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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


EL POLIEDRO DE LA CONCIENCIA: CEREBRO, INTERACCIÓN Y CULTURA

Editor LUIS ÁLVAREZ MUNÁRRIZ LUIS ÁLVAREZ MUNÁRRIZ FINA ANTÓN HURTADO ENRIQUE COUCEIRO DOMÍNGUEZ ELOY GÓMEZ PELLÓN JOAQUÍN GUERRERO MUÑOZ VALLE MOTOS JUAN ORTÍN

Valencia, 2016


Copyright ® 2016 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (www.tirant.com).

© Luis Álvarez Munárriz

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 9788416349845 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


INTRODUCCIÓN. NEURONAS, SÍMBOLOS, DISPOSICIONES Y TIEMPOS EN LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA Enrique Couceiro Domínguez El concepto de “conciencia” ha experimentado tal extrema dispersión en sus acepciones semánticas que al presente amenaza seriamente la posibilidad misma de hacer viable el diálogo interdisciplinario que lo adopte como eje. Esta fragmentación de sentidos es debida a la relevancia multisecular de la conciencia como fenómeno capital en la reflexión occidental en torno al fundamento de la identidad humana, la subjetividad o la consistencia y constitución de lo mental, y a los variados enfoques teóricos —principalmente el filosófico, psicológico, neurofisiológico y el sociológico— con que ha sido empleado el concepto en los discursos disciplinarios que de él se han ocupado y en las aplicaciones prácticas de sus respectivas contribuciones. El caso es que la empresa de determinar el papel de la conciencia en el desarrollo y distintividad filogenéticos de la especie humana y en la psicogénesis individual; de precisar su definición, estatus ontológico, composición, niveles y límites; de explorar su estatus, y tipo y posibilidades específicas de interacción respecto a la realidad corporal, social o cosmológica —por ejemplo, en los campos de la salud y la enfermedad, de la cognición y de la neurología—; la tarea de reconocer la importancia de la diversidad cultural en sus procesos y direcciones formativos; o incluso de indagar las implicaciones teóricas de la experiencia de estados alterados de conciencia sobre la percepción de la realidad son todos ellos afanes que nos presentan un panorama cuasi-caótico, babilónico, aunque concurrido y competido por linajes teóricos muy definidos, protagonistas en la historia del pensamiento filosófico, biológico, antropológico, socio-


Enrique Couceiro Domínguez

lógico y psicológico. Una tierra de nadie —y de todos— disputada en diversos frentes de interés, mediante una controversia constante e inacabada y pulsos transitorios de hegemonía teórico-metodológica —a veces poderosísimos, como ha ocurrido con el reciente embate del paradigma neurocientífico— que se dilatan a lo largo de la historia de las ciencias y de las humanidades, y a lo ancho de su parcelación paradigmática y disciplinaria. Sin embargo, a pesar de la profunda ambigüedad e indeterminación del concepto de conciencia, que han movido a algunos dudar de su utilidad teórica1, y que en parte derivan de esa segmentación paradigmática y conceptual, la facultad de la conciencia continúa demostrándose a día de hoy como uno de los problemas más importantes y decisivos a los que se enfrenta el conocimiento del hombre y su realidad, cualquiera que sea la línea de adscripción disciplinaria o el diálogo interdisciplinario que se adopte. Incluso porque del modo en que se aborde su estudio, con las líneas de investigación y perfiles teórico y aplicado que de él deriven, dependen las mismas condiciones de continuidad, justificación científica y de desarrollo futuro, no ya únicamente de las propias disciplinas sino, con una trascendencia incomparablemente mayor, de los modos de concebir y manejar político-legal, sociocultural, terapéutica, legal y éticamente los problemas, necesidades y potencialidades del individuo y la sociedad. En ese sentido, es preciso afrontar la conciencia no como un mero “tema” discursivo, por polisémico, y acaso politético, que sea —o un lugar común en torno al cual polemizar—, sino como un fenómeno crítico en la formación y desarrollo de la identidad humana y en la relación del individuo con la realidad circunstante y consigo mismo; una facultad poliédrica que precisa del escrutinio de “miradas” diferentes y del diálogo entre las mismas, al estar caracterizada por una compleja diversidad de facetas, niveles, fuentes biológicas, psicológicas y sociales de las que emerge; ámbitos de relación interactiva de los que depende su desarrollo y continuidad,

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cf., a propósito, las conclusiones del el ensayo de Guerrero incluido en éste volumen.


Introducción. Neuronas, símbolos, disposiciones y tiempos en la formación…

y a los que influye; y por una capacidad susceptible de expresarse a través de canales alternativos o convergentes —lingüístico-narrativo, gestual, fáctico, emotivo, etc.—. Pero desentendiéndose de este carácter poliédrico de la conciencia, que no sólo afecta a sus manifestaciones o estructura, sino también a las fuentes o bases que la constituyen, la tendencia de la neurociencia contemporánea ha estado marcada, en contraste, por un firme designio reduccionista, en pos de establecer una perfecta ecuación entre los fenómenos de conciencia y mente, y el funcionamiento de las estructuras neuronales. En este campo, la primera contribución de esta obra, “Los límites del modelo neurobiológico de la conciencia” constituye una incisiva crítica, formulada por ÁlvarezMunárriz, hacia estos supuestos del discurso neurorreduccionista. Para este autor, El modelo neurobiológico de la conciencia vigente en la ciencia actual se puede sintetizar en una simple proposición: somos nuestro cerebro. En su contribución, intenta demostrar que este modelo no es falso, pero que es incompleto y además está agotado. Para probarlo reflexiona críticamente sobre los fundamentos teóricos en los que se asienta. Concluye señalando la necesidad de construir un nuevo modelo, que sea capaz de ofrecer respuestas a problemas tales como el del proceso de comunicación, transmisión, gestión y almacenamiento del significado simbólico; el de determinar el tipo de arquitectura mental que nos proporciona la capacidad de ser agentes libres; o el de cómo podemos aumentar nuestra libertad y cuáles son los impedimentos que la condicionan. El problema de la conciencia, por otro lado, se proyecta e involucra necesariamente tanto “hacia afuera” del propio concepto, como “hacia adentro”. Se extiende “hacia afuera” en funcionamiento y estructura de la mente obliga a atender, además de los fenómenos conscientes, a otro tipo de procesos, los inconscientes, que entran en interacción recíproca y recursiva2: la conciencia se establecería así como

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Álvarez Munarriz, Luis. 2006. “Niveles de conciencia. Perspectiva sociocultural”. Thémata. Revista de Filosofía, 37: 1.


Enrique Couceiro Domínguez

una gradual estratigrafía de umbrales, en cuyos rangos más “bajos” la atención prestada prácticamente queda exonerada, y nuestros actos e imaginaciones se despliegan mecánica e involuntariamente mediante impulsos subconscientes; un ámbito por otro lado más allá del alcance de cualquier alteración intencional, pero que resulta esencial en la vida del hombre, determinando, canalizando e impulsando el orden de las decisiones y actos racionales según marcos de interpretación de la realidad, e impulsos de acción irracionales e irreflexivos. Pero el descubrimiento de la formación epigenética, cultural o incluso filogenética de muchos de los mecanismos del inconsciente, y la dificultad de definir un “umbral de conciencia”, o presunto límite objetivo más allá del cual los procesos mentales sean inequívocamente identificables como conscientes o subconscientes, han llevado a plantearse la necesidad de superar el secular modelo dual de la estructura de la mente. Desde esta indeterminación, aunque sea provisional, la investigación de los procesos cognitivos conscientes atenderá específicamente a ese “conjunto de operaciones mentales que caen bajo el foco de la actividad consciente y para cuya activación la ‘atención’ desempeña un papel esencial”3. Si bien tal atención se dispensa con disímil intensidad en diferentes momentos o contextos de interacción con la realidad, de ellos emerge la experiencia subjetiva. Precisamente, el desarrollo, también “hacia dentro”, del problema de la conciencia afecta entre otros, aunque destacadamente, a la propia y trascendente cuestión del origen y entidad de la experiencia subjetiva del sí-mismo, de la auto-conciencia reflexiva específica del ser humano. Podría, a propósito, suscitar la cuestión de la capacidad de la antropología a la hora de ensayar un intento propio de aproximación a este problema inserto en el del concepto de conciencia en general. Pero sin duda han existido aportaciones antropológicas al respecto, centradas ampliamente en la relación recursiva entre individuo y sociedad; en los intentos de articular y superar teóricamente la tensión entre la conceptualización de lo individual

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Álvarez-Munárriz, op. cit., 2006: 2.


Introducción. Neuronas, símbolos, disposiciones y tiempos en la formación…

(auto-conciencia incluida) como socialmente constituido, y a la vez como constituyente de lo social. Un asunto común y reiteradamente planteado como el problema de definir la relación entre agencia y estructura. Este empeño antropológico4 presenta riesgos de inclinar la balanza excesivamente en una u otra dirección, confiriendo primacía bien a la capacidad de una agencia autoconsciente individual presuntamente libérrima, o bien, por el contrario, a las constricciones y posibilidades en la formación de la conciencia impuestas desde la estructura y disposiciones socioculturales. Sin embargo, lo que ha suscitado este clásico y frecuentado planteamiento de la relación entre autoconciencia, sociedad y cultura, es el desarrollo de influyentes teorías como la de la práctica o la de la estructuración, centradas en los conceptos de habitus, estructura-acción, o esquema cultural; y con ello la posibilidad de explorar cómo los individuos encarnan, incorporan, expresan y crean el mundo social. A este respecto, Gómez Pellón nos ofrece en su contribución a este volumen, “Conciencia y conciencias: la cuestión de la primacía”, un exhaustivo recorrido crítico por los tratamientos teóricos de la conciencia en las ciencias sociales, desde Durkheim y Weber, pasando por Marx, Mead o Schütz, hasta Bourdieu y Giddens. De ellos, destaca especialmente la propuesta constructivista e interpretativista de Geertz, para quien los sistemas culturales no cuentan exactamente con una racionalidad intrínseca a ellos mismos, sino que ésta la presumen unos actores sociales que, al sentir y razonar, son guiados por símbolos. Por ello mismo, no cabe identificar sin más experiencia humana y conciencia — en genérico y sin que entre ellas medie nada más, o que la segunda prescinda en lo sustancial de atributos—, sino que tal experiencia sólo puede constituirse específicamente como conciencia significante, aprendida e interpretada, de manera que la lógica de los símbolos no estaría inamoviblemente inscrita en ellos, como si su semántica estuviese sencillamente precodificada, si-

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Dawson, Andrew. 1995. “Questions of Consciousness”. Anthropology Today, 11: 21.


Enrique Couceiro Domínguez

no que estribaría en el uso que se les da a tales símbolos. Y con ello, la conciencia vendría condicionada por un fuerte contenido social, no estando sus diferentes sentidos universalmente delimitados, sino definidos por las particulares estructuras simbólicas de cada cultura. Desde otro punto de vista conexo, la preocupación antropológica por la subjetividad ha conducido incluso a contemplar la posibilidad de cuestionar la misma noción de la existencia de una brecha entre estados mentales “internos” y estados sociales “externos”. Así, para autores como Kapferer5, esa dualidad presenta una falsa dicotomía que impide reconocer la cualidad social de la emoción. Sin embargo, tal visión se enfrenta a la de quienes, como Nigel Rapport6 consideran fundamental dicha oposición, por ser consecuente con la tendencia a dicotomizar propia del pensamiento humano. Desde una óptica constructivista alternativa, Holland7 propone un modelo más matizado y dinámico de relación entre mente y cultura que, aunque preserve la dualidad, subraya sobre todo las contribuciones de la biología y la experiencia social en la construcción de la conciencia y la subjetividad humanas, aunque a la par sugiere la existencia de un activo papel selectivo y moldeador de la psique individual a la hora de reproducir, apropiarse e internalizar los modelos de acción, pensamiento y sentimiento incluso más netamente convencionales. Esta temática se retoma en este volumen, con una propuesta diferente, en el ensayo “Habitus, mente y cerebro. La psicogénesis como proceso de habituación neuro-cultural” de Couceiro, donde desde una crítica de los modelos reduccionistas neurocéntricos de la mente se desarrolla una propuesta también constructivista de la conciencia —y en ella de la autoconciencia— articulada en torno al papel del habitus.

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Kapferer, Bruce. 1995. “From the edge of Death: Sorcery and the motion of consciousness”. In Questions of Consciousness. ASA monograph. Cohen, Anthony P. and Rapport, Nigel, eds. 1995. Questions of Consciousness (ASA Monograph 33) London: Routledge. Hollan, Douglas. 2000. “Constructivist Models of Mind, Contemporary Psychoanalysis, and the Development of CultureTheory” American Anthropologist, 102: 538-550.


Introducción. Neuronas, símbolos, disposiciones y tiempos en la formación…

Se argumenta, en este sentido, que no surge la mente de los procesos puramente neurofisiológicos, sino de la dialéctica y continua interfaz configurativa entre éstos y los procesos de comunicación y aprendizaje-internalización socioculturales; una psicogénesis que comporta, concomitantemente, tanto la “habituación semántica” del sistema neuronal como la activa incorporación del agente individual en la práctica social en tanto que portador de su propia interpretación del habitus cultural de su sociedad. El proceso genésico específico de la conciencia social e individual es revisitado en el ensayo que Juan Ortín dedica a las implicaciones que en el mismo tienen el “sistema”, la “condición social” y el “proyecto individual”. En “La antropologización de la conciencia como proceso de definición de la realidad” se presta una atención central a estos tres conceptos por considerarlos niveles con presencia constante en el proceso antropológico continuo de la concienciación. Esos tres niveles resultan capitales en los procesos interactivos e intersubjetivos de la “construcción de la realidad”; construcción que a la par se constituye en referente y referencia de la concienciación; relación recíproca y recursiva que fundamenta las acciones tanto del colectivo como del individuo y por tanto de los procesos de producción y reproducción de la sociedad. A pesar de que el citado ensayo de Ortín se orienta a analizar esos niveles que están en la base de los procesos de concienciación endógenos a partir de los cuales se adquiere el sentido de pertenencia y participación en los procesos sociales que condicionan las vidas individuales, tal propósito refleja también el problema “radical” de la autoconciencia y la subjetividad que suscita general interés antropológico: el de su misma naturaleza. Conciencia de sí y subjetividad se desarrollan en el curso de la vida a partir de las distinciones hechas entre el yo y los otros, y desde la dualidad conceptual que, en virtud de tal experiencia, se abre entre el yo mismo (el self) y el yo como objeto. Al respecto, este carácter procesual de la autoconciencia se manifiesta, según Nigel Rapport, a través de la narrativa: como relato de una serie de acontecimientos organizado mediante un argumento secuencial. Pues bien, el ensayo de Guerrero, “Enfermedad y con-


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ciencia: limitaciones y potencialidades del enfoque narrativo en el estudio de la demencia”, propone, alternativamente, que una aproximación al examen de la conciencia, su experiencia y sus posibilidades de manifestación puede verificarse en determinados casos, en las personas afectadas de demencia, sin recurrir a una imposible o incierta narratividad: incluso en estadios muy avanzados de la demencia es posible significar el propio comportamiento, a pesar del radical deterioro de la función narrativa. Es decir, disociando la exploración de la conciencia y de la identidad personal de la narrativa “ortodoxamente” entendida, es posible prestar atención a otros modos alternativos de representación, expresión y soporte de identidad y conciencia personales, como los movimientos y reacciones corporales o la emotividad. El mismo autor denuncia, además, que los trabajos que se han realizado en el ámbito de la conciencia, desde el punto de vista de la narrativa, adolecen de una confusión conceptual por la que términos como self, identidad personal, conciencia, personalidad, mismidad, etc., quedan a la postre indiferenciados, tornando en equívocas las conclusiones teóricas y dificultando la comparación. El ensayo de Valle Motos, “La conciencia vital del tiempo”, nos expone en fin, con rara clarividencia y gran oportunidad antropológica otro caso concreto plenamente ilustrativo de la fuerte impronta ejercida por el condicionamiento y moldeado culturales —y por tanto específicos e intersubjetivos— sobre la génesis, las bases y posibilidades de la conciencia: en esta ocasión, cómo el modelo cultural del “tiempo acelerado” imperante en la cotidianeidad de las sociedades industriales genera un infradesarrollo de la conciencia. Un moldeado que se traduce en la continua experiencia de una desconexión perjudicial, cuasi-patológica y desalentadora, entre lo que hacemos, lo que sentimos y cómo lo expresamos; que construye la —compartida— sensación de constante falta de tiempo y el estrés asociado, al imponer confusamente —como valor— un modelo del tiempo como recurso de acción cuantificable, no cualitativo. Un modelo de tiempo cuantificable que sin embargo nos condena a una angustiosa y continua preocupación por su transcurso; que genera una conciencia del tiempo psíquico —la duración— cuantificado-dramatizado simbóli-


Introducción. Neuronas, símbolos, disposiciones y tiempos en la formación…

camente en el funcionamiento del reloj, escamoteando la del tiempo cultural, el tiempo vivido responsable de nuestros estilos de vida. El retablo de ensayos que se compilan en este volumen, por último, sólo constituye una pequeñísima muestra de facetas del poliédrico fenómeno de la conciencia, pero su pretensión es destacar algunos aspectos críticos y terrenos clave, y aportar argumentos y propuestas a un debate forzosa y urgentemente interdisciplinar. Argumentos desarrollados esta vez desde la ladera de la reflexión antropológica; una mirada tendente a percibir, a la par de la compleja diversidad constitutiva y definitoria de los fenómenos humanos —y entre ellos, y significadamente, la conciencia—, los ejes y tendencias generales de unicidad y coherencia que también los erigen, y que afloran en un ulterior plano de escrutinio.


LÍMITES DEL MODELO NEUROBIOLÓGICO DE LA CONCIENCIA Luis Álvarez-Munárriz Universidad de Múrcia

INTRODUCCIÓN En la ciencia de nuestros días la pregunta de quién es ese ser que hemos clasificado como Homo sapiens se contesta dentro del marco teórico que ha construido la Neurobiología. Se ha impuesto definitivamente este modelo y su veredicto es inapelable: somos nuestro cerebro. El yo consciente surge, en última instancia, de las mecánicas agitaciones de los átomos y moléculas que conforman las neuronas del cerebro. Se tiene por cierto que poseemos un cerebro voluminoso y sumamente complejo cuyos orígenes se remontan a miles e incluso millones de años de evolución. Un cerebro que es el órgano central de nuestro cuerpo en la medida que controla toda nuestra conducta. Es el sistema que dirige todo nuestro comportamiento, tanto la conducta habitual como la reflexiva, tanto la actividad consciente como inconsciente. Lo más específico del ser humano es la conciencia y ésta no es otra cosa que su cerebro. “Con cierta frecuencia nos preguntamos: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, cuestiones que sin proponérnoslo nos pueden llevar muy lejos, a lo infinito del universo, o, quizá mucho más cerca, a lo más profundo de nosotros mismos; a la propia mente y a lo que la crea y controla, esa masa de materia blanda, blanca y gris que es el cerebro. Al crear la mente, el cerebro no sólo hace posible nuestras percepciones y sentimientos, sino que es también el que fabrica la necesidad, a veces imperiosa, de preguntarnos acerca de nuestra propia existencia y la del mundo en que vivimos” (Morgado: 2015, 7).

El cerebro, ese trozo del cuerpo de espesa materia, es la llave que nos abre la puerta de la mente consciente, explica nuestro compor-


Luis Álvarez-Munárriz

tamiento y, por tanto, debe tener un status especial. De ahí que sea el concepto central del modelo neurobiológico. Es cierto que sus promotores reconocen que persiste el misterio de la conciencia pero sostienen que el único camino viable que tenemos para desvelar este enigma es tomar es como punto de partida y centrar nuestras investigaciones en el cerebro. Las nuevas y sofisticadas técnicas de neuroimagen serán claves para conseguir ese objetivo. El estudio de la conciencia se ha convertido en un campo de investigación atractivo y respetable, uno de los focos de investigación más actuales y relevantes por sus implicaciones tanto teóricas como prácticas. Asistimos a un momento en el que se pone mayor énfasis en el diseño de experimentos guiados por el modelo neurobiológico y cuyo objetivo último es conseguir una explicación definitiva y completa de su estructura y funcionamiento. Hay muchos intereses en juego, mucho dinero invertido, muchas personas de prestigio comprometidas en el desarrollo de este modelo y muchas esperanzas puestas en su construcción y aplicación: simular las funciones cerebrales a todos los niveles, desde el molecular y bioeléctrico hasta los rasgos cognitivos que nos hacen inteligentes y dirigen nuestro comportamiento tanto consciente como inconsciente. Sus resultados nos permitirán dar una repuesta definitiva a cuestiones eternas: ¿Qué es la conciencia? ¿Cómo pensamos y sentimos? ¿Qué nos hace humanos? Un mapa completo de la actividad cerebral nos ayudara a construir cerebros artificiales con mente consciente y a erradicar todo tipo de enfermedades. Es el gran reto que afrontan los neurocientíficos en el siglo XXI: fijar las rutas neuronales que subyacen al funcionamiento de cerebro. Ello nos permitirá explicar lo que nos hace únicos y lo que diferencia a una persona de otra. En los resultados de este proyecto se basa la promesa de curar todo tipo de enfermedades e incluso se promete la eterna juventud. Debemos reconocer que el tema de la conciencia sigue siendo uno de temas más atrayentes pero también uno los retos más importantes y difíciles al que se enfrenta el saber de nuestros días. El enfoque interdisciplinar es básico para consecución de este objetivo.


Límites del modelo neurobiológico de la conciencia

Pero esa cooperación también debe servir para abrir nuevas vías de explicación como exige el carácter crítico y creativo de la ciencia. Esta tensión crítica y creativa se debe seguir manteniendo en este campo porque, a pesar de que el modelo neurobiológico está aceptado y profundamente arraigado, la cuestión de la naturaleza de la conciencia sigue siendo un enigma y todavía no sabemos lo podemos descifrar. Pero es además una tarea necesaria porque el edificio actual de la ciencia de la conciencia tiene unos cimientos endebles, grietas por todas sus partes e incluso conclusiones que no concuerdan con el conocimiento ordinario que poseemos del comportamiento humano. Ello induce a poner en tela de juicio los supuestos sobre la naturaleza de la conciencia que la neurociencia da por científicamente demostrada. Nadie puede negar la relevancia del cerebro en la generación de la experiencia consciente pero es insuficiente para dar una explicación científica de la naturaleza de la conciencia. Ha llegado el momento de afrontar este problema con más detalle porque es posible y conveniente replantear el tema de la conciencia desde otros supuestos. En un clima de fervor neurocientífico resulta realmente “llamativo” que se ponga en tela de juicio la validez del modelo neurobiológico y mucho menos que nos preguntemos si está empíricamente comprobado. Pero este modelo no solo está estancado en las marismas del mundo académico sino que además está agotado. Ya no sirve escudarse en las grandes promesas ya que lo que demandan, tanto los intelectuales como la gente corriente, son resultados. Y no puede aportarlos porque ha tocado techo como teoría al no poder superar los límites en los que se han basado sus espectaculares avances: a mayor grado de división y reducción menor grado de comprensión y aplicación. La raíz de este agotamiento está en la incompletitud y debilidad de sus cimientos que se consideran sólidos, absolutamente verdaderos y definitivos. Y la mejor manera de demostrar estos límites es realizar una reflexión crítica sobre sus fundamentos teóricos. La exposición de estos presupuestos nos ayudará a entender las débiles bases sobre las cuales se asienta el modelo oficial de corte neurobiológico.


Luis Álvarez-Munárriz

1. La naturaleza de la conciencia En el saber actual se reconoce la fertilidad del concepto de conciencia para comprender el comportamiento humano. Existe un consenso generalizado sobre la necesidad de usarla como categoría técnica. Nadie pone en tela de juicio la realidad de los estados conscientes pues tanto a través de la introspección como de la observación del comportamiento humano podemos constatar que tienen existencia real. Cualquier intento de conocer el ser humano no puede ignorar que existe la conciencia8. Esta se puede definir, en una primera aproximación, como un saber acerca de nosotros y de nuestra situación en el mundo9. Es la idea que guía una fenomenología del cuerpo situado y se manifiesta en diferentes modos de comportamiento que tienen su origen en esta capacidad humana. En el campo de la Antropología ha sido clave la distinción entre conciencia colectiva e individual. Partiendo de las formas comunes de conocimiento y de los datos que aporta el trabajo de campo sobre esas conductas, la primera cuestión que debemos abordar, para progresar en el desvelamiento de su estructura y funcionamiento, es la siguiente: ¿Qué es? ¿En qué consiste? ¿Cúal es la naturaleza de la realidad que queremos conocer? Con palabras de Damásio: What is consciousness made of? Ello implica abordar el estatuto ontológico de la conciencia. No se trata de aclarar el significado de la palabra sino de explicar el tipo de entidad que es la conciencia. Si el conocimiento ordinario nos muestra que la conciencia que orienta los comportamientos humanos no es una cosa física o un agregado de objetos materiales, cualquier investigador que pretenda avanzar en el conocimiento de su naturaleza necesariamente debe plantearse esta cuestión: ¿qué tipo de fenómeno es?10.

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Cohen y Rapport: 1995, 1. Álvarez Munárriz: 1993, 2; Álvarez Munárriz: 2005, 20; Álvarez Munárriz: 2006, 77. Ellis: 1986, 1; Clark: 2002, 51.


Límites del modelo neurobiológico de la conciencia

En el saber oficial el marco en el que se intenta responder a esta cuestión ontológica proviene de una rama de las ciencias positivas que podemos denominar Neuroontología: los estados mentales y los estados cerebrales son esencialmente equivalentes. La conciencia tiene sus fundamentos en las propiedades físicas del cerebro. En efecto, la mayoría de los neurocientíficos parten del supuesto de que todo ese conjunto de actividades mentales que conforma la compleja mente consciente se debe enteramente a las propiedades químicas y eléctricas de las neuronas del cerebro compuestas de átomos, iones y moléculas, es decir, un proceso meramente físico. Si no tuviéramos cerebro no poseeríamos conciencia. La mente consciente es un producto de las actividades del cerebro. Sostienen que la conciencia es un concepto que hemos creado para comprender las funciones del cerebro. Este es un sistema físico compuesto de átomos. Si la conciencia se basa en la actividad de las células físicas, el patrón que genera es igual de físico que los objetos que representa11. Supuesto que los estados conscientes son un producto de los tejidos físicos del cerebro, no debe extrañarnos que se pretenda explicar la naturaleza última de la conciencia con las categorías y las leyes que provienen de la Mecánica cuántica. Aunque se discute su completitud sigue siendo la teoría básica de la que nos servimos para explicar todo lo que existe en el universo. “En sentido estricto, se puede argumentar que, siendo esta disciplina la que rige el mundo microscópico, cualquier hecho, pensamiento o vivencia también lo estará en tanto en cuanto reduzcamos estos procesos físicos, químicos, biológicos, mentales o existenciales a sus últimas consecuencias. Y no le falta razón, cualquier proceso macroscópico puede ir reduciéndose a escalas más y más pequeñas en términos, por ejemplo, de reacciones químicas. Así, en sentido últi11

“In the nineteenth century, before biological mechanisms such as genetics, cell metabolism, and cell division were understood, it was natural to hypothesize a vital force that distinguished living things from non-living ones. This hypothesis became superfluous with the realization that biological mechanisms arise from chemical and physical processes. Similarly, consciousness does not need to be treated as a special kind of entity in addition to matter and energy, but rather can be explained as a biological process fully compatible with explanations in physics and chemistry” Thagard y Stewart: 2014, 85.


Luis Álvarez-Munárriz mo, somos una mera manifestación de lo que pasa a escala de lo muy pequeño” (Miret Artés: 2015, 119).

Son muchos los modelos que han intentado dar una explicación completa de la estructura y funcionamiento de la conciencia partiendo desde la escala de lo muy pequeño, es decir, desde el nivel cuántico. Selecciono uno de los últimos intentos porque se sirven de todos los avances que se han producido en el campo de la Física cuántica y además hacen propuestas sugerentes encaminadas a perfeccionar tanto la teoría física como el modelo de la conciencia. Me refiero a la propuesta de dos prestigiosos intelectuales, Penrose y Hameroff, que defienden el modelo de la Reducción Objetiva Orquestada12. La reducción del estado cuántico se debe a un tipo de umbral objetivo (OR) descrito por Penrose el cual produce la experiencia consciente, y son los inputs sinápticos y otros factores los que “orquestan” (Orch) las computaciones cuánticas de los microtúbulos. De ahí el nombre de reducción objetiva orquestada (Orch OR). Es una teoría que propone que la conciencia consiste en una secuencia de eventos discretos, cada uno siendo un momento de “reducción objetiva” (OR) de un estado cuántico (según el esquema Diósi Penrose). “La ‘Reducción objetiva orquestada’ (‘Orch OR’) es una teoría que propone que la conciencia consiste en una secuencia de eventos discretos, cada uno siendo un momento de ‘reducción objetiva’ (OR) de un estado cuántico (según el esquema Diósi Penrose), donde se parte de que esos estados cuánticos existen como partes de computaciones cuánticas realizadas primariamente en los microtúbulos neuronales. Tales acontecimientos OR tendrían que ser ‘orquestados’ de una manera apropiada (‘Orch OR’), para que surja la conciencia genuina. El mismo OR se toma como omnipresente en las acciones físicas, lo que representa el ‘puente’ entre el mundo cuántico clásico, donde las superposiciones cuánticas entre pares de estados consiguen espontáneamente resolverse sobre las alternativas clásicas en una escala de tiempo ~τ, calculada a partir de la cantidad de desplazamiento de masas que existe entre los dos estados” (Hameroff & Penrose, 2014: 73).

12

Véase Penrose: 1989, 24; Penrose y Hameroff: 2011, 1; Hameroff: 2012, 12; Craddock et alii: 2012, 13.


Límites del modelo neurobiológico de la conciencia

Es una teoría cuántica del cerebro biológico compatible con los conocimientos de la neurociencia. El espacio de reflexión en el que aplican las categorías de la Física es el de los microtúbulos: cilindros diminutos de proteínas tubulinas dispuestos en forma paralela dentro del axón de una célula. Son polímeros cilíndricos compuestos por patrones repetitivos de una proteína simple, con forma de maní, llamada tubulina que puede flexionarse “abierta” y “cerrada”. Estas proteínas tubulina se auto encadenan en cilindros huecos con paredes ordenadas en tramas hexagonales. Estos cilindros forman el citoesqueleto, el soporte estructural o andamio, como hueso, dentro de todas las células animales, pero ellas están continuamente moviéndose y reordenándose. Los reordenamientos son muy importantes, son responsables de todo el crecimiento celular, desarrollo, movimiento, y regulación sináptica13. Todas las células nerviosas están hechas realmente de microtúbulos. Tienen como función servir de sostén intracelular y además transportar sustancias dentro de la célula nerviosa. En este modelo son concebidos como sistemas nerviosos en miniatura que procesan y transmiten información. En este modelo se parte del supuesto de que la física actual no está, ni por su desarrollo ni por sus categorías, capacitada para desvelar la estructura compleja del cerebro, base fisiológica de la conciencia y de esta manera culminar el proceso de reducción total. Se necesita una nueva teoría en la que se conjugue la Mecánica cuántica y la teoría general de la relatividad propuesta por Einstein. Sostienen que la teoría general de la relatividad también tiene validez a escalas muy pequeñas. En este nivel rige el principio de superposición en el que una partícula cuántica puede poseer dos estados diferentes o estar en dos lugares. Cuando el colapso de esa superposición ocurre, resulta y se genera un momento de conciencia. Es un colapso cuántico que libera unidades fundamentales de despertar de conciencia, tal como un cambio orbital de un electrón libera un fotón de luz. Este proceso está ocurriendo cuarenta veces por segundo entre los microtúbulos.

13

Véase Hameroff: 2014, 126.


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