LA CONSTRUCCIÓN DEL ESPACIO Una introducción a la ordenación territorial y urbanística
Luciano Parejo Alfonso
Catedrático de Derecho administrativo Instituto Pascual Madoz del Territorio, Urbanismo y Medio Ambiente Universidad Carlos III de Madrid
Valencia, 2013
Copyright ® 2013 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http://www. tirant.com).
Este trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación DER2009-09710.
© Luciano Parejo Alfonso
© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es DEPÓSITO LEGAL: V-1010-2013 I.S.B.N.: 978-84-9033-804-9 MAQUETA: PMc Media Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.
A la memoria de Javier GarcĂa Bellido
ÍNDICE Capítulo I LA NOCIÓN DE ESPACIO
I. EL HOMBRE, EL MUNDO Y EL ESPACIO...................................... 11 II. EL ESPACIO COMO OBJETO DE LA ORDENACIÓN DEL TERRITORIO Y EL URBANISMO............................................................ 13 III. LA MODERNIDAD Y EL ESPACIO.................................................... 17 1. El espacio como forma de la diferenciación.......................................... 17 2. La construcción del espacio.................................................................. 20 2.1. Los mecanismos de formación de las estructuras espaciales básicas: el territorio y la aglomeración urbana................................... 20 2.2. La técnica.................................................................................... 22 2.3. La organización institucional...................................................... 23 2.4. La combinación del desarrollo técnico e institucional y el espacio................................................................................................ 24 2.5. La clave de la estructura espacial: la proporción entre homogeneidad y heterogeneidad.............................................................. 27 IV. ¿PERSISTENCIA U OCASO DE LA MODERNIDAD?................... 28 V. LA EMERGENCIA, EN EUROPA, DEL ESPACIO COMUNITARIO Y CONTINENTAL.......................................................................... 30 VI. LAS TRANSFORMACIONES EN CURSO DEL MUNDO: LA CONTRACCIÓN DEL ESPACIO-TIEMPO....................................... 38
Capítulo II EL PROCESO DE CULTURIZACIÓN DEL TERRITORIO Y EL ESPACIO FÍSICOS
I. II. III. IV.
DE LA SIGNIFICACIÓN A LA OBJETIVIDAD............................... 55 DE LA OBJETIVIDAD A LA CONVENCIÓN.................................. 58 LA SITUACIÓN ACTUAL..................................................................... 59 LA EVOLUCIÓN EN ESPAÑA............................................................. 66
Capítulo III LOS MEDIOS URBANO Y RURAL Y SU SOPORTE: EL SUELO
I. INTRODUCCIÓN................................................................................... 89 1. El campo y la ciudad y su escenario: el suelo......................................... 89 2. La urbanización y el sistema económico............................................... 94
10
Índice
3. El triunfo de lo urbano y la ciudad........................................................ 98 II. EL SURGIMIENTO Y LA AFIRMACIÓN DE LO URBANO EN LA CIUDAD MERCANTIL................................................................... 101 III. LA CIUDAD INDUSTRIAL.................................................................. 104 IV. LA TRANSICIÓN HACIA LA CIUDAD POSTINDUSTRIAL....... 106 1. La ciudad centro de consumo............................................................... 106 2. La lucha por la supervivencia urbana.................................................... 112 3. Excurso sobre la dispersión suburbana.................................................. 113 V. LA SITUACIÓN ACTUAL..................................................................... 116 1. Los rasgos generales del proceso urbano............................................... 116 2. La última evolución en la Europa comunitaria..................................... 121 3. La recuperación del mundo rural y su equilibrio con el urbano............ 129 VI. LA EVOLUCIÓN URBANA EN ESPAÑA........................................... 138 1. Orígenes y primera evolución............................................................... 138 2. La ciudad medieval............................................................................... 139 3. La ciudad moderna............................................................................... 140 4. La ciudad de la ilustración.................................................................... 140 5. La época de la ciudad industrial............................................................ 142 VII. EL TRATAMIENTO DEL MUNDO RURAL EN ESPAÑA............. 149
Capítulo I
LA NOCIÓN DE ESPACIO Habitar el espacio es, en primer lugar, investir un lugar, apropiárselo. Para la arquitectura no hay más que una historia: la historia del instrumento espacial. El espacio es al edificador lo que el sonido es al músico. (P. Virilio, La inseguridad del territorio, Ed. La Marca, Buenos Aires, p. 145).
I. EL HOMBRE, EL MUNDO Y EL ESPACIO
En su agudo estudio del origen de la geometría E. Husserl1 afirma, partiendo de la instalación de la vida del hombre en el mundo, la conciencia humana de éste y del horizonte de la vida como horizonte de las “cosas” (objetos) y las preocupaciones y actividades reales y posibles sobre el trasfondo del horizonte abierto de la co-humanidad (los más próximos y también los extraños). Ese mundo es, pues y desde el principio, el mundo que todoel-mundo tiene como horizonte de mundo, cuyo ser objetivo presupone los hombres en tanto que sujetos de un lenguaje universal entendido como función y poder ejercidos sobre el universum de los objetos (susceptibles, así, de ser designados en un lenguaje adecuado a su ser). Por ello la historia no es, en principio, otra cosa que el movimiento vivo de la solidaridad y la implicación mutua (el Miteinander und Ineinander) de la formación de sentido (Sinnbildung) y la sedimentación del otorgado. En el mundo, las cosas (y los propios hombres en tanto que sujetos de aquél), presentan, debiendo, como deben, tener corporeidad, formas espacio-temporales dotadas de las correspondientes cualidades materiales (color, calor, peso, duración, etc…), imprimiéndoles el hombre, mediante una praxis técnica dirigida a crearlas y reproducirlas, nuevas y determinadas formas en función de las necesidades de la vida. Para ello es indispensable mensurarlas. La medición pertenece, por ello, a toda cultura, presentando en la realidad histórica diversos grados de perfección que van de lo primitivo a lo superior en función del desarrollo de la cultura y, por tanto, de la técnica de medición correspondiente. 1
E. Husserl, L’origine de la géométrie, traducción e introducción de J. Derrida, Presses Universitaires de France, 2ª impresión de la 6ª edición, Paris 2011.
12
Luciano Parejo Alfonso
Aquí se sitúa el papel de la geometría, que, siendo —en la definición de Husserl— formación de sentido, hace referencia al espacio-tiempo y a lo que es posible en términos de formas, movimientos y procesos en tanto que magnitudes mensurables. En el mundo-medio finito de la práctica (habitación, aldea, etc.) y, en el tiempo de los eventos periódicos (día, mes, etc.), existen inicialmente espacios y tiempos conocidos y desconocidos de manera finita. Pero no hay aún una visión teórica del espacio, no existe todavía el espacio geométrico y el tiempo matemático y todo lo que ha aún de venir. En definitiva hay formas espacio-temporales concretas y variadas —derivadas de la praxis y sujetas a perfeccionamiento en calidad de soportes para la creación, en número semejante, de nuevas formas—, pero no así formas geométricas y phoronómicas2. Para esto último ha de desarrollarse justamente la geometría. El proceso así sucintamente aludido permite superar la dependencia humana inicial (en función de su sentido de la naturaleza) del imperio físico de las cosas, del mundo natural. A medida que logra su independencia de éste, el hombre toma distancia respecto del mismo consolidando progresivamente la tendencia a imponerle su propia moral (sacar ventaja de la naturaleza para abstraerse de ella) hasta conseguir que la naturaleza sólo afirme su lógica de un modo secundario. Es la historia misma de la primacía de la racionalidad, que lleva implícita la tabula rasa de Descartes y alcanza un punto culminante en la ilustración sobre la doble base de la fabricación y el empleo de instrumentos (principiando por los de medida lo suficientemente precisa para establecer la situación de los lugares y calcular las distancias y los tiempos, las altitudes, etc….) y la castrametación desarrolladas a partir del S. XVIII (consagración de la geometría descriptiva proyectada sobre la naturaleza, los sitios). Y esa historia es también, así, la de la construcción de la ciudad y del Estado. Lo que no es sino el renacimiento de una idea antigua (empleada ya en Roma a partir de la centuriación): la de la geometría como base necesaria para la expansión calculada del poder del Estado en el espacio y el tiempo (posesión por el Estado de una figura ideal suficiente en tanto que geométrica). Como ha señalado P. Virilio3, el Estado surge como lineal, radicando su razón en la construcción y reconstrucción permanente 2
3
Es decir, dinámicas, recurriendo a la denominación propuesta por el matemático J. Hermann en su libro de 1716 Phoronomia, sive de viribus et motibus corporum solidorum et fluidorum libri duo. P. Virilio, La inseguridad del territorio, traducción de original francés de Thierry JeanEric Iplicjian y Jorge Manuel Casas, Ed. La Marca, Buenos Aires 1993.
La construcción del espacio
13
de su formación de sentido (su Sinnbildung), de modo que su lugar es el de cierta geometría (por razón de los medios de que se vale para proyectarse en el espacio y el tiempo: el catastro es la marca indeleble, en el suelo, de su toma de posesión para el dominio mediante divisiones del territorio). El Estado se afianza, pues, mediante la fijación espacial (proyección ortogonal, que se superpone al conjunto geográfico) de una sociedad nueva.
II. EL ESPACIO COMO OBJETO DE LA ORDENACIÓN DEL TERRITORIO Y EL URBANISMO
Hoy el espacio, en cuanto objeto de la ordenación del territorio y el urbanismo, no se confunde con las cosas, las actividades o los hechos que en él están o acontecen. Antes al contrario, es distinto de sus contenidos, de suyo heterogéneos, cambiantes y concretos y se identifica más bien con la forma, compatible con la heterogeneidad, que justamente impone a aquéllos su impronta. Tiene así una función estructurante que, aun no siendo patente, guarda estrecha relación, sin embargo, tanto con la vida social como con el Estado en que ésta se inscribe y, por tanto, básicamente con la economía y la política. Y su estructura no es tanto causa —el conjunto de factores determinantes del estado de las cosas y las actividades—, cuanto, como queda dicho, la forma de tal estado. El espacio así entendido es resultado de la específica relación del hombre con su medio y, por tanto, de la acción social, y, en definitiva, expresión de la civilización, por lo que está en función del tipo y el estadio de evolución de la misma4. 4
Como ha señalado D. Innerarity (Las ciudades en un mundo globalizado: hacia una nueva forma de ciudadanía, conferencia inaugural del XII Encuentro Ibérico de Directores de Planes Estratégicos Urbanos y Territoriales, accesible en http://www.ebropolis.es/files/ File/Encuentros/2008/conferenciainnerarity.pdf): “La vida política está unida a formas de espacialidad. Hay una correspondencia estructural entre la disposición física de las cosas en el orden espacial y las prácticas políticas asociadas, entre el espacio físico y el espacio cívico. En una época en la que los condicionantes materiales han perdido su viejo prestigio determinista, es frecuente pensar que el debate público se constituye únicamente por la palabra y las acciones, mientras se minusvalora la importancia del espacio físico, concreto y material en el que se desarrollan. Así como las palabras y las acciones generan un espacio público, también el espacio genera determinadas formas de la política. El ambiente urbano no sólo refleja el orden social sino que constituye en realidad una gran parte de la existencia social y cultural. La sociedad es tanto constituida como representada por la construcciones y los espacios que crea”.
14
Luciano Parejo Alfonso
La distinción kantiana entre el espacio como categoría a priori y, por tanto, magnitud dada, autoriza a ver en la modernidad el arranque de la concepción actual del espacio y apreciar su evolución al hilo del desarrollo del conocimiento y de la técnica por él dirigida. La categoría kantiana abre la puerta, en efecto, a la distinción entre las cosas percibidas y las condiciones de posibilidad de las mismas, haciendo factible a) la reconducción a unidad de la diversidad y variabilidad de lo concreto y b) la conversión por el hombre de dichas condiciones en objeto de su acción. El realismo y la objetividad de esa acción da lugar, así, a la diferenciación entre el mundo natural, inscrito en la ley de la evolución, y el mundo social articulado por intenciones o finalidades subjetivas y comunicaciones intersubjetivas. Las cosas se ofrecen, consecuentemente, como artefactos objetivos resultado de la transformación del mundo natural; transformación, empero, que, al propio tiempo, es ella misma transformada por éste último, puesto que sujeta el mundo social a condicionantes y le pone límites. Es pues la modernidad la que, al descubrir la posibilidad de la construcción del espacio, constituye el primer proyecto de orden espacial que, mediante la decantación de técnicas e institucionales abstractas, reduce y domina la complejidad y organiza la acción, generando dos estructuras espaciales básicas de larga duración: el territorio y la aglomeración urbana (la gran ciudad). Fernand Braudel5 ha dejado dicho, en efecto, que el Estado y la ciudad son los dos corredores de fondo en la historia europea. Durante mucho tiempo y hasta el S. XIX (ahí están los ejemplos de las actuaciones de Hausmann y Cerdá) el espacio de esta manera concebido ha desempeñado un importante papel en la vida social y política, constituyendo el objeto mismo de una acción normativa dirigida a su construcción. Hoy, sin embargo, ha perdido esa centralidad en virtud del desplazamiento progresivo de la atención desde el marco normativo a la utilización concreta y, en particular, la localización de actividades y el uso del suelo. El descrédito de toda estrategia a largo plazo basada en elementos espaciales estáticos y, por tanto, de cualquier planteamiento evocador de la idea de ingeniería social mecanicista, ha puesto en primer plano otras cuestiones, con la excepción quizás del transporte. Y, sin embargo, parece preciso reivindicar —
5
F. Braudel, Civilisation matérielle, économie et capitalisme (XVe-XVIIIe siècles), Armand Colin, Paris 1979.
La construcción del espacio
15
como hace G. Held6— el papel de la construcción de espacio precisamente como estructura, pues de ésta depende el porvenir de la vida social. Se debe a H. Lefebvre7 la renovación del discurso sobre el espacio, es decir, la superación de la aludida visión estática (que lo identifica bien con su contenido, bien con el continente —vacío— de las cosas y las actividades, o, cuando menos, indiferente respecto de éstas). Y ello, como condición de la elaboración de una verdadera teoría del espacio y, por lo tanto, de la existencia no solo de una praxis de la ordenación territorial y urbanística, sino de su tratamiento científico. Lo nuevo y fundamental es la introducción de una perspectiva dinámica, concretamente la de la producción. Nuevo enfoque éste, que permite una visión evolutiva del proceso constructivo, que es la que está en la base de la diferenciación de los siguientes sucesivos estadios: i) el analógico de la comunidad tribal; ii) el cósmico de la sociedad antigua; iii) el simbólico de la edad media; iv) el perspectivista de transición a la modernidad; y v) el lógico de la sociedad capitalista de mercado actual. Lo interesante de semejante clasificación, hasta cierto punto secuencial, de estadios es la puesta de manifiesto de la función del sistema económico-social como motor de la evolución del espacio, cuyo empuje conduce a la producción de uno característico. Sin perjuicio de que el espacio, una vez producido, no se deje reducir, a su vez y a partir de sus características, a un concreto modo producción o sistema económico. De este modo, el análisis espacial no puede ya prescindir de cómo expresa el proceso de su construcción. El interés se desplaza, así, desde las cosas a dicho proceso. Pero en el entendido de que tal análisis solo proporciona algunas indicaciones sobre este último y en modo alguno su clave, pues, integrando él mismo otros procesos significantes, no es reductible sin más a ellos. Aparece de este modo el espacio como un todo insusceptible de ser aprehendido desde la simple adición de sus elementos componentes. En esta nueva perspectiva, el espacio no es, sin embargo, un producto más, pues es al mismo tiempo producto y medio en el que se producen todos los otros productos. Por ello es más ajustado hablar de su construcción, que es social, sin dejar de operar, al mismo tiempo, como marco que, haciendo posibles, en concreto, las relaciones sociales, las articula y reproduce. El espacio permite,
6 7
G. Held, Territorium und Grosstadt. Die räumliche Differenzierung der Moderne, Verlag für Sozialwissenschaften, Wiesbaden 2005. H. Lefebvre, La production de l’espace, Éditions Anthropos, París 1974.
16
Luciano Parejo Alfonso
pues, influir tanto en su propia construcción como en las relaciones sociales que organiza. De este concepto del espacio resulta una estrecha relación entre forma y contenido y derivan categorías fundamentales para su comprensión y descripción: i) la del espacio como algo creado por las relaciones de producción y los sujetos en ellas comprometidos; ii) la de la sociedad como algo que existe en el espacio, lo forma y, al propio tiempo, es formada por él; y iii) la de la construcción espacial como acción capaz de afirmar las relaciones de producción o de encontrar resistencias y permitir el cuestionamiento y la modificación de tales relaciones. La estructura del espacio posee una específica articulación (la habitación, el edificio, la aldea o el barrio, la ciudad, la comarca o el distrito, la región, el Estado), cuya representación es presupuesto de su tratamiento científico. Su representación constituye, por tanto, el punto de partida de la ciencia de la ordenación del territorio y el urbanismo. En el caso de la sociedad actual y sobre las bases expuestas, el espacio puede ser comprendido y descrito como: a) Escenario del conflicto entre las dos formas de valor dominantes en el sistema económico. Pues el espacio está sujeto a una tendencia a su conversión en valor de cambio, de modo que el vivido, es decir, el aún regido por el valor de uso sólo sigue siendo tal en la medida en que no sea o no pueda ser absorbido totalmente por el valor de cambio. Así, por ejemplo, el turismo determina el sometimiento de espacios con valor de uso al valor de cambio, comportando, con ello, el riesgo de su desfiguración o desaparición. Al valor de cambio es inherente, a su vez, una tendencia a convertirse en abstracción del valor de uso, conduciendo en última instancia al cambio —en el tráfico social— de meras abstracciones y signos. b) Ámbito del intercambio, que —sin perjuicio de su control estatal— es al mismo tiempo homogéneo y fragmentado, global y compartimentado y procura continuadamente reforzar su homogeneidad en tensión permanente, sin embargo, con su exposición paralela a la acción fragmentadora del intercambio (el tráfico a escala micro). De este modo, aunque socialmente se esté en condiciones de planificar unidades de gran envergadura o dimensión, el curso ordinario de la vida económica y el tráfico jurídico, organizados sobre la base de la libre iniciativa y la propiedad privada, opone resistencia a tal
La construcción del espacio
17
intervención en cuanto provoca de suyo la diversificación y fragmentación de aquellas unidades. c) Medio contradictorio, por ser reflejo de las contradicciones sociales que tienen lugar en el espacio y deben ser superadas en él, siendo las principales las que median entre espacio vivido en presente, impidiente de la expresión de contradicciones o problemas sociales, y espacio percibido como tal expresión; entre espacio global homogeneizador y espacios locales diversificados; y entre espacio cuantitativo y dirigido al mercado y, con ello, al valor de cambio, y espacio cualitativo orientado, por ello, al valor de uso. La posibilidad de la formación de espacios alternativos depende, así, de la articulación de las contradicciones o los problemas en una forma que les permita escapar de la fuerza absorbente del espacio dominante correspondiente. d) Espacio diferencial, que abre posibilidades de construcción de espacios alternativos a partir de las contradicciones o los problemas del espacio existente. Estas posibilidades dependen de la resolución de la tensión entre la tendencia inmanente a la igualación de diferencias (la cantidad, la repetición) propia del espacio dominado por el valor de cambio, y los requerimientos de diferenciación en los usos (la cualidad, que exige priorización y mezcla de los usos). En la práctica, la emergencia de demandas de espacios diferenciados se revela bien en la oposición sea a la construcción de una gran infraestructura, sea a un nuevo área residencial, bien en la pretensión social del establecimiento de zonas de ocio/esparcimiento o libres. La introducción de diferencias puede deberse, sin embargo, tanto a la acción eficaz de la política en su incidencia en el sistema, como a la generación por éste mismo —conforme a su lógica— de tales diferencias (ejemplo: el fenómeno de los suburbios residenciales).
III. LA MODERNIDAD Y EL ESPACIO
1. El espacio como forma de la diferenciación
La concepción actual del espacio es, como se ha adelantado ya y ha señalado G. Held8, fruto de la modernidad, cuyas creaciones características —el 8
G. Held, op. cit. En la exposición que se desarrolla en este punto se sigue, en lo sustancial, las ideas de este autor expuestas en pp. 365 y sgs.
18
Luciano Parejo Alfonso
territorio y la gran ciudad9— acaban transformando el orden premoderno, en el que —por razón de su dominio por los poderes locales en equilibrio estable— primaba la similitud de los elementos concretos de cada lugar y su vinculación entre sí. Esa transformación comienza con la superación de la visión puramente geográfica (basada en la distancia) del espacio (concebido, así, como un marco estático y compacto). El territorio y la ciudad pasan a pensarse, en efecto, con independencia de las nociones tradicionales de lugar y de camino de un lugar a otro. Aflora de este modo el núcleo mismo constitutivo de la modernidad: la quiebra de la visión tradicional genera la demanda de estructuras espaciales más abstractas y, por ello, más idóneas para la evolución en curso, cuya clave reside no tanto en la conquista de la distancia mediante la velocidad, cuanto en el dominio precisamente espacial de la complejidad. Esta es la base de la noción moderna del espacio (como estructura). Sobre esta base el orden moderno constituyó amplios territorios indiferentes para con las particularidades en él presentes, haciendo así posible, por primera vez, la imbricación de tamaño, independencia y responsabilidad. Su gran aportación consiste, pues, en la generación de un nuevo tipo de ámbito que, por su dimensión y características, posibilita el dominio del mundo más allá de las condiciones limitadas que requería el equilibrio de similitudes y parentescos de los concretos elementos radicados en el espacio. La llave para ello la proporcionó la distinción de dos mecanismos hasta entonces indiferenciados y no precisamente sinérgicos: la generación de ámbitos homogéneos mediante i) su vaciado interior de particularidades y ii) la exclusión de todo lo exterior al mismo (el territorio estatal) y la articulación de lo urbano desde la atracción de actividades y, por tanto, la saturación vía densificación de éstas. El desarrollo del territorio y la densidad urbana pudieron así desplegar su virtualidad específica: el primero creando grandes espacios territoriales y la segunda generando grandes aglomeraciones urbanas caracterizadas no ya por el puro crecimiento cuantitativo, sino por un nuevo sistema de relaciones entre factores heterogéneos, que pudieron hallar en ella, así, su estructura espacial propia. La diferenciación de territorio y aglomeración urbana tiene lugar, consecuentemente, de forma paralela al despliegue de la sociedad burguesa y del 9
En 1903 G. Simmel (“Die Gross-Städte und das Geistesleben”, en Die Grossstadt. Vorträge und Aufsätze zur Städteausstellung, Hsg. Von Th. Petermann, Jahrbuch der GeheStiftung, Dresden 1903, Tomo 9, pp. 185 a 206) consideró la gran ciudad (escribió teniendo en cuenta el Berlín de la época) como el espacio de la modernidad.
La construcción del espacio
19
Estado, que por ello mismo se tornaron —ambos— territoriales y urbanos. Mientras la delimitación territorial posibilitó —gracias a la simplificación de grandes agregados, es decir, la homogeneización de éstos y su articulación interna mediante divisiones limpias— la clarificación de un mundo hasta entonces complejo y abigarrado y su organización sobre la base de redes y plataformas de carreteras, medios de comunicación, servicios, etc…, la gran ciudad se delineó como tal —rompiendo su condición estática de yuxtaposición de elementos— gracias a su efecto incluyente y ejerciente de una influencia selectiva, articulándose mediante la urbanización y su perfusión con infraestructuras de abastecimiento de agua, eliminación de residuos y suministro de energía y caracterizándose por la mezcla, la fluidez y la formación de nuevos agregados e híbridos. En cualquier caso se trata de procesos estructurantes del espacio interrelacionados y complementarios, en modo alguno contradictorios o de sentido siquiera diverso. Es su específica combinación la que justamente alumbra la estructura espacial propia de la modernidad. La eficacia transformadora de los aludidos procesos no fue ni es directa, sino más bien indirecta y sutil, es decir, desplegada en términos que imposibilitan reconducir determinados resultados finales a concretas estructuras espaciales. La virtualidad de éstas residía y reside únicamente en ofrecer opciones y, por tanto, alternativas decisionales, de suerte que su cabal captación sólo es factible desde la diferenciación de las dimensiones de la ordenación y la dirección-gestión. En efecto, mientras la finalidad de la primera es generar las condiciones que hagan posible determinada estructura, la de la segunda se agota en la pura realización de la posibilidad así creada. La aportación de la modernidad no radica tanto en la gestión, como precisamente en la ordenación, que se sitúa antes y por encima del plano de la generación de concretos bienes por consistir en un modo de construcción del espacio. La relevancia de éste y, por tanto, de la condición estructural del espacio construido está en su operación en el plano propio de los derechos contractuales y de propiedad y los mecanismos de la organización y funcionamiento del Estado. En cualquier caso, las estructuras espaciales, aunque fundamentales, no dejan de ser también simples exterioridades. Pero sin limitarse por ello a ser simples expresiones de la sociedad burguesa, pues la modernidad minó la autonomía cara a la burguesía, lo que explica la oposición en ella suscitada en nombre no tanto de la tradición cuanto de la independencia y el equilibrio propios de sus representaciones del orden. Y ello porque operó en una
20
Luciano Parejo Alfonso
zona peligrosa allende el equilibrio de los intereses sociales y de los sistemas ecológicos y desde la legitimidad que le prestaba su más amplio radio de acción y su mayor diversidad. Supuso, en efecto, el desbordamiento de las fronteras hasta entonces limitadoras de la vida y las ambiciones humanas. Y por esta razón precisó, para ser eficaz, “espacializarse”. Pues sin la generación de un orden estructural espacial no habrían sido posibles las simetrías modernas. En tres pueden cifrarse, en definitiva, los cambios derivados de la diferenciación espacial de la modernidad y expresivos del carácter específico de ésta: i) La evolución desde localidad concreta a la estructura espacial abstracta. ii) La transformación de la cultura subjetiva en cultura objetiva. iii) El tránsito desde el equilibrio burgués a la diversidad moderna. Se explica así que la modernidad haya dado lugar, más allá de las culturas, a una verdadera civilización que, sin perjuicio de su superficialidad, es, al mismo tiempo, consustancial a aquéllas; civilización, cuya oferta ni es propia de una determinada cultura, ni se agota en la interculturalidad. Se trata de una civilización (uniformadora) que impregna poderosamente la vida diaria y que es susceptible, por ello, tanto de aprecio como de lamentación.
2. La construcción del espacio
2.1. Los mecanismos de formación de las estructuras espaciales básicas: el territorio y la aglomeración urbana
Conforme a G. Held10, la construcción del espacio (en tanto que estructura espacial que simultáneamente es organización de las actividades y las cosas) deriva de la determinación de la específica relación del hombre con su entorno tanto por la reducción de complejidad hecha posible por la racionalidad técnica, como por la organización institucional de las motivaciones de transformación de la naturaleza mediante mecanismos de inclusión y exclusión generadores de unidades o ámbitos territoriales y urbanos. La acción humana, en tanto que intencional, tropieza siempre con las realidades, incurriendo así en la paradoja de la no entera disposición por el hombre, no obstante ser éste hacedor de su historia, de los condicionantes externos que, aún siendo accesibles a su influencia, restringen su libertad de 10
G. Held, op. cit.
La construcción del espacio
21
acción o imponen a ésta cargas o, incluso, límites. De este modo, la cuestión esencial de la referida acción pasa a ser la de la de los términos de la interiorización de los aludidos condicionantes; interiorización, que tiene como presupuesto la superación del plano simplemente descriptivo de los lugares (la geografía inicial, propia, por ejemplo, de Estrabón) por accesión al definido ya en el S. XVII por Leibniz11: extensum est continuum cuius partes sunt coexistentes; spatium es ordo coexistendi. La respuesta se encuentra, así, en la admisión de restricciones físicas y de la necesidad de organización del alcance de la acción en función de la plausibilidad de sus motivos. El desarrollo técnico permite, en efecto, la planificación y la construcción, de modo que la estructura del espacio se ofrece como estructura planificada y construida, es decir, como realidad artificial o no natural distinta de la mera producción de bienes o cosas. Pues si en la técnica la pregunta es siempre la del poder hacer, la relación entre condicionantes y alcance posible de la acción humana se expresa en la paradoja natura non vincitur sine parendo. Desde la perspectiva del querer y el deber en la acción, sin embargo, la pregunta fundamental es la relativa a la validez del motivo de aquélla desde la conciencia de que no todo lo que se puede hacer puede quererse y deber hacerse. Aparece así el plano de las necesidades y los imperativos morales (la belleza, lo bueno) y, por tanto la estética y la ética. La paradójica relación entre restricciones y alcance plausible en la acción cristaliza aquí en lo institucional: la modernidad no constituye una voluntad libérrima, capaz de operar desde cualquier motivación. Las motivaciones de la acción y el alcance de ésta (en función de las restricciones a que se vea sometida) acaban encontrando una organización sistémica en el Estado y el mercado. Lo que explica que el análisis científico del desarrollo espacial haya dado lugar a la determinación de regularidades y modelos precisamente en las ciencias de la economía y el Estado. La concepción del espacio como orden requiere, pues, su descripción y análisis como estructura, lo que suscita la cuestión de cuales sean las potencialidades estructurales y estructurantes vinculadas a tal concepto. Queda aludido así un proceso de ordenación, que vale no solo para la formación de estructuras, sino que está inscrito en ésta a través de los mecanismos de la 11
Cita tomada de Manuel Luna Alcoba, La Ley de continuidad en G. W. Leibniz, Ed. Universidad de Sevilla, Sevilla 1996, parte III “Aplicaciones”, Capítulo II “Espacio y Tiempo”, pp. 141 y 142.
22
Luciano Parejo Alfonso
inclusión y la exclusión. Los territorios se constituyen, en efecto, mediante la exclusión de supuestos heterogéneos tanto externos (mediante el establecimiento de fronteras o límites), como internos (mediante abstracción homogeneizadora) y operan excluyendo. Y el fenómeno de la aglomeración urbana adquiere perfil mediante el mecanismo de la inclusión en una trama densa específica y opera incluyendo. Estos dos mecanismos son, pues, los que han dado lugar a las dos estructuras espaciales de la modernidad, que persisten al día de hoy: el territorio y la aglomeración urbana.
2.2. La técnica La técnica confiere poder de hacer. Pero, aunque los espacios sean objetos resultantes de la aplicación de la técnica, no son simplemente productos, sino más bien artefactos singulares: su forma técnica de ser está determinada por la paradoja de la restricción que el medio natural impone al alcance de la acción humana. Pues el espacio es resultado de la combinación de las fuerzas naturales y las condiciones de posibilidad de su construcción. Esto se hace especialmente evidente en el espacio urbano, cuya textura es fruto, entre otros factores, de la escasez de las reservas de suelo y del problema que toda densificación plantea desde el punto de vista de la capacidad de carga del suelo construido. La superación de aquella escasez mediante la generación de suelo (construido) en altura aparece contrapesada por la necesidad de la resolución del problema de la carga que va a pesar sobre dicho suelo construido. La ciudad es así el escenario en el que se desarrolla una permanente tensión de fuerzas estabilizada justamente por la construcción. De este modo son construcciones técnicas no solo los edificios, sino también las tramas espaciales: las redes sean de oleo o gasoductos, de carreteras o de ferrocarril, incluso nacionales o transeuropeas, y las constituidas por grandes infraestructuras (aeropuertos, estaciones, ferias, estadios, etc…) o incluso éstas últimas por sí mismas. Un artefacto técnico, para serlo, no precisa ser algo físicamente compacto, continuo o trabado. Pues una o algunas piezas centrales pueden desempeñar una función de articulación (y, por ello mismo, de expresión) de un conjunto complejo de relaciones entre sí y con otras muchas restantes piezas. La clave está justamente en esas relaciones. En consecuencia: la dimensión técnica añade sus características específicas a la determinación del espacio, transformando esta categoría en forma construida. La racionalidad que la técnica aporta al espacio consiste fundamentalmente en la reducción de complejidad, es decir, el ahorro de esfuer-
La construcción del espacio
23
zos, y no tanto en la asignación de recursos o, si se quiere, organización de la localización de las actividades o la superación del problema de la distancia.
2.3. La organización institucional Todas las formas espaciales se inscriben en los campos de la política y la economía, entendidas como disciplinas teleológicamente normativas de la acción humana: la política mediante vinculaciones imperativas y la economía mediante fijación de valores referidos a la relación entre la utilidad y el coste. Ello plantea el interrogante decisivo del papel del espacio, es decir, si se trata solo del escenario neutral en el que se despliega el orden políticojurídico y económico o si, por el contrario, los factores espaciales inciden en diferente grado en éste, incluso al punto de llegar a tener cierto carácter determinante del mismo. Lo que lleva de la mano a la comprobación de la importancia de los factores espaciales —en tanto que condiciones de posibilidad de la vida social— en la formación, decantación y desarrollo de las instituciones político-jurídicas y económicas. La visión convencional de la historia de la formación del Estado moderno cifra la clave de ésta, desde y con apoyo en Hobbes, en la constitución de relaciones de jerarquía o verticales (subordinación al poder gracias al concepto de soberanía: protección a cambio de obediencia) e igualdad u horizontales (coordinación de los agentes en el tráfico) que caracterizan, respectivamente, los mundos de la política y la economía. Se trata obviamente de una diferenciación simplificadora, puesto que existen interpenetraciones recíprocas: la ciudadanía en el Estado o la empresa (una isla de jerarquía) en el mercado. Pero en realidad, como ha vuelto a destacar G. Held12, junto a los dos anteriores mecanismos han operado y operan otros dos de carácter transversal a ellos: son los, ya expuestos, de inclusión y exclusión. El primero está socialmente implícito en el fenómeno urbano, que tiene efecto inclusivo en la medida en que determina una mayor probabilidad del reencuentro en el barrio correspondiente y, con ella, una relación que puede operar como base supuesta para la localización de actividades de contenido económico (el círculo potencial de clientes). Y el segundo está en el fundamento mismo de la construcción del Estado, pues la determinación de éste requiere la del círculo de asuntos vitales por él monopolizados o, si se prefiere, asumidos como responsabilidad última, lo que supone la exclusión de los restantes: 12
G. Held, op. cit.
24
Luciano Parejo Alfonso
desde luego el de la vida personal o privada, familiar, pero especialmente el entregado a la lógica de las instituciones económicas; es decir, el ámbito de lo que se suele denominar sociedad civil. El pueblo del Estado, titular hoy del poder constituyente, es así el integrado por los ciudadanos, concepto que no agota la personalidad de los sujetos en toda su extensión. La categoría de ciudadano es fruto, por tanto, de una exclusión. Teniendo en cuenta que la delimitación del territorio es presupuesto del Estado13, lo relevante desde la perspectiva espacial es que la estructura territorial del Estado descansa en una operación de exclusión y opera ella misma excluyendo. El territorio es en sí mismo, pues, un instrumento de exclusión en bloque, que abre la puerta a ulteriores procesos de exclusión más precisos. Pues si hacia el exterior significa límite de la capacidad de mando o intervención, hacia el interior abre la posibilidad de divisiones en las que distribuir poderes, es decir, responsabilidades y tareas, diluyendo así el riesgo de exceso (por concentración) y distancia (apartamiento de las necesidades y aspiraciones reales) en la instancia de poder y entre ella y la ciudadanía, respectivamente.
2.4. La combinación del desarrollo técnico e institucional y el espacio Se entiende así que a la formación del Estado haya sido consustancial la monopolización de las medidas y unidades de cuenta y, por tanto, el control del espacio. Éste se ofrece, en efecto y desde la modernidad, como ámbito separado de las cosas que en él están y capaz de adquirir formas diferenciadas, lo que requiere su dominio a través de su fiel y exacta representación. La diferenciación básica es entre el lugar (propio de la visión geográfica descriptiva, al que es consustancial la nota de singularidad determinada por características y factores que identifican un lugar concreto respecto de otros lugares-singularidades) y el espacio (una estructura determinada, que puede ser de un lugar, pero también de distancia entre lugares en el transporte). El espacio es constitutivamente, así, una unidad determinada por fronteras o límites, que son justamente los que permiten construir estructuras que se distinguen de los lugares y del camino-distancia entre ellos. Las fronteras o límites son líneas tanto de separación como de contacto. El aislamiento conseguido por la acotación de la unidad de que se trate (que, en lo institucional, representa una exclusión) constituye un territorio porque 13
Pues solo ella posibilita la identificación y constitución de la fuente y el destinatario del poder público.