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Capítulo 1 Londres, 1812 —Entre ahí, mi señora —le espetó el desaliñado carcelero que tenía a Lark agarrada del brazo. Sin ninguna ceremonia, la urgió para que cruzara el umbral de una estancia minúscula, lúgubre y con aspecto de celda, sumida en las sombras bajo la inhóspita media luz cercana a la oscuridad que habitaba en lugares como aquel. —Debe haber un error —murmuró ella echando un vistazo a lo que la rodeaba—. ¿Sin duda no esperará que viva aquí? —No hay ningún error, mi señora —aseguró el hombre examinando concienzudamente el libro de registros que sujetaba con sus manos sucias—. Lady Lark Eddington, número seis. Ésa es usted, y ésta es la número seis. —Cerró el libro de golpe—. Es una de las mejores, ¿sabe? Como está en alto, no tendrá tantas ratas como abajo, sólo moscas y arañas. Pero tendrá que comerse toda la comida que le traigan si no quiere atraerlas. A las ratas, me refiero. ¿Tiene más dinero? —¿Dinero, señor? —le espetó ella—. ¡Se ha quedado usted con todo! Si tuviera más dinero no estaría aquí, ¿verdad? —No hace falta que se ponga así. El dinero le conseguirá extras aquí en Marshalsea, eso es todo… y sí, lo necesario también, seamos realistas. Con lo que ha entregado obtendrá comida para unos cuantos días, agua limpia y esta habitación tan buena. Cuando se acabe, estará sola. Hay muchos vendedores ambulantes por aquí, pero no fían. Yo sólo estoy tratando de ayudarla, mi señora. Las personas que no dan propinas son la gente de peor calaña, ya sabe lo que quiero decir, y viven todos apretados en las celdas de abajo. Duermen en el suelo, allí no cambian la paja con frecuencia, usted ya me entiende, y se roban la comida unos a otros. Usted tiene un buen colchón en el que sólo han muerto dos personas, lleno de paja limpia, y así seguirá a menos que usted lo ensucie. —Bien, no tengo más… «propina» para usted, así que puede marcharse y dejarme en paz. 7
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—En su momento, mi señora —respondió el carcelero adquiriendo una postura más cómoda—. Primero tengo que leerle las normas, así son las cosas aquí, en Marshalsea. —Adelante, entonces —le espetó Lark. ¡Extras, nada menos! ¿Qué se suponía que significaba eso? Se llevó el pañuelo a la nariz. Había un hedor fétido en aquel lugar que le ponía el estómago del revés; lo había notado en cuanto se abrieron las puertas, poco antes, para admitirla dentro. Ahora parecía más fuerte debido al añadido olor a sucio del carcelero. ¿Cómo iba a soportar estar encerrada en aquella prisión para deudores? —Se acostumbrará al olor —replicó el hombre cuando ella tosió—. Tenemos normas estrictas respecto a eso, pero algunos tipos aquí no se fijan en dónde vacían sus orinales. ¡Ja! Los que están en celdas buenas como la suya ni siquiera tienen la decencia de avisar «¡Agua va!» cuando arrojan el contenido por las ventanas. Pero usted no tiene que preocuparse por eso aquí arriba, sólo fíjese cuando vaya a dar un paseo. Más le vale no caminar muy cerca del edificio. Cualquiera de los guardas le enseñará dónde está el lugar adecuado para vaciar el orinal. Aquí no contará con los servicios de una doncella. —Por favor, continúe —le espetó Lark, asqueada por la charla y por la perspectiva de verse encerrada en un lugar tan sucio y desagradable. —Puede recibir visitas, pero no de caballeros, a menos que sean parientes; eso es de obligado cumplimiento. Puede ir a dar un paseo cuando quiera siempre que sea de día, claro. Cuando se eche la llave no podrá salir en toda la noche, no podrá cruzar las puertas para ir al exterior, por supuesto… nunca. Hay guardas que se asegurarán de eso. Esto es una cárcel, recuerde, no un barrio residencial. »El carbón está en la bodega situada bajo las celdas comunes. Hay que bajar mucho, y lo recogerá usted misma con ese cubo que hay ahí —dijo señalando al lado de la pequeña estufa negra que había en la esquina—. Un cubo lleno por semana en verano, dos en invierno… a menos, por supuesto, que quiera pagar una propina por más… Puede tener toda la madera y los trozos de papel que pueda conseguir por aquí sin ningún coste, pero yo no contaría con ninguna de las dos posibilidades si fuera usted. Aquí la gente mata por esas cosas, sobre todo en invierno. Mi nombre es Tobías, mi señora; yo me encargo de esta sección. Si tiene algún problema, acuda a mí. 8
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—Me dijeron que podría trabajar para saldar mi deuda —dijo Lark—. ¿Cómo voy a hacerlo si no puedo salir de este lugar? —Esa madeja la debe desenredar usted, ¿no le parece? —la regañó el carcelero—. Si tiene suerte, algún benefactor la recogerá. Les dejamos entrar de vez en cuando, vienen buscando damas para una cosa u otra. Manténgase despierta, cuide sus modales y puede que atraiga a uno de ellos. ¿Sabe coser, escribir, sumar y ese tipo de cosas? —Sí. —Hay personas que necesitan servicios de esa clase y vienen aquí con el trabajo para que se lo hagan a un precio barato. —El carcelero le dedicó una sonrisa irónica y sus ojos pequeños, que parecían dos uvas pasas entre las arrugas de su cara, brillaron con malicia—. Si pudiera conseguir un poco más de propina, yo podría dirigir a ese tipo de personas hacia usted. —Ya le he dicho que… —Oh, sí, así es, ya me lo ha dicho. Y yo se lo estoy contando, eso es todo, así es como van las cosas aquí, en Marshalsea. Es mejor que en Fleet o en Newgate, por ejemplo. Si alguien tiene un talento especial, algo que pueda enseñarse a cambio de un precio, puede ganarse sus buenos peniques entre los «huéspedes». Encontrará tablillas por doquier en los módulos en los que se anuncia gente que intenta abrirse camino. Hay que ser emprendedor para sobrevivir aquí, mi señora. —Entonces, ¿eso es todo? —Encontrará un yesquero en el cajón de la mesa. Le he dejado una vela. No la malgaste, sólo le proporcionaremos una a la semana a menos que… —Sí, sí, lo sé, a menos que pague una propina para tener más —le interrumpió Lark. —Veo que empieza a entenderlo —contestó Tobías—. La comida que ha conseguido con su dinero está en ese armario: patatas, un repollo, un nabo, un poco de pan y algo de queso duro. No hay café, pero sí un poco de té usado. Los vendedores lo secan y vuelven a venderlo. No lo utilice todo de una vez. No obtendrá nada más que agua sucia cuando lo haya terminado… si no hay propina, como ya sabe. Y ahora, si quiere ese carbón, será mejor que se de prisa. No conseguirá nada cuando haya sonado la campana que indica el cierre. Creo que con esto está dicho todo. —Se dirigió hacia la puerta—. La dejaré a solas para que se instale. 9
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Lark cerró la puerta tras él y se dejó caer en la desvencijada silla de la esquina, agradecida de que hubiera al menos un asiento después del espantoso discurso del carcelero. Desató el lazo que aseguraba su sombrero color vino y lo dejó a un lado, con el resto de pertenencias que le estaban permitidas tener: un sencillo vestido de sarga gris paloma, una pelerina para cuando el tiempo se volviera más frío, una pelliza abrigada para el invierno y su cepillo de hueso de ballena para amansar sus mechones rizados, que se rebelaban a ser domados en circunstancias normales. ¿Cómo se comportarían en aquellas condiciones? Se estremeció al preguntárselo. Aparte del vestido de viaje color vino, el abrigo entallado que tenía puesto y la ropa interior que llevaba, aquello constituía la suma total de sus posesiones en el mundo. Todos sus finos vestidos de seda, los trajes de baile, las joyas, incluso los baúles, habían quedado confiscados con el resto de las posesiones de Eddington Hall cuando la casa y los terrenos fueron a parar a la Corona, y todavía seguían debiéndose cientos de libras. No tenía sentido. Nunca conseguiría pagar lo que se debía cosiendo y haciendo las sumas del libro de contabilidad de algún mísero avaro que sólo quería pagar menos por el trabajo. Ella sólo tenía veintidós años. Le habían robado su presentación en sociedad, se había quedado huérfana, sin una sola pluma con la que poder volar, y ahora esto. No era una buena señal para su futuro, pero no lloraría. Lark Eddington no era una llorona, pero desde luego tenía todo el derecho a serlo allí sola en su oscuro y tenebroso cubículo, demasiado cansada para comer y demasiado asustada para dormir, aunque debía hacer ambas cosas si quería despertarse con la cabeza despejada y algo parecido a un plan. Aunque todavía faltaba un poco para el anochecer, la habitación estaba oscura. ¿Debía encender la vela? Sería mejor que no. Tendría que conseguir que le durase. Sin embargo, sí necesitaba ir en busca de su ración de carbón, así que cogió el cubo y decidió empezar por ahí. Cuando Tobías dijo que la bodega de carbón estaba muy lejos, no exageraba. Lark tardó mucho tiempo en descender por las desvencijadas escaleras, que continuaban por debajo de las celdas comunes, y llegar a las tolvas mal iluminadas para llenar su cubo; un guarda situado en el rellano superior se aseguraba de que el cubo no rebosaba antes de dejarle volver a su cubículo. A medio camino de regreso, Lark bajó el pesado cubo y se apoyó contra el frío muro 10
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que rezumaba humedad, apartándose los tirabuzones de la cara húmeda. Le dolía todo el cuerpo. No estaba acostumbrada a cargar carbón tres largos tramos de escaleras peligrosamente abiertas. Se miró las manos. Estaban negras por el polvo, y lo mismo le sucedía al vestido. ¿Se lo habría extendido por la cara justo en aquel instante al apartarse aquellos malditos tirabuzones? Seguramente sí, y no había visto jabón por ningún lado. Sin duda tendría que pagar una propina por aquel lujo. Bueno, ¿qué importaba? Se encogió de hombros, agarró de nuevo el cubo y siguió subiendo. Estaba a punto de llegar arriba cuando el sonido de unas voces elevadas que salían de la puerta abierta de su celda estuvo a punto de pararle el corazón. ¿La había dejado abierta? No. Estaba segura de que no. Contuvo el aliento. Tres mujeres salieron precipitadamente por la puerta peleándose por sus pertenencias. Tirando de su otro vestido, de la pelerina y de la pelliza, pasaron por delante de ella a toda prisa, empujándola contra el muro en su precipitación, y tirándole el cubo que tenía en la mano mientras huían. Para su horror, el cubo cayó rodando tras ellas, tropezándose en los escalones hasta el final mientras el carbón caía entre los listones abiertos en forma de lluvia negra y polvorienta sobre el rellano de abajo. Lark recuperó el equilibrio agarrándose al tambaleante pasamanos de madera. Asomándose por el borde, vio cómo el carbón que había recogido y con el que había cargado durante tres largos tramos de escalera se esparcía por el rellano, donde la gente lo recogió con sombreros, orinales y delantales, regocijándose ante aquel preciado hallazgo. Lark apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que desapareciera. Gruñendo, se apoyó encorvada contra el muro, pero fue una reacción muy corta. Aparte de lo del carbón, ¿cómo se atrevían a llevarse sus cosas? La ira la cargó de renovada energía, se dio la vuelta sobre el escalón, corrió escaleras abajo y salió al patio, donde continuaba la refriega. Un grupo de presos y visitantes se había congregado alrededor de las tres mujeres, que luchaban entre ellas por la posesión de la ropa de Lark. No había ningún guarda a la vista. ¿Dónde estaban cuando se les necesitaba? Se mostraban bastante visibles cuando había propinas en juego. Enardecida por aquello, se unió a la incursión de brazos que se agitaban frenéticamente y de puños voladores en un desesperado intento de recuperar sus posesiones, pero su educación no había incluido instrucción en el arte del pugilismo. Consiguió dar algunos puñetazos alentada por los vítores 11
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de los espectadores, pero pronto la tiraron al suelo y fue a caer con fuerza y sin ninguna ceremonia sobre el polvo del patio. Cuando consiguió recomponerse, las mujeres habían desaparecido con sus pertenencias y pudo ver una mano extendida. Se la quedó mirando y sus ojos siguieron el recorrido de una elegante manga masculina color índigo que llevaba hasta un cuello sujeto con un pañuelo impoluto y atado con el nudo oriental que tanto se llevaba aquella temporada. El hombre se quitó el sombrero de piel de castor, dejando al descubierto una mata de cabello oscuro y ondulado, bruñido con profundos reflejos caoba que brillaban bajo el sol del atardecer. Lark contuvo el aliento. Un parche negro de aspecto misterioso le cubría el ojo derecho. Transcurrió un instante antes de que tomara aquella mano, y el hombre la levantó con facilidad antes de inclinarse sobre la cintura a la altura de los dedos que había capturado. Tardó más de lo que ella consideraba apropiado en soltarla. Entonces ahogó un grito. El efecto de su contacto provocó algo parecido a una descarga eléctrica en sus zonas más íntimas. Alto y bien proporcionado, parecía demasiado próspero para ser un prisionero… estaba meticulosamente arreglado. Le rodeaba un aroma provocativo y masculino, una mezcla a tabaco de pipa, cuero, y vino recién bebido. Resultaba agradablemente abrumador, ¿o se debería al golpe que había recibido? No podía estar segura. —¿Está herida? —le preguntó el hombre con voz profunda y grave mientras la observaba fijamente antes de soltarla por fin. —N… no, creo que no —murmuró Lark mirando su ojo descubierto, oscuro y penetrante, que brillaba como la obsidiana bajo las gruesas pestañas que le proporcionaban un aspecto seductor y sensual. Era casi una bendición: mirarse en dos ojos tan fascinantes habría sido más de lo que hubiera podido soportar, considerando el efecto que únicamente uno estaba provocando en ella. Nunca había experimentado nada parecido. Era como si aquel hombre le estuviera viendo el alma. —¿Qué ha sucedido aquí? —inquirió—. ¿Esas cosas eran suyas? —Sí —murmuró ella. Tobías se abrió paso entre la gente. Su ladrido le precedía. —No se preocupe, mi señor —dijo agarrando a Lark del brazo para apartarla de allí—. Yo me ocuparé de esto. —¡Suélteme! —gritó Lark mirando hacia el caballero que seguía 12
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observándolos mientras el carcelero la guiaba por el patio, llevándola hacia la celda número seis—. ¿Dónde estaba cuando esas brujas me robaban? —inquirió. —Ésta no es manera de empezar aquí, mi señora —contestó Tobías llevándola escaleras arriba. —¡Se han llevado mis cosas! Derramaron el carbón que acababa de recoger y la gente que estaba abajo me lo robó todo antes de que pudiera recuperarlo. —Tiene que ser más astuta. No sé qué les ha pasado. Aquí la gente no roba a los otros huéspedes. —¡Ja! —En Marshalsea hay un código ético. Debe usted haberles provocado de alguna manera. —¿Provocado? Ni siquiera estaba allí. Me encontraba en la bodega recogiendo el carbón para la estufa, como me dijo usted que hiciera. Me lo tiraron de las manos cuando salían corriendo con mis cosas, y ahora todo ha desaparecido. ¿Y bien? ¡Haga algo! —Me encargaré del asunto. —¿Cuándo? —A su debido tiempo, mi señora. —¿Y qué hay de mi carbón? —Le corresponde un cubo lleno por semana, como le dije. —¡Pero se lo han llevado! —Eso dice usted. —¿Ve algo de carbón por aquí? El guarda de abajo comprobó el cubo. Él se lo dirá. Me obligó a devolver un puñado. El cubo sigue ahí abajo. Seguramente se lo hayan llevado también a estas alturas. No se quede ahí parado… vaya a verlo por sí mismo. —A su debido tiempo, he dicho. Mientras tanto, será mejor que se quede aquí y no se mueva. Ya ha causado bastantes problemas por hoy… ¡y eso que es su primer día! —A su debido tiempo, a su debido tiempo. ¿Eso es lo único que sabe decir? —Me encargaré del asunto —repitió él—. ¡Y ahora, cálmese o la encerraré aquí hasta que se tranquilice! Tengo asuntos importantes que atender en la prisión. Aquello era otro sueño, otra pesadilla… tenía que serlo. Enseguida se despertaría en la amplia cama de caoba de su espaciosa habitación en la mansión de Eddington y todo estaría bien. Su padre, el conde de Roxburgh, seguiría vivo y no estaría enterrado de forma 13
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vergonzosa al otro lado de la valla del camposanto… aquella espantosa verja de púas de hierro con sus puertas altas rematadas en forma de arco, tan fría y amenazante. Ese tipo de verjas la habían aterrorizado desde que era una niña que empezaba a caminar. ¿Podría ser aquel terror una premonición de las espantosas circunstancias en las que se encontraba ahora, una especie de extraño presagio? Estaba abierta a pensamientos de ese tipo. ¿Podría ser que aquella verja de hierro, aquellas puertas amenazantes, mantuvieran a las almas redimidas dentro y a las perdidas fuera? El vicario estaba convencido de ello. ¿Habría realmente un ejército invisible de seres celestiales encargado de montar guardia formando una cadena con sus brazos unidos para proteger ese tipo de lugares? Y si así era, ¿cómo podía sobornarlos? ¿Qué tendría que sufrir para rescatar el alma condenada de su pobre padre? ¿Aquella pesadilla? Pero no era una pesadilla, ¿verdad? Todo resultaba demasiado real. No había sido completamente sincera con Tobías. Todavía conservaba un poco de dinero… una pequeña cantidad guardada en un bolsillo bordado cosido en el corsé. Sin embargo, tendría que utilizarlo con cabeza, y era mejor que él no supiera que lo tenía. Todos ellos eran gente desesperada, tanto presos como carceleros. Pensar que se vería obligada a gastar lo poco que tenía y que debería intentar ahorrar para saldar su deuda en cosas necesarias y mínimas para sobrevivir le resultaba odioso. Era inmoral. Pero no quedaba más remedio. Lark rezó para despertarse de aquel horrible sueño, pero entonces sonó una campana; fuerte, áspera y fatídica. Tras unos instantes en los que se escuchó el sonido de unos pies arrastrándose y un murmullo de voces mientras el reguero de visitantes huía literalmente para evitar quedar atrapado allí durante la noche, se oyó el sonido metálico del cierre de las puertas, con barrotes de hierro, situadas en el alto muro de ladrillo que rodeaba la prisión. Lark dio un respingo al escuchar el eco de aquel ruido resonando a través del estrecho patio que quedaba debajo. Estaba atrapada. Encerrada en la prisión para deudores de Marshalsea, en Borough High Street, sin posibilidad de redención. Echó un vistazo al dudoso colchón colocado en la esquina sobre un basto armazón de madera que se suponía que era la cama. Como mínimo tendría pulgas. No se atrevía a imaginar qué más podría contener. Había una manta hecha jirones a los pies, y ahora que todavía podía ver, ya que la luz se estaba apagando, se colocó debajo 14
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de ella. Tal vez por la mañana aquello no fuera real. Tal vez se despertaría y descubriría que aquel terrible error se había subsanado… que alguien había acudido a su rescate, pero, ¿quién? No había nadie. Y sin embargo, tenía que creer. Todo era demasiado horrible como para no creer. Y aunque nunca había sido una persona que se agarrara a falsas esperanzas, a pesar de su tendencia a creer en sucesos inexplicables, por esta vez le dio la espalda al rostro de la fría realidad y se durmió. Basil «King» Kingston, conde de Grayshire, se colocó el bastón de paseo bajo el brazo y se tiró de los guantes mientras iba de un lado a otro en el exterior del despacho de los guardianes de la prisión esperando a Tobías. ¿Dónde estaba aquel besugo? Ya había sonado la campana y tendrían que dejarle salir. Eso significaba que iba a verse obligado a pagar un tributo o pasar la noche allí. ¡Maldita sea! Aquel era el último lugar en el que quería estar, pero no había nada que pudiera hacer. Había dado su palabra y cumpliría aquel maldito encargo hasta su amargo final… tenía que hacerlo si quería seguir viviendo con la conciencia tranquila. Mientras daba largas e impacientes zancadas sobre el polvo del patio, pensó en la escena que acababa de presenciar, en la joven atractiva y bien hablada que había caído literalmente a sus pies y que tenía la mano suave como un pétalo… demasiado suave para una reclusa de aquel lugar. Sí, atractiva. Por lo que le había parecido, podría ser incluso hermosa bajo todo aquel polvo de carbón y la suciedad del patio, que oscurecían su auténtica imagen y ensombrecían la mata de tirabuzones bañados por el sol que encuadraban su rostro sucio. La expresión de asombro, casi desesperada, de sus ojos, se había instalado incómodamente en su memoria por alguna razón, igual que su color: un extraño tono de luminoso azul que se acercaba al violeta. ¿Qué estaba haciendo una criatura así en un lugar como Marshalsea? Aquello era suficiente para que le picara la curiosidad, y le vinieron varias preguntas a la cabeza cuando por fin Tobías se reunió con él. —Siento el jaleo, lord Grayshire —gruñó el carcelero atusándose las arrugadas solapas de su sencilla levita negra y sacudiéndose el polvo que las manchaba—. Éste no es el lugar más apacible del reino, ya sabe. —¿Quién era esa joven? —quiso saber King. 15
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—Una dama de alta alcurnia, según ella. Lady Lark Eddington, de Yorkshire. Su padre acabó con su propia vida y la dejó en una situación desesperada. —¡Ah! —contestó King—. La hija de Roxburgh, por supuesto. ¿Me estás diciendo que ningún miembro de la alta sociedad ha movido un dedo por ella? —Es evidente que no, mi señor. Ya sabe lo mucho que le gusta a la sociedad un escándalo jugoso. Ahora está acabada para ellos. Su padre poseía la mitad de Inglaterra cuando se volvió un ladrón y se colgó cuando lo pillaron… ésa fue su herencia. Vivo o muerto, eso no impidió que la gente hablara. El dinero es el dinero, y ellos querían una satisfacción. Ha llegado esta misma tarde, y ya ha demostrado que es de las que crean problemas. —Hm —musitó King—. ¿A cuánto asciende su deuda? —A más de quinientas libras. ¿Por qué? No estará pensando en saldarla por ella, ¿verdad? Esa joven no sirve para nada. —Sirve para lo que tengo en mente —aseguró King con tirantez. La suavidad de su mano sobre la suya apareció sin que la llamara. Tiró de los guantes y flexionó los dedos, pero aquel movimiento no sirvió para acabar con el hormigueo que su contacto le había dejado. —¿Y de qué se trata? —Eso no es asunto tuyo. —No puedo entregársela sin más —dijo el carcelero—. Tendrá que hablar con el magistrado. —Muy bien. Necesito los detalles: el nombre del magistrado, el número de su expediente y esas cosas. —Sí, mi señor. Pero, ¿está seguro de lo que va a hacer? Sigo pensando que… —Sí, bien —le interrumpió King—. Yo soy el mejor juez de mis necesidades. Y ahora, si no te importa, quiero los datos de la dama. Los aspectos legales van a requerir tiempo y ya voy retrasado.
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