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DESIGUALDADES DE CLASE SOCIAL EN EL SIGLO XXI


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalca ba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


DESIGUALDADES DE CLASE SOCIAL EN EL SIGLO XXI

RAFAEL FEITO ALONSO

tirant humanidades Valencia, 2022


Copyright ® 2022 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com. “La presente obra ha sido sometida a la revisión de pares ciegos según el protocolo de publicación de la editorial a efectos de ofrecer el rigor y calidad correspondiente tanto en su contenido como en su forma, aplicándose los criterios específicos aprobados por la Comisión Nacional E 016 (BOE num. 286, de 26 de noviembre de 2016).”

© Rafael Feito Alonso

© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es DEPÓSITO LEGAL: V-1336-2022 ISBN: 978-84-19071-37-8 MAQUETA: Disset Ediciones

Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Índice INTRODUCCIÓN......................................................................................... 11

1.EL ALARMANTE CRECIMIENTO DE LAS DESIGUALDADES 1.1. ¿Son legítimas estas desigualdades?......................................................... 18 1.2. ¿Cómo se podrían reducir las desigualdades?.......................................... 20 1.3. ¿Nos debe preocupar que los ricos sean muy ricos?................................. 27

2. LAS CLASES SOCIALES EN EL SIGLO XXI 2.1. Enfoques gradacionales y relacionales..................................................... 34 2.1.1. Enfoques gradacionales..............................................................................

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2.1.2. Enfoques relacionales.................................................................................

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2.1.2.1. Erik Olin Wright................................................................................

40

2.1.2.2. John Goldthorpe................................................................................

45

2.2. La propuesta de Mike Savage.................................................................. 47 2.3. La construcción empírica de las clases: el caso de España........................ 50 2.4. Principales limitaciones del análisis de clases........................................... 54


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3. LA CLASE ALTA: RICOS Y SUPERRICOS 3.1. El origen de la riqueza de los ricos.......................................................... 58 3.2. La jerarquización de los ricos.................................................................. 62 3.3. La secesión residencial............................................................................. 63 3.4. ¿Qué piensan los ricos sobre la estructura social?.................................... 64

4. LAS CLASES MEDIAS 4.1. El imaginario de la clase media............................................................... 67 4.2. Las rentas de la clase media y sus perspectivas de futuro......................... 70 4.3. La clase media-alta.................................................................................. 74 4.4. Viejas clases medias................................................................................. 77

5. LA CLASE TRABAJADORA 5.1. Más poder para los trabajadores............................................................. 84 5.2. La composición de la clase trabajadora................................................... 86 5.3. Salarios................................................................................................... 91 5.4. Trabajos esporádicos: el caso del precariado........................................... 92 5.5. Efectos del empleo sobre la salud............................................................ 97 5.6. Actitudes frente a la inmigración............................................................. 99


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6. ESCUELA Y DESIGUALDADES SOCIALES 6.1. Datos sobre la desigualdad escolar........................................................ 104 6.2. Segregación escolar................................................................................ 105 6.3. ¿Por qué existen estas desigualdades?.................................................... 106 6.3.1. Efectos primarios......................................................................................

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6.3.2. Efectos secundarios...................................................................................

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7. CONSUMOS CULTURALES Y ESTILOS DE VIDA 7.1. Capital cultural y dominación social..................................................... 115 7.1.1. El carácter social del gusto.......................................................................

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7.1.2. Clases sociales y capital cultural...............................................................

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7.1.3. Imposición cultural por medio de la coacción institucional......................

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7.2. La construcción social del sentido de superioridad................................ 122

8. CLASE SOCIAL Y COMPORTAMIENTO ELECTORAL 8.1. La evolución del estudio de la relación entre la clase y el voto............... 128 8.2. Desde 1970: ¿periodo de desalineamiento?........................................... 131 8.3. El ascenso de la derecha radical............................................................. 133 8.4. Otra pieza más: la izquierda brahmánica y las élites múltiples............... 139 8.5. El voto por secciones censales............................................................... 141 8.6. Abstención y desigualdad social............................................................ 143


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9. MOVILIDAD SOCIAL 9.1. Distintos tipos de movilidad social........................................................ 146 9.2. Principales estudios sobre la movilidad social........................................ 147 9.3. Movilidad de microclases: la continuidad de las élites........................... 154 9.4. Mujer y movilidad social: el techo de cristal.......................................... 156 9.5. La cara oculta de la movilidad social: el discurso sobre la meritocracia.. 157 CONCLUSIONES........................................................................................ 161 BIBLIOGRAFÍA........................................................................................... 165


INTRODUCCIÓN El estudio de las desigualdades sociales en términos de renta y riqueza, de salud, de educación… ha adquirido especial importancia en los últimos años. El hecho de que unas pocas personas acumulen tanta riqueza como la mitad de la humanidad parece poco tener poco que ver con una desigualdad éticamente admisible. Y, no solo eso, tal acumulación es un serio obstáculo para el progreso de nuestras sociedades. En el primer capítulo de este libro se analizan las desigualdades no tanto entre naciones o entre países más o menos desarrollados, sino dentro de ellos. En este sentido, cabe considerar que esta es una obra etnocéntrica, lo cual tiene mucho que ver con el hecho de que disponemos, cada vez en mayor medida, de datos sobre las desigualdades en estos países -básicamente los treinta y ocho de la OCDE- y de pocos sobre buena parte del resto. En este capítulo se estudian cuestiones como el peso y distribución de los impuestos, los avatares del Estado de bienestar, las disparidades salariales… El concepto de clase social ha sido tradicionalmente el principal, aunque no único, constructo sociológico que ha pretendido explicar estas desigualdades. Tal ha sido -y es- la capacidad explicativa del término clase, que toda desigualdad no incluida en él ha tendido a ser considerada de segunda categoría. Este ha sido el caso de las desigualdades de género, edad y etnia, hasta el punto de que algunos de los estudiosos de estas desigualdades han llegado al extremo de considerar que ellas también dan lugar a la aparición de nuevas clases. De este modo, tendríamos clases de género, clases de edad y clases de etnia. En realidad, parece poco correcto considerarlas como desigualdades de clase. Utilizando la terminología estructural-funcionalista, podríamos afirmar que las clases se refieren a desigualdades de tipo adquirido, mientras que las otras tres anteriormente citadas describen desigualdades de tipo adscriptivo. Esto significa que cualquier persona, con independencia de su género, edad o etnia, puede llegar a ser miembro de cualquiera de las clases. Sin embargo, es obvio que el hecho de pertenecer a determinado género, a un grupo de edad u otro o a cierta etnia incrementa considerablemente las posibilidades de pertenecer a unas clases sociales y no a otras. Por ejemplo, las mujeres, los jóvenes o las minorías étnicas tienen más dificultades que los varones de mediana edad del grupo étnico dominante para llegar a pertenecer a las clases propietarias o alcanzar posiciones en el ámbito productivo que impliquen el ejercicio de la autoridad. El estudio de las desigualdades de género, etarias o étnicas requeriría un libro adicional a este. El segundo capítulo presenta los análisis más recientes sobre las clases sociales, en el entendido de que estas suministran claves fundamentales para la comprensión de las desigualdades y de cómo los privilegios de ciertas clases se explican por la peor situación económica comparativa de otras. Es lo que se


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llama el enfoque relacional, el cual se opone al gradacional. Este último es quizás el enfoque más habitual en los medios de comunicación: las clases serían agrupaciones de individuos en función del tramo de renta o de riqueza al que pertenezcan. De ahí que se hable de clase alta, media alta, baja… Por el contrario, y como se verá, el enfoque relacional habla de clases en la medida en que la definición de cada una de ellas implica describir y explicar la relación que mantienen con otras. De este modo, en los enfoques neoweberianos se habla, por ejemplo, de clase de servicio y de clase trabajadora, y en los neomarxistas de burguesía, pequeña burguesía y proletariado. Los tres capítulos siguientes analizan pormenorizadamente tres clases sociales -o, en su caso, grupos de clases sociales-. De este modo, el capítulo 3 está consagrado al estudio de la clase alta, del 1% -e incluso del 01% o del 0,01%más rico de nuestras sociedades. El capítulo 4 estudia a las clases medias, tanto a las asalariadas como a los autónomos. Y, finalmente, el capítulo 5 analiza qué es la clase trabajadora y sus transformaciones en los últimos años. Los tres siguientes capítulos estudian aspectos específicos de las desigualdades de clase. El capítulo 6 analiza las desigualdades de desempeño escolar y de obtención de credenciales educativas y su importancia para determinar la pertenencia a una clase social u otra. La relevancia de la titulación educativa es tal que hay analistas que la consideran como el elemento clave para determinar a qué clase social se pertenece. El capítulo 7 está dedicado al análisis de los diferentes estilos de vida de las clases sociales: sus consumos culturales, sus actitudes con respecto al prójimo… Aquí la deuda con la sociología de Bourdieu es enorme. El capítulo 8 aborda una cuestión a la que, desde el ascenso de los populismos, se presta cada vez más importancia: la relación entre la clase social y el voto (y el no voto o abstención). Finalmente, el último capítulo se dedica a la cuestión de la movilidad social, a si el ascensor social está averiado, a si las mujeres tienen más difícil ascender en la escala social y al controvertido tema de la meritocracia. De algún modo, este libro es una continuación del que escribiera hace ya la friolera de veintiséis años y cuyo título es Estructura Social Contemporánea. Las clases sociales en los países industrializados. En aquel entonces me pareció esencial explicar la fundamentación teórica de las clases en autores como Marx y Weber y analizar su evolución desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En este libro, sin embargo, tan solo se analizan enfoques actuales o, si se quiere, del siglo XXI. Sin duda, muchas son las cosas que han cambiado en este periodo: las desigualdades se han acrecentado, la clase obrera tradicional (de fábricas humeantes o de la minería) ha menguado considerablemente, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo se ha incrementado, cada vez hay más trabajadores inmigrantes… A esto -claro está- hay que añadir, los cambios producidos por las tecnologías de la información y de la comunica-


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ción, el desarrollo de la sociedad del conocimiento y la creciente importancia de las titulaciones educativas. Este es un libro pensado para el ciudadano interesado en la cuestión de las desigualdades. Espero haber recurrido a un estilo literario que haga que el libro sea fácilmente comprensible para cualquier persona preocupada por los temas que en él se analizan. Mi deseo es que quien lo lea se sienta atraído por las materias aquí abordadas y que la bibliografía -la mayor parte de ella de reciente publicación- y las fuentes de datos a las que he recurrido sirvan para profundizar y, sobre todo, actualizar cualquiera de los temas tratados en el libro. No obstante, no se me escapa que es probable que buena parte de su público lector esté constituido por profesores y estudiantes de las materias de Estructura Social Contemporánea y de Estructura Social de España, las cuales se imparten en numerosísimos grados de muy diversas titulaciones de ciencias sociales. He visto gran cantidad de programas de esta asignatura y tengo la impresión de que, en muchas ocasiones, lo que se hace es una suerte de introducción a la sociología en lugar de abordar las temáticas que aparecen en su descriptor oficial, el cual apunta al estudio de las desigualdades.


1.EL ALARMANTE CRECIMIENTO DE LAS DESIGUALDADES La disposición a admirar, y casi a adorar, al rico y al poderoso y a despreciar o al menos menospreciar a las personas pobres y de medios limitados, aun cuando sean necesarias para establecer y para mantener la distinción de jerarquías y el orden social, es a su vez la causa más grande y universal de la corrupción de nuestros sentimientos morales. Adam Smith (Smith, 1759 [2009], pág. 86).

Hablar de desigualdades sociales y económicas supone entrar en un terreno plagado de minas. El término desigualdad puede connotar una idea de injusticia, de una sociedad que no trata equitativamente a sus miembros. Branko Milanovic, reconocido economista del Banco Mundial, contaba la anécdota de que, en cierta ocasión, el director de un centro de estudios de Washington le indicó que era poco probable que se le financiara ningún proyecto de investigación que hiciese referencia en su título a la desigualdad de renta o de riqueza. Sin embargo, no había problema en obtener ayudas referidas a estudios sobre la pobreza (Freeland, 2012). Wilkinson y Pickett (Wilkinson & Pickett, 2009) publicaron un riguroso libro sobre las consecuencias de la desigualdad (también se puede ver la muy atractiva charla TED de Wilkinson sobre esta cuestión). En él mostraban los efectos devastadores que la desigual distribución de la renta y de la riqueza en los países ricos provocaba en aspectos como el nivel de confianza entre la gente; las tasas de enfermedades mentales (incluida la adicción al alcohol o a las drogas), de mortalidad, de obesidad, de homicidios y de maternidad adolescente; la esperanza de vida y la movilidad social. Las sociedades más igualitarias tienden a obtener mejores resultados en lo que se refiere a la salud de su población. El problema, obviamente, no es tanto la desigualdad en sí como su intensidad. La riqueza ha estado generalmente muy concentrada en un reducido número de personas. Sucede que, en muy poco tiempo, hemos pasado -en los países más desarrollados- de un periodo de reducción de la desigualdad (lo que se ha dado en llamar la Gran Compresión), en los treinta años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, a una enorme concentración de la riqueza. Desde los años 80 del siglo pasado, las desigualdades en términos de renta y de riqueza se han incrementado notoriamente, hasta el punto de que cabe calificarlas de alarmantes. El informe de Oxfam, titulado Gobernar para las élites, denunciaba su crecimiento desmesurado. Así, en los Estados Unidos, “el


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1% más rico de la población ha acaparado el 95 % del crecimiento económico posterior a la crisis financiera entre 2009 y 2011, mientras que el 90 % con menos recursos se ha empobrecido en este período” (Oxfam, 2014, pág. 5). En este mismo informe se cita el documental Desigualdad para todos, dirigido por Robert Reich, quien fuera secretario de Trabajo en la primera administración de Clinton. En él, se responde a la pregunta de a qué país debería imitar la economía estadounidense, dado su elevado nivel de desigualdad (los 400 ciudadanos estadounidenses más ricos acumulan más riqueza que los 150 millones de estadounidenses que pertenecen a la mitad más pobre de la población). Su sorprendente respuesta es: “A los Estados Unidos de hace algunas décadas”. Reich se refiere a las tres décadas de crecimiento sólido y de reducción de la desigualdad que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, periodo conocido como Golden Age (en Francia como los Trente Glorieuses). En esta etapa, los Estados Unidos crearon la mayor clase media que haya existido nunca en el mundo. Reich denomina a esta época “la Gran Prosperidad”, la cual fue posible gracias a un acuerdo tácito que reflejaba la interdependencia entre los trabajadores, las grandes empresas y el Gobierno federal: el conocido como Tratado de Detroit. Este tratado fue un contrato de cinco años acordado en 1950 por el sindicato United Auto Workers y los tres grandes fabricantes de automóviles. Tal acuerdo implicaba la renuncia de los trabajadores a la huelga a cambio de una generosa cobertura sanitaria y pensiones. Levy y Temin (Levy & Temin, 2007) se refieren al Tratado de Detroit para describir el conjunto más amplio de instituciones políticas, sociales y económicas que se establecieron en Estados Unidos durante la posguerra. El contrato sindical se convirtió en el pasaporte “para una vida mejor” y creó “toda una nueva clase media”. Pero con el desplazamiento de la industria a otros países y el declive de los sindicatos del sector privado, la posibilidad de que la clase obrera entre en la clase media es cada vez menor (Kotkin, 2014). Tal era el consenso en torno a la intervención del estado, que Dwight Eisenhower (presidente republicano de los Estados Unidos entre 1953 y 1961) le dijo a su hermano Edgar que si algún partido político intentara abolir la Seguridad Social, el seguro de desempleo, las leyes laborales y los programas agrícolas, no volvería a oír hablar de ese partido jamás (Lind, 2020) En todo caso, conviene tener en cuenta que cuando hablamos de desigualdades a nivel mundial es preciso introducir algunos matices. Es lo que hace Piketty cuando en Capital e ideología (Piketty, 2019) se refiere a lo que llama la curva del elefante para explicar la evolución de la distribución de la renta desde 1980 hasta 2018. Lo que Piketty detecta es que la población mundial cuyos niveles de renta están entre los percentiles 60 y 90 (a los que pertenecerían básicamente las clases medias y populares de los países desarrollados) son los grandes perjudicados. En cambio, el gran beneficiado ha sido el 1% más rico,


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pero también lo ha sido el grupo comprendido entre los percentiles 20 y 40 (buena parte del cual pertenece a países pobres y emergentes). A lo largo del período 1980-2018, la parte del crecimiento mundial captada por el 1 por ciento más rico de la población es del 27 por ciento, frente al 13 por ciento en el caso del 50 por ciento más pobre. Dicho de otro modo, es cierto que el extremo superior de la distribución afecta a una pequeña parte de la población, pero también lo es que esta pequeña parte de la población se ha apropiado de una parte paquidérmica del crecimiento; en concreto, más del doble que la parte destinada a los 3.500 millones de personas que conforman la mitad más pobre del mundo (Piketty, 2019, pág. 37).

El propio Piketty destaca que en los Estados Unidos la participación en la renta nacional de entre quienes están en los quintiles menos ricos ha pasado, nada más y nada menos, de un 20 por ciento en 1980 a poco más del 12 por ciento en 2018. El informe de la OCDE Divided we stand (OCDE, 2011) señala que en este país la proporción de los ingresos familiares -después de impuestos- del 1% superior se duplicó con creces, pasando de casi el 8% en 1979 al 17% en 2007. En el mismo período, la proporción del 20% inferior de la población se redujo del 7% al 5%. El premio Nobel de economía, Paul Krugman, denomina a esta nueva época de desigualdad la Gran Divergencia (Krugman, 2007).


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Incluso en países tradicionalmente igualitarios como Alemania, Dinamarca y Suecia, la brecha de ingresos entre ricos y pobres se está ampliando. En naciones como Chile y México la desigualdad de ingresos ha disminuido recientemente. Sin embargo, en el caso de estas dos naciones, las diferencias entre ricos y pobres son enormes: los más ricos de estos dos países cuentan con unos ingresos que son más de 25 veces superiores a los de los más pobres (OECD, 2011). Habitualmente se recurre al coeficiente de Gini para medir la desigualdad. Se trata de un indicador que oscila entre el 0 (cuando todos tienen ingresos idénticos) y el 1 (cuando todos los ingresos van a parar a una sola persona). En los países de la OCDE, a mediados del primer decenio del siglo XXI, se situó en un promedio de 0,29, pero a finales de ese periodo había aumentado en casi un 10% hasta llegar a 0,316. Significativamente, aumentó en 17 de los 22 países de la OCDE para los que se dispone de series de datos a largo plazo, subiendo más de 4 puntos porcentuales en Alemania, Estados Unidos, Finlandia, Israel, Luxemburgo y Nueva Zelandia. Otro informe, igualmente de la OCDE (OECD, 2013), también denuncia esta creciente desigualdad. La distribución del índice de Gini y la diferencia que hay entre la renta del 10% más rico y la del 10% más pobre (la ratio S90/ S10) está cerca de ser de 10 a 1 (10:1) en la media de la OCDE, siendo la más baja el 5:1 de Dinamarca y la más alta el 29:1 de México. El informe indica que el 23,4% de la población de la Unión Europea se encuentra en situación de riesgo de pobreza. Especialmente preocupante es el crecimiento de la pobreza infantil. Sin embargo, no siempre –ni siquiera recientemente- las cosas han sido así. En 1937, la proporción de ingresos obtenidos por el 1% más alto de la sociedad británica había sido enorme, casi el 17%. A lo largo de los años 50 y 60, el porcentaje de este grupo se redujo al 9%, luego al 8% y, a finales de los 70, a tan sólo el 6%. Esto evidenció que una parte significativamente mayor de la renta nacional estaba en manos del resto de la población, personas que, a diferencia de los ricos, seguramente gastarían prácticamente todos sus ingresos (McQuaig, 2011, pág. 18).

1.1. ¿SON LEGÍTIMAS ESTAS DESIGUALDADES? ¿Qué podría justificar tamañas desigualdades? O, dicho de otro modo, ¿qué grado de desigualdad podría ser aceptable? Una explicación consiste en distinguir entre fortunas digamos “legítimas” (las que son fruto del esfuerzo o de la innovación) de las “ilegítimas” (resultado de la propiedad de recursos naturales o de conexiones privilegiadas con el poder político). A estas se podrían añadir las que son el fruto de la herencia. Pero incluso en el primer grupo, nos


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podríamos preguntar hasta qué punto la riqueza de alguien como, por ejemplo, Bill Gates es fruto exclusivo de su inventiva o si esta riqueza hubiera sido posible de no haber nacido en un determinado país cuyos avances tecnológicos, muchos de ellos –los sustantivos- creados por el sector público, le han permitido innovar. Lo mismo cabría decir con relación a la riqueza de modistos del prêt-à-porter como Pierre Cardin. Su fortuna no se habría producido si en 1941 el Departamento de Agricultura de Estados Unidos no hubiese publicado los resultados de haber medido a casi quince mil mujeres, creando las primeras tallas de ropa estándar. La tecnología de la costura industrial también avanzó, y en la década de 1950 un vestido hecho en una fábrica –a partir de las tallas estandarizadas- podía producirse en una fracción del tiempo que empleaba una costurera con una máquina de coser. Se puede ver una pauta similar si comparamos los ingresos obtenidos por jugadores de fútbol de hace varias décadas con los de hoy en día. No parece que se pueda considerar que Messi sea diez veces mejor futbolista que Kubala (Remo, 2013). Sin embargo, las diferencias de ingresos entre ambos sí alcanza esa proporción. Lo que justifica esta brecha es que antes, para ver a un jugador, había que acudir al estadio. Hoy en día, la inmensa mayoría de los espectadores son televidentes de muchos lugares del mundo (lo que explica por qué a veces los partidos se disputan en horarios que chocan con los de los socios de los equipos). A ello hay que añadir unos avances en la medicina deportiva que permiten una pronta recuperación física de los jugadores. John Stuart Mill, conocido por sus escritos en defensa de la libertad individual, también abogó -sobre todo en sus últimos años- por el reconocimiento del importante papel que desempeña la sociedad en las ganancias individuales. Mill señaló que era la sociedad, y no sólo el esfuerzo o el trabajo individual, la que determinaba lo que una persona era capaz de hacer o crear, y que la sociedad tenía el derecho moral de recibir la correspondiente compensación por su contribución. Una de las justificaciones de estas desigualdades es que dan lugar -en un plazo más o menos largo, pero en todo caso asumible- a la generalización del bienestar. Esto es lo que plantea la llamada teoría del goteo, de acuerdo con la cual la prosperidad general se alcanza si los ricos son cada vez más ricos. Estos acumulan capital, lo que les permite invertir de manera que se crean empleos y crece la economía. El resultado final sería que las desigualdades menguarían. Algo similar es lo que plantea la llamada curva de Kuznets, una U invertida que describe una inicial situación de igualdad en las sociedades menos desarrolladas. A medida que sus economías avanzan, se incrementa la desigualdad, la cual va disminuyendo cuando se consolida tal avance. Sin embargo, los datos de que se dispone no avalan esta tesis. Por ejemplo, en los Estados Unidos la mayor parte de los beneficios del crecimiento económico van a parar al 1% más rico de la población sin que el resto se vea beneficiado.


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Lo que está fuera de toda duda es que la gente no está de acuerdo con la actual distribución de la renta y de la riqueza. Norton y Ariely (Norton & Ariely, 2011) hicieron un experimento en el que mostraron a los participantes los gráficos de la distribución de la riqueza en Estados Unidos -donde el 20% más rico posee el 84% de la riqueza total- y en Suecia -donde la proporción del 20% más rico es sólo del 36%-. El 92% de los encuestados dijo que prefería la distribución de la riqueza de Suecia a la de Estados Unidos en la actualidad. A continuación, se pidió a los participantes que indicaran cuál era su distribución ideal de la riqueza para Estados Unidos. Los encuestados prefirieron que el 20% superior poseyera sólo el 32% de la riqueza total, una distribución aún más equitativa que la de Suecia. En lo que respecta a la desigualdad de la riqueza, los estadounidenses preferirían vivir en Suecia o en los Estados Unidos de los años 50, en comparación con los de hoy. Y quizás lo más sorprendente es que en esta preferencia coinciden tanto los votantes republicanos como los demócratas. En España, la opinión es muy similar. En un estudio realizado por PérezDíaz y Rodríguez (Pérez-Díaz & Rodríguez, 2020) se constata que la práctica totalidad de los españoles, el 84% para ser más precisos, considera que las diferencias de ingresos en el país son demasiado grandes. El 88% percibe que la distancia entre las clases altas y las bajas son enormes. Es más, el 70% cree que estas diferencias son sustantivamente mayores hoy que hace veinte años. Esto nos lleva a la cuestión de cuántas veces podría ser superior el mayor de los sueldos de una empresa con respecto al menor dentro de esa misma organización. En febrero de 2021, la prensa se hacía eco de que la empresa española Acciona había registrado en la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) un documento que daba cuenta de la retribución de sus empleados, la cual supone 56,38 millones de euros. La mayor parte de tal aumento se debe al incremento de los pagos recibidos por José Manuel Entrecanales y Juan Ignacio Entrecanales- presidente ejecutivo y vicepresidente ejecutivo, respectivamente- de la compañía. Al primero se le abonaron 36,61 millones (Fernández, 2021).

1.2. ¿CÓMO SE PODRÍAN REDUCIR LAS DESIGUALDADES? Aunque no es la única vía, un sistema fiscal progresivo –como el que prescribe la Constitución española- es la solución más habitual. Quienes obtienen más renta o acumulan más riqueza pagan proporcionalmente más impuestos que quienes se encuentran en una situación menos privilegiada. El estado de bienestar ha sido tradicionalmente un baluarte contra la pobreza y contra las desigualdades exageradas.


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