de Three, con las manos cruzadas detrás de la nuca. Four nunca le había visto dormir. Siguió la ronda de rutina hasta la bodega. Allí comprobó que el armamento estuviera en orden. Pistolas y revólveres con las iniciales WF grabadas en el mango, escopetas para lanzar redes, latas de gas clorobenzilideno malononitrilo y armaduras integrales de capas de seda y algodón compactado del doctor George Emery Goodfellow, Arizona. Luego abrió la compuerta y examinó los monos de cuero con bombonas de oxígeno y escafandra que utilizarían cuando llegaran al Punto Cero. Four acarició el suyo lentamente, desde el cuello hasta los guantes. El doctor les había dicho que eran unos privilegiados.
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Que serían los primeros en muchos años en volver al Punto Cero. A aquella remota isla donde, un día de 1472, el explorador portugués Fernão do Pó encontró, en medio de la jungla virgen, a sir Douglas Moriarty.
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OBLEGAREB
I eis escorpiones pequeños, como juguetes de nácar, hacen eses en la arena. Driss agarra al soldado por el pelo y le empuja contra el suelo, el rostro a dos palmos de los bichos, que se detienen, sorprendidos. Una voz ronca y pausada habla en hasaní desde algún lugar de la jaima. A continuación, Driss lo traduce a un castellano crotálido: —Usted engañar familia mía. دقل تعدخ يتلئاع —No sé de qué me hablas, Driss —responde el soldado, que intenta incorporarse. Driss le clava el pie en la rodilla. Si el soldado no grita, no es porque no sienta dolor: el tacto frío del metal a la altura de la carótida ha ahogado su voz. Este mensaje no necesita traducción de ninguna clase: no te muevas. El anciano que está en la penumbra vuelve a decir algo, breve, y Driss libera al soldado de la presión. El soldado aprovecha para coger aire. Mira los escorpiones. Tampoco se mueven. Bien. Quietecitos. Tengamos la fiesta en paz. —Tener suerte que mi padre estar de buen humor —cascabelea Driss—. Siéntate. El soldado se toma su tiempo para obedecer. Inspira con fuerza y el aroma a menta le abre los pulmones. El hedor del cuero, del ganado hambriento y del fuerte sudor de los berebe-
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res aprovechan la ocasión para penetrar en su cerebro. Tose. Tiene hambre y los labios cortados. Agua, intenta pedir, pero no consigue articular palabra. Si hoy está de buen humor, no quisiera verlo enfadado, piensa. Nunca ha hablado con el padre de Driss. Siempre había hecho negocios con alguno de sus siete hijos, y si ahora es el padre quien debe intervenir, es que lo tiene crudo. Sabía que se la jugaba, mierda, sabía que se la estaba jugando. Putos moros. Arena en los ojos. No puede fijar bien la mirada; los lagrimones dejan un rastro de sal en sus mejillas. Hace de tripas corazón. No quiere que piensen que es débil. —Llorar como una niña —dice Driss, sin ningún rastro de humor en su tono. —A ver si va a ser la única forma de que sepas cómo es una mujer... —dice el soldado, y escupe la arena que rechina entre sus dientes. El moro le da una bofetada. Y duele. Es alto, flaco y oscuro como un tronco de roble quemado, con fuerza suficiente como para matar a un león a base de soplidos. Si encontrara alguno vivo, claro, porque esta parte de África es tan árida que ni siquiera se ven leones. El soldado escupe sangre. Driss hace crujir los dedos. Lleva unos anillos que parecen la aldaba de un caserón. Khaled Alhazred riñe a su hijo, y éste le responde de malas maneras. Khaled, sin alzar la voz —parece imposible que este hombre haya podido gritar alguna vez en su vida—, le hace callar. —En nombre de mi padre —Driss baja la mirada—, le pido disculpas. Es mentira, pero le da igual. Puede que sí tenga una oportunidad de salir con vida de aquí. Una entre mil. Khaled vuelve a hablar. Está sentado sobre una alfombra de cenefas que el soldado es incapaz de distinguir en la oscuridad. Una alfombra que ha cruzado el Sahara en innumerables ocasiones, que se ha topado con infinidad de peligros y que ha sobrevivido a las luchas con las tribus enemigas. A pesar de la fama de su tribu, Khaled parece más un viejo comerciante que un
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guerrero. Está sentado con las piernas cruzadas, sus labios siempre pegados al narguile, la gandora azul como un pedazo de cielo caído sobre su cuerpo. Son los hijos quienes lucen el oro en la boca, las joyas en los brazos y la mala leche en las manos. —Mi padre estar muy decepcionado con usted. Pensar que alguien que lleva su nombre sería alguien en quien poder confiar. Dice que no merece llevar el nombre de usted. —Yo no he engañado a nadie, Driss. Dile a tu padre que se equivoca. Que os equivocáis. El soldado sabe que no es cierto. Que ha jugado con fuego y ahora se está quemando. Desde hace tres meses ha estado suministrando armamento a la familia de Khaled. En los primeros encuentros les llevaba pólvora negra mezclada con carbón. Cuando confiaron en él, les llevó dos fusiles. Los Alhazred alegaban necesitarlos para defenderse de las tribus del interior en sus caravanas por el desierto, pero el soldado no las tenía todas consigo, de modo que les entregó dos Remington defectuosos: uno tenía el cañón deformado y convertía cualquier disparo en un espectáculo de pirotecnia, y el otro se encasquillaba después de cada detonación. Pero de eso los Alhazred no se enteraron hasta que el soldado empezó a llevarles munición. Khaled sigue hablando por boca de Driss: —Pensar que teníamos un acuerdo. Que estar usted un hombre de palabra. Nosotros hemos cumplido nuestra parte del trato: le hemos pagado muy generosamente, con ópalos y diamantes. —Diamantes en bruto. No es lo mismo —matiza el soldado. De reojo, vigila que los seis escorpiones no se arrimen demasiado. Driss chasquea los dedos y un esclavo se acerca para entregarle el fusil. Driss lo coge y apunta a la cabeza del soldado, la culata de madera, alargada y fina, casi rozando su nariz. —No es lo mismo —continúa Driss—. ¿Creía que nosotros no disparar? ¿Creía que nosotros no ver que la fusila es mala? —Es el armamento del que disponemos. Pregunte al gobernador.
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Driss vuelve la mirada hacia su padre, como pidiendo permiso para vapulearle de nuevo. Este soldado le saca de quicio. Khaled vuelve a hablar. —Usted venir aquí, con su traje de soldadito, sus maneras بيلاسأب رجاتلا سابلب دينجلا يتأت ىلإ انه de comerciante, su propuesta de negocio, y traicionar nuestra و نوخت انتقث كحرتقم يراجتلا confianza. Usted, como todos sus compatriotas españoles, creer superiores. Piensan que somos ignorantes del desierto y que pueden venir aquí a tratarnos como chiquillos. —Y añade, de cosecha propia—: Yo conocer. Yo pasar mucho tiempo prisionero de ustedes en el norte. Yo ya decir a mi padre que no teníamos que hacer tratos con usted, que estar con los otros. Driss baja el arma y la apoya sobre una de las bab, las maderas que sostienen la tienda. Khaled da una calada al narguile. El sol se va apagando en la entrada de la jaima, y eso acentúa la oscuridad de su interior. Las aberturas de las tiendas están orientadas al este, hacia La Meca, recuerda el soldado, y deduce que si los últimos rayos de sol están desapareciendo y los tres vasos de té que hay sobre una bandeja ya están vacíos, deben de ser alrededor de las cinco de la tarde. Tenía que reunirse con Mhamed, uno de los hijos pequeños, en las afueras de Villa Cisneros. Pero al llegar ha encontrado a Driss y a otros dos moros que le han golpeado, atado de pies y manos y cargado en un camello. Se lo han llevado hacia el interior del desierto, hasta el campamento de Khaled, donde le han mantenido aislado hasta ahora. Con un poco de suerte, puede que sus compañeros de destacamento le estén buscando. En el fondo sabe que no es verdad: en África no te busca nadie. El soldado clava la mirada en el Remington y valora si le daría tiempo a cogerlo y hacer frente a Driss. Éste adivina sus intenciones y lo agarra. —Quizá piensa que funcionar bien. El soldado tiene miedo. Un miedo inmediato, de un riesgo casi palpable. Una emoción más real que aquel miedo vago a embarcarse con destino a las colonias o al runrún nocturno de un ataque enemigo. Un miedo que se mezcla con la sangre en
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la boca, que se arrellana en el rayadillo del uniforme de Infantería de Marina, ahora sucio y arañado, inútil y ridículo como una bandera a la nada. Es consciente de que está lejos de cualquier esperanza de rescate, a merced de lo que quieran hacerle unos salvajes a los que ha querido embaucar de la forma más estúpida. No debería haberles subestimado. —Mi padre decir que él no poder juzgarlo. —Pues dígale que la puesta en escena puede dar lugar a malentendidos. Driss resopla. No tiene la paciencia de su progenitor. Si de él dependiera, el soldado ya sería otra duna en el desierto. Cuando Khaled retoma el discurso, se apresura a traducirlo: —Ustedes, los españoles, se niegan a escucharnos. Creen نوضفرت عامتسإلا انيلإ, متنأ نوينابسإلا que pueden venir aquí, repartirse la tierra y reírse de nosoانه انيلع نودقتعت مكنأب مكنكمي نأ نوتأت ىلإ tros. Su cháchara militar les convierte en sordos. Y los sordos ميسقتل يضارألا و كحضلا son los primeros en caer, porque no oír los disparos. Si aguzaran más el oído ante los bereberes, no tendrían que vivir recluidos en un fortín, con miedo a no ver el sol de la mañana. »Esta tierra ser muy grande, pero no ser suya. Los reguibat no ser suyos. Ser una tribu antigua, guerrera, no esclavos de nadie. Ni a mí corresponder juzgaros. »Usted nos ha traicionado, pero ser un error nuestro haber confiado. Es un soldado: lleva casco, uniforme, botas y va armado. Es un soldado invasor. Y además no ser leal a su gente. Deberíamos haberle matado en cuanto se puso en contacto con Mhamed. Pero él ser joven y usted aprovechar. —Ni siquiera me gustan las armas, Driss. Cogía las que no usaban, porque así no las echarían en falta —miente. —Calle. Mi padre aún no terminar. »Mi padre aprendió de su padre, hace muchos años, cómo juzgar a gente como usted. »La aorf, nuestra ley, no les sirve. Mi padre dudar de la palabra de usted. Él dudar de si usted querer engañarnos o decir verdad. Padre de padre saber cómo resolver duda. »Cuando mi padre ser un chaval, recuerda que alguien robar agua de pozo. El padre del padre encuentra dos hombres
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que poder ser ladrones. Uno era un joven pastor que hacía poco tiempo que se había unido a la tribu, y el otro un amigo muy querido por todos. Los sentimientos del padre del padre no deja dormir. No querer llevar a yemaa, la asamblea que rige nuestra tribu. »Los dos hombres se pelearon y se cayeron por un agujero, donde desaparecer. El padre del padre piensa que un jinn llevárselos. —¿Un jinn? —Un demonio —aclara Driss, que prosigue—: Cuando padre del padre encontrarlos, estar rodeados de oblegareb. —Busca la palabra en castellano—: De escorpiones. Los ahuyentó y recogió los cuerpos, llenos de picaduras. Uno de los dos muere esa noche. —Quieres matarme de aburrimiento —murmura el soldado. Driss no le entiende, de modo que continúa traduciendo al castellano, su castellano, aprendido de los colonizadores, donde cada conjugación verbal se acerca peligrosamente al imperativo: —Oblegareb mata a amigo del padre del padre. A persona amada en quien todos confían. Y deja vivo al joven pastor. Día siguiente, padre del padre descubre que amigo roba agua para llevar a tribu cercana, que amigo traiciona confianza para cortejar joven hija de jefe de tribu. Y padre del padre entiende que jinn ha juzgado. »Cuando padre tiene duda, pide ayuda a Demonio de los Escorpiones. El soldado mira primero a Khaled Alhazred, luego a su hijo Driss y finalmente a los seis alacranes que vuelven a repicar la alfombra, pausadamente, junto a él. Entiende la situación. Y no le gusta nada. Driss acerca el fusil a los escorpiones. Los atiza con el cañón, como si fueran brasas a punto de apagarse. Los bichos se retuercen como llamas y se enfrentan al arma. —Cinco de ellos ser mortales. El sexto no tener veneno —dice Driss—. Coja uno y póngaselo en la mano.
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—Ha sido... ha sido un cuento muy bonito —responde el soldado, con la espalda empapada en una lluvia de sudor y la voz quebrada—, pero seguro que podemos comportarnos como adultos razonables. —Cumpla su destino. —Se pone en cuclillas y muestra una sonrisa amarillenta entre la barba reseca—. ¿Confía usted en su buena estrella, Moisés Corvo?
II Es 9 de febrero del año de Nuestro Señor de 1887. Hace poco más de un año que la tuberculosis ha segado la vida del joven Alfonso XII en el madrileño palacio de El Pardo, a dos mil doscientos kilómetros de distancia de Villa Cisneros, en Río de Oro, el extremo más occidental de África. El pabellón de Infantería de Marina ondeó a media asta en señal de duelo hasta que nació el heredero al trono, su majestad Alfonso XIII. Esta bandera es el único vínculo que une a la colonia —exigua, desmotivada, acorralada— con la madre patria. Por orden expresa del gobernador, el excelentísimo capitán don Emilio Bonelli y Hernando, vestido de procurador en Cortes, con arena en los bolsillos y el sudor empapándole el cuello de la camisa, la tropa destacada en esta playa remota debe mantenerse firme en voluntad y espíritu y hacer sentirse orgulloso al difunto monarca, que ahora nos observa y protege desde el cielo, en paz descanse. Bendita sea la reina regente María Cristina y ayude a que su hijo crezca en la rectitud del espíritu español. Pero el ejército es prolijo en gestos y tacaño en gestas, y parece dudoso que un destacamento de veinte soldados dejado de la mano de Dios despierte el interés de un monarca fallecido hace más de un año. Así que los soldados, a la espera de noticias del espíritu de Alfonso XII, se dedican a pasar los días haciendo instrucción bajo un sol de justicia, edificando el fortín, añoran-
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do sus pueblos de origen, jugando a las cartas y masturbándose como monos. Recluida en tiendas de campaña, la guarnición sobrevive desde hace tres años de espaldas al mar y de culo al desierto, viendo en cada movimiento del moro una amenaza de la harka, el ejército sin rostro que va creciendo y engordando, alimentándose del miedo, y que un día les pasará a todos a cuchillo. La tropa mata el tiempo y los nervios disparando a perros y cabras, a pesar de las advertencias del gobernador de que no tolerará tales conductas. Intentan abatir gaviotas a pedradas y, si ese día hay puntería, ya tienen una comida diferente al habitual rancho de guisos malolientes. Carne seca y astillada de pajarraco, y juerga. Los soldados esperan la visita trimestral del barco de la Compañía Comercial Hispano-Africana, que les provee de cartas, noticias, caras nuevas y aguardiente. Dentro de una semana, el vapor procedente de Cádiz atracará en el puerto de Villa Cisneros, y ellos podrán renovar los votos de obediencia y los barriles de intendencia. El brigada Flores traga saliva —seca, rasposa— antes de llamar al teniente frente a la puerta de lona de la tienda. Espera respuesta. Se sacude unas migas de pan de la pechera del uniforme que se habían mezclado con granos de arena. Esta mañana, el viento sopla muy fuerte desde el desierto. Parece que de un momento a otro el campamento vaya a alzar el vuelo. Desde las torres de vigía a medio construir ni siquiera se ve el poblado. Los soldados llevan las bocas cubiertas con pañuelos, pero no pueden evitar que la arena les entre en los ojos. Nadie dice nada. Cuando el desierto escupe ese aire cálido, rojizo, los hombres callan. Nadie gasta bromas. Como si temieran quedar enterrados para siempre bajo las dunas. El desierto aúlla como una bestia indomable. —Adelante —invita el teniente. —Con su permiso —responde el brigada al entrar. —Ni permiso ni pollas. ¿Qué ha ocurrido? El teniente Aurelio Rocaspana y Gallardo no se levanta nunca antes de las nueve de la mañana. Oye el toque de corneta y
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remolonea hasta que le sirven el desayuno. No cree en todas esas tonterías de dar ejemplo, de ser un modelo que imitar. Que se las apañen como puedan. Mientras el capitán se lo permita, piensa llevar una vida reposada. —Mi teniente, tenemos un problema —carraspea el brigada—. Hemos perdido a un hombre. —¿Que hemos perdido qué? El teniente Rocaspana pega un bote del catre y se arrepiente al instante. Los huesos de la espalda no le han acompañado. Mueca de dolor. El brigada Flores guarda unos segundos de silencio por las cuatro o cinco vértebras que han estallado y responde: —Rebollo estaba de guardia anoche. A primera hora de la mañana, cuando ha llegado el relevo, ha venido a verme. Uno de los soldados había salido de madrugada, con la promesa de que estaría de vuelta antes de... —¿Qué, qué, qué? —le interrumpe el teniente, con la cara cada vez más roja. Problemas: lo único que no le apetece desayunar. Se queda quieto, con medio pijama puesto, desnudo de cintura para abajo. El brigada le mira fijamente a los ojos. Por si no le resultara ya bastante difícil dar ciertas noticias a un superior, encima tiene que hacerlo en plena erección matutina. —Señor, Rebollo me ha dicho que no era la primera vez que ese soldado salía a escondidas, pero que siempre había regresado a tiempo. Pero hoy no lo ha hecho, y por eso ha decidido dar la voz de alarma. El teniente se viste a toda prisa. Se abrocha mal la camisa, y el brigada intenta hacer un gesto con la mano para advertírselo, pero decide interrumpirlo. El teniente está que trina. Suelta palabrotas ininteligibles. Parece tan disgustado por las novedades como por el hecho de que le hayan sacado de la cama antes de tiempo. —¿Quién es? —pregunta, finalmente. —¿Có... cómo? —tartamudea Flores. —¿De quién se trata? ¿Quién es el idiota que se ha perdido?
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III Moisés Corvo escruta los seis escorpiones. —Coja uno —ordena Driss. Es un juego estúpido. Una manera idiota de palmar, piensa Moisés. No tiene ninguna posibilidad de salir con vida: si no le mata un escorpión lo harán los malditos moros. De hecho, será un cadáver enterrado en el desierto. Alistarse en el ejército. Correr aventuras. Ver mundo. Alejarse del hogar. Jugar a los dados con unos escorpiones. Muy bien, Moisés Corvo, aún no has cumplido los veinte y has protagonizado una carrera meteórica. Céntrate en los bichos. Driss los hurga con el cañón del Remington. Moisés los examina, en busca del que no tiene veneno. En el caso de que haya uno que no lo tenga. La primera lección que aprendió al pisar África: no te fíes nunca de esta gente, nunca. Los escorpiones se mueven a trompicones. Se quedan quietos hasta que los tocan, se desplazan un palmo y se detienen de nuevo. Levantan las pinzas y tensan el torso, muestran el aguijón, amenazante. Cuando se ríe, la boca de Driss es la cueva de Alí Babá aquejada de halitosis. Khaled espera en silencio. Su comportamiento indica que la prueba va en serio, que se cree este juicio supersticioso. Un escorpión se aleja cada vez que se le acerca el fusil. Sigue el mismo ritual que el resto, pinza, pinza, tensión, pero Moisés Corvo se da cuenta de que retrocede, como si supiera que su aguijón es inofensivo. Es una deducción absurda, porque estos bichos no siguen ninguna lógica, no saben qué está pasando. Pero es el único razonamiento al que puede agarrarse. La ciencia de la superchería. Moisés no se lo piensa dos veces, no merece la pena, y coge el escorpión. Lo encierra en la mano, siente las cosquillas de las pectinas y las patitas debatiéndose por escu-
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rrirse. Driss contiene la respiración. Olor a menta y sol de media tarde. No voy a morir. Unos segundos eternos hasta que Moisés afloja la presa y nota la picadura en la muñeca. El dolor es intenso y se extiende rápidamente hacia arriba, por el brazo. No voy a morir, se repite, cada vez menos convencido. Puede sentir el veneno fluyendo por sus venas, entrando en las arterias como un ejército vencedor que irrumpe en el cuartel general del enemigo, buscando el corazón. Driss almacena la carcajada de satisfacción en el buche. Está a la espera de que el soldado caiga para dar rienda suelta a la euforia. No soporta a los españoles. Cuando su padre muera, no tendrá tantas contemplaciones con ellos. El aguijón abandona la carne y deja una gotita de sangre. Moisés lanza el escorpión muy lejos. Respira profundamente. En cualquier momento empezará a sentir las contracciones. Espera el bloqueo de los pulmones. Incluso cree percibir un sabor agrio en la garganta. Pero nada de esto ocurre. No va a morir. Aquí no. Hoy no. La cara de Driss se queda congelada en una mueca de incredulidad. Moisés Corvo lo mira de hito en hito, a la espera, aún, del golpe final del veneno. Pero éste no llega. El calor que ahora lo recorre por dentro es la euforia. Ha burlado a la muerte. Ha ganado la partida. Le gustaría lanzar los otros escorpiones a los Alhazred. Pero se contiene, no quiere tentar más a la suerte. —Espero que ahora me crea —dice Moisés Corvo, hablando directamente a Khaled, como si Driss no estuviera. El patriarca cierra los ojos. Moisés no sabría decir si está decepcionado o acepta la particular sentencia que han dictado los escorpiones. Se frota la muñeca, que le escuece. Se la lleva a la boca y chupa la sangre, que luego escupe. Por si acaso. Khaled Alhazred habla, pero Driss no lo traduce. El hijo sale de la jaima y deja a Moisés con la incertidumbre. Ahora sí, ahora es cuando le decapitan y llevan su cabeza al destacamento de Villa Cisneros.
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Cuatro escorpiones permanecen quietos, indiferentes. Un quinto enfila lentamente el camino hacia la salida. Cuando vuelve, Driss lleva una cuerda en las manos. Pega una coz al escorpión fugitivo y lo envía a los pies de Moisés, que retrocede, sentado. Driss se arrodilla. —Las manos. —¿Qué? —Deme las manos. Driss está enfadado, frustrado por no poder matar a este infiel que les ha estado engañando. Porque a él todo eso de la justicia de los jinn del desierto le parece una patraña. Sabe con certeza que Moisés Corvo les ha intentado tomar el pelo, pero no puede contradecir la voluntad de su padre. Moisés alarga los brazos y Driss los ata fuerte con la cuerda. Muy fuerte. La herida de la picadura le provoca un relámpago de dolor, pero no tiene tiempo de protestar, porque Driss tira de él, arrastrándole hacia fuera. Le introduce en otra jaima, donde le deja solo, sujeto a uno de los postes que la sostienen. Pasa una hora, puede que dos. Moisés tiene sed y un arsenal de pólvora en la cabeza, a punto de estallar. Cuando Driss vuelve, agarra la cuerda con la que está atado y le lleva de nuevo al exterior. Mientras Driss le amarra al camello, Moisés tiene tiempo de echar un vistazo al campamento. Media docena de tiendas por donde corren los chiquillos, que ahora se detienen a observarlo como una atracción de feria. Ponen cara de sorpresa, con mocos resecos en los labios, hasta que llegan un par de hombres y les ahuyentan a gritos. El sol se está poniendo tras una colina que sirve de abrigo al oasis, pintando de oro la orilla del estanque, donde las cabras espantan las moscas. De repente, una sacudida tira de Moisés Corvo. —Vámonos —masculla Driss—. Quiero volver antes de la lefjur. بهذنلف Un mono pequeño y flaco les sigue durante un rato, con curiosidad. A veces salta sobre las piernas de Moisés, que se lo quita de encima como puede; otras, trepa por el camello hasta que Driss le clava un manotazo que lo hace caer al suelo.
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—No deberías tratar así a tu mujer —dice Moisés. Como castigo, Driss acelera el paso. Moisés está a punto de perder el equilibrio, pero finalmente logra mantener el ritmo. Está sediento y le flaquean las piernas. El sol ya no es una amenaza, pero una caminata por el desierto, de noche, resulta igualmente peligrosa. Si les atacan las hienas, o un león o cualquier monstruo gigante de colmillos afilados que se esconda en la arena, puede dar por seguro que Driss le abandonará a su suerte. Y hoy ya ha gastado la dosis anual de buena fortuna. Con la camisa empapada y los labios agrietados, Moisés delira. Cada vez le cuesta más mantener la mente serena. La picadura del escorpión le escuece con el roce de las cuerdas. Está convencido de que aún queda algún rastro de veneno, y es por eso que su cuerpo está abatido. Hace más de un día que no come ni bebe, y el sol se ha encargado de cerrarle todas las puertas de la cordura. De vez en cuando, Driss come un bocado de una hogaza de pan que lleva envuelta en un pañuelo. Bebe a chorro sin desviar la mirada de Moisés. No le matará, pero le hará sufrir durante todo el camino. Si es que éste es el camino de vuelta a Villa Cisneros. Moisés nunca se ha sentido tan lejos de casa como ahora. Ha echado de menos a su hermano, claro que sí, pero apenas añora otras cosas de Barcelona. Una ciudad maloliente, de gente mal avenida. Jamás se ha arrepentido de haberse marchado. De buscar nuevos horizontes. De hacer lo que le viniera en gana sin rendir cuentas a nadie. Por eso se enroló en la Infantería de Marina. No tuvieron que sacarle de su casa para formar parte de una de esas levas forzosas de chicos que se mearían en el uniforme en cuanto vieran a un moro, no. Tenía ganas de juerga. El desierto emite un fulgor blanquecino, como si reflejara la luz de las miles de estrellas que les ignoran. El chirrido de los grillos se apaga cada vez que se acercan a una zarza. Moisés tiene la sensación de que alguien les está siguiendo. Por el rabillo del ojo ve una sombra huidiza que se recorta contra las estrellas y las borra a su paso. No puede dejar de pensar
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en ello. De repente, todo el desierto se concentra en esa figura invisible. La amenaza de un espíritu maléfico que espera que desfallezca para poseerle. Quiere su cuerpo. Lo quiere a él, después de tantos años de vagar por la nada. Como una lámpara vacía esperando al genio. El demonio le habla. Al principio cree que es Driss, pero hace rato que éste le ignora, aburrido. Es la voz del padre de Moisés. Es el rostro del padre de Moisés. Es la mano abierta e implacable del padre de Moisés. Tadeo Corvo le golpea en la espalda. Le castiga, una vez más. Me avergüenzo de ti. ¡Embustero! ¡Ladrón! Le insulta, borracho, con ojos de fuego, hasta que se transforma en un escorpión colosal, antropomorfo, que le pellizca los talones con las pinzas y le clava el aguijón de la correa. No, papá. Driss acecha el horizonte, enturbiado por una nube de arena. Hace rechinar los dientes. Finalmente, Moisés se da por vencido. No le quedan fuerzas. Pierde el sentido y se desploma. El desierto desaparece, y con él, los demonios.
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