HUELLA DIGITAL: ¿SERVIDUMBRE O SERVICIO?
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
HUELLA DIGITAL: ¿SERVIDUMBRE O SERVICIO?
JESÚS AVEZUELA CÁRCEL JUAN BENAVIDES DELGADO JOSÉ LUIS CALVO SALANOVA VICTORIA CAMPS CERVERA ALBERT CORTINA RAMOS RAÚL GONZÁLEZ FABRE SARA LUMBRERAS SANCHO ALFREDO MARCOS MARTÍNEZ JULIO L. MARTÍNEZ MARTÍNEZ, SJ ALFREDO PASTOR BODMER JAVIER PRADES LÓPEZ DOMINGO SUGRANYES BICKEL JOSÉ RAMÓN AMOR PAN, Ed. CAROLINA VILLEGAS GALAVIZ, Ed.
tirant humanidades Valencia, 2022
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TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email: tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-19071-27-9 MAQUETA: Innovatext Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
Índice INTRODUCCIÓN....................................................................................................
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Domingo Sugranyes Bickel
PRESENTACIÓN. LA FUNDACIÓN PABLO VI.............................................
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LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DEL CONSUMIDOR EN LA ERA DIGITAL ....................................................................................................................
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SISTEMAS DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL.................................................
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LA REVOLUCIÓN DIGITAL Y EL FUTURO DEL TRABAJO.....................
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SISTEMAS DE CONTROL DELEGADO (CoDe)............................................
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¿ES POSIBLE CONFIAR EN LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL?...............
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LA DIGITALIZACIÓN EN LAS POBLACIONES DEL SUR: DOS PERSPECTIVAS EN UNA NARRACIÓN.....................................................................
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LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA GESTIÓN DE LOS DATOS EN EL ÁMBITO DE LA REFLEXIÓN MORAL................................................
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FRONTERAS MOVEDIZAS DEL “HOMBRE MEJORADO”.......................
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LA COMUNICACIÓN DE LOS SABERES EN TIEMPOS DE TRANSHUMANISMO...........................................................................................................
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Jesús Avezuela Cárcel
Victoria Camps Cervera
José Luis Calvo Salanova
Alfredo Pastor Bodmer
Alfredo Marcos Martínez
Sara Lumbreras Sancho
Raúl González Fabre
Juan Benavides Delgado
Albert Cortina Ramos
Javier Prades López
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Índice
RESONANCIAS ÉTICAS DEL BIEN COMÚN EN LA ERA DIGITAL......
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OTROS ASPECTOS DE LA EXPLOTACIÓN REAL DE GRANDES DATOS: RESUMEN DE LOS DEBATES...................................................................
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CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES....................................................
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LISTADO DE PARTICIPANTES..........................................................................
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Julio L. Martínez Martínez, SJ
Carolina Villegas Galaviz (Ed.)
INTRODUCCIÓN Domingo Sugranyes Bickel Todos somos usuarios diarios de la tecnología digital, activos o pasivos. Hagamos lo que hagamos, dejamos huellas en cada instante, desde los paseos que damos con el teléfono móvil en el bolsillo hasta cualquier búsqueda en internet. Estos fragmentos de información se acumulan en depósitos electrónicos cuyo volumen crece a un ritmo descomunal: algún autor habla de “catástrofe informativa” y su mantenimiento pronto puede suponer un problema de capacidad física y energética. Pero, sobre todo, la huella digital es un fenómeno sin precedente en el orden del conocimiento, una abundancia extraordinaria de datos sobre el comportamiento humano y el de la naturaleza. Algunas actividades científicas han desarrollado formas de sacar partido de esta mina ingente para mejorar su capacidad predictiva. Sobre todo, quienes saben obtenerla, recomponer sus elementos, aunque esté “anonimizada”, y transformarla en información útil para la publicidad son unas cuantas grandes empresas de tecnología –las big tech– y los ejércitos de empresas grandes y pequeñas, muchas de ellas start-up, que giran a su alrededor. Este es sin duda uno de los hechos que marcarán el giro de la evolución humana en el siglo XXI. Provoca inquietud en la opinión pública principalmente por dos motivos: por la amenaza a la privacidad de los datos personales –un aspecto en el que la legislación europea se ha adelantado a otras potencias y ha marcado unos límites importantes–; y por el uso que hagan de los datos, sustituyendo al trabajo humano, otros protagonistas de la época digital, esos sistemas de “inteligencia artificial” a los que, por simplificar, haremos referencia en todo este libro con la sigla IA. Surgen inmediatamente preguntas sociológicas y filosóficas de fondo: ¿qué es la IA? ¿Es inteligencia? ¿Qué es lo propiamente humano? ¿Cómo gestionar esta nueva realidad, a la vez superabundante y empobrecedora?
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Por un lado, algunas actividades –finanzas, medios de comunicación, diagnóstico médico, previsiones meteorológicas– ya se ven profundamente transformadas por el uso de los grandes depósitos de datos (big data) y por las aplicaciones de IA, en las que de hecho se van delegando determinadas decisiones a unos programas de software generados por procesos de aprendizaje automático (machine learning). Por otro lado, los visionarios e ideólogos transhumanistas elaboran los rasgos sorprendentes de un futuro donde se acaba el trabajo humano, tal como lo conocemos, y donde el propio ser humano se ve aumentado o mejorado al incorporar elementos fabricados de IA. Para debatir sobre estos temas e intentar descifrar algunas pautas de comportamiento ético en un contexto tan disruptivo, se invitó a un grupo de expertos –un círculo regular de unas treinta personas– con saberes muy distintos: filósofos, especialistas de ética social, gestores de grandes datos, tecnólogos, economistas, empresarios y sindicalistas, estudiantes. Para intentar comprender de manera inductiva el uso de los grandes datos en distintos campos, se convocó también a especialistas de otras áreas: la climatología, la sanidad y la gestión epidemiológica, la geopolítica y los medios de comunicación. El grupo de expertos, orientado por un Consejo director de elevada experiencia intelectual y humana, mantuvo trece reuniones de trabajo entre noviembre de 2019 y junio de 2021. La pandemia no impidió que continuara el proyecto, todos acostumbrándose poco a poco a la disciplina de los debates telemáticos. Después de un largo tiempo de escucha y diálogo, fue posible formular una serie de conclusiones y recomendaciones unánimes, que representan una aportación a la construcción de una ética de inspiración cristiana en el mundo digital. Las recomendaciones se agrupan entre tres destinatarios distintos: reguladores y responsables políticos; responsables de empresas e instituciones; educadores. La riqueza de las aportaciones y del debate se refleja paso a paso en el contenido del libro que presentamos al lector. El camino se inicia con una reflexión filosófica de Victoria Camps: ella analiza los problemas centrales con los que el seminario se encontró una y otra
Introducción
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vez, el de la libertad del consumidor/usuario y el de nuestra capacidad de discernir y gestionar la superabundancia informativa. A continuación, se presentan dos estudios rigurosos e informativos sobre lo que significa la revolución digital: qué son los sistemas de IA, del tecnólogo José Luis Calvo, y cuáles son los efectos actuales y futuros de la revolución digital en el trabajo, del economista Alfredo Pastor. Con estos conocimientos en su haber, el lector podrá abordar cuestiones “transversales” de ética digital. El filósofo de la ciencia, Alfredo Marcos, reflexiona sobre la verdadera realidad de los sistemas de control delegado que utilizan la IA. Sara Lumbreras, ingeniera y matemática, se pregunta cómo se podría asegurar la confianza en los sistemas de IA. Raúl González Fabre, ingeniero y economista, introduce al lector en la problemática de la digitalización en los pueblos del Sur del planeta. Juan Benavides, especialista de comunicación, presenta sus conclusiones sobre la transformación de los medios de comunicación. Y el abogado y urbanista Albert Cortina nos sorprende en las fronteras movedizas del hombre “mejorado” por la tecnología digital. Después de este amplio panorama se aportan dos reflexiones filosóficas que ayudan a una serena evaluación de todo lo anterior: Javier Prades responde a las derivaciones del transhumanismo, mientras que Julio Martínez sitúa en toda su dimensión y su exigencia el concepto de bien común en la era digital. Como complemento informativo se recogen al final del libro los resúmenes de las sesiones de trabajo en las que se abordaron algunos otros aspectos concretos de aplicación de big data y de IA: la actividad financiera y aseguradora; los riesgos catastróficos y el cambio climático; el diagnóstico de enfermedades y la gestión epidemiológica; la publicidad y las nuevas formas de “persuasión oculta”. Por último, el lector encontrará en las últimas páginas las conclusiones y recomendaciones del seminario y la lista de participantes. Los agradecimientos de la dirección del seminario van a los participantes, cuya fidelidad ha sido ejemplar; a la Fundación Pablo VI, que ha asumido el proyecto con entusiasmo; a su director general
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Jesús Avezuela, a la eficientísima secretaria de dirección Virginia Montilla, a José Ramón Amor que ha asegurado con cariño y precisa atención la edición de los textos; y a Carolina Villegas, que ha asegurado la difícil tarea de resumir los debates a lo largo de todo el período.
PRESENTACIÓN. LA FUNDACIÓN PABLO VI Jesús Avezuela Cárcel La Fundación Pablo VI, como centro superior de estudios, promueve proyectos formativos y de investigación en sus diversos ámbitos de actuación como la bioética y ciencia, el diálogo con la política, cultura y sociedad, la economía social, la IA, la ecología integral o el liderazgo humanista, entre otros. Ya en 1971, la Facultad de Ciencias Sociales –luego denominada, a partir de 1975, Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII– trató, con una especial incidencia, de difundir el pensamiento social cristiano a través de las entonces denominadas “Nuevas Tecnologías”. Y en 1990 se erigen la Facultad y la Escuela Universitaria de Informática y, en 2001, el Centro de Estudios Tecnológicos y Sociales. En la actualidad, la Fundación promueve diversas iniciativas en materia de tecnología e IA, como es el seminario “Huella Digital: ¿servidumbre o servicio?” que, durante dos cursos académicos consecutivos, ha desarrollado un intenso trabajo a través de un grupo de expertos multidisciplinar y un consejo de dirección, para debatir sobre el buen gobierno del desarrollo tecnológico y sobre la economía y la explotación de datos digitales desde el doble punto de vista de los fines perseguidos por los agentes y sus efectos en la sociedad. En este sentido, el seminario se ha desarrollado en colaboración con el centro de reflexión sobre cultura digital que se ha constituido en el ámbito del Pontificio Consejo para la Cultura de la Santa Sede bajo la dirección de S.E. Mons. Paul Tighe, quien también ha formado parte del consejo de dirección. Igualmente se han mantenido contactos con expertos externos, parlamentarios europeos y otros grupos que tratan temáticas similares en el ámbito de la COMECE (Conferen-
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cias Episcopales Católicas de la Unión Europea) y en distintos países de la Unión. La IA es uno de los retos éticos más apasionantes y, a la vez, más difíciles al que el ser humano se enfrenta en la actualidad pues se abre todo un mundo de oportunidades y a la vez de muchos riesgos. Como decía Jeremy Rifkin a finales de los noventa, la revolución tecnológica influye en todos los ámbitos de nuestras vidas: qué compramos, con quién salimos y nos casamos; cómo tenemos a nuestros hijos; cómo se los cría y educa; en qué trabajamos y cuál es su sentido; cómo participamos políticamente; qué modelos económicos queremos para nuestras sociedades; cómo expresamos nuestra fe; cómo percibimos el mundo que nos rodea y el lugar que ocupamos en él, … En suma, la IA, en cuanto diseño y desarrollo de tecnologías capaces de emular la inteligencia humana y sus múltiples aplicaciones en el campo de la empresa y del consumo, de la sanidad, de la seguridad, del derecho o de la movilidad humana, entre otros muchos, abre la puerta a numerosos desafíos, dudas e inquietudes, no sólo de carácter ético y regulatorio, sino también social y cultural. Durante muchas décadas, autores como por ejemplo Lynn White, en su obra Tecnología medieval y cambio social, o Bertrand Gille, en su libro Introducción a la historia de las técnicas, han venido reivindicando que, dentro del clásico divorcio entre ciencias y letras, la técnica no puede ser sólo “cosa de científicos” o tecnólogos. Espero que este libro, en el que los autores que participan con sus atinadas aportaciones y colaboraciones han formado parte del grupo de expertos y del consejo de dirección del seminario Huella Digital, contribuya al diálogo entre la ciencia y tecnología por un lado, y el campo de las humanidades por otro, así como al examen reflexivo de las muchas posibilidades y opciones que nos plantea la sociedad tecnológica en la que estamos instalados.
LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DEL CONSUMIDOR EN LA ERA DIGITAL Victoria Camps Cervera El objeto de esta ponencia es analizar de qué modo la digitalización afecta e influye las decisiones del consumidor. Concretamente, la pregunta que me interesa plantear es si podemos hablar de una situación de mayor libertad gracias a internet, dado que disponemos de mucha más información, lo que en principio determina que las posibilidades de elección a la hora de tomar decisiones se multipliquen. Dividiré mi intervención en tres apartados. El primero, destinado a poner de manifiesto cuál es el concepto de libertad del que parto como expresivo de la libertad de que gozan los individuos en las sociedades liberales. En el segundo apartado pondré de manifiesto algunas de las “dominaciones” sobre el individuo y la sociedad derivadas de la digitalización. Finalmente, en el tercer apartado, expongo la manera de escapar a esas dominaciones por medio de una educación que incentive la autorregulación.
1. LA “LIBERTAD DE LOS MODERNOS” La “libertad de los modernos” es una expresión feliz del pensador ilustrado Benjamin Constant, en un artículo célebre que tituló: “De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos” (1819). Frente a los antiguos, que entendían la libertad como una facultad para participar en la vida pública, los modernos entienden la libertad como la independencia de que goza el individuo para poder disfrutar de los asuntos privados, lo que tiene como consecuencia una renuncia tácita a los derechos políticos y a un compromiso efectivo con la vida pública.
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No se trata –concluye Constant– de optar por una forma de libertad en detrimento de la otra, sino de combinarlas adecuadamente. En las sociedades modernas, el disfrute de la libertad individual, que sin duda es un progreso, no debería ir en detrimento de una cooperación más activa por el bien común. No es sólo el derecho a la libertad civil lo que define a la ciudadanía, sino el deber y la voluntad de contribuir a la mejora de la sociedad. Creo que Constant acierta al prefigurar un tipo de persona que no cumple adecuadamente con sus deberes ciudadanos porque no siente la fuerza de la virtud que obligaba al hombre libre de la antigüedad griega a poner su libertad al servicio de la polis. Lo que hoy llamamos “civismo”, el mínimo común ético que se le exige al ciudadano, se echa de menos en las sociedades actuales, excesivamente atomizadas, en las que cada uno va a lo suyo y se desentiende de los problemas y necesidades comunes. Otra visión de la libertad que puede ser útil para analizar la influencia de la digitalización en el ejercicio de la libertad es la del filósofo contemporáneo Philip Pettit, uno de los promotores del llamado “republicanismo”, una corriente del pensamiento político, que pretende corregir algunas de las deficiencias del liberalismo enmendando, entre otras cosas, la concepción de la libertad como algo más que la facultad individual de hacer todo aquello que está permitido por la ley. Frente a tal concepción, Pettit propone una concepción más ambiciosa y compleja de libertad, la libertad republicana, a la que llama “libertad sin dominación”. “Dominación” es, a su juicio, la capacidad de algunos de interferir arbitrariamente en la libertad de las personas. Más allá de la interferencia legítima, que es la de las leyes en una sociedad democrática, los individuos sufren una serie de dominaciones derivadas de estructuras sociales, políticas o culturales que pasan desapercibidas pero impiden el ejercicio de una libertad auténtica. Una supuesta libertad, pero “dominada”, es la que han tenido las minorías –mujeres, homosexuales, esclavos–, por causas estructurales, a lo largo de la historia. Por extensión, puede aplicarse esta idea a las
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dominaciones que ejercen las modas, las costumbres, los prejuicios y todo aquello que impide que las personas elijan desde ellas mismas lo que prefieren hacer.
2. LA DOMINACIÓN DIGITAL Desde las dos concepciones de libertad expuestas nos preguntamos si el ejercicio de la libertad en el ciberespacio es un ejercicio responsable. Ser responsable significa hacerse cargo de lo que uno hace, lo que presupone la capacidad del sujeto de preguntarse si debe hacer o no lo que se propone hacer. ¿Qué debo hacer? es, a juicio de Kant, la pregunta ética por antonomasia, un interrogante que todo ser racional se plantea, precisamente porque es libre, lo que le confiere la capacidad de cuestionar sus propias decisiones y no actuar solamente por instinto o para satisfacer un deseo de forma irreflexiva. En principio, las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación son celebradas porque parece que confieren más libertad a las personas y, en concreto, al consumidor. En tal sentido, representan un progreso, una posibilidad de vivir mejor, de poder elegir más y de un modo más acorde con los deseos y preferencias de cada uno. Una serie de dudas se ciernen sobre esa afirmación apresurada y optimista, dudas que derivan de un conjunto de características que estructuran el llamado ciberespacio. El ciberespacio tiene una arquitectura propia que impone sus propias reglas de funcionamiento. Uno de los expertos más autorizados en la materia, Lawrence Lessig, advertía hace años que las redes sociales, a diferencia de internet que no es nada más que una forma más rápida y eficaz de comunicación, nos introducen en mundos virtuales que hacen la vida distinta, no sabemos si mejor o peor. El anonimato, la deslocalización geográfica, la desaparición del saber canónico, prefiguran un mundo diferente e imprevisible, sobre el que deberíamos plantearnos si es el mundo que queremos.
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Sin ánimo de ser exhaustiva, señalo algunas de las características constitutivas del ciberespacio. a) Las plataformas digitales tienen muchos datos sobre nosotros, lo saben casi todo, todo lo que es bueno para sus intereses legítimos, pero, a fin de cuentas, comerciales. Los datos les permiten dirigirse “personalmente” a cada individuo. Lo que aparece en la pantalla al abrir Amazon o Google no es información “para todos los públicos”, sino “para mí”. b) El algoritmo no está diseñado para darle al ciudadano lo que quiere. Gracias a la combinación de datos, las empresas hacen predicciones sobre nuestras decisiones futuras (comprar en función y a semejanza de lo recién comprado). Lo que se nos vende son “predicciones”. La tecnología predice lo que será la sociedad (The Social Dilema, Netflix). c) La financiación básica de las plataformas es la publicidad adquirida en la medida en que consiguen comprar la atención de la gente y mantenerla enganchada a las pantallas. Tiene más publicidad el que consigue más seguidores. Luchar contra el monopolio de las grandes empresas digitales es casi imposible porque son las que consiguen más datos las que funcionan mejor y, por lo mismo, son preferidas por los usuarios. Actualmente, seis empresas –Facebook, Google, Yahoo, AOL, Twitter y Amazon– constituyen alrededor de un 53% del mercado publicitario digital. d) A las tecnologías de la comunicación se la ha calificado de “tecnología persuasiva” porque induce a las personas a cambiar su comportamiento para hacer lo que le conviene al mercado digital. Es lo que siempre ha hecho el mercado. El principio consagrado de que en el mercado toda demanda genera una oferta es muy relativo; también vale el principio inverso de que toda oferta genera una demanda o crea una necesidad. e) La digitalización acentúa el protagonismo del individuo y el narcisismo, véase Facebook o Instagram. Se ha dicho
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que la red propicia un nuevo espíritu comunitario (la “ética hakker”), y que los nativos digitales son más propicios a la apertura, participación e interactividad. En contraste con ello, lo que se observa es que lo que los usuarios adictos a las redes parecen buscar es significarse ante sus seguidores y fortalecer su propia identidad. f) De lo anterior se deduce que, por diversa que sea la información y la pluralidad de opiniones que circulan por la red, esa diversidad no ha servido para fomentar algo parecido al diálogo, sino para exacerbar los extremismos y la polarización. No interesa hacer uso de la gran diversidad de ofertas, sino ir a aquellas que confirman las creencias y prejuicios propios. La polarización interesa porque mantiene a la gente conectada. g) La información propagandística ha existido siempre, pero con las redes sociales es más fácil difundirla. Ante la complejidad del mundo real, dejarse engañar es una tentación (fake news). h) Alguien ha dicho que sólo hay dos grandes industrias que llaman a sus clientes consumidores: las drogas y la tecnología. Ambas crean adicción. Poner de manifiesto lo anterior no significa adoptar una actitud apocalíptica. Es, por el contrario, una alerta necesaria con el fin de evitar la complacencia irreflexiva frente a unos cambios que, sin duda, nos ayudan a vivir mejor en algunos aspectos, pero ante los que hay que actuar con cautela, si no queremos acabar perdiendo derechos y valores fundamentales. Conviene resaltar que todas las innovaciones han venido seguidas de ataques irracionales y no podía ser de otra manera con la revolución digital. No es racional mantener una actitud catastrofista por los supuestos peligros que pueden acompañar a los grandes cambios. Pero sí que es intrínseco a una mente ilustrada el preguntarse hasta qué punto las ventajas de lo nuevo son realmente un servicio al alcance de todos y con vistas a un mayor bienestar, si crean necesidades que no deberían ser vistas como tales y, lo más importante, qué
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nos veremos forzados a sacrificar para que lo nuevo produzca los beneficios para los que ha sido diseñado. Para poner el ejemplo más evidente, es un hecho que la intimidad o la privacidad, un derecho conquistado como dimensión intrínseca a la libertad de los individuos, está siendo vendida a cambio de disfrutar de una comunicación sin trabas (lo que, a su vez, es visto, como más libertad). Puede aducirse, y se aduce, que las características personales las ponemos al alcance de empresas que, por su parte, compensan esa vulneración de la privacidad con servicios que nos benefician. Es cierto. De lo que se trata es de planteárnoslo y de reflexionar sobre si esa dinámica debiera o no tener límites éticos o jurídicos. El ya citado Lawrence Lessig afirma que la red no desaparecerá de nuestro mundo. Lo que hay que hacer no es oponerse, sino conocer bien su funcionamiento y trabajar para aprovechar todo lo positivo que puede aportar al bienestar de las personas, a la democracia y al bien común. Puesto que legislar sobre la libertad de expresión es visto siempre como una censura intolerable y aunque es posible regular la comunicación en el ciberespacio, la regulación es complicada y poco operativa. La alternativa para no ceder ante una posible disminución de libertades y, al mismo tiempo, lograr un control sobre lo que hacemos o dejamos que nos hagan es el autocontrol o la autorregulación, lo cual está estrechamente vinculado a la educación.
3. EDUCAR PARA AUTORREGULARSE Es un hecho con el que hay que contar que la economía de mercado no produce ciudadanos sino consumidores. Al ciudadano hay que educarle para que llegue a serlo; al consumidor no. Los mensajes que circulan por las redes son simples, favorecen el protagonismo del individuo y la polarización ideológica y política. Los Parlamentos de todo el mundo son ejemplos de países, supuestamente democráticos, donde las personas no se hablan ni se escuchan, sólo atienden a quien les está dando la razón.