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A Ivanhoe, a Guillermo Tell, al Rey Arturo; al Corsario Negro y a Simbad. A Gurb y a Rincewind. TambiĂŠn a PelĂĄez y a Gordopilo.

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Prólogo Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer. Groucho Marx ¿Por qué he elegido esta frase para comenzar mi prólogo? Todavía no lo sé, pero lo que sí que tengo claro es que un libro genial debe comenzar con una frase genial. ¿Le gustaría este libro a Gaucho Marx? Pues tampoco tengo la menor idea, el tipo murió hace mucho tiempo y ya no se lo podemos preguntar, pero de lo que no tengo dudas tras leer Singulares vicisitudes que a Ventanitas Manzanas acontecieron es que Enric Herce se lo ha pasado pipa escribiendo y, sin duda, Groucho le daría una oportunidad. De principio a fin, SVQAVMA (¿El señor de los anillos no es ESDLA? Pues entonces acostumbraros a SVQAVMA) es un mosaico de personajes arquetípicos arrancados de su contexto, desde el prototipo heroico sinvergonzón de Ventanitas a la pléyade de personajes secundarios que lo acompañan a lo largo de su aventura: Lord Vahodoruho de Villamerceditas, el mago Astakirot, Frikito Andurriales, Faraoncito Multiusos o la reina Ermengarda, esposa del rey Cresconio IX. Y es que todos los que conocemos a Enric sabemos de la nota irónica y socarrona que impregna sus textos. Si nos ponemos a pensar un poco y buscamos una analogía de SVQAVMLA (perdón, J.R.R.) con el mundo real, podría comparar este libro con un monumento fallero. Y es que la aventura de Ventanitas es una caricatura, y a la vez una crítica, del fastuoso —y a veces recalcitrante— mundo de la literatura de género fantástico. Enric se ríe con finísima ironía de un mundo que conoce bien y que alguna vez ha practicado en sus numerosos relatos. Ventanitas es como una película de los Monty Python, es decir, un espectáculo perfectamente estructurado en el que cada escena nace de la necesidad de contar algo y que destila un humor corrosivo e inteligente… ¿o será negligente? No nos engañemos, la novela funciona (de no ser así se hubiera quedado guardada en un cajón) y el rescate de la reina Ermengarda poco a poco va convirtiéndose en una tragicomedia (con más comedia que tragi) que va in crescendo y que mantiene al lector pegado al libro hasta la última página. 9


Enric no necesita de un mamotreto infinito para contarnos las vicisitudes de Ventanitas y sus compañeros. Sus dotes, ampliamente demostradas en las distancias cortas, convierten esta novela en un disparatado entuerto lleno de enredos divertidísimos e inolvidables. SVQAVMA es el contrapunto perfecto a historias como Friki (donde Enric demuestra sus dotes en el terreno juvenil) o La Luna Dormida (publicada en Ediciones Efímeras) en donde un mundo onírico y místico se funde con la realidad. Hay quién diría que SVQAVMA es un libro disparatado y de mera evasión, pero tengamos en cuenta una cosa: el humor es el más complejo de los géneros, sobre todo porque no debe caer en el absurdo y debe sostener perfectamente una trama argumental. Y el amigo Ventanitas, con la ayuda de Enric, se las ingenia para llegar a buen puerto sin naufragar en el intento. Dicho todo esto, añadir que la prosa de Enric es elegante y cuidada, detallista a pesar de esa rapidez que provoca que el relato funcione y se deje leer en un pispás. Los diálogos fluyen a la perfección y denotan la personalidad de los personajes (que levante la mano quien no se ha echado unas carcajadas con la verborrea de Multiusos) y el tono cabroncete del protagonista provoca que a las dos páginas te hayas enamorado perdidamente de él. Todo ello convierte esta obra en una de esas historias que releeremos más de una vez y guardaremos con cariño en la estantería a la espera de que Enric se decida a crear una nueva aventura de Ventanitas y la editorial esté dispuesta a publicarla. Mientras tanto, olvidemos esos mamotretos épicos en el armario, dejemos atrás las sagas interminables de autores con nombres impronunciables, y disfrutemos de Ventanitas Manzanas, un héroe con sabor made in Spain que amenaza con encandilarnos a todos… incluso a Groucho Marx… si viviera. Larga vida a SVQAVMA. David Mateo.

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Si consigue mantener la calma cuando todo el mundo pierde la cabeza, entonces es que no se entera del problema. Ley de Evans

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1. El talismán de K ah-rak Kah-rak

Ventanitas Manzana, barba de cinco días, largas melenas negras y patillas hasta media mejilla, lanzó sus dos dagas con decisión. Sabía muy bien que debía aprovecharlas si no quería verse en apurada tesitura, pues todavía quedaban diez guardias en pie, es decir, tantos como le habían asaltado. Toda la concurrencia de la taberna acogió con expectación la trayectoria de sus proyectiles. Parecía imposible no acertarle a ninguno de los que le rodeaba, pero ambos puñales se perdieron más allá de la ventana abatiendo a un vendedor ambulante que pasaba por ahí. Los soldados decidieron que había llegado el momento del cuerpo a cuerpo y, sin desenfundarlas, blandieron sus armas contra el esquivo gañán. Ventanitas, que varios días atrás había empeñado su herrumbrosa bastarda, acogió el detalle con complacencia ya que al menos no tendría que añadir un nuevo corte a su colección de cicatrices. Con los movimientos de piernas que le enseñó su maestro, el desconocido Aramis Carpenter, logró, aun desarmado, esquivar las diez hojas que aquellos brutos balanceaban contra su testa. Se mantuvo a flote a base de tango y bossa nova, pero cometió el error de cambiar al cha-cha-chá, estilo en el que nunca había destacado. Una duda fatal en plena transición de un paso lento a uno rápido le dio el margen suficiente a uno de sus atacantes para acertar. La figura enclenque de Ventanitas Manzana se desplomó sobre un suelo que olía intensamente a queso podrido, sudor y a otras cosas más repugnantes. —Despierta, princesita —insistió una voz ronca. Con su bravura característica, Ventanitas se hizo el longuis. Estaba soñando que compartía alcoba con tres mozas con mucha maña y poca ropa y decidió aferrarse al sueño como garrapata a perro. Aquello no pareció hacerle mucha gracia al carcelero pues le vació en la cara un cubo de agua, que a juzgar por el olor, no hacía mucho que había contenido algunas arrobas de arenques. Su aspecto no podía ser más deplorable cuando fue llevado a los aposentos privados del señor de Villamerceditas. —Dejadnos solos —ordenó Lord Vahodoruho Estarde a los dos soldados que lo habían arrastrado hasta allí. Mientras se retiraban, 13


Ventanitas examinó con mirada profesional la lujosa estancia. Sobre la chimenea, donde ardía un generoso fuego, lucía el escudo de armas de la familia que a lo largo de cinco generaciones había gobernado con mano firme la suerte de la villa: un reloj de arena de oro, en campo azur, con buena parte de su contenido en el recipiente inferior. Ricos tapices cubrían las paredes y peludas alfombras el suelo. Sobre la mesa que separaba a Ventanitas de Lord Vahodoruho se encontraban todo tipo de objetos: desde cetrinos papiros repletos de góticas grafías, pasando por un par de copas de oro con incrustaciones de piedras preciosas, a una daga de plata con empuñadura damasquinada de oro. —Como me sises algo te mato —advirtió Lord Vahodoruho a quien el ilusionado brillo de los ojos de Ventanitas no había pasado desapercibido—. Anda, siéntate. Si llevas a buen puerto el encargo que tengo para ti no tendrás que preocuparte nunca más por tu sustento. —¿Un encargo? —repitió un Ventanitas sorprendido. —Así es. Te ofrezco la oportunidad única de prestar un servicio valiosísimo a tu señor. A cambio recibirás más monedas de oro de las que podrás gastar en vida, que ya sé que en tu caso son muchas, y el perdón real a todos los delitos que has cometido desde que viniste a este mundo, que en tu caso no son pocos. —¿Qué puede hacer mi humilde persona por tan insigne señor? —Pues lo que se te da mejor, Ventanitas, importunar. Seré breve pues el tiempo apremia y la historia es larga. Sin duda habrás oído hablar de Astakirot. —Un malvado y poderoso hechicero enemigo de nuestro rey y por extensión de… —Sí, sí, ese mismo. Pues debes saber, y doy por hecho que cuento con tu discreción más absoluta bajo riesgo de quedarte sin lengua, que ese hechicero ha seducido con malas artes a la mismísima reina Ermengarda, a quien retiene en su fortaleza. —Eso es terrible. —Lo es y mucho más de lo que tus cortas entendederas pueden imaginar. Si llega a oídos de los señores del reino que Cresconio IX ha sido deshonrado por su reina, será cuestión de horas que aquellos que ambicionan la corona le acusen de indigno para semejante responsabilidad, y pidan su abdicación. Lógicamente, los señores fieles a nuestro monarca, entre los que me incluyo, saldremos en defensa de nuestro noble caudillo. Y supongo que no hace falta que te cuente lo que esto supondría… 14


—La guerra… otra vez. —Así es, los esfuerzos de años de batallar por unirnos a todos al amparo de un solo monarca se irían al garete en un suspiro… —Entiendo perfectamente el problema, mi señor. Lo que se me escapa es cómo puedo yo molestar a alguien como Astakirot. —Nuestro rey nos ha encargado a sus más fieles nobles la delicada misión de liberar a su dama. Esta tarea ya se encuentra dispuesta para ser ejecutada, pero no nos enfrentamos a un enemigo común. Necesitamos de una distracción, de un falso intento de rescate que capte su atención y la desvíe del verdadero. Tú te encargarás de llevar a cabo esa farsa. —¿Yo, mi señor? —Tú y cuantos tipos de tu calaña consideres necesarios para tal menester. Como comprenderás, tanto yo como el resto de nobles preferimos reservar nuestros caros soldados para el rescate de verdad. —¿Y cuál es el plan para ese falso plan? —Nada original. Os haréis pasar por comediantes. Una vez dentro del castillo y en plena representación, atentaréis contra Astakirot. Mientras él dé cuenta de ti y tus compinches aprovecharemos para liberar a la reina. — Pero a eso en mi pueblo lo llaman un plan suicida. —No negaré que entraña sus riesgos, mi querido Ventanitas. Pero convendrás conmigo en que la recompensa bien vale intentarlo, ¿verdad? —Bueno, mi señor, mentiría si no os dijera que por mí podéis buscaros a otro pobre desgraciado para semejante locura. —Eres libre de escoger, por supuesto —aceptó Lord Vahodoruho levantándose de su silla y desenvainando su reluciente espada—, pero comprenderás que si no te haces cargo de este asunto tendré que tomar medidas para asegurarme de que no te vas de la lengua. —Podéis confiar en mi palabra, señor —respondió Ventanitas también de pie y retrocediendo hacia la puerta. —No será más que un corte, casi no te dolerá. —Con las cosas del comer no se juega, mi señor, que de lengua no se tiene más que una y es mi herramienta de trabajo. —Si estuvieras dispuesto a aceptar este encargo no haría falta solución tan drástica, querido amigo, pero dado que no estás por la labor… —Creo que me he precipitado, mi señor, sin duda el futuro de nuestro reino y la persona de nuestro justo y valiente monarca bien valen afrontar el riesgo… 15


—Así pues, ¿aceptas el trabajo? —Desde luego, mi señor, claro, cómo no. Ahora mismo voy a reclutar a mis hombres. —Excelente —sonrió lobunamente Lord Vahodoruho Estarde lanzándole una bolsa repleta de monedas de oro—. Un adelanto para ti y tus soldados. ¡Ah, por cierto! He avisado a los arqueros de las murallas que te disparen como te vean merodeando cerca de la puerta, o sea que yo de ti no me movería mucho por el perímetro de la villa. —¿Litle Güindous Aple y su dicharachera trupe? —No, Faraoncito, se pronuncia «Little Windows Apple y su dicharachera troupe» —corrigió Ventanitas, contemplando satisfecho, con los brazos en jarra, las circenses letras rojas y amarillas que adornaban los laterales de los catorce carros de la caravana. —¡Ay, payo! ¿Y por qué lo has ponido en la lengua de esos bárbaros del norte? —Si es que no estás al tanto de las nuevas tendencias, Faraoncito. En la corte, estas formas bárbaras son lo más in. Sin duda ayudarán a darnos mayor credibilidad ante Astakirot. Todo el mundo sabe que la gente de la farándula gusta de este tipo de excentricidades con las que demostrar que los artistas son una raza a parte. Nombre artístico, le llaman. —¡Virgensita que me quede como estoy! Si esta lengua del demonio no nos trae mal fario que baje Nuestro Señor de los sielos. —Y Faraoncito Multiusos se protegió contra el mal de ojo haciendo el gesto de los cuernitos por encima de su cabeza, cubierta con un pañuelo negro a lo pirata. —Tal vez vuesas mercedes tendrían a bien doblar un poco el espinazo —protestó Lalianta Namera trajinando una caja llena de disfraces—. Que los carros no se cargan solos. —Ahora mismo os ayudamos, guapetona —replicó zalamero Ventanitas sin perder detalle de la agraciada anatomía de la pelirroja—. Por cierto, Lali, ¿habéis conseguido mi disfraz para la función? —No tengo la menor idea. Pregúntaselo a Andurriales que es quien se encarga de eso. Junto a las puertas del almacén, Frikito Andurriales anotaba diligentemente en una lista los bultos que se iban subiendo a los carros. —Frikito… —Buenos días tengas, Ventanitas —saludó educado mirándole por encima de sus enormes antiparras. 16


—¿Conseguiste al fin mi disfraz de sacerdote? —Más o menos. —¿Y eso significa…? —Pues que como nadie tiene ni la más remota idea de la guisa que gastan los sacerdotes oscuros de la orden de Kah-rak hicimos un apaño. —¿Un apaño? —Lo tienes ahí dentro colgado. Pruébatelo. Minutos después, Ventanitas Manzana reaparecía con un aspecto muy parecido al de una vedette anoréxica. —A ver, Andurriales, ¿me puedes explicar qué demonios se supone que es esto? —El hábito de un monje pintado de negro. Ya sé que huele un poco mal, me temo que los huevos que han utilizado para ligar los pigmentos estaban podridos, pero… —No me refería a eso. No lo ves un pelín… ¿corto? —Era un monje bajito. —Esto es ridículo. —Pues yo te veo muy propio. Si lo deseas le puedes añadir complementos esotéricos. Tenemos una caja llena ahí dentro cortesía de las Hermanitas de los Primeros Auxilios. Hace un par de días un alquimista solitario pasó a mejor vida dejando un montón de utensilios rarísimos que fueron donados a la caridad. Como las monjitas no sabían muy bien qué hacer con ellos nos los cedieron amablemente por si nos podían ser de alguna ayuda. —Complementos esotéricos… —masculló Ventanitas de regreso al almacén. Rebuscó entre las cajas hasta dar con un cofre marcado con pintura roja como «Tramoia asoterika». Lo abrió con desgana y rebuscó en su interior. La mayor parte de su contenido consistía en alambiques y frascos de curiosas formas, así como en tarros que contenían diferentes sustancias. Entre los instrumentos de trabajo del alquimista encontró un colgante que bien le podía servir. Se trataba de un medallón grabado con extrañas runas. Por deformación profesional lo mordió, solo para constatar que se trataba de un metal de lo más vil. «Es bastante feo, pero servirá». Cerró el cofre y se sentó encima. «Menudo trajín». La última semana había sido una auténtica locura para alguien como él, poco habituado a cualquier cosa parecida a trabajar. Había recorrido sin descanso los peores antros de la villa reclutando mercena17


rios para la misión que Lord Vahodeoruho Estarde, señor de Villamerceditas, le había encomendado. En principio todo parecía ir de perlas. La paga era muy generosa y asesinos, ladrones, estafadores y otras gentes de malvivir no dudaban en enrolarse en su cruzada a decenas. Logró congregar hasta medio centenar de almas condenadas, en aquel mismo almacén, para darles los detalles de la misión. Cuando estos les fueron comunicados «ahí te comas tú semejante marrón» fue la respuesta unánime. Entraron entonces en juego Lord Vahodoruho y sus guardias, dando buena cuenta de los elementos más reticentes y belicosos. Los diecinueve que entendieron que unos días más de vida siempre eran de agradecer, constituían ahora su paupérrimo grupo. Desde entonces, los ensayos de la obra que ofrecerían a Astakirot y a la seducida reina se habían intercalado con los preparativos de la caravana que les había de llevar hasta la fortaleza del hechicero y la de todo el material del que precisaban, incluidas las flamantes armas que Lord Vahodoruho les había proporcionado de su propia forja. —¿Ventanitas, estás ahí? —Aquí estoy, Andurriales. —Un sirviente de Lord Vahodoruho dice que su señor reclama tu presencia de inmediato. —Dile que ahora mismo voy. Deja que me cambie. —¿Has encontrado algo? —Esta especie de medallón. Lo dejaré colgado aquí junto a la túnica. Encárgate de que lo carguen en mi carromato, ¿quieres? ¡Ah! y consígueme un par de brazaletes. —Eso está hecho. —A poder ser lo más masculinos posibles. —Desde luego, cómo no. Por cierto, ¿ya has decidido cómo va a llamarse la obra? —Pues no, la verdad… espera —dijo como si acabara de descubrir el medallón con el que estaba jugueteando—, ¿qué te parece El talismán de Kah-rak? —Muy propio sí… ¿se menciona algún talismán en la obra? —Ahora sí. —Estupendo. Altas llamas relamían las paredes de piedra en el interior de la chimenea, justo debajo del escudo de armas de la familia Estarde, con el bendito reloj derramando eternamente su dorada arena. De nuevo, 18


Ventanitas Manzana se encontraba sentado frente a Lord Vahodoruho en sus aposentos privados, separados por la rectangular mesa tan atiborrada de objetos, o más, que la primera vez que entrara en aquella estancia. —Coge este frasco —le indicó el señor de Villamerceditas señalándole un pequeño contenedor cilíndrico de cristal repleto de un polvo blanco—. Debes asegurarte de que su contenido termine en la copa o plato de la reina antes de la representación. —¿Me estáis pidiendo que asesine a su majestad? —Ganas no me faltan, créeme, pero no, no se trata de un veneno mortal. Solo la hará sentirse algo indispuesta. Lo suficiente como para que se retire a sus aposentos, bien lejos del influjo de Astakirot. Ese será el momento preciso para que el grupo de rescate nos hagamos con ella y salgamos de la fortaleza por el mismo túnel por el que entramos. —¿Hay un túnel que permite salir y entrar de la inexpugnable fortaleza de Astakirot? —Pues claro, como en todas. Lo pone bien clarito en la guía turística de la región, la misma que viene con un plano de su interior con preciosas miniaturas; pero Astakirot ni se preocupa en vigilarlo, sabemos de buena tinta que tiene algún tipo de protección mágica. Es por eso que nos acompañará el poderoso hechicero del señor de Sopaboba, él se encargará de dejarnos la vía libre. Es de vital importancia, para el éxito de la estratagema, que ambos grupos estemos perfectamente sincronizados, o sea que recuerda: cuando el sol empiece a ponerse detrás de la cordillera que rodea la fortaleza debéis comenzar la obra y cuando el último de sus rayos desaparezca debéis iniciar el ataque. Asegúrate de que la reina ingiera el contenido de este frasco durante la cena previa al espectáculo. ¿Alguna duda? —Creo que no —mintió Ventanitas. —Estupendo —sonrió Lord Vahodoruho levantándose—. Te deseo la mejor de las suertes —añadió ofreciéndole la mano. —Gra… gracias, mi señor —le respondió estrechándosela. —¡Ah, antes de que se me olvide! No sé si te había mencionado que dos carros con algunos de mis soldados, convenientemente disfrazados, por supuesto, os acompañaran hasta la fortaleza de Astakirot. Una vez allí os dejarán a vuestra suerte. —Muchas gracias, señor. No esperaba que nos ofrecierais vuestra protección. 19


—Y no es protección lo que os ofrezco, Ventanitas. Solo me aseguro de que no intentáis desertar nada más salir de la villa —aclaró Lord Vahodoruho sonriendo de forma socarrona. Ventanitas Manzana se preguntó por qué narices aquel fulano siempre se las apañaba para despedirse con una amenaza de lo más desagradable. Durante los dos primeros días de trayecto desde Villamerceditas hasta la fortaleza del temible hechicero Astakirot, el buen ambiente y la camaradería imperaron en la caravana. Faraoncito Multiusos entonaba sin descanso tradicionales tonadillas acompañado por su laúd. —No te agaches cuando vas por fresas, niña. No te agaches, no, no te agaches. Tu madre dise que no llevas bragas, niña. No te agaches no, no te agaches. Que te irritan sean de algodón o lana, niña. No te agaches no, no te agaches. Los matojos están altos, niña. No te agaches, no, no te agaches. La mañana del tercer día de viaje llegaron al desfiladero por el que se accedía al valle de las Ánimas. Cuando hacia el mediodía divisaron en lontananza el contorno de la fortaleza del hechicero, los ánimos se enturbiaron, las risas dejaron de sonar y para alivio de muchos también calló el laúd de Faraoncito. Al anochecer ya se encontraban frente a las puertas de la fortaleza. Los dos carros de soldados que les acompañaban se habían desviado hacia una arboleda cercana apenas media yarda atrás. Allí esperarían a su señor Lord Vahodoruho Estarde, que debía llegar al día siguiente junto al señor de Sopaboba, su hechicero Nuño Rozas y dos nobles más. —Ojito que os estaremos vigilando. Como vea yo que os torcéis un solo palmo del camino a la fortaleza os molemos a palos —les advirtió un capitán de la guardia antes de desearles la mejor suerte del mundo. La fortaleza del hechicero Astakirot se recortaba contra el cielo del anochecer como una austera e inmensa mole cúbica. La barbacana apenas sobresalía de la estructura principal y las almenas eran tan poco pronunciadas que más bien parecían pequeños chichones en las murallas. Un foso de aguas oscuras rodeaba toda la estructura. Las criaturas que lo habitaban arrancaban ondulaciones de la superficie con su sinuoso nado. —¿Hay alguien en casa? —gritó Ventanitas Manzana desde el carro que encabezaba la comitiva. Por toda respuesta recibió el aullido del viento. 20


—Me parece que esa no es la fórmula de cortesía más adecuada —opinó Frikito Andurriales, sentado junto a él en el pescante con las riendas en la mano. —¡Ah del castillo! —insistió Ventanitas. —En realidad se trata de un castillo-fortaleza —le respondió una voz desde las almenas. —¡Ah del castillo-fortaleza! —¿Quién va? —Little Windows Apple y su dicharachera troupe. Compañía de artistas ambulantes. Emoción a raudales y entretenimiento asegurado para almas nobles con sensibilidad cultural. —¿Sois de alguna tribu del norte? —¡Ay, qué malaje! Si ya sabía yo que esa lengua pecadora nos traería desgrasias. —Se trata de un nombre artístico, buen soldado. Debéis saber que es la última tendencia en… —¿Y en que consiste vuestro espectáculo? ¿Salen mozas ligeritas de ropa? —Sabed que ofrecemos un espectáculo del más alto nivel. Representamos bellas historias que logran arrancar risas de las almas más sombrías y lágrimas de los ojos más dichosos. —¿Sois actores? —Admirados en las cortes más selectas. —Pues vaya… —¿Eso quiere decir que nos franquearéis la entrada a tan selecta concurrencia? —No, eso quiere decir que sois un muermo. —Tal vez debierais consultar a vuestro señor. Quizá él sepa apreciar nuestro arte y le desagrade sumamente que le hayáis privado de un rato de edificante solaz. —No lo creo. Mi señor tiene en alta estima mis consejos y se fía de mi buen criterio. —Bueno, todo es negociable, ¿verdad? Tal vez podamos ofreceros algún obsequio que os haga cambiar de opinión. —¿Me intentáis sobornar? ¡Cómo osáis! Semejantes triquiñuelas pueden ser usuales entre gente de vuestra calaña, pero debéis saber que estás hablando con… —¡Salimos montones de tías jamonas en cueros! Entre ellas yo —gritó Lalianta Namera harta de tanta cháchara. La paciencia nunca había sido una virtud a la que ella tuviera mucho apego. 21


—Apenas os veo desde aquí arriba. ¿Cómo sois? —Pelirroja y con pequitas hasta en los rincones más escondidos. Lo que pareció una exclamación de júbilo precedió a un estruendoso rechinar de metal y crujir de madera. El puente levadizo empezó a descender sobre el foso, lentamente primero, más rápido a medida que su extremo se les acercaba, hasta finalmente posarse con violencia sobre la tierra seca, arrancando, al hacerlo, una espesa nube de polvo. A continuación se elevó el rastrillo sorteándoles la entrada a la fortaleza. Tan pronto el último de los catorce carros que formaban la comitiva entró en el patio de armas, volvió a descender con quejumbroso esfuerzo. Por una angosta escalera de las murallas apareció un anciano renqueante, calvo y que lucía barba blanca. —Soy Sebastián Tan, celador, cocinero, chacha y lo que se precise. Ventanitas Manzana buscó, a la luz de las antorchas que rodeaban el patio, algún signo de vida en forma de guardias con pesada cota de malla y reluciente yelmo, pero no divisó ninguno. —Little Windows Apple —le respondió—. Estas diecinueve almas forman mi troupe de actores. —Bienvenidos —dijo el anciano buscando entre la concurrencia a la propietaria de las pecas—. Podéis descansar aquí esta noche. En ese cobertizo encontraréis agua y forraje para vuestros caballos. Mañana podréis presentaros ante mi señor. Sin mayor preámbulo, dio media vuelta y abandonó el patio de armas a través de una puerta lateral. Por encima del muro interior sobresalía majestuosa la torre del homenaje. El acceso más evidente a los aposentos privados era una entrada parecida a la que habían sorteado para acceder al patio donde se hallaban, cerrada, al igual que esta, por una pesada reja. El desánimo que se había apoderado de la comitiva desapareció a la lumbre de las hogueras que encendieron para calentar la frugal cena. Faraoncito recuperó las ganas de cantar y al ritmo de sus canciones, Lali y varias muchachas más se arrancaron por soleares. Los trileros competían entre ellos por demostrar la habilidad de sus dedos mientras los hermanos Tato y Lalo Pocacosa, dos enormes sureños de poderosa musculatura y piel oscura, organizaron un improvisado concurso de pulsos que dejó el codo perjudicado a más de uno. Poco a poco, el cansancio, el sueño y el vino terminaron por vencerles a todos hasta que el patio quedó desierto. En el carro que compartía con los ronquidos de Frikito, Ventanitas Man22


zana no concilió el sueño hasta bien avanzada la noche y cuando lo consiguió estuvo plagado de pesadillas tan horribles como verse perseguido por una gallina de nueve pies de altura con la cabeza de Lord Vahodeoruho, que le exigía su ración de alpiste bajo amenaza de arrancarle la lengua a picotazos. —Y así contra aires revueltos y aguas inquietas montó su jaca guapa el valiente Rigoberto pa achuchar a la niña de sus ojos. —¡Quieres hacer el favor de no improvisar! ¡Releches, que eres el narrador! —¡Ay, el payo este! Pero si no improviso que digo lo que pone en mi papel. —En tu papel pone: «Contra viento y marea galopó en su briosa yegua el valiente Rigoberto para reunirse con su amada». —¡Ay, payo, pues eso mismo hi dicho! —Mira Faraoncito o lo dices bien o te cambio el papel. —¡Mal rayo te parta! Me tienes puesto el ojo porque soy gitano. ¡Ay, el Ventanitas, que es un rasista asqueroso! —Yo es que me lo cargo. De verdad que no hay derecho… —No me quites de narrador, Ventanitas, no me quites por la gloria de tu madre… —Pero vamos a ver —intervino Leandro Meda, ladronzuelo de tres al cuarto, acariciándose la prominente barriga—. ¿No se supone que estamos aquí para rescatar a la reina de las garras del Astakioto ese? ¿Pues qué más dará que el chaval diga las cosas a su manera? —Eso, Leandro, tú grita, grita más no vaya a ser que Astakirot no se haya enterado todavía de a qué hemos venido. —Si es que al Manzana se le ha subido a la cabeza lo de artista ambulante —secundó Lalianta Namera—. Yo la verdad es que ya empiezo a estar harta de tanto ensayo final. ¿Cuánto llevamos sin parar? Debe de ser casi mediodía. —Disiendo las cosas a mi manera me recuerdo más de disirlas que me se olvidan enseguida… —Lo que tendríamos que estar haciendo es entrenándonos y no perdiendo el tiempo con estas soplagaiteces —añadió Tato Pocacosa mientras su hermano Lalo ilustraba sus palabras blandiendo una maza. —¡Esconded esas armas! ¡Maldita sea! Se supone que somos artistas. Como Astakirot tenga la menor sospecha de que le hemos mentido estamos perdidos. 23


—Total, estamos perdidos muerda el anzuelo o no —contraatacó Lali. —Un poco de orden que esto se está saliendo de madre —intercedió Frikito Andurriales. Un gemido oxidado acalló todas las voces. El peine de la puerta de acceso a la torre del homenaje se estaba abriendo, accionado por mecanismos que quedaban ocultos a sus ojos. Bajo el arco de entrada apareció Sebastián Tan, sonriendo enigmático con ambas manos en la espalda. Enmarcada por la alta arcada de piedra, su figura todavía parecía más insignificante. —Si queréis acompañarme, mi señor os espera. Siguieron los renqueantes andares de Sebastián Tan hasta un nuevo patio semejante al que acababan de abandonar, pero algo mayor. En su centro se levantaba una torre pentagonal con el mismo aspecto macizo y poco ornamental del resto de la fortaleza. La mole se alzaba muy por encima de sus cabezas apuntando al cielo soleado de verano con cierto aire amenazante. Una vez más, Ventanitas Manzana escrutó en derredor en busca de soldados y, una vez más, no los vio por ninguna parte. Al menos en aquella área de la fortaleza sí existía actividad humana. Un mozo cepillaba un hermoso corcel marrón de largas crines negras y otro entraba en los establos trajinando dos cubos llenos de agua. En la mayoría de las ventanas que se abrían al patio desde las construcciones de su perímetro se podía ver ropa tendida. Hombres y mujeres entraban y salían por sus puertas atareados. Un herrero sudoroso golpeaba una herradura sobre un yunque bajo la mirada atenta de su aprendiz, mientras otro hombre no dejaba de atizar el fuego de la forja. Una hilera de mozos, que partía desde lo que parecía un almacén, cruzó ante ellos cargando sacos de trigo y cestas de verduras en dirección a una puerta lateral de la torre que con toda seguridad daba acceso a la cocina. Todos les dedicaron fugaces miradas antes de continuar con sus quehaceres. —Por aquí —les indicó Sebastián enfilando la puerta principal de la torre del homenaje. Entraron en un vestíbulo sin ventanas iluminado por antorchas y, tras pasar junto al salón de los banquetes, subieron un tramo de escaleras que les condujo hasta una antesala similar a la del piso inferior. Una puerta de doble hoja tachonada con remaches de hierro se abrió ante ellos. Entraron tras Sebastián en un enorme salón que sin duda ocupaba toda aquella planta. 24


Haces de luz se colaban oblicuos naciendo de aperturas oblongas que se abrían a ambos lados de la estancia, confiriéndole al lugar un ambiente místico que alternaba tramos de claridad y de sombras. A medida que se iban acercando al extremo opuesto del salón, Ventanitas pudo entrever dos figuras sentadas en altas sillas. Dos figuras que, poco a poco, se concretaron en un hombre joven y apuesto, de mirada inquisitiva y largos bucles negros, ataviado con una túnica negra con extraños arabescos bordados en plata, y en una dama que lucía un vestido ceñido de color marfil con perlas engastadas y que cubría su rostro con finas gasas de colores. —Pues aunque el rey es un madurito de lo más interesante no me extraña que la Ermengarda lo haya cambiado por este. La pelandusca tiene buen gusto —susurró Lalianta a Froiloba Cuervo, buscada por brujería en medio reino bajo pena de hoguera. Sebastián subió los tres escalones que les separaban de Astakirot y la reina, y permaneció de pie a la derecha de su señor. —Bienvenidos seáis a mi fortaleza —les saludó el hombre con tono amable—. Confío en que hayáis disfrutado de una noche tranquila. —Es un verdadero honor, mi señor, para Little Windows Apple y su dicharachera troupe, es decir, un servidor y esta, mi gente, que se nos brinde la oportunidad de compartir nuestro oficio con almas sensibles amantes del buen arte, como sin duda son las que ahora mismo tenemos delante. —Tal vez sobreestiméis nuestro paladar, buen Little Windows, pero sí que es cierto que no solemos dejar escapar la oportunidad de disfrutar con los espectáculos de los artistas ambulantes que el azar acerca a mi fortaleza. Porque es azar y no otra cosa lo que os ha traído hasta mí, ¿verdad? Ventanitas pudo imaginar perfectamente la cara de partida de naipes que sus diecinueve compinches estarían componiendo a sus espaldas. En realidad dieciocho, la de Faraoncito Multiusos sería, con toda seguridad, de «si yo no hi hecho na». —Un azar de lo más favorable, sin duda alguna, pues nos ha permitido encontrar refugio en la fortaleza de un hombre tan poderoso que ni siquiera necesita guardias para vigilar sus almenas. Un señor enjundioso a la par que acaudalado, solo hace falta ver el tamaño de su morada, y de un gusto exquisito, basta contemplar la belleza de su dama, aunque más que contemplar debería decir intuir. 25


Sebastián Tan intercambió una mirada enigmática con su señor. Para sorpresa de los presentes el hechicero rompió en carcajadas. —Me gusta la gente con agallas, sí señor. Al menos no intentáis disimular que sabéis ante quien os halláis como hacen otros muchos. Efectivamente, soy el hechicero Astakirot, mi nombre hace temblar a gentes de todo el continente, y contra mi poder poco pueden hacer lanzas y espadas. Esta noche celebraré un banquete en vuestro honor y luego, a la luz de las antorchas, me deleitaréis con vuestras historias. —Esto, verá, mi señor Astakirot, es costumbre entre nuestra gente que empiece la función con la puesta de sol. Una tradición ancestral… —¿De veras? La desconocía. De hecho ninguno de los comediantes que antes ha visitado mi hogar me la había mencionado. —Bueno, depende de la zona de origen, mi señor, estas prácticas suelen ser de carácter muy local. —Entiendo. Por mi dama y por mí ningún problema. Cenar pronto es sin duda cosa sana y a mi señora no le agrada acostarse tarde — sentenció sonriendo cariñoso a la reina. —Hay que ver que cortés y galante, igualito, igualito, que mi difunto Mariano, en paz descanse, por la parte de los huevos —susurró Froiloba Cuervo a Lalianta. —La verdad es que parecen dos tortolitos —le respondió esta. —Así pues os espero en el salón de banquetes una hora antes de la puesta de sol, mis queridos invitados. A continuación disfrutaremos en esta misma estancia de vuestro arte. —Un honor y un verdadero placer será compartir viandas con vuesas mercedes —replicó Ventanitas haciendo una leve reverencia. —Las ventanas, las ventanas…—le dijo al oído el siempre previsor Frikito Andurriales. —¿Qué ventanas? —Pues eso, que aquí no hay. ¿Cómo sabremos cuando debemos…? —¡Oh, mi señor! Mi fiel compañero me ha indicado otro problemilla que nos gustaría saber si su excelencia tiene a bien solventar. —Vos diréis, buen Little Windows. —Otra peculiar usanza de nuestro oficio, ya debe de haber llegado a vuestros oídos que a supersticiosos no nos gana nadie, es que haya amplias ventanas que nos permitan ver el exterior allí donde actuemos. Somos almas nómadas y libres a quienes no gusta el encierro. Me entristecería en sumo grado que nuestra actuación quedara algo deslucida a causa de un escenario poco adecuado. 26


—De verdad os digo que esa tampoco la había oído jamás. Pero así sea. Les diré a mis sirvientes que preparen una estancia del piso superior que, siendo diminuta al lado de la que ahora nos cobija, tiene unas vistas excepcionales. —Vuestra generosidad no conoce límites, señor Astakirot —dijo Ventanitas haciendo otra sentida reverencia que esta vez fue imitada por toda la comitiva. Ya de regreso al patio de armas, Ventanitas se escabulló de Sebastián Tan para acercarse a Lovely Gigí, seductor y embaucador de renombre, y encomendarle una tarea nada banal. —Escúrrete como puedas a las cocinas y camélate a las cocineras. Debemos disponer de vía libre para acercarnos a la comida de la reina sin levantar sospechas. —Eso está hecho —respondió Gigí con la sonrisa autosuficiente del que reconoce la infalibilidad de sus encantos. —¿Podemos comer ya, Litle Güindous? Me se enretortijan las tripas del hambre que paso. Así no hay manera de recordarse de na. —Un último esfuerzo, Faraoncito, que ya casi hemos terminado. —Si es que el fulano es negrero a más no poder, ¿eh? Lo lleva en la sangre —le increpó Namera por enésima vez—. Venga coño, Ventanitas, que nos va a dar un yuyu con esta solana. —¡Ventanitas, Ventanitas! ¡A Leandro le pasa algo! —gritó Tato Pocacosa seguido de su inseparable hermano. —¿Ves? Sí ya lo decía yo —insistió Lalianta guasona dándole un codazo a Frikito que un poco más y le rompe una costilla. —¿Dónde está? Todos a una se acercaron al carro que Leandro Meda compartía con Genaro Dezevoya. En su interior yacía Leandro boca arriba. Los ojos en blanco y un hilillo blanco goteándole de ambas fosas nasales. —Al menos sigue vivo —observó sagazmente Lali ante los subires y bajares de la prominente barriga del ladrón. —¿Alguien sabe qué le ha sucedido? —quiso saber Ventanitas. —Si esto no es cosa de hechisería que resusite mi papa —aventuró Faraoncito protegiéndose con un rápido gesto contra los malos espíritus. —Vamos a ver… ¿alguien sabe lo que le ha pasado? ¿Alguien estaba con él? —A nosotros nos ha avisado Genaro —informó Lalo Pocacosa. 27


—¿Dónde está Genaro? —Aquí —respondió una vocecita desde detrás de la muralla humana. Cuando todos se hicieron a un lado, Genaro Dezevoya y sus escasos cuatro pies y medio de altura se acercaron junto al carro. —¿Tú sabes algo de esto? —Algo. —¿Qué ha pasado? —Me ha dicho que como ya había ensayado su parte de la obra que se iba a tender un rato hasta la comida. —Esto es obra de Lusifé —aseguró convencido Faraoncito, con los ojos muy abiertos, haciendo cuernos sobre su cabeza. Frikito lo miraba por encima de las antiparras algo desconcertado. —¿Y eso es todo? —Bueno, también que iba a relajarse un poco. —¿De alguna forma en particular? —Con unos polvitos blancos que ha encontrado. —¿Polvitos blancos? —Desesperado, Ventanitas subió al carro solo para encontrar en la mano derecha de Leandro aquello que confirmaba sus peores temores—. ¡Dios bendito! Este tarado se ha metido por la nariz los polvos que me dio Lord Vahodoruho para indisponer a la reina. —Los tenías bien guardados, ¿eh, Manzana? —Lalianta intentó otro codazo que esta vez Andurriales consiguió esquivar, pero que alcanzó a Genaro en toda la mandíbula saltándole una muela. —¡Buenas noticias, chicos! —dijo Lovely Gigí en plan entrada triunfal—. La reina es vegetariana. Meterle la droga en el plato será coser y cantar. —Coser y cantar, ¿eh, Manzana? —Lalianta se lo estaba pasando en grande. Sentado junto a Leandro Meda, Ventanitas Manzana se agarraba la cabeza con ambas manos incapaz de creer que todo aquello le estuviera pasando a él. —Vamos a ver, que no cunda el pánico —terció Frikito Andurriales mientras aprovechaba para poner tierra de por medio con Namera—. El papel de Leandro era muy corto. Lo eliminamos de la obra y ya está. —¡Cucha tú al payo este!, preocuparse ahora por la obra… ¿Comemos ya? —Aún queda por solucionar el tema de la reina. Necesitamos algo que la haga retirarse a su alcoba. 28


—Yo le puedo dar motivos de sobra —se ofreció Gigí siempre generoso con las féminas. —Si queréis puedo hacer un filtro que consiga efectos igual de efectivos que esa porquería de medicina moderna —aseguró Froiloba Cuervo. —¿De verdad? —preguntó Ventanitas esperanzado, pero todavía con ambas manos encima de la cabeza. —Psssí, solo necesito ciertos ingredientes… pero bastante comunes. Creo que con lo que me he traído habrá más que suficiente para hacer un apaño. —¿Podemos comer ya, Litle Güindous? En el salón de banquetes, bajo el crepitar de las antorchas, las viandas fluían incesantemente desde la puerta de la cocina hasta la mesa en forma de «U» presidida por el hechicero Astakirot, sentado entre la reina y Sebastián Tan, que a parte de celador, cocinero, chacha y lo que se tercie, ejercía también de mano derecha del señor del castillo. Ventanitas Manzana y compañía eran incapaces de creer que todos aquellos manjares, que un ejército de sirvientes depositaba sin tregua delante de sus ojos, fueran en su honor. Las humeantes bandejas de faisán, codornices, ciervo y conejo al ajillo se sucedían con las rebosantes de patas de cordero, cochinillo y costillitas de lechal. Diligentemente, otros tantos escanciadores se encargaban de que las copas de los invitados siempre estuvieran bien servidas de los mejores caldos de las bodegas de su señor. Finalmente parecía que su suerte había cambiado, se dijo Ventanitas pegándole un buen bocado a su lomo de ciervo que enseguida hizo bajar con un largo trago. Froiloba Cuervo había conseguido, en poco más de una hora, un filtro que según sus propias palabras «dejaría a la reina con pocas ganas de teatro». Incluso había tenido tiempo de preparar un poderoso reconstituyente que había dejado a Leandro Meda como una rosa. El buen humor y la concordia presidían la cena. Los hermanos Tato y Lalo Pocacosa ya hacía un buen rato que, para desesperación de sus vecinos de mesa, competían por ver quien era capaz de engullir el mayor número de patas de cordero; Leandro Meda, Genaro Dezevoya y Faraoncito Multiusos se relevaban cada cierto tiempo para proponer un brindis a cual más disparatado ante el regocijo del respetable; Lalianta Namera y Froiloba Cuervo discutían con mirada experta sobre los po29


sibles ingredientes de las salsas que regaban los platos que degustaban, y Lovely Gigí estaba más pendiente de las risas y carantoñas de las muchachas que del buen yantar. Toda la comitiva estaba disfrutando de la velada bajo la mirada divertida de los anfitriones y Ventanitas Manzana estaba cada vez más seguro de que todo el plan iba a salir la mar de bien. A falta de lógica alguna para tal razonamiento, acabó convencido de que era fruto de los efluvios de su copa. —Ventanitas… —¡No me seas aguafiestas, Andurriales! Que tampoco estoy bebiendo tanto. Ya sabes que tengo resistencia de hierro para el alcohol… —No es eso, Ventanitas. Es la reina. —¿La reina? —Creo que le está dando conversación a la guarnición. Incluso por encima del ruido de las charlas y entrechocar de copas, Ventanitas pudo oír alta y clara la suave voz de la reina Ermengarda. —Pobrecitas mías, pobrecitas mías. Arrancadas de vuestra querida tierra, para luego ser despellejadas y asadas todavía vivas… —¿Les está hablando a las cebollas? —Me temo mucho que así es. Mientras Astakirot y Sebastián intentaban inútilmente que la reina regresara a su silla y no se quitara el velo, Ventanitas se acercó hasta Froiloba con cara de pocos amigos. —¿Pero se puede saber qué cojones has puesto en ese filtro? —Todo inofensivo —le respondió pausada mientras se servía una codorniz. —¿Inofensivo? ¿Pero tú has visto en qué estado está la reina? —Bah, no te preocupes eso es que la Amanita Muscaria le está haciendo efecto. —¿Amanita Muscaria? ¿Le has puesto a la reina un hongo alucinógeno en ese filtro? —Entre otras cosas, ¿qué quieres? Me he tenido que apañar con pocos ingredientes. —No te disculpes —la defendió Lalianta limpiando un hueso de faisán—. Si tanto sabe el listo este, que se hubiera hecho él mismo el filtro de marras o que no hubiera perdido los polvos que le dio Lord Vahodoruho. Ventanitas Manzana resopló mirando a Lalianta con ojos asesinos. Mientras tanto, la reina danzaba en círculos por el salón, hablán30


dole a unos duendecillos granujas que pellizcaban cierta parte de su anatomía y que nadie más que ella veía. Solo con la ayuda de seis sirvientes logró finalmente Astakirot inmovilizarla. —¿Te encuentras bien, amor mío? —Estupendamente, mi rey, ¿Por qué lleváis esa sandía en la cabeza? ¿Es una nueva moda de la corte? —Llevadla a sus aposentos. —La orden de Astakirot a sus sirvientes retumbó alta y clara en un salón de los banquetes donde ya no se oía ni una mosca. De regreso a la silla, añadió con su usual tono afable—: No os preocupéis por mi dama, insignes invitados, sin duda ha ingerido con su ensalada alguna seta en mal estado que le está provocando alucinaciones. Aunque no a este nivel, ya le había sucedido antes. Le tengo dicho que debería seguir una dieta sana rica en grasas, alcohol y carnes rojas como el resto de mortales, pero ella se empeña en esta moda estúpida de la comida vegetariana. En fin, podéis seguir comiendo y bebiendo tranquilos, mi galeno se encargará de hacerle una sangría y no tardará en reponerse totalmente. Tras el pequeño incidente, el banquete prosiguió sin más interrupciones, pero el humor de Ventanitas ya no volvió a ser el mismo. Al miedo escénico se le unía ahora la inminente llegada de la hora de la verdad. De no terciar un milagro sabía demasiado bien cuál iba a ser el destino que a todos ellos esperaba aquella misma noche. Un sirviente se acercó hasta Sebastián Tan y le susurró algo al oído. Acto seguido el anciano se levantó y pidió silencio golpeando la mesa con su copa. Ante la perspectiva de un nuevo brindis, Faraoncito, Leandro y Genaro levantaron las suyas con una sonrisa de oreja a oreja. —Ha llegado la hora de que os vayáis preparando, la puesta del sol está ya cerca. Os acompañaré hasta la sala donde se llevará a cabo la función —anunció Sebastián Tan. La función empezó puntual con los primeros rayos del sol ocultándose tras las cimas de los montes lejanos que bordeaban el valle de las Ánimas. Tal y como había prometido Astakirot, en las paredes de la sala se abrían amplios ventanales que ofrecían una panorámica verdaderamente impresionante de los campos que rodeaban la fortaleza. Incluso podía divisarse la arboleda donde el día anterior se habían apostado los soldados de Lord Vahodoruho Estarde a esperar la llegada de su señor. Según lo establecido, ya debían de encontrarse camino a la entrada del túnel que atravesaba las entrañas de la construcción. 31


El salón apenas era la mitad del que en principio tenía que acoger la representación, pero había sitio de sobras para hacer un papel digno e incluso tal vez para intentar esquivar los hechizos de Astakirot, si es que existía forma humana de intentar eso. Los sirvientes del hechicero habían hecho un gran trabajo llevando hasta allí toda la tramoya necesaria para la función, incluso les habían preparado una pequeña tarima, con dos paneles de madera a ambos lados, para que aquellos que iban a salir a escena pudieran esperar su turno sin ser vistos por el público. Público que se reducía a Astakirot y su consejero Sebastián Tan. Ventanitas se preguntaba, mientras esperaba paciente a que llegara su entrada triunfal, si la obra estaba siendo un éxito o un fracaso absoluto. Tanto Astakirot como Sebastián habían empezado a reír a mandíbula batiente desde la primera frase de la obra y resultaba evidente que se lo estaban pasando en grande, el único inconveniente era que se suponía que El Talismán de Kah-rak era una tragedia épica en tres actos donde la risa no se contemplaba como reacción deseable del público. —Y así montó brioso su amada yegua el fogoso Rigoberto, esquivando valientemente coses aéreas y pertinases chaparrones, a la espera de achuchar a su dama —narró con su estilo habitual Faraoncito, mientras Lovely Gigí pateaba el escenario como si galopara un imaginario corcel cruzando valles y montañas. El hechicero y Sebastián se apretaban el estómago bajo los efectos de una risa histérica que les llenaba las mejillas de lagrimones —. Pero antes de tan ansiado encuentro nuestro héroe tuvo que haser frente a aquel que habíase atrevido a secuestrar a su dama. Con el corazón redoblándole frenético, Ventanitas Manzana salió a escena alzando ambas manos y frenando el galopar del caballero Rigoberto. La pose levantó todavía más la corta túnica hasta solo tres dedos por debajo de sus partes, dejando totalmente al descubierto sus piernas delgadas y peludas, culminadas por dos botines de piel de borreguito. Los masculinos brazaletes que le había pedido a Frikito tenían un sospechoso parecido con correas de gato salpicadas por cascabeles, que tintinearon alegres al mover los brazos. Dos golpes resonaron en la sala cuando el temible hechicero Astakirot y el leal Sebastián Tan cayeron al suelo sacudidos por los espasmos de una risa incontrolable. Tras dudar unos segundos, Ventanitas prosiguió con su papel. 32


—¿Dónde vas con tanta decisión, caballero de peculiar blasón? —Voy a rescatar a mi doncella, pérfido gañan, que alguien la vio en tu morada, asomándose al balcón. —Buena vista tendría, vive Dios, el fulano que a ti, eso te sopló. —No me líes con tus tretas, pertinaz malandrín, pues quiéraslo o no lo quieras, tu hora llegó por fin. —Veamos pues si tu espada es tan briosa y afilada, como esa lengua que mueves sin decir más que… sin decir más que… Desde su rinconcito, Frikito Andurriales apuntó diligente. —Sin decir más que burradas. Ya se disponía Ventanitas Manzana a repetir sus palabras cuando el estrado tembló bajo sus pies lanzándole al suelo junto a todos los presentes. Un rugido sobrenatural rasgó las últimas horas del día. Mirándose unos a otros, confusos y aterrados, durante una veintena de latidos, quien más quien menos permaneció cuerpo a tierra sin mover ni un solo dedo. Los primeros en recuperar la verticalidad fueron Astakirot y Sebastián Tan. —Es un verdadero fastidio —dijo el hechicero—, pero desde que esa guía regional ha incluido mi fortaleza en la ruta de monumentos pintorescos no hay mes en que no tengamos alguna desgracia. Podéis levantaros. No hay peligro. —¿Qué ha sido eso? —quiso saber Frikito Andurriales sin la menor intención de levantarse. —Nada por lo que os tengáis que preocupar. Es Margarita, mi mascota particular. Se encarga de vigilar el túnel subterráneo que se interna en mi fortaleza y de proteger nos de visitas indeseadas. —Esa Margarita tiene un ladrido un tanto peculiar —observó Ventanitas. —En realidad no es ningún perro. Se trata de un hermoso ejemplar de anfisbena de varias toneladas. Una especie de dragón con dos cabezas de serpiente, una de ellas en su cola. Huelga decir que ambas están provistas de colmillos más que efectivos para desgarrar la carne. —¿Come carne humana? —preguntó Frikito, incrédulo, todavía cuerpo a tierra. —Desde luego. No le conviene abusar de ella «pero sí» y me sale barata. Con los turistas que se zampa mensualmente ya tiene más que suficiente. 33


—¿Se los zampa? —afirmó angustiado más que preguntó Faraoncito, mirando aterrado a Ventanitas y a Frikito, que finalmente había decidido levantarse. —A decenas. Su piel es tan dura que ningún arma puede dañarla y es inmune a la magia, o sea que nada pueden contra ella ni hechiceros ni guerreros. —Estupendo —pensó Ventanitas en voz alta comprendiendo que, a aquellas alturas, Lord Vahodoruho y compañía ya serían picadillo en la tripa de la bestia y que con ellos se esfumaba cualquier posibilidad de cobrar la recompensa prometida. Estaba claro que lo mejor que podían hacer, dadas las circunstancias, era terminar la función y abandonar cualquier intento de atacar al hechicero. Ellos todavía estaban a tiempo de salvar su vida. Se acercó a Frikito para que hiciera saber al resto el cambio de planes cuando un nuevo grito le sobresaltó. Esta vez era claramente humano y reconocible. Eran las voces de Tato y Lalo Pocacosa. —¡El último de los rayos del sol acaba de ponerse, compañeros! —Hasta esta altura de la frase tanto Astakirot como Sebastián acogieron con una sonrisa las palabras de los sureños tomándolas por parte de la obra—. ¡Ha llegado nuestra hora de gloria! —La visión de sendas mazas cambió las expresiones del señor del castillo y su consejero. Ya no había marcha atrás, la suerte estaba echada y dudosamente se volvería a levantar. Igual que hizo el resto, Ventanitas desenfundó su espada corta, no podía ser de otra manera dado su atuendo, y se dispuso a reunirse con la parca. Veinte almas corrían hacia Astakirot y su lacayo berreando y enarbolando sus armas. Astakirot les miraba acercarse con expresión aterrada. —Papá, ¡haz algo! —gritó por encima del ruido. A Ventanitas se le antojó un hechizo bastante peculiar, pero desconocedor como era de las artes arcanas no le quiso dar más vueltas. Sebastián Tan se interpuso entonces entre el hechicero y sus atacantes para, con un ligero gesto de su mano derecha, como aquel que espanta una mosca, devolver el silencio al salón. Sorprendido, Ventanitas Manzana acalló su grito y detuvo su carrera a escasos pasos del anciano. Una luz azulada brillaba en su pecho. Era el talismán del alquimista que les habían donado generosamente las Hermanitas de los Primeros Auxilios. —Vaya, vaya, eres una caja de sorpresas, Little Windows. Un pícaro de baja estofa como tú en posesión de un talismán auténtico. 34


—¿Quién eres? —logró preguntar mientras veía disminuir paulatinamente el brillo del colgante. —Soy Astakirot Tan. El hechicero al que al parecer veníais a asesinar —siguiendo la dirección de su mirada entendió cuál iba a ser la siguiente pregunta—. Él es mi hijo, Sebastián Tan. A menudo es útil desviar la atención de tus enemigos hacia un falso objetivo. Levántate, hombre de Dios, si eres bueno para ir seduciendo a reinas también deberías serlo para defenderte de tus enemigos. —Lo siento, papá —le respondió su hijo avergonzado mirando las punteras de sus babuchas. —¿Qué les has hecho a mis compañeros? —Solo cambiarlos de lugar… tal vez tarden en reaparecer pero cuando lo hagan se encontrarán en un sitio bastante húmedo. —¿El foso? —inquirió Ventanitas aterrado al recordar los engendros que habitaban sus aguas procelosas. —Tú lo has dicho. Los seres que lo pueblan son tan antiguos que no hay leyenda humana que los conozca ni les haya dado nombre, pero te aseguro que a su lado mi Margarita es un corderito. En fin, Little Windows Apple, ha sido un verdadero placer conocerte. Y debo decir a favor tuyo y de tu troupe que erais, con diferencia, los mejores comediantes que han pasado por esta fortaleza. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto… mas me temo que ha llegado el momento de reunirte con los tuyos. —La expresión de condescendencia de Astakirot se transformó en una mueca salvaje cuando musitó extrañas palabras y extendió su mano de dedos crispados hacia Ventanitas. Todo lo que este acertó a hacer fue cubrirse el rostro con ambos brazos dejando caer su espada. Fue por ello que no pudo ver la siniestra bola de energía que surgió de la mano derecha del hechicero para dirigirse de inmediato hacia él. Un orbe apenas visible, solo distinguible por la ligera distorsión de la realidad que producía a su paso. Ante su presencia el talismán empezó a brillar con una intensidad cegadora. Astakirot sonrió satisfecho a la espera de ver desaparecer a aquel tipo insignificante que se había atrevido a hacerle frente, ni más ni menos que a él, cuyo poder era respetado por hechiceros y brujas de todo el continente. Pero para su sorpresa, Ventanitas no ardió vivo en terrible agonía entre llamaradas azuladas ni nada parecido, en lugar de eso la esfera fue absorbida por el destellante talismán e inmediatamente rechazada hacia su posición con potencia y velocidad redobladas. Cuando Ventanitas apartó los brazos y se atrevió a mirar, una pila de huesos carbonizados, toda35


vía humeantes, ocupaban el lugar donde instantes antes se encontraba el mítico hechicero Astakirot. —¿Estoy vivo? —preguntó incrédulo viendo a sus pies restos de hierro líquido, cuanto quedaba del talismán que le había salvado la vida. —Yo diría que sí —le respondió el joven Sebastián Tan, a quien su padre había enseñado muy buenos modales, pero ni pizca de hechicería. Si algo había aprendido Ventanitas Manzana de la vida errante y autosuficiente carente de todo tipo de comodidades, que había sufrido desde su más tierna infancia, era que aun de las situaciones menos propicias podía surgir algo bueno. Al fin y al cabo, ¿no estaban ellos trabajando para un intermediario en lugar de para el verdadero cliente? Lord Vahodoruho se hubiera llevado la fama, la gloria y el reconocimiento, sin olvidar una recompensa harto generosa de la que ellos solo hubieran podido disfrutar las migajas. Tal y como estaban ahora las cosas podía presentarse ante Cresconio IX con su querida esposa y quedarse con todo el pastel. Lo único que le apenaba un poco era pensar en la muerte de aquella panda de desgraciados a los que él mismo y no otro había arrastrado a una muerte segura. —Venga, mozalbete, llévame hasta los aposentos de la reina. —¿Es por eso que habéis venido? Pero, ¡ella es feliz aquí! La tratamos muy bien. Además estamos enamorados. —¿Prefieres que te mate antes de llevármela, tal vez? —le amenazó sutilmente Ventanitas mostrándole la punta de su arma. —Bueno, pelillos a la mar, ¿no? Después de todo no podéis ni imaginaros lo quisquillosa que puede llegar a ser. Con una mano sostenía la antorcha y con la otra tiraba de las riendas. Había atado a la reina al pescante para que no le diera por irse bailando. Viajar de noche en aquellas condiciones era posiblemente la peor idea que Ventanitas había tenido en toda su vida, pero su máxima prioridad en aquellos instantes era abandonar la fortaleza cuanto antes. Cruzó el puente levadizo sin atreverse a mirar las negras y ondulantes aguas del foso, no fueran a aparecer en cualquier momento los huesos de alguno de sus compañeros de correrías. Ninguno de ellos podría disfrutar de la recompensa prometida. «Al menos han muerto con la barriga bien llena», se dijo. 36


De repente, el viento de la noche le trajo su nombre como una letanía lejana: «Ventaniiitas». Entendió que todas las emociones recientes habían excitado su imaginación y que no era más que su mente nerviosa la que daba significado al aullar del viento. «Ventaniiitas», oyó de nuevo y esta vez con una claridad meridiana. Miró alrededor sin lograr encontrar el origen de aquella voz torturada. «Ventaniiitas, ¡coño!». «Cucha, el saborío este que abandona a sus amigos». «Mira que tiene cara el tío, ¿eh? Ni siquiera nos va a echar una mano. Este seguro que quiere quedarse con toda la recompensa». Aterrado, escrutó la oscuridad que se cernía más allá de la luz que emitía la antorcha, sin ver nada. Aquellas voces tenían que pertenecer a las almas de sus amigos muertos que le recriminaban desde el más allá la responsabilidad de su muerte. «¡Aquí arriba, Ventanitas!». Ventanitas Manzana detuvo el carro y se giró hacia la fortaleza. ¿Eran sus ojos los que le engañaban con extrañas visiones o realmente podía entrever, a la luz de las teas que salpicaban los muros del castillo, a sus diecinueve compinches haciéndole señas desde lo más alto de la torre del homenaje? —¡Ay, paaayo, que la puerta está atrancá y la serradura más dura que los cojones de un burro! Sonriéndose, bajó del carro. Un hechicero como Astakirot no cometía errores de ese tipo. La única explicación que se le ocurrió mientras corría de regreso a la fortaleza era que, aunque el talismán no había podido protegerlos a todos del hechizo, su presencia lo había viciado, modificando el destino final donde debían reaparecer. Ni los aros de Faraoncito, ni las pecas de Lalianta, ni las antiparras de Frikito Andurriales terminarían entre los jugos gástricos de las temibles bestias del foso. No al menos aquella noche.

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1_9788415156178 by Editorial Tirant Lo Blanch - Issuu