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EL OFICIO DE CASANDRA Escritos de paciencia política


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


EL OFICIO DE CASANDRA Escritos de paciencia política

MANUEL ALCARAZ RAMOS

tirant humanidades Valencia, 2022


Copyright ® 2022 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y de los editores. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

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Dedicado a mis compañeras y compañeros del Consell de la Generalitat Valenciana entre 2015 y 2019. A nuestros éxitos y a nuestros errores, a nuestras convicciones y a nuestras incertidumbres, al impacto de la realidad y al pacto con las ilusiones. Para que no nos olviden y, sobre todo, para que no olvidemos.


Siendo así las cosas, afirmo que los asuntos en Atenas no pueden ser de otra forma a como ahora son, excepto que se pueda quitar un poco de una cosa y añadir otro poco a otra, pero mucho no se puede, sin que se quite algo a la democracia. Es posible, en efecto, descubrir muchas cosas que mejoran la democracia, pero descubrir un medio que sirva para que subsista la democracia y, por otro lado, tener un régimen político mejor, no es fácil. Pseudo-Jenofonte. La República de los Atenienses. (Edición de Aurelia Ruiz Sola. Akal, 1987) .


Índice

PRÓLOGO............................................................................................................

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AVISOS Y ACERTIJOS...............................................................................................

23

FUENTES DE LA PERPLEJIDAD...........................................................................

39

LA SENDA CONSTITUCIONAL ESTÁ LLENA DE SOCAVONES.............

77

INTERMEDIO: CINCO DISTRACCIONES VEROSÍMILES........................

137

LA POLÍTICA SIEMPRE ES CONCRETA...........................................................

153

EL RELOJ EN LA PANDEMIA..................................................................................

211

DESPUÉS TODAVÍA...................................................................................................

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PRÓLOGO

Vivimos tiempos que hemos convenido en definir como un cambio de época. Algunos incluso hablan de nueva Era, de nuevo orden, o más bien desorden geopolítico. No es la primera vez que sucede. En momentos anteriores las sociedades occidentales han compartido esa sensación de tiempo nuevo, de transición. Y así lo expresaron científicos sociales e intelectuales. Baste recordar, por ejemplo, a Zweig o Polanyi como testigos privilegiados de lo que estaba ocurriendo en los años treinta del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial vendrían otros momentos en los que, de nuevo, se tuvo la sensación de cambio de época, de aceleración de la Historia. Desde luego con puntos de inflexión y terremotos geopolíticos de una magnitud desconocida, como la gran “cesura histórica” provocada por el final del modelo bipolar tras la implosión de la Unión Soviética, algunas de cuyas réplicas todavía se registran en Ucrania y más allá. Sea como fuere, hace tiempo que muchos convenimos en definir este tiempo que nos ha tocado vivir como una época marcada por la incertidumbre, la inseguridad y la ausencia de un horizonte despejado. Hasta el punto de que un colega muy apreciado, Enzo Traverso, habla de que vivimos en un “tiempo comprimido en el presente”. El siglo XXI ha surgido sin utopías, sin “horizonte de espera”, dice Traverso. Los marcos de transición de la memoria, los vínculos con el pasado, se rompieron y la política del siglo XX, con sus partidos y sindicatos de masas, ya son historia. En ese tiempo, los movimientos sociales otorgaban a cada uno un sentido de pertenencia que trascendía a su propia situación individual. Esta cesura histórica explica por qué las nuevas revueltas sociales no remiten a antiguos relatos ni utopías. Carecen de árbol genealógico, y esa tal vez pueda ser su fuerza, pero, por el momento, es su debilidad. Tienen una gran fuerza creadora, pero al no inscribirse en una tradición histórica tienen un carácter efímero. Por eso, si exceptuamos el feminismo y el eco-


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Joan Romero González

logismo, no procede hablar tanto de movimientos sociales como de revueltas o estallidos. Estaríamos así ante un momento histórico marcado por una aceleración permanente del tiempo, pero sin vinculación emocional con el pasado y sin proyección ni horizonte claro de futuro. Un momento marcado por dos hechos que han evidenciado tendencias anteriores y han agudizado procesos: la pandemia global y la guerra en Ucrania. Y en esta temporalidad el futuro genera inseguridad, incertidumbre y “desorientación”, como señala Alain Badiou. También provoca miedos, desconfianza, rabia y pulsiones de repliegue cultural. No solo, pero sobre todo en Occidente, singularmente entre las generaciones nacidas después de 1980, que perciben un futuro precario. Sin embargo, y esta es la gran paradoja sobre la que nos llama la atención Sloterdij, “Europa, en su decadencia, sigue siendo la referencia para otras culturas incapaces de ofrecer un modelo social unos valores y un modo de vida mejor que el europeo”. Desde este territorio de la incertidumbre, desde este rincón de Europa y de la Españas, el profesor Manuel Alcaraz nos ofrece en estas páginas una mirada completa acerca de lo que nos pasa. También se adentra en ese otro territorio, más ignoto, al que aludía Ortega para referirse a la España y la Europa de su momento: “No sabemos lo que nos pasa y es precisamente lo que nos pasa”. Este reconocimiento sobre su tiempo tiene ahora más sentido, si cabe, que en aquel momento. La polarización de nuestras sociedades, la segregación social y residencial, la consolidación de compartimentos estanco, de “silos” culturales y políticos en los que cada grupo vive y se informa por medios que hace tiempo desbordaron a los grandes mediadores tradicionales, la antipolítica como forma de expresión política, la tentación de mirar atrás con nostalgia de un pasado idealizado o inventado y la deslegitimación de unas democracias liberales en retroceso y con sensación de impotencia, son muestras de aquello que nos pasa y de lo que no sabemos que nos pasa. La consecuencia es la pérdida de sentido de pertenencia a una comunidad política, la sensación de desamparo, el aumento del individualismo, la gestación de nuevas cartografías sociales, políticas


Prólogo

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y electorales, de nuevas geografías del malestar en el seno de unas sociedades cada vez más desiguales, más complejas y “heterárquicas”, como sostiene Innerarity, que adelgazan en su parte central y se ensanchan, como nunca desde principios del siglo XX, en el grupo de quienes menos tienen. Mientras tanto, y este es un signo nuevo de nuestro tiempo, sus elites se separan, de “desacoplan” de los territorios y se desentienden del futuro de las comunidades de las que, en teoría, forman parte. Si bien estos procesos vienen de atrás, ya lo dijo Beck cuando sostenía que habíamos entrado en el siglo XXI “sin brújula”, la pandemia global y la guerra, que también es global, han acelerado y agudizado esos procesos. Además, tal vez ahora sea más cierto que nunca, de abrir las puertas de un nuevo tiempo cuyas implicaciones geopolíticas, ambientales, económicas, sociales y culturales todavía desconocemos. Manuel Alcaraz ha construido este libro sobre muchos de estos temas que nos preocupan y nos ocupan durante décadas. A partir de su colaboración con el diario Información, en una columna de opinión que con toda intención titula La plaza y el palacio (imposible rendir mejor homenaje a Maquiavelo, uno de sus grandes referentes), ha sido capaz de construir un texto soberbio y escrito como pocas personas saben hacerlo. Probablemente el mejor libro que le he leído. Culto, honesto, crítico, próximo, cabal, didáctico, divertido, para personas interesadas en saber más y muy atento a la situación actual. Con el único propósito de compartir ideas, dudas e inquietudes. Procurando entender lo que ocurre en las plazas y en los palacios y compartir con nosotros su punto de vista. Y ha sabido no solo conciliar esas realidades, sino que lo ha hecho tomando una necesaria y prudente distancia incluso con respecto a su entorno partidario más próximo. Manteniendo la mente serena en tiempos de aguas revueltas y de riesgo de naufragio, donde tan difícil resulta mantener el rumbo, ser fiel a una hoja ruta, contar con una brújula y ser capaz de divisar un horizonte. Manuel Alcaraz reúne en estas páginas la experiencia del ciudadano comprometido con su ciudad y con su país, del lector empe-


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dernido, del profesor de derecho constitucional, de su presencia en el parlamento y de su experiencia de gobierno. Conoce como nadie el pulso de su ciudad, siempre ha procurado, con hechos, que las gentes de esta Comunidad puedan contar en un futuro no muy lejano con un proyecto compartido, conoce bien el legislativo y el ejecutivo y (demasiado bien) el poder judicial, con sus luces y sus sombras. Nunca ha perdido de vista los valores que han dado sentido vital a muchos de nuestra generación y que nuestro añorado Josep Fontana resumía muy bien: el mayor grado de libertad posible, con el mayor nivel de igualdad y solidaridad posibles. Por eso es crítico con aquellos que se intentan apropiar en exclusiva la defensa de la libertad y olvidan los otros dos grandes pilares que dan sentido a una sociedad decente a la que se refería Avishai Margalit. Y más crítico, si cabe, con quienes no saben que el mayor adversario del liberalismo es el neoliberalismo radical, como bien ha explicado José María Lassalle. Porque esa forma de apropiarse indebidamente y de entender la libertad hace que las fracturas sociales sean más profundas. Hasta el punto de hacer de las desigualdades uno de los grandes desafíos civilizatorios de las próximas décadas. También en Occidente. Y se aproxima con preocupación al avance de la extrema derecha, como síntoma inequívoco de que algo no funciona, de que algo no va bien. Ya nos los advirtió hace años Tony Judt. Y de que no es conveniente guardar silencio ante expresiones políticas que erosionan los mismos cimientos de la convivencia y de la democracia. Esa gran experiencia vital nos la devuelve ahora en forma de reflexiones muy meditadas, explicando de forma sencilla y clara asuntos que en ocasiones son de gran complejidad, compartiendo formas de ver las cosas con las que encuentro grandes coincidencias en lo fundamental. Es plenamente consciente de la gran importancia de las ideas, porque las ideas son las que mueven el mundo. No le resulta nada costoso practicar el sano ejercicio de acercamiento, de empatía, incluso de simpatía, hacia personas que no piensan como él, porque sabe que solo los fanáticos están incapacitados para cambiar de opinión. Es “moderado de izquierdas” y rechaza la antipolítica como forma de conducirse por la vida. Porque ha visto y vivido mucho.


Prólogo

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Porque sabe que ser moderado es la mejor forma de ser radical y que muchos discursos supuestamente radicales en el fondo son conservadores, porque solo conducen al inmovilismo y a la melancolía. Y porque sabe también, que aunque tal vez el capitalismo tenga los siglos contados, como afirma Antón Costas, mientras se construyen nuevas utopías (o distopías), los pocos Estados sociales y democráticos de derecho que en el mundo existen, son lo mejor y más justo que hemos sido capaces de construir los humanos, son el único antídoto contra la desafección y los populismos, y que sus fundamentos son distintos del modelo de neoliberalismo radical que tantas brechas y cicatrices está dejando, también en las viejas democracias liberales. Comparte con nosotros una cierta idea de país y una cierta idea de las Españas. De unas Españas que deberían ser capaces de encontrar una senda federal para conciliar el hecho de ser diferentes y poder seguir caminando juntos. Le preocupa el futuro, ese “país extraño” del que hablaba Fontana, que parece que ha sido distorsionado o en parte suprimido para generaciones enteras que parecen condenadas a vivir un “presente precario”. Sabe de la importancia de las emociones y las razones, pero otorga gran importancia a las razones, a los argumentos. Por eso, aunque sabe que “es más fácil indignarse que estudiar” nos invita a estudiar, a leer y a escribir, una noble, necesaria y muy terapéutica costumbre. Porque sabe que, frente al ruido y la furia, ese es el fundamento de la conversación democrática. Porque no sabe seguir la corriente. Porque no sabe asentir sin comprender. Porque es un poco “disidente” en el sentido que lo definía Stuart Mill cuando reclamaba la “libertad de discusión”. Aun a riesgo de resultar incómodo porque dice lo que piensa, después de haber pensado mucho lo que quiere decir. Porque no pretende ser portavoz de nadie. Salvo de sí mismo, e incluso en ese caso con muchas dudas. Y esa es su virtud y su fortaleza. La calidad y el futuro de la democracia es uno de los temas recurrentes en estas páginas. Yo diría que es una de las cuestiones que más preocupa al autor. Porque es muy consciente del gran valor de la democracia. Y sabe de lo que habla, porque observa con preocu-


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pación el retroceso de las democracias plenas en lo que va de siglo. De un lado, porque en esta fase del capitalismo la revolución digital altera las bases genuinas sobre las que se construyó el Estado de Bienestar. De otro, porque distorsiona por completo el mismo sentido de la libertad individual. Los mediadores tradicionales en las democracias plenas han sido desbordados por una nueva realidad difícil de entender, de interpretar y de embridar democráticamente. Pero ya vemos las consecuencias en forma de nuevo capitalismo de vigilancia, de asalto a la privacidad, estudiado magistralmente por Shoshana Zuboff y Carissa Véliz. Finalmente, porque como reitera en estas páginas, la calidad de las instituciones y el buen gobierno son la base de toda democracia. Sin esa condición necesaria, podrá haber convocatoria periódica de elecciones, pero no habrá democracia. A lo sumo habrá democracias electorales, nuevos despotismos de los que habla John Keane o nuevos rostros de la tiranía en este siglo XXI, como han estudiado Sergei Guriev y Daniel Treisman. Pero no habrá democracias plenas, ni Estados sociales y democráticos de derecho. Este es nuestro mayor activo y esperemos que nuestro mejor legado. Por eso reclama a las izquierdas que sean capaces de superar su actual crisis de identidad, su dificultad para construir una alternativa con vocación de conseguir mayorías sociales en este nuevo tiempo. Una alternativa “laica”, en todos los sentidos posibles y para todas las escalas territoriales, alejada de las llamadas guerras culturales, que no se centre en aspectos “periféricos” del relato, sino en cuestiones estructurales, que no admita retrocesos en términos históricos con ocasión de cualquier cambio de gobierno. Capaz de entender la conversación democrática sin traspasar “la frontera de lo concreto, de lo verificable, de lo negociable”. Alejada del ruido de lo efímero y de las disputas por supuestos relatos cuya fecha de caducidad apenas es de unas semanas. Una izquierda crítica con los nacionalismos, con todos los nacionalismos, el “banal” nacionalismo español y los nacionalismos de las “naciones internas”. Pero no le impide reconocer que España es un estado plurinacional y que no hay un nacionalismo “legitimado” y otros “ilegítimos”. Por cierto, como ya indicara Juan Linz en 1973, cuando establecía su conocida distinción entre el signi-


Prólogo

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ficado de Estado y nación para los españoles y cómo esa dificultad, al parecer insuperable, para reconocer y asumir esa distinción elemental, nos habría de condenar a un “entendimiento precario” que nos ha traído hasta aquí. Otro de los grandes hilos conductores de este libro está centrado en la idea del diálogo. Tal vez, “diálogo”, “acuerdo” y “pacto” sean los términos que más reitera el autor. Sea para reivindicar, sin nostalgia alguna ni referencias a equívocos consensos, el gran logro que significó la Constitución de 1978 y el conjunto de los pactos políticos alcanzados en esos momentos de transición y que es uno de nuestros grandes legados colectivos del que algunos pretenden apropiarse, excluyendo a otros. Sea para reivindicar la gran fuerza de los acuerdos en el momento actual. Porque sabe bien que la democracia es conflicto, pero también es pacto. Y hay momentos en los que “el acuerdo es el mensaje” y la tarea de los partidos y de los gobiernos, en tiempos de fatiga institucional, de fragilidad política y de desconcierto, es alcanzar acuerdos. Como persona que se siente de izquierdas, no le preocupa tanto el qué, sino el cómo. Cómo imaginar las políticas, cómo materializar los acuerdos, cómo gobernar, cómo construir un nuevo relato post neoliberal. Sin olvidar el quién. De ahí la importancia otorgada a la deliberación, a la conversación cívica y política. Para ello apela a conceptos fundamentales como espíritu constitucional, lealtad institucional y responsabilidad política. De ahí que se reafirme en la importancia de los partidos políticos, incluso con sus patologías, porque es tanto como defender la democracia, “el único sistema que se sabe imperfecto”. Porque “nunca, nunca, nunca, ha existido una democracia sin partidos políticos”. Para alertar inmediatamente de que no pueden ser instrumentos para agrandar brechas, para ahondar en los disensos. De ahí su rotunda reivindicación de la política como “artefacto de la prudencia”, aunque añora otra forma de hacer política con mayor “fundamento intelectual”. Por eso expresa su dolor cuando constata la judicialización de la política, que no es sino la constatación de un fracaso y de alguna forma un fracaso colectivo. Y por eso critica las “terceras vías”


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y la llamada “nueva política”, al final tan efímera y tan rápidamente envejecida. En pura coherencia, defiende el papel del Estado. No solo después de la pandemia, que ha evidenciado un retorno indiscutible de la esfera pública y parece que ha dejado atrás la versión de la globalización neoliberal tal y como la hemos conocido, sino mucho antes, cuando los apóstoles de la globalización predicaban el retroceso del Estado, y de la política, en favor de los mercados y de instituciones y arbitrajes independientes de los parlamentos y de la justicia democrática. En el fondo, estima y reivindica todo aquello que era “sólido”, pero sin atisbo alguno de nostalgia. En definitiva, querida lectora, querido lector, en las páginas que siguen encontrará las reflexiones de un demócrata orgulloso de vivir en una democracia plena, con todos sus defectos y patologías institucionales, pero una democracia. A la que por cierto ha contribuido modestamente a hacerla más respirable y transparente. De un buen conocedor del discurso y del trabajo en las instituciones (el palacio), pero muy atento a las inquietudes e inseguridades de lo que sucede en la plaza. Un demócrata que nunca se ha deslizado por la pendiente frívola de deslegitimar las instituciones, los partidos o la propia democracia (e incluso la propia Transición). Porque sabe que esa actitud nos hace más débiles como comunidad política y contribuye a fortalecer expresiones iliberales o de extrema derecha. Un demócrata que critica los atavismos y falsos radicalismos. Firme partidario del diálogo, del acuerdo y del respeto. De dejar espacio a todo el mundo, siempre que respete el espacio de los demás. Alejado de todo “buenismo mágico”, de liderazgos “mesiánicos”, de generalizaciones y de palabras vacías. Porque la política “siempre es concreta”, afirma en un momento. Por eso le gusta el matiz, el dato contrastado, y siempre censuraría toda descalificación genérica de la política y de los políticos. Un demócrata capaz de distanciarse, racional y emocionalmente, de los hechos, para analizarlos con serenidad y sin estridencias. Convencido de que lo que realmente importa es la forma en que se hace la política para poder asegurar la sostenibilidad de la democra-


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