Sueño 0001
Estás comiendo junto con varias personas. Es una reunión de invitados de no adivinas qué amigo común. Después del cóctel, en una mesa ovalada. La señora E. L. se halla sentada junto a ti y coloca con toda confianza una de sus manos sobre tu rodilla. Alejas su mano, rechazán dola con educada brusquedad. Entonces dice la señora: «¡Ha tenido usted siempre tan bellos ojos…!». En este punto ves vagamente dibujado algo como dos ojos o el contorno de los cristales de unas lentes. Querías empezar en este punto
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.En este punto inicial comienza mi marcha hacia las diez en punto de la noche. Son las diez de la mañana, pero no volveré a insistir en qué hora es, sólo quiero decir que un trayecto es un vector desplazándose entre dos puntos, el inicial y el final, una obviedad como describir el Camino de Santiago así: el trayecto que va desde donde tu corazón se encuentre al Pórtico de la Gloria. No es que el escribir sea un oficio de tinieblas, pero sin espesas nie blas no tendría sentido el tratar de despejarlas. Un para disiaco paisaje en un día soleado se pasea, no se lee. Ob viedad que como toda apariencia tiene sus quiebras, el Camino de Santiago en realidad concluye en Finisterre, a ser posible pasando por el enigmático cementerio de Noya. En cualquier caso lo obvio como enigma sería un buen principio y continuarlo magnífico antídoto para so brevivir al duro encuentro de las diez. Cuando nací rugieron los leones. En aquel tiempo se nacía en la casa paterna y el piso de mis padres, aunque modesto, se permitía dar al Parque del Retiro. El dormi torio en donde mi madre me dio a luz abría su balcón jus to encima de la Casa de Fieras. De madrugada les daban de comer a los leones y los hambrientos animales del tam bién modesto zoológico rugían de impaciencia desde mu cho antes, comenzaron a rugir cuando mi madre rompió aguas. Me acuerdo perfectamente de los rugidos porque mi madre y mi tía Carmen, que ofició de partera, no de jaban de repetirlo con la excusa de cualquier festejo fami liar, y con toda suerte de detalles en mis cumpleaños. 10
Miro el reloj: las diez menos cuarto. Dada mi inten ción en el día de hoy, debiera apuntarla en un bloc de no tas, en un cuaderno de campo diría un antropólogo, y de ser ferroviario apuntaría menos trece, no menos cuarto, o sea a las nueve y cuarenta y siete. Creo que por fortuna no soy meticuloso, la exactitud hasta el extremo sólo es im portante en las emociones y la emoción pervive exacta sin necesidad de vademécum o como se llame la libreta. La cafetería se corresponde con lo que cualquier vecino de Chamberí llamaría el bar de la esquina, el de Juan Luis si así se llama el dueño. A partir de la segunda vez un hábito consuetudinario, te saludan, te preguntan por la parienta, te pronostican el tiempo, te describen el lanzamiento del penalti del partido de ayer y te sirven sin necesidad de que lo pidas. En mi caso: zumo de naranja, café con leche y churros, y si se han acabado los churros cruasán. Este pequeño rito de desayuno con charla es un índice de con fort que los estadísticos no introducen en su cálculo de calidad de vida. Hoy no charlo, hoy es otro día muy dife rente. Mojo un churro en el café y hojeo la prensa que descansa en la barra, sólo la hay gratuita o deportiva. Es curiosa la cantidad de cosas que se pueden hacer simultá neamente cuando estás jubilado. También pienso y miro. Lo de los leones es porque por algún acontecimiento hay que comenzar la biografía y lo de nacer es un prin cipio lógico. Lo de la música de fondo quizá sea resabio ci nematográfico, ruge el león de la Metro y comienza la pe lícula. Quizá por presumir de augurio, en heráldica nada 11
más heroico que el león rampante y en la selva nada más amedrentador que el rugido del rey. De los de la Casa de Fieras, se llamaba así por ellos, claro, no por los habitan tes del foso de los monos, no se tiene noticia de que hu bieran despedazado ni siquiera a un guarda del Retiro. Hermosos, feroces, enjaulados. Pienso que una biografía es algo más sencillo de escribir, también más auténtica, cuando no se es minucioso ni maniático, te ahorras cua drar los céntimos, algo que puede quebrarle los nervios al contador, al funcionario, al filólogo, al puntillista, pero que te ahorra consultar esos diarios y minutas que hubie ras debido escribir y archivar desde que te decidiste a na cer: hablemos sólo de poesía. Manías, lo que se dice ma nías, sólo las del desayuno con churros con la salvedad de en verano mejor melón que zumo de naranja. Otra, la de jugar o apostar siempre al 512 pero sin comprarlo, por comprobar que no ha salido jamás en ningún sorteo de lotería o de otra epecie y garantizarme así un ahorro de va rios millones de pesetas y algunos miles de euros. Es un juego además de un presentimiento, si alguien me ofrece un día un 512 lo compro seguro de que me va a tocar el gordo, en chileno de que me sacaré la polla. La gracia del juego consiste en que no puedo buscar el número, es él quien debe encontrarme, pero me refiero a manías mí nimas como la de jugar con las palabras para darles la vuelta a las frases hechas: roja por dentro, verde por fuera, hace santo un día cualquiera. Me refiero a las nimias como fechas y citas exactas. 12
Mi intención es llegar ligero de equipaje a la inexcu sable cita que tengo hoy a las 10 p. m. y para ello lo me morialista puede ser un recurso, mantener la mente des pejada o no pensar en nada es la idea, lo autobiográfico podría ser un desastre conmiserativo, pero la noluntad de pensar un tan efectivo recurso como hacer a pie el camino que me separa de mi viejo barrio, el lugar de la cita está casi al lado de la casa a la que se trasladaron mis padres después de mi nacimiento, Torrijos, 26, 4.º, hoy Conde de Peñalver, 30, 6.º, una muestra de lo que realidad y ca tastro entienden por exactitud. Para llegar preparado y asumir un destino que forzosamente será breve y proba blemente fatal. Podría haberme quedado en casa, aguar dando la hora junto a los míos, pero quiero imponerme esta prueba de resistencia a modo de calentamiento antes de saltar al terreno de juego. Forcemos la imagen, como el detenido que se inflige una herida antes de un interro gatorio de tercer grado para así estimular su capacidad de defensa contra el dolor, como el personaje de La hora veinticinco que se quema un dedo con una cerilla en el arranque de la novela. Doblo el periódico por la página de sociedad y divido en dos la única noticia que había reclamado mi interés. De un lado: «Los dos únicos mexicanos herederos de la lengua zoque, variante nahuac de por Tabasco, cumplen hoy sus respectivos 90 y 95 años ingresados en la unidad de cuidados intensivos de esta ciudad, son los dos». Y del otro lado: «Únicos ciudadanos del mundo que hablan en 13
esta lengua, pero están enfadados y no se hablan». Dejo el periódico sobre la mesa y miro alrededor. Todas estas per sonas o clientes, tan iguales e irrepetibles, tan frágiles, a quienes desconozco de vista además de a mi imagen en el espejo de detrás del mostrador, son historias ya escritas. Hay más libros sobre los libros que sobre cualquier otro tema, biografías prescindibles, no hacemos sino glosarnos unos a otros. Ese ser solitario, por ejemplo. Un anciano de aspecto pulcro, ropa modesta pero limpia, blancos pe los ralos pero también limpios, de manos moteadas y arrugas dignas con las que sujeta un periódico también de distribución gratuita. Parece prestar más atención a la prensa que al desayuno, beberse las palabras con más de lectación que el café con leche ya frío, seguro. De vez en cuando, de forma instintiva, un instinto de defensa, su mano derecha desciende por debajo de la mesa y acaricia las orejas, el cuello, el lomo del perro ovillado a sus pies. Es un perro manso, varado, cruce imposible de clumber spaniel y rastreador brasileiro. Su pelo blanquea como el de su amo, aguarda inmóvil, dulce compañía simbiótica. Si me fijo en el perro es por la mano que lo acaricia y si me fijo en el hombre de la mano es por la paciencia del can. Son el fin de una historia, canción triste de lejanas colinas, una derrota sin otra ruindad que la del tiempo. Quizá en su tiempo, que desde luego no es el de ahora, jugó fuerte en la partida. Conocía las tres leyes de la ter modinámica, ¿quién no?: Usted no puede ganar, usted no puede empatar, usted no puede abandonar el juego. Puri 14
ficar el pasado es pura ficción. Podría atribuirle cualquier historia, le encajarían tantas. El anciano recoge los cu biertos sobre el plato, pliega el periódico doblando en dos la noticia de los zoqueparlantes, lo deposita sobre la orde nadísima mesa y se levanta. Va a salir y el perro le sigue acompasándose a su paso. Pasan tan cerca. —Tiene usted un perro muy hermoso y bien educa do, le felicito. —Es una perrita, se llama Cúa. —Afluente del Sil. —No lo sé y no se moleste en preguntárselo, es dema siado vieja como para recordar eso, ¿cómo ha dicho? Bue no, no recuerdo la palabra exacta pero gracias, es usted muy amable. Se aleja, sale a la calle, su dubitativo andar tiene algo entrañable y diferenciador, una cierta compostura que se ha ganado mi afecto. Hase obligado la naturaleza a no ha cer nada que no fuera distinto, diría Montaigne. Distin ción o personalidad, tanto como para que le haya dirigido la palabra en esta jornada de aislamiento autoimpuesto. No es lógico que nadie le conozca; si no es cliente habi tual, sí es del barrio. Muy buena persona y por lo visto un ingeniero químico o algo así, de prestigio, en su día des cubrió un plástico que revolucionó la tecnología de algo, que pudo haberlo hecho, de hacerlo no viviría por aquí sino en la Moraleja. Se lo comenta alguien al chico de la barra o es al revés, no importa, no presto atención, el res to de la biografía lo añado como puro acto reflejo de 15
quien acostumbra a inventarle circunstancias a cualquier yo. Pongamos obsesionado por los semiconductores y el salto energético entre materia y antimateria cuando la an timateria se creía invisible pero abundantísima. El plásti co resultó polímero magnético, patente revolucionaria que naturalmente fagocitó Plastics&Rubber Co., la his toria de la fuga de un cerebro en la que me dejé la piel pero resultó una obra fallida con la agridulce compensa ción de que años después un ilustre alquimista, el doc tor Manuel Ballester, del Patronato Juan de la Cierva, descubrió esa inimaginable propiedad magnética en un polímero que naturalmente patentó Unión Carbide, multinacional contratipo de mi P&R. Ni en la ficción ni en la realidad la cosa resultó tan revolucionaria, los plás ticos magnéticos no dieron mucho de sí en las aplicacio nes industriales previsibles, robótica, informática, teleco municaciones y supongo que el dueño de Cúa poco tiene en común con Ballester (a quien no tuve el gusto) salvo en el aura de desengaño que nimba a los ancianos que una vez estuvieron a punto de conseguirlo. Una jornada de so ledad autoimpuesta que deberé ir improvisando sobre la marcha, previniéndome, aún no la he iniciado y ya he transigido con una curiosidad. Sé multitud para ti mismo en lugares solitarios. ¿Quién es este hombre? A través de la cristalera y por encima de las azoteas contemplo la franja de un cielo du bitativo por el que se pasean cirros desmelenados, sopla el noreste. Un cielo azul al que le está alcanzando el otoño. 16
En cuanto role hacia la sierra será el vientecillo de Ma drid, mata a un hombre y no apaga un candil. Debiera haber cogido la bufanda. Abro la puerta del Juan Luis y al apoyarse su marco en la pared transforma su cristal en es pejo, alguien se refleja en él y me pregunto quién es este tipo. Decirme soy yo o mi imagen sería engañarme como está persiguiendo desde hace mucho y es idéntico, algo más viejo, claro, al que descubrí una madrugada al des pertarme de golpe en el lecho conyugal y verle contem plándome desde el espejo del armario, asombrado pero sin inmutarse, ¿pero quién es este tío acostado con mi mujer? Decírmelo así sería hacer literatura, tenía razón Borges al calificar a los espejos de abominables por repro ducir estas personas. No le conozco de nada y me descon cierta su reiteración en darme las gracias. Gracias por ha berme dado permiso para escribir tu autobiografía no autorizada y de acuerdo, comenzaré ahora mismo. ¿Pero qué dice? Las manías son lo de menos, el tremendismo está en los secretos, los terribles secretos que oculta toda memoria, los más terribles que se ocultan en el olvido, o sea en los sueños, por eso nadie cuenta sus sueños en sus memorias. He encajado confidencias, misterios, críme nes, milagros y heridas mortales de necedad, las he enca jado y conmigo perecerán, es la forma de que a nadie más perjudiquen. Las he encajado pero es seguro que han in fluido en mi modo de entender la vida, en mi punto de vista, y si mi vida es una excusa para escribir una novela mejor hablemos de literatura. Nadie se arriesga a contar 17
sus sueños, sería una impudicia, por eso me indigna su propuesta. —Mira, me estás tocando las pelotas y, además, sólo podrías describir mis sueños si te los hubiera contado. —Yo soy el autor de tus sueños. ¿Dios? Es lo que me faltaba para empezar una jornada tan especial. Me está tocando las pelotas, me está hin chando los huevos, me está. A la defensiva recuerdo que de joven, en Alliance, Ohio, a los huevos les llamaban nueces, ahora no sé si seguirán llamándoles así. —¿Eres Dios? —Ni siquiera Quevedo. Acéptame como figura retó rica, como el autor de tus sueños, como una especie de Sahrazad, te los he ordenado y numerado como en Las mil y una noches. Me desconcierta porque se equivoca y los fantasmas suelen ser infalibles. Me pongo a la defensiva, lo más lejos posible, en el Torrijos de mis años mozos. Me ensimisma ban las olas del verano, las nubes del otoño y las llamas del invierno, me podía pasar horas contemplando las lla mas de cualquier cosa que ardiera pero nunca se me ocurrió coleccionarlas. No te puedes fiar de espectros tan móviles, repetitivos e irrepetibles como las llamas y no te responden o te escupen. Ansiedad de tener, detener, tus encantos, en la boca volverte a besar: los boleros eran para la primavera. Para los cromos cualquier tiempo era bue no. La gracia de los cromos era jugárselos a la pared, los golpeabas contra la pared y los que cayesen de cara para 18
ti. El difícil de El Coyote era el de la bala arrancando el lóbulo de la oreja, y el de Hazañas Bélicas, el de la torreta del tanque luciendo una bandera pirata. De siempre los tres mosqueteros han sido cuatro, pero en la pandilla del barrio éramos cinco: Apolinar, alias Polín; Luis Castillón, por su apellido, sin alias para distinguirle de Luis el Gor do; Pepe el Gafas y el menda. A veces seis porque se nos unía Lucio Cabezón, apellido de alias innecesario. Los tres, o los mosqueteros que fuéramos, en correrías de so lar convertidas en partidos de fútbol. Los partidos serios los jugábamos en el erial del Campana, donde ahora se alza el Pirulí, pero las porterías las seguíamos marcando con la ropa de la que nos desprendíamos, no para correr mejor o sudar menos, que también, sino para no arriesgar roto y zurcido en algún choque malaventurado. Impre vista focalización de la memoria: decían que decía la bi sabuela Társila sobre el porqué de sus trece hijos: es que Demetrio era muy suyo, no perdonaba ni en Viernes San to. El partido para todos memorable fue el de Viernes Santo contra los de la Guindalera y no porque jugar fuera pecado. Nos enfrentamos doce o trece del barrio contra casi veinte del Guinda y empatamos de penalti injusto en el último segundo. Más último imposible, metimos el gol y se armó la de Diógenes no es Cristóbal Colón, si no sa limos zingando, de najas, vaya, nos varean como a los col chones. Abusones, en venganza, se quedaron con el balón del Gordo, un magnífico balón, no era de reglamento pero sí de cuero, hinchable y con correa. El foco de atrac 19
ción es el penalti, lo tiró un tal Marsal, el mejor futbolis ta del barrio, eso lo reconocíamos todos, no era de los mosqueteros, era algo mayor y además iba al Pilar, cole gio de pago, quiero decir de más pago que a los que no sotros íbamos cuando no íbamos a la pública, o cuando simplemente ni íbamos, en fin, fue por una coinciden cia, porque pasaba por allí o algo así. Lo elegimos por unanimidad para lanzar el penalti, era el mejor y no po día fallar. ¿No podía fallar? Nos tuvo con el corazón en un puño. Por algún turbulento instinto juvenil, aquel lance se transformó en su encuentro con el destino, todo su futuro pendiente de una jugada en un secarral, en un descampado de suburbio sin ni siquiera porterías de ma dera. Por un paralelo y más indescifrable instinto, nues tra solidaridad de equipo cristalizó en una simetría más tetragonal y pura que la del cerebro, de alguna forma to dos nosotros vinculamos nuestro porvenir al resultado de esa acción. Más responsabilidad no se puede cargar sobre el ánimo de quien va a ejecutar un penalti. Le mi tifico en la estampa recordatorio, como estatua griega de atleta y concentrado como el matador marcando la suer te. Tenía un regate de fantasía, se meaba al defensa más duro y, si hacía falta, al siguiente también. Con el tobillo amagaba hacia la derecha haciendo suponer que el drible sería hacia la izquierda, y cuando el defensa suponía ha ber detectado el engaño resultaba que no, que no era en gaño y pasaba por la derecha. Cuando chutaba a balón parado hacía lo mismo. Amagó al portero con tirarle a su 20
izquierda y por allí metió el balón con el guardameta lan zándose sobre las chaquetas del lado contrario. Creo que ése fue el gol de su vida. No falló, y quizá por tan memo rable penalti lo fichó ese mismo año el Real Madrid y al año siguiente jugó de titular en la final de la primera Copa de Europa formando parte de una delantera para la leyenda: Joseíto, Marsal, Di Stéfano, Rial y Gento. No mojó, pero ganamos al Stade de Reims, en el Parque de los Príncipes de París, por 4 a 3, y el partido lo vimos los mosqueteros en blanco y negro en el televisor del Bar Ayala: caña y bocata de calamares consumición mínima obligatoria. Marsal es el autor del gol más espectacular que jamás se haya metido en el estadio de Chamartín, un gol de autor con título y todo, «el gol del minuto largo», pero yo sigo creyendo que el gol de su vida fue el penalti que marcó delante de ningún espectador en el Campana. Por lo de la simetría tetragonal a veces lo utilizo como metáfora. Vuelvo. Lo de Elotro refiriéndose a Las mil y una noches me parece una cursilada, un adorno superfluo además de tre menda inexactitud, los sueños no son cuentos y encima a Sahrazad se los habían contado, no eran de invención propia. Eso sin puntualizar que oír no es obedecer y que jamás se me hubiera ocurrido comparar a una joven muerta y descuartizada con un lingote de plata, curioso antecedente para Goldfinger. Pero lo que de veras me de sasosiega es que haya hablado de memoria, de la mía. Ha blo con un fantasma. 21
—Desconoces mi intención y te equivocas de Apoca lipsis. Muchas gracias por la impertinencia, puedes reti rarte. —¿Por qué me dices algo tan cruel? Sólo quiero ayu darte. —Porque las memorias son el primer síntoma de im potencia del novelista realista y el primero del novelista a secas es la obsesión por la estética. —¿Te refieres a las metáforas y todo eso? Como lie bres corrían libres las ideas por la pradera de su pensa miento. —Corren temerosas, no libres, lo más a bragas enju tas, y ninguna imagen más alejada de la red sináptica que una pradera. —¿Te refieres a la verosimilitud? —Exacto. La verdad no siempre es verosímil. La frase no es mía pero como si lo fuera, la he escrito mil veces y siempre puntualizando de seguido que la novela se susten ta en las mentiras pero no soporta el error. Ésta sí es mía. —¿Tuya? —Cupresácea. Por fortuna sé cómo asesinarle. Salgo a la calle y cierro la puerta de vidrio, el fantasma desaparece, es un asesina to condicional. El vientecillo me hace echar de menos la bufanda, agradecer la corbata. Inicio el paseo sabático que me ha de llevar hasta la inexorable cita de las diez de la noche. Saludo con un breve ademán al dueño de la za patería, en el barrio nos conocemos todos. De poco más 22
que de vista, pero nos conocemos. Alargo la zancada, no huyo, sólo quiero desviar mi atención del abultado sobre que Elotro ha deslizado en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta con la colección de mis mil sueños y uno. Hasta se ha permitido anotar en el exterior del sobre un posible título. No lo leeré, con lo de las diez tengo más que sufi ciente.
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