SOBRE LA CONTINGENCIA
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José añón roig
Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia
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Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga
Jorge a. Cerdio Herrán
Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México
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Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y miembro de El Colegio Nacional
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Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
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Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)
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Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid
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Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid
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Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)
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Javier de LuCas Martín
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
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SOBRE LA CONTINGENCIA
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MIRKO LAMPIS
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tirant lo blanch Valencia, 2022
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A Manuel Cáceres Sánchez, Judit Bembibre Serrano, Ivo Buzek, Eleftheria Theodoroudi, Vladimir Volovnik, Klaarika Kaldjärv y Paolo Di Vico porque tejer es arduo y toda ayuda, un bálsamo y al ingeniero Rudolf M. porque he visto su casa crecer de forma contingente
Índice Una breve introducción (sentimental)........................................................
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1. Aristóteles, Demócrito, Epicuro y Lucrecio............................................
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2. Maquiavelo, Pascal y Spinoza................................................................
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3. John Stuart Mill....................................................................................
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4. Charles Sanders Peirce...........................................................................
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5. Ferdinand de Saussure y Jacques Monod...............................................
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6. Jurij Michailovič Lotman.......................................................................
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7. Los diccionarios de la lengua española..................................................
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Conclusión. Indeterminaciones, co-incidencias, imprevisibilidad...............
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Bibliografía...............................................................................................
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UNA BREVE INTRODUCCIÓN (SENTIMENTAL) no menos que saber, dudar me agrada (Infierno XI, 93)
¿Por qué he decidido escribir este libro? ¿Por qué he resuelto gastar energías, tiempo y papel en un trabajo que posiblemente interesará a muy pocos lectores, si es que encontrará el favor de alguno? He de reconocer que mi motivación, en este caso concreto, es más personal, biográfica digamos, que científica. Y he de reconocerlo sobre todo porque mi labor, al margen de sus motivaciones, sí tiene pretensiones científicas. Entre 2013 y 2018, publiqué tres pequeños tratados de semiótica (“pequeños”, claro está, por su exiguo número de páginas; jamás habría que juzgar un libro, o una persona, por su tamaño): el primero, de semiótica sistémica; el segundo, de semiótica caótica; y el último, de semiótica escéptica. Por un lado, estos libros tuvieron escaso impacto sobre los especialistas de la disciplina (lo que no constituye necesariamente un dato negativo). Por otro, al acabar la trilogía llegué a la conclusión de que ya no tenía mucho más que añadir a la teoría semiótica. Me sentí obligado, entonces, a encauzar mis (limitadas) energías académicas hacia otros derroteros. Desde aquel momento, he cuidado la edición de sendos estudios colectivos sobre la traducción y sobre el erotismo. Me he ocupado de la preparación de un libro recopilatorio de la obra del profesor Manuel Cáceres Sánchez, uno de mis maestros. He publicado una monografía dedicada a la estilística. He seguido redactando artículos, amablemente aparecidos en diversas revistas de semiótica y de filología. Pero en ningún momento, en ningún momento he dejado de pensar en la contingencia. Más o menos contingentes habían sido todos mis libros, o por lo menos sus íntimas motivaciones. Y luego mi vida: hablar y escribir en español, haber vivido largo tiempo en Granada, haberme mudado a Bratislava, trabajar en la Universidad de Nitra, amar a la mujer que amo, tener el hijo que tengo. Todos ellos acontecimientos decididamente contingentes. ¿Cómo no pensar en ello?
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De aquí la idea de buscar entre mis lecturas preferidas alusiones y formulaciones de esta curiosa y escurridiza noción. Para ayudarme a desarrollarla (ex-plicarla) e integrarla (con-prenderla) un poco mejor en el dominio de mis enciclopedias. En lo que sigue, expondré y narraré, tan clara y exhaustivamente como pueda, los resultados de mis pesquisas y averiguaciones. Y es oportuna, por lo tanto, una pequeña advertencia: el sustantivo “contingencia” y el adjetivo “contingente” aparecerán, según el contexto y el momento, con significados levemente distintos. No pierda usted la paciencia ni esté molesto conmigo por tanta ambigüedad o falta de coherencia. A su debido tiempo, se lo prometo, trataremos de aclarar las cosas. A su debido tiempo, intentaremos precisar lo que hoy en día podemos o no pedirle, podemos o no esperarnos, podemos o no expresar mediante la noción de contingencia.
1. ARISTÓTELES, DEMÓCRITO, EPICURO Y LUCRECIO Imagine: Dante y Virgilio ya han dejado atrás la puerta del Infierno, ahí donde unas “palabras de color oscuro” recuerdan a los que fueron incautos pecadores que es preciso, una vez franqueado ese umbral, abandonar toda esperanza; han atravesado el vestíbulo infernal, donde se acumulan, sufren y lloran in aeternum las almas desdichadas de los ignavos, a quienes, por no haber practicado el bien ni tampoco propagado el mal, ni el Cielo acepta, ni el Infierno quiere; han cruzado las tétricas aguas del río Aqueronte, surcadas por el leño del barquero infernal, con sus ojos de brasa; y se hallan, pues, en el Limbo. Aquí moran las almas de los hombres, mujeres y niños que no fueron bautizados. Buena gente, en fin, pero priva de las credenciales oficiales necesarias para acceder a la gracia divina. En un lugar especial del Limbo, un locus amoenus protegido por “un noble castillo siete veces cercado de altos muros”, Dante y Virgilio se encuentran con las almas de los grandes estadistas, héroes, artistas y filósofos, distinguidos así, si bien paganos, por sus hazañas y buen obrar. En los siguientes términos Dante describe al grupo de los filósofos: Luego de alzar un poco más la vista, vi yo al maestro de los sapientes sentado en filosófica familia. Todos lo admiran y honran juntamente: aquí vi a Sócrates y Platón, que más que los demás a aquel se acercan; Demócrito que el mundo al azar pone, Diógenes, Anaxágoras y Tales, Empédocles, Heráclito y Zenón; y vi al buen recogedor del quale, Dioscórides digo; y vi a Orfeo, Tulio y Lino y Séneca moral; el geómetra Euclides, Ptolomeo, Hipócrates, Avicena y Galeno, y Averroés autor del gran comento. Yo no puedo tratar de todos por completo,
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porque así me empuja el largo tema, que muchas veces el decir no sigue al hecho.1 (Infierno IV, 130-147; aquí y en adelante, la traducción al español es mía)
Volveremos dentro de un rato, yo diría que de forma casi fatídica, a hablar del “maestro de los sapientes” (o, si se prefiere, “el maestro de los que saben”), mientras que ahora la larga cita de la Comedia dantesca nos sirve sobre todo para introducir a otro de los miembros de la noble y filosófica familia: Demócrito, quien el mundo al azar pone. Dante recoge en sus versos una consolidada tradición que veía en el atomismo democríteo una fuerza ciega y azarosa porque opuesta a toda finalidad, a toda planificación divina. Una confusión común, esta, a partir del sistema aristotélico y de su interpretación cristiana, como si al eliminar toda causa final (y todo divino artífice) lo único que quedase fuera necesariamente la pura casualidad. Sin embargo, la supuesta naturaleza azarosa, casual del mundo en la filosofía de Demócrito no está nada clara, no si examinamos con atención los pocos fragmentos textuales conservados de la obra del filósofo de Abdera y de su maestro Leucipo –en su mayoría, a decir verdad, dedicados a cuestiones morales y políticas– y lo que nos dicen de la cosmogonía y la física democríteas los otros filósofos (sobre todo Aristóteles, Teofrasto y Diógenes Laercio), casi siempre interesados, la verdad sea dicha también en este caso, en refutar el atomismo. Léase, sin más, el único fragmento conservado de Leucipo, a quien la tradición filosófica y doxográfica nos consigna como el fundador de la escuela atomista: “Ninguna cosa sucede sin razón, sino que todas suceden por una razón y por necesidad” (Frag., p. 284). ¿Por necesidad?
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Poi ch’innalzai un poco piú le ciglia, / vidi ’l maestro di color che sanno / seder tra filosofica famiglia. / Tutti lo miran, tutti onor li fanno: / quivi vid’ïo Socrate e Platone, / che ’nnanzi a li altri piú presso li stanno; / Democrito che ’l mondo a caso pone, / Dïogenés, Anassagora e Tale, / Empedoclés, Eraclito e Zenone; / e vidi il buon accoglitor del quale, / Dïascoride dico; e vidi Orfeo, / Tulïo e Lino e Seneca morale; / Euclide geomètra e Tolomeo, / Ipocràte, Avicenna e Galïeno, / Averroís que ’l gran comento feo. / Io non posso ritrar di tutti a pieno, / però che sí mi caccia il lungo tema, / che molte volte al fatto il dir vien meno.
1. ARISTÓTELES, DEMÓCRITO, EPICURO Y LUCRECIO
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Tratemos de aclarar las cosas, aunque solo sea de forma conjetural… conjetural, claro está, con respecto a los fragmentos y comentarios a la obra de Demócrito llegados hasta nosotros, porque cualquiera que tenga alguna familiaridad con el estudio de la filosofía, de la física, de la química o de la biología ahora bien sabe que las nociones de necesidad y de azar no se excluyen mutuamente. De hecho, un comentarista atento y competente como Bertrand Russel (1946, p. 84) no tardó mucho en señalar la solución del problema: puede que según los primeros atomistas el origen del mundo se debiera al azar, pero a partir de ahí su desarrollo es estrictamente determinista. Recordemos que, según Demócrito, los elementos indivisibles (a-tomos) se mueven en el vacío y que es este movimiento, aunque desconocemos sus modalidades y causas, el factor desencadenante de todo proceso de generación y degeneración corporal: encontrándose, rechazándose, concentrándose y agrupándose, los elementos se agregan y disgregan para formar, transformar y deshacer la materia y los cuerpos tal y como los conocemos (nada diremos, sin embargo, de la teoría atomista del conocimiento, puesto que no es aquí muy relevante). Además de ser plenos, indivisibles y en movimiento, los elementos difieren por su forma intrínseca y por la manera en que pueden disponerse en el espacio y combinarse con los demás elementos: tienen, por ende, como recuerda Aristóteles, una “figura”, un “orden” y una “posición” específicas, lo que el Estagirita ejemplifica mediante el símil de las letras del alfabeto: “la A difiere de la N por la figura, y AN de NA por el orden, y Z de N por la posición” (Met. A, 985b). Así pues, el comportamiento de los elementos y agregados de elementos no es libre ni casual, sino que depende de sus características estructurales, como diríamos hoy en día, y de las condiciones iniciales del sistema. En suma: se muevan los elementos bien caóticamente, con movimiento browniano, o bien en línea recta con ocasionales desviaciones, como luego defenderá Epicuro, son sus primeros choques, rebotes y enlaces lo que es casual y azaroso (dependiendo de distribuciones y trayectorias aleatorias de un gran número de ellos), mientras que los consecuentes remolinos y vórtices de materia, primero, y los cuerpos, después, se forman y evolucionan siguiendo leyes de tipo “determinista” o “mecanicista”, según la forma, el orden y la disposición inicial de los elementos involucrados. Es esta dinámica determinista, precisamente, lo que Bertrand Russel
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defiende en el caso de Demócrito, pero niega al segundo atomismo, el de Epicuro. ¿Tiene razón? El interés de Leucipo y Demócrito por el materialismo atomista era de tipo esencialmente ontológico: se trataba de compaginar e integrar la concepción parmenídea del ser y, sobre todo, la oposición (lógica) entre ser y no-ser con la observación (empírica) de la mutabilidad, el movimiento y la generación y corrupción de los cuerpos. Epicuro, en cambio, acude al atomismo sobre todo para justificar física y cosmogónicamente su postura ética y para demostrar lo inútil y pernicioso que es todo miedo a la muerte y a los dioses. Así pues, Dante no tiene ningún problema ni ninguna duda en colocar a Demócrito entre las grandes almas que moran en el Limbo y a Epicuro y sus seguidores, en cambio, entre los herejes atormentados por el fuego en las tumbas de la ciudad infernal de Dite, puesto que “el alma con el cuerpo muerta hacen” (Infierno X, 13-15). Russel, al contrario de Dante, no pone a Epicuro en el infierno, pero sí lo excluye de esa áurea de modernidad y cientificidad en la que en cambio habían caído, un poco por casualidad, los primeros atomistas: “Epicuro era materialista, pero no determinista. Seguía a Demócrito en creer que el mundo se compone de átomos y vacío; pero no creía, como Demócrito, que los átomos estén completamente controlados en todo momento por leyes naturales” (Russel 1946, p. 250). Un mundo gobernado por el azar, argumenta Russel, donde los átomos se combinan sin razón ni fin, de forma imprevisible y caótica, es justamente lo que Epicuro necesitaba para defender y promover su ética, una ética basada, recordémoslo, en la satisfacción de los placeres naturales y necesarios y en el consiguiente rechazo de deseos y temores tan inútiles como perjudiciales (los epicúreos, en esto, muy poco se diferenciaban de sus “enemigos” los estoicos, siendo el objetivo de los sabios de ambas escuelas el de alcanzar el estado de imperturbabilidad, o ataraxia). Habría que matizar, no obstante, la afirmación de que el comportamiento de los elementos es, según Epicuro, totalmente caótico. En realidad, también para él los átomos tienen unas características intrínsecas (a saber: forma, tamaño y peso) que determinan su comportamiento y originan, una vez establecidas las condiciones iniciales, fenómenos harto regulares y predecibles, como, por ejemplo, la trayectoria de los cuerpos celestes: “hay que admitir, pues, que la necesidad y la periodicidad de los movimientos celestes se realizan según la intersección originaria de
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estos agregados de átomos en el nacimiento del mundo” (Her., p. 266). Asimismo, unos dos siglos más tarde, el epicúreo Lucrecio escribiría a propósito de la “estructura” de la naturaleza (legitimando, de paso, la futura condena dantesca): Fijo y ordenado es donde todo crece y se halla. Así, el alma no puede sin el cuerpo nacer ni sola perdurar lejos de nervio y sangre.2 (De rer. III, 787-789, y también V, 131-133; aquí y en adelante, la traducción al español es mía)
En este caso tampoco, pues, el “determinismo” del que parece hacer alarde Lucrecio respecto a la ordenación de los entes naturales, incluida el alma, contradice la naturaleza casual e indeterminada de los encuentros y choques entre los indivisibles, puesto que representa una fase concreta en el desarrollo de la materia, un orden momentáneo en las dinámicas perpetuas de los primeros elementos, que continuamente se agregan y disgregan. De hecho, no solo a los seres vivos, sino también a los mares, las tierras y el cielo les espera el mismo destino: la des-integración (nótese el uso, por parte de Lucrecio, de una metáfora textil destinada a tener un éxito considerable, sobre todo en el ámbito de las ciencias del discurso): a su tríplice naturaleza, sus tres cuerpos, oh Memio, a tres especies tan disímiles, tres textos tales, un solo día les dará destrucción […]3 (De rer. V, 93-95)
La causa de la formación (casual) de los agregados, de los cuerpos y de sus regularidades es, pues, el incesante movimiento de los indivisibles, de modo que vale la pena examinar un poco más detenidamente la cuestión. Leucipo y Demócrito, lo hemos visto, no especificaron el modo en que se mueven los elementos, algo que, por cierto, no dejó de reprocharles Aristóteles: “en cuanto al movimiento, de dónde y cómo lo tendrán los entes, también éstos, como los otros, lo omitieron negligentemente”
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Certum ac dispositum est ubi quicquid crescat et insit. / Sic animi natura nequit sine corpore oriri / sola neque a nervis et sanguine longius esse. quorum natura triplicem, tria corpora, Memmi, / tri species tan dissimili, tria talia texta, / una dies dabit exitio
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(Met. A, 985b). El movimiento, cabe suponer, es en Demócrito una característica intrínseca y, más importante aún, explicativamente primaria de los átomos, así que no parece necesario ni, a la postre, legítimo preguntar por sus causas: los elementos son innumerables, eternos e indivisibles y se mueven (¿vibran?, ¿voltean?) en el vacío: sin tales características, no nos resultaría posible explicar las propiedades y las dinámicas del ser. En cambio, sí podemos echar en falta algo más de claridad, algo más de precisión acerca del modo o los modos en que los átomos se desplazan. Por ello, nos llama tanto la atención que Epicuro sea mucho más específico que Demócrito tanto en lo que se refiere a las causas como a las modalidades de desplazamiento: los elementos, explica Epicuro, se mueven (“caen”) en vertical por el vacío debido a su propio peso y también son sujetos a otros movimientos a raíz de sus choques recíprocos. Si todos los átomos, sin embargo, se limitasen a “caer” en vertical, no habría encuentros fortuitos, ni choques, ni se formarían agregados, lo que obliga a introducir algún tipo de “desviación” en su trayectoria. Merece la pena leer la descripción que hace del fenómeno Lucrecio en su De rerum natura: los cuerpos, en vertical, hacia abajo, en el vacío arrastrados por su peso, en un momento comúnmente incierto y en un punto incierto un poco del rumbo se apartan, tanto que el movimiento puedas dar por mudado. Porque si no solieran desviarse, todos hacia abajo, como gotas de lluvia, por el profundo vacío caerían, ni se hubiera generado el encuentro ni producido el choque para los principios: así nada la natura habría creado. […] Esto hace la exigua inclinación de los principios no en un punto cierto del espacio ni en un momento cierto.4 (De rer. II, 217-224, 292-293)
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corpora cum deorsum rectum per inane feruntur / ponderibus propriis, incerto tempore ferme / incertisque locis spatio depellere paulum, / tantum quod momen mutatum dicere possis. / Quod nisi declinare solerent, omnia deorsum, / imbris uti guttae, caderent per inane profundum, / nec foret offensus natus nec plaga creata / principiis: ita nil umquam natura creasset. / […] Id facit exiguum clinamen principiorum / nec regione loci certa nec tempore certo.
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Cabe destacar, en estos pasajes lucrecianos, las dos características salientes de la desviación o inclinación (clinamen) de los elementos: su imponderabilidad y su indeterminación; vale decir: es tan leve que no podemos calcularla, no podemos apreciarla, y nunca sabemos ni sabremos cuándo y dónde se produce. Pero se produce, evidentemente, porque de no producirse nada de lo que conocemos existiría. ¿Entonces, preguntarán otra vez, con todo derecho, los intelectos más críticos, cuál es la causa del clinamen? ¿Por qué los elementos en un momento y en un lugar indeterminados se desvían “un pelín” de su trayectoria vertical, empezando a interactuar, formando vórtices de materia y creando, finalmente, cuerpos organizados? A lo que se podría responder: ¿acaso importa? Hasta las teorías científicas más acreditadas hoy en día admiten y aceptan la existencia de zonas de ignorancia, con tal de que no perjudiquen el poder explicativo y predictivo de sus prácticas teóricas y experimentales. Sería este el caso, por ejemplo, de la llamada electrodinámica cuántica (o QED). Richard Feynman, uno de los padres de la teoría, lo reconoce sin ambages: podemos calcular con mucha precisión (y comprobar experimentalmente) la probabilidad que tiene una partícula de luz, o fotón, de atravesar una lámina de vidrio o de ser reflejada por ella, pero no sabemos lo que hará un fotón en concreto ni tampoco por qué algunos fotones atraviesan el vidrio y otros, en cambio, salen reflejados; esta ignorancia –sabemos cómo, pero no por qué– no impide que la electrodinámica cuántica pueda describir y cuantificar el comportamiento de las partículas subyacente a un vasto abanico de fenómenos físicos y químicos (todos, en realidad, menos los fenómenos gravitatorios y radiactivos; Feynman 1985). La actitud pragmática de Feynman no es nada infrecuente en la historia de la ciencia. El mismísimo Isaac Newton, en el escolio general que cierra su Philosophiae naturalis principia mathematica (1687), hace alarde de ella al admitir que no ha logrado identificar la causa de la fuerza gravitatoria (es el momento de su célebre, y no del todo acertado, hypotheses non fingo), lo que de ninguna manera resta valor a una teoría y un formalismo que describen y cuantifican con precisión el comportamiento pasado, presente y futuro de aspectos tan importantes y generales de la naturaleza como la caída de los graves, las mareas y las órbitas elípticas de los cuerpos celestes.
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Si el modelo explicativo es, pues, consistente (en los dos casos citados, matemáticamente consistente), operativamente adecuado y predictivamente eficaz, entonces el porqué de las cosas, incluyendo el porqué de ciertos fenómenos fundamentales, puede ser considerado como una cuestión secundaria y, por ende, prescindible (en esto también consiste, si se me permite expresarlo así, nuestra “docta ignorancia”). De modo que, mutatis mutandis, tampoco el hecho de que Epicuro no precisara a qué se debe el clinamen o que Demócrito no especificara las modalidades del movimiento atómico constituye motivo suficiente para desacreditar unas teorías que supieron dar cuenta, en su época, de la “consistencia” del ser junto a su perpetuo estado de cambio, compatibilizando, en cierto sentido, la perspectiva parmenídea (“el Ser es, y no pude no ser”) con la de Heráclito (“todo fluye”). Luego, claro está, las preguntas a las que no se da respuesta, todo lo que se deja de lado en el proceso de modelización y el surgimiento de nuevas cuestiones e inquietudes constituyen los factores que propician, en el tiempo, el cuestionamiento del modelo explicativo, su erosión, su rectificación, su superación. Por lo demás, acerca del modo en que los indivisibles de Demócrito y Epicuro entran en contacto, chocan, empiezan a relacionarse, me parece que se puede perfectamente traer a colación la noción de accidente, con la que se cierra, tal vez de forma significativa, el libro Δ (o V) de la Metafísica de Aristóteles (así que volvemos, por fin, al “maestro di color che sanno”): Accidente [συμβεβηκός / accidens] se llama lo que ciertamente se da en algo y se le puede atribuir con verdad, pero no necesariamente ni en la mayoría de los casos; por ejemplo, si alguien, al cavar un hoyo para una planta, encuentra un tesoro. En efecto, encontrar un tesoro es un accidente para el que cava el hoyo; pues no se sigue necesariamente lo uno de lo otro ni después de lo otro, ni sucede generalmente que el que planta encuentre un tesoro. Y un músico puede ser blanco; mas, puesto que tal cosa no sucede ni necesariamente ni en la mayoría de los casos, llamamos a esto accidente. […] Y, por tanto, no hay ninguna causa determinada del accidente, sino el azar; y este es indeterminado [ουδέ δη αίτιον ώρισμένον ουδέν του συμβεβηκότος αλλα το τυχόν τουτο δ’ αόριστον / Nec est aliqua causa determinata accidentis, sed contingens, vel quia forte. Hoc autem indeterminatum] (Met. Δ 1025a).