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Prefacio

Alain me ha gustado demasiado, le he admirado demasiado, le he env idiado demasiado p ara no estar tentado, c uando me lo han p edido, de esc rib ir en los p erió dic os. E s mi manera de rendir homenaje al autor de Propos d’un Normand, inc luso sin nomb rarle, y de intentar seguirle a mi manera y c on mis medios. ¡ Y no, desde luego, p orq ue tenga su misma fi losofía! L a mía está muy lejos de la de é l: aunq ue ateo, y muy antic leric al (sob re todo en sus añ os de juv entud), siemp re se c onsideró esp iritualista, dualista, idealista; siemp re eligió a P lató n c ontra Aristó teles, a los estoic os c ontra E p ic uro, a D esc artes c ontra S p inoz a, a K ant c ontra H ume, a H egel c ontra M arx , a C omte c ontra D urk heim, a L agneau, fi nalmente, c ontra F reud; y y o tomé , en c ada oc asió n, las elec c iones inv ersas. P ero si só lo p udié ramos admirar a aq uellos c on los q ue c omp artimos las op iniones, ¡ q ué p ena, q ué p eq ueñ ez y q ué ab urrimiento! L os Propos de Alain, aunq ue sean só lo una p arte de su ob ra, y no la má s admirab le p or otra p arte (las v erdaderas ob ras maestras son sus lib ros: H istoire de me s pe nsé e s, L e s D ie ux , los E ntre tie ns au b ord de la me r… ), siemp re me han fasc inado. « M i destino era hac erme p eriodista — esc rib e en H istoire de me s pe nsé e s— y elev ar la c ró nic a b rev e al niv el de la metafísic a.» N o p or ello es menos fi ló sofo, o mejor, así lo es todav ía má s, p or esa v oluntad de dirigirse a todos, sin p rep arac ió n, sin p rec auc ió n, y en la lengua c omú n. L os p edantes no se lo p erdonará n nunc a, y tanto p eor p ara los p edantes. P ero dejemos a Alain. E ste p reá mb ulo só lo p retendía justifi c ar el sub título de este v olumen q ue fi gura en la p ortadilla del lib ro, « Y otros c ie n b re v e s artíc ulos» , q ue p uede p arec er ab usiv amente p retenc ioso y q ue só lo es el rec onoc imiento de una deuda. Alain p ub lic ó alrededor de c inc o mil b rev es artíc ulos (p rimero, a diario, en L a D é pê c h e de R oue n e t de Normandie , y luego, de forma má s irregular, en rev istas). E n v einte añ os y o só lo he esc rito unos c entenares de artíc ulos, a menudo p or enc argo — inc luso c uando se me p ermitía elegir el tema— y c on unas ob ligac iones muy estric tas, sob re todo en c uanto a la ex tensió n (3 .0 0 0

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EL PLACER

DE V I V I R

espacios, por ejemplo, para mis crónicas en Impact Médecin Hebdo, poco más para las de Psy cholog ies o en el Monde des relig ions). Esos artículos, que interiormente siempre bauticé como «Propos», muy pronto, puesto que Alain lo hizo, y más de una vez, me planteé el proyecto de publicarlos algún día en un libro. Me ha parecido que había llegado el momento. Faltaba hacer una selección, que resultó más difícil de lo que imaginaba. Algunos artículos quedaban eliminados por sí solos: porque los encontraba demasiado pobres o demasiado anecdóticos, o porque se volvían ininteligibles o carentes de interés fuera del contexto que les había hecho nacer (ocurría a menudo cuando trataban de la actualidad, especialmente política). Entre los otros, de los que me había olvidado casi del todo, he retenido los menos imperfectos, o que así me lo parecían, intentando variar los temas, los registros y los puntos de vista, y eliminar, tanto como he podido, las repeticiones inútiles. Las mismas razones explican que me haya permitido numerosas correcciones, la mayoría de las veces de forma (excepto cuando había tenido que reducir el artículo por exigencia del periódico, en cuyo caso he recuperado, claro está, la versión inicial). En cuanto a la organización del conjunto, me he atenido al orden cronológico, tanto como he podido reconstituirlo. El índice indica, para cada artículo y salvo que resulte imposible, la fecha y el lugar de su primera publicación. No me corresponde a mí juzgar el conjunto. Los propos son a fortiori un género menor, incluso para los admiradores o continuadores de Alain. Para quienes les guste, esto es una parte de su encanto. Para los demás, basta con que no los lean. No son tratados lo que falta, y he escrito al menos dos. Pero también me ha complacido escribir estos artículos, y después agruparlos; otros quizá sentirán el mismo placer al leerlos, o releerlos. «En esta época en que los placeres son escasos —como decía también Alain—, me ha parecido que era una razón suficiente para hacer un libro.»

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Los límites de la moral

La dificultad con la moral es que no podemos ni prescindir ni conformarnos con ella. No podemos conformarnos, de entrada, porque es esencialmente negativa. No mentirás, no matarás, no harás sufrir… La moral está hecha de prohibiciones, que, incluso cuando se expresan en forma afirmativa («respeta la vida ajena»), siempre acaban diciendo no. La moral supone el deseo del mal, y se opone a él. Respetar la vida ajena no sería un deber (o ese deber no sería de orden moral) si el asesinato no fuera posible y, a veces, tentador… Por lo que la moral dice no o, mejor aún, ese no es la moral misma. Pero no siempre se puede decir no. Sería una necedad o un abandono. Se trata más bien de decir sí, al mundo y a la vida, y eso es a lo que nos lleva la sabiduría. «No contagiarse de sida —me decía un amigo— ¡no es una finalidad suficiente en la existencia!» No matar tampoco, igual que no mentir, no robar, no torturar… Ningún «prohibido» es suficiente, y por esa razón la moral no basta. B asta aún menos cuando es una exigencia infinita, y por tanto siempre insatisfecha. La santidad no es de este mundo, y Kant ya vio, es uno de los postulados de la razón práctica, que ni la muerte sería suficiente para acercarnos a ella… La moral es infinita; la vida, finita. Así pues, la moral es siempre demasiado grande para nosotros, o bien nosotros somos demasiado pequeños para ella. B asar la propia vida únicamente en la moral sería condenarse al fracaso. Q uerer ser un santo sería prohibirse ser un sabio. Finalmente, la moral es incapaz de procurarnos la felicidad, incluso cuando la mereciéramos. Es lo que J ob ilustra trágicamente en la B iblia y de lo que Kant hizo poco más o menos la teoría. Sobre este punto ya no podemos compartir el optimismo de los antiguos griegos. La virtud no es suficiente para la felicidad, ni la felicidad para la virtud. No es suficiente convertirse en alguien digno de ser feliz para serlo; por ello, de nuevo, la moral no basta.

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La moral, piensen lo que piensen los moralistas, no sirve pues ni de sabiduría ni de filosofía. Porque es negativa, porque es infinita, porque fracasa al intentar hacernos felices, para nosotros es una obligación, siempre, y una afl icción, con mayor frecuencia. (Doble herida en nuestro amor propio: ¡tener necesidad de una moral! ¡ser incapaz de someterse a ella hasta el final!). No podemos pues conformarnos con ella: quien no viviera más que para ella, en última instancia no viviría. Dejemos la santidad a los muertos, y que ése sea el sentido, para nosotros, del día de T odos los Santos… Pero si no podemos conformarnos con la moral, tampoco podemos prescindir de ella. ¿ Por qué? Porque se trata de prohibir lo peor, de lo que somos capaces, y, a falta de santidad, de permanecer al menos humanos —o mejor, de no terminar nunca de convertirnos en humanos—. Recordemos la bella fórmula de Alain: «La moral consiste en saberse espíritu y, en esta calidad, absolutamente obligado; pues nobleza obliga». Esa obligación es la moral; esa nobleza, la humanidad (cuando no se conforma con ser una especie animal). Nobleza frágil, y por ello en completa tensión contra su contrario, que es la bestia que hay en el hombre y lo inhumano de la humanidad. Combatir la barbarie fuera de uno mismo es política; dentro de uno mismo, es moral. La moral es, por lo tanto, tan necesaria como insuficiente: se trata de rechazar lo innoble, y en verdad es la única nobleza. La felicidad sólo llegará, si llega, por añadidura. La moral es lucidez (acerca de uno mismo) y respeto (al otro). Y esto nos dice lo que hay que pensar de los inmoralistas: a menudo son más unos necios que unos bárbaros.

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El maestro malogrado

Un día, en su casa, hace algunos años, ante tanta desdicha como le abrumaba, tanto sufrimiento, tanta angustia y soledad, intenté torpemente consolarle: evoqué su obra, su influencia, su gloria… «¿Qué gloria?», me pregunta. Luego añade: «Verdaderamente, soy como ese personaje que evoca Engels en alguna parte, creo, del que dice que era “ conocido por su notoriedad” . ¡Me va como un guante!». ¿Qué responderle? Althusser era de una lucidez que disuadía de mentir. De hecho, se leía cada vez menos a ese célebre personaje; y su notoriedad, con el paso del tiempo, parecía deberse más a la crónica policial que al trabajo teórico. Hoy en día, ¿qué sabe un estudiante de filosofía de ese pensamiento que encendió nuestra juventud? Es demasiado pronto para hacer balance. ¡El profesor nos marcó tanto! El hombre, sobre todo, está tan próximo, con su gentileza exquisita, su dulzura, su sencillez, su delicadeza… Y con esa mirada, pesada como el aburrimiento o como la soledad, y atenta no obstante como ninguna… Luego el drama, lo que él mismo designaba, mitad por pudor mitad por escarnio, como el «no lugar», el asesinato de su mujer, la hospitalización, la soledad creciente, el trabajo imposible a pesar de la lucidez, a pesar de los tratamientos o debido a ellos, una angustia espantosa, el pensamiento que se busca o se deshace, la enfermedad, el duelo, la vejez… Tuvo hasta el final algunos amigos admirables que dirán, cuando tengan el valor, lo que era, y la importancia de ese naufragio. En mí, que sólo lo acompañé de tarde en tarde, queda una admiración intacta, y más ternura que nunca, para ese profesor destrozado. Sencillamente, no hay que darle mas vueltas: Louis Althusser, todos esos años, fue el hombre más desgraciado que nunca tuve ocasión de encontrar. Pero vuelvo a los estudiantes de hoy en día. Ya no les interesa en absoluto el marxismo, que les parece refutado por la historia. ¡Ya no digo lo de considerarlo una ciencia! ¿Por qué deberían interesarse por ese filósofo de otra época, que se tomó en serio esa cientificidad y quiso

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hacer de ella una filosofía? Habría que releer los textos. Me parece que, efectivamente, esa parte de su obra, que él mismo criticó por su tendencia teoricista, ha envejecido un poco. El «flirteo con la terminología estructuralista», como dirá más tarde, sin duda contribuyó mucho a su éxito —en filosofía hay modas, como en todo—, pero no hará nada, me temo, para su supervivencia. En cuanto a la pretendida cientificidad del marxismo, siempre fue postulada por él y, claro está, nunca quedó demostrada… Lo esencial está en otra parte, me parece. Primero, esa lectura filosó fica de Marx, de una precisión y de una inteligencia sin igual. Luego, la crítica del humanismo teórico (que quiere explicarlo todo por «la esencia humana» y que está más presente en los trabajos de juventud de Marx); el análisis de la ideología como ilusión necesaria («sólo una concepción ideológica del mundo ha podido imaginar sociedades sin ideología»); la voluntad de «someter la dialéctica al primado del materialismo», de presentar a Spinoza contra Hegel, al C apital contra el joven Marx, y a Maquiavelo contra los buenos sentimientos; finalmente la resolución, inacabable, dolorosa y regocijante a la vez, de «no venir con cuentos», como él decía, y ésta era para él la esencia misma del materialismo. De ahí lo que él llamaba, a propósito de Lenin, «una nueva práctica de la filosofía». ¿Nueva en qué? En esto, me parece, en que no se hacía ilusiones ni, en general, sobre la filosofía. «La filosofía no es una ciencia», decía: sus categorías no son conceptos científicos, sus tesis no son teoremas, sus argumentos no son demostraciones. Ciertamente, ¡en filosofía no podemos decir cualquier cosa! Una postura filosófica, igual que un postura política, puede ser más o menos justa. Pero esto sólo tiene sentido desde cierto punto de vista, contra algunos adversarios, y en el seno de una determinada relación de fuerzas. Se trata siempre, en última instancia, de «pensar el combate», y la «guerra filosófica» —todas esas expresiones son suyas— es, en este sentido, la verdad de la filosofía. Había hecho de ello una consigna, que puede parecernos reductora, pero que él sostenía: «lucha de clases en la teoría». Es lo que practicó, con ese rigor casi exagerado que le caracterizaba. Ese hombre tan dulce pensaba y escribía con dureza, casi con violencia. Ignoro si debido al temperamento o a la enfermedad. Pero era también una postura filosófica: «Sí, reconocerá en 19 7 5 , en la S oute-

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EL MAESTRO

MALO G RADO

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nance d’Amiens, he afrontado y tratado conscientemente la relación entre las ideas como una relación de fuerzas», y es así como nos enseñó a filosofar. No pensamos para pasar el rato. ¿Pragmatismo? De ninguna manera. La verdad sigue siendo objetiva, y a ella se le deben someter tanto la acción como el pensamiento (Althusser, como buen racionalista, está del lado de Spinoza, no de Nietzsche). Pero la verdad no es suficiente, y por ello hay que filosofar. En la encrucijada entre ciencia y política, la filosofía sólo podía ganar por los pelos, según él, en esa doble relación con la verdad (de la ciencia) y con la acción (de los hombres o, como él decía, «de las masas»). Esto daba a su pensamiento esa urgencia, esa gravedad, esa tensión que nos fascinaban. «Pensar en los extremos», decía. Para él, la filosofía no era un juego ni un arte, ni una ciencia ni un oficio. Era un combate, y aun cuando hubiera perdido el suyo, que puede ser, queda la lección de esa lucidez y de esa exigencia.

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Fiestas

¡Me horrorizan la Navidad, el Año Nuevo y todo ese ceremonial de las fiestas! Esos festejos a fecha fija tienen algo de exasperante y de angustioso, todo a la vez. Pero ¿qué? Hay, claro está, la ostentación del lujo, el derroche de alimentos (¡los más caros! ¡y los más pesados!), con lo que esto supone de indelicadeza o de indiferencia respecto a aquellos a los que la miseria mantiene alejados del festín, encerrándolos, sin duda más cruelmente que nunca, en la frustración. Semejante injusticia, expuesta con tanta complacencia, parece dar la razón a los alborotadores de los extrarradios. En cualquier caso, ayuda a comprenderlos. Si reclamara más justicia me tacharían de carroza y, sin duda alguna, de prisionero de una ideología de otra época. Admitámoslo. Pero, aunque fuera indispensable que unos coman caviar y otros su sucedáneo (y otros nada: ¿cuántos niños han muerto de hambre en 1990?), aunque fuera inevitable que sean siempre los mismos quienes se atraquen o se priven, ¿es indispensable también que la opulencia se despliegue hasta tal punto? Si la justicia está fuera de nuestro alcance, ¿es necesario que el pudor también lo esté? Tal lujo es tanto más chocante por cuanto constituye, evidentemente, una perversión del mensaje de la Navidad. Nació un niño, nos dicen, hace unos dos mil años, pobre entre los pobres, para celebrar, sin fastos ni potestad, la riqueza única del amor. Hubo una época en la que nos preguntábamos si el capitalismo era compatible con esa ética, la de los Evangelios, si el cristianismo, con su pureza, no era una refutación terrible de lo que mueve a nuestras sociedades. Tiempos pasados, parece. Nos preguntamos ahora si los Evangelios no son más bien refutados por el capitalismo, y si no sería ya el momento, ahora que la riqueza está desculpabilizada, como se suele decir, de olvidar esas antiguallas ingenuas y nefastas… ¡Ay de los pobres! ¡Dichosos los ricos en acciones y en obligaciones! Se me puede objetar que la Navidad sigue siendo la fiesta de los niños. Efectivamente. Por eso llevan dos meses dándonos la lata con su

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F I E S TA S

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Papá Noel o sus regalos, dos meses que son sólo ávida impaciencia, dos meses devorados por el deseo, dos meses esperando, para ser felices, ¡que al fin sea Navidad! ¡Qué curiosa lección de vida les damos, lección que da a entender que vivir es esperar y recibir, cuando nosotros, los padres, bien sabemos que la verdad es todo lo contrario! Ningún regalo supone la felicidad, ni nada de lo que esperamos o recibimos, sino únicamente aquello que hacemos o que damos, y no en forma de regalo, ya que lo esencial de lo que podemos ofrecer, nadie, jamás, podrá poseerlo. La Navidad, la ideología de Navidad, se ha convertido en un resumen de los errores de los que habría que liberar a nuestros hijos, y en los que, por el contrario, como por placer, los encierra ese anciano de barba blanca. La felicidad no es un regalo, la vida no es un cuento y Papá Noel no existe. ¡He aquí más o menos lo que vivir me ha enseñado y que, durante diez días, habrá que fingir que olvidamos! La mentira sobre Papá Noel —la primera mentira, a menudo, que contamos a nuestros hijos— resume todas las demás. No dejamos de adornar la vida, o lo intentamos al menos, y ese falso optimismo es todavía más triste que lo que intenta, con un éxito desigual, hacernos olvidar. La Navidad, o la diversión para los niños… Se me puede objetar que Dios, para el ateo que soy yo, no existe más que Papá Noel. Está bien. Pero él al menos no desfila por nuestras aceras, él no intenta —o ya no lo hace al menos— vender todas sus mercancías a nuestros hijos. Cada sociedad tiene los mitos que merece, y éste lo dice todo de la nuestra: del niño desnudo a ese falso anciano, de Cristo a Papá Noel, ¡qué camino! Y del amor perseguido al egoísmo triunfante… ¡Y además esa felicidad impuesta! Durante diez días, toda la majadería mediática va a machacarnos con su optimismo obligatorio, ¡y tendremos que estar alegres por fuerza! ¿La muerte? «¡Pues vuelve a tomar champán!» ¿La soledad? «¿No te gusta el foie gras?» ¿La angustia, la dificultad de vivir, el amor que fracasa o se muere? «¡Vamos, saquemos los accesorios del cotillón y viva la fiesta!» ¿Por qué no? Pero ¿por qué esos días, por qué todos juntos y en una fecha determinada? Cuando pensamos en ello, ¿qué hay de más grotesco que esos millones de cotillones simultáneos, con todas las pequeñas mentiras que llevan consigo, todos esos pequeños egoísmos, así como tantos regalos alrededor del

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abeto? Preferiríamos una felicidad más modesta, más discreta, más espontánea, más imprevisible… ¿Qué más triste que leer la propia alegría en el calendario? Queda el niño desnudo, entre el buey y el asno, aquel que acabará en una cruz, aquel a quien el mismo Dios, quizás, abandonará al final… Y todos los años, pronto hará veinte siglos, «en la más larga noche del año o casi», como decía Alain, entre velas y guirnaldas, frágil, vacilante, brilla ese resplandor, no obstante, en el corazón de los vivos: el niño que es amor, e hijo del hombre. Este dios —el más débil de los dioses, y el único— merecía algo mejor que un cotillón o una misa.

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