CONSTITUCIÓN DE 1931. DERECHO Y CULTURA POLÍTICA Todo lo que soy lo llevo conmigo
CONSTITUCIÓN DE 1931. DERECHO Y CULTURA POLÍTICA Todo lo que soy lo llevo conmigo
ENRIQUE SAN MIGUEL PÉREZ
Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones Universidad Rey Juan Carlos. Madrid
tirant lo blanch Valencia, 2021
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© Enrique San Miguel Pérez
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Para el profesor Enrique Bedia Gutiérrez
Índice INTRODUCCIÓN. PODER PÚBLICO, DERECHO EN ACCIÓN: LA DULCE CARGA DEL RECUERDO DE ESPAÑA............................... 11 1. EDUARDO DE GUZMÁN Y EL CIVISMO POLITIZADO................. 27 2. ÁNGEL OSSORIO Y GALLARDO Y LA DEFINICIÓN DE UN ESPÍRITU CONSTITUCIONAL................................................................. 33 3. FRANCESC CAMBÓ: ¿PUEDE LA INCONSCIENCIA SER GENERAL Y SER ETERNA EN ESPAÑA?................................................... 45 4. MANUEL CARRASCO I FORMIGUERA: UN RÉGIMEN REPUBLICANO DE UNIDAD BASADO EN LA LIBERTAD............................ 55 5. MIGUEL MAURA Y LA REVOLUCIÓN NACIENTE......................... 63 6. NICETO ALCALÁ-ZAMORA Y EL TEMOR A LA MODERACIÓN. 73 7. LUIS JIMÉNEZ DE ASÚA Y EL PRESTAR AL PUEBLO ESPAÑOL UN IDEAL POLÍTICO EXTRAÍDO DE SU PROPIA ENTRAÑA...... 85 8. ALEJANDRO LERROUX, LOS LIBERALES TRASPLANTADOS, Y LA URGENCIA DE LA LEGALIDAD................................................. 95 9. INDALECIO PRIETO: CUANDO NO HAY PEOR ENEMIGO DEL ESPAÑOL -Y DE LO ESPAÑOL- QUE EL ESPAÑOL MISMO.......... 103 10. DIEGO MARTÍNEZ BARRIO: TODOS LOS VARIADOS Y COMPLEJOS MATICES DEL ALMA NACIONAL..................................... 111 11. FRANCISCO LARGO CABALLERO: UN RESPETO ABSOLUTO A LA LIBERTAD.................................................................................... 119 12. JOSÉ MARÍA GIL ROBLES, EL BIEN DE ESPAÑA Y EL PRIMER REPUBLICANO.................................................................................. 129 13. MANUEL AZAÑA: TAMBIÉN NOSOTROS VIVIREMOS CUANDO EL ESPAÑOL FUTURO NOS CONSIENTA VIVIR..................... 137 14. DÁMASO BERENGUER: EL PORTERO DE LA REVOLUCIÓN...... 145 15. JOSEP PLA: ESPAÑA TIENE QUE ENTENDER LA VOZ DE TODOS SUS HIJOS.................................................................................. 155 FINAL EN UN ESTADO DE DERECHO. SER LEÍDOS: ÉSTE ES NUESTRO OBJETO; DECIR LA VERDAD: ÉSTE ES NUESTRO MEDIO.. 161 FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA................................................................... 169
INTRODUCCIÓN. PODER PÚBLICO, DERECHO EN ACCIÓN: LA DULCE CARGA DEL RECUERDO DE ESPAÑA
“...Se ha cultivado una esterilizadora isonomía integral que no afecta tanto a los derechos que igualan a los intereses, como al propósito de someter a un rasero, según aquella lección de tiranía que dio Polícrates, cortando las espigas que despuntaban en un campo. En no pocas de nuestras sociedades, el talento y la ciencia inspiran antipatía, como si se tratara de ostentaciones presuntuosas. Una de tales corrientes contra la República Española fue la de apellidarla República de Profesores. ¡Ojalá lo hubiera sido! Por desdicha, un vulgar sentido del concepto democrático llenó los Ministerios de algunos personajes verdaderamente cerriles. Se suponía que eran más populares por ser ignorantes... Y ese cerrilismo, encajado en bandos hostiles con denominación de partidos, fue lo que llevó al desastre una solución política que ha sido la postrera posibilidad de salvación de España...”1.
Cuando Eduardo Ortega y Gasset, uno de los asistentes a la histórica reunión de la oposición republicana en San Sebastián el 17 de agosto de 1930 y firmante del no menos histórico acuerdo allí alcanzado, y después diputado en las Cortes constituyentes de 1931, desdeñado por algunos de los grandes prohombres republicanos y siempre considerado el hermano de José Ortega y Gasset, rememoraba cómo se comenzó a depauperar el proyecto republicano, y la utilización de expresiones como “República de profesores” con un sentido peyorativo, venía a explicar con enorme aproximación los perfiles definidores del que, después de 1812, y antes de 1978, fue el más importante programa político y jurídico de transformación constitucional, modernización y democratización de la historia de España: el proyecto republicano de 1931. Pero, también, el pensador madrileño ofrecía una muy sentida aproximación a la cultura política que la hizo posible: la madurada por la vastísima generación de intelectuales, artistas, científicos y crea-
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ORTEGA Y GASSET, E.: Monodiálogos de Don Miguel de Unamuno. Nueva York. 1958, p. 55.
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dores de la llamada Edad de Plata de la cultura española, por muchos conceptos el segundo de sus Siglos de Oro. Una cultura política basada en el encuentro, la pluralidad, el profundo sentido democrático, popular, comprometido y participativo, pero también exigente, con genuina ambición de sociedad y de país, cuya paulatina frustración habría de debilitar, también decisivamente, la amplitud y transversalidad social de la opción republicana española. Aldo Garosci, habría de sostener en sede clásica, hace ya más de seis décadas, la grandeza histórica de la pujante y vital nación que respaldó al Estado de Derecho y republicano, la brillantez de la intelectualidad involucrada en su defensa desde ópticas, ideas y sensibilidades muy diversas, y la terrible diáspora que tras la Guerra Civil empujó a una de las más extraordinarias síntesis de talentos de generaciones diversas, mixtificadas entre sí en su plenitud, madurez o frescura casi juvenil, a un exilio seguramente sin parangón en la historia 2. Un exilio que amplificó la experiencia constitucional de 1931 y la frustración del proyecto republicano hasta un umbral que, nueve décadas después, sigue concitando una atención cívica, historiográfica y jurídica permanente. La República, o más bien el exilio republicano, representa, sigue representando, el papel de una suerte de rey Hamlet de la vida pública, constitucional y parlamentaria española. Su evocación es siempre iluminadora y emotiva, pero también dolorosa. Y tanto cuando se analiza su evolución política e institucional, como al considerar la magnitud de la brecha histórica que se abrió en el itinerario constitucional español, la insoportable crueldad de una contienda fratricida, y la escalofriante magnitud del éxodo no menos despiadado al que se vieron obligados decenas de miles de ciudadanos por causa de sus ideas y de sus ideales. Precisamente desde ese exilio uno de sus más representativos exponentes, Juan Ramón Jiménez, en una entrevista concedida en Buenos Aires a la publicación España Republicana el 8 de agosto de 1948, habría de explicitar de manera clara y concisa la identidad de esa síntesis de generaciones, casi de épocas, de creadores y científicos, pensadores, artistas e intelectuales, que respondieron, en la unidad de su compromiso democrático y con el Estado de Derecho, muy mayoritariamente
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GAROSCI, A.: Los intelectuales y la Guerra de España. Madrid. 1981, p. 14.
Introducción. Poder público, Derecho en acción: la dulce carga del recuerdo de España
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republicano, y de manera especial tras la Dictadura del Miguel Primo de Rivera, a unos rasgos que, para el escritor onubense, obedecían a unas virtudes cívicas muy específicas. Dice el muy pronto Premio Nobel de Literatura que todo cambia, las cosas y las personas, pero que existe algo que resulta permanente: “la vocación de libertad”. Y que él, que nunca fue “político en el mezquino sentido de simple afiliación a partidos”, y que sigue siendo leal al espíritu de los grandes hombres con los que se educó, de Cossío y de Giner, sostiene que todo lo demás no importa, porque lo esencial “es vivir con decencia entre personas honradas y en un régimen de libertad”3. El ideal de “vivir con decencia entre personas honradas y en un régimen de libertad” explica a la perfección, en apenas una frase y una docena de palabras, el portentoso substrato cultural profundo en el que arraigaron los cimientos sobre los que se levantó el proyecto constitucional de 1931. Pero entendiendo a estas personas honestas que se reconocían entre sí por su civismo y por su afán de libertad, y de ver reflejados sus principios, ideas y actitudes en un Estado de Derecho, como genuinas personas de acción. Nada definía mejor la significación de los intelectuales, y muy especialmente de los intelectuales. Rafael Moreno Villa sostenía, y con enorme razón, que la vida de los hombres de acción subyuga a los novelistas, y ponía el ejemplo de Pío Baroja. Pero a continuación, y por la misma razón, se preguntaba “¿por qué ha de llamarse así sólo a los hombres que se agitan, se meten en empresas difíciles y de política, negocios, amoríos, guerras, viajes y enredos de mil clases? Yo creo que Menéndez Pelayo es un hombre de acción como Bolívar o San Martín. Y lo mismo digo de Unamuno y de Ortega” 4. La cultura política es construida y definida por estos hombres de acción. Una Constitución, las dos espléndidas Constituciones españolas del siglo XX, es y son la obra política y jurídica y el legado histórico de hombres de acción. Seguramente, en la España constitucional de 1931, existen pocos hombres de acción como Manuel Azaña. Consideremos la entrevista que mantiene en Pedralbes con Juan Negrín, el 27 de abril de 1938,
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JIMÉNEZ, J. R.: Guerra en España (1936-1953) Barcelona. 1985, p. 282. MORENO VILLA, R.: Vida en claro. Autobiografía. Prólogo de Juan Pérez de Ayala. Madrid. 2006, p. 70.
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y frente a la opinión del presidente del Consejo de Ministros de que resulta todavía posible que la República gane la guerra, y además no puede hacer otra cosa que ganarla, el jefe del Estado le interrumpe para dejar “las cosas claras” afirmando que “soy de tierra de claridad”. El espíritu que motiva al presidente de la República a enfrentarse a la realidad con lucidez, y no con ilusiones ya quiméricas, es en efecto el espíritu del hombre de acción que insta al líder del gobierno a la adopción de otra política porque “no sólo es posible, sino urgente”. E incorpora también consigo toda la nitidez del histórico proyecto democrático de 1931: la construcción de un Estado de Derecho para España. Y la construcción a partir del absoluto despojamiento de todo interés personal o de cualquier forma de servidumbre o hipoteca. O, como Manuel Azaña dice en la extensa carta, desnuda, y llena de autenticidad, enviada a quien fue siempre uno de sus mejores amigos, y no precisamente por afinidad ideológica, pero sí comunión profunda en el estilo, Ángel Ossorio y Gallardo, el 28 de junio de 1939 desde La Prasle, en Callonges-sous-Salève, en la Alta Saboya: “todo lo que soy lo llevo conmigo”. Y, a continuación, el ya dimitido presidente de la República, que nunca dimitido de su condición eminente de ciudadano español, enuncia de manera sobrecogedora el significado profundo de todo cuanto en España ha sucedido: “...Si yo fuera un intelectual puro, podría ahora consagrarme, impasible, a extraer el meollo ‘sustantífico’ de todo lo que ha pasado. Veo en los sucesos de España un insulto, una rebelión contra la inteligencia, un tal desastre de lo zoológico y del primitivismo incivil, que las bases de mi racionalismo se estremecen. En este conflicto, mi juicio me llevaría a la repulsa, a volverme de espaldas a todo cuanto la razón condena. No puedo hacerlo. Mi duelo de español se sobrepone a todo. Esta servidumbre voluntaria me ha de acompañar siempre y nunca podré ser un desarraigado. Siento como propias todas las cosas españolas, y aun las más detestables hay que conllevarlas, como una enfermedad penosa. Pero eso no impide conocer la enfermedad de que uno se muere; o más exactamente de que nos hemos muerto...”5.
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AZAÑA, M.: Memorias políticas y de guerra. Tomo II. Barcelona. 1981, pp. 386 y 427.
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El “duelo de español” de Manuel Azaña, en efecto, se sobrepone incluso al ansia de racionalidad, de rechazo de cuanto ha sucedido. La aplicación de una evaluación sosegada de la tragedia española, y la inevitable conclusión de todas sus premisas brutales, sanguinarias y encarnizadas, equivaldría a pretender en vano ignorar el propio drama, la propia “enfermedad”, y con ello desconocer sus consecuencias. Porque, en efecto, todos los demócratas, y tanto el emisor como el receptor de la carta, “nos hemos muerto” de esa enfermedad. Casi exactamente diez años antes Santiago Alba, un destacado político liberal de la Restauración, en ocho gobiernos ministro entre 1904 y 1923, y en carteras tan diversas como Marina, Instrucción Pública, Gobernación, Hacienda y Estado, después opuesto a la dictadura de Miguel Primo de Rivera, y finalmente partidario de la República y diputado en las Cortes republicanas, tanto las constituyentes como en la legislatura 1933-1936, en la que desempeñaría la presidencia de la Cámara hasta el 7 de enero del último año, había cifrado el objetivo político y constitucional de la España que en 1930 asistía a la dimisión del dictador jerezano en la construcción de una renovada democracia, cuya ampliación de su base social y de su sensibilidad hacia la problemática de las clases más desfavorecidas acertara a conjugarse con la solidez constitucional del Estado de Derecho. Santiago Alba, que ese mismo año 1930 se había unido al denominado grupo de los “constitucionalistas”, partidarios de una reforma del sistema de 1876 que, en la dialéctica “Restauración” y “Revolución”, pudiera introducir la apuesta por la “Renovación”, llamaba al aglutinamiento de las fuerzas reformistas con el objeto de abrir una nueva etapa en la historia de la democracia española: “La Democracia española habrá, por lo mismo -...- de hacer compatibles los más audaces avances en el Derecho y en la Economía con un mantenimiento vigoroso del orden, en la calle y en la vida del Estado; una disciplina férrea que se imponga a todos los egoísmos de clase y a todas las violencias de la derecha o de la izquierda. Hay que predicarlo así y hay, sobre todo, que practicarlo y vivirlo. La primera preocupación de nosotros, parlamentarios, constitucionalistas, liberales, demócratas, ha de consistir en acreditar a nuestros conciudadanos que es ya un mito ridículo e inútil el del consabido ‘hombre de riñones’ con un sable al cinto, como único medio de poder garantir la normalidad en la Nación y en el Estado. El poder público no es civil ni militar. Es simplemente
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el Derecho en acción, rodeado de la autoridad moral y asistido por los medios coactivos que le hacen soberano...”6.
Una etapa protagonizada, en efecto, por hombres de acción, edificadores de una cultura política democrática y constitucional, que quieren un Estado de Derecho, racional, cívico y defensor del orden democrático, que considera que el poder público, el mismo que legitima y ampara la Constitución, es ni más ni menos que “el Derecho en acción”. En su mayor parte, por cierto, y en buena lógica, juristas y, por lo tanto, impregnados de una identidad constitucional, y perfectos y conscientes conocedores del histórico significado del avatar democrático español. En el compromiso con el Estado de Derecho unidos por encima de sus discrepancias y de sus creencias y convicciones diversas. Uno de los grandes protagonistas de este excepcional período de la historia de España, Ángel Herrera Oria, cántabro de Santander, abogado del Estado, habría de componer una magnífica síntesis del itinerario histórico del constitucionalismo español desde el Acta constitucional de 1808, constatando la alternancia entre textos que obedecían a una concepción diversa del proyecto de sociedad y, por consiguiente, de ordenamiento político, como consecuencia de la confrontación entre la perspectiva “tradicionalista” y “los principios del derecho nuevo”: “En los vaivenes de nuestro derecho constitucional hay leyes fundamentales de todos los modelos. Constituciones de tipo claramente tradicionalista en el sentido más riguroso de la palabra, es decir, en el de mayor adhesión al espíritu y a las leyes de la Edad Media, como lo prueban las omnímodas atribuciones de la autoridad real y el muy esca-
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ALBA, S.: Para la historia de España. Artículos publicados en mayo de 1930 por El Sol. Madrid. 1930, pp. 46-47: “En España, en el último siglo, políticamente, hemos tenido una Revolución y una Restauración. El español del día nos pide ahora una Renovación, es decir, una transformación pacífica, honda y amplia, del Estado y del País, que, sustituyendo ideas, regímenes, hombres y procedimientos, mediante etapas evolutivas, coloque el nuestro en la categoría y en la condición de los grandes pueblos modernos... Ha de facilitarlo o imponerlo la cultura del pueblo y el acomodo de los Poderes, que o transigirán o acabarán por desaparecer. Ha de obtenerse pronto, porque nuestra generación no se resigna a morir sin haber siquiera contemplado el amanecer de la nueva vida, hacia esa España mejor, con la que todos soñamos, que viene siendo tema de propagandas personales e ilusiones colectivas, desde la catástrofe del 98”.
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so poder moderador de las Cortes. Tales son las del 8, del 34 y del 45. Constituciones de tipo revolucionario, inspiradas no ya en la tradición, perfeccionada y modernizada, sino en los principios del derecho nuevo, según el cual toda la soberanía radica en la nación y de ella proceden todos los poderes; constituciones republicanas de alma, aunque acepten la monarquía (las del 12, del 37, el proyecto del 55 y la del 69). Por último, constituciones eclécticas que admiten ambas interpretaciones, pero que se pueden explicar perfectamente según un criterio tradicional. Tal es la Constitución del 76”7.
La Constitución de 1931, como las de 1812 y 1978, pertenece nítidamente a los principios del derecho nuevo. Pero la España que propone la Constitución de 9 de diciembre de 1931 según uno de sus grandes precursores, primer presidente del Comité revolucionario desde 1930, del Gobierno provisional desde el 14 de abril de 1931, y primer presidente de la Segunda República desde el 11 de diciembre de 1931, comienza a abandonar su horizonte de unidad y su substrato ampliamente compartido desde sus primeras semanas. Cuando Niceto Alcalá-Zamora elabore Los defectos de la Constitución de 1931 procederá, antes de señalarlos, y además con enorme crudeza, por momentos casi impía, a un primer intento de ubicación de la experiencia republicana dentro de la historia constitucional española, pero no tanto partiendo de la calidad de los debates que acompañaron a su elaboración en las Cortes constituyentes (sin duda muy superior a la que admite don Niceto, considerándolos inferiores a las desde luego brillantes controversias de 1869) como del compromiso ético y emotivo, y el desprendimiento con el que se condujeron los autores del nuevo sistema constitucional, equiparable a los constituyentes gaditanos de 1810-1812: “La justicia les otorga y reserva alta categoría en la historia parlamentaria de España. Su nivel predominante, y aun medio, de ilustración no fue, no podía ser comparativamente de los superiores; pero su nivel moral y sentimental, que es lo más importante, fue altísimo. La lejanía nos impide apreciar si en ideal de justicia, generoso entusiasmo por ésta, facilidad para responder a todo llamamiento elevado, respecto a la opinión sincera, aunque hostil, las igualaron las famosas Cortes de Cádiz; en todo caso,
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HERRERA ORIA, Á.: Meditación sobre España. Madrid. MCMLXXVI, p. 212.
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no pudieron superarlas. No podían presentar con esplendorosa sorpresa aquella floración que caracterizó a las de 1869”8.
Un proyecto “moral y sentimental” comparable al de 1812 es, en palabras del jefe del Estado y líder de la primera derecha republicana, un enorme e histórico proyecto. La última gran constitución liberal en la nación liberal por excelencia. Una experiencia cultural y constitucional. La revolución a través de la ley, y la nación y la libertad a través de la constitución. Y algunos de los mayores talentos de la ciencia jurídica, la creación literaria y la acción política del siglo involucrados en una experiencia capaz de concitar la atención del mundo. El Manifiesto que a mediados de marzo de 1930 circuló por Barcelona, y que entre otros célebres firmantes contaba con el abogado de El Tarrós, Lluis Companys, antiguo diputado en las últimas Cortes constitucionales de la Restauración, y futuro diputado republicano, ministro de Marina de la Segunda República, diputado y presidente del Parlamento de Cataluña, y en dos mandatos presidente de la Generalitat, o con el catedrático barcelonés Lluis Nicolau d’Olwer, ministro de Economía en el Gobierno provisional, diputado en las Cortes republicanas y gobernador del Banco de España, venía a reclamar la “normalidad y restablecimiento del orden jurídico” a través del definitivo establecimiento de la “soberanía popular”. El afán de cambio de la sociedad catalana, de sus pensadores, escritores y profesionales del Derecho, se expresaba a través del retorno del orden constitucional: “Sólo hay un camino para incorporarnos a la normalidad: el restablecimiento del orden jurídico, con la consagración definitiva de la soberanía popular y la exigencia de responsabilidades a sus conculcadores. Los que no ven esto, o no quieren verlo, apoyan su sofística argumentación asignando al pueblo una trágica incapacidad histórica y augurándole toda
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ALCALÁ-ZAMORA, N.: Los defectos de la Constitución de 1931 y tres años de experiencia constitucional. Priego de Córdoba. 2002, pp. 15 y 35: “...Se propendió desde el verano de 1931 y en los dos años siguientes a hacer de la República, más que una sociedad abierta a la adhesión de todos los españoles, una sociedad estrecha, con número limitado de accionistas y hasta con bonos privilegiados de fundador. Aun creyendo que de estos títulos podría yo reclamar alguno, fui siempre enemigo resuelto del sistema y de la mezquina concepción que limitaba tanto la grandeza con que surgió la República”.
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suerte de convulsiones sangrientas y calamidades espantosas, como si pudiera existir otra mayor que el envilecimiento colectivo y el lento agonizar de los resortes vitales del país...”9.
Con la misma lucidez, por cierto, y en la misma encrucijada histórica, llegaban a iguales conclusiones muy relevantes y realistas personalidades afectas a la Monarquía de Alfonso XIII, como el duque de Maura, quien procedería a un examen implacable de la irresponsabilidad política y constitucional con la que se habían comportado, y ya en plenos compases finales de la Restauración, los propios medios conservadores y monárquicos, adjudicándose la ingeniosa construcción del periodista José Zahonero para acusarles de no haber perseguido más que un triple objetivo existencial: “cortar el cupón, comer el capón y deshonrar el copón”10. Desde el ámbito republicano, y en posiciones radical-socialistas que muy prontamente habrían de verse reconocidas con sucesivas carteras de Fomento y Justicia en el Gobierno provisional y en el primer Gobierno ordinario de la Segunda República, el jurista asturiano Álvaro de Albornoz, que había ocupado un escaño ya en las Cortes de la Restauración por el Partido Radical entre 1910 y 1914, antes de ser sucesivamente republicano radical socialista y después de Izquierda Republicana, había llegado a muy similares conclusiones en su libro sobre El temperamento español. La democracia y la libertad, compuesto para “contribuir a la formación de un espíritu liberal español”,
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DE GUZMÁN, E.: 1930. Historia política de un año decisivo. Madrid. 1973, p. 191. DUQUE DE MAURA; FERNÁNDEZ ALMAGRO, M.: Por qué cayó Alfonso XIII. Madrid. 1948, p. 397: “Las clases conservadoras (usado este vocablo con máxima amplitud de significación) se mostraron de continuo impotentes o incapaces para conservar absolutamente nada. Los partidos gubernamentales presenciaron, mohínos, pero cruzados de brazos, los magnicidios de que eran víctima sus Jefes, los asaltos desleales al Poder del bando contrario, las campañas mendaces o calumniadoras de cierta prensa, y el desgobierno, que se estaba haciendo crónico. Los industriales dejaron indefensos a sus capitanes, diezmados por los crímenes terroristas. Los terratenientes, rutinarios o absentistas, descuidaron instar, cuando aún era tiempo, la implantación de alguna reforma agraria razonable y justa, y hubieron de soportar después, amedrentados o, quizá, arrepentidos, atropellos expiatorios. Los monárquicos de todos los matices desampararon al Rey contra la calumnia, como los creyentes de todas las capillitas, a la fe contra la impiedad...”.
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y subsanar la carencia que, según el pensador nacido en Luarca, se daba en cuanto al “sentimiento del derecho”, de manera que desaparecieran de la sociedad española “la violencia, la arbitrariedad y la injusticia”: la inexistencia de una potente clase media democrática, profesional, independiente, ilustrada, basada en el mérito, que aportara el espíritu, la identidad y el estilo parlamentario, relevando a una clase media denotada por su “cursilería” e integrada por “niños bien”, de manera que se acertara a crear una amplia cultura política constitucional: “La democracia ha sido -decimos ha sido porque en su forma puramente política pertenece al pasado- un régimen de clases medias. La historia de la democracia es la historia de las clases medias productoras e intelectuales. El régimen democrático -la monarquía constitucional y parlamentaria y la república de tipo burgués- arraigó allí donde una clase media independiente, ilustrada y liberal fue capaz de encargarse del poder y de dirigir los negocios. Fracasó, por el contrario, donde, como en España, no tuvo por instrumento una clase media inteligente y rica, sino una clase media pobre e ignorante, sometida en lo económico a una vida mezquina y confiada en lo mental en los horizontes de nuestro clásico bachillerato. Hay en la evolución política de España un momento en que parece que la clase media va a cumplir la misión histórica a la que se sienten llamadas todas las clases medias de Europa... Los constitucionales de 1812 -...- son todos hombres representativos de la clase media ilustrada... Los revolucionarios de 1820 son comerciantes, militares, propietarios, abogados, médicos... La clase media liberal es visiblemente una minoría y no logra consolidar las reformas políticas que implanta...”11.
El severo diagnóstico de Álvaro de Albornoz, en un año tan simbólico en la historia de la cultura como 1927, seguramente bastante
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ALBORNOZ, A. de: El temperamento español. La democracia y la libertad. Madrid. 1927, pp. 7 y 38-39: “La clase media española ha evolucionado al revés que todas las clases medias europeas. De la clase media inglesa -industria, comercio, profesionales intelectuales- salió el fuerte liberalismo... de la clase media francesa salieron el radicalismo y los elementos directores -profesores, abogados, médicos- del socialismo; de la clase media española han salido el ‘ciervismo’ y el maurismo de los ‘niños bien’. No hay nada en el mundo que se parezca a la clase media española, monárquica por cursilería, católica por cursilería, amiga de un orden que la mantiene en la abyección y conservadora de los de los demás por cursilería...”.