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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
INSTITUCIONES Y ORGANIZACIONES MEDIÁTICAS: IMPERATIVOS ÉTICOS PARA LA DEMOCRACIA
Coordinadora
MARÍA ANTONIETA REBEIL CORELLA
tirant humanidades Ciudad de México, 2016
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PRÓLOGO En la literatura y los estudios de Comunicación es conocida y aceptada, por lo general, la definición de la ética como el ámbito relativo al “conjunto de rasgos y modos de comportamiento” siguiendo el canon del Diccionario de la Real Academia que, en su última versión, incorpora la palabra ethos como “conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad”, quizás por influencia del filósofo de la modernidad (Kant) y la concepción del imperativo categórico que en buena medida ha ocupado los intereses y debates a este respecto en el campo. Poco común es, paradójicamente, asumir la dimensión comunal que asocia este ámbito de reflexividad con la necesidad de cierta predisposición a hacer el bien o, genealógicamente, referir esta noción al significado originario de guarida, refugio o morada, lugar donde habitan los hombres, más allá de Aristóteles. En el tiempo que vivimos parece, sin embargo, más conveniente, en la Comunicología y otras Ciencias Sociales y Humanas, partir de esta última noción, pues en nuestro tiempo, de crisis civilizatoria y transición a nuevos paradigmas, se torna urgente pensar las ecologías de vida, repensar el oikos. De hecho, la humanidad se enfrenta hoy a la necesidad de reformular la cultura, el modo de ser y carácter, como hábito, morada o refugio, en la indisoluble unidad históricomaterial del sujeto-mundo y sus formas de construir las ecologías de vida desde el campo lábil y conflictivo de las mediaciones. Esta es la tesis que propone el gran pensador Bolívar Echevarría y que conviene releer en diálogo con el presente volumen para comprender, en el contexto más amplio de transformaciones históricas, el sentido de la exigencia, la autonomía y la responsabilidad social en los medios. La hipótesis de partida es básica, y no por ello recurrente. Si la política es el arte de lo posible y la ética de la comunicación el ámbito normativo que hace posible la vida en común, no hay transformación posible sin una articulación compleja e integral de los
Francisco Sierra Caballero
mundos de vida y la morada del sujeto de derechos, sea profesional de la información o ciudadano. La calidad democrática y el periodismo de excelencia exigen un trabajo sobre el universo axiológico de la ecología de vida. Pero sucede que los estudios sobre la naturaleza informacional de la sociedad contemporánea dibujan en nuestro tiempo un escenario contradictorio, cuyo gobierno por las máquinas y sistemas de información, lejos de facilitar un conocimiento detallado de los procesos de desarrollo, favorece, en la práctica, la asunción de un pensamiento sobredeterminado por un metarrelato posmoderno, incapaz, de otra cosa que la denuncia de los proyectos de movilización y democratización del conocimiento y de los medios de información y expresión cultural autónomos. De forma que la desrealización del mundo cotidiano y la pérdida material de las formas de anclaje de la experiencia por efecto de la colonización de los simulacros mediáticos, terminan por bloquear el imaginario político-ideológico emancipatorio en un proceso de mixtificación de la posmodernidad y las nuevas formas de dominio flexible, que de raíz niegan toda posibilidad de una “nueva cartografía del tardocapitalismo”, pese a la pertinencia y necesidad de este ejercicio intelectual y de compromiso histórico en un tiempo como el presente, marcado por el proceso intensivo de globalización económica, cuyo desarrollo se está traduciendo en diversas formas de crisis cultural y desconcierto de las comunidades locales, paralelamente al proceso de descentralización de las instituciones económicas, políticas e informativas. En este contexto, la orientación ideológica liberal de las discusiones en curso sobre el papel de la comunicación y los sistemas informativos en el proceso general de desarrollo, a la luz del proceso de globalización, tiene lugar, paradójicamente, junto al fenómeno de la “planetarización de la conciencia” que hace hoy al fin posible, y también necesario, la articulación social de diferentes actores y agentes sociales ante el conjunto de problemas civilizatorios que enfrenta la humanidad en su horizonte vital más inmediato. Primero porque hoy sabemos que conocer es poder y que el ethos requiere politica e
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imaginación comunicológica que libere las energías y fuerzas creativas de las personas y haga habitable las ecologías de vida. Desde este punto de vista, podemos afirmar que el desarrollo comunicacional constituye, a este respecto, un problema estratégico en la dinámica contemporánea de reorganización del capitalismo en aras de una mayor justicia distributiva de la riqueza, especialmente en regiones históricamente subalternas y/o periféricas como América Latina. Ahora bien, paradójicamente, aún hoy se constata una clara falta de conciencia crítica sobre esta particular materia que, en buena medida, explica la crisis de representación que vive la humanidad en su conjunto y, específicamente, la profesión periodística. La incapacidad de pensar relacionalmente el conjunto de factores y procesos sociales que median, en su irreductible complejidad, las condiciones de desarrollo material determinan hoy los niveles de vida de la población configurando precisamente uno de los principales obstáculos al proceso de “desenvolvimiento comunitario”, por el establecimiento de una cesura radical entre el desarrollo del conocimiento y la producción material, pese a que hoy – y esta es una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo – se define la sociedad en función de la “economía de la mente”, al tiempo que el papel de la comunicación y la cultura, la función estratégica de las industrias de la conciencia, adquieren una visibilidad y relevancia sin parangón respecto a otras épocas históricas, al determinar poderosamente las formas y dinámicas del desarrollo social. Como consecuencia, las políticas públicas en la materia han comenzado a ser reconocidas como una pieza clave angular en la definición de las condiciones materiales de progreso y convivencia, más allá de los señalamientos que desde hace décadas viene apuntando el campo académico. Un claro indicador de esta importancia relativa asignada a las políticas públicas en comunicación, hasta hace poco y tradicionalmente excluidas de la agenda pública, es la proliferación de observatorios especializados en las industrias de la comunicación y cultura con apoyo gubernamental, así como los diversos programas, en nuestro entorno regional, orientados a apoyar económicamente la perviven-
Francisco Sierra Caballero
cia de la pequeña y mediana empresa que opera tradicionalmente en el sector. De aquí la necesidad de formular un diagnóstico y la discusión pública sobre las cuestiones abordadas en este volumen colectivo, que trata de vincular en el plano normativo, ética y políticamente, la comunicación pública desde un abordaje integral, con la virtud de proponernos asumir una vocación socializadora, incluyente y participativa, a partir de una concepción compleja de lo público que pasa por la voluntad de articulación de espacios orientados a la generación de propuestas para el debate nacional en México, pero también a nivel internacional. Ahora que la mercantilización, los procesos concentracionistas y la negación del valor de uso de la comunicación se imponen en el nuevo escenario de la revolución digital, vislumbrar los retos normativos para el irrenunciable desarrollo democrático del sistema informativo constituye de por sí una apuesta y compromiso intelectual que bien merece la lectura atenta de cada capítulo por la comunidad académica y el público en general. Y es que si un mérito puede destacarse de los innumerables aportes del volumen coordinado por María Antonieta Rebeil Corella es, justamente, esta voluntad insobornable de alentar la deliberación ciudadana sobre las condiciones sociopolíticas, culturales y económicas del desarrollo específico de la Sociedad de la Información y la democracia mediática, analizando las iniciativas y programas nacionales en la materia, así como las tendencias y potencialidades de nuestro capital simbólico en la construcción de la ciudadanía y la tecnopolítica contemporánea. Más aún, compartimos con muchos de los autores y colegas de este libro la necesidad de abrir espacios de libertad y deliberación con participación ciudadana como requisito indispensable de una democracia incluyente y participativa necesaria en el mundo convulso que habitamos. En esta línea, iniciativas como la Cátedra Unesco de Libertad de Expresión y Sociedad del Conocimiento que recientemente inaugurara ciespal vienen procurando contribuir, a corto y medio plazo, a la necesaria regeneración democrática del campo mediático. Así por ejemplo el Observatorio Latinoamericano de Comunicación (Olacom), constituido en 2014, ha iniciado la articulación de una plataforma regional
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para el monitoreo, análisis y crítica de la mediación periodística con una Escuela de Derechos Humanos con la que se aspira a impulsar la formación y estudio de los retos relativos al papel de la comunicación en un mundo global hipermediatizado, desde una mirada crítica y emancipadora. Invitamos por ello al lector a sumarse al esfuerzo de los autores e instituciones como ciespal o el Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada (cica) de la Facultad de Comunicación de la Universidad Anáhuac México, que vienen reivindicando la pertinencia de una agenda común, a nivel nacional y de América Latina, como reto prioritario de la mediación social de nuestro tiempo. El libro que tiene el lector en sus manos, titulado Instituciones y organizaciones mediáticas: imperativos éticos para la democracia coordinado por María Antonieta Rebeil Corella, es un vivo ejemplo de este esfuerzo continental por pensar críticamente y abordar, desde la teoría normativa, nuevas líneas o vías de acción que contribuyan a un cambio profundo en la cultura informativa de nuestros países. Pues de la Declaración y Principios Fundamentales de la Unesco (1978) y el Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas (1966) a la Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2001), los marcos y corpus normativo que regulan la profesión periodística son vastos, consistentes y bien conocidos en la región. Otra cosa es la praxis de la libertad de prensa. El imperativo categórico de la autonomía, la conciencia, la libertad y responsabilidad social de los informadores e instituciones mediáticas sigue siendo una tarea pendiente en la democracia sin la que es imposible pensar un habitar, morada o refugio, digno de ser llamado como tal. Y en ello la Academia tiene un compromiso por cumplir, dada la ausencia, criticada hace una década por Dennis McQuail, de teoría normativa en la investigación y, yo añadiría, desde luego, en la enseñanza, en lo inmediato. En un escenario de crisis de la representación, de privatización de lo público, de crisis del capitalismo y de los mediadores, y de la profesión periodística sobremanera, cabe, como plantea el libro, pensar,
Francisco Sierra Caballero
en lo concreto qué tipo de comunicación, qué periodismo y formas de organización son factibles y necesarias para la regeneración democrática. Y llama la atención la escasa literatura disponible desde el plano normativo que trascienda la crítica negativa para una construcción de universos posibles en la mediación. Este, desde luego es un valor de los aportes compilados en el presente volumen. Así, por ejemplo, el artículo que cierra el libro sobre los Institutos y el desarrollo de las audiencias plantea un trabajo, de lo macro a lo micro, que de la crítica y la protesta a la dignidad de la propuesta instituyente, en trabajos como el de Rebeil, Cancelo y Pérez Várguez, plantean retos que nos interpelan y conciernen para, como defiende Pascual Serrano, construir medios democráticos. En países como México o Estados Unidos, la proliferación de protocolos de calidad y control ético de cobertura e incluso de institucionalidad contrastan, paradójicamente, con la degradación del producto y ecosistema informativo. Puesto que el problema, en este rubro, no es, básicamente, una cuestión de métodos ni técnicas de control de calidad periodística como, más bien, por el contrario, de episteme, principios y sentido de la mediación. Por ello el abanico de cuestiones a abordar por la teoría normativa es más que amplio, dada la ausencia de reflexividad a este respecto. La gravedad de esta situación es aún mayor si pensamos el contexto de turbulencias que estamos viviendo. Escribo estas líneas el día que en Brasil, el Senado aparta de la presidencia a Dilma Rousseff en buena medida gracias a la manipulación y puesta en escena del golpismo mediático abanderado por el grupo Globo, una empresa, como otros corporativos mediáticos, que históricamente se ha destacado por justificar, omitir, ocultar y promover la violación sistemática de los Derechos Humanos. No es el único caso. Léase el estudio del profesor Fernando Casado titulado Antiperiodistas. Confesiones de las agresiones mediáticas contra Venezuela (Akal, Madrid, 2015). En un reciente acto que organizamos en la Cátedra Unesco a propósito de los golpes mediáticos, tuve a bien insistir en la ausencia de garantías democráticas para una ecología informativa digna, entre otras cosas porque no hay instancias sancionadoras ni a nivel nacional ni supranacionalmente. De ahí la
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pertinencia de la Organización Internacional de Corregulación de Medios (oicm) en un mundo cosmopolita de redes distribuidas de información y conocimiento. Pero no solo. Es preciso reinventarnos, repensar juntos una Economía Social de la Comunicación y los Bienes Comunes que haga realizable el Ethos de una Comunalidad verdaderamente humana. En un tiempo de imposición del panóptico digital, la ética y la economía, la libertad y la autonomía social de lo procomún, de Hannah Arendt a Elionor Ostrom, de la ética a la ecología de vida, nos obliga moralmente a pensar en la Academia varios ejes metaéticos que, a mi modo de ver, como en parte identifica el presente libro, resultan retos sustanciales sobre los nuevos derechos de la audiencia y la ciudadanía mediática en el deber de fiscalización pública de los medios periodísticos, para instituir espacios de regulación como los Consejos Audiovisuales, también en las redes, si de verdad hablamos en serio de Democracia y Derechos Humanos. De acuerdo a esta lógica, de la lectura de este interesante y completo volumen colectivo, el lector puede inferir al menos dos lecciones fundamentales. Primero, de acuerdo con Luis Tapia, la autonomía, la verdadera independencia, no la fingida de grupos mediáticos poderosos, sino la real y praxeológica, exige desplegar toda la potencia cognitiva y de creación a partir de las propias capacidades ético-intelectuales en un horizonte, fundamentalmente, de intersubjetividad plural y abierta (Tapia, 2013). Segundo, no es posible regeneración democrática sin revolución ética y política, sin transformación del marco normativo, de la mediación periodística. Todo atento analista crítico y ponderado sobre las mediaciones del periodismo en la región sabe que, estructuralmente, existe un conflicto permanente entre propiedad de los medios, gobierno, bienes comunes y reconocimiento cultural de la realidad referenciada por los informadores. Esta disfuncionalidad es evidente en procesos como los vividos en Brasil o Venezuela y explican retrocesos democráticos como los vividos en México y Perú. En Chile, por ejemplo, cerrar el capítulo nefasto de la Dictadura de Pinochet exige un proceso constituyente y, al tiempo, una reforma del sistema de medios que no excluya a la mayoría de chilenos y al pueblo mapuche.
Francisco Sierra Caballero
En definitiva, necesitamos otro marco de convivencia y sabemos, sospechamos y compartimos la idea de que otra información es posible, una ética de la comunicación es pertinente y necesaria. Una comunicación de múltiples mundos en el que quepan otros muchos mundos es viable. La cuestión es revolucionar nuestro modo de pensar y producir la mediación social. Educar para transformar, transformar para educar en otro marco normativo de referencia. Aquí y ahora. Esta es la exigencia mayor de nuestro tiempo y la razón de ser del Principio Esperanza que ha de habitar el campo de la Comunicología como Ciencia de lo Común. Queda hecha pues la interpelación precisa y necesaria al lector. Francisco Sierra Caballero Director General de ciespal
REFERENCIAS SIERRA, Francisco (2011): Consumo cultural y poder mediático. En Luis Alfonso Albornoz (Ed.). Poder, medios y democracia. Buenos Aires: Paidós. TAPIA, Luis (2013). De la forma primordial a América Latina como horizonte epistemológico. La Paz: CIDES/UMSA.
INTRODUCCIÓN El tema que recorre los capítulos de este libro colectivo tiene que ver con la propuesta central de analizar la actuación de los medios de comunicación a la luz de la ética y realizar propuestas para su transformación a partir de la generación de un marco legislativo y de instituciones que se pongan en operación en la sociedad. Esta tarea ha implicado para los autores la realización de un esfuerzo en tres dimensiones. En primer lugar, la reflexión filosófica desde la que emanan la ética y la ética aplicada en el contexto de las comunicaciones colectivas y digitales para analizar la operación mediática en la sociedad y sugerir los puntos en que la actuación de los medios y las nuevas tecnologías de información y la comunicación han dejado de lado los imperativos de la ética que pone a la persona y su infinita dignidad en el centro de toda iniciativa y acción. En segundo lugar, se realiza un esfuerzo por analizar y proponer alternativas a llevar a cabo en el marco de la normatividad legislativa y las declaraciones internacionales de los derechos humanos, como paso indispensable para establecer, con carácter de obligatorio, que las instituciones mediáticas existentes estén en consonancia con las nociones de una comunicación más inspirada en la ética que en la rentabilidad dictada por vía de los índices del rating. En tercer lugar, el texto sugiere y propone alentar la creación de políticas públicas, organismos, instituciones y acciones en las organizaciones que, al amparo de los señalamientos filosóficos y de la legislación, lleven a cabo transformaciones encaminadas a que la sociedad tenga mejores empresas mediáticas, que emitan contenidos de mayor calidad con el propósito de incrementar la participación, la pluralidad, la inclusión y la democracia. En seguimiento a las tesis que hemos propuesto en obras anteriores (Rebeil y Montoya, 2014), en las que afirmamos que la eticidad de la comunicación en la sociedad establece principios en el orden social, presentamos las siguientes aportaciones que buscan profundizar en estos temas vitales para la sociedad hoy. Por lo anterior, partimos
María Antonieta Rebeil Corella
de dos cuestionamientos: ¿Por qué insistir en el tema de la comunicación electrónica y digital? ¿Acaso no sería más importante concentrar el análisis en otras instituciones y organizaciones que ejercen el poder de manera más abierta como la policía, el ejército, incluso la escuela, en busca del orden y la justicia con el fin de que la sociedad se rija por las reglas y normas del bien común y la integridad de las personas? Al respecto, señala Manuel Castells (2011) que la forma más efectiva de poder es la modelación de las conciencias. Por ello insistimos en el tema de la comunicación como eje central para formar niños, jóvenes y, desde luego, adultos con pensamiento propio y analítico. Los medios de comunicación muestran su fachada de ser organizaciones para el entretenimiento y la información. No obstante, constituyen poderosas instituciones políticas que crean y recrean la cultura en una sociedad. La cultura es muy importante porque determina las formas de comportamiento en una sociedad, desde el inconsciente, de manera automática, y se impregna en las mentes de las personas. Se torna en un modo de vida, es decir, la forma en que se entiende la vida y se procede conforme a ésta. Se puede argumentar que ello no tiene que ver con un impacto más profundo, como puede ser la generación de la identidad de las personas, o con la conformación de su ideología o cosmovisión. No obstante, nosotros consideramos que los contenidos que emiten los medios electrónicos y digitales sí penetran, convencen y transforman las creencias más profundas de los seres humanos y, por tanto, determinan comportamientos y procesos estructurales-sociales. El mundo cuenta en la actualidad con grandes mercadólogos, publicistas y expertos en campañas políticas. Las bases de sus éxitos en las ventas y en las votaciones a favor de sus candidatos recaen en el conocimiento y manejo que tienen de la conducta del consumidor y del votante. Se trata de juegos entre la persuasión por la vía racional y la vía emocional. Expertos en mercadotecnia política han ido hasta el detalle de determinar cuáles son las emociones que determinan el que un ciudadano dirija su voto en una u otra dirección. Por ejem-
Introducción
plo, la infusión del sentimiento del miedo y la influencia que ello tiene en que ciertas figuras de la vida pública o de partidos políticos específicos pierdan la confianza de los votantes. Se habla también del impacto que tiene el estímulo del entusiasmo en la agenda de trabajo de algún político, en su persona, en la de aquellos con quienes se relaciona, en cómo se viste y en cómo todo esto contribuye a gestarle una imagen de éxito. Asimismo, el mundo de los mercados para el convencimiento a la compra cuenta con el análisis de las emociones que se logran mover mediante los mensajes publicitarios. De ahí que las personas consumen no solamente porque pueden estar convencidos de que un producto tiene las características de calidad, estética y precio, sino por las emociones les hace sentir el poseerlo: seguridad, sentido de distinción, el gusto de compartir, aceptación en el trabajo y entre los amigos, entre otras. No estaba equivocado George Gerbner ni sus colegas cuando, cuarenta años atrás, iniciaron sus investigaciones en el tema de los indicadores culturales. El propósito era el de vincular la exposición a la televisión con las creencias y las actitudes acerca del mundo (Gerbner y Gross, 1976). Sus estudios acabaron constatando que el impacto de los medios de comunicación, y en particular de la televisión, se da a largo plazo, a manera de un cultivo que se alimenta cotidianamente y que genera sedimentos en las mentes de los televidentes. De esta forma se establecen patrones de comportamiento y convicciones acerca de las reglas del juego en la vida: quién es un ganador y quiénes son los perdedores; cuáles son las reglas del juego; y qué es válido hacer en pos del logro de los objetivos individuales. Todo esto, a la luz de los dramas televisivos, por cierto, no necesariamente al amparo del imperativo ético ni del bien común. Se cultivan, pues, formas de entender el mundo y de vivir en él, lo cual se ha venido constatando y comprendiendo mejor, según avanzan las investigaciones.
María Antonieta Rebeil Corella
EL PODER Y LAS INSTITUCIONES De la misma forma, dice Manuel Castells que en una sociedad lo que se valora e institucionaliza está definido por relaciones de poder. Institucionalizar tiene que ver con formalizar, otorgar el carácter de legalidad a una persona, un grupo de personas, una organización, incluso a un proceso o costumbre iniciado de manera informal y espontánea, y al que finalmente se le ve la conveniencia de formalizarlo. El poder, como una forma de relación, implica que un actor social influya en uno o varios actores sociales, de tal manera que actúen en favor de la voluntad del actor que tiene más poder (Castells, 2011). Por actores o agentes sociales, como los prefiere llamar Robert White (2000), se puede referir a individuos, a grupos o a organizaciones, instituciones o incluso redes que operan en la virtualidad, que pretenden lograr objetivos en la sociedad. En el caso de las instituciones, vale la pena reflexionar en el hecho de que todo proceso democratizador necesariamente debe contar con la creación de leyes y organismos e instituciones con el propósito específico de ponerlo en operación. La normatividad, es decir, el conjunto de leyes y normas, en palabras de Benito Nacif, “definen el orden político, las instituciones lo sostienen” (Nacif, 2007:15). Para decirlo de manera concisa, el orden político requiere de unos lineamientos claros para que los ciudadanos se conduzcan por ellos. Estos lineamientos se pueden definir por su obligatoriedad, ya sea por la vía de las sanciones, o bien por tratarse de valores interiorizados por las personas que se someten a ellos y actúan de acuerdo con éstos (autocontrol).
EL LIBRO Y SUS AUTORES Antecedentes y la cuestión ética y los medios de comunicación colectiva En relación con la estructura del libro, en la primera parte, “La cuestión ética y los medios de comunicación colectiva”, se integran los capítulos de los autores María Antonieta Rebeil Corella, Silvia Zu-
Introducción
haila Zapata Carrillo, Alberto Montoya Martín del Campo, Clifford Christians y Basilio Monteiro. Esta sección, denominada La cuestión ética y los medios de comunicación colectiva, busca establecer los parámetros de la ética que deben alentar y guiar la actuación de los medios de comunicación electrónica y digital en la sociedad. Abre la sección un recuento histórico del desarrollo de los medios electrónicos y digitales en México, así como el devenir del concepto de las audiencias mediáticas y su casi nula participación en los medios de comunicación en México. Proponen las autoras que, desde su creación, los medios de comunicación son la fuente más importante de información, entretenimiento y conocimiento en la sociedad. En el tenor de las palabras de Francis Bacon, acerca de que el conocimiento es poder, es vital que los contenidos mediáticos y virtuales sean eso verdaderamente: los recursos de informaciones veraces, completas e integrales que impulsen a las audiencias a tener un acceso universal al conocimiento. Ello hace posible pensar en el acceso a la información y en asegurar la plenitud de la expresión humana en el contexto de un orden social con mayores posibilidades para la democracia y la ética. En el segundo capítulo, “Democracia y medios globales: nuevas fronteras para la ética”, central para la comprensión de los postulados del texto, Alberto Montoya Martín del Campo, del Centro de Estudios Estratégicos Nacionales, y catedrático de la Universidad Iberoamericana, contribuye al análisis y fundamentación de los desafíos éticos emergentes que plantean los medios nacionales y globales de comunicación a la vida democrática, en el contexto de la globalización. En la primera parte, se argumenta sobre la validez del imperativo categórico kantiano de reconocer a los seres humanos como fines y no como medios, el cual es retomado por Hegel en sus conceptos de ética y Estado, lo que conduce a la proposición de que la justicia se debe considerar la finalidad de la historia. Se expone la naturaleza del capitalismo informacional global y su impacto en la dinámica del poder internacional y de los estados-nación, sustentados en la revolución tecnológica digital. En la segunda
María Antonieta Rebeil Corella
parte se argumenta sobre la dimensión ética de la comunicación en las empresas de medios, instituciones públicas y la sociedad red, lo que permite reconocer algunos desafíos éticos contemporáneos de la comunicación para la democracia. A su vez, Clifford Christians, de la Universidad de Illinois, en Urbana Champs, nos ofrece “Ética de los medios de comunicación para los derechos humanos de las audiencias”. La idea central de este trabajo es que los medios de comunicación actualmente se rigen por las ideas esenciales de la responsabilidad social en el supuesto de que mediante ello se está en plena operación en el marco de la ética. Christians nos invita a reflexionar en la participación ciudadana como la verdadera ética basada en los derechos humanos de las audiencias. El autor revisa las aportaciones de la tradición de la ética judeo-cristiana, entre otras, así como el pensamiento de San Agustín, de Carol Wojtyla y Hannah Arendt para subrayar la importancia de la participación ciudadana y nos dice que se trata de “la ética de la comunidad, ética comunitaria y la ética para la deliberación pública” para acentuar su carácter colectivo. Dice también que los valores, en cualquiera de sus formas, se centran en uno solo: el valor de la dignidad, la dignidad intrínseca de toda persona. Para la acción de la comunicación mediática en la sociedad, este experto en ética de los medios tiene varias sugerencias. Dice que la labor de la prensa, por ejemplo, debiería actuar más como facilitadora que como observadora de la vida diaria con el fin de que las noticias sirvan a las personas (audiencias) más que a las necesidades e intereses de la profesión periodística. “El principio de cariño en la recopilación y diseminación de las noticias significa periodismo con compasión”, señala. Las comunicaciones que se generan en el marco de la ética de la participación ciudadana toman en cuenta a la ciudadanía con respeto y seriedad, y permiten que ésta tenga ideas más claras sobre los acontecimientos de las realidades locales, nacionales e internacionales y pueda con ello contribuir a la solución de los problemas públicos.
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Para cerrar esta parte inicial del libro, Basilio G. Monteiro, de la Saint John´s University en Nueva York, nos ofrece una reflexión sobre “Los problemas éticos de la ecología mediática”. El trabajo de Monteiro reflexiona sobre la ecología tecnológica, entendida como “un ambiente robotizado, en el cual los seres humanos son dirigidos o interferidos dentro del proceso de toma de decisiones”. Cuando ésta se torna más independiente, surge con claridad la conclusión de que su esencia es la inteligencia artificial manejada mediante el uso de algoritmos. Ello ha llevado a la transformación de la comunicación humana, del periodismo y, por tanto, de la ética de los medios. El fenómeno de la inmediatez y de la interactividad ha llevado a muchos científicos a pensar en la ética computacional o la ética digital, como se le ha venido denominando desde 1940, año en que Norbert Wiener inició sus reflexiones sobre la cibernética. Argumenta Monteiro que la evolución tecnológica y la ecología que se ha desarrollado han disminuido las posibilidades del usuario digital para conducirse de una manera ética. Nos desafía el experto-investigador a comprender mejor esta ecología digital y a generar un nuevo marco de la ética con el fin de poder regular nuestras actividades en este apabullante sistema digital. Nos dice que éste no es algo dado, que no es algo natural, sino que fue creado por el hombre. Por tanto, este poderoso sistema está determinado por sus creadores, mediante decisiones humanas, según intereses del poder y de la búsqueda de la riqueza desmedida.
DERECHOS Y LEGALIDAD EN TORNO A LAS AUDIENCIAS Hasta aquí, en esta primera parte, se han referido algunos señalamientos que hace la ética de la comunicación electrónica y digital en busca de la humanización de la relación entre las organizaciones mediáticas y las audiencias y usuarios. Los planteamientos de la ética se plasman en las declaraciones internacionales de derechos huma-
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nos y en las cartas magnas de las naciones, con el fin de permitir su transformación en leyes que rijan a las sociedades. La segunda parte del libro aborda el tema de los derechos humanos y la legalidad en torno a las audiencias, y su desarrollo corre a cargo del experto en derecho constitucional, Rodrigo Salazar Muñoz; el senador de México, Javier Corral Jurado; la académica y defensora de las audiencias, Beatriz Solís Lerée, y la académica de la Universidad Anáhuac, Rebeca Illiana Arévalo Martínez. Estos cuatro autores presentan textos que, a partir del análisis de los derechos humanos, buscan la elaboración de reformas constitucionales, propuestas de leyes y normatividad para la operación del quehacer de los medios de comunicación y la participación de la sociedad civil, sus audiencias. Abre la sección el abogado Rodrigo Salazar Muñoz, de la Universidad La Salle, con el texto “De la Reforma Constitucional en Telecomunicaciones al Derecho de la Audiencia”. En él analiza la propuesta de reforma a la Ley Federal de Radio y Televisión (LFRT) que se tenía desde 1960 y que en el reciente 2013 renueva la discusión en el Legislativo con cuatro elementos centrales, a saber: 1) el fortalecimiento de las audiencias y usuarios de las telecomunicaciones con tres derechos esenciales: el de las audiencias, el de réplica y el de acceso a las tecnologías de la información y comunicación; 2) la creación de la Comisión Federal de Competencia Económica y el Instituto Federal de Telecomunicaciones; 3) la fundación de los tribunales especializados en telecomunicaciones, radiodifusión y competencia económica; y 4) la apertura a la inversión extranjera directa de hasta 100% en telecomunicaciones y comunicación vía satélite, y hasta 49% en radiodifusión. Salazar se concentra principalmente en la discusión del derecho de las audiencias, señalando que se trata de uno que faculta a los ciudadanos para recibir información veraz, completa y oportuna de parte de los medios de comunicación. Asimismo, les otorga el derecho de buscar y participar la democratización de los medios así como la calidad en los contenidos. Por otra parte, las audiencias pueden